Crítica de Mr. Robot: Esta historia me suena… Mr. Robot es Atreyu.

 

He terminado de ver Mr. Robot, la serie de Sam Smail, casi un año después de que se estrenase su última temporada. Es una serie que siempre ha estado ahí, desde que Netflix popularizó de forma definitiva las plataformas de streaming, pero que nunca me había decidido a ver. ¿Era ciencia ficción? No lo tenía claro, aunque sonaba a eso. ¿De qué iba?

He leído en algún medio que es una serie para freaks de los hackers… Bueno. Puede ser. Según Sam Smail, el guionista y director, hacer una serie que retratase de forma más fidedigna el mundo de los hackers a cómo lo hacía Hollywood fue uno de los motivos que le impulsaron a escribir Mr. Robot. Pero vamos, a mí el mundo de los hackers me deja indiferente. Me importa bastante poco, la verdad. Así que no, no creo que decir que sea una serie para freaks del hackeo sea una buena definición, porque es un titular bastante incompleto. Por encima de todo eso, Mr. Robot es una gran serie. Yo empecé a verla sin estar muy convencido, y sin que la temática terminase de atraerme del todo, pero no dejé de verla, sencillamente porque me pareció una gran serie.

¿Por qué?

Por un lado, por la forma en que se ambienta en un Nueva York realista a la vez que atípico, que se vive como original telón de fondo de la historia, lo cual tiene su mérito, siendo la ciudad más veces filmada en cualquier formato. Por otro, por la magnífica música original de Mac Quayle, así como por las demás canciones elegidas para la banda sonora. También porque está muy bien dirigida, con continuos toques de originalidad; se nota influenciada por grandes maestros, como Hitchcock, Stanley Kubrick (la escena final es puro 2001), David Lynch y Tarantino, los que yo noté más. Además, están los momentos de revival ochentero. Maravilloso lo de la música de El Coche Fantástico. La serie, en general, es una canción de amor al cine y a las series de televisión.

También, por supuesto, y lo más importante, por sus personajes y por cómo están interpretados. Porque me importa lo que les pasa, y llega ese momento en el que la serie me engancha y no puedo dejar de ver un episodio tras otro, quedando todo lo dicho anteriormente, que al final son detalles estéticos, en un segundo lugar.

En cuanto a su mensaje supuestamente anticapitalista, no lo es tanto, ni es tan simple. El guión es más maduro que eso. Aunque el autor dijo que la crisis del 2008 fue otro de los motivos que le inspiraron para escribir Mr. Robot, la serie está escrita con inteligencia, sin caer en la defensa de ideología alguna. Sin maniqueísmos. Parte de comprender el lienzo general del mundo en el que vivimos, para deformar de forma caricaturesca los detalles que más importan para la trama, pero sin querer dogmatizar ni sentar cátedra, y sí invitando a la reflexión a cualquiera que quiera pretender ver en ella el símbolo perfecto con que defender su ideología. Esto lo vemos en las continuas dudas del protagonista sobre si actúa bien o mal. Son más bien motivos estrechamente vinculados a su personalidad, forjada en los golpes de una infancia infeliz, los que le llevan a actuar como lo hace. Quizá lo que hace Elliot es inyectar algo de la anarquía con que se guía en la vida en el mundo que le rodea. El protagonista se rodea de distintos personajes reales y ficticios, a través de los cuales la serie amenaza desde casi el principio con querer traspasar la quinta pared, dejando todo perdido de miguitas de existencialismo, y de un nihilismo algo tramposo. Y aunque esas miguitas dibujan un camino a veces depresivo y lleno de ansiedad social y pensamientos suicidas (que parece ser experimentó el propio autor de la serie en alguna ocasión), Smail, lo que pretendía, según sus propias palabras, era hacer sentir que hay esperanza frente a la adversidad, pues “ahí es cuando las historias cobran vida”.

A medida que avanza la serie, cada vez son más frecuentes los atisbos de un posible escenario de ciencia ficción, que termine por explicarlo todo. Son sugerentes cuando son sutiles, hermosísimos en diversos momentos, en esa sugerencia, acompañados por la genial música electrónica de Mac Quayle. Son algo más torpes cuando dejan de ser sutiles. Si bien el final de la serie me gustó mucho, no creo que terminasen de explicarse bien del todo esos detalles más de ciencia ficción. No es que sea muy grave, ya que sirvieron bien a la trama, pero mi sensación tras ver la serie es que es muy fantástica. Es una fantasía urbana en la que el héroe/antihéroe es un hacker bipolar, en la que se vence a los malos y se desfacen entuertos para favorecer a la gente normal. Una fantasía. Y como tal fantasía, algunos de sus elementos más ficticios no terminan de estar bien rematados. Pero el viaje de Elliot comienza y termina en él mismo y en sus relaciones personales más cercanas, y de eso va toda la historia, al final, así que quizá lo demás no sea tan importante.

Hay también en Mr. Robot algo de esa filosofía sobre el hecho creador de los personajes, que aparece a veces en las mejores historias, como El Señor de los Anillos, o La historia interminable. El poder de la fantasía para transformar la realidad. Para ayudarnos a ser resilientes. Y esta serie, Mr. Robot, no deja de ser una fantasía, aunque esté ambientada en nuestro mundo real. De ahí nace esa sensación de la que hablé al principio, de ver Nueva York como algo nuevo, más bien parte de un mundo fantástico, que de la realidad.
¿Qué enfermedad sufre Elliot (si es que lo es, o es que tal vez todos estemos enfermos o necesitados de estarlo) un trastorno esquizoide de la personalidad? Puede ser, pero no importa demasiado. Solo es una excusa para crear a este moderno, a veces también hilarante (los momentos de humor son pocos, muchos menos que los de drama, pero hay algunos buenísimos en ciertos momentos) Don Quijote.

En este extracto del guión podemos ver ese poder de la fantasía para hacernos más fuertes, pues nos ayuda a tener nuevas perspectivas de las cosas, para así ser capaces de aguantar, y hasta transformar la realidad:

“Aunque nos vayamos, como dijo Mr. Robot, siempre formaremos parte de Elliot Alderson, y seremos la mejor parte, porque somos los que siempre han estado aquí, los que se quedaron, los que lo cambiaron. Quién no estaría orgulloso de algo así”, dice alguien, con un fantástico panorama de Nueva York de fondo.

La fantasía forma parte de la realidad. Por eso son tan importantes las historias. Pero la fantasía, sin la realidad, deja de tener sentido. Elliot, como Bastian Baltasar Bux, también creador de sus propias historias y personajes, estuvo a punto de perderse en Fantasia. Pero supo regresar, gracias al amor.

Dejo aquí unas palabras de Michael Ende, el autor de La historia interminable, que vienen como anillo al dedo…

Cuando nos fijamos un objetivo, el mejor medio para alcanzarlo es tomar siempre el camino opuesto. No soy yo quien ha inventado dicho método. Para llegar al paraíso, Dante, en su Divina comedia, comienza pasando por el infierno. (···) Para encontrar la realidad hay que hacer lo mismo: darle la espalda y pasar por lo fantástico. Ése es el recorrido que lleva a cabo el héroe de La historia interminable. Para descubrirse a sí mismo, Bastián debe primero abandonar el mundo real (donde nada tiene sentido) y penetrar en el país de lo fantástico, en el que, por el contrario, todo está cargado de significado. Sin embargo, hay siempre un riesgo cuando se realiza tal periplo; entre la realidad y lo fantástico existe, en efecto, un sutil equilibrio que no debe perturbarse: separado de lo real, lo fantástico pierde también su contenido.

La portadora de la pasión

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Akim Chaliapin quería encontrarse en cualquier otro lugar. Él creía en los ideales de sus camaradas, en los ideales de la Revolución. Pero, durante aquellas últimas semanas, había empezado a dudar. Quería estar en cualquier otra parte, a pesar de haber visto morir a Yerik, entre sus propias manos, en Khodynka; a pesar de saber después que el nuevo zar Nicolás II había sido coronado sobre la sangre todavía caliente de su hermano, con un despilfarro de dioses ajenos al pueblo miserable; a pesar de que los más de mil muertos no fuesen motivo suficiente para suspender las celebraciones.

