Crítica de First Man, la primera película en la Luna: Un viaje entre lo intimista y lo épico.

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En 2019 se cumplen 50 años de la llegada del ser humano a nuestro satélite. Es una cifra imponente y redonda, ese medio siglo, que sin duda reavivará la gesta, más que nunca ahora, cuando la NASA ha anunciado su firme intención de regresar a la Luna en la próxima década, tanto a su superficie como estableciendo una nueva estación espacial que sustituya a la actual, pero ubicada esta vez en órbita lunar.

Podríamos hablar de las cosas que hacen flaquear la fe en la humanidad, pese a que esta consiguiese un logro tan alunizante (no he podido evitarlo) que una buena parte de ella (como muestra un Casillas, y todos los lerdos que estuvieron de acuerdo con él) sigue sin creer que pisásemos la nívea e imposible superficie de la Luna; quizá porque para ellos, ese astro, ese lugar, pertenece a otra realidad, la del cielo, en un marco de existencia diferente al de esta tierra firme, y plana, nuestra.
Ironías y estúpidas teorías conspiranoicas aparte, que llegamos allí es indudable, salvo severos problemas mentales de diversa índole. No se hizo más que aplicar leyes de la física descubiertas tres siglos atrás por Isaac Newton, en un tour de force que llevó al límite la tecnología del siglo XX, gracias a una Carrera Espacial que fue la mejor carrera que haya podido librar nunca la especie humana; una carrera en la que tecnologías desarrolladas en guerras terribles se usaron y mejoraron para un fin diferente: el de la exploración del espacio. La nueva frontera. La única frontera. Y no simplemente por el hecho de explorar, como dice Neil Armstrong en un momento de la película, sino porque ese es nuestro deber, saber a dónde pertenecemos, cuál es nuestro lugar en el universo.

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First Man no es una película del todo políticamente correcta para este mundo de distopía imbécil que estamos construyendo. Empezando por el título. Que sí, es evidente que se refiere a la humanidad en general, por mucho que Armstrong fuese un man. Las virtudes de lo que emana de esta película están por encima de géneros. No hace mucho se estrenó otra película, Figuras Ocultas, que reivindicaba el rol fundamental de las mujeres cuyos cálculos ayudaron a que la carrera espacial fuese posible. Una carrera que ha tenido la virtud de saber apoyarse sobre las mujeres tanto como sobre los hombres, ocupando estas roles cada vez más destacados también en la parte protagonista, hasta el punto de que fueron estas empresas increíbles del pasado las que permitirán que un día no muy lejano podamos ver una película que se titule First Woman. Porque quizá sea una mujer la primera en pisar de nuevo la Luna, o, quizá… Marte.

Hablo de esto porque me consta que para la crítica norteamericana First Man ha sido tratada casi como de obra maestra, y la europea ha sido en cambio bastante más tibia con la película, siendo algo negativo, para esos críticos más escépticos con esta absoluta maravilla audiovisual espacial y humana, el trato que se da en la película a Janet Shearon (interpretada por Claire Foy), esposa del astronauta. Porque hay quienes dicen, pretendiendo ser muy políticamente correctos, que se limita a ejercer el rol de correcta y sufrida madre. Pero es que esta película es un biopic de Neil Armstrong. Y por supuesto, sí que es Janet Shearon parte esencial del viaje del astronauta. La película recoge de forma magistral esa importancia de Shearon en el guión. Y es plasmada de forma maravillosa.

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First Man debería ser una película que pongan a los adolescentes en los colegios de todo el mundo. Es una película que nos reconcilia con nosotros mismos y con la humanidad, en medio de la crisis de identidad que sufre el mundo (consecuencia directa de la última gran Crisis económica a escala global, y de esta imbécil cruzada contra lo científico, propia de una mentalidad aislacionista y medievalista de un mundo donde ahora los Estados Unidos son gobernados por Trump, y todo tipo de populistas se alzan al poder en otros rincones del planeta). Nos reconcilia con lo que como especie y como individuos somos capaces de alcanzar. Y no es algo que yo escriba aquí porque sí. Es algo que sentí mientras veía la película. En ella palpitan sentimientos esenciales profundos, sobre la psique y la condición humana. Hay una gran pena latente durante toda la película, indisociable del deber del protagonista de hacer lo correcto. Es en gran medida por esa pena por lo que se lanza en una carrera incierta hacia una muerte apenas esquivada, que no deja de dar guadañazos durante todo el film. Es la catarsis que insufla en Armstrong el deseo de seguir luchando.

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En esto, la película, tanto por la profunda pena que subyace a lo largo de ella, como por la forma en que esta es tratada, recuerda mucho a El Árbol de la Vida, de Terrence Malick. Pero recuerda aún más a esos otros grandes referentes del género, no de la carrera espacial, donde First Man es tan buena que hace palidecer a cualquier película jamás hecha hasta ahora, sino de la ciencia ficción más profunda y rigurosa, con la que esta nueva película del director de La la land está más hermanada, tanto por su lenguaje cinematográfico como por su filosofía (pues ¿no están la buena ciencia ficción y la ciencia y tecnología de nuestro tiempo profundamente vinculadas, como dirían, y con razón, Carl Sagan, o James Cameron?)

Así, tenemos bellas y provocativas referencias directamente buscadas a 2001, que destilan de la grandiosidad de ciertas escenas, de los golpes de sonido que encabalgan planos entre sí. Es un tipo de cine que ha moldeado en nuestra psique colectiva el lenguaje del buen cine espacial, algo que en cierto modo inventó el genio de Kubrick, y que Damien Chazelle sabe imitar con elegancia  de la mano de la maravillosa música de Justin Hurwitz (que también fue el compositor de la no menos mágica La la land). Y también Interstellar está ahí. Quizá a algunos extrañe que ponga juntas estas tres, siendo dos de ellas de ciencia ficción, y esta otra la narración de hechos reales. Pero para mí las tres forman parte de una misma cosa. De la cosa humana.

Hay diferentes secuencias que ayer, viendo la película, me dejaron completamente maravillado. Una de ellas es cuando los tres astronautas puestos allí, bien porque era su destino, bien por una serie de catastróficas desdichas, Neil Armstrong, Buzz Aldrin y Michael Collins, van a entrar en el módulo, en la cúspide del cohete. Es ahí donde en otras películas menos serias y trascendentes el director se contenta con darnos la típica escena en la que los tres héroes van desfilando con su heroica pose a través del pasillo que los conducirá a su glorioso destino. Pero aquí no hay nada de eso. En First Man no hay héroes. Hay víctimas. Seres humanos normales, con sus virtudes y sus defectos, puestos ahí, como digo, por el destino o sus propias desdichas, que más que a la gloria parece que se dirigen al patíbulo.
Pero a lo que quería referirme es al ascenso. El ascenso hacia el cohete, ese viaje hacia lo alto del mastodóntico propulsor, que parece no terminar nunca. Es una escena que me movió a la reflexión profunda y visceral, mientras la veía, más sensación que otra cosa. Porque a medida que asciende el ascensor por la torre adyacente, el cohete pasa ante sus ojos, interminable, y en él, como una revelación, las letras, una a una: United States… Y lo que en otra película habría sido fácil orgullo patriótico, aquí se convierte en sorpresa. En humildad. En miedo. En la osadía de que un único país, con tan poca historia a sus espaldas, tenga su nombre escrito en semejante y gigantesco artefacto. Y además, a la vez, la película te hace sentir como ninguna otra jamás hecha todas las penurias por las que atraviesan los astronautas. Me hizo sentir la locura de levantarse un día de la cama diciéndote, joder… hoy voy a la luna. Con la misma especie de sensación de inquietud e incertidumbre que todos podemos afrontar algunas veces, cuando tenemos que llevar a cabo un viaje o empresa que son un deber, aunque mucho más mundanos. Y es que First Man, en última instancia, no va sobre astronautas y héroes. Va sobre lo que nos hace humanos.

