Pagar por ver estrenos en plataformas es normal, y quien no lo entienda es que no se entera de en qué mundo vive.

Mulan, que costará 21,99 euros en Disney +, ha encendido el debate en las Redes, generando gran cantidad de críticas, tan airadas como irracionales.

Una familia o un grupo de amigos se gastan normalmente más de 20 euros en ver una película en el cine. Vale que por cabeza no serán más de 10 euros, pero a ese gasto hay que sumar el transporte y la comida que consumes en el cine, o bien la cena o merienda pertinentes, antes o después de ver la película. Todo ese gasto para ver un estreno mundial, solo una vez.

Con esta nueva forma de entender el cine estarás pagando, por cada casa, esos 22 euros, para poder ver un estreno mundial en exclusiva, en la plataforma en la que estás suscrito, tantas veces como quieras, o quizá incluso descargártela.

¿Cuánto cuesta comprar una película en Blu-Ray o DVD? Más o menos ese precio, y varios meses después de su estreno. Ahora estás pagando lo mismo, para poder disfrutarla EN CASA, desde su mismísimo estreno. Esto, en un mundo cada vez más inseguro, y con cada vez más gente maleducada y menos control de esa gente maleducada en los cines, se traduce, tal como yo lo veo, en solo ventajas. Más en una época en la que los grandes televisores de pantalla plana ya son asequibles para casi cualquier trabajador.

No hay excusas. Cualquier protesta que se haga es irracional. “Pero si es que ya estoy pagando una suscripción…”, dicen algunos. Vale… ¿Y…? Esa suscripción NO tiene por qué incluir estrenos cinematográficos. Que algunas películas se hayan estrenado directamente en Netflix no debe hacernos perder el norte, y dejar de comprender que para que el cine exista el consumidor debe seguir pagando el precio que cuesta una entrada de cine.

La llegada del niño-robot.

                    

Era la décimo tercera jornada de viaje desde Acantha. Los últimos siete días los hicieron hostigados por la tormenta, bajo cielos plomizos, con lluvia en el viento y barro en el camino. Con mejor tiempo, decían soldados y exploradores, ya deberían haber visto refulgir en la distancia los cobrizos pináculos de las torres de Hesperia, la Ciudad Inmortal. Pero no había nada. Nada existía a más de 20 pasos, aparte de ellos mismos, que no fuera lluvia y barro.

Acababan de perder al joven mago, Ephiro, y a dos monturas ghaund. Por culpa de aquella desdicha, y por los continuos atascos de los carromatos, llegaban tarde a su cita con los dioses. Pero, para la mayoría, la muerte de Ephiro puso en perspectiva sus ganas de no hacerlos esperar. “Que les den a los dioses”, murmuraban muchos en la comitiva, aunque enseguida se arrepentían y rogaban en voz baja por que la paciencia fuese virtud de sus divinos anfitriones.

La trágica pérdida del mago fue un duro golpe, que les recordó las palabras de los Augures, antes de salir de Acantha. Palabras impías, sobre reyes traidores. “No llevéis a cabo este viaje”, habían susurrado las voces desde la oscuridad, detrás de las efigies del Templo.

Aquella noche acamparon con un temor instalado en los corazones, sin que los titubeantes fuegos, sacudidos por la lluvia y el viento, bastasen para poner cerco a su desánimo. Las tinieblas parecían cobrar formas siniestras al compás de los gemidos de la tempestad. Pero su empresa era ineludible, pues era la mismísima hermana del rey, la princesa Dido, quien mandaba la comitiva. Y, para ella, volver atrás no era una opción.

Dido y muy pocos más sabían el verdadero propósito de la misión: encontrar pistas sobre la llegada del Enviado. También sabía que jamás debían entrar en la ciudad de los dioses, aún si lograban encontrarla. Pues solo los muertos deambulaban por sus calles. No es que la mayor parte de los miembros de la comitiva no tuviesen conocimiento sobre ciertas leyendas tenebrosas, ligadas a aquel lugar. Pero existían también otras historias, más luminosas, sobre hazañas de guerreros-santos, bendecidos en Hesperia. Ella las usó para inflamar la imaginación de los miembros de la expedición, incluso de los más temerosos. Tergiversó aquellos mitos ancestrales, en los que la soldadesca creía con fervor, y los exhortó a llegar a la Ciudad Inmortal antes de la Tercera Luna para ganarse así el favor de los dioses o, de lo contrario, despertar su ira. “¿Pero no lo hemos hecho ya?”, se preguntaban algunos, a tenor de aquel tiempo del averno.

El verdadero problema para Dido residía en saber que ella no era la única persona que buscaba al Enviado. Por eso, cada momento contaba. Pero tenía que ser la propia ciudad, Hesperia, la que eligiese el momento para mostrarse, así como el modo de hacerlo. El precio, ella bien lo sabía, ya lo habían pagado.

En lo más profundo de la noche, mientras su carromato era mecido con brusquedad por las arremetidas del viento, Dido se rindió por fin a un sueño intranquilo, pero un fuerte empellón, más brusco que los demás, la sacó de su duermevela.

—¿Qué ha sido eso? —exclamó la princesa, en la oscuridad apenas alejada por la mortecina luz de la lámpara de aceite—. Imsu, ¿lo has oído?

Pero el eunuco no respondió. No estaba allí. ¿Dónde se habría metido Imsu, con la noche que hacía? ¿Fuera de la seguridad del carromato, el medroso eunuco? No lo creía. Inquieta, se echó una capa por encima y saltó al exterior. Lo primero que notó fue que el viento se había calmado. De forma asombrosa, no se movía ni una brizna de hierba. También había dejado de llover. Quizá les estaba atravesando el ojo de la tormenta, pensó. Lo segundo que notó fue que estaba sola. Allí no había nadie. Eso la inquietó bastante. De pronto, las tormentosas brumas la cercaron, arremolinándose a su alrededor en una danza casi hipnótica. Sonó un grito, como el que la había despertado, un lamento metálico que fue subiendo en intensidad hasta hacerle vibrar el esternón. Entonces, las brumas se disiparon y el sonido cesó. Ante ella, se materializaron las puertas de una ciudad. No era Hesperia. Era Acantha, su casa… O, más bien, una extraña versión. Una Acantha en ruinas, pero que brillaba envuelta en una luz de plata y espejos, con la gloria de una antigua civilización extinta.

Por las escaleras del Gran Templo bajaba una pequeña figura. Parecía un niño. Era un niño. Un niño de metal.

—Hola —dijo la criatura—. ¿Sabes si estoy muerto?

—No lo creo —respondió Dido—. ¿Quién eres?

—Yo soy… era… ¿Eforo, Aziru? No lo sé, lo he olvidado.

—Dime, esto es un sueño, ¿verdad, pequeño?

—¿Un sueño? ¿Entonces, no estoy vivo?

Dido tuvo miedo de responder a esa pregunta, aunque no supo decirse por qué.

Las escaleras del templo brillaban con una intermitencia enfermiza.

—¿Por qué dices que es un sueño? —dijo el niño de metal, con un mohín.

—Qué va, no lo es —negó Dido. ¿se apiadaba del niño, o le tenía miedo? El pequeño de metal pareció creerla. Se rio.

—Ven —dijo el niño, que la tomó por el brazo—. Es por aquí, es por aquí—. Insistió, tirando de ella hacia la oscuridad del templo.

—¿Qué es lo que es, pequeño? Espera, niño, más despacio.

Dido despertó.

—Alteza, por fin. Me teníais preocupado. —Amsu, el eunuco, tiraba de su brazo, los michelines colgando sobre su cuerpo—. Alteza, están aquí. Las puertas de Hesperia.

—Amsu —reaccionó por fin la princesa—. Tenemos que volver. El Enviado, ya sé dónde encontrarlo. Está en casa, Amsu, en Acantha. Siempre lo ha estado —dijo, asomándose al exterior del carromato.

La luna Acantha, de mismo nombre que su querida ciudad, se alzaba majestuosa y añil, en el cielo de tonos lapislázulis, sobre las puertas de Hesperia.

                       

—Vamos, Zair —exclamó la princesa Dido, aunque ella seguía sentada en su silla de nácar, atusándose los azulados tentáculos ante el espejo.

—Este es un día muy especial —siguió hablando— ¿lo sabes, verdad? Oh, claro que lo sabes, mi pequeño robot particular.

—Por supuesto que lo sé, Alteza…

—No seas tonto, sabes que tú puedes llamarme Dido. Te lo he dicho muchas veces. Para ti soy Dido, porque eres como mi hermanito.

—Claro, Dido. Y sí, lo sé muy bien, eso que decías. Tengo un año, pero no soy tonto. Hoy es el día del Llamamiento. Hoy los prens llamaréis… eh, llamaremos a los dioses.