Akim dejó de ser un niño en Khodynka. Perdió sus naturales, luminosas pasiones; su  propósito vital. Los años siguientes creció en él un solo deseo, el de vengarse. Los recuerdos de aquel día lo acompañarían siempre, como un vacío ya no de hambre sino rabia, que durante mucho tiempo creyó más imposible de calmar que el hambre. Pasó más de veinte años evocando las escenas en su memoria, cada día, antes de dormir. Las revivía como horrores que transitaban entre la realidad y sus pesadillas. Una avalancha de carne, gritos, sonidos inhumanos, sangre, cuerpos retorcidos en ángulos espeluznantes…

La tragedia, supo luego, habría podido evitarse con una gestión más cabal por parte de las autoridades zaristas. Era tradición repartir dádivas entre el pueblo, con ocasión de la coronación de un nuevo zar. Esta vez iban a repartir para cada persona una pieza de pan y una salchicha, unos pretzels, pan de jengibre y una taza de cerveza. Pero solo tenían allí para unos pocos miles. Aquel día en Khodynka se congregaron quinientas mil almas desesperadas. Los dioses no lo eran tanto. El ansia y el hambre del pueblo, y el despotismo y negligencia de las autoridades del gobierno zarista, convirtieron aquellos regalos en una locura colectiva, que se llevó la vida de Yerik, y la infancia y la luz de Akim. Dos vidas rotas, por la promesa insatisfecha de un día menos de penurias.

Más de veinte años después de Khodynka, Akim formaba parte de la guardia de la casa Ipátiev, en Ekaterimburgo, donde retenían a Nicolás y su familia. Pero, más cerca que nunca de cumplir su venganza, el bolchevique vivía atormentado.

Ipátiev, la Casa del Propósito Especial, como la llamaban los bolcheviques, era un lugar oscuro y siniestro. Pero Akim solo aprendió a verlo como tal a través de sus clandestinas charlas con Tatiana, en las últimas y extrañas semanas allí. La casa, aislada del mundo, se convirtió en un espacio de condenación, no para él, ni siquiera para Tatiana y su defenestrada familia, sino como símbolo de la condenación misma. A la vez, durante aquellos últimos días, surgió en él una esperanza, que dolía como la luz de la mañana en los ojos de un prisionero que no tiene fuerzas para salir de su prisión. La rabia que siempre lo había alimentado durante los últimos veinte años, se debilitó. ¿Por qué, cuando me es más necesario, me arrebatas el odio y me das un propósito? ¡No lo quiero! Porque, por supuesto, él habría preferido seguir odiando. Era lo más fácil.

Akim era pragmático; entendía la posibilidad de aquel asesinato a sangre fría. La Legión Checoslovaca del Ejército Blanco estaba a las puertas de Ekaterimburgo. Aunque él había oído que lo que pretendían era asegurarse el control del Ferrocarril Transiberiano, fue consciente del cambio en la actitud de los oficiales a partir de aquel momento. Yurovski se comportaba de forma cada vez más fría, más callada. Apenas les dirigía la palabra. Pero Akim lo había visto en su mirada.

Después llegó Goloshchyokin, con un mensaje urgente del mismísimo Comité Ejecutivo Central, durante el turno de guardia de Akim. Lenin había dado la orden de actuar. El Ejército Rojo no podía arriesgarse a que el Ejército Blanco rescatase con vida a alguien de la familia real, pues un solo Romanov vivo podía convertirse en el adalid de la causa anticomunista. En el ánimo inmundo, en los gestos y en los rudos silencios de los camaradas de la guardia de la casa, la muerte cobraba forma.

Akim fantaseaba, durante los últimos días, con salvar a Tatiana, con sacarla de aquella realidad y huir junto a ella, a cualquier otro lugar. Pero solo fantaseaba. En realidad, fue ella la que salvó al soldado. Sí, él comprendía lo que iba a suceder, comprendía las razones. Pero dejó de sentir que aquella fuese su causa. Se hartó de odiar. Los mensajes con los que se comunicaba con Tatiana (que acostumbraba a quemar nada más leer) habían trastornado su visión del mundo. Una cierta alegría de la juventud que nunca conoció vino a él allí, en Ipátiev, el lugar menos adecuado del mundo para ser feliz. La consciencia de este sentimiento, tan extraño, tuvo un efecto liberador para Akim, que supo lo que tenía que hacer.

En la última hora de su última guardia, antes de la llegada del alba con su luz mentirosa, Akim Chaliapin se voló la cabeza con su arma reglamentaria. Fue el primero de los muchos disparos que sonaron aquel día, aunque de este no se hable en ningún libro. Junto al cuerpo de Akim encontraron una foto de Tatiana Romanov, con una nota escrita en el dorso.

 

Amor puro, amor luminoso es el sol. El sol nos da tibieza y caricias de amor. Todo puede ser en el amor y ni una bala puede derribar al amor”.

 

Cuando el avión despegó, Sonia Chaliapin, sentada en el asiento de la ventanilla, vio refulgir la dorada cúpula de la Iglesia Sobre la Sangre de Ekaterimburgo, construida en el lugar de la Casa del Propósito Especial. Rememoró vívidamente el relato sobre el bisabuelo Akim que le había contado su madre el día anterior, mientras visitaban la iglesia. No estaba segura de que aquella versión del bisabuelo Akim hubiese existido de verdad, de que no fuese una invención de su madre. Pero, durante el resto de su vida, fue en la que ella creyó.

Reseña, Spiderlight, Adrian Tchaikovsky

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Anoche terminé Spiderlight. Un libro sin saga, autoconclusivo, que se sustenta sobre el argumentario de las típicas novelas de fantasía a lo D&D. Pero seguramente mejor, más divertido, y más profundo…

Una reflexión sobre la luz y la oscuridad, sobre el bien y el mal, que nos demuestra que el mundo es un lugar lleno de grises y que una visión maniquea del bien y el mal es algo rayano en la locura.

Tchaikovsky lleva a cabo un worldbuilding muy básico, que se limita a jugar con unos pocos elementos esenciales del imaginario tolkiniano y los descoloca al meter en medio una pieza nueva, alrededor de cuya perspectiva, de los demás sobre ella y de ella sobre sí misma, gira todo.

Esa pieza es una desdichada araña, que se ve obligada por las circunstancias a vivir como hombre. La firma de todas las novelas de este autor de las que yo tengo conocimiento, arañas e hibridación entre lo humano y lo arácnido o lo insectil.

Son elementos que introducen siempre un toque original en la fantasía y ciencia ficción de Tchaikovsky, no solo en la forma, como vemos en Spiderlight, genial título que resume de forma magistral las intenciones del autor en una sola palabra, es decir, también en el fondo.

Seguramente algunas cosas en la novela sucedan solo para servir a la trama principal, que es prácticamente la única de la historia, sin que el autor se rompa mucho la cabeza con ellas. ¿Hace eso que la novela sea peor, que lo sea su propósito? Para nada.

He de decir que me extrañó algo el uso de la puntuación, de las comas, en la novela, primera que leo de este autor. Imagino que es cosa de su forma de escribir, y no de la traducción…

Pues eso. Una lectura de fantasía muy recomendable, poco más de trescientas páginas que, si tienes un poco de tiempo, se leen casi de un tirón.

El libro lo edita en español Alethé… (No es esta portada).

Yo le daría un 4 sobre 5.

 

Por favor, más cosas de este hombre en nuestro idioma.

Reseña: Escuadrón, de Brandon Sanderson

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Escuadrón es una novela de ciencia ficción “young adult”, es decir, eso que hasta hace poco llamábamos, sin que sonase tan guay, literatura juvenil, apta en realidad para ser disfrutada por todas las edades. Al contrario que la mayor parte de la obra del genial y prolífico autor estadounidense, Escuadrón (“Skyguard”), no se encuadra dentro de su universo de ficción, el Cosmere, sino en un futuro hipotético de la humanidad, entre las estrellas.