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Hay otros momentos grandiosos: el despegue del cohete, desde la distancia; la forma en que por un momento sentimos la Luna, más de cerca de lo que nunca cualquier otra obra audiovisual haya podido conseguirlo. Si bien para eso es casi imprescindible ver la película en el cine.

Sobre una de las cosas que hace Armstrong en la Luna que más nos llaman la atención, y que nos deja preguntándonos si de verdad sucedió, solo decir que la película se basa fielmente en la biografía oficial del astronauta, y que en dicha biografía se da por hecho que, si no exactamente igual, algo muy parecido seguramente sí hizo Neil Armstrong.

No falta el recuerdo del discurso de Kennedy, aquel inspirado orador que desde su púlpito impulsó al ser humano a la Luna. Viendo la película, y si no lo habíamos hecho ya, no podemos más que entender las razones para llevar a cabo una empresa tan temeraria, que costó tanto esfuerzo, tantas vidas y tanto dinero. Durante algunas escenas desfilan ante nosotros por la pantalla las posturas más críticas hacia el viaje a la Luna; gente que se pregunta el porqué de semejante dispendio, en un país y un mundo donde la pobreza son parte de nuestra imperfecta forma de vida. Para los que aún no lo entiendan, se me antoja imprescindible que lean esto.

Para hacernos una idea de la forma de ser de Neil Armstrong, muchos años después, unos pocos antes de su muerte, copipasteo esta anécdota, contada por el escritor Neil Gaiman:

“Estaba en una convención de tres días rodeado de artistas y científicos, encogido entre tanta eminencia, cuando me encontré a Neil Armstrong. El primer hombre que pisó la luna era discreto y calmado y estaba al final de la sala sin molestar a nadie cuando me acerqué . Conversamos y Armstrong terminó por hacerme una confesión; levantó un dedo, apuntó hacia la sala y dijo: “Veo a todas estas personas y pienso: ‘¿Qué demonios estoy haciendo aquí?’. Todos ellos han realizado cosas asombrosas. Yo simplemente fui adonde me enviaron”. Me quedé sorprendido y le respondí: “Sí, pero tú fuiste el primer hombre en llegar a la Luna, y eso tiene su importancia”.

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Después de la forma en que Damien Chazelle consigue hacernos sentir en First Man la angustia de todos los peores momentos que tuvo que superar Armstrong (interpetado por un Ryan Gosling correctísimo), esta anécdota es de lo más ilustrativa sobre su forma de ser.  Ya que al final, pese a todo lo humana que es la película, o quizá justo por ello, Armstrong, Aldrin, Collins, y todos los demás, nos parecen super hombres. Aunque quizá, al fin, se trata de lo que podemos ser, hacer, cada uno de nosotros, si nos lo proponemos.

Como decía al principio, el año que viene se cumplen 50 años de aquella increíble gesta; tan increíble que aún tantos no la creen. Pobres. No son capaces de sentir la verdadera maravilla que significa ser humano. Pero películas como First Man están aquí para recordarnos esas sensaciones, esos sentimientos.

 
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Y recordemos que Buzz Aldrin y Michael Collins aún siguen entre nosotros. Recordad que aún vive uno de los dos primeros hombres que pisó la Luna. Recordad emocionados cuando ya no esté, por todo lo que fueron capaces de hacer aquellos hombres, guiados por ordenadores menos potentes que una calculadora de bolsillo de hoy en día. Y volveremos a hacerlo, inspirados por las mejores cosas que nos hacen humanos. Porque, si queremos tener un futuro, dejar esta enferma Tierra nuestra para que se recupere de nuestros propios actos, y no perecer así en ella, no nos quedará otro remedio que salir ahí fuera. Y a eso se refiere Armstrong, cuando le preguntan en la entrevista de las pruebas de selección para la misión Apolo: ¿Qué significa para ti viajar a la Luna? Pero no insistiré más sobre lo que contestó. Mejor que lo vean.

 

Porque esta imagen lo cambió todo… La conciencia de nosotros mismos, de nuestro pequeño y frágil hogar en la inmensidad del espacio. Por eso fueron a la Luna. A eso se refería Neil Armstrong.

 

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En fin, First Man es una de las mejores películas que he tenido la suerte de ver en toda mi vida. Parece mentira que hayan tenido que pasar casi 50 años para que una película le hiciese justicia a aquella colosal aventura humana.

Y aunque esto quizá lo señale algún día el genial Jaime Altozano en su canal de YT, me gustaría terminar hablando de esa maravillosa banda sonora de Justin Hurwitz. De cómo el triste y precioso motivo musical que ilustra el dolor por la tempranísima pérdida de su hija, contada al comenzar la película, es el mismo que se despliega, de forma más grandiosa, cuando por fin  llegan a la Luna. Y la historia se cierra de forma redonda. De una forma hermosa, trágica, y profundamente triste. La catarsis ha dado el valor, la necesidad, a Armstrong, para enfrentarse a todos los desafíos, varias veces a punto de morir, como murieron otros, en su camino a la Luna, y, pese a todo, triunfar.

Crítica de Cobra Kay, la serie de YouTube Premium, continuación de Karate Kid.

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Youtube se unió a esta nueva forma de ver cine y series que ha supuesto el “streaming”, palabra que cuando se traduce queda mucho menos “chic”: transmisión. Ver cosas por transmisión. ¿Qué era entonces lo que hacíamos antes? Es la filosofía del consumo lo que cambia, claro, y eso es lo que importa. Ahora el espectador puede elegir qué ver, cómo y cuándo, entre una oferta inacabable de series y películas. Es la calidad la que termina por llamar la atención entre tanta oferta, y a Cobra Kay no le falta esa calidad. Una serie que nos ha cogido por sorpresa a todos. Al menos yo jamás vi venir que alguien hiciese una serie contando las andanzas vitales de los que fueran los protagonistas de una de las películas más emblemáticas de la cultura pop ochentera.
Cobra Kay se anuncia como comedia dramática, y aunque tiene algún que otro golpe de gracia, podría describirse con más acierto como un drama desenfadado.
Cobra Kay sorprende quizá por la perspectiva que toma, una inversión copernicana de los parámetros por los que nos movíamos en aquella película ochentera, en la que los buenos eran los buenos y los malos los malos… casi siempre. Quizá los guionistas se imaginaron cómo sería la vida de Johnny, interpretado por el mismo actor de la película ochentera, un descubrimiento en su madurez, el rubio William Zabka, al que me encantaría ver en algún papel de las futuras películas de Star Wars o BladeRunner. Casi todo el peso de la serie, al menos a lo largo de esta primera temporada, y a pesar de que como estrella se presente a Ralph Macchio, recae sobre el sensei de la nueva escuela de karate, Cobra Kai.

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Los capítulos se suceden de forma rápida, diez para esta primera temporada (ya confirmada la segunda para 2019), con apenas media hora de duración, y son una delicia de ver para cualquiera de los que nos entusiasmamos de pequeños, viendo las películas originales. (Huelga decir que esta serie rescata el interés en aquellas películas y deslegitima en gran medida el remake protagonizado por el hijo de Will Smith). En ellos se tratan los temas típicos de moda en casi cualquier serie juvenil de hoy en día, de forma amena y entretenida, con el karate y los recuerdos que estructuran las vidas de Larusso y su otrora y ahora rival, el rubio Johnny Lawrence, como hilo conductor, que se va entretejiendo en un tapiz en el que los hijos de los viejos rivales forman ahora parte de la historia, con sus sempiternos problemas sociales y sentimentales. Un nuevo ciclo.
La gran virtud de la serie, y sin la cual seguramente no habría tenido razón de ser, es esa inversión copernicana de la que hablaba más arriba. Hasta el punto de que durante toda la serie no sabes quiénes son los buenos y quiénes los malos. Para el mundo de nuestro tiempo, Karate Kid se viste de grises, con un matiz mucho más realista. Cada espectador podrá sacar su propia conclusión. Los que al principio parecen buenos luego no lo son tanto, y los que parecen malos… bueno, ídem. Y eso es lo que  hace verdaderamente genial y entretenida a Cobra Kay. Imaginaos que vemos una serie de Star Wars en la que el protagonista es un imperial, que hace cosas que sabemos que están mal, a pesar de que nos caiga bien, porque somos testigos de las dificultades que vive.

