La pasión por un Mundial de fútbol

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Estamos a las puertas de un nuevo Mundial de fútbol. Yo mismo dije hace unos meses que deberíamos boicotear este Mundial, por celebrarse en Rusia, por motivos de política y moral de mucho peso. Pero a quién voy a engañar. No seré capaz de no verlo y disfrutarlo. Quizá, pienso, viendo el lado positivo de que se celebre en Rusia, porque sirva para distender por medio del deporte lo que la política no puede.
Sea como fuere, ya se anticipan esas sensaciones tan especiales que a los que nos gusta el fútbol sentimos cuando llega un nuevo Mundial. Sí, así con mayúsculas, un Mundial es de fútbol.

Claro que no todos lo viven con tanta ilusión. Y me refiero a los propios aficionados al fútbol, muchos de los cuales prefieren el ámbito de las competiciones de clubs. Yo, en ese sentido, no soy un aficionado típico. A mí las competiciones de clubs me aburren. Solo me interesan cuando llegan los cuartos de final en la Champions,  cuando hay un “clásico”, Madrid-Barcelona, o cuando es un partido de liga en el que el Madrid puede recortar puntos en la liga, cuando está casi empatado en cabeza de la tabla. Todo eso es emocionante, pero para mí, nada puede compararse con un Mundial. Quizá porque son solo cada cuatro años, lo que los convierte en un acontecimiento especial. Quien no entienda de fútbol dirá aquí: “si hay fútbol todos los días”… pero no. No es lo mismo. Vale, está la Eurocopa de naciones, que tampoco está nada mal. Hay quien dice incluso que es más complicado ganarla, despreciando el fútbol que se hace fuera de Europa. Pero eso es mentira. Es más complicado ganar un Mundial. Por pura matemática. Tienes que ganar un partido más. Por puro sentido común. Las selecciones juegan por norma general más lejos de sus países de origen. Esto se nota sobre todo en el clima, la altitud de los sitios, y el “jet lag”. De hecho, solo una vez un equipo americano ganó un Mundial en Europa, Brasil, y solo una vez un equipo europeo en América, Alemania. Cuando han sido en otros continentes, la cosa ha estado más repartida. Las selecciones africanas decepcionaron un poco en el Mundial de Sudáfrica, que ganó España (sin “jet lag”), y las del lejano oriente todavía no tenían el nivel suficiente para arrebatar la final a Alemania o a Brasil, campeón en el Mundial de Corea y Japón. Y no será porque las selecciones anfitrionas no tuviesen descaradas ayudas arbitrales, como Corea del Sur ante la España de Camacho, en cuartos de final de aquel Mundial.

Además, cada vez más todos los equipos del mundo tienen más nivel. Han asimilado plenamente conceptos futbolísticos que se han hecho tan globales como la propia comunicación, y entrenadores occidentales usan métodos occidenatales para moldear el talento incipiente y fehaciente de dichas selecciones, algunas de ellas capitaneadas por auténticos cracks de las ligas europeas, como es el caso de Salah en Egipto.
La magia de un Mundial va más allá del fútbol, aunque es esencialmente fútbol en estado puro, es el ideal de lo futbolístico, donde este deporte se hace legendario. Es el gol de Maradona a Inglaterra, en el Mundial de México de 1986, cuando ambos países aún estaban picados por las Malvinas, el Mundial del que Maradona fue el héroe, y por el que mayormente pasó a la historia de este deporte, de la misma forma que Messi no será más que una suerte de Di Stefano para el barcelonismo, pero no pasará a la historia como un astro del fútbol, fanatismos barcelonistas aparte, si no es capaz de llevar a su Selección al triunfo. Y no, no es que sea solo ganar un Mundial lo que hace a las leyendas del fútbol. Es la suma de sus propias cualidades y logros y el destacar de forma decisiva en un Mundial. Porque incluso ser decisivo y marcar estilo con tu Selección, aunque no lo ganes, como fue el caso de Johan Cruyff, en el Mundial de Alemania en 1974, donde fue finalista, puede hacer pasar a un jugador a la historia.

De la pasión especial con que los jugadores afrontan los Mundiales dice mucho el que en cada uno de ellos conozcamos nombres que antes no nos sonaban de nada, que pasan enseguida a sonar como fichajes de los clubs más importantes del mundo, como fue el caso de James y Keylor Navas en el último Mundial de Brasil.
Un Mundial es más cosas, es un evento televisivo visto mundialmente, como solo muy pocos lo son. Es una celebración de la arquitectura y la ingeniería, mostrando siempre al mundo nuevos estadios a cual más moderno y extraño, en parajes a veces exóticos, a veces cercanos, pero vistos a través de una nueva perspectiva. Es céspedes de un verde imposible, de fantasía, tapices donde jugadores de múltiples nacionalidades se enfrentan a distintas horas del día, bien bajo un sol de justicia, bien bajo la lluvia de la noche, por la gloria. Echemos un vistazo, por ejemplo, al grupo H de este Mundial de Rusia:  Polonia, Senegal, Colombia y Japón. Jugadores de todos los rincones del mundo, de lugares tan dispares que hace siglos hubiera sido como hoy pensar en una competición que enfrentase a la Tierra con Marte, o a Titán contra Júpiter.

Un Mundial es el recuerdo de las colecciones de cromos de cuando éramos niños, que aún a muchos adultos apasionan. Aunque a mí ese encanto se me pasase con la llegada de las nuevas tecnologías, pues lo más bonito de los cromos era su colorido en un mundo sin Internet, la misma emoción que sentíamos entonces sigue vigente en todo cuanto rodea a la Copa del Mundo de fútbol. Los estadios, los lugares, los jugadores de diferentes partes del mundo, las inmaculadas camisetas de formas y colores inusuales, las aficiones ruidosas llegadas de todas partes, los nombres extraños e impronunciables, las jugadas imposibles que quedan grabadas para la historia, los enfrentamientos que paralizan países enteros… Todo eso forma parte de nuestra cultura como civilización global. Y es mucho más que escapismo; aunque como dijo alguien, quizá escapar de la rutina diaria sea el deber de todo soñador.
Acontecimientos deportivos como los Mundiales son fruto de la evolución y refinamiento de la sociedad humana. No hay Mundiales ni Juegos Olímpicos cuando hay guerras. Su celebración es un triunfo de la paz, y no solo consecuencia de ella, sino agente propiciador.

En fin, los Mundiales de fútbol, más que el propio fútbol en sí, fueron siempre una de las grandes pasiones que hicieron de mí la persona que soy hoy en día, junto a la música, la literatura y el cine. Me recuerdo a mí mismo, en mi adolescencia, coleccionando fascículos de la historia de los Mundiales, empapándome de sus estadísticas, y disfrutando enormemente de un programa presentado por Jose Ángel de la Casa, durante las semanas previas al Mundial de Italia 90, en la que fue mostrándonos las diferentes películas oficiales de los Mundiales de fútbol, empezando por el último, que entonces era México 86, cuya película, Hero, es una obra de arte del audiovisual, con un montaje donde prima el espectáculo sobre el frío dato estadístico, con un sentido del ritmo y síntesis narrativa que siguen siendo el ejemplo a seguir para cualquiera que tenga que hacer una película oficial de un evento deportivo. No creo que se hiciese una mejor antes, ni seguramente después. Buena parte del mérito es de la portentosa banda sonora del mago de los sintetizadores, Rick Wakeman. (En los archivos de RTVE aún se puede disfrutar, aunque el doblaje original, muy bueno, se ha quitado y se ha sobredoblado de mala manera, añadiéndole información sobre el papel de España en aquel Mundial, que arruina el ritmo del vídeo).
Es esto último que he escrito entre paréntesis la prueba de que para mí el Mundial es más que el mero sentimiento deportivo. Y no es que no me alegrase cuando España por fin ganó su primer Mundial. Era uno de mis sueños de niño. Algo que dudé llegar a ver algún día. (Ahora lo que dudo es que ganemos Eurovisión algún día). Pero un Mundial es más el espectáculo, y el lugar que ha de ocupar en la historia del fútbol, ya desde antes de que empiece, que solo fútbol, o tal vez, como decía más arriba, es el ideal de lo que es el fútbol.