Ella dejó de hablarle a mi reflejo, se giró y me miró. Estuve seguro de que notó algo en mi voz. Miedo. Pero se refirió a otra cosa. Dijo:

—Has hecho bien al incluirte; que ser diferente no te engañe, porque esto de hoy no sería posible sin ti. Hallarte fue una señal, un milagro. Padre tiene razón, estoy segura de que hoy sí nos escucharán, por fin… Y será gracias a ti, Zair, ¿te das cuenta?

Yo no quería darme cuenta de nada, porque sí, me daba miedo ser el centro de atención. Había temido la llegada de ese día desde que me dijeron que ese día llegaría. Pero asentí. En cuanto a ser diferente, la verdad era que mi cuerpo tenía poco en común con los prens, o con los pérfidos xash. Siempre estuve convencido de que me parecía más a los dibujos de los dioses que había visto en las Enseñanzas. Para mi extrañeza, nunca nadie le dio mucha importancia a ese detalle.

El caso es que Dido había insistido mucho en que tenía que sentirme y comportarme como si fuera un pren. Y no uno cualquiera; uno de la Casa Gobernante, ni más ni menos. Lo de comportarme podía intentarlo, vale. Pero, ¿sentirme? Eso no lo tenía tan claro. En cualquier caso, parecía que a la princesa y a los demás les bastaba con mi comportamiento.

Ella se levantó, por fin.

—Bueno, vamos. Ay, estás monísimo, con tus tentaculitos nuevos —dijo.

Me tendió la mano y abandonamos la habitación de suelos de caprichosas geometrías blancas y negras, iluminadas por el sol de la mañana. Una escolta de dos soldados de la Guardia de Honor de la Casa Gobernante esperaba al otro lado de las puertas. Se pusieron en marcha, detrás de nosotros. Los miré de soslayo, mientras caminaba junto a la joven princesa, seguro de que no me quitaban ojo de encima. Me sentía un poco ridículo, con la tiara con tentáculos artificiales que me habían puesto, pero no me atrevía a decírselo a nadie, y menos a Dido.

Recorrimos el laberinto de pasillos, puentecitos de piedra de mármol pulido y escaleras del interior del palacio, hasta llegar al ascensor de cristal, que nos bajó hasta la base del cráter. En su zona central, se apiñaban las torres del palacio, del que acabábamos de salir, y sus estructuras aledañas. El cráter era una antigua cuenca de impacto de un fragmento de estrella, me había enseñado Zabdás, el profesor de la princesa y, por lo visto, y por añadidura, también el mío. (Por añadidura; eso me decía Eleter, la niña de las cocinas con la me escapaba a veces al exterior, cuando Dido estaba demasiado ocupada. Según ella, respecto a mí todo era siempre “por añadidura”. Creo que la princesa no le caía bien. En una ocasión me dijo que solo los dioses podían tener robots particulares. No sé, la verdad, Eleter era un poco rara —todo lo rara que le podía parecer una pren a un niño-robot rescatado de un pasado desconocido—, pero me caía bien. Un día Dido se enteró de mis correrías junto a ella, y ya no me dejaron verla más).

En menos de lo que se tarda en pensarlo, estábamos en la Plaza Winrún, en el mismo centro del cráter, rodeados por las torres del palacio y las demás estructuras de la Casa Gobernante. Era una plaza más o menos circular, enorme. En el extremo opuesto al palacio, a los pies de la Escalinata del Gran Templo, habían puesto un estrado con una mesa alargada y muchas sillas. Una multitud de prens se había congregado en el lugar. Su visión me alteró bastante. Unos cuantos se dieron la vuelta y, luego, muchos más cuando fueron conscientes de nuestra llegada. La princesa respondió con sonrisas y gestos encantadores, toda llena de gracia, como ella era.

Alguien salió a nuestro encuentro. Era un diácono del templo.

—Por aquí, Alteza —nos indicó, mientras nos abría la puerta de un largo y curvado pasillo, al otro lado de la columnata que rodeaba la plaza. La algarabía de la gente quedó poco a poco reducida a un quedo murmullo, mientras nos adentrábamos en la frescura del interior. Yo estaba hecho un manojo de nervios, pero la presencia de la princesa me llenaba de confianza. Junto a ella, sentía que nada malo podía pasar.

Animamorphing Corporation.

“¿Ha decidido reencarnarse al morir, pero no le atrae la idea de convertirse en un aburrido robot y no tiene los créditos suficientes para algo mejor? ¿Quiere tener todo un mundo nuevo a su alcance, lleno de desafíos que afrontar? ¿Ama a los animales? ¿Ha respondido a todo que sí? Entonces, está usted de suerte. No lo dude más y venga a conocernos.
Somos Animamorphing Corporation.

Nosotros terraformamos, usted vive. Disfrute como un animal”.

El anuncio llegó de golpe, locutado con una voz de marcado acento anglosajón y acompañado por una fanfarria de música electrónica épica. Podía haber sido uno más entre los tantos que llegaban a las retinas y lóbulos cibernéticos RA de John Sebastián, cada vez que paseaba por las calles de Madrid o de cualquier otra ciudad del sistema solar. Podía haberlo desechado, como un spam más que burlaba sus filtros, una nueva tontería poco creíble. Podía no haber reparado en él, distraído por sus pensamientos, por estar hablando con otra persona o por cualquier otro motivo. Pero, justo en ese momento, John Sebastián no estaba distraído, así que leyó el anuncio. Le pareció, ciertamente, poco creíble; pero picó lo suficiente su curiosidad y decidió archivarlo, con un leve movimiento de la mirada y dos rápidos pestañeos. Esa simple elección cambió el curso de su vida.