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Quizá la esencia subyace, y  palpita por debajo de las apariencias, en la posible redención del padre fracasado que es ahora Lawrence, en la vida aparentemente perfecta, pero no tanto, del triunfador Larusso. No faltan los guiños al pasado, el rescate de la maravillosa y emotiva música de Bill Conti de las películas originales, el recuerdo a Pat Morita, ni, sobre todo, esa filosofía que se contrapone a la idea de que vivimos en un mundo donde hace falta ser malo para triunfar. ¿Hace falta?
Cobra Kai, como Karate Kid, no va sobre karate, va sobre la Fuerza.
Es un tema universal que tiene mucho que ver con la filosofía de los Jedi de Star Wars, en la que George Lucas ya había rescatado la esencia de la espiritualidad samurai que destiló luego Karate Kid, y ahora también Cobra Kay.
Por cierto, hay sorpresita al final, de cara a la segunda temporada.

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Aunque ya había escuchado hablar de esta serie, y me llamó bastante la atención, cuando se estrenó en mayo, me he enganchado a ella buscando noticias sobre la serie de ciencia ficción Origins, de inminente estreno en el canal de YT. Los dos primeros episodios de Cobra Kay son gratuitos. Si quieres ver más tienes que suscribirte, con una oferta muy al estilo de Netflix, con el primer mes gratuito, y todo eso. Con la ventaja, eso sí, de que mientras estés suscrito, TODO vídeo que veas en YT, cualquier vídeo “no profesional” de los que sube la “gente normal” estará exento de cualquier tipo de publicidad. Además la suscripción incluye YT music, que no sé muy bien de qué va, porque no lo he probado.

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Reseña: “Estación Central”, de Lavie Tidhar.

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Antes de empezar su lectura, las críticas a este libro me dieron una impresión en principio un tanto equivocada, como de estar ante algo más de corte social que de ciencia ficción, no sé si algo intencionado para dotar a la obra de un aire más atrayente para todo tipo de lectores no especialmente atraídos por la ciencia ficción.

Pero no. “Estación Central” es ciencia ficción pura, un continuo fluir de ideas fantásticas a cual más excitante, no por nuevas, sino por la forma en que el autor las va desgranando a un ritmo incansable, y dentro de un contexto en el que sí da la sensación, cuando empezamos a leer la historia, de que nos estamos internando en una obra de corte más “puramente literario” (a mí al principio me recordó a “Esas nubes que pasan”, de Camilo Jose Cela), que de género. Es quizá por eso que el aluvión de fantasía futurista con que el autor nos baña, apenas superadas esas primeras páginas quizá algo engañosas, nos sorprende aún más. Porque no teníamos la sensación de estar ante un libro tan de ciencia ficción; y este lo es tanto o más que ninguno que yo haya leído. Por las páginas desfilan ingredientes todos ellos propios de una saga como las novelas de James S. A. Corey en las que se basa la magnífica serie The Expanse, si bien desde una perspectiva no tan épica, sin las limitaciones que nacen de la necesidad de ir alimentando con la dosis justa de información al lector, porque aquí se trata de una novela autoconclusiva, de apenas trescientas páginas. Y todo está mucho más condensado.

Tidhar brilla a la hora de juntar todos esos elementos de ciencia ficción con historias tradicionales, casi mundanas, que parecen más sacadas de una obra de Camilo Jose Cela, ambientada aquí en paisajes basados en la experiencia real del escritor en Israel; y no es que no haya casi una sola página en la que no suelte una idea que podría servir por si sola para escribir toda una novela de ciencia ficción.
Más que de ideas nuevas,  que no haya leído antes en algún otro contexto u obra, se trata de la forma en que junta todos los ingredientes, que hace que todo parezca más original, sobre todo cuando tiene el gran acierto de rescatar y añadir a la mezcla elementos de la novela gótica por antonomasia, Drácula, y otras obras afines, para explicar las fantasías científicas que sufren algunos de los protagonistas (todos ellos muy bien dibujados a través de diferentes momentos en sus historias, que se engranan a la perfección entre sí).

Es la historia de Carmel y el librero la que más me ha cautivado, en concreto esta particularísima vampira, cruce entre lo gótico y lo cyberpunk, con la que el autor sabe destacar dentro de este nuevo campo que se abre para la ciencia ficción y la fantasía de nuestros días, en el que las fronteras entre los géneros son cada vez más difusas. Es al contarnos la historia de Carmel cuando Tidhar más se aleja de los paisajes de su tierra ancestral, que esboza bien a lo largo de “Estación Central”, convirtiendo esa apacible lectura costumbrista que amenaza a veces con echar por tierra todo interés que yo pudiera tener en esta obra, de haberse detenido demasiado (no lo hace) en esas formas y lugares, en un relato que haría palidecer de envidia al Ridley Scott de Alien. Pero es seguramente el extraño y constante contraste entre ese costumbrismo y el futuro que dibuja, tan diferente a todo cuanto forma parte de nuestra experiencia cotidiana, lo que potencia la sensación de maravilla de esta novela.
Tidhar toma artefactos tecnológicos de nuestro tiempo, cosas que nos rodean ya hoy en día, y especula con ellos, estirándolos hasta deformar nuestro mundo y convertirlo en una historia que bien podría servir de base metafísica para explicar mundos de fantasía tan vastos como el de “Canción de Hielo y Fuego”, de George R. R. Martin; aunque su estilo se acerca más al Philip K. Dick de “Sueñan las ovejas (…)” y a cosas de Ray Bradbury y Kim Stanley Robinson.
Y de pronto, después de tantas maravillas esbozadas, y tan fuertemente contrastadas, la novela termina perdiendo fuelle poco a poco, o esa es la sensación que me ha dejado a mí, como la de una canción prodigiosa que termina con un “fade out”, con su volumen diluyéndose en el silencio, como sin querer hacer mucho ruido, después de toda la amalgama de sensaciones fantásticas que ha dejado tras de sí. Una novela, definitivamente, donde, a pesar de todo, lo humano es lo que queda.

La novela la publica Alethé, y se trata de una edición en rústica con solapas, bastante chula, y de buena calidad. Solo me he topado con un par de erratas algo importantes (un par de preposiciones mal colocadas), y poco más. Me ha dejado con la sensación de ser una obra muy bien traducida.

Le doy un 4,5 sobre 5.

Se filtra Flying Totems, el que a todas luces será el primer single de Equinoxe Infinity, el inminente nuevo álbum de Jean-Michel Jarre.

 

Bueno… todo parece indicar que ese tema que parece haberse filtrado del próximo álbum de Jean-Michel Jarre, el Equinoxe Infinity, es el tema que lleva por título Flying Totems, y que es el segundo movimiento de ese álbum, y que es efectivamente suyo.
Y de no serlo, desearía con todas mis fuerzas que sí lo fuese… Porque es maravilloso.

Llevo 25 años esperando a que Jarre publicase un tema como este. Desde que el álbum Chronologie fue con el que se sacó de la chistera su primera gran gira europea, una gira de proporciones colosales por las ciudades europeas más ricas en cultura. Era un montaje de grandes pantallas verticales que semejaban el skyline de una ciudad, en las que proyectaba imágenes, formas láser y colores, como grafitis perpetrados por un travieso viajero de otro mundo.