Por cierto, en el primer partido de aquel Mundial de Italia 90, que entonces no jugaba la anfitriona, la Argentina de Maradona perdió 0-1 ante Camerún. Aunque luego llegó a la final. Pero no la ganó, El único equipo que ha ganado un Mundial perdiendo su primer partido ha sido…

El cielo nocturno del futuro remoto de la Vía Láctea

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Dentro de algo menos de seis mil millones de años, (6.000.000.000) según las últimas previsiones, y que teniendo en cuenta que nuestro universo tiene unos trece mil millones de años, es MUCHO tiempo, nuestra galaxia y la otra galaxia (también espiral) más cercana a la nuestra, que en la Tierra llamamos Andromeda, se acercarán tanto que acabarán chocando, mejor dicho, fusionándose. Entre ambas formarán una nueva galaxia espiral gigante que los humanos, en su afán de nombrar todas las cosas, llaman ya Lactomeda. Está claro que este acontecimiento generará toda suerte de desarreglos astronómicos de diversas consecuencias, aunque al producirse realmente durante tantísimo tiempo, no hemos de esperar acontecimientos catastróficos al uso, sino en una escala de tiempo difícil de comprender para nuestro veloz paso por la vida. De hecho, tal como dice la Wikipedia, y como ya nos han contado muchas veces, la posibilidad de que choquen entre sí estrellas de las dos galaxias es muy pequeña. Simplemente sus elementos se mezclarán y remoldearán a lo largo de cientos de millones de años. Para comprender esto, dos estrellas como el Sol y Alfa Centauri si tuvieran el tamaño de una canica de un centímetro de diámetro, estarían alejadas entre sí 300 kilómetros. Y Alfa Centauri es el sistema solar MÁS cercano al nuestro.

Lo más excitante de todo esto, para los seres que vivan por aquel remoto entonces en algún lugar de nuestra galaxia, es que alrededor de cuatro mil millones de años en el futuro, antes de que colisionen y durante unos millones de años, desde luego toda una sucesión de vidas para la mortalidad de muchos de esos posibles seres, la galaxia que nosotros llamamos Andromeda se verá en sus cielos en toda su majestuosidad y belleza a simple vista, con un nivel de detalle, de hecho, similar al de nuestra vía láctea, de la que por nuestra posición dentro de ella sólo vemos uno de sus cantos, y si estamos de noche en un lugar oscuro.
La verán como nosotros la vemos en esta foto. Con un cielo nocturno así, es de imaginar que serán gente de carácter especial.

Reseña: “Agentes de Dreamland”, de Caitlin R. Kiernan.

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Una lovecraftiana novela corta de una autora que se define por frases como esta:  La historia revela un propósito claro, y yo no tengo ningún interés real en la trama. La atmósfera, los estados de ánimo, el lenguaje, el personaje, el tema, etc., eso es lo que me fascina.

Kiernan es autora de varias novelas, aún más novelas cortas, y prolífica creadora de cuentos. Es además guionista de comics, música en un grupo de folk y paleontóloga. Esto último lo vemos en lo bien que la ciencia se desgrana de forma acertada pero sutil a través de la páginas de “Agentes de Dreamland”.
Se trata de una novela corta bien escrita, con algunos (aunque escasos) momentos de cierta belleza poética, pero que sabe a poco, no tanto quizá por su obvia reducida extensión, sino por su estructura. Y es que al leerla me pareció estar ante una novela de extensión normal, de al menos doscientas páginas, en la que solo el capítulo final acelera y corta de forma repentina la trama, para llegar a un desenlace que no me hizo cerrar el libro sintiendo haber leído algo grande ni realmente especial. Tampoco me pareció original, y en dos momentos, si bien muy puntuales, me pareció una obra un tanto pretenciosa.
Lo mejor de esta novela corta, la atmósfera, y lo bien escrita que está. De lectura imprescindible para los amantes de los mitos de H. P. Lovecraft, sin los cuales “Agentes de Dreamland” no existiría.

Mi valoración personal: 3’5 sobre 5.

Crítica de Han Solo, exenta de estupidez.

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He tenido que titular así esta entrada porque la mayor parte de las críticas que he leído de la película son tan malas, que he querido diferenciarme de todas ellas ya desde el comienzo.

Ayer vi Han Solo, una historia de Star Wars. Es una fantástica película de aventuras de corte clásico, un iniciático viaje del héroe para Han Solo, como Una Nueva Esperanza lo fue para Luke Skywalker. Es importante comprender esto. La mitad de los críticos son sencillamente estúpidos. Por más que el propio Ron Howard lo dejase bien clarito durante la promoción del film, no comprenden que esta película NO va del Han Solo que conocemos en el Episodio IV, sino de la persona, o personaje, que fue ANTES de convertirse en el sinvergüenza contrabandista. Ese Han Solo era, y esta es una premisa básica del guión, por lo que no se puede criticar la película jamás desde este ángulo, salvo estupidez supina, un hombre bueno.

El Luke soñador y descentrado del Episodio IV no es el mismo que el del VI, que ha recorrido ya casi todo su viaje del héroe. Es alguien diferente. El Anakin de La Amenaza Fantasma no es el de La Venganza de los Sith. También los vemos en la trilogía secuela. Ni Luke, ni tampoco Han, son los mismos que al final de El Retorno del Jedi. Luke se ha convertido en alguien rodeado de dudas, incertidumbres y oscuridades, contagiado por la oscuridad sembrada desde incluso antes de su nacimiento por el pérfido Snoke en el vástago de Han y Leia.
Han, por su parte, siempre ha sido un hombre bueno en lo profundo de su corazón, incluso cuando es un sinvergüenza al que aparentemente todo le da igual, salvo él mismo y Chewbacca (y por eso no se fue de Hoth, y por eso volvió en el último instante para salvar a Luke y a la Rebelión); de ahí que esa lucha interna de Han debía ser explicada en este segundo spin off de la saga, dedicado al contrabandista. Y se explica de forma maravillosa, a lo largo de una entretenidísima película de aventuras de estilo ochentero, y magia cinematográfica de nuestro tiempo, por el buen hacer de Ron Howard, los Kasdan, en el guión, y un elenco de actores magnífico. Luego podemos marear la perdiz para escribir frases de mierda que llenen páginas webs de mierda. Puede ser un Boyero trasnochado y resentido que siempre ha odiado este tipo de cine, que odió Una Nueva Esperanza, aunque su entrada en el templo de los clásicos lo acobardase para gritarlo bien alto. Pero no renuncia a cada nueva oportunidad que tiene para verter ese odio. Quizá engañe a otros. No a mí. También puede ser uno de esos que dejó de ser un niño hace mucho tiempo. Un aburrido adulto que vive una aburrida vida de adultos. Gente que ya hace tiempo que olvidó la esencia del cine de aventuras.

Han Solo quizá muere a manos de su hijo en El Despertar de la Fuerza porque, con el tiempo, acabó siendo el que siempre fue. Alguien demasiado bueno, que quiso llevar a su hijo perdido a su mujer perdida, pese al miedo que le daba enfrentarse a él. Sublime… si se mira con perspectiva. Cojonudamente sublime. Todo en este spin off, respecto al personaje de Han, alrededor del cual gira todo, tiene sentido en relación a lo que sabemos de su personaje por las demás historias oficiales de Star Wars en las que sale.
En alguna de la múltiples críticas torponas que he leído hay quien dice que el verdadero protagonista es Qui’ra. PARA NADA. En esta película todo gira en torno a Han Solo. Otra cosa es que Qui’ra me haya parecido un personaje muy interesante, que puede ofrecer aún muchas cosas dentro de su propia saga de películas de Star Wars, ya sea junto a Han, o por su propio camino.

La mayor parte de las críticas positivas hacia Han Solo TAMBIÉN ME PARECEN UNA MIERDA. Porque la mayor parte establecen comparaciones ridículas entre Han Solo y Los Últimos Jedi, donde la primera es demasiado conservadora y la segunda una (para mi gusto brillante) transgresión de la saga. A mi las dos me parecen espléndidas. Cada una fuerte en lo suyo, y susceptible de ser atacada en sus puntos débiles, vilipendiada incluso, por los más imbéciles. Y no será que no hay imbéciles en este mundo nuestro. Das una patada a una piedra y salen tres, lo menos.

NO hay que establecer comparaciones ridículas entre unas y otras. El universo ficticio de Star Wars es lo suficientemente rico como para admitir diferentes sendas creativas. Hay críticas tan patéticas a Han Solo que se basan en putos clichés, cosas OBVIAS, que todo el mundo sabe que están ahí, y se vertebran en esa obviedad para ladrar sus chorradas a la Red. Por ejemplo, que los responsables de la Lego-película fueron despedidos porque, siempre según la presunción del susodicho opinante de mierda, estaban siendo demasiado innovadores, y llamaron al lacayo (siempre ídem), Ron Howard, para que como perro fiel arreglase el osado desaguisado, enderezando la película para que acabase siendo una aventura al estilo Willow. Todo es una JODIDA y CANSINA presunción, como digo. Es lo obvio que va a decir la crítica negativa, el argumento más fuerte que tienen. Además la verdad parece ser muy otra. Que los responsables de la Lego-película no tenían experiencia y ni puta idea de dirigir actores… esto se puede perdonar si eres George Lucas, pero no en un caso así.