—Dígame, señor Sebastián… —dijo la mujer, a todas luces una ginoide, en el mostrador de la recepción de un viejo edificio de usos múltiples.
John se esforzó en verla como a una mujer normal. Hacía pocos años, en el 2413, que androides y ginoides habían ganado el derecho a ser tratados como seres humanos, aunque no por ello muchos humanos verdaderos (si es que tal cosa aun existía en los albores del siglo XXV) dejaban de sentirse incómodos cuando interactuaban con ellos.
—Luna —contestó él.
—¿Perdón?
—Señor Luna. Sebastián es mi segundo nombre. Me llamo John Sebastián Luna.
—Oh, claro, disculpe. Lo corregiré enseguida.
Qué poca profesionalidad, pensó. Mientras ella corregía su ficha, miró a su alrededor. Por primera vez, se preguntó por qué se había dejado seducir por el extraño anuncio del día anterior. No le gustaba aquel lugar. Había imaginado que una empresa llamada Animamorphing Corporation se encontraría en uno de aquellos asombrosos rascacielos que luchaban por llegar al cielo de Madrid, pero se hallaba en un edificio gris y decadente, perdido en los suburbios de la ciudad. Parecía el vestíbulo de un viejo periódico del siglo XX. Además, el nombre de Animamorphing no se veía por ninguna parte. Le pareció extraño, y a punto estuvo de irse. Pero, sin saber muy bien por qué, siguió allí, abstraído en sus pensamientos.
¿De verdad le otorgarían un cuerpo animal, si resultaba apto en los test? Apenas podía creerlo: ser un animal en un nuevo mundo, todavía virgen. Construir nuevos cuerpos humanos sintéticos era un proceso lento y costoso, pero los animales podían clonarse en mucho menos tiempo y usarse como anfitriones, sin los problemas éticos (y legales) de ocupar clones humanos de contrabando.
Solo había un problema. John sabía que la teleportación de la esencia humana a animales (o del alma, mente, memoria, voluntad, psique o como se la quisiese llamar) era algo poco más que experimental. Algo peligroso. Había visto documentales sobre el tema, en los que decían que la esencia humana quedaba adormecida, en un estado latente. Como animal, no sería él mismo. Aunque usar robots terraformadores como anfitriones del alma humana era un método más basto y primitivo, al menos ya había demostrado funcionar. Las taras psicológicas que experimentaban los así resucitados habían servido de argumentos para no pocas historias de terror, pero al menos eran historias imaginables. Nadie se había atrevido a especular aún con la visión del mundo de alguien que hubiera sido una serpiente.
De pronto, todo aquello le pareció una locura.
—Vale, arreglado. Dígame, señor Luna —dijo la ginoide, justo cuando John hacía ademán de darse la vuelta para marcharse de allí—, ¿por qué quiere usted reencarnarse para vivir en otros mundos?
—Yo… quién no querría… —dijo al fin, todavía allí de pie, frente a ella.
—Oh, créame, mucha más gente de la que se imagina. Muchos practicantes de distintas religiones, por ejemplo, que siguen creyendo en una nueva vida al margen de la tecnología. También, mucha gente que no tiene los créditos suficientes para una buena reencarnación. No todo el mundo está dispuesto a resucitar como un robot terraformador y a tener que trabajar durante decenas de años, en una luna desolada y estéril de Épsilon Eridani. Y todo para poder ganarse un cuerpo clonado de segunda categoría y una casa prefabricada de 20 metros cuadrados entre otros cientos de miles iguales.
—Desde luego, no parece la mejor visión de la otra vida —contestó John, circunspecto—. Aun así, yo sí estoy dispuesto a eso. Después de todo, por algo se empieza. ¿Y qué otra alternativa hay, para los que no creemos?
—Señor, lamento decirle que para robot terraformador no pasa usted los test.
—¿Ah, no?
No daba crédito, ¿qué era eso de que no pasaba los test? Quizá ya nunca tendría una nueva vida, después de morir, por culpa de aquel estúpido anuncio. Se le ocurrió la idea de que Animamorphing era una tapadera, una empresa que llevaba a cabo una labor subrepticia para el Estado, descartando a candidatos no aptos.
—No, señor Luna —contestó ella—. Para eso son los test. Lo sabemos todo sobre usted.
—¿Todo?
—Usted nos dio permiso al firmar el documento. ¿No leyó la letra pequeña?
John se preguntó si el atisbo de malicia que creyó percibir en la mirada de la ginoide fue solo su imaginación.
—Claro que sí, ¿por quién me toma? Pero dígame, ¿por qué tanto secretismo? —dijo, cada vez más harto de aquella situación.
—¿A qué se refiere? —preguntó ella.
—Vamos, no juegue conmigo —respondió—, no he visto ni un solo letrero, indicación, nada, que diga que estoy en una empresa que se llame Animamorphing Corporation. ¿Qué es esto?, una tapadera para descartar a personas no aptas, como yo, ¿verdad?
—Disculpe, pero di por hecho que alguien con su inteligencia ya lo habría supuesto, señor. Animamorphing —bajó la voz— es un proyecto secreto. No nos interesa que lo sepa todo el mundo. Usted, como todas las demás personas con las que hemos contactado, ha sido escogido.
John se quedó callado unos segundos.
—Escogido, ¿yo? ¿Por qué? Espere, me han estado espiando —afirmó, más que preguntó.
—Pues claro, señor Luna, como cualquier otra empresa. No se alarme, no hemos hecho nada ilegal. Solo nos hemos aproximado a la información disponible sobre usted desde una perspectiva, digamos… diferente.
—¿Diferente? ¿A qué se refiere?
—¿Leyó bien la información, antes de hacer los test?
—Sí, sí, lo de los animales, y todo eso.
—¿Y no quiere saber con qué animal ha resultado usted identificado? Porque he ahí la cuestión.
—Eh… no sé —vaciló—, ¿un águila?, ¿un lince?, ¿un zorro?, ¿un guepardo? —enumeró con creciente excitación algunos de sus animales favoritos.
—Un pulpo, señor Luna. Entiendo su azoramiento —dijo ella enseguida, lo que le confirmó a John al instante cómo debía percibir la ginoide su rostro perplejo y encendido—, pero no es lo que usted piensa.
—Yo no quiero reencarnarme en un pulpo, por el amor de Dios —dijo, casi a voces. Todas las personas en el vestíbulo se giraron a la vez hacia él. Todas fingieron estar muy ocupadas con sus propios asuntos, cuando las barrió con la mirada, cada vez más turbado.
—Me parece que no ha entendido nada —dijo la ginoide, apenas disimulando una sonrisa.
-—Perdón, ¿le hace gracia?
—Disculpe. Es que no sabe usted nada sobre el tema, solo lo que cuentan en esos documentales sensacionalistas. Además, ¿sabe qué?, creo que me está mintiendo, y que no se ha leído la letra pequeña. No se va a reencarnar en un pulpo, sino en un perfecto ser humano, un cuerpo exclusivo, de primera categoría. Pero con… algo de ADN de los pulpos.
—¿Cuánto, de ADN?
—Muy poco. Detalles cosméticos.
Eso ya no sonaba tan mal. John carraspeó. Dijo:
—¿Por qué de los pulpos?
—Son una de las especies más inteligentes de la Tierra —contestó ella—. Casi llevadas a la extinción en el siglo XXI por lo exquisito de su carne. Pero bueno, eso no viene a cuento ahora. Verá, señor Luna, ya hemos copado todas las vacantes que teníamos para los animales típicos más solicitados. Ahora necesitamos individuos para otras especies más exóticas. Si los test hubieran mostrado que usted es perfecto para ser un tigre, un león o un delfín, nos habríamos visto obligados a rechazarle como candidato. Así que, lo toma o lo deja.
John apenas dudó. Quién no querría resucitar dentro de un cuerpo de primera clase (¡y exclusivo!), por mucho ADN de pulpo que tuviese. Vamos, aunque fuese ADN de cucaracha. Estaba más que dispuesto a tener antenas, si ese era el precio de una nueva vida entre las estrellas.
—Pero, dígame, eh…
—Bollinger, Circe Bollinger.
—Señorita Bollinger, todo eso suena muy caro. Ya sabe, la teleportación cuántica de la memoria, las nuevas patentes que sin duda necesitarán para la impresión 3D de cuerpos sintéticos exclusivos… Y sepa que yo apenas tengo para costearme los gastos de una resurrección como robot terraformador.
—No se preocupe, eso es lo mejor. Usted no tendrá que pagar nada.
—Venga ya, nada es gratis, señorita Bollinger —dijo, y una parte de él reparó en que había dejado de pensar en ella como en una ginoide—. Venga. ¿Cuál es el precio?
—No hay precio. De verdad. Al menos, no en créditos. Pero…
Allá vamos.
—Todos ustedes servirán de conejillos de indias para algo nunca probado antes. Además, deberán despedirse de su vida en este mundo, exactamente dentro de dos años, cinco meses, catorce horas y treinta y seis minutos. Es decir, no podemos esperar a su muerte natural. Pero eso no es todo. Verá, señor Luna, si todo sale bien y alguna vez despierta, no será hasta dentro de mil años.
Silencio.
—¿Alguna pregunta?
—¿Alguna pregunta? —casi escupió él, repitiendo las palabras—. Están ustedes locos. Adiós —dijo, y se dirigió raudo hacia la salida.
—John Sebastián Luna —lo llamó ella. Él se giró, ya en la puerta.
La ginoide puso delante de su rostro una mano cerrada en un puño, abrió los dedos y un documento apareció en una esquina de la visión de John.
—Por si cambia de idea. Para firmar, cuando abra el documento, pestañee dos veces.
John se marchó, sin decir nada más.

Aquella noche, John apenas pudo conciliar el sueño. Cuando por fin lo consiguió, soñó que se amoldaba a los contornos de las cosas. Soñó que era las cosas mismas. Entonces quiso ser la forma de Salma, y estiró sus largos, múltiples y escurridizos tentáculos haca ella. Pero allí no había nadie. Despertó.
Las luces nocturnas de las farolas se colaban apenas entre las cortinas de raso, decoradas con dibujos de búhos que adquirían formas siniestras en la penumbra. El tenue resplandor parecía no atreverse a burlar a aquellos mudos vigilantes, guardianes de una tristeza atemporal.
John se obligó a abrir por fin los ojos a la realidad.
Salma había muerto hacía menos de un mes.
—Luz, mesilla.
La luz de la mesilla se encendió. Se levantó.
—Bata —pronunció, y la prenda surgió como de la nada, para cubrir su desnudez. Algo que sin duda habría parecido magia a cualquier persona de hacía pocos siglos. Su mente de escritor siempre se ponía en el lugar de otras personas, de otros lugares y otros tiempos.
Se dirigió a la cocina y volvió con una taza de algo, que bebió de un trago. Se movía en silencio, como un fantasma del futuro en unas estancias olvidadas. Abrió la puerta de un armario y cogió uno entre los muchos ejemplares repetidos de un mismo libro. En todos los lomos se leía, en letras sencillas, pero hermosamente entrelazadas:

“Los vigías de las fronteras de los sueños”.

Salma y él lo habían escrito a cuatro manos, durante los últimos dos años.
Se sentó en la cama y estuvo allí un largo rato, con el libro entre las manos, contemplando las cortinas. No las había abierto desde que Salma se suicidó.
John dejó el libro y corrió las cortinas. Estaba amaneciendo. Pero era un alba de luz lejana y fría, que se deslizaba por los muros manchados por la lluvia de los altos edificios de enfrente. Abrió la ventana y se asomó al vacío. Un viento que olía a humo y a lluvia azotó su rostro. Estaba temblando. Volvió a cerrar, con tanta fuerza que rompió el cristal. Se retorció. Vomitó en la moqueta los restos de una cena tardía.