Yo tuve la inmensa suerte de estar en Santiago, en el monte do Gozo, en aquella fresca y lunar noche de otoño del 93, el año de mi mayoría de edad, un concierto, una noche, un día entero cuyas sensaciones se han fundido para siempre en mis recuerdos con la idea de lo que es la felicidad. Ha habido otros momentos casi tan felices en mi vida, y creo que casi todos ellos asociados a la música. Pero ninguno tanto como aquél.
Y es que, con este nuevo tema, Jarre, después de más de una década de sequía musical, de su regreso a través de un álbum de colaboraciones y de la producción de la tercera entrega de su mítico álbum conceptual Oxygene, tiene licencia para sonar de nuevo a él mismo, a música electrónica pura, de la buena, de la mejor; en la que sonido, melodía y sensaciones rescatan toda una época, aunque más que un tiempo es un sentimiento, una forma de concebir lo musical, que es capaz de expresar como muy, muy pocos… y entre esos muy pocos, Vangelis, por lo que no es casual que Flying Totems recuerde un poco al griego.
Tampoco es forzado, para nada. Pues recuerdo cuando estaba descubriendo la discografía del francés (¡cuánto sexo!) y pensaba que el tema de los títulos finales de Bladerunner era suyo. Pero no… era de Vangelis, aunque esa misma sucesión de notas estaba ya en Oxygene 2, y volvería a estar en Oxygene 7. Ambos músicos son para mí y para muchos la quintaesencia de la música electrónica que ha dado luz y color, sentido, a nuestras vidas. Y es natural que este segundo movimiento del inminente trabajo Equinoxe Infinity suene como una suerte de cruce entre Equinoxe 5 y aquellos end titles de Bladerunner. No solo natural. Es simplemente maravilloso. Hay también algo de la inspiración que podría haber sido para el sintesista de Lyon la película Bladerunner 2049, en la que las cositas que hemos escuchado hasta ahora de este nuevo álbum calarían mejor como banda sonora que la propiamente original de aquel film. Una banda sonora que se le encomendó a Hans Zimmer después de pasar por otras manos, y que no es ni de lejos tan buena como la de Vangelis para la Bladerunner original, igual que tampoco lo es la película entera.

Que nadie que ame o haya amado la música de Jarre deje de sentirlo… A mí, particularmente, Flying Totems me suena a una lunar noche de otoño del 93… y no es nostalgia por un tiempo perdido, sino amor por un concepto inmortal. Algo que nunca se había ido del todo. Es por eso que el tema recuerda a algo de sus primeros álbumes de éxito, pero también al Oxygene 3 (las partes 17 y 19), a su gran labor con el Electronica, así como a sus producciones de entre finales de los 80 y principios de los 90. Es Jarre. Intemporal.

Por eso pienso que si a algún fan de Jarre no le gusta este tema es síntoma de que tiene un cacao mental importante.

Jean-Michel Jarre, Equinoxe Infinity: Los vigías de las fronteras de los sueños.

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El maestro de los sintetizadores, Jean-Michel Jarre (si yo y muchos otros hacemos música hoy en día es por su inspiración e influencia), está que no para últimamente.
Jarre volvió en 2015, después de un parón en su creatividad de algo más de una década, que se inició cuando empezó el nuevo siglo. El que fuese uno de los principales pioneros de la música electrónica, y posiblemente el que mejor supo integrar la vertiente experimental de los primeros sintetizadores y todo tipo de nuevas tecnologías musicales con la música clásica y la popular, pionero también del concepto world music, perdió su papel preponderante, superado por nuevos y pujantes artistas, aunque ninguno de ellos alcanzase las cotas a las que llegó con la electrónica el francés de Lyon.

Pero de forma estudiada, paciente e inteligente Jarre supo reinventarse a sí mismo a mediados de la década actual, con un álbum gestado durante años, de colaboraciones con muchos de esos artistas que lo estaban superando. Supo impregnarse de sus estilos diversos y hacerlos suyos, sin renunciar a su propio impronta musical.

Y así el pionero volvió, para seguir formando parte de ese futuro que él mismo había ayudado a imaginar con su música, del mismo modo que otros, como Arthur C. Clarke y Stanley Kubrick ayudaron a hacerlo con sus libros y sus películas.

Aquel álbum, Electrónica, se publicó en dos partes, entre 2015 y 2016, y demostró que Jarre, con casi 70 años, los cuales acaba de cumplir, volvía con más ánimo que nunca. A finales de 2016 se publicó también la tercera parte de su opera prima en cuanto a popularidad, Oxygene.
Y este año 2018, sin apenas parar de haber estado de gira por medio mundo, Jarre vuelve con un cuádruple album recopilatorio muy especial, en el que rescata lo mejor de su carrera, para celebrar sus 50 años en la música.

Fue otro recopilatorio, Images, en 1991, el que me enamoró para siempre de la música de Jean Michel Jarre, e hizo que yo por fin considerase la industria discográfica como algo afín al amor por la música. Pues aquel Images, en cassette primero, fue el primer álbum que me compré nunca, y tenía ya 16 años.

Mañana presenta el francés esta música de toda su vida en el planetario de Hamburgo, un entorno sin igual para un músico cuya carrera siempre ha estado impregnada de ciencia y humanismo. No en vano hace poco tiempo fue premiado con la medalla del recientemente ido Stephen Hawking.
https://www.lavanguardia.com/ciencia/fisica-espacio/20170621/423538962481/the-big-bang-theory-gana-la-medalla-stephen-hawking.html

El músico francés es hoy doblemente noticia porque acaba de sorprendernos con el anuncio de un nuevo álbum con música nueva, Equinoxe Infinity, con el que celebra los 40 años de la publicación de Equinoxe, el que para muchos de sus seguidores, entre los que me incluyo, es su mejor álbum.

Equinoxe Infinity no es tanto una reedición, ni siquiera una continuación del Equinoxe original, sino más bien un álbum inspirado en la historia de la inteligencia artificial, y que tiene más que ver con la obra del genial artista visual Michel Granger que sirvió de portada de aquel Equinoxe que marcó el camino de la música hacia un futuro tan incierto como apasionante.

La portada del álbum será doble esta vez y presentará dos versiones alternativas del futuro humano. Una en la que la humanidad se ha integrado con la inteligente artificial de forma pacífica y otra en la que la humanidad está siendo destruida por su propia invención. En ambas aparecen los mismos “watchers” que representan a esas máquinas que nos vigilan desde el futuro (y que según como se miren parecen también pingüinos), en una espectacular reinvención en forma de esculturas que recuerdan a los moais.
Cuando se compre el álbum por Internet este será descargado o enviado con una u otra portada, de forma aleatoria.

Equinoxe Infinity, que se publica en noviembre de este año (el recopilatorio Planet Jarre ve la luz mañana 14 de septiembre) tiene estos sugerentes títulos en su tracklist…

The Watchers… movement 1… 2,57
Flying totems… movement 2… 3,53
Robots don’t cry… movement 3… 5,44
All that you leave behind… movement 4… 4,00
If the wind could speak… movement 5… 1,32
Infinity… movement 6… 4,13
Machines are learning… movement 7… 2,07
The opening… movement 8… 4,16
Don’t look back… movement 9… 3,35
Equinoxe Infinity… movement 10… 7,32

En el itunes japonés se puede escuchar ya un fragmento del primer tema. Particularmente me encanta. Da la sensación de que Jarre pretende reconciliarse con los fans que renegaron de él con Electronica y buscaban su estilo más clásico. Además el álbum incluye una pista 11 continuos mix, en la mejor tradición de sus suites electrónicas.