El otro argunento fútil es la consabida ESTUPIDEZ de que este Han NO es el Han que conocemos, sino uno mariquita. En fin, no sé si veis por dónde voy. No hay un jodido átomo de talento en los críticos de este país. Todos dicen las mismas mierdas, cambiando como mucho el orden de las palabras. Aunque intuyo que este no es un mal español, sino universal.

Pero es que igual de memos me parecen los que ven Han Solo y se excitan con ella, y la usan para decir que esto sí que es Star Wars, y no Los Últimos Jedi… este argumento tampoco hay por dónde cogerlo.

En Los Últimos Jedi tenemos una obra más complicada, que tiene que lidiar con lo preestablecido en un arco argumental que ha de desarrollarse a lo largo de una trilogía de películas de larga duración. Se trata de una historia de luz y oscuridad, pero con el tono optimista que preside las tres trilogías. No es normal que veamos morir a personajes centrales, a no ser en momentos culminantes de la acción, y aun muy rara vez (aunque los tiempos evolucionan, y no dejan nunca de influenciar de forma lógica los hechos de fondo, para que sean más acordes al sentir de cada generación). Como spin off desmarcado de la saga principal de los Skywalker, ya fue sello característico propio de Rogue One hacer una total inversión copernicana de ese principio de respeto a los personajes propio de una historia de tono optimista típica de Star Wars. Han Solo ha combinado unas pizcas de ese nuevo tono con el más clásico de una película de aventuras de los ochenta, en la senda del cine reinventado por Lucas y Spielberg.
También tiene sus propias originalidades, en el sorprendente comportamiento de la droide de Lando, L3-37. Bueno, sorprendente quizá para otros. Yo hace años que imaginé una historia de Star Wars en la que los robots fuesen parte esencial y luchasen pos sus derechos. Era cuestión de tiempo que en un universo de ficción poblado por robots cuyo aspecto fue diseñado por el genial Ralph McQuarrie, que también ilustró los libros de relatos de robots de Asimov (después, cuando fueron recogidos en una edición antológica), alguien tuviese la idea de sembrar esta semilla, que sin duda dará frutos en alguna futura historia de la franquicia. También en este punto los dos spin offs hechos hasta ahora están emparentados.

Pero… ¿más historias? Otra película de Star Wars, ¡Dios nos salve de Disney, continuamente profanando el sagrado espíritu de la saga, en la que solo ve a una gallina de huevos de oro!

Estoy rotundamente en contra de la forma en la que muchos enfocan este tema.
Se han cometido ya alguna tropelías con los superhéroes de Marvel, con dos o tres películas fallidas, pero veo a poca gente protestar con cada nueva película superheroica, y las que están por venir, que es toda una nueva fase.
Me parece un punto de vista bastante poco sabio, la verdad. Star Wars es parte del cine de nuestro tiempo. No solo por haber inaugurado una nueva época en el arte cinematográfico que muchos odiarán siempre, como Boyero; también por haber regresado desde su propio pasado, para ser parte de nuestro tiempo. Como el cine de superhéroes, o los western en su momento, Star Wars es un género y una forma de entender el cine en sí misma, si se hace bien, y de momento se está haciendo muy bien.  Aunque haya para todos los gustos, y sea normal que unas películas les gusten a unos más y a otros menos… Lo que no son de recibo son los continuos lloros y pataleos PUERILES, y toda la mierda que se soltó por parte de fans caducos con LUJ, ni las tonterías de turno que toca leer ahora, con Han Solo. Tampoco las chorradas de todos esos que dicen que se están haciendo demasiadas pelis de SW. No tienen ni puta idea de lo que dicen. Claro, ellos preferían que Star Wars fuese un puto museo donde poder ir a rezar a sus dioses de la nostalgia, ese lugar donde residen los fantasmas de sus infancias olvidadas.
Pero cada nueva película es un regalo, un espectáculo para los sentidos, y sobre todo, para el espíritu. No sé qué COÑO hay de malo en que se haga una PUTA película al año, después de años de soñar con nuevas películas de la mejor saga y posiblemente franquicia de todos los tiempos. Cuando yo era niño una nueva película de Star Wars más allá de El Retorno del Jedi era solo un sueño. Entonces llegaron las precuelas, y dieron un sentido nuevo a toda la saga.
Muchos imbéciles no las comprendieron. No quisieron, no tuvieron paciencia, ni, sobre todo, talento (inteligencia sensible e imaginación) para hacerlo. Terminaron por sentenciar a George Lucas, que si bien aún concebía alguna forma de abordar la trilogía secuela, acabó desistiendo, y cediendo el testigo de la continuación del sueño a nuevos cineastas llenos de talento, nacidos al amparo del nuevo cine surgido con él y con Spielberg.

Ahora, en lugar de tener lo que hay que tener, una visión integradora, ilusionante, desprovista de prejuicios, sabiendo ver los detalles peores y los mejores, pero sin que ni unos ni otros nos hagan perder la visión de conjunto, muchos se pierden por el camino, incapaces de disfrutar de las dosis de felicidad que llegan cada año, como las Perseidas, a las pantallas de nuestro pequeño planeta azul. Es una especie de competición por ser el más estúpido, dictada desde púlpitos internáuticos para llenar los corazones de los que continuamente dudan, en lugar de continuamente disfrutar.

En cuanto a la película tengo poco que decir. Solo que no hagan caso de nada ni de nadie, jamás, en lo que al cine se refiere. Hay que ver las películas libres de prejuicios y de presunciones, amordazando y encerrando al opinante que llevamos dentro, para que se pudra y se muera. Solo que la vean y la disfruten. Yo lo he hecho. Podría decir detalles que me gustaron menos, cosas que podrían haberse hecho de otra manera… pero ¿Y Qué? ¿Es que la van a hacer otra vez por lo que yo diga?

Han Solo no es una película tan grande y majestuosa como Los Últimos Jedi, pero quizá precisamente por eso es más libre, más como las primeras pelis de Star Wars. Yo he sabido disfrutar las dos, e insisto en que pretender hacer bandos, criticando a una por defender a la otra, me parecería de lo MÁS ESTÚPIDO.

Mimbres hay, en cualquier caso, para que veamos nuevas películas sobre las aventuras de Han Solo. Y del personaje sorpresa que vemos aparecer al final. Y quizá sea esa la única pega que le pongo a la peli. Luke tuvo una trilogía para crecer. Han y Qui’ra, visto lo visto, bien merecen la suya propia.

Mi visión particular de “La historia interminable”, de Michael Ende.

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El mundo está enfermo porque la mayor parte de la gente no tiene inteligencia sensible, ni imaginación. Esta es una máxima de todas las cosas sobre las que versa este blog, y en “La historia interminable” el mandato se hace esencial. Del viajero que recorre la geografía de lo imaginado que es Fantasia (sin acento y con mayúsculas, epítome de la creación de mundos de fantasía), depende la supervivencia de ambos mundos, del real y del fantástico, pues ambos están inextricablemente entrelazados, como las dos serpientes que se muerden mutuamente la cola, que dan forma al Esplendor, la alhaja AURYN. AURYN concede a su portador deseos infinitos, el poder de hacer lo que quiera, de ser un dios del mundo de Fantasia. Es un poder tramposo y difícil de manejar, porque el “Haz lo que quieras” escrito en su reverso no significa hacer tu voluntad a capricho, sino tener la responsabilidad de encontrar el camino de tus verdaderos deseos. Y es una trampa mortal, si se falla en ella. Porque quienes se pierdan en ese camino se convertirán en locos de Fantasia, fantoches.

Al ponerle un nombre a la Emperatriz Infantil, conocida como la Señora de los Deseos, la de los Ojos Dorados, Bastian, el niño lector atrapado en la lectura de “La historia interminable”, renueva, a través del poder creador del espíritu humano, el mundo de Fantasia, a punto de sucumbir a la Nada, expresión de la pobreza imaginativa de los hombres, que sucumben a la realidad. Porque realidad y fantasía son dos fuerzas complementarias y la una no puede existir sin la otra. La una crea a la otra, y la otra a la una, de forma eterna, interminable. Cuando se inventa una historia, y se nombran las cosas de esa historia, lo que se cuenta en ella ha existido siempre. De forma similar, yo hace tiempo que pienso, sin que me acordase de haber sacado tales conceptos de la lectura de este libro mágico, pues en todo caso lo leí siendo niño, y aunque me maravilló no lo entendí bien, que todo lo que alguna vez ha existido en la realidad, existirá para siempre, por más que desaparezca de nuestra percepción. La muerte es como un barco que se hace a la mar, dejando a los vivos en el puerto. Que no puedas verlo cuando traspasa los límites del horizonte no significa que el barco no exista. Sigue existiendo, más allá de nuestra percepción. Con las historias que imaginamos pasa eso mismo. Que no leamos un libro no significa que sus personajes no estén vivos. Siempre han estado ahí, porque todas las historias posibles existen en un universo infinito. Todo lo que alguna vez podamos imaginar ya ha estado o estará, o está, es, existe, de algún modo, en algún lugar.