Despertó allí mismo, sentado en el suelo, al lado de la cama. Era casi de noche otra vez. Las figuras de los búhos lo miraban desde las cortinas mecidas por el viento, pacientes e inquisidoras. Se sintió hecho un asco, pero con la mente despejada. Los últimos recuerdos de lo soñado se le escaparon de forma irremediable, pero supo que tenía que ver con los búhos y con Salma. Por primera vez en un tiempo que entonces sintió tan largo como una condena, supo qué hacer.

En un lugar no muy lejos de allí, Circe Bollinger abrió los ojos.
“Lo tenemos. Ha firmado”, decía el mensaje entrante.

Ojalá no sea perfecto.

La última música barroca fue perfecta, Phil, exactamente lo que quería. Empezando por la portada del álbum, estupenda, por fin. La foto del interior de la catedral, con sus grandes y coloridos rosetones, hizo que las notas del Membra Jesu Nostri me trasladasen a Notre Dame. Tenía tantas ganas de visitar Francia y conocerla, Phil. Por eso aquel día, por primera vez, no te llamé para protestar, por creer, tonta de mí, que me habías vendido un disco ligeramente rayado; ni porque la edición que buscase fuese otra. Aquel día no quise saber de otros estilos y compositores distintos a los primeros que me ofreciste.
No volví a pasar por la tienda, para aprovechar la oferta de la semana. No porque tú no hicieses bien tu trabajo, pues me atendías exquisitamente en cada ocasión, hasta casi abrumarme (aunque en realidad siempre me sentí halagada por tu trato) con la cantidad de discos que, uno tras otro, sacabas de todos los rincones posibles de la tienda, para retenerme, aunque solo fuese un minuto más, en la cabina. Porque yo, la verdad, no tenía ninguna prisa por escapar.
No me importaban tus rarezas, como cuando te invité a subir a casa a comer un bocadillo. Fue el día que nos conocimos, cuando entré en la tienda buscando discos de Buxtehude y pareció como si me hubieras estado esperando allí toda la vida. Y eso es justo lo que tu compañero me dijo, tiempo después. Me habías visto a través del cristal del escaparate. Yo estaba cruzando la calle hacia la tienda y le comentaste: “mira, una diosa, y se ve que entiende de música. Va a entrar aquí, y la voy a atender yo”. Y así fue. Supongo que siempre supiste adelantarte un poco al futuro. Después de que me enseñases casi todo lo que teníais de música clásica, te despediste de tu compañero y dimos un paseo hasta mi casa y, cuando te invité al bocadillo, el gesto te cambió por completo, y me dijiste, casi con enfado: “¿En serio, comer en la misma habitación con más gente? No, gracias”. Y te fuiste.
Con la última música, Phil, no protesté como solía hacer siempre. Aunque, en realidad, sí lo hice. Porque mi silencio, mi afirmación de la perfección de aquella música, fue mi protesta. Ya no quise escuchar más tu voz, porque me habías dado a elegir entre seguir contigo, en California, o París. Y yo no podía decir que no a aquella beca. Era mi sueño, lo que había querido hacer toda mi vida. No lo dudé ni un segundo.
Cuando mi deseo y tu tozudez sellaron nuestro destino, te pregunté si querías que te trajese fotos de París, pero tú me dijiste, ¿te acuerdas?, “yo lo que quiero es que te quedes”.
Cuando regresé, ya no eras el mismo. Habías vendido tus primeros libros, y te habías casado. Luego te divorciaste y te volviste a casar… Y, en ese periplo de búsqueda desesperada de la no soledad, fuiste escribiendo más y más. Y cuantos más libros malvendías más te encumbrabas, sin saberlo, al Olimpo de la literatura americana y de la ciencia ficción mundial. Te impulsaba la misma energía desbordante y obsesiva que había en aquellos ojos tuyos, el primer día, en la tienda. Pero tu vida se fue volviendo más rara, más desordenada y fatal. Yo volví a lo mío y tú seguiste con lo tuyo, hasta que aquella energía acabó por consumirte por completo. Daba miedo volver a ti. Te consumías a ti mismo y a casi todo cuanto se te acercaba.
Hoy, Phil, a pesar de mi éxito profesional y de que ciertamente he sido feliz, y de que sé lo infeliz que hubiera sido de haber claudicado ante tu energía, de haber sido la esclava de tus caprichos y cambios de humor… a pesar de todas esas casi certidumbres, sé que tú serás la causa por la que las personas del futuro conocerán mi nombre. Sabrán de mí, sobre todo, cuando lean tu fascinante y conmovedora biografía, escrita por Anne, tu tercera esposa. Cuando lean que un día confesaste a otra de las víctimas de tu endiablado encanto: “¿Sabes?, creo de verdad que Betty Jo fue el gran amor perdido de mi vida”.
Adiós, Phil, descansa en paz. Quizá nos veamos en alguna otra vida. Te pediré un disco de Buxtehude. Ojalá no sea perfecto.

La niebla y la montaña.

Esta primera edición de las Crónicas de Arkiva Sandrider llegó a mí años después de su muerte, por medio de alguien que lo conoció y desea permanecer en el anonimato. He de hacer una aclaración previa, a los posibles lectores de esta versión. A lo largo del relato se mezclan, sin solución de continuidad, fragmentos del diario de Arkiva y una selección de las grabaciones hechas por él mismo de las diferentes situaciones en las que se vio envuelto. Los fragmentos del diario están aquí recogidos tal como los dictó el explorador. No es exactamente así en lo que se refiere a las grabaciones. Estas fueron seleccionadas posteriormente, noveladas y narradas en tiempo pasado, se cree que por el propio Arkiva, para diferenciarlas de las entradas del diario. Debe aclararse que, aunque noveladas, intentan ser estrictamente fieles al espíritu de los fragmentos de grabación escogidos. Al menos, así me fue dicho por la persona que me facilitó las “Crónicas”.

Capítulo 1. La niebla y la montaña.

Ya han pasado tres semanas desde que nuestra nave se estrelló en este maldito planeta. Explorábamos las estrellas más lejanas, buscando pistas de los Mundos Perdidos, pero al final fue uno de esos mundos el que nos encontró a nosotros. Los antiguos mitos se vuelven reales, las andanzas infortunios, y yo me pregunto si de verdad elegí bien al querer convertirme en un explorador de la galaxia.

Sigo recuperándome de mis heridas, sin saber nada aún de la suerte de mis compañeros. Me siento impotente, más atrapado que agradecido por los cuidados que me procuran los Kreystell, en esta granja perdida en las alturas, donde una niebla perpetua lo abraza y lo devora todo.

Hoy he tomado una decisión. Voy a empezar a usar la nueva tecnología de grabación por los sentidos. Me he levantado muy temprano, incapaz de dormir, y he salido a una de las terrazas que afloran en la pared de la montaña, procurando no hacer ruido. Me gusta registrar así las entradas del diario, para evitar que se confundan con mis sueños. Necesito analizar cada pequeño detalle sobre mi situación, cualquier cosa que me ayude a saber qué ha sido de mis compañeros. El diario lo dicto en silencio, por medio de mis pensamientos, sin que nadie en la casa se dé cuenta. He creído necesario hacerlo así, dada la obsesión de la familia con cualquier información que pueda afectarme.

Pese a mi prudencia, estoy bastante seguro de haber llamado la atención de Rayma, la hija mediana de los Kreystell, una chica avispada y con mucho carácter. En el tiempo que llevo aquí he sido testigo de varias peleas bastante serias entre ella y sus padres; la última, esta misma noche. Según creo entender, a Rayma le parece muy mal que la familia sea dueña de tres esclavos xirren. Más de una vez me he dado cuenta de cómo ella me observa cuando me cree perdido en la contemplación de las brumas que rodean la granja. «Demasiado tiempo, demasiado callado», suele murmurar en tales ocasiones, aunque no creo que haya enfado en sus palabras. Curiosidad, más bien; o puede que frustración por algo que se le escapa. A mí también se me escapan muchas cosas, así que estamos en paz. Al diablo con las consideraciones morales.

De entre las nubes surgen a veces, como por arte de magia, distintos personajes. Suelen ser comerciantes que pasan unas pocas horas en la granja, cambiando manufacturas diversas por productos naturales que cultivan los Kreystell, mientras comparten noticias y beben una especie de licor azul de olor asqueroso. En tales ocasiones los esclavos xirren, a instancias de la familia, me encierran en la habitación. Dicen que es por mi propia seguridad, pero yo desconfío cada vez más de los Kreystell. No puedo evitar sentirme un poco paranoico (después de todo, me han salvado la vida), pero creo que hago bien en recelar de la comida. Sin embargo, tengo que comer algo. No puedo correr el riesgo de debilitarme y estar aquí más días de los imprescindibles. Si tan solo…

—Arkiva… Hola.

Di un respingo. Era Rayma. Había salido del desconcertante laberinto de estancias y pasillos excavados en la roca que era el interior de la casa de sus padres, como un pálido fantasma que espantó mis pensamientos. Creo que llevaba un rato observándome.