En cualquier caso, no es que no haya unos 20 temas que me parecen magistrales en Electronica; incluso diré que Oxygene 3 me gusta más que el 2 (7-13), pero da la sensación de que este Equinoxe Infinity puede ser lo que muchos fans de Jarre llevan largos años esperando. Sin embargo, pienso que nadie debe llamarse a engaño. El Jarre de hoy no es el mismo que el de hace 40 años, y su música tampoco lo será. Querer escuchar un nuevo Equinoxe se antoja una pretensión tan inabordable como la de los fans recalcitrantes de Star Wars, nunca contentos con cada nueva película, siempre viviendo en el pasado, aunque se supone que aman el futuro.

El fragmento tiene aires vangelianos.

Y es que el griego Vangelis ha sido otro de los grandes pioneros de la música electrónica cuya carrera siempre ha estado ligada a la ciencia y la astronomía.

https://itunes.apple.com/jp/album/equinoxe-infinity/1435149472

 

Breve reseña de ID-0, anime de ciencia ficción en Netflix.

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Otro buen anime en Netflix, ID-0, ciencia ficción con la sempiterna obsesión japonesa por los entes apocalípticos que en cierto modo forma parte de su cultura, un modo de asimilar el desastre de ser el primer y único país (y esperemos que así siga siendo) donde se usaron armas nucleares. Pero eso no es decir mucho de ID-0, pues eso es algo presente de un modo u otro en casi todas las propuestas de ciencia ficción y fantasía del país nipón.
ID-0 se adentra de forma amena y divertida, no exenta de ciertas profundidades filosóficas, en aspectos de la ciencia ficción tocados en series de acción real como Altered Carbon (basada en los libros de Richard Morgan). Aunque aquí el tono es, con cierta lógica, y dado el formato, más luminoso; pero no por ello deja de tratar sobre aspectos fundamentales de la consciencia y la existencia, que siempre deben estar presentes cuando se trata el tema de la posible adaptación de la mente a otros formatos físicos distintos al cuerpo de un@ mism@.
El anime está excelentemente animado con CGI.

Reseña: “El camino de los reyes”, de Brandon Sanderson.

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Soy dado a comprar la mayor parte de las novedades editoriales que nos llegan, en esta edad dorada que está viviendo el género de la fantasía y la ciencia ficción (cada vez más indistinguibles entre sí, y en el fondo, parte de una misma cosa). De entre la larga lista de títulos que tengo en cola, y que elijo según criterios que ni yo mismo tengo muy claros, unos me gustan más que otros, y pocas veces el hecho de que estén más de moda, o sean más elogiados o premiados tiene algo que ver en que las historias que nos cuentan calen más hondo en mi imaginación.

Y no puede decirse de mí que sea un típico fan de Sanderson. Y mira que fui de los que compré la primera edición de “Elantris” en cuanto fue publicada, entonces un escritor desconocido, de cuyas cualidades la presentación de aquella edición vaticinaba prodigios de sobra acertados. Pero a mí “Elantris” no me enganchó en un primer intento. (Lo tengo pendiente aún hoy, con pocas dudas de que acabaré cogiéndole el gusto). Lo mismo me pasó con “El aliento de los dioses”. Será que me vuelve loco la posibilidad de una buena saga interminable, porque el primer libro que por fin leí y disfruté como un  enano de este autor fue el primer volumen de la saga  “Nacidos de la bruma”, y el segundo, recién terminado de leer, ha sido “El camino de los reyes”, de la saga más mastodóntica y ambiciosa de Sanderson, “El archivo de las tormentas”.  Ha sido este segundo libro el que me ha convertido por fin en fan de este escritor, y es por eso por lo que digo que seguramente retome los dos libros citados antes con nuevos bríos en un futuro no muy lejano. Son bríos motivados por diferentes cosas, siendo una de las principales que tanto “Elantris” como “El aliento de los dioses”, como las dos sagas citadas, “Nacidos de la bruma” y “El archivo de las tormentas”, forman parte de un mismo universo de ficción, llamado el Cosmere. Siempre me han fascinado este tipo de conexiones y entrelazamientos habidos en el tiempo y el espacio en los mundos literarios y fantásticos que pueblan nuestra imaginación. Es la razón por la que soy un fan indondicional de TODAS las películas de Star Wars, por ejemplo. Me fascinan las profundidades de los mundos que me dan la sensación de que no se van a acabar nunca, por mucho que me interne en ellos.
Naturalmente, hay gente a la que le sucede todo lo contrario, y que siente mucha pereza, aversión incluso, por estas grandes sagas, por la posibilidad de empezar a leer algo que no se sabe cuándo se culminará, ni siquiera teniendo la certeza de si se culminará algún día. Aunque bien sabemos que Brandon Sanderson demuestra una fecundidad literaria inigualable, sin que ello haga apenas disminuir la calidad de cada una de sus propuestas, no es este aspecto lo que  a mí me anima a embarcarme en este tipo de caminos literarios, sino, como digo, la sensación de profundidad. Porque sé que “El archivo de las tormentas es una decalogía de libros de más de mil páginas (si es que todos llegan a ser tan extensos como los tres primeros, lo cual no tiene por qué ser siempre el caso); y eso hace que en cierto modo nada esté escrito. Que cualquier cosa sea posible. Le da al mundo por el que transitamos a través de cada página una suerte de incertidumbre acerca del futuro de la saga que lo emparenta a la realidad misma. Porque sagas tan monumentales se estructuran en torno a un lenguaje que las hace únicas.

En cualquier caso, carpe diem. Es lo que me ha hecho disfrutar la lectura de “El camino de los reyes” lo que definitivamente hace que me de igual lo que vaya a pasar mañana con esta saga. Lo que importa, al final, no es llegar, sino disfrutar del camino.

Esta historia se cuenta a través de diversos puntos de vista, a través de un variopinto grupo de protagonistas que se nos presentan en la contraportada del libro como muy típicos de cualquier mundo de fantasía: Un asesino, una ladrona, un médico (éste quizá no tan típico) y un gran guerrero. Y a lo largo de los capítulos encontraremos todos esos detalles que buscamos en estos mundos: el vivir a través de sus páginas siguiendo a los protagonistas por paisajes y ambientes que a través de la imaginación, y en mágica camaradería con el escritor, capturen poco a poco nuestros sentidos, para hacernos abandonar más y más nuestro mundo cada vez que cogemos el libro para sumergirnos de nuevo en sus páginas, adentrándonos más y más en esa otra realidad ficticia, pero no por ello menos real mientras la sentimos imaginada. Es cuando los libros dejan de ser un conjunto de premios, de buenas críticas y reseñas, y se convierten en una lectura no ya curiosa o formativa (positiva o negativa), sino meramentre adictiva. Seguimos leyendo porque los personajes han pasado a formar parte de nuestra propia psique, porque somos parte del mundo que habitan a través de ellos. De pronto los olores que desprenden los guisos, los ruidos del campamento, la cualidad rugosa de la madera de los puentes, se vuelven más reales, más auténticos. Hay libros muy buenos, muy premiados y muy bien reseñados que rara vez o ninguna consiguen todo eso en mí. Desde luego, no es el caso de “El camino de los reyes”. Porque no he seguido leyendo este libro por su calidad literaria, ni por sus críticas, ni por sus premios, sino por todo lo que acabo de decir que me ha hecho sentir mientras me adentraba más y más en sus páginas.