¿Cómo resistir ante tamaño desafío? ¿Cómo mantener la cordura, y no convertirnos en Antiguos Emperadores, por creernos demasiado a nosotros mismos como creadores de nuestras propias fantasías, tras haber deseado tantas cosas que el hilo que nos ata a la realidad acaba por hacerse tan tenue que llegado un momento ya no somos capaces de imaginar nada nuevo? Recordamos, tras leer el libro, que las mentiras que deforman la realidad son una forma corrupta de usar nuestra imaginación; una deformación de lo fantástico (en la historia, los seres fantásicos).

Curiosamente, de forma similar en los parámetros casi metafísicos, a los que llegamos aquí a través de la literatura de fantasía, y a los que en la película Interstellar llegaba Nolan a través de la ciencia ficción, la clave es el amor. El amor es el vínculo, la cuerda que nos ata a la realidad, si nos perdemos en Fantasia. Quizá no el amor a alguien en concreto, sino el amor en sí mismo, la capacidad de amar.  Es este descubrimiento el que salvará al niño atrapado por su pasión literaria y su propio mundo imaginativo, y le hará regresar al mundo real en equilibrio, siendo útil a su sociedad, para mejorarla. Un mundo enfermo, del que huyó porque era una persona demasiado sensible e imaginativa para seguir perteneciendo a él, pero al que debía volver, para escribir, para contar nuevas historias que siguiesen extendiendo la fantasía, Fantasia. Regresa con las aguas de la vida, el poder purificador de la imaginación como medio a través del cual dar sentido a la realidad. Es una suerte de viaje quijotesco inverso. El Quijote, seguramente la primera gran novela de la historia, contaba el viaje de alguien no muy diferente de Bastian, que había perdido el equilibrio, un dios loco de lo fantástico, que perdió la razón de tanto leer novelas fantásticas.  Llevaba su fantasía  a la realidad, una realidad grotesca y cruel en la que su locura era ingenuidad y esperanza, porque a través de ella, aunque nos riésemos de él, o quizá precisamente por eso, la realidad se volvía un lugar más amable. Al final, cuando por fin recobra la cordura, el Quijote muere, porque no puede soportar vivir cuerdo.
En “La historia interminable” se trata del viaje de un niño cuerdo, pero de esos “raritos”, que lleva consigo la realidad a lo fantástico, el poder creador de los humanos, que rescata y sana a la fantasía, en peligro de muerte por la falta de imaginación de una realidad para la que lo fantástico es sinónimo de locura. Algo infantil, poco práctico.
Bastian corre el peligro de no volver jamás de Fantasia, convirtiéndose en un loco en la realidad, pero regresa a través de la amistad y el amor. La amistad de seres inventados y el amor de su padre, en la realidad, que al borde del olvido total de todo lo que fue en la realidad, lo que lo tornaría en un inútil incapaz de seguir deseando cosas, un creador frustrado, es un sueño que encuentra entre otros innumerables en el Pozo Minroud, en la Mina de las imágenes. Pues los sueños son la materia que da forma a la geología de Fantasia, la tierra de la que se alimentan y brotan sus historias.

Si conmovedor es ese sueño, he de confesar que el momento del libro que encharcó mis ojos fue la absoluta falta de rencor de Atreyu cuando se reencuentra con Bastian, tras haber sido herido fatalmente por éste. Es el símbolo de la amistad como valor, que la fantasía es capaz de evocar a través de personajes inventados, arquetipos que dan sentido a nuestra existencia.
El ser humano es una mezcla indisoluble del yo experimentador, que vive en la realidad, y el yo creador, que reinterpreta esa realidad a través de una mitificación de sí mismo. Las historias, sea cual sea su formato, cumplen un papel vital para la salud del espíritu humano. Pero nunca vivirá en equilibrio quien se sumerja tanto en su fantasía que deje de ser útil a los que le rodean en la vida real, y difícilmente será útil cualquier persona que no ayude a que nuestro yo creador sea más rico.
En todo caso, literarios habrán de ser los caminos que nos internen más profundamente y con más riqueza en las historias que mejor nos sirvan. Poco poder de la imaginación habrá, poco valioso, en todo caso, en quien se mire en el espejo de héroes hechos con revistas y programas de famosos o video-juegos violentos.

Bastian regresa a la realidad llevando con él a ella la fantasía, su poder creador, de un mundo que salvó gracias a su imaginación, de la cual, a su vez, se salvó gracias al amor. Continuador de un trabajo infinito de tantos otros viajeros de Fantasia, que le precedieron antes, algunos  tan curiosos como Chéxpir. Bastian lleva la salud a la realidad, a través de su imaginación, y a sí mismo, a través del amor. El Quijote perdió la salud física y murió, en cuanto perdió la imaginación. Nunca alcanzó el equilibrio que sí le fue dado a  Bastian. Llevó la salud a la realidad, a costa de perder la suya. En Fantasia, el Quijote sería, tal vez, un Antiguo Emperador loco.

Dice algo maravilloso Doña Aiuola, en un pasaje cerca del final del libro, una de las frases más misteriosas y metafísicas de entre otras muchas que salpican las páginas de “La historia interminable”, sobre todo desde la mitad del libro, cuando Bastian se convierte en un personaje del libro, arrastrándonos a nosotros con él a descubrirnos a nosotros mismos como personajes de la misma historia interminable en la que él participa. Ese es el más profundo y metafísico significado del título, aunque este tiene otras lecturas, o perspectivas, más obvias, como la imposibilidad de Bastian de escapar de Fantasia a no ser que dé término a todas las historias que ha inventado. Atreyu se ofrece a esa colosal misión por él, (dando excusas más que suficientes para la futura serie o saga que algún día se hará basada en esta obra, de la que todo lo que se ha hecho en lo audiovisual hasta ahora es más bien deficiente, a excepción del emblemático y maravilloso tema musical compuesto por Moroder y cantado por Limahl). Esa frase hace referencia a un momento del futuro, el momento más “cifi” de “La historia interminable”, tal como yo lo interpreto, en el que la fantasía y la realidad sean una misma cosa. Dos conceptos indiferenciables. Y es que así es como, según yo lo creo, será alguna vez el futuro humano, si todo va más o menos bien. Y sobre un mundo posible de ese posible futuro trata el libro que quiero escribir, y en cuyas notas llevo trabajando un par de años.

En fin, o, más bien, sin fin, “La historia interminable” es una lectura, o relectura, indispensable sobre la fantasía, la imaginación y el arte de contar historias, y la forma en que esas cosas forman parte indisociable de la realidad.

De no menos calidad, y bebiendo de todos los mismos dones literarios, Michael Ende nos regaló también MOMO. Pero esa reseña es otra historia, y será escrita en otra ocasión.

Cuando nos fijamos un objetivo, el mejor medio para alcanzarlo es tomar siempre el camino opuesto. No soy yo quien ha inventado dicho método. Para llegar al paraíso, Dante, en su Divina comedia, comienza pasando por el infierno. (···) Para encontrar la realidad hay que hacer lo mismo: darle la espalda y pasar por lo fantástico. Ése es el recorrido que lleva a cabo el héroe de La historia interminable. Para descubrirse, a sí mismo, Bastián debe primero abandonar el mundo real (donde nada tiene sentido) y penetrar en el país de lo fantástico, en el que, por el contrario, todo está cargado de significado. Sin embargo, hay siempre un riesgo cuando se realiza tal periplo; entre la realidad y lo fantástico existe, en efecto, un sutil equilibrio que no debe perturbarse: separado de lo real, lo fantástico pierde también su contenido.

Michael Ende en una entrevista para El País.

Eurovisión 2018

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Soy un gran aficionado a Eurovisión, desde pequeño, cuando lo veíamos en casa. Luego el Festival pasó por una época en la que hasta costaba que le encontrasen un sitio en la Dos, para volver a resurgir con fuerza durante estos últimos años. Aunque no es tanto que hubiese pasado de moda, siempre ha sido uno de los eventos más vistos de cada año a nivel mundial, sino que en España la gente es muy de creerse cualquier tontería que escucha por ahí, y hacer de ella patria y bandera. Que si el festival es un fenómeno televisivo de masas, para tontos, un espectáculo grotesco, donde mejor enviar a humoristas como Chicilicuatre o cantantes que no dan la talla (por no hablar de la composición), como Manuel Navarro; o que si el voto está amañado, porque todos los países votan siempre a los mismos. Paparruchas.