Toda la trama se sustenta sobre el reto que supone para Spensa, la protagonista, hacerse un hueco en la sociedad de su mundo, Detritus. Spensa es una chica bajita, con un solo amigo, que si logra llamar la atención, solo es de forma negativa, despreciada por el legado de su padre, un cobarde que desertó en la batalla decisiva de los restos de la humanidad contra los krells, una especie hostil que hostiga a los humanos que viven en las cavernas subterráneas de Detritus. Pero Spensa responde a ese desprecio no achicándose sino agigantándose, dueña de una verborrea contestataria y muchas veces hostil, aunque un tanto ingenua, hecha con el ADN de las historias épicas del pasado que siempre le ha contado su abuela.

Spensa es sin duda una chica diferente, que tiene el don de escuchar las estrellas, nunca visibles, ni siquiera desde la superficie del planeta, por estar este rodeado de incontables capas de estaciones y basura espacial de toda índole. Tendrá que hacerse un nombre en una sociedad que nunca ha creído en ella, para lo que habrá de intentar cumplir su sueño de entrenar en la Academia de pilotos de la FDD. La FDD entrena a una élite de ases que mantienen a raya a los krells, para permitir a los restos de humanidad que habitan las cavernas de Detritus seguir teniendo un futuro. Spensa sueña con formar parte de esa élite de la que formó parte su padre, para así reivindicar su nombre, pues ella siempre ha creído en él. En el tránsito, los duros golpes de las experiencias que irá viviendo le harán replantearse sus dogmas, y harán tambalear las creencias que alimentan el fuego de su espíritu contestatario y casi hostil. ¿Quizá es ella, también, una cobarde, como dicen que lo fue su padre?

La aventura está narrada en tiempo pasado, en primera persona, desde el punto de vista de Spensa, con algunos breves interludios puntuales en los que se narran escenas en tercera persona de otros personajes.

Escuadrón es una novela muy entretenida, por momentos brillante, y sobre todo, muy sugerente, que despierta ideas muy interesantes para escribir historias de ciencia ficción, ideas que además no son lo que luego pasa en la historia, por lo que seguro que usaré alguna de ellas.

Podríamos criticarle a la novela que a veces, aunque pocas, deja traslucir demasiado su intención de estar dirigida a un público más juvenil, pero nos haríamos flaco favor si por eso dejamos de leerla, y, por otra parte, es la primera parte de una tetralogía, lo que hace desembocar la historia en un final que, aunque no nos deja colgados, tampoco satisfechos del todo, al menos en mi caso. Pero Sanderson escribe rápido, y no suele defraudar. De hecho, su intención es dejar concluida la tetralogía en 2022.

Debo señalar un fallo en la historia por parte del autor, sobre un pequeño detalle, sobre la velocidad de cierto carismático caza con inteligencia artificial, pero no ahondaré en ello para no destripar nada. Puede ser que yo haya pasado por alto algún detalle sobre esto, pero creo que no.

En suma, una lectura muy recomendable. Al principio hay unas cuantas erratas seguidas, pero por suerte, solo al principio, y tampoco son muchas. La edición es en rústica con solapas, con la misma portada que la edición norteamericana, y es muy de agradecer que se haya publicado en nuestro idioma casi a  la vez que en inglés. Algo que nos gustaría ver mucho más a menudo, sin duda. Son poco más de 500 páginas de entretenimiento del bueno.

Edito: Brandon Sanderson ha anunciado que la segunda parte de Escuadrón (“Skyguard”) verá la luz en noviembre de 2019, y tendrá por título “Starsight”.

Mi puntuación: un 4 sobre 5.

Cuatro cositas que se me han quedado tras leer el ensayo de Tolkien “Sobre los cuentos de hadas”, y otros cuentos del Reino Peligroso.

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Si los elfos son una subcreación del ser humano (y Tolkien no está seguro de que lo sean, es decir, de que no estén ahí al margen de nosotros), y Dios (sea lo que sea Dios) creó al ser humano (y no tiene por qué ser la visión bíblica, sino que, yo creo, debemos entender a Dios como metáfora de lo inaprensible a la mente humana, como cura esencial de humildad), entonces, Dios creó a los elfos. Y la consecuencia de todo esto es que llegará un día en el que la realidad y el Reino de Fantasía se fusionen en una misma cosa. Mientras, solo una mente sana, que siga el método científico, podrá disfrutar, y, es más, necesitará de la existencia de los cuentos de hadas para poder tener una correcta perspectiva de las cosas de la realidad, y de nuestro lugar dentro del orden de las cosas, de forma que nos demos cuenta de que la realidad, y todo lo que contiene, no nos pertenece. Los cuentos de hadas responden a la profunda necesidad humana de explorar las infinitas posibilidades del tiempo y el espacio, así como a la necesidad de estar en comunión con otros seres, no necesariamente semejantes a nosotros. Son una bofetada en la cara del que por mor de la confianza, que tanto asco da, a todo le quita su misterio y su magia. Son un soplo de aire fresco a la realidad de todo cuanto nos rodea. Una droga del espíritu que nos permite ver lo viejo como nuevo.
Son evasión también, por supuesto, pero, ¿no es deber del que está preso, intentar escapar?

Por todo esto, los cuentos de hadas no están dirigidos a los niños (no más que el álgebra pensada como introducción a los niños, o las clases de inglés cantadas pensadas para los niños), sino a los adultos, y no pueden ser comprendidos por cualquier adulto, sin embargo, sino tan solo por aquellos libres de prejuicios, por las personas de esencia humilde, que afronten la realidad sin cinismo, con ilusión e inocencia hacia el misterio y la belleza de la Naturaleza.

Este ensayo del Maestro Tolkien sobre los cuentos de hadas y, podríamos decir, la importancia de la fantasía, es atrevido, visionario y transgresor. Dice cosas que yo hace tiempo que venía intuyendo por la conjunción en mi imaginación de muchas obras vividas, pero que leer de su pluma, de hace 50 años, hace que se te graben a fuego en el alma. Este libro, en general, es la semilla de todo lo mejor que escribió Michael Ende.
Que sí, no es decir poco. Este libro, en general, es la vuelta de tuerca de las ideas más ambiciosamente humanas de la ciencia ficción actual, un viaje a ese lugar donde las fronteras entre la ciencia ficción y la fantasía se desdibujan. Contiene la esencia de lo fantástico. Y además, de paso, da una lección a todos los imbéciles de este mundo.

El ensayo “Sobre los cuentos de hadas” viene recogido en los apéndices del libro que recopila los principales cuentos del autor inglés: “Cuentos desde el Reino Peligroso”. Entre ellos, me han gustado especialmente “Hoja de Niggle” y “El herrero de Wootton Mayor”; me han resultado especialmente memorables.
Baste con decir que creo con gran convencimiento, tras haberlos leído, que el primero fue la semilla de la que surgió Momo, de Michael Ende, y que del segundo, y esto es aún más evidente, nació la otra gran obra del genial escritor alemán afincado durante un tiempo en Italia: “La historia interminable”.
Hoja de Niggle lo escribió Tolkien a partir de un sueño que tuvo, en el que él era un pintor obsesionado con terminar de pintar toda su obra, centrada alrededor de un gran árbol al que iba añadiendo hojas hechas cada vez con más detalle, de tal modo que, por centrarse tanto en los detalles, quizá nunca conseguiría acabarla, cercado además por toda clase de deberes mundanos, que se interponían entre él y su obsesión por dar cabida en el lienzo a todo un bosque, una realidad insospechada que va surgiendo de ese solo árbol inicial.
En el cuento el propio pintor entra a formar parte de la obra a la que ha dado forma. Se trata de ese Otro Lugar, donde los vicios del pasado, las quejas sobre cosas que antes se hacían un mundo; en fin, el rencor, o la posesión, no tienen cabida: ” Se rieron. Se rieron, y las montañas resonaron con su risa”.
Es un cuento sobre la obsesión por terminar una obra, en consonancia con un Tolkien que entonces luchaba por dar forma publicable a “El Silmarillion”, algo que finalmente no consiguió, aunque su hijo, con ayuda de Guy Gavriel Kay, llegase a publicarla después de la muerte de su padre, aún sin una calidad literaria del todo a la altura. Pero acaso sea mucho más importante lo que Tolkien, más allá de la gran mitología que reinventa y que se recoge en “El Silmarillion”, nos cuenta en estos breves cuentos llegados desde “El Reino Peligroso”. Intuiciones profundas sobre la esencia de la realidad, ligadas a actos y emociones humanas sencillos.
Pero en su derecho estaba Christopher, hijo pequeño de Tolkien, que fue epistolar cómplice del avance de los capítulos de “El señor de los Anillos”, la más importante obra de fantasía nunca habida, tanto por su significación como por su calidad literaria, en cartas que le iba escribiendo su padre.
Y el Silmarillion sigue siendo de una importancia capital por lo que cuenta, aunque no por cómo lo cuenta. Para eso ya están “El Hobbit”, y, sobre todo, “El Señor de los Anillos”.