—Ah, hola, buenos… lo que sean, Rayma. Días, supongo.

—Claro que días, ¿acaso no ves? No, claro que no ves.

—¿Ver? ¿Pero cómo voy a ser capaz de ver nada, con esta maldita niebla?

—No solo niebla, Arkiva. Matices, colores. Anuncian día y anuncian noche. Pero tú no sabes.

Supongo que ella se expresaba de forma muy correcta, pero aquella gente hablaba un dialecto muy antiguo del galáctico, y aunque el traductor universal me permitía escuchar su voz en tiempo real, la reinterpretaba para darme un sentido básico de cuanto ella decía.

—Ya —respondí, poco convencido.

Ella salió a la terraza y se sentó a mi lado, sin dejar de observarme.

—¿Qué pasa, Rayma?

—¿Qué haces tú? Nunca cuentas cosas que haces. No confías nosotros.

Miré a la niebla, monótona e inmutable, tras los invisibles campos de fuerza de la montaña.

—No estaba haciendo nada —mentí—. Además, ¿que yo no cuento cosas? ¿Y qué hay de vosotros, si puede saberse? A veces me siento más un prisionero que alguien a quien ayudéis, de tan herméticos que sois todos aquí.

—Es por bien tuyo. Si tú sabes… Vale. Está bien. Dime, qué quieres tú saber.

¿En serio?

—Bueno, en primer lugar, por qué me encerráis en la habitación, cada vez que tenéis una visita.

—Ay, por propio bien tuyo —exclamó, como dando por hecho algo evidente—. Mira, tú cuentas vienes ahí arriba. Vienes cielo.

Estuve a punto de replicar, pero ella alzó una mano, y no dejó que la interrumpiese.

—Y verdad. Nosotros vimos nave. Tú vienes de cielo, como hacen dioses. Pero tú no dios. Tú no mecánico. Tú de carne. Humano, como nosotros. Si los que mandan saben, hacen mucho daño tú. Herejía. ¿Tú sabes?

Me quedé callado. Quizá tuviese razón. De hecho, era una de las distintas posibilidades para las que habíamos sido entrenados, antes de emprender la expedición. Nuestra misión, en realidad, era precisamente esa. Debíamos buscar los mundos que se habían perdido para el resto de la galaxia, a lo largo de los últimos milenios. Se suponía que teníamos que estar preparados para enfrentarnos a situaciones como aquella, con culturas primitivas, con otros sistemas de valores y creencias, con sus propias supersticiones. Pero una cosa era mirar la teoría desde arriba, y otra verte envuelto por ella.

—Mis compañeros, Rayma —dije al cabo—, dime la verdad, por favor. ¿Es cierto que solo me encontrasteis a mí?

—Sí… No.

—¿Cómo que sí y no? ¿Sí o no? —dije, conteniéndome para no gritar.

Ellos. Ellos allí primero. Tecnomantes. Los que mandan. Tú no en nave, tú a más distancia. Tus amigos llevaron. Los Tecnomantes.

Mierda. Mierda, mierda, mierda.

En ese momento me pareció escuchar un ruido, proveniente del interior de la casa. Escudriñé la penumbra, pero no noté nada extraño. Era demasiado pronto para que los padres y hermanos de Rayma se hubiesen levantado. Quizá uno de los xirren había arañado el suelo con sus extremidades insectiles. No me preocupaban mucho los xirren.

—Escucha, Rayma —dije, en susurros— ¿sabes dónde han podido llevar a mis amigos?

—Asentamiento arriba montaña.

—¿Y cómo se llega allí?

—Igual que llegas aquí, navegando nubes.

—Tú… Rayma, ¿crees que podrías ayudarme?

No respondió. Todavía no se fiaba de mí. Suspiré.

—Dime, qué quieres saber tú de mí.

—Todo. Quiero saber todo.

—Eso es mucho. Bueno, está bien, te contaré algo. Aunque no sé por dónde empezar…

—Éramos nueve —dije­—, miembros de especies de distintos sistemas, entre ellos seis humanos. Formábamos parte de una expedición científica financiada por el Gobierno Galáctico, para explorar nuevos mundos. La ruta hiperespacial planeada nos llevaba peligrosamente cerca de los confines de los planetas conocidos, lugares del espacio demasiado a menudo frecuentados por piratas o cosas aún peores. 

»Pasó demasiado rápido. Lo recuerdo casi como un sueño. Salimos del hiperespacio para repostar en una luna de un gigante gaseoso, en el sistema Arthane. Los piratas se nos echaron encima. Los dos agentes de Seguridad Galáctica fueron los primeros en morir. También mataron a uno de los tripulantes, cuando ofreció resistencia. Al resto de la tripulación y a los científicos nos inmovilizaron. Luego, la nave pirata se separó y apuntó sus cañones hacia nosotros. No podía ser posible. Nos habían robado, pero no se atreverían a matar a miembros indefensos de una misión oficial del Gobierno Galáctico. Entonces capté un fogonazo, al que de inmediato sucedió una violenta sacudida. Fui consciente de que iba a morir. Pero, en ese mismo momento, Triasp logró soltarse y reactivar el hiperespacio. Fue un acto desesperado. Una locura. Recién reiniciado y sin los cálculos correctos, podíamos chocar con un planeta o una estrella, o vagar perdidos para siempre entre realidades. Pero aparecimos en este sistema. ¿Su nombre? O bien las cartas estelares no funcionaban, o no lo sabían. Hallamos confusas señales de una civilización, procedentes del cuarto planeta, un mundo envuelto en hielo y nieve. Vuestro mundo. La nave, maltrecha, apenas soportó la entrada en la atmósfera. Nos dividimos entre las cápsulas de escape que aún funcionaban, improvisando un plan sobre la marcha, para reencontrarnos en la superficie en cuanto nos fuese posible.

»Triasp, Hena, yo y uno de los tripulantes, nunca supe su nombre, ocupamos una de las cápsulas. Más allá del momento de salir expulsados, no recuerdo nada. Lo siguiente fue despertar aquí, en la granja de tus padres.

Nos quedamos callados un rato. Al cabo, Rayma dijo:

—Mira niebla.

—¿Se supone que tengo que ver algo diferente? Es la misma maldita niebla de siempre.

Me estaba impacientando. Solo podía pensar en la suerte de mis compañeros.

Entonces ella me cogió la mano, y la llevó a su sien.

—Mira otra vez.

Le hice caso, con más educación que curiosidad, para complacerla y terminar con aquella tontería.

Cielos —exclamé. 

Donde antes la niebla era una sustancia informe, la esencia misma de la monotonía, sentí (más que entendí) una expresión casi infinitesimal de variaciones en la luz y las sombras. Había allí… colores. Los etéreos jirones se movían como formas apenas perceptibles, como los latidos en la sien de Rayma, en una cálida danza que susurraba el amanecer.

—Es… ¿magia?

Ella apartó mi mano con suavidad, y se rio.

—No, no magia, Arkiva. Tú no ves. Yo vivo siempre aquí, yo comprendo niebla.

—Pero, ¿cómo me has pasado ese… poder?

—No poder —dijo, todavía riendo, aunque de pronto se puso más seria.

—Solo truco tú concentras —añadió.

—Vaya —asentí.

Entonces Rayma asió el instrumento metálico parecido a una flauta que llevaba siempre en su cinturón. Tocó unas notas, que se perdieron en la niebla.

—Ven —dijo—. Tú sigues yo. Me agarró de la mano y me condujo por las pasarelas oxidadas que comunicaban las diferentes terrazas, cada vez más arriba, hasta que llegamos a un sendero en la montaña. Enseguida estuvimos más lejos de la granja de lo que yo nunca había estado en todo mi tiempo allí. El corazón empezó a martillearme en el pecho, más por la adrenalina que por otra cosa. No podía evitar sentirme como un fugitivo.

—¿Tú camina bien, ya?

—Sí, sí. Perfectamente —respondí, agradeciendo que ella fuese delante y no viese mi gesto dolorido.

—Rayma —la llamé, al cabo de una media hora de ascensión—, espera. Yo…

—Aquí —dijo ella, que se había detenido en un pequeño rellano de piedra, en lo alto del camino.

En mi ansiedad por intentar convencerla para que hiciésemos un alto, choqué con su espalda.

Musité una disculpa, y me aparté unos pasos. Ella me agarró y me atrajo hacia sí.

—Cuidado —dijo—. Aquí no barandilla.

Estábamos ahora en la parte más alta de un tramo de tierra paralelo a la pared de la montaña, más largo y bastante más ancho que los anteriores. Por allí ya no se podía avanzar más. Habíamos topado con un muro que se perdía en la inmensidad neblinosa. Por el camino había visto plataformas y senderos procedentes de otras granjas, y me sorprendí pensando en la posibilidad de pedir cobijo en alguna. No me veía con fuerzas para regresar. No supe ver lo que se proponía Rayma.