Leer el primer volumen de esta saga es conocer a personajes profundos y complejos, que viven en un mundo tan profundo y complejo como ellos, uno trabajado por Sanderson durante muchos años, y eso se nota. Roshar está vivo. No se trata aquí de una enésima versión de la Tierra, ya en el pasado, ya en el futuro. No. El Cosmere es un universo ficticio cuyo tiempo y espacio desconocemos, y cada uno de los mundos que lo pueblan tiene sus propias particularidades, que lo hacen único. Y el más único de ellos quizá sea Roshar. Si lo que admiré con las sensaciones que he descrito más arriba, esas que primero me impulsan a querer, a necesitar leer una obra de fantasía, fue la habilidad de Sanderson para hacernos vivir los lugares en los que viven sus personajes (la sensación de maravilla por la aventura y el descubrimiento que todos necesitamos, y que muchas veces se alimenta mucho mejor leyendo que viajando a sitios que ya hemos visto mil veces en la televisión, en esta hiperexplorada realidad nuestra), otra faceta que se agradece y que no deja de ser sorprendente y original en un escritor de fantasía capaz de colmar todas esas necesidades antes mencionadas, es la de su habilidad para dotar al mundo de Roshar de cualidades propias de la ciencia ficción, al dotarlo de seres y características únicos. Es algo que en cierto modo también nos ofrece N. K. Jemisin en su trilogía de “La tierra fragmentada”, aunque allí se trata de un mundo de ciencia ficción que a veces parece de fantasía, y en Sanderson es lo opuesto: un mundo de fantasía que a veces parece de ciencia ficción. Y eso es algo que dota a su fantasía de un matiz de originalidad único.

Pero aún hay más registros. Leyendo “El temor de un hombre sabio”, de Patrick Rothfuss, uno de los libros que más he disfrutado en los últimos diez años, a veces me asaltó una sensación de fantasía por debajo de la fantasía. De una fantasía estratificada, en la que el mundo se describe en varias capas, y a través de más de un lenguaje fantástico. Uno más convencional, utilitario y moderno, la forma en que suelen escribirse otros libros de fantasía de nuestro tiempo, en lo que se refiere a los elementos que todos esperamos encontrar en una típica saga de fantasía épica, y una fantasía más seria y profunda, más fantasía pura, más Fantasía. O, por qué no, sin el acento, Fantasia. Sí, esa sensación de lo fantástico como género literario, como algo desvinculado de lo épico como estilo; un matiz de subrealidad, o de ismos artísticos que siempre han vivido de forma más loca en lo fantástico, cosas casi inaprensibles que conforman la realidad misma, y a veces los mejores escritores consiguen hacernos llegar sea cual sea su género literario, su época y cualesquiera otra circunstancias. En fin, una sensación de fantasía pura que subyace a la mera fantasía como vehículo convencional, y que suele adentrarse en lo metanarrativo, aunque de forma muy sutil. Pues esas sensaciones están en este libro.

Así pues tenemos personajes creíbles, ambientes de fantasía que cautivan nuestros sentidos, y elementos subyacentes de fantasía pura, al lado de elementos más cerebrales, que tienen que ver con las particularidades físicas que adornan el mundo y con su concienzudo sistema de magia.  Y aún  hay más, un matiz de misterio y horror también, en este volumen de la mano de la ladrona, a través de cuya perspectiva asistimos al desdoblamiento de este fantástico y concienzudo mundo de Roshar en realidades más oscuras, que están directamente relacionadas con el devenir de los hechos vividos por todos los personajes, pero que Sanderson nos va descubriendo de forma tan sutil que nos sorprenderá que un mundo fantástico pueda serlo aún más, y desde nuevas perspectivas, apenas adivinadas al principio de nuestro viaje.
Todo eso está ahí. Y yo nunca lo había experimentado junto en una misma obra.

El estilo literario de Sanderson es práctico. En cierto modo muy asimoviano. No se detiene en florituras, y no escribe tan bien como, digamos, un Patrick Rothfuss. Sin embargo, eso no significa que no sea capaz de soltarnos cuando menos los esperamos frases o párrafos enteros de una belleza y profundidad, sobre todo una profundidad filosófica que en este autor parece engrandecer la belleza de su literatura, como si escribiese mejor cuanto más profundo se pone. Porque también, toda buena obra de fantasía ha de tener, de forma bien disimulada, de forma perfectamente engranada en su trama, sus dosis de libro de auto ayuda. Aspectos teológicos y filosóficos que no le hacen mal a nadie. Y Sanderson no anda escaso de estas cosas, ni es poco hábil a la hora de saber dosificarlas.

Una de las cosas que más poderosamente me llama la atención de este libro, como ya decía al principio,y ahora vuelvo sobre ello, ya para casi terminar esta atípica reseña (como, creo, suelen ser todas mis reseñas, ya que no estoy vendido a editoriales ni todos los libros me parecen maravillosos, como es lo común en los blogs más conocidos de literatura fantástica. Además no me gusta revelar apenas nada de la trama al hablar de lo que he leído, ni siquiera doy nombres de personajes para no condicionar la lectura, y me centro más en las sensaciones que el libro me haya dejado): es la profundidad del mundo y los hechos que nos propone. Es saber que hay personajes de los que la gente habla como sus favoritos que ni siquiera han aparecido aún en estas más de mil páginas iniciales de la saga. Es saber que personajes secundarios que al principio son poco más que parias irán creciendo hasta convertirse en protagonistas en futuros pasajes de la saga. Es intuir el semblante trágico, casi “darthvaderesco” del personaje principal de este primer volumen. Ser testigos de los múltiples cambios a través de los cuales pasan y pasarán los distintos personajes que vamos conociendo. Es saber que hay ciudades que son poco más que mitos de hace milenios, como puede serlo para nosotros la mesopotámica ciudad de Ur, que en algún momento de sus futuras aventuras llegarán a visitar nuestros protagonistas, al menos alguno de ellos, revolucionando los estratos y los sabores que el autor nos va presentando de forma tan paciente. Porque lo bueno de una saga tan larga y de unos libros tan voluminosos es que Sanderson tiene tiempo para todo. Puede ir cocinando a fuego lento todos los detalles, avivando el fuego cuando hace falta, a lo largo de muchas escenas de acción, presentándonos nuevos personajes, hechos y situaciones que ofrecen nuevas perspectivas de todo lo que ya conocíamos, o de repente dotando a su pragmático estilo literario de un lirismo sorprendente, en virtud de la aparición de ciertos personajes,  a cual de ellos más misterioso.
No faltan en este primer volumen los giros sorprendentes, por supuesto. Sanderson nos sorprende con la maestría de los mejores en el género.

Lo malo del libro es su edición. Aunque el grandísimo acierto de publicarlo con las formidables ilustraciones originales de Michael Whelan nos llame a engañarnos positivamente (Quién no admiró en el pasado las portadas que hizo para la injustamente maltratada en España saga de “Añoranzas y Pesares”, de Tad Williams, la obra que inspiró a George R. R. Martin para escribir “Canción de hielo y fuego”), lo cierto es que los materiales con que está hecho el libro parecen de saldo: tapa delgada y un tanto debilucha, páginas pegadas en vez de cosidas, y, peor que todo eso, una monstruosa sucesión de erratas incomprensibles, como si el libro no hubiese tenido corrección alguna de sus galeradas. Incomprensibles además, porque casi siempre se trata de nombres mal puestos, equivocados, poniendo nombres de personajes cambiando unos por otros en demasiadas partes del libro. Una vez incluso el nombre de un personaje es cambiado por el de una ciudad. Es algo tan absurdo que yo nunca había sufrido en ninguno de los muchos libros que he leído. Y me ha hecho preguntarme qué profundas oscuridades ignoro del arte de la industria editorial, en cuanto a las fases que forman parte de la elaboración de un libro hasta que llega a nuestras manos. ¿Es que acaso los nombres ya venían mal puestos en el manuscrito en su versión original? No puedo creer tal cosa. Entonces, ¿de dónde surgen esos errores? Seguramente haya algo que se me escapa. Pero son errores muy molestos, que harán que haya gente que prefiera hacer de tripas corazón y leer el libro en inglés. Además, por mucho que la editorial ha prometido que en sucesivas ediciones se irían limando esos fallos, yo no he sido capaz de encontrar ninguna donde se supongan esos fallos corregidos. Y mención aparte lo de no coser las páginas. En mamotretos como estos, si llevas el libro de aquí para allá, como es mi caso, las tensiones que sufre el lomo hace que al final las primeras o las últimas páginas empiecen a despegarse. Con “Juramentada”, el tercer volumen, publicado este año, sí han cosido las páginas. Esperemos que sea un ejemplo que sigan a partir de ahora, y no solo un espejismo.
Sin embargo, el libro es tan largo, y tiene tantas virtudes, que los fallos de nombres al final los he vadeado, en cuanto he cogido el tranquillo a no preocuparme cuando mi pie se hundía demasiado, optando por el pragmatismo de pisar en un sitio más seguro, es decir, comprendiendo que se trataba de un nuevo error, y volviendo a leer las partes implicadas para interpretarlas correctamente, si es que el error no es evidente nada más verlo, (que no siempre lo es). Para un libro tan largo, no pasa tantas veces, sobre todo en su segunda mitad, y lo que lees es tan bueno que te acostumbras a obviar los fallos. Pero quizá no todo el mundo sea tan pragmático como yo en este aspecto.