No es la primera vez, ni será la última, que me encuentro una opinión, o una reseña, que se queja del estilo literario de Tolkien. Quizá sea por la profunda y estrecha sensibilidad de la que está hecha mi inteligencia, por lo que no puedo comprender ese tipo de quejas. El estilo de Tolkien en El Señor de los Anillos” me parece perfecto. Esa obra es en gran medida la llave perdida que abrió la puerta de Fantasía a la gente de nuestro tiempo.

“Ancho, alto y profundo es el Reino Peligroso, y lleno todo el de cosas diversas: hay alli toda suerte de bestias y pajaros; mares sin riberas e incontables estrellas; belleza que embelesa y un peligro siempre presente; la alegria, lo mismo que la tristeza, son afiladas como espadas. Tal vez un hombre pueda sentirse dichoso de haber vagado por este reino, pero su misma plenitud y condicion arcana atan la lengua del viajero que desee describirlo. Y mientras esta en él le resulta peligroso hacer demasiadas preguntas, no vaya a ser que las puertas se cierren y desaparezcan la llaves.”

Extracto del ensayo “Sobre los cuentos de hadas”, de J. R. R. Tolkien.

Y qué gran frase, esa última: “Y mientras está en él le resulta peligroso hacer demasiadas preguntas, no vaya a ser que las puertas se cierren y desaparezcan las llaves”. Creo que es una alegoría contra el cinismo, contra el descreimiento, contra los que se creen que están del vuelta de todo, en esta realidad nuestra, y matan continuamente el misterio, porque se creen que lo saben y lo poseen ya todo, como el viejo cocinero Nokes, en Wootton Mayor.

A esta obra, claro está, no puedo darle nota alguna. Solo cabe decir que es lectura imprescindible para cualquier aspirante a cuentista que se precie.

Reseña: “La Tierra Larga”, de Stephen Baxter y Terry Pratchet.

 

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Aclaro que esta reseña solo es del primer libro: La Tierra Larga. Es un libro que da gusto leer, que aúna con maestría las dosis justas de ciencia ficción, que es lo que es en esencia, con aventura y descubrimiento. Alejándose de otras propuestas más complicadas, los autores toman un tema a priori muy complejo y muy profundo, la idea de que vivimos inmersos en un multiverso, y nos la presentan de forma sencilla y amena, sin por ello renunciar a todas las cosas que hacen grande al género, con un estilo que nos hace evocar el de los libros de proto-ciencia ficción de Julio Verne.
Es la pluma de Baxter la que guía toda la obra, que a día de hoy, y si no sigue creciendo, (que creo que no lo hará), es una pentalogía de libros de alrededor de algo más de 400 páginas cada uno, y que han de leerse en este orden: “La Tierra Larga”, “La Guerra Larga”, “El Marte Largo”, “La Utopía Larga” y “El Cosmos Largo”.
Parece haber una clara simetría en el orden de los títulos, supongo que intencionada. La Tierra, el lugar de origen de la Humanidad; la guerra; Marte, un nuevo lugar para la Humanidad (y los posibles marcianos autóctonos que los protagonistas quizá se encuentren en uno de los Martes paralelos más alejados en el Marte Largo); Utopía, como concepto opuesto a la guerra; y Cosmos, el destino de la Humanidad.

Aunque es la mano de Báxter, ducho en la ciencia ficción, y con cierto toque asimoviano, la que en esencia escribe la obra, la idea original fue de Terry Pratchet, y, al menos en este primer volumen de la saga, podemos distinguir también el humor del genial autor del Mundo-Disco, que irradia en algunas partes. Pero si alguien creyó que “La Tierra Larga” no iba a ser una lectura esencialmente seria, por aquello de que es un mecanismo provisto de una patata el que permite por fin a los humanos adentrarse en los misterios de los mundos paralelos, he de decir que dicha -a priori- pintoresca elección se justifica plenamente en la trama.

Es, La Tierra Larga, una novela bien medida, con pocos personajes y papeles muy marcados, quizá siendo esta la única forma de aproximarse, desde lo sencillo, a la inmensa profundidad de lo que su fantasía sugiere. Y a través de esa sugerencia, maravillosa, se nos van soltando algunas reflexiones a cual más interesante acerca de la condición humana y nuestro lugar en el universo. Desde cosas que tienen que ver con la relación del ser humano con su entorno y con el valor del individuo frente a lo colectivo; pasando por la elucubración de lo que pasaría con la economía en un mundo donde de pronto el espacio ha dejado de ser un problema y el oro no vale nada, porque hay Tierras infinitas; hasta leves disquisiciones eminentemente científicas, sobre hechos como que la conciencia determina la realidad, según la física cuántica.

En la novela acompañamos a los protagonistas en un viaje de tintes juliovernianos, a través de mundos paralelos, cada vez más exóticos, en los que se sucederán sin tregua descubrimientos extraordinarios que llevarán continuamente a los personajes a la reflexión, a lo largo de capítulos cortos que se leen casi sin querer.

Hay una mezcla entre el pasado y el futuro, entre lo mítico y lo futurista, aunque no se trata de viajes en el tiempo, sino que todo se hilvana en el marco espacial de los universos paralelos, algo menos explotado en la ciencia ficción, y en lo que me atrevería a decir que esta saga sienta y sentará cátedra.

En fin, una lectura muy muy recomendable, que sería perfecta para llevar al cine; porque, de hecho, tiene un ritmo muy cinematográfico.

Están los cinco libros, todos, publicados en castellano, los primeros por Fantascy, los últimos por Plaza Y Janes, respetando el formato. Tapa blanda con solapas. Las mismas portadas que en inglés. Este primero está muy bien traducido, y apenas he encontrado una sola errata en todo el libro.

Mi puntuación: 4,5 sobre 5.

 

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Crítica de First Man, la primera película en la Luna: Un viaje entre lo intimista y lo épico.

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En 2019 se cumplen 50 años de la llegada del ser humano a nuestro satélite. Es una cifra imponente y redonda, ese medio siglo, que sin duda reavivará la gesta, más que nunca ahora, cuando la NASA ha anunciado su firme intención de regresar a la Luna en la próxima década, tanto a su superficie como estableciendo una nueva estación espacial que sustituya a la actual, pero ubicada esta vez en órbita lunar.

Podríamos hablar de las cosas que hacen flaquear la fe en la humanidad, pese a que esta consiguiese un logro tan alunizante (no he podido evitarlo) que una buena parte de ella (como muestra un Casillas, y todos los lerdos que estuvieron de acuerdo con él) sigue sin creer que pisásemos la nívea e imposible superficie de la Luna; quizá porque para ellos, ese astro, ese lugar, pertenece a otra realidad, la del cielo, en un marco de existencia diferente al de esta tierra firme, y plana, nuestra.
Ironías y estúpidas teorías conspiranoicas aparte, que llegamos allí es indudable, salvo severos problemas mentales de diversa índole. No se hizo más que aplicar leyes de la física descubiertas tres siglos atrás por Isaac Newton, en un tour de force que llevó al límite la tecnología del siglo XX, gracias a una Carrera Espacial que fue la mejor carrera que haya podido librar nunca la especie humana; una carrera en la que tecnologías desarrolladas en guerras terribles se usaron y mejoraron para un fin diferente: el de la exploración del espacio. La nueva frontera. La única frontera. Y no simplemente por el hecho de explorar, como dice Neil Armstrong en un momento de la película, sino porque ese es nuestro deber, saber a dónde pertenecemos, cuál es nuestro lugar en el universo.