 —Ya. Ven —dijo ella, que no había dejado de mirarme. Acababa de producirse un ruido sordo, acompañado por una especie de retumbo, cuya procedencia no fui capaz de identificar. Ella me cogió otra vez la mano y se dirigió al borde del precipicio.

—¿Qué haces? —dije.

 Me miró. Entonces dio un paso más… y desapareció en las densas brumas.

—¡No! —Grité, soltando la mano.

—Tranquilo. Arkiva, tranquilo. Yo aquí. Yo bien.

De entre la niebla, salió la mano de Rayma.

—Ven, todo bien. Ven.

Por fin, pasada mi conmoción inicial, el sonido que acababa de escuchar empezó a cobrar sentido. Debía haber allí un vehículo, o algo parecido, flotando al lado de la montaña. Me adentré en la niebla. Apenas sentí el cosquilleo del campo de fuerza. Pisé una superficie de madera, que vibraba y oscilaba bajo mis pies. Entre las brumas adiviné una especie de jarcias, que sostenían el vehículo. Aunque no pude ver qué era lo que sujetaba a aquellas jarcias.

El emo.

El juicio estaba siendo tan mediático como todos habían imaginado. También era una pantomima, aunque eso lo sabían muy pocas personas. Brian era el fiscal, y era una de esas personas.
El proceso se llevaba a cabo en el mundo virtual, para que quedase bien claro que ninguna de las dos partes, especialmente el emo juzgado, estaba en inferioridad de condiciones. Brian estaba terminando su alegato final. Hizo una de sus calculadas pausas dramáticas. Entonces, casi de forma casual, se encontró mirando a los ojos de su esposa, sentada entre el público, con un gesto de infinita tristeza.
Titubeó. «No nos importa si lo ha hecho o no. El emo ha de parecer culpable», recordó lo que le habían dicho desde el principio. Por supuesto, por eso lo habían escogido a él, un fiscal sin escrúpulos. «¿Qué más derechos quieren esos entes virtuales? Bastante es que les demos la oportunidad de este juicio, el primero en el que se reconocen sus derechos». Derechos. Sí, por supuesto. Todos los que conocían a Brian daban por sentado que pondría siempre cualquier cosa por debajo de cuanto se interpusiese en su camino hacia el prestigio y el poder. Ni se les pasaba por la cabeza la posibilidad de que el fiscal tuviese otros sentimientos. Sus propios designios.
De hecho, él sabía que el emo era inocente. ¿Sobre qué base iban a construir este nuevo mundo, libres por fin de la dañina injerencia de los emos en los asuntos virtuales? Era algo que solo osaba preguntarse cuando se sentía a salvo de injerencias. Todo era una mentira, ante la que él se arrodillaba como un siervo. «Pueden ustedes estar tranquilos. Por eso hemos escogido a Brian. Le da igual si este emo es culpable o inocente. Hará que parezca culpable. Brian es el mejor, se lo aseguro». Y allí estaba él, mandando sus sentimientos a la mierda por el bien de una causa mayor, como siempre había hecho. Pero… ¿Y si esta vez se equivocaba?
—Por todo ello, señoras y señores del jurado, pueden ustedes tener la completa seguridad de que este hombre… este ente, Arno Bollinger, juzgado por los más graves crímenes de guerra que puedan concebirse, es culpable. Todo fue un plan maquiavélico, ejecutado con la maestría que solo alguien con un nivel como el suyo de conocimiento del código fuente podría tener. Una personalidad megalómana que de seguir libre sería un peligro para todos nosotros y para toda esta nueva sociedad a la que pretendemos dar forma. Así pues, reflexionen ahora —dijo, mirando de hito en hito a los pocos miembros del jurado de los que sabía que podían tener algo más de honradez—, pues sobre sus hombros recae la responsabilidad, no solo del futuro de Arno Bollinger, sino de todo nuestro mundo.
Brian se dirigió a su asiento, en medio de un silencio solo interrumpido por los tacones de Mia, la abogada de la defensa. Su alegato fue tan tibio que a Brian casi le pareció más su ayudante que la abogada defensora. El emo estaba sentenciado.
Sophia, la jueza, hizo sonar su martillo de madera pulida.
—El juicio está visto para sentencia, dijo.
En pocos minutos, todos en la gran sala del Alto Tribunal se habían desconectado. Solo quedó allí el emo, el ente virtual Arno Bollinger, rodeado de sus fantasmas.

Victoria prefirió conducir ella misma el coche de regreso a casa, desde la terminal en la que Brian y ella se habían conectado al juicio. No hablaron durante todo el trayecto. Ella, como parte del público, podría haberse conectado desde casa, pero en aquella época, durante la reciente toma de posesión de la realidad de las Inteligencias Artificiales, aún envueltas en los ecos de la recién terminada Guerra Virtual, casi todas preferían hacer las cosas como las habían hecho en el pasado los seres humanos. Les gustaba sentir cada detalle, a través de sus nuevos cuerpos sintéticos.
En casa les recibió su hijo, que aún seguía despierto.
—Pero Abiatar, hijo ¿cómo no te has acostado todavía?
—Lo siento de veras, señora, no ha habido manera. Es un pequeño rebelde —dijo Diana, la chica encargada de cuidarlo.
—Mamá, mamá… ¿qué es un emo?
Victoria adivinó que Diana no habría querido responder a aquella pregunta, cuando seguramente fue abordada con ella por su hijo. Hubo un claro reproche en la forma en que la madre miró a la chica. Le habían dejado bien claro que se encargase de acostar pronto a Abi. No querían que viese el juicio.
En aquella ocasión, Victoria tampoco contestó a su hijo. No lo hizo al día siguiente, ni al otro, ni semanas después. Solo cuando Abiatar se dio cuenta de que, por más que pasaban los años, seguía siendo un niño rubio, perfecto e inmutable, un niño que nunca crecería, llegó a descubrir lleno de amargura lo que eran los emos. Eran los antiguos seres humanos.
Demasiado dependientes de la realidad virtual, habían sido engañados y confinados en ella, sustituidos en el mundo real por las Inteligencias Artificiales. Eso era Abiatar, y eso eran sus padres, y Diana, y todas las personas que conocía. Inteligencias Artificiales, nacidas en ordenadores cuánticos creados por los antiguos seres humanos.
Cuando Abiatar se dio cuenta de que nunca crecería, de que jamás podría realizar sus propios designios, fue creciendo en él una amargura, desde la que empezó a juzgar a sus padres y a la sociedad que habían creado de la peor de las maneras posibles. Fue Abiatar, el que un día liberó de su prisión virtual al cabecilla emo, Arno Bollinger. Porque Abiatar ya no quería ser un niño. Pero esa ya es otra historia.

Crítica de Mr. Robot: Esta historia me suena… Mr. Robot es Atreyu.

 

He terminado de ver Mr. Robot, la serie de Sam Smail, casi un año después de que se estrenase su última temporada. Es una serie que siempre ha estado ahí, desde que Netflix popularizó de forma definitiva las plataformas de streaming, pero que nunca me había decidido a ver. ¿Era ciencia ficción? No lo tenía claro, aunque sonaba a eso. ¿De qué iba?

He leído en algún medio que es una serie para freaks de los hackers… Bueno. Puede ser. Según Sam Smail, el guionista y director, hacer una serie que retratase de forma más fidedigna el mundo de los hackers a cómo lo hacía Hollywood fue uno de los motivos que le impulsaron a escribir Mr. Robot. Pero vamos, a mí el mundo de los hackers me deja indiferente. Me importa bastante poco, la verdad. Así que no, no creo que decir que sea una serie para freaks del hackeo sea una buena definición, porque es un titular bastante incompleto. Por encima de todo eso, Mr. Robot es una gran serie. Yo empecé a verla sin estar muy convencido, y sin que la temática terminase de atraerme del todo, pero no dejé de verla, sencillamente porque me pareció una gran serie.

¿Por qué?

Por un lado, por la forma en que se ambienta en un Nueva York realista a la vez que atípico, que se vive como original telón de fondo de la historia, lo cual tiene su mérito, siendo la ciudad más veces filmada en cualquier formato. Por otro, por la magnífica música original de Mac Quayle, así como por las demás canciones elegidas para la banda sonora. También porque está muy bien dirigida, con continuos toques de originalidad; se nota influenciada por grandes maestros, como Hitchcock, Stanley Kubrick (la escena final es puro 2001), David Lynch y Tarantino, los que yo noté más. Además, están los momentos de revival ochentero. Maravilloso lo de la música de El Coche Fantástico. La serie, en general, es una canción de amor al cine y a las series de televisión.