Da igual a quién vote cada país cada año, al final siempre suele ganar la mejor canción, y si no la mejor, porque sobre gustos ya se sabe, sí la que aglutina una serie de factores que terminan por encumbrarla. No siempre se trata de la mejor canción. El año pasado posiblemente sí fue así. No este año. Pero claro, hablo llevado por mis gustos, y Eurovisión es el Festival, por antonomasia, de la Canción. No de algún género en concreto. De la canción. Valen todos los géneros y estilos habidos y por haber. A veces el “por haber”, lo novedoso, suma también puntos, y aunque musicalmente la canción de este año 2018, la de Israel, es un poco un horror, tiene ciertos aspectos que, como digo, la encumbran. Ciertas dosis de originalidad, y una temática que ha sido más fuerte que el buen gusto, algo parecido a lo que pasó cuando ganó Conchita para Austria, con una canción no tan histriónica, pero tampoco tan original.

Pero más allá de todos estos factores,  en este mundo hiperconectado en el que vivimos el fenómeno enfermizo de las casas de apuestas (que si yo gobernase el mundo prohibiría), parece condicionarlo todo, no pudiendo con el fútbol, pero quizá sí con eventos como Eurovisión. Así, la corrección política de un tema histriónico cantado por una chica igual de histriónica (su género no me importa, si fuese hombre sería igual de histriónico, y todo ello me daría igual, si la canción me gustase. No creo que haya que caer en el mal gusto para defender algo. Salvador Sobral dijo que era una porquería de tema, cuando lo escuchó. Toda la razón); es un tema musicalmente incluso desagradable, pero se sobrepone a cualquier cosa, empujado por la fuerza de la masa, capaz de todo: de las mejores cosas y de las peores. Digo de las mejores, porque centrándonos en el tema que nos ocupa, parece quedar cada vez más claro que para que una canción gane Eurovisión ha de conquistar tanto a los jurados de los distintos países, (que por más que exista el voto amigo de media siempre hacen ganadoras a las canciones que más suelen destacar, al margen de su nacionalidad, dando por zanjada la estúpida leyenda urbana), como al voto del público, que en este nuevo formato de votaciones da un plus de emoción muy positivo al festival, haciendo que todo sea incierto hasta el final.

El Festival de Eurovisión es una gozada de ver por varias cosas, siendo las principales el despliegue de medios audiovisuales al que asistimos en directo, y, sobre todo, la cantidad de buenas canciones y figuras de la música popular, en distintos géneros, que nos descubre cada año. La cantidad de nombres descubiertos por el festival es larguísima, pero como ejemplo solo diré ABBA.

El siempre engañoso factor de la nostalgia nos puede inclinar a creer que el festival era mejor en eras pasadas. Yo creo más bien lo contrario, que con las tecnologías actuales es mucho más sorprendente, y lo vemos y escuchamos mejor. Y las canciones, el meollo de todo este asunto, resultan sorprender un año sí y al otro también, con una serie de temas para gustos eclécticos, de diversos géneros, entre las que siempre hay unos cuantos muy aprovechables. Y esta edición de 2018 no ha sido una excepción. El nivel ha sido en general muy alto, pero es que lo es prácticamente todos los años.

Me gustaría continuar este pequeño artículo sobre lo que me parece el Festival de Eurovisión, en concreto el de este año, enfocándolo en tres aspectos.

Primero, el del voto del jurado versus el del público.  Es de recibo que en el voto del público Israel y Chipre queden arriba. Como decía antes, el voto del público es pasional, y tan variado como tipos de personas hay. Pero no es nada profesional ni objetivo, en conjunto. No es congruente, por tanto, que los JURADOS DE CADA PAÍS voten con 12 y 10 puntos respectivamente, como si fueran el público, a los temas más votados por el público, a no ser que se trate de un tema excepcional en todo lo que aporta, como el de Salvador Sobral en 2017. En este sentido, el Jurado español, compuesto entre otros por dos triunfitos, dos músicos que son más invento mercadotécnico que músicos de verdad, ha votado hoy 12 y 10 a Israel y Chipre. Con ninguna noción absoluta de sabiduría musical, no ha hecho otra cosa que hacerse eco del voto popular. Patético. Así, en una palabra. Patético. Algunos otros países han hecho el ridículo con sus jurados de este modo, pero muy pocos.

Sin embargo, el voto del público, que aglutina tanto el mal como el buen gusto, también es capaz de hacer destacar a temas que los distintos jurados, entrecomillemos, “profesionales” (porque no sé hasta qué punto pueden tildarse de tales, si el jurado español es ejemplo de lo que hacen otros países), ningunean, por unos un otros motivos. Así lo hemos visto a lo largo de las últimas ediciones, y aquí pondré como ejemplo mi propio buen gusto. En las tres últimas ediciones he votado, desde que el voto del público es decisivo. En 2016 voté a Austria, en 2017 a Bélgica, y este 2018 a Italia. Los tres años el voto de los jurados relegó a esas tres canciones a posiciones mediocres, esto es, de mitad de la tabla, más o menos arriba o abajo. Y en las tres ocasiones las tres canciones a las que yo voté terminaron entre las diez, sino entre las cinco primeras. No quiero decir con esto que yo tenga buen gusto (que sí), sino poner mi voto como ejemplo de que el voto del público también hace variar las posiciones de las canciones para mejor, cuando han sido denostadas por los jurados. Para ganar, una canción tiene que conseguir esto, que es una llamada más espontánea y visceral al gusto del oyente, pero también encandilar a unos jurados que suelen ser el talón de Aquiles del Certamen, si hemos de guiarnos por el modelo del jurado español.

El segundo enfoque que quería darle es el de nuestros propios resultados en el certamen. España casi siempre lo ha hecho mal, tanto en estas tres ediciones con este formato de votación como en la mayor parte de las anteriores. La última canción realmente buena que llevamos la cantó la fabulosa Anabel Conde en los años noventa, y oh, sorpresa… O.o
¡Quedó segunda! ¿Cómo fue posible tal cosa? Pero ¿Y lo del voto amigo y todo eso… cómo pudo España quedar segunda en Eurovisión (y a no mucha distancia de la primera)? Pues porque llevamos una JODIDA BUENA CANCIÓN, con una intérprete fabulosa. La mayor parte de las veces (salvo en 2017 donde tanto la canción como el intérprete fueron tan malos que  la gente que asistía en vivo al Festival escondía la bandera española  para no morirse de vergüenza) lo fundamental es que la canción sea buena. El  o los intérpretes también son muy importantes. Pero un puntito menos que el hecho de llevar una gran canción o no llevarla… o no llevarla en absoluto.

Yo cuando era pequeño siempre tenía la cosa de ver a España ganar alguna vez un Mundial… ahora con lo que sueño, de verdad, es con ver a España ganar alguna vez un Festival de Eurovisión. Aún siendo anuales, y los Mundiales cada cuatro años, veo más fácil que ganemos un nuevo Mundial antes. ¿Por qué? Bueno, ya lo vemos cada año: RTVE tiene secuestrado el evento, y la capacidad para elegir a la canción que participa cada año. Priman los intereses mercantilistas, SIEMPRE, por encima de los artísticos. Este año teníamos, POR FIN, la posibilidad de que actuase DIANA NAVARRO, una intérprete excepcional. El anterior fue el culmen de la vergüenza, tras elegir a dedo a Manel Navarro. Ver este año cómo era defendido y participaba en parte de los eventos alrededor de la canción de Almaia, como reivindicando su vergonzosa actuación, ÚLTIMO, del año pasado, ya daba muy mala espina. Malísima espina. No había propósito de enmienda.
La canción de este año, por su parte, cuando la escuché por primera vez… pero espera… remontémonos al por qué enviamos a Almaia en lugar de a DIANA NAVARRO. Por lo mismo. Porque RTVE tiene secuestrado el evento. Dicen a dedo, según convenga a sus arcas y a sus tejemanejes mercadotécnicos y de audiencias televisivas, quién tiene que ir a Eurovisión. Y este año salió elegida Almaia. Que oye, dentro de lo malo, me pareció una canción digna, comparada con la del Manel Navarro, y con los otros esperpentos “reggeatoneros” que se codeaban con ellos para ir al Concurso. Pero decía lo que sentí cuando la escuché por primera vez: que no ganaríamos ni de coña. Fue algo parecido a lo que sintió el gran y recientemente desaparecido Jose María Íñigo. Luego, cuando la escuché con los arreglos, hice de tripas corazón, y le dediqué buenas palabras al tema. La canción cobró más fuerza con los nuevos arreglos. Las cuerdas especialmente, le daban más brío. Y la canción siempre fue bastante moñas, no nos engañemos, tanto como los propios cantantes y la puesta en escena, la letra… TODO. Y sin embargo, me pareció bonita por otra parte. Tiene ciertas sutilezas en los arreglos, en sus acordes, y ellos dos lo hacen muy bien, dentro de su moñez. Creo que actuaron hoy de forma soberbia en el Festival. Pero somos muy españolitos de a pie, y dados a pensar despreciando siempre al contrincante cuando nos vanagloriamos de nuestras posibilidades. Así Zidane nos expulsó del Mundial de 2006, y así nos han relegado hoy al puesto que nos merecíamos en la tabla, de la mitad muy para atrás, en  puesto mediocre y, la verdad, merecido. No tanto por los intérpretes como por el tema, que era muy flojito y muy insulso.