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First Man no es una película del todo políticamente correcta para este mundo de distopía imbécil que estamos construyendo. Empezando por el título. Que sí, es evidente que se refiere a la humanidad en general, por mucho que Armstrong fuese un man. Las virtudes de lo que emana de esta película están por encima de géneros. No hace mucho se estrenó otra película, Figuras Ocultas, que reivindicaba el rol fundamental de las mujeres cuyos cálculos ayudaron a que la carrera espacial fuese posible. Una carrera que ha tenido la virtud de saber apoyarse sobre las mujeres tanto como sobre los hombres, ocupando estas roles cada vez más destacados también en la parte protagonista, hasta el punto de que fueron estas empresas increíbles del pasado las que permitirán que un día no muy lejano podamos ver una película que se titule First Woman. Porque quizá sea una mujer la primera en pisar de nuevo la Luna, o, quizá… Marte.

Hablo de esto porque me consta que para la crítica norteamericana First Man ha sido tratada casi como de obra maestra, y la europea ha sido en cambio bastante más tibia con la película, siendo algo negativo, para esos críticos más escépticos con esta absoluta maravilla audiovisual espacial y humana, el trato que se da en la película a Janet Shearon (interpretada por Claire Foy), esposa del astronauta. Porque hay quienes dicen, pretendiendo ser muy políticamente correctos, que se limita a ejercer el rol de correcta y sufrida madre. Pero es que esta película es un biopic de Neil Armstrong. Y por supuesto, sí que es Janet Shearon parte esencial del viaje del astronauta. La película recoge de forma magistral esa importancia de Shearon en el guión. Y es plasmada de forma maravillosa.

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First Man debería ser una película que pongan a los adolescentes en los colegios de todo el mundo. Es una película que nos reconcilia con nosotros mismos y con la humanidad, en medio de la crisis de identidad que sufre el mundo (consecuencia directa de la última gran Crisis económica a escala global, y de esta imbécil cruzada contra lo científico, propia de una mentalidad aislacionista y medievalista de un mundo donde ahora los Estados Unidos son gobernados por Trump, y todo tipo de populistas se alzan al poder en otros rincones del planeta). Nos reconcilia con lo que como especie y como individuos somos capaces de alcanzar. Y no es algo que yo escriba aquí porque sí. Es algo que sentí mientras veía la película. En ella palpitan sentimientos esenciales profundos, sobre la psique y la condición humana. Hay una gran pena latente durante toda la película, indisociable del deber del protagonista de hacer lo correcto. Es en gran medida por esa pena por lo que se lanza en una carrera incierta hacia una muerte apenas esquivada, que no deja de dar guadañazos durante todo el film. Es la catarsis que insufla en Armstrong el deseo de seguir luchando.

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En esto, la película, tanto por la profunda pena que subyace a lo largo de ella, como por la forma en que esta es tratada, recuerda mucho a El Árbol de la Vida, de Terrence Malick. Pero recuerda aún más a esos otros grandes referentes del género, no de la carrera espacial, donde First Man es tan buena que hace palidecer a cualquier película jamás hecha hasta ahora, sino de la ciencia ficción más profunda y rigurosa, con la que esta nueva película del director de La la land está más hermanada, tanto por su lenguaje cinematográfico como por su filosofía (pues ¿no están la buena ciencia ficción y la ciencia y tecnología de nuestro tiempo profundamente vinculadas, como dirían, y con razón, Carl Sagan, o James Cameron?)

Así, tenemos bellas y provocativas referencias directamente buscadas a 2001, que destilan de la grandiosidad de ciertas escenas, de los golpes de sonido que encabalgan planos entre sí. Es un tipo de cine que ha moldeado en nuestra psique colectiva el lenguaje del buen cine espacial, algo que en cierto modo inventó el genio de Kubrick, y que Damien Chazelle sabe imitar con elegancia  de la mano de la maravillosa música de Justin Hurwitz (que también fue el compositor de la no menos mágica La la land). Y también Interstellar está ahí. Quizá a algunos extrañe que ponga juntas estas tres, siendo dos de ellas de ciencia ficción, y esta otra la narración de hechos reales. Pero para mí las tres forman parte de una misma cosa. De la cosa humana.

Hay diferentes secuencias que ayer, viendo la película, me dejaron completamente maravillado. Una de ellas es cuando los tres astronautas puestos allí, bien porque era su destino, bien por una serie de catastróficas desdichas, Neil Armstrong, Buzz Aldrin y Michael Collins, van a entrar en el módulo, en la cúspide del cohete. Es ahí donde en otras películas menos serias y trascendentes el director se contenta con darnos la típica escena en la que los tres héroes van desfilando con su heroica pose a través del pasillo que los conducirá a su glorioso destino. Pero aquí no hay nada de eso. En First Man no hay héroes. Hay víctimas. Seres humanos normales, con sus virtudes y sus defectos, puestos ahí, como digo, por el destino o sus propias desdichas, que más que a la gloria parece que se dirigen al patíbulo.
Pero a lo que quería referirme es al ascenso. El ascenso hacia el cohete, ese viaje hacia lo alto del mastodóntico propulsor, que parece no terminar nunca. Es una escena que me movió a la reflexión profunda y visceral, mientras la veía, más sensación que otra cosa. Porque a medida que asciende el ascensor por la torre adyacente, el cohete pasa ante sus ojos, interminable, y en él, como una revelación, las letras, una a una: United States… Y lo que en otra película habría sido fácil orgullo patriótico, aquí se convierte en sorpresa. En humildad. En miedo. En la osadía de que un único país, con tan poca historia a sus espaldas, tenga su nombre escrito en semejante y gigantesco artefacto. Y además, a la vez, la película te hace sentir como ninguna otra jamás hecha todas las penurias por las que atraviesan los astronautas. Me hizo sentir la locura de levantarse un día de la cama diciéndote, joder… hoy voy a la luna. Con la misma especie de sensación de inquietud e incertidumbre que todos podemos afrontar algunas veces, cuando tenemos que llevar a cabo un viaje o empresa que son un deber, aunque mucho más mundanos. Y es que First Man, en última instancia, no va sobre astronautas y héroes. Va sobre lo que nos hace humanos.

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Hay otros momentos grandiosos: el despegue del cohete, desde la distancia; la forma en que por un momento sentimos la Luna, más de cerca de lo que nunca cualquier otra obra audiovisual haya podido conseguirlo. Si bien para eso es casi imprescindible ver la película en el cine.

Sobre una de las cosas que hace Armstrong en la Luna que más nos llaman la atención, y que nos deja preguntándonos si de verdad sucedió, solo decir que la película se basa fielmente en la biografía oficial del astronauta, y que en dicha biografía se da por hecho que, si no exactamente igual, algo muy parecido seguramente sí hizo Neil Armstrong.

No falta el recuerdo del discurso de Kennedy, aquel inspirado orador que desde su púlpito impulsó al ser humano a la Luna. Viendo la película, y si no lo habíamos hecho ya, no podemos más que entender las razones para llevar a cabo una empresa tan temeraria, que costó tanto esfuerzo, tantas vidas y tanto dinero. Durante algunas escenas desfilan ante nosotros por la pantalla las posturas más críticas hacia el viaje a la Luna; gente que se pregunta el porqué de semejante dispendio, en un país y un mundo donde la pobreza son parte de nuestra imperfecta forma de vida. Para los que aún no lo entiendan, se me antoja imprescindible que lean esto.

Para hacernos una idea de la forma de ser de Neil Armstrong, muchos años después, unos pocos antes de su muerte, copipasteo esta anécdota, contada por el escritor Neil Gaiman:

“Estaba en una convención de tres días rodeado de artistas y científicos, encogido entre tanta eminencia, cuando me encontré a Neil Armstrong. El primer hombre que pisó la luna era discreto y calmado y estaba al final de la sala sin molestar a nadie cuando me acerqué . Conversamos y Armstrong terminó por hacerme una confesión; levantó un dedo, apuntó hacia la sala y dijo: “Veo a todas estas personas y pienso: ‘¿Qué demonios estoy haciendo aquí?’. Todos ellos han realizado cosas asombrosas. Yo simplemente fui adonde me enviaron”. Me quedé sorprendido y le respondí: “Sí, pero tú fuiste el primer hombre en llegar a la Luna, y eso tiene su importancia”.