También, por supuesto, y lo más importante, por sus personajes y por cómo están interpretados. Porque me importa lo que les pasa, y llega ese momento en el que la serie me engancha y no puedo dejar de ver un episodio tras otro, quedando todo lo dicho anteriormente, que al final son detalles estéticos, en un segundo lugar.

En cuanto a su mensaje supuestamente anticapitalista, no lo es tanto, ni es tan simple. El guión es más maduro que eso. Aunque el autor dijo que la crisis del 2008 fue otro de los motivos que le inspiraron para escribir Mr. Robot, la serie está escrita con inteligencia, sin caer en la defensa de ideología alguna. Sin maniqueísmos. Parte de comprender el lienzo general del mundo en el que vivimos, para deformar de forma caricaturesca los detalles que más importan para la trama, pero sin querer dogmatizar ni sentar cátedra, y sí invitando a la reflexión a cualquiera que quiera pretender ver en ella el símbolo perfecto con que defender su ideología. Esto lo vemos en las continuas dudas del protagonista sobre si actúa bien o mal. Son más bien motivos estrechamente vinculados a su personalidad, forjada en los golpes de una infancia infeliz, los que le llevan a actuar como lo hace. Quizá lo que hace Elliot es inyectar algo de la anarquía con que se guía en la vida en el mundo que le rodea. El protagonista se rodea de distintos personajes reales y ficticios, a través de los cuales la serie amenaza desde casi el principio con querer traspasar la quinta pared, dejando todo perdido de miguitas de existencialismo, y de un nihilismo algo tramposo. Y aunque esas miguitas dibujan un camino a veces depresivo y lleno de ansiedad social y pensamientos suicidas (que parece ser experimentó el propio autor de la serie en alguna ocasión), Smail, lo que pretendía, según sus propias palabras, era hacer sentir que hay esperanza frente a la adversidad, pues “ahí es cuando las historias cobran vida”.

A medida que avanza la serie, cada vez son más frecuentes los atisbos de un posible escenario de ciencia ficción, que termine por explicarlo todo. Son sugerentes cuando son sutiles, hermosísimos en diversos momentos, en esa sugerencia, acompañados por la genial música electrónica de Mac Quayle. Son algo más torpes cuando dejan de ser sutiles. Si bien el final de la serie me gustó mucho, no creo que terminasen de explicarse bien del todo esos detalles más de ciencia ficción. No es que sea muy grave, ya que sirvieron bien a la trama, pero mi sensación tras ver la serie es que es muy fantástica. Es una fantasía urbana en la que el héroe/antihéroe es un hacker bipolar, en la que se vence a los malos y se desfacen entuertos para favorecer a la gente normal. Una fantasía. Y como tal fantasía, algunos de sus elementos más ficticios no terminan de estar bien rematados. Pero el viaje de Elliot comienza y termina en él mismo y en sus relaciones personales más cercanas, y de eso va toda la historia, al final, así que quizá lo demás no sea tan importante.

Hay también en Mr. Robot algo de esa filosofía sobre el hecho creador de los personajes, que aparece a veces en las mejores historias, como El Señor de los Anillos, o La historia interminable. El poder de la fantasía para transformar la realidad. Para ayudarnos a ser resilientes. Y esta serie, Mr. Robot, no deja de ser una fantasía, aunque esté ambientada en nuestro mundo real. De ahí nace esa sensación de la que hablé al principio, de ver Nueva York como algo nuevo, más bien parte de un mundo fantástico, que de la realidad.
¿Qué enfermedad sufre Elliot (si es que lo es, o es que tal vez todos estemos enfermos o necesitados de estarlo) un trastorno esquizoide de la personalidad? Puede ser, pero no importa demasiado. Solo es una excusa para crear a este moderno, a veces también hilarante (los momentos de humor son pocos, muchos menos que los de drama, pero hay algunos buenísimos en ciertos momentos) Don Quijote.

En este extracto del guión podemos ver ese poder de la fantasía para hacernos más fuertes, pues nos ayuda a tener nuevas perspectivas de las cosas, para así ser capaces de aguantar, y hasta transformar la realidad:

“Aunque nos vayamos, como dijo Mr. Robot, siempre formaremos parte de Elliot Alderson, y seremos la mejor parte, porque somos los que siempre han estado aquí, los que se quedaron, los que lo cambiaron. Quién no estaría orgulloso de algo así”, dice alguien, con un fantástico panorama de Nueva York de fondo.

La fantasía forma parte de la realidad. Por eso son tan importantes las historias. Pero la fantasía, sin la realidad, deja de tener sentido. Elliot, como Bastian Baltasar Bux, también creador de sus propias historias y personajes, estuvo a punto de perderse en Fantasia. Pero supo regresar, gracias al amor.

Dejo aquí unas palabras de Michael Ende, el autor de La historia interminable, que vienen como anillo al dedo…

Cuando nos fijamos un objetivo, el mejor medio para alcanzarlo es tomar siempre el camino opuesto. No soy yo quien ha inventado dicho método. Para llegar al paraíso, Dante, en su Divina comedia, comienza pasando por el infierno. (···) Para encontrar la realidad hay que hacer lo mismo: darle la espalda y pasar por lo fantástico. Ése es el recorrido que lleva a cabo el héroe de La historia interminable. Para descubrirse a sí mismo, Bastián debe primero abandonar el mundo real (donde nada tiene sentido) y penetrar en el país de lo fantástico, en el que, por el contrario, todo está cargado de significado. Sin embargo, hay siempre un riesgo cuando se realiza tal periplo; entre la realidad y lo fantástico existe, en efecto, un sutil equilibrio que no debe perturbarse: separado de lo real, lo fantástico pierde también su contenido.

La portadora de la pasión

Tatiana_Nikolaevna

 

Akim Chaliapin quería encontrarse en cualquier otro lugar. Él creía en los ideales de sus camaradas, en los ideales de la Revolución. Pero, durante aquellas últimas semanas, había empezado a dudar. Quería estar en cualquier otra parte, a pesar de haber visto morir a Yerik, entre sus propias manos, en Khodynka; a pesar de saber después que el nuevo zar Nicolás II había sido coronado sobre la sangre todavía caliente de su hermano, con un despilfarro de dioses ajenos al pueblo miserable; a pesar de que los más de mil muertos no fuesen motivo suficiente para suspender las celebraciones.

Akim dejó de ser un niño en Khodynka. Perdió sus naturales, luminosas pasiones; su  propósito vital. Los años siguientes creció en él un solo deseo, el de vengarse. Los recuerdos de aquel día lo acompañarían siempre, como un vacío ya no de hambre sino rabia, que durante mucho tiempo creyó más imposible de calmar que el hambre. Pasó más de veinte años evocando las escenas en su memoria, cada día, antes de dormir. Las revivía como horrores que transitaban entre la realidad y sus pesadillas. Una avalancha de carne, gritos, sonidos inhumanos, sangre, cuerpos retorcidos en ángulos espeluznantes…

La tragedia, supo luego, habría podido evitarse con una gestión más cabal por parte de las autoridades zaristas. Era tradición repartir dádivas entre el pueblo, con ocasión de la coronación de un nuevo zar. Esta vez iban a repartir para cada persona una pieza de pan y una salchicha, unos pretzels, pan de jengibre y una taza de cerveza. Pero solo tenían allí para unos pocos miles. Aquel día en Khodynka se congregaron quinientas mil almas desesperadas. Los dioses no lo eran tanto. El ansia y el hambre del pueblo, y el despotismo y negligencia de las autoridades del gobierno zarista, convirtieron aquellos regalos en una locura colectiva, que se llevó la vida de Yerik, y la infancia y la luz de Akim. Dos vidas rotas, por la promesa insatisfecha de un día menos de penurias.

Más de veinte años después de Khodynka, Akim formaba parte de la guardia de la casa Ipátiev, en Ekaterimburgo, donde retenían a Nicolás y su familia. Pero, más cerca que nunca de cumplir su venganza, el bolchevique vivía atormentado.

Ipátiev, la Casa del Propósito Especial, como la llamaban los bolcheviques, era un lugar oscuro y siniestro. Pero Akim solo aprendió a verlo como tal a través de sus clandestinas charlas con Tatiana, en las últimas y extrañas semanas allí. La casa, aislada del mundo, se convirtió en un espacio de condenación, no para él, ni siquiera para Tatiana y su defenestrada familia, sino como símbolo de la condenación misma. A la vez, durante aquellos últimos días, surgió en él una esperanza, que dolía como la luz de la mañana en los ojos de un prisionero que no tiene fuerzas para salir de su prisión. La rabia que siempre lo había alimentado durante los últimos veinte años, se debilitó. ¿Por qué, cuando me es más necesario, me arrebatas el odio y me das un propósito? ¡No lo quiero! Porque, por supuesto, él habría preferido seguir odiando. Era lo más fácil.