Almaia son muy conocidos aquí por el fenómeno OT, pero ese programita es absolutamente desconocido en el resto del mundo, igual que el español medio no tiene ni repajolera idea de los triunfitos de otros países. El tema “Tu canción” simplemente era demasiado flojito para participar en Eurovisión, y más con la calidad que suele haber, y ha habido este año, por bien que lo hicieran, que lo hicieron, sus intérpretes. El fallo estuvo, sobre todo, en los compositores. Y antes que nadie en RTVE y la forma en que ha hecho creer a media España, por el afán recaudatorio de sumar audiencia con el fenómeno, que esta canción tenía alguna posibilidad de ganar. Ya hemos visto que ni la más remota.
Pero para mí eso es lo de menos. No veo el festival, ni creo que nadie deba verlo así, como si fuese una competición deportiva. Lo veo para dejarme sorprender por canciones, compositores e intérpretes que antes desconocía. Y todos los años descubro a unos cuantos.

Y ojo, que a mí me gusta más nuestro tema que el que ha ganado, y que el segundo. Tanto la canción de Chipre como la de Israel me parecen una mierda, sobre todo la de Chipre. Pero aquí somos víctimas de calzar un zapato con la misma horma que nuestro patético jurado, porque… ¿A qué canciones dieron los 12 y los 10 puntos los de nuestro jurado? Pues sí, eso. No fueron fieles  a sus sentimientos ni emociones. Se dejaron llevar de forma vulgar y arrastrada, por el “mainstream”.  Ole los jurados, que los hubo, y bastantes, que tuvieron lo que hay que tener para no hacer eso.
El voto del público puede reflejar lo bueno y lo malo, porque se debe a sus gustos y a sus pasiones. El voto del jurado está obligado a reflejar lo bueno, al margen de sus gustos, y del “mainstream”. En este sentido, Salvador Sobral fue un buen ganador el año pasado. Israel no lo ha sido este año, ni Chipre lo habría sido. Es patético que el jurado supuestamente profesional encumbre ese tipo de canciones, guiado por correcciones políticas, gustos, modas y pasiones más allá de lo musical.

Por cierto que el sistema de votaciones se ha querido hacer tan rápido este año, que casi no da tiempo a enterarse de nada, sobre todo respecto al voto del público ¿Por qué esas cantidades exactamente? MUY MAL EXPLICADO, y MAL PRODUCIDO, ese aspecto.

El voto del público ya es otra cosa, como he venido diciendo a lo largo de este artículo, quizá ya demasiado largo. Es algo más visceral, y refleja tanto lo bueno como la malo, todo tipo de gustos.
Si a mí me sigue gustando el festival, y los seguiré viendo, es porque, bueno, primero, no soy un “esnob”, pero sobre todo, porque siempre descubro en él buena música popular de nuestro tiempo. Y porque es el único evento donde las banderas de los distintos países se entremezclan, celebrando una cosa, la música, que congrega delante del televisor a más audiencia que la final de la NFL,  la NBA o la Champions. Y eso, por sí solo, es todo un prodigio televisivo.

Unas palabras finales para los comentarios de este año. Cuánto más me han hecho echar de menos a Don José María Íñigo. Han sido muy sositos, y a veces, durante las votaciones, más bien molestos, porque ni dejaban escuchar lo que se decía en inglés, ni lo explicaban ellos bien.

Aquí os dejo tres enlaces a las tres canciones que amé y todavía amo, tras escucharlas en Eurovisión. No son las únicas, pero son las que yo voté. Las tres quedaron muy bien pese al ninguneo de jurados mediocres. Y quedaron muy bien porque son maravillosas. Y lo merecían.

Austria 2016
Zoë – Loin d’ici

Bélgica 2017
Blanche – City Lights

Italia 2018
Ermal Meta & Fabrizio Moro – Non mi avete fatto niente

The true meaning of the end of Bladerunner 2049: meta-narrative, virtual reality and “The neverending story”.

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When I saw Bladerunner 2049, although I thought it was a great movie when it came to certain artistic aspects, as a follow-up to the original Bladerunner I was disappointed. Until I read Mark Millar’s idea about the final scene. Now it is for me the only thing that gives Bladerunner 2049 a sense of transcendence that saves it from oblivion and raises it to the level of the original, beyond the purely audiovisual aspects.

The ideas that I expose below are born from this new perspective, although the parallels with “The Neverending Story” are my thing.

K, or Joe, does not exist. At least, not as we believe he exists. He is a fantasy character, an elaborate memory created by who is supposed to be Deckard’s daughter. If it were not so, the snow at the end, in the hands of her and on her, would only be an ornament. And I was taught that in good movies and good literature everything has a meaning. Nothing should be casual. And less in the LAST SCENE.
Wallace does not exist either. There is nothing in this movie, except the film itself, as a meta-narrative in the universe of Bladerunner, the original movie. Only the last scene is real, although she lives halfway between reality and fantasy.
This is for me the only thing that saves 2049 from falling into oblivion (the plot of the main story, without this new perspective, has always seemed to me rather vulgar and boring), and suddenly makes it a masterpiece, misunderstood by those who hate the movie, but above all by those who love the movie.
Deckard is not a replicant. Maybe he’s a human whose mind has been manipulated with memories, the pioneer of a new posthumanity … maybe all bladerunners are manipulated in that way. In fact, replicants are not supposed to age. They are created with the same appearance they will have while they work, or they exist. So seeing Deckard played by Ford older for me in the end comes to mean that he’s human, albeit modified.
Actually, the idea of the replicant can be transferred to the virtual world. It is not that K does not exist, He does not exist in reality.
If all this is true, and I don’t care what others think, for me it is, the character played by Ana de Armas, Joi (clearly inspired by the movie HER, not only the character but his whole love scene), she is no more than an echo, which reminds K that he does not exist … how other beings can exist. Although really, that does not mean he does not exist either.
For me it is now clear that this woman who designs virtual stories, in a future in which virtual reality has to be almost indistinguishable from reality, knows the mind of Deckard, and plays with it. The ending is an echo of the end of the original Bladerunner, and is an intentional echo. Although I do believe that the facts of the original are real. Memories of real events that she knows. Why, and why she acts like that, that’s another story …
We can see Deckard’s reflection in the bubble glass where she lives, her Ivory Tower. Child Empress. The two realities, the Bastian that transcends reality and fantasy. There is a chapter, in “The Neverending Story”, where Atreyu has to pass a test, a door that is a mirror, and in it he sees himself as Bastian. If there is a classic fantasy novel that plays with meta-narrative, this is “The Neverending Story”. Joe (or K) is the Atreyu, who leads Deckard to the Child Empress, to heal her, giving her a name.
It should also be noted that the two names of the character played by Ryan Gosling, “Joe” and “K”, sound like “Joke” in English.
Michael Ende, the author of “The Neverending Story”, wrote other books, not all oriented to the younger audience. All of them, in any case, contain large doses of philosophy. Among the books “for adults” he wrote, highlights “Mirror in the mirror”.

There are more details. Here below, in the first photo, we see her designing the snow, and playing with it, and the reflection of the entrance door and of Deckard passing through it, and the exit door, in the background. We might think that it is snow from outside, that falls through an open skylight. But no, of course, that’s impossible, because she lives in a bubble, and also, when she turns around to face Deckard, the snow disappears.
Before, during that story that is told to Deckard to lead him to his daughter (we will assume that she is), we can see two sphinxes facing one another, in Las Vegas; or when Deckard quotes a phrase from “Treasure Island” and says that the only thing he can do there is to read. He says he has dreamed of cheese. He has dreamed of something he has read in a book, but it does not exist there, and he tells it to someone whose story is invented like a book, one who does not really exist there. It is augmented reality, or virtual … it is fiction. (In the background, maybe it does exist, just as there are characters like Atreyu, or ourselves, in this holographic universe, although this is taken from a poetic perspective, not literal). There, where Deckard lives, there are only shadows of the past, books, and whiskey to forget.
Of course, everyone is free to interpret the movie as they like. This is how I like it, with much difference.

By the way, speaking of alternative or increased realities, I don’t know if more people besides me have seen the parallelism between the forms of the end of Valerian, of Luc Besson, and the end of Bladerunner 2049. Valerian disappointed me enough, beyond of the visual, but it has some formidable details, and that, the way it deals with the issue of virtual and augmented reality, is one of them.

 

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El verdadero significado del final de Bladerunner 2049: metanarrativa, realidad virtual y “La historia interminable”.