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Después de la forma en que Damien Chazelle consigue hacernos sentir en First Man la angustia de todos los peores momentos que tuvo que superar Armstrong (interpetado por un Ryan Gosling correctísimo), esta anécdota es de lo más ilustrativa sobre su forma de ser.  Ya que al final, pese a todo lo humana que es la película, o quizá justo por ello, Armstrong, Aldrin, Collins, y todos los demás, nos parecen super hombres. Aunque quizá, al fin, se trata de lo que podemos ser, hacer, cada uno de nosotros, si nos lo proponemos.

Como decía al principio, el año que viene se cumplen 50 años de aquella increíble gesta; tan increíble que aún tantos no la creen. Pobres. No son capaces de sentir la verdadera maravilla que significa ser humano. Pero películas como First Man están aquí para recordarnos esas sensaciones, esos sentimientos.

 
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Y recordemos que Buzz Aldrin y Michael Collins aún siguen entre nosotros. Recordad que aún vive uno de los dos primeros hombres que pisó la Luna. Recordad emocionados cuando ya no esté, por todo lo que fueron capaces de hacer aquellos hombres, guiados por ordenadores menos potentes que una calculadora de bolsillo de hoy en día. Y volveremos a hacerlo, inspirados por las mejores cosas que nos hacen humanos. Porque, si queremos tener un futuro, dejar esta enferma Tierra nuestra para que se recupere de nuestros propios actos, y no perecer así en ella, no nos quedará otro remedio que salir ahí fuera. Y a eso se refiere Armstrong, cuando le preguntan en la entrevista de las pruebas de selección para la misión Apolo: ¿Qué significa para ti viajar a la Luna? Pero no insistiré más sobre lo que contestó. Mejor que lo vean.

 

Porque esta imagen lo cambió todo… La conciencia de nosotros mismos, de nuestro pequeño y frágil hogar en la inmensidad del espacio. Por eso fueron a la Luna. A eso se refería Neil Armstrong.

 

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En fin, First Man es una de las mejores películas que he tenido la suerte de ver en toda mi vida. Parece mentira que hayan tenido que pasar casi 50 años para que una película le hiciese justicia a aquella colosal aventura humana.

Y aunque esto quizá lo señale algún día el genial Jaime Altozano en su canal de YT, me gustaría terminar hablando de esa maravillosa banda sonora de Justin Hurwitz. De cómo el triste y precioso motivo musical que ilustra el dolor por la tempranísima pérdida de su hija, contada al comenzar la película, es el mismo que se despliega, de forma más grandiosa, cuando por fin  llegan a la Luna. Y la historia se cierra de forma redonda. De una forma hermosa, trágica, y profundamente triste. La catarsis ha dado el valor, la necesidad, a Armstrong, para enfrentarse a todos los desafíos, varias veces a punto de morir, como murieron otros, en su camino a la Luna, y, pese a todo, triunfar.

Reseña: “Estación Central”, de Lavie Tidhar.

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Antes de empezar su lectura, las críticas a este libro me dieron una impresión en principio un tanto equivocada, como de estar ante algo más de corte social que de ciencia ficción, no sé si algo intencionado para dotar a la obra de un aire más atrayente para todo tipo de lectores no especialmente atraídos por la ciencia ficción.

Pero no. “Estación Central” es ciencia ficción pura, un continuo fluir de ideas fantásticas a cual más excitante, no por nuevas, sino por la forma en que el autor las va desgranando a un ritmo incansable, y dentro de un contexto en el que sí da la sensación, cuando empezamos a leer la historia, de que nos estamos internando en una obra de corte más “puramente literario” (a mí al principio me recordó a “Esas nubes que pasan”, de Camilo Jose Cela), que de género. Es quizá por eso que el aluvión de fantasía futurista con que el autor nos baña, apenas superadas esas primeras páginas quizá algo engañosas, nos sorprende aún más. Porque no teníamos la sensación de estar ante un libro tan de ciencia ficción; y este lo es tanto o más que ninguno que yo haya leído. Por las páginas desfilan ingredientes todos ellos propios de una saga como las novelas de James S. A. Corey en las que se basa la magnífica serie The Expanse, si bien desde una perspectiva no tan épica, sin las limitaciones que nacen de la necesidad de ir alimentando con la dosis justa de información al lector, porque aquí se trata de una novela autoconclusiva, de apenas trescientas páginas. Y todo está mucho más condensado.

Tidhar brilla a la hora de juntar todos esos elementos de ciencia ficción con historias tradicionales, casi mundanas, que parecen más sacadas de una obra de Camilo Jose Cela, ambientada aquí en paisajes basados en la experiencia real del escritor en Israel; y no es que no haya casi una sola página en la que no suelte una idea que podría servir por si sola para escribir toda una novela de ciencia ficción.
Más que de ideas nuevas,  que no haya leído antes en algún otro contexto u obra, se trata de la forma en que junta todos los ingredientes, que hace que todo parezca más original, sobre todo cuando tiene el gran acierto de rescatar y añadir a la mezcla elementos de la novela gótica por antonomasia, Drácula, y otras obras afines, para explicar las fantasías científicas que sufren algunos de los protagonistas (todos ellos muy bien dibujados a través de diferentes momentos en sus historias, que se engranan a la perfección entre sí).

Es la historia de Carmel y el librero la que más me ha cautivado, en concreto esta particularísima vampira, cruce entre lo gótico y lo cyberpunk, con la que el autor sabe destacar dentro de este nuevo campo que se abre para la ciencia ficción y la fantasía de nuestros días, en el que las fronteras entre los géneros son cada vez más difusas. Es al contarnos la historia de Carmel cuando Tidhar más se aleja de los paisajes de su tierra ancestral, que esboza bien a lo largo de “Estación Central”, convirtiendo esa apacible lectura costumbrista que amenaza a veces con echar por tierra todo interés que yo pudiera tener en esta obra, de haberse detenido demasiado (no lo hace) en esas formas y lugares, en un relato que haría palidecer de envidia al Ridley Scott de Alien. Pero es seguramente el extraño y constante contraste entre ese costumbrismo y el futuro que dibuja, tan diferente a todo cuanto forma parte de nuestra experiencia cotidiana, lo que potencia la sensación de maravilla de esta novela.
Tidhar toma artefactos tecnológicos de nuestro tiempo, cosas que nos rodean ya hoy en día, y especula con ellos, estirándolos hasta deformar nuestro mundo y convertirlo en una historia que bien podría servir de base metafísica para explicar mundos de fantasía tan vastos como el de “Canción de Hielo y Fuego”, de George R. R. Martin; aunque su estilo se acerca más al Philip K. Dick de “Sueñan las ovejas (…)” y a cosas de Ray Bradbury y Kim Stanley Robinson.
Y de pronto, después de tantas maravillas esbozadas, y tan fuertemente contrastadas, la novela termina perdiendo fuelle poco a poco, o esa es la sensación que me ha dejado a mí, como la de una canción prodigiosa que termina con un “fade out”, con su volumen diluyéndose en el silencio, como sin querer hacer mucho ruido, después de toda la amalgama de sensaciones fantásticas que ha dejado tras de sí. Una novela, definitivamente, donde, a pesar de todo, lo humano es lo que queda.

La novela la publica Alethé, y se trata de una edición en rústica con solapas, bastante chula, y de buena calidad. Solo me he topado con un par de erratas algo importantes (un par de preposiciones mal colocadas), y poco más. Me ha dejado con la sensación de ser una obra muy bien traducida.

Le doy un 4,5 sobre 5.

Reseña: “El camino de los reyes”, de Brandon Sanderson.

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Soy dado a comprar la mayor parte de las novedades editoriales que nos llegan, en esta edad dorada que está viviendo el género de la fantasía y la ciencia ficción (cada vez más indistinguibles entre sí, y en el fondo, parte de una misma cosa). De entre la larga lista de títulos que tengo en cola, y que elijo según criterios que ni yo mismo tengo muy claros, unos me gustan más que otros, y pocas veces el hecho de que estén más de moda, o sean más elogiados o premiados tiene algo que ver en que las historias que nos cuentan calen más hondo en mi imaginación.