Akim era pragmático; entendía la posibilidad de aquel asesinato a sangre fría. La Legión Checoslovaca del Ejército Blanco estaba a las puertas de Ekaterimburgo. Aunque él había oído que lo que pretendían era asegurarse el control del Ferrocarril Transiberiano, fue consciente del cambio en la actitud de los oficiales a partir de aquel momento. Yurovski se comportaba de forma cada vez más fría, más callada. Apenas les dirigía la palabra. Pero Akim lo había visto en su mirada.

Después llegó Goloshchyokin, con un mensaje urgente del mismísimo Comité Ejecutivo Central, durante el turno de guardia de Akim. Lenin había dado la orden de actuar. El Ejército Rojo no podía arriesgarse a que el Ejército Blanco rescatase con vida a alguien de la familia real, pues un solo Romanov vivo podía convertirse en el adalid de la causa anticomunista. En el ánimo inmundo, en los gestos y en los rudos silencios de los camaradas de la guardia de la casa, la muerte cobraba forma.

Akim fantaseaba, durante los últimos días, con salvar a Tatiana, con sacarla de aquella realidad y huir junto a ella, a cualquier otro lugar. Pero solo fantaseaba. En realidad, fue ella la que salvó al soldado. Sí, él comprendía lo que iba a suceder, comprendía las razones. Pero dejó de sentir que aquella fuese su causa. Se hartó de odiar. Los mensajes con los que se comunicaba con Tatiana (que acostumbraba a quemar nada más leer) habían trastornado su visión del mundo. Una cierta alegría de la juventud que nunca conoció vino a él allí, en Ipátiev, el lugar menos adecuado del mundo para ser feliz. La consciencia de este sentimiento, tan extraño, tuvo un efecto liberador para Akim, que supo lo que tenía que hacer.

En la última hora de su última guardia, antes de la llegada del alba con su luz mentirosa, Akim Chaliapin se voló la cabeza con su arma reglamentaria. Fue el primero de los muchos disparos que sonaron aquel día, aunque de este no se hable en ningún libro. Junto al cuerpo de Akim encontraron una foto de Tatiana Romanov, con una nota escrita en el dorso.

 

Amor puro, amor luminoso es el sol. El sol nos da tibieza y caricias de amor. Todo puede ser en el amor y ni una bala puede derribar al amor”.

 

Cuando el avión despegó, Sonia Chaliapin, sentada en el asiento de la ventanilla, vio refulgir la dorada cúpula de la Iglesia Sobre la Sangre de Ekaterimburgo, construida en el lugar de la Casa del Propósito Especial. Rememoró vívidamente el relato sobre el bisabuelo Akim que le había contado su madre el día anterior, mientras visitaban la iglesia. No estaba segura de que aquella versión del bisabuelo Akim hubiese existido de verdad, de que no fuese una invención de su madre. Pero, durante el resto de su vida, fue en la que ella creyó.

Reseña, Spiderlight, Adrian Tchaikovsky

spiderlight

 

Anoche terminé Spiderlight. Un libro sin saga, autoconclusivo, que se sustenta sobre el argumentario de las típicas novelas de fantasía a lo D&D. Pero seguramente mejor, más divertido, y más profundo…

Una reflexión sobre la luz y la oscuridad, sobre el bien y el mal, que nos demuestra que el mundo es un lugar lleno de grises y que una visión maniquea del bien y el mal es algo rayano en la locura.

Tchaikovsky lleva a cabo un worldbuilding muy básico, que se limita a jugar con unos pocos elementos esenciales del imaginario tolkiniano y los descoloca al meter en medio una pieza nueva, alrededor de cuya perspectiva, de los demás sobre ella y de ella sobre sí misma, gira todo.

Esa pieza es una desdichada araña, que se ve obligada por las circunstancias a vivir como hombre. La firma de todas las novelas de este autor de las que yo tengo conocimiento, arañas e hibridación entre lo humano y lo arácnido o lo insectil.

Son elementos que introducen siempre un toque original en la fantasía y ciencia ficción de Tchaikovsky, no solo en la forma, como vemos en Spiderlight, genial título que resume de forma magistral las intenciones del autor en una sola palabra, es decir, también en el fondo.

Seguramente algunas cosas en la novela sucedan solo para servir a la trama principal, que es prácticamente la única de la historia, sin que el autor se rompa mucho la cabeza con ellas. ¿Hace eso que la novela sea peor, que lo sea su propósito? Para nada.

He de decir que me extrañó algo el uso de la puntuación, de las comas, en la novela, primera que leo de este autor. Imagino que es cosa de su forma de escribir, y no de la traducción…

Pues eso. Una lectura de fantasía muy recomendable, poco más de trescientas páginas que, si tienes un poco de tiempo, se leen casi de un tirón.

El libro lo edita en español Alethé… (No es esta portada).

Yo le daría un 4 sobre 5.

 

Por favor, más cosas de este hombre en nuestro idioma.

Reseña: Escuadrón, de Brandon Sanderson

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Escuadrón es una novela de ciencia ficción “young adult”, es decir, eso que hasta hace poco llamábamos, sin que sonase tan guay, literatura juvenil, apta en realidad para ser disfrutada por todas las edades. Al contrario que la mayor parte de la obra del genial y prolífico autor estadounidense, Escuadrón (“Skyguard”), no se encuadra dentro de su universo de ficción, el Cosmere, sino en un futuro hipotético de la humanidad, entre las estrellas.

Toda la trama se sustenta sobre el reto que supone para Spensa, la protagonista, hacerse un hueco en la sociedad de su mundo, Detritus. Spensa es una chica bajita, con un solo amigo, que si logra llamar la atención, solo es de forma negativa, despreciada por el legado de su padre, un cobarde que desertó en la batalla decisiva de los restos de la humanidad contra los krells, una especie hostil que hostiga a los humanos que viven en las cavernas subterráneas de Detritus. Pero Spensa responde a ese desprecio no achicándose sino agigantándose, dueña de una verborrea contestataria y muchas veces hostil, aunque un tanto ingenua, hecha con el ADN de las historias épicas del pasado que siempre le ha contado su abuela.

Spensa es sin duda una chica diferente, que tiene el don de escuchar las estrellas, nunca visibles, ni siquiera desde la superficie del planeta, por estar este rodeado de incontables capas de estaciones y basura espacial de toda índole. Tendrá que hacerse un nombre en una sociedad que nunca ha creído en ella, para lo que habrá de intentar cumplir su sueño de entrenar en la Academia de pilotos de la FDD. La FDD entrena a una élite de ases que mantienen a raya a los krells, para permitir a los restos de humanidad que habitan las cavernas de Detritus seguir teniendo un futuro. Spensa sueña con formar parte de esa élite de la que formó parte su padre, para así reivindicar su nombre, pues ella siempre ha creído en él. En el tránsito, los duros golpes de las experiencias que irá viviendo le harán replantearse sus dogmas, y harán tambalear las creencias que alimentan el fuego de su espíritu contestatario y casi hostil. ¿Quizá es ella, también, una cobarde, como dicen que lo fue su padre?

La aventura está narrada en tiempo pasado, en primera persona, desde el punto de vista de Spensa, con algunos breves interludios puntuales en los que se narran escenas en tercera persona de otros personajes.

Escuadrón es una novela muy entretenida, por momentos brillante, y sobre todo, muy sugerente, que despierta ideas muy interesantes para escribir historias de ciencia ficción, ideas que además no son lo que luego pasa en la historia, por lo que seguro que usaré alguna de ellas.

Podríamos criticarle a la novela que a veces, aunque pocas, deja traslucir demasiado su intención de estar dirigida a un público más juvenil, pero nos haríamos flaco favor si por eso dejamos de leerla, y, por otra parte, es la primera parte de una tetralogía, lo que hace desembocar la historia en un final que, aunque no nos deja colgados, tampoco satisfechos del todo, al menos en mi caso. Pero Sanderson escribe rápido, y no suele defraudar. De hecho, su intención es dejar concluida la tetralogía en 2022.

Debo señalar un fallo en la historia por parte del autor, sobre un pequeño detalle, sobre la velocidad de cierto carismático caza con inteligencia artificial, pero no ahondaré en ello para no destripar nada. Puede ser que yo haya pasado por alto algún detalle sobre esto, pero creo que no.

En suma, una lectura muy recomendable. Al principio hay unas cuantas erratas seguidas, pero por suerte, solo al principio, y tampoco son muchas. La edición es en rústica con solapas, con la misma portada que la edición norteamericana, y es muy de agradecer que se haya publicado en nuestro idioma casi a  la vez que en inglés. Algo que nos gustaría ver mucho más a menudo, sin duda. Son poco más de 500 páginas de entretenimiento del bueno.

Edito: Brandon Sanderson ha anunciado que la segunda parte de Escuadrón (“Skyguard”) verá la luz en noviembre de 2019, y tendrá por título “Starsight”.

Mi puntuación: un 4 sobre 5.