Actualizado: En cualquier caso, acaba de salir la sexta edición, que se presume ya libre de esas erratas que comento, así que se os acaban la excusas para disfrutar por fin de este hito de la fantasía contemporánea.

Mi puntuación:

Suelo puntuar sobre cinco, y a pesar de todos estos fallos de la edición en castellano, voy a darle a “El camino de los reyes” mi primer “5” para los libros que he reseñado en este blog.

Así pues: 5 sobre 5

Mi lectura frustrada de “La ciudad y la ciudad”, de China Mieville

Al final no he podido con este libro. Lo dejo en la pag. 229, porque básicamente me importa un pimiento lo que pase con sus protagonistas, y la resolución del caso.

Lo compré con las expectativas por las nubes, pero el libro no es en absoluto fantasía. Es un libro tipo novela negra, de investigación policial del montón. Está correctamente escrito, aunque sin alardes.
Lo que se supone que lo iba a hacer especial, que sea un libro de fantasía, la idea de la doble ciudad y el entramado y todas esas cosas que imaginé antes de empezar a leerlo que darían forma a un libro lleno de lírico misterio y realismo mágico, de lo cual no hay ni rastro en todo lo que he leído, todo eso, no es más que una idea brillante en principio, usada y machacada hasta la saciedad por el autor, algo que acaba resultando cansino de tantas veces que lo explica en tantas otras situaciones, sin aprovechar en ninguna de ellas tal idea para hacer la literatura que yo esperaba a priori al comprar este libro.

Una total decepción.

Este no lo puntuaré, porque ni siquiera lo he terminado.

Reseña: “Agentes de Dreamland”, de Caitlin R. Kiernan.

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Una lovecraftiana novela corta de una autora que se define por frases como esta:  La historia revela un propósito claro, y yo no tengo ningún interés real en la trama. La atmósfera, los estados de ánimo, el lenguaje, el personaje, el tema, etc., eso es lo que me fascina.

Kiernan es autora de varias novelas, aún más novelas cortas, y prolífica creadora de cuentos. Es además guionista de comics, música en un grupo de folk y paleontóloga. Esto último lo vemos en lo bien que la ciencia se desgrana de forma acertada pero sutil a través de la páginas de “Agentes de Dreamland”.
Se trata de una novela corta bien escrita, con algunos (aunque escasos) momentos de cierta belleza poética, pero que sabe a poco, no tanto quizá por su obvia reducida extensión, sino por su estructura. Y es que al leerla me pareció estar ante una novela de extensión normal, de al menos doscientas páginas, en la que solo el capítulo final acelera y corta de forma repentina la trama, para llegar a un desenlace que no me hizo cerrar el libro sintiendo haber leído algo grande ni realmente especial. Tampoco me pareció original, y en dos momentos, si bien muy puntuales, me pareció una obra un tanto pretenciosa.
Lo mejor de esta novela corta, la atmósfera, y lo bien escrita que está. De lectura imprescindible para los amantes de los mitos de H. P. Lovecraft, sin los cuales “Agentes de Dreamland” no existiría.

Mi valoración personal: 3’5 sobre 5.

Crítica de Han Solo, exenta de estupidez.

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He tenido que titular así esta entrada porque la mayor parte de las críticas que he leído de la película son tan malas, que he querido diferenciarme de todas ellas ya desde el comienzo.

Ayer vi Han Solo, una historia de Star Wars. Es una fantástica película de aventuras de corte clásico, un iniciático viaje del héroe para Han Solo, como Una Nueva Esperanza lo fue para Luke Skywalker. Es importante comprender esto. La mitad de los críticos son sencillamente estúpidos. Por más que el propio Ron Howard lo dejase bien clarito durante la promoción del film, no comprenden que esta película NO va del Han Solo que conocemos en el Episodio IV, sino de la persona, o personaje, que fue ANTES de convertirse en el sinvergüenza contrabandista. Ese Han Solo era, y esta es una premisa básica del guión, por lo que no se puede criticar la película jamás desde este ángulo, salvo estupidez supina, un hombre bueno.

El Luke soñador y descentrado del Episodio IV no es el mismo que el del VI, que ha recorrido ya casi todo su viaje del héroe. Es alguien diferente. El Anakin de La Amenaza Fantasma no es el de La Venganza de los Sith. También los vemos en la trilogía secuela. Ni Luke, ni tampoco Han, son los mismos que al final de El Retorno del Jedi. Luke se ha convertido en alguien rodeado de dudas, incertidumbres y oscuridades, contagiado por la oscuridad sembrada desde incluso antes de su nacimiento por el pérfido Snoke en el vástago de Han y Leia.
Han, por su parte, siempre ha sido un hombre bueno en lo profundo de su corazón, incluso cuando es un sinvergüenza al que aparentemente todo le da igual, salvo él mismo y Chewbacca (y por eso no se fue de Hoth, y por eso volvió en el último instante para salvar a Luke y a la Rebelión); de ahí que esa lucha interna de Han debía ser explicada en este segundo spin off de la saga, dedicado al contrabandista. Y se explica de forma maravillosa, a lo largo de una entretenidísima película de aventuras de estilo ochentero, y magia cinematográfica de nuestro tiempo, por el buen hacer de Ron Howard, los Kasdan, en el guión, y un elenco de actores magnífico. Luego podemos marear la perdiz para escribir frases de mierda que llenen páginas webs de mierda. Puede ser un Boyero trasnochado y resentido que siempre ha odiado este tipo de cine, que odió Una Nueva Esperanza, aunque su entrada en el templo de los clásicos lo acobardase para gritarlo bien alto. Pero no renuncia a cada nueva oportunidad que tiene para verter ese odio. Quizá engañe a otros. No a mí. También puede ser uno de esos que dejó de ser un niño hace mucho tiempo. Un aburrido adulto que vive una aburrida vida de adultos. Gente que ya hace tiempo que olvidó la esencia del cine de aventuras.

Han Solo quizá muere a manos de su hijo en El Despertar de la Fuerza porque, con el tiempo, acabó siendo el que siempre fue. Alguien demasiado bueno, que quiso llevar a su hijo perdido a su mujer perdida, pese al miedo que le daba enfrentarse a él. Sublime… si se mira con perspectiva. Cojonudamente sublime. Todo en este spin off, respecto al personaje de Han, alrededor del cual gira todo, tiene sentido en relación a lo que sabemos de su personaje por las demás historias oficiales de Star Wars en las que sale.
En alguna de la múltiples críticas torponas que he leído hay quien dice que el verdadero protagonista es Qui’ra. PARA NADA. En esta película todo gira en torno a Han Solo. Otra cosa es que Qui’ra me haya parecido un personaje muy interesante, que puede ofrecer aún muchas cosas dentro de su propia saga de películas de Star Wars, ya sea junto a Han, o por su propio camino.