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Cuando vi Bladerunner 2049, aunque me pareció una gran película en lo referente a ciertos aspectos artísticos, como película continuación de la Bladerunner original me decepcionó. Hasta que leí la idea de Mark Millar sobre la escena final. Ahora es para mí lo único que le da a Bladerunner 2049 una sensación de trascendencia que la salva del olvido y la eleva a la altura de la original, más allá de los aspectos puramente audiovisuales.

Las ideas que expongo a continuación nacen de esa nueva perspectiva, aunque los paralelismos con “La Historia Interminable” son cosa mía.

K, o Joe, no existe.  Al menos, no como creemos que existe. Es un personaje de fantasía, un elaborado recuerdo que ha creado la que se supone que es la hija de Deckard. Si no fuese así, la nieve al final, en las manos de ella y sobre ella, solo sería un ornamento. Y a mí me enseñaron que en el buen cine y en la buena literatura todo tiene un significado. Nada debe ser casual. Y menos en la ÚLTIMA ESCENA.
Wallace tampoco existe. No existe nada en esta película, salvo la propia película, como metanarrativa en el universo de Bladerunner, la película original. Solo la última escena es real, aunque ella vive a caballo entre la realidad y la fantasía.
Esto es para mí lo único que salva a 2049 de caer en el olvido (el argumento de la historia principal, sin esta nueva perspectiva, siempre me ha parecido más bien vulgar y aburrido), y de golpe la convierte en obra maestra, incomprendida por los que la odian, pero sobretodo por los que la aman.
Deckard no es un replicante. Quizá es un humano cuya mente se ha manipulado con recuerdos, el pionero de una nueva posthumanidad… quizá todos los bladerunners son manipulados de ese modo. De hecho, se supone que los replicantes no envejecen. Son creados con la misma apariencia que tendrán mientras funcionen, o existan. Así que el ver a Deckard interpretado por Ford más mayor para mí al final viene a significar que es humano, aunque modificado.
En realidad, la idea del replicante puede ser trasladada al mundo virtual. No es que K no exista, es que no existe en la realidad.
Si todo esto es cierto, y me da igual lo que piensen otros, para mí lo es,  el personaje interpretado por Ana de Armas, Joi (claramente inspirado en la película HER, no solo el personaje sino toda su escena de amor), no es más que un eco que le recuerda a K que no existe… como pueden existir otros seres. Aunque realmente, eso tampoco significa que no exista.
Para mí ahora está claro que esa mujer diseñadora de historias virtuales, en un futuro en el que la realidad virtual ha de ser casi indiferenciable de la realidad, conoce la mente de Deckard, y juega con ella. El final es un eco del final de la Bladerunner original, y es un eco intencionado. Aunque sí que creo que los hechos de la original son reales. Recuerdos de hechos reales que ella conoce. Por qué, y por qué actúa así, eso ya es otra historia…
Podemos ver el reflejo de Deckard en el cristal de la burbuja donde vive ella, su Torre de Marfil. Emperatriz Infantil. Las dos realidades, el Bastian que traspasa la realidad y la fantasía. Hay un capítulo, en “La Historia Interminable”, donde Atreyu ha de pasar una prueba, una puerta que es un espejo, y en él se ve a sí mismo como Bastian. Si hay una obra de fantasía ya clásica que juega con la metanarrativa, esta es “La Historia Interminable”. Joe (o K) es el Atreyu, que conduce a Deckard hasta la Emperatriz Infantil, para sanarla, dándole un nombre.
Hay que apuntar también el dato de que los dos nombres del personaje interpretado por Ryan Gosling: “Joe” y “K” suenan como “Joke” en inglés.
Michael Ende, el autor de “La Historia Interminable”, escribió otros libros, no todos orientados al público más joven. Todos ellos, en cualquier caso, encierran grandes dosis de filosofía. Entre los libros “para adultos” que escribió destaca “El espejo en el espejo”

Hay más detalles. Aquí abajo, en la primera foto, vemos a ella diseñando la nieve, y jugando con ella, y el reflejo de la puerta de entrada y de Deckard traspasándola, y la puerta de salida, al fondo. Podríamos pensar que es la nieve de fuera, que cae por una claraboya abierta. Pero no, claro, eso es imposible, porque ella vive en una burbuja, y además, cuando se da la vuelta para encarar a Deckard la nieve desaparece.
Antes, durante esa historia que le es contada a Deckard para conducirlo hasta su hija (supondremos que lo es), podemos ver dos esfinges enfrentadas una a la otra, en Las Vegas; o cuando Deckard cita una frase de “La isla del tesoro”, y dice que lo único que puede hacer ya allí es leer. Dice que ha soñado con el queso. Ha soñado con algo que ha leído en un libro, pero que no existe allí, y se lo dice a alguien cuya historia es inventada como la de un libro, que en realidad no existe allí. Es realidad aumentada, o virtual… es ficción. (En el fondo, quizá sí que exista, tal como existen personajes como Atreyu, o nosotros mismos, en este universo holográfico. Aunque tómese esto último desde una perspectiva poética, no literal). Allí, donde vive Deckard, solo existen sombras del pasado, libros, y whisky para olvidar.
Desde luego, cada cual es libre de interpretar la película como más le guste. A mí es así como más me gusta, con mucha diferencia.

Por cierto, hablando de realidades alternativas o aumentadas, no sé si más gente aparte de mí ha visto el paralelismo que hay entre las formas del final de Valerian, de Luc Besson, y el final de Bladerunner 2049. Valerian me decepcionó bastante, más allá de lo visual, pero tiene algunos detalles formidables, y ese, la forma en que trata el tema de la realidad virtual y aumentada, es uno de ellos.

 

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Infinity War, el fin de una fase y el principio de otra…

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Cuando empecé este blog lo hice con la intención de ser original, porque estaba cansado de las tonterías y de las obviedades que suelen leerse en casi todos los blogs y webs cinematográficas más o menos especializados en este tipo de cine que pululan por la Red.

Valga la primera parte de Vengadores Infinity War para demostrarlo.

Traeré como ejemplo la opinión de la web Palomitrón. Según su opinión la mayor parte de películas de Marvel son una mierda, salvo Capitán América, El Soldado de Invierno. Sin embargo, convencido él como estaba de darle también cera a esta primera parte del clímax superheroico más grande de todos los tiempos (tampoco son muchos tiempos, pues es algo que antes del nuestro no se había visto),  salió del cine asombrado, en cierto modo disculpándose por cambiar de punto de vista y decir que lo había gozado cosa fina con Vengadores Infinity War, Parte I.
Este es el problema de estas webs de esnobs que se creen que saben mucho de cine. No son coherentes.

Está claro que ha habido pelis de Marvel peores y mejores. Son muchas ya, pero en general, entre todas ellas han tejido un tapiz épico, una nueva mitología narrada con los últimos adelantos tecnológicos del cine de nuestros días, y el lenguaje que se articula en esta última peli se debe a gran parte de lo visto anteriormente en todas esas otras pelis. Así, el tono space opera, el humor, y la misma estructura, presentándonos los diferentes escenarios del conflicto al más puro estilo de Guardianes de la Galaxia, hablan bien claro del entramado del que Infinity War es todo y parte. Es algo que vemos también, por ejemplo,  en la forma perfectísima en que se culmina Thor Ragnarok y se engarza con este colofón de los hermanos Russo, o en la aventura superheroica particular del Doctor Strange… vemos detalles y “easter eggs” por todas partes.

Sin embargo, es el método usado por James Gunn, aunque no tan pasado de rosca en lo humorístico como su segunda entrada en la franquicia del cuerpo galáctico (un humor aún así bastante presente, pues, entre otras cosas, suyas son las partes de diálogo de los personajes Guardianes en Infinity War), el que impregna más que ningún otro la última aventura. Y galáctico, o galáctica, aunque de origen terrestre, es la nueva superheroína que se anuncia en la escena post créditos de esta primera parte de Infinity War: la Capitana Márvel, también conocida en la Tierra como Carol Danvers.  En marzo del año que viene veremos su película, una precuela, en la que se contarán hechos anteriores a cualquiera de las películas que hemos visto hasta ahora de este maravillosamente ejecutado universo cinematográfico superheroico (a excepción, claro, de la primera del Capi), con un Samuel L. Jackson interpretando su mismo rol de Nick Furia, aunque un tanto rejuvenecido con ayuda del ordenador. Carol Danvers se convierte en la Capitana Marvel, en los cómics, cuando es impregnada por energía kree, una de las principales razas extraterrestres de la mitología marvelita, adquiriendo unos poderes que podrían equipararse a los de los kriptonianos de DC. De hecho hay rumores que apuntan a que cuando la veamos también en mayo del año próximo en la segunda parte del clímax de la fase 3, ya en el tiempo presente de la historia, será bastante decisiva para cambiar las tornas del conflicto contra Thanos.