Y no puede decirse de mí que sea un típico fan de Sanderson. Y mira que fui de los que compré la primera edición de “Elantris” en cuanto fue publicada, entonces un escritor desconocido, de cuyas cualidades la presentación de aquella edición vaticinaba prodigios de sobra acertados. Pero a mí “Elantris” no me enganchó en un primer intento. (Lo tengo pendiente aún hoy, con pocas dudas de que acabaré cogiéndole el gusto). Lo mismo me pasó con “El aliento de los dioses”. Será que me vuelve loco la posibilidad de una buena saga interminable, porque el primer libro que por fin leí y disfruté como un  enano de este autor fue el primer volumen de la saga  “Nacidos de la bruma”, y el segundo, recién terminado de leer, ha sido “El camino de los reyes”, de la saga más mastodóntica y ambiciosa de Sanderson, “El archivo de las tormentas”.  Ha sido este segundo libro el que me ha convertido por fin en fan de este escritor, y es por eso por lo que digo que seguramente retome los dos libros citados antes con nuevos bríos en un futuro no muy lejano. Son bríos motivados por diferentes cosas, siendo una de las principales que tanto “Elantris” como “El aliento de los dioses”, como las dos sagas citadas, “Nacidos de la bruma” y “El archivo de las tormentas”, forman parte de un mismo universo de ficción, llamado el Cosmere. Siempre me han fascinado este tipo de conexiones y entrelazamientos habidos en el tiempo y el espacio en los mundos literarios y fantásticos que pueblan nuestra imaginación. Es la razón por la que soy un fan indondicional de TODAS las películas de Star Wars, por ejemplo. Me fascinan las profundidades de los mundos que me dan la sensación de que no se van a acabar nunca, por mucho que me interne en ellos.
Naturalmente, hay gente a la que le sucede todo lo contrario, y que siente mucha pereza, aversión incluso, por estas grandes sagas, por la posibilidad de empezar a leer algo que no se sabe cuándo se culminará, ni siquiera teniendo la certeza de si se culminará algún día. Aunque bien sabemos que Brandon Sanderson demuestra una fecundidad literaria inigualable, sin que ello haga apenas disminuir la calidad de cada una de sus propuestas, no es este aspecto lo que  a mí me anima a embarcarme en este tipo de caminos literarios, sino, como digo, la sensación de profundidad. Porque sé que “El archivo de las tormentas es una decalogía de libros de más de mil páginas (si es que todos llegan a ser tan extensos como los tres primeros, lo cual no tiene por qué ser siempre el caso); y eso hace que en cierto modo nada esté escrito. Que cualquier cosa sea posible. Le da al mundo por el que transitamos a través de cada página una suerte de incertidumbre acerca del futuro de la saga que lo emparenta a la realidad misma. Porque sagas tan monumentales se estructuran en torno a un lenguaje que las hace únicas.

En cualquier caso, carpe diem. Es lo que me ha hecho disfrutar la lectura de “El camino de los reyes” lo que definitivamente hace que me de igual lo que vaya a pasar mañana con esta saga. Lo que importa, al final, no es llegar, sino disfrutar del camino.

Esta historia se cuenta a través de diversos puntos de vista, a través de un variopinto grupo de protagonistas que se nos presentan en la contraportada del libro como muy típicos de cualquier mundo de fantasía: Un asesino, una ladrona, un médico (éste quizá no tan típico) y un gran guerrero. Y a lo largo de los capítulos encontraremos todos esos detalles que buscamos en estos mundos: el vivir a través de sus páginas siguiendo a los protagonistas por paisajes y ambientes que a través de la imaginación, y en mágica camaradería con el escritor, capturen poco a poco nuestros sentidos, para hacernos abandonar más y más nuestro mundo cada vez que cogemos el libro para sumergirnos de nuevo en sus páginas, adentrándonos más y más en esa otra realidad ficticia, pero no por ello menos real mientras la sentimos imaginada. Es cuando los libros dejan de ser un conjunto de premios, de buenas críticas y reseñas, y se convierten en una lectura no ya curiosa o formativa (positiva o negativa), sino meramentre adictiva. Seguimos leyendo porque los personajes han pasado a formar parte de nuestra propia psique, porque somos parte del mundo que habitan a través de ellos. De pronto los olores que desprenden los guisos, los ruidos del campamento, la cualidad rugosa de la madera de los puentes, se vuelven más reales, más auténticos. Hay libros muy buenos, muy premiados y muy bien reseñados que rara vez o ninguna consiguen todo eso en mí. Desde luego, no es el caso de “El camino de los reyes”. Porque no he seguido leyendo este libro por su calidad literaria, ni por sus críticas, ni por sus premios, sino por todo lo que acabo de decir que me ha hecho sentir mientras me adentraba más y más en sus páginas.

Leer el primer volumen de esta saga es conocer a personajes profundos y complejos, que viven en un mundo tan profundo y complejo como ellos, uno trabajado por Sanderson durante muchos años, y eso se nota. Roshar está vivo. No se trata aquí de una enésima versión de la Tierra, ya en el pasado, ya en el futuro. No. El Cosmere es un universo ficticio cuyo tiempo y espacio desconocemos, y cada uno de los mundos que lo pueblan tiene sus propias particularidades, que lo hacen único. Y el más único de ellos quizá sea Roshar. Si lo que admiré con las sensaciones que he descrito más arriba, esas que primero me impulsan a querer, a necesitar leer una obra de fantasía, fue la habilidad de Sanderson para hacernos vivir los lugares en los que viven sus personajes (la sensación de maravilla por la aventura y el descubrimiento que todos necesitamos, y que muchas veces se alimenta mucho mejor leyendo que viajando a sitios que ya hemos visto mil veces en la televisión, en esta hiperexplorada realidad nuestra), otra faceta que se agradece y que no deja de ser sorprendente y original en un escritor de fantasía capaz de colmar todas esas necesidades antes mencionadas, es la de su habilidad para dotar al mundo de Roshar de cualidades propias de la ciencia ficción, al dotarlo de seres y características únicos. Es algo que en cierto modo también nos ofrece N. K. Jemisin en su trilogía de “La tierra fragmentada”, aunque allí se trata de un mundo de ciencia ficción que a veces parece de fantasía, y en Sanderson es lo opuesto: un mundo de fantasía que a veces parece de ciencia ficción. Y eso es algo que dota a su fantasía de un matiz de originalidad único.

Pero aún hay más registros. Leyendo “El temor de un hombre sabio”, de Patrick Rothfuss, uno de los libros que más he disfrutado en los últimos diez años, a veces me asaltó una sensación de fantasía por debajo de la fantasía. De una fantasía estratificada, en la que el mundo se describe en varias capas, y a través de más de un lenguaje fantástico. Uno más convencional, utilitario y moderno, la forma en que suelen escribirse otros libros de fantasía de nuestro tiempo, en lo que se refiere a los elementos que todos esperamos encontrar en una típica saga de fantasía épica, y una fantasía más seria y profunda, más fantasía pura, más Fantasía. O, por qué no, sin el acento, Fantasia. Sí, esa sensación de lo fantástico como género literario, como algo desvinculado de lo épico como estilo; un matiz de subrealidad, o de ismos artísticos que siempre han vivido de forma más loca en lo fantástico, cosas casi inaprensibles que conforman la realidad misma, y a veces los mejores escritores consiguen hacernos llegar sea cual sea su género literario, su época y cualesquiera otra circunstancias. En fin, una sensación de fantasía pura que subyace a la mera fantasía como vehículo convencional, y que suele adentrarse en lo metanarrativo, aunque de forma muy sutil. Pues esas sensaciones están en este libro.