La mayor parte de las críticas positivas hacia Han Solo TAMBIÉN ME PARECEN UNA MIERDA. Porque la mayor parte establecen comparaciones ridículas entre Han Solo y Los Últimos Jedi, donde la primera es demasiado conservadora y la segunda una (para mi gusto brillante) transgresión de la saga. A mi las dos me parecen espléndidas. Cada una fuerte en lo suyo, y susceptible de ser atacada en sus puntos débiles, vilipendiada incluso, por los más imbéciles. Y no será que no hay imbéciles en este mundo nuestro. Das una patada a una piedra y salen tres, lo menos.

NO hay que establecer comparaciones ridículas entre unas y otras. El universo ficticio de Star Wars es lo suficientemente rico como para admitir diferentes sendas creativas. Hay críticas tan patéticas a Han Solo que se basan en putos clichés, cosas OBVIAS, que todo el mundo sabe que están ahí, y se vertebran en esa obviedad para ladrar sus chorradas a la Red. Por ejemplo, que los responsables de la Lego-película fueron despedidos porque, siempre según la presunción del susodicho opinante de mierda, estaban siendo demasiado innovadores, y llamaron al lacayo (siempre ídem), Ron Howard, para que como perro fiel arreglase el osado desaguisado, enderezando la película para que acabase siendo una aventura al estilo Willow. Todo es una JODIDA y CANSINA presunción, como digo. Es lo obvio que va a decir la crítica negativa, el argumento más fuerte que tienen. Además la verdad parece ser muy otra. Que los responsables de la Lego-película no tenían experiencia y ni puta idea de dirigir actores… esto se puede perdonar si eres George Lucas, pero no en un caso así.

El otro argunento fútil es la consabida ESTUPIDEZ de que este Han NO es el Han que conocemos, sino uno mariquita. En fin, no sé si veis por dónde voy. No hay un jodido átomo de talento en los críticos de este país. Todos dicen las mismas mierdas, cambiando como mucho el orden de las palabras. Aunque intuyo que este no es un mal español, sino universal.

Pero es que igual de memos me parecen los que ven Han Solo y se excitan con ella, y la usan para decir que esto sí que es Star Wars, y no Los Últimos Jedi… este argumento tampoco hay por dónde cogerlo.

En Los Últimos Jedi tenemos una obra más complicada, que tiene que lidiar con lo preestablecido en un arco argumental que ha de desarrollarse a lo largo de una trilogía de películas de larga duración. Se trata de una historia de luz y oscuridad, pero con el tono optimista que preside las tres trilogías. No es normal que veamos morir a personajes centrales, a no ser en momentos culminantes de la acción, y aun muy rara vez (aunque los tiempos evolucionan, y no dejan nunca de influenciar de forma lógica los hechos de fondo, para que sean más acordes al sentir de cada generación). Como spin off desmarcado de la saga principal de los Skywalker, ya fue sello característico propio de Rogue One hacer una total inversión copernicana de ese principio de respeto a los personajes propio de una historia de tono optimista típica de Star Wars. Han Solo ha combinado unas pizcas de ese nuevo tono con el más clásico de una película de aventuras de los ochenta, en la senda del cine reinventado por Lucas y Spielberg.
También tiene sus propias originalidades, en el sorprendente comportamiento de la droide de Lando, L3-37. Bueno, sorprendente quizá para otros. Yo hace años que imaginé una historia de Star Wars en la que los robots fuesen parte esencial y luchasen pos sus derechos. Era cuestión de tiempo que en un universo de ficción poblado por robots cuyo aspecto fue diseñado por el genial Ralph McQuarrie, que también ilustró los libros de relatos de robots de Asimov (después, cuando fueron recogidos en una edición antológica), alguien tuviese la idea de sembrar esta semilla, que sin duda dará frutos en alguna futura historia de la franquicia. También en este punto los dos spin offs hechos hasta ahora están emparentados.

Pero… ¿más historias? Otra película de Star Wars, ¡Dios nos salve de Disney, continuamente profanando el sagrado espíritu de la saga, en la que solo ve a una gallina de huevos de oro!

Estoy rotundamente en contra de la forma en la que muchos enfocan este tema.
Se han cometido ya alguna tropelías con los superhéroes de Marvel, con dos o tres películas fallidas, pero veo a poca gente protestar con cada nueva película superheroica, y las que están por venir, que es toda una nueva fase.
Me parece un punto de vista bastante poco sabio, la verdad. Star Wars es parte del cine de nuestro tiempo. No solo por haber inaugurado una nueva época en el arte cinematográfico que muchos odiarán siempre, como Boyero; también por haber regresado desde su propio pasado, para ser parte de nuestro tiempo. Como el cine de superhéroes, o los western en su momento, Star Wars es un género y una forma de entender el cine en sí misma, si se hace bien, y de momento se está haciendo muy bien.  Aunque haya para todos los gustos, y sea normal que unas películas les gusten a unos más y a otros menos… Lo que no son de recibo son los continuos lloros y pataleos PUERILES, y toda la mierda que se soltó por parte de fans caducos con LUJ, ni las tonterías de turno que toca leer ahora, con Han Solo. Tampoco las chorradas de todos esos que dicen que se están haciendo demasiadas pelis de SW. No tienen ni puta idea de lo que dicen. Claro, ellos preferían que Star Wars fuese un puto museo donde poder ir a rezar a sus dioses de la nostalgia, ese lugar donde residen los fantasmas de sus infancias olvidadas.
Pero cada nueva película es un regalo, un espectáculo para los sentidos, y sobre todo, para el espíritu. No sé qué COÑO hay de malo en que se haga una PUTA película al año, después de años de soñar con nuevas películas de la mejor saga y posiblemente franquicia de todos los tiempos. Cuando yo era niño una nueva película de Star Wars más allá de El Retorno del Jedi era solo un sueño. Entonces llegaron las precuelas, y dieron un sentido nuevo a toda la saga.
Muchos imbéciles no las comprendieron. No quisieron, no tuvieron paciencia, ni, sobre todo, talento (inteligencia sensible e imaginación) para hacerlo. Terminaron por sentenciar a George Lucas, que si bien aún concebía alguna forma de abordar la trilogía secuela, acabó desistiendo, y cediendo el testigo de la continuación del sueño a nuevos cineastas llenos de talento, nacidos al amparo del nuevo cine surgido con él y con Spielberg.

Ahora, en lugar de tener lo que hay que tener, una visión integradora, ilusionante, desprovista de prejuicios, sabiendo ver los detalles peores y los mejores, pero sin que ni unos ni otros nos hagan perder la visión de conjunto, muchos se pierden por el camino, incapaces de disfrutar de las dosis de felicidad que llegan cada año, como las Perseidas, a las pantallas de nuestro pequeño planeta azul. Es una especie de competición por ser el más estúpido, dictada desde púlpitos internáuticos para llenar los corazones de los que continuamente dudan, en lugar de continuamente disfrutar.

En cuanto a la película tengo poco que decir. Solo que no hagan caso de nada ni de nadie, jamás, en lo que al cine se refiere. Hay que ver las películas libres de prejuicios y de presunciones, amordazando y encerrando al opinante que llevamos dentro, para que se pudra y se muera. Solo que la vean y la disfruten. Yo lo he hecho. Podría decir detalles que me gustaron menos, cosas que podrían haberse hecho de otra manera… pero ¿Y Qué? ¿Es que la van a hacer otra vez por lo que yo diga?

Han Solo no es una película tan grande y majestuosa como Los Últimos Jedi, pero quizá precisamente por eso es más libre, más como las primeras pelis de Star Wars. Yo he sabido disfrutar las dos, e insisto en que pretender hacer bandos, criticando a una por defender a la otra, me parecería de lo MÁS ESTÚPIDO.

Mimbres hay, en cualquier caso, para que veamos nuevas películas sobre las aventuras de Han Solo. Y del personaje sorpresa que vemos aparecer al final. Y quizá sea esa la única pega que le pongo a la peli. Luke tuvo una trilogía para crecer. Han y Qui’ra, visto lo visto, bien merecen la suya propia.