En fin,  a esta peli se le pueden poner peros, el principal el ser una primera parte y no hacer absolutamente nada para disimularlo, a lo Peter Jackson en El Hobbit. La mayoría de las muertes que vemos son tramposillas. No hay que creerse ninguna, salvo las otras dos que sí parecen más serias, si no fuera porque dudo que una de ellas no esté en la tercera parte de su saga galáctica particular. Donde sí creo que veremos más muertes definitivas es en la segunda parte, cuya carga emocional, una vez hechos los deberes con nota alta en este inicio, intuyo bastante grande.

En general, una película llena de cosas buenas, de sentido de la maravilla, entretenimiento y muchos más momentos para la reflexión, eso sí, baratita, que no se nos rasgue nadie las vestiduras, porque la filosofía tremendista del super villano es de baratillo, aunque funciona muy bien en el guión…  Hay de todo, momentos pausados bien medidos, que se reparten con los de acción y los de comedia a lo largo de todas las líneas argumentales de forma clara y brillante, y sin embrollarse en ningún momento, lo cual ya es meritorio, con tanto personaje.

Marvel en estado puro. Y quien no lo haya querido ver hasta ahora, bueno, pues bien caído de la burra está. El futuro, la fase cuatro, contará con algunos actores actuales, pero más bien pocos. Seguro que podemos contar entre ellos a los Guardianes de la Galaxia, con su volumen 3, así como a Spiderman, “nuevo juguete” de la Marvel de Disney, y a la Capitana Marvel, que es proclive a tramas de tono espacial. Y ha sido eminentemente espacial la forma en que Marvel ha sabido hacer interesante todo el entramado de este ficticio y maravilloso universo cinematográfico, evitando agotarnos con repeticiones infinitesimales de Tierras y ciudades destruidas.
La capacidad para incentivar la imaginación de los guionistas y del público de toda una galaxia a buen seguro seguirá llenando de nuevos mundos, aventuras y valores humanos nuestras noches cinematográficas, que no son cosas que a este mundo nuestro le vengan mal.

Si tengo que quedarme con una escena, escogería la de la mansión de Doctor Extraño, y cómo Stark sale a la calle cuando ve que está pasando algo… extraño. Vemos ese plano de la calle a través de la puerta, con una perspectiva del espacio casi literaria, hasta que una vez en la calle, siguiendo la escena, tuerce la esquina y se encuentra con la nave… luego otra perspectiva de lo mismo, para introducir a Spiderman. Genial.

Reseña: “El Portal de los Obeliscos”, de N. K. Jemisin.

9788466662673

 

Todas las reseñas y comentarios que he visto de este libro en Internet han sido muy positivos, sin paliativos. Esta reseña va a ser una excepción a esa regla. Creo necesario subirla, porque imagino que habrá más personas como yo que puedan sentirse decepcionadas. Tiene que haber lugar para todo en Internet, mientras el sentimiento sea honesto.

Mi sensación al leer “El Portal de los Obeliscos” ha sido de decepción. Sin que fuese la primera parte, “La Quinta Estación”, mi libro favorito, fue un libro aquel que me gustó mucho, y me dejó buenas sensaciones y recuerdos. Un tipo de fantasía o ciencia ficción tan originales que no se sabe dónde termina la una y comienza la otra, aunque si yo tuviera que definirme, diría que se trata más bien de fantasía, tan concienzuda en algunos de sus elementos, eso sí, que la hacen parecer ciencia ficción, aunque si somos rigurosos, su ciencia es tan imaginativa y alejada de lo que normalmente entendemos por ciencia ficción, que yo prefiero contarlo como un libro de fantasía. No tengo preferencia por uno u otro género, me entusiasman los dos por igual, y creo que en ciertos niveles están profundamente entrelazados. Esta trilogía de N. K. Jemisis es un gran ejemplo.

Así pues, decepción, porque me gustó mucho “La Quinta Estación”, y en este libro, básicamente, no pasa nada. Todo el libro en dos localizaciones, cuatrocientas páginas sin moverse de esas dos localizaciones, contándonos lo mismo una y otra vez. Hacia su parte central, está el relato de Alabastro, donde algunas sorpresas en el worlbuilding por fin convierten a la historia en algo excitante, pero solo es un espejismo… enseguida volvemos otra vez a las mismas localizaciones, y a leer lo mismo una y otra vez. El libro se me ha hecho eterno. Hacía mucho tiempo que no tenía tantas ganas de terminar un libro de una vez, para poder leer otra cosa.
Los personajes: no me he identificado nunca, ni de lejos, con ninguno… bueno, venga, quizá un poco con Lerna. Pero se trata de un secundario. Y vale, al final, muy al final, en la última página, con Nassun.
Con lo que más me identifico es con el tema de fondo, y a veces entiendo el odio que mueve a la protagonista, ese odio hacia los axiomas de una sociedad que da por hecho que los que son como ella están ahí para hacer que la sociedad de los demás funcione, sin que dicha sociedad considere jamás que los que son como ella merezcan su respeto. Esa sensación de ser usada de la protagonista, acrecentada por la sucesión de pérdidas a lo que se ha visto sometida en el pasado.

Pero no comulgo con las formas de Essun. La forma en que asesina a inocentes sin que le tiemble una pestaña, y ese final… ese final del que había leído maravillas e interjecciones de asombro por doquier… ese final… me pareció horrible. No el final final… el final de Nassun me gustó. Me gustó lo suficiente para, a pesar de todo, hacer de tripas corazón e ir también a por el tercero. Pero el final de Essun, horrible. La personificación total y más descarada del deus ex machina hecho personaje. Algunos podrán decirme que vaya disparate, lo que acabo de escribir, porque cierto es que si hay un libro donde todos los entresijos que explican el poder desencadenado por el protagonista se explican con profusión de detalles, en un alarde de imaginación tal que casi terminas por dudar si la orogenia y la magia existen de verdad, es este libro. Pero todas esas explicaciones terminan por hacerme el libro soporífero.  Al final, después de tantísima explicación, sigo sin creerme a un personaje protagonista que de repente es un dios aniquilador. No comparto ni el fondo ni la forma en que se hacen esas cosas.
Luego está la batalla final, donde se llega a la confrontación a través de una serie de sucesos taaaaan aburridos… que al final me da igual por qué luchan, contra quién y para qué. No creo que el desarrollo de ese conflicto entre comus sea brillante. Me parece un  punto flaco de la historia.

Como digo, al final, justo cuando estaba casi seguro de que no compraría el tercer libro, surgió un rayo de luz en la última página, en la forma en que Nassun parece empezar a despreciarse a sí misma por todo lo que ha hecho, un personaje muchísimo más interesante que el de la madre, sin duda. Con ese final la autora nos hace barruntar el choque de trenes que puede producirse en el tercer libro, entre la madre odiadora y la hija redentora. Y con eso me quedaré…
La historia tiene otras cosas positivas, ciertos detalles humanos muy entrañables en la historia de amor con Alabastro, y algunos puntos buenos en general, como la perspectiva que se da de la magia dentro de un contexto rayano en la ciencia ficción.
Pero, ya digo, en  general, y para mi gusto, uno de los peores libros que he leído en los últimos años.

Me ha hecho preguntarme qué valoraron exactamente los miembros del jurado de los premios Hugo en este libro, si es que se trató de un año tan malo que tuvo que ganar esto. Lo cual dudo. ¿Se lo dieron por inercia reivindicativa, porque el primer volumen de esta trilogía, “La Quinta Estación”, ya ganó el Hugo del año anterior?
No se me escapa la polémica que ha habido durante los últimos años en los Hugo, y yo siempre me he posicionado en el bando de los que consideran al grupo conservador (que pone el grito en el cielo porque los premios se otorguen a mujeres, encima afroamericanas, y encima que no escriben ciencia ficción de corte clásico) un atajo de gilipollas trasnochados. Creo que el Hugo a La Quinta Estación fue justo. Flipé positivamente leyendo “Justicia Auxiliar”, de Ann Leckie, y “Las estrellas son legión”, de Kameron Hurley, y estoy flipando leyendo “La revolución feminista geek”. Soy admirador de la obra de Ursula K. Le Guin, y he escrito un artículo en este blog lamentándome de la escasísima repercusión que tuvo su muerte en España, donde ni siquiera fue noticia en ningún telediario. Eso me indignó profundamente. Digo todo esto para que nadie se confunda con esta reseña. Escribo solo lo que he sentido leyendo el libro. Tiene que haber gente y gustos para todo.

En cuanto a la calidad literaria, no cabe duda de que Jemisin escribe muy bien, aunque en general me ha parecido un libro pobre en cuanto a eso que yo llamo “capacidad de sutil evocación poética”, que a mí siempre me gusta sentir en la prosa. (Algo que me encantó de “Las estrellas son legión”, por ejemplo).

En cuanto a la traducción, ninguna pega, muy buena, y apenas hay faltas ni erratas reseñables.

Mi valoración personal: 3 sobre 5.