Así pues tenemos personajes creíbles, ambientes de fantasía que cautivan nuestros sentidos, y elementos subyacentes de fantasía pura, al lado de elementos más cerebrales, que tienen que ver con las particularidades físicas que adornan el mundo y con su concienzudo sistema de magia.  Y aún  hay más, un matiz de misterio y horror también, en este volumen de la mano de la ladrona, a través de cuya perspectiva asistimos al desdoblamiento de este fantástico y concienzudo mundo de Roshar en realidades más oscuras, que están directamente relacionadas con el devenir de los hechos vividos por todos los personajes, pero que Sanderson nos va descubriendo de forma tan sutil que nos sorprenderá que un mundo fantástico pueda serlo aún más, y desde nuevas perspectivas, apenas adivinadas al principio de nuestro viaje.
Todo eso está ahí. Y yo nunca lo había experimentado junto en una misma obra.

El estilo literario de Sanderson es práctico. En cierto modo muy asimoviano. No se detiene en florituras, y no escribe tan bien como, digamos, un Patrick Rothfuss. Sin embargo, eso no significa que no sea capaz de soltarnos cuando menos los esperamos frases o párrafos enteros de una belleza y profundidad, sobre todo una profundidad filosófica que en este autor parece engrandecer la belleza de su literatura, como si escribiese mejor cuanto más profundo se pone. Porque también, toda buena obra de fantasía ha de tener, de forma bien disimulada, de forma perfectamente engranada en su trama, sus dosis de libro de auto ayuda. Aspectos teológicos y filosóficos que no le hacen mal a nadie. Y Sanderson no anda escaso de estas cosas, ni es poco hábil a la hora de saber dosificarlas.

Una de las cosas que más poderosamente me llama la atención de este libro, como ya decía al principio,y ahora vuelvo sobre ello, ya para casi terminar esta atípica reseña (como, creo, suelen ser todas mis reseñas, ya que no estoy vendido a editoriales ni todos los libros me parecen maravillosos, como es lo común en los blogs más conocidos de literatura fantástica. Además no me gusta revelar apenas nada de la trama al hablar de lo que he leído, ni siquiera doy nombres de personajes para no condicionar la lectura, y me centro más en las sensaciones que el libro me haya dejado): es la profundidad del mundo y los hechos que nos propone. Es saber que hay personajes de los que la gente habla como sus favoritos que ni siquiera han aparecido aún en estas más de mil páginas iniciales de la saga. Es saber que personajes secundarios que al principio son poco más que parias irán creciendo hasta convertirse en protagonistas en futuros pasajes de la saga. Es intuir el semblante trágico, casi “darthvaderesco” del personaje principal de este primer volumen. Ser testigos de los múltiples cambios a través de los cuales pasan y pasarán los distintos personajes que vamos conociendo. Es saber que hay ciudades que son poco más que mitos de hace milenios, como puede serlo para nosotros la mesopotámica ciudad de Ur, que en algún momento de sus futuras aventuras llegarán a visitar nuestros protagonistas, al menos alguno de ellos, revolucionando los estratos y los sabores que el autor nos va presentando de forma tan paciente. Porque lo bueno de una saga tan larga y de unos libros tan voluminosos es que Sanderson tiene tiempo para todo. Puede ir cocinando a fuego lento todos los detalles, avivando el fuego cuando hace falta, a lo largo de muchas escenas de acción, presentándonos nuevos personajes, hechos y situaciones que ofrecen nuevas perspectivas de todo lo que ya conocíamos, o de repente dotando a su pragmático estilo literario de un lirismo sorprendente, en virtud de la aparición de ciertos personajes,  a cual de ellos más misterioso.
No faltan en este primer volumen los giros sorprendentes, por supuesto. Sanderson nos sorprende con la maestría de los mejores en el género.

Lo malo del libro es su edición. Aunque el grandísimo acierto de publicarlo con las formidables ilustraciones originales de Michael Whelan nos llame a engañarnos positivamente (Quién no admiró en el pasado las portadas que hizo para la injustamente maltratada en España saga de “Añoranzas y Pesares”, de Tad Williams, la obra que inspiró a George R. R. Martin para escribir “Canción de hielo y fuego”), lo cierto es que los materiales con que está hecho el libro parecen de saldo: tapa delgada y un tanto debilucha, páginas pegadas en vez de cosidas, y, peor que todo eso, una monstruosa sucesión de erratas incomprensibles, como si el libro no hubiese tenido corrección alguna de sus galeradas. Incomprensibles además, porque casi siempre se trata de nombres mal puestos, equivocados, poniendo nombres de personajes cambiando unos por otros en demasiadas partes del libro. Una vez incluso el nombre de un personaje es cambiado por el de una ciudad. Es algo tan absurdo que yo nunca había sufrido en ninguno de los muchos libros que he leído. Y me ha hecho preguntarme qué profundas oscuridades ignoro del arte de la industria editorial, en cuanto a las fases que forman parte de la elaboración de un libro hasta que llega a nuestras manos. ¿Es que acaso los nombres ya venían mal puestos en el manuscrito en su versión original? No puedo creer tal cosa. Entonces, ¿de dónde surgen esos errores? Seguramente haya algo que se me escapa. Pero son errores muy molestos, que harán que haya gente que prefiera hacer de tripas corazón y leer el libro en inglés. Además, por mucho que la editorial ha prometido que en sucesivas ediciones se irían limando esos fallos, yo no he sido capaz de encontrar ninguna donde se supongan esos fallos corregidos. Y mención aparte lo de no coser las páginas. En mamotretos como estos, si llevas el libro de aquí para allá, como es mi caso, las tensiones que sufre el lomo hace que al final las primeras o las últimas páginas empiecen a despegarse. Con “Juramentada”, el tercer volumen, publicado este año, sí han cosido las páginas. Esperemos que sea un ejemplo que sigan a partir de ahora, y no solo un espejismo.
Sin embargo, el libro es tan largo, y tiene tantas virtudes, que los fallos de nombres al final los he vadeado, en cuanto he cogido el tranquillo a no preocuparme cuando mi pie se hundía demasiado, optando por el pragmatismo de pisar en un sitio más seguro, es decir, comprendiendo que se trataba de un nuevo error, y volviendo a leer las partes implicadas para interpretarlas correctamente, si es que el error no es evidente nada más verlo, (que no siempre lo es). Para un libro tan largo, no pasa tantas veces, sobre todo en su segunda mitad, y lo que lees es tan bueno que te acostumbras a obviar los fallos. Pero quizá no todo el mundo sea tan pragmático como yo en este aspecto.

Actualizado: En cualquier caso, acaba de salir la sexta edición, que se presume ya libre de esas erratas que comento, así que se os acaban la excusas para disfrutar por fin de este hito de la fantasía contemporánea.

Mi puntuación:

Suelo puntuar sobre cinco, y a pesar de todos estos fallos de la edición en castellano, voy a darle a “El camino de los reyes” mi primer “5” para los libros que he reseñado en este blog.

Así pues: 5 sobre 5

Reseña: “Agentes de Dreamland”, de Caitlin R. Kiernan.

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Una lovecraftiana novela corta de una autora que se define por frases como esta:  La historia revela un propósito claro, y yo no tengo ningún interés real en la trama. La atmósfera, los estados de ánimo, el lenguaje, el personaje, el tema, etc., eso es lo que me fascina.

Kiernan es autora de varias novelas, aún más novelas cortas, y prolífica creadora de cuentos. Es además guionista de comics, música en un grupo de folk y paleontóloga. Esto último lo vemos en lo bien que la ciencia se desgrana de forma acertada pero sutil a través de la páginas de “Agentes de Dreamland”.
Se trata de una novela corta bien escrita, con algunos (aunque escasos) momentos de cierta belleza poética, pero que sabe a poco, no tanto quizá por su obvia reducida extensión, sino por su estructura. Y es que al leerla me pareció estar ante una novela de extensión normal, de al menos doscientas páginas, en la que solo el capítulo final acelera y corta de forma repentina la trama, para llegar a un desenlace que no me hizo cerrar el libro sintiendo haber leído algo grande ni realmente especial. Tampoco me pareció original, y en dos momentos, si bien muy puntuales, me pareció una obra un tanto pretenciosa.
Lo mejor de esta novela corta, la atmósfera, y lo bien escrita que está. De lectura imprescindible para los amantes de los mitos de H. P. Lovecraft, sin los cuales “Agentes de Dreamland” no existiría.

Mi valoración personal: 3’5 sobre 5.