La nueva trilogía de novelas de la Dragonlance.

A principios de este año, Margaret Weis y Tracy Hickman anunciaban la publicación del primer libro de una nueva trilogía de la famosa saga basada en el juego de rol por excelencia, Dungeons & Dragons: la Dragonlance, el escenario de campaña que a principios de los ochenta, y de la mano de la Segunda Edición del decano de los juegos de rol, modernizó la forma de entender el juego.

El título provisional del primer libro, que ya tenían escrito cuando anunciaron la trilogía (y el segundo también, más sobre eso ahora), es “Dragons of Deceit”. Sigue coherentemente la idea de titular cada libro principal de la saga poniendo como sujetos a los dragones, aunque en castellano todos se han traducido con títulos específicos para nuestro idioma, seguramente más efectivos, pero bastante menos impresionantes.

También tienen, decía, escrito ya el segundo libro, este provisionalmente titulado “Dragons of Fate”.


Para el que no conozca la historia, la resumo: Los dos autores (para el que no lo sepa, que yo no lo supe durante muchos años, “Tracy” es él, no ella… y siempre lo ha sido) tenían firmado un contrato con Wizards of the Coast para publicar esa nueva trilogía. Contrato que WotC se pasó por el unilateral arco del triunfo, dejando en el limbo la publicación de una trilogía en la que Weis y Hickman ya habían invertido su buen trabajo, con esos dos primeros libros ya escritos, y el tercero en proceso de estar también terminado. Por supuesto, y como no podía, ni debía, ser de otra manera, fueron a juicio, y los autores ganaron el juicio y el derecho a publicar la trilogía con otra editorial, que será, si no me equivoco, la conocida Del Rey.

Para el que se sienta un poco perdido acerca del mundo de la Dragonlance, decir que nació como escenario de campaña para Dungeons & Dragons, con las novelas escribiéndose casi a la vez que los módulos del juego de rol, publicándose la primera en 1984, durante lo que fue el auténtico primer boom de la literatura fantástica nacida por el influjo de los grandes autores de fantasía del siglo XX: Tolkien, Moorcock y Fritz Lieber, entre otros, pero fue sobre todo Tolkien (que a su vez bebió de Lord Dunsany, entre otras muchas fuentes) el que inventó casi un nuevo género. Yo leí aquellos libros, empezando por el primero de Las Crónicas de la Dragonlance, aquí titulado “El Retorno de los Dragones” (“Dragons of an Autumn Twilight” en el original), en cuanto llegaron a España, a mis por entonces 14, en 1989. Fue el libro que me aficionó definitivamente a la lectura. Nunca había leído una novela tan extensa. No soy un lector especialmente rápido, ni ahora ni antes, y aquellas 419 páginas me dudaron dos días y cuarto.

Hoy hay unos cuantos que se avergüenzan de aquellos libros, y los critican de forma despiadada, y muy poco inteligente, comparándolos con las cosas que se escriben hoy en el género, que ha evolucionado a través de la por muchos injustamente poco conocida figura de Tad Williams, autor que fue quien inspiró con su saga “Añoranzas y Pesares” al tito Martin para que escribiese su propia saga de fantasía, la que de la mano de su éxito televisivo volvió a cambiar la historia de un género que hoy se escribe con palabras más oscuras y más cínicas, con la posible excepción del incombustible Brandon Sanderson, finalizador de la (casi) interminable saga de la Rueda del Tiempo, y gestador de lo mejor del género en estos días inciertos.

Leí, años después de la Dragonlance, “El Señor de los Anillos”, la cual sigue pareciéndome la mejor obra que he leído jamás, de cualquier género, pese a que hoy en día haya también muchos que se ceben con el “arcaico” y “pasado de moda” estilo del inglés, con la misma simpleza mental con la que hablan de las novelas de la Dragonlance.

Entiendo que las novelas de la Dragonlance no son para ganar un premio Nobel, pero ni falta que les hacía. Lo que hicieron, lo hicieron muy bien, y sería estúpido, y por tanto de gente estúpida, criticarlas desde el punto de vista de hoy, sin saber entenderlas en su contexto. El punto de vista típico de un lector resabiado, que no ha sabido envejecer bien. Ya sabéis, las típicas tontunas sobre el maniqueísmo y tal y cual… Seguro que ellos escribirían mucho mejor. No me cabe la más mínima duda.

Ojo, yo recomendaría más que nada leer solo las novelas de la Dragonlance escritas por Margaret Weis y Tracy Hickman, y muy pocas más. La de “La Leyenda de Huma”, escrita por Richard A. Knaak, es otra que merece la pena. Y alguna otra hay, también muy divertida de leer.

Las trilogías principales (imprescindibles para mi gusto) son, en este orden: “Crónicas de la Dragonlance”, “Leyendas de la Dragonlance” y “La Guerra de los Espíritus”. Además, de ambos autores también merece la pena, y mucho (incluso más), leer “La Espada de Joram”, “El Ciclo de la Puerta de la Muerte” y “La Gema Soberana”, pero estas tres últimas sagas no tienen que ver con la Dragonlance.

El estilo de los libros de la Dragonlance de Weis y Hickman es el de unos autores noveles, pero que sabían lo que se hacían. Es un estilo sencillo, ágil, alejado de las mastodónticas cifras en libros, páginas, vísceras y sangre de Steven Erikson y compañía, pero que sabe ser bello, emotivo y contundente. Y ojo, que yo disfruto por igual de la lectura de Malaz que de la Dragonlance. Lo que pasa es que sé distinguir qué debo esperar de unas y otras novelas, cuáles son sus puntos fuertes y débiles; la idiosincrasia de cada obra, aunque también tengan sus cosas, evidentemente, en común. Pues al final, ambas obras, las citadas, las de la Dragonlance y la de Malaz, nacieron de juegos de rol de alta fantasía épica. Digamos que Malaz es el tipo de literatura perfecta para el adolescente que creció con Dragonlance, y que ahora ya es un mozo, o una moza, talludita. Pero eso no evita, si se ha sabido envejecer sin prejuicios, poder volver a disfrutar de la sencillez y el encanto, no desprovisto de una profunda carga emotiva, y de fantásticas escenas, algunas de las cuales se me quedaron grabadas en la mente para siempre, de las novelas de Weis y Hickman.

El caso es que, muchos años después, tenemos a la vuelta de la esquina la publicación del primer libro de una nueva trilogía. Y si creíais que el motivo principal que me ha impulsado a escribir esta entrada del blog es esta noticia, bueno… no del todo. Lo que más ha excitado mi imaginación ha sido esto:

Dicho por los autores, la nueva trilogía tratará sobre: “The most beloved characters from the original novels along with introducing a new, strong protagonist”. Tracy Hickman.

“We couldn’t be happier to be returning to the world we love. Dragonlance is what brought Tracy and I together so many years ago. We’re thrilled to be able to do this for existing lovers of Krynn while bringing our beloved characters to a new generation of readers.” Margaret Weis.

Esto es lo verdaderamente interesante, y que da para especular todo lo que se quiera. No será una continuación al uso. En la última trilogía citada arriba, “La guerra de los espíritus”, unos cuantos de los personajes principales ya no estaban. Los viejos personajes con los que crecimos iban dejando su paso a otros. Pero, al menos yo siempre lo he creído así, la Dragonlance es aquellos personajes, de la misma forma que El Señor de los Anillos es Frodo, Sam, Aragorn… Las novelas de la Dragonlance son “los nueve bajo las Tres Lunas”. Y hete aquí que esta nueva trilogía versará sobre los personajes originales, ya todos muertos, o desaparecidos, si es que no muy mayores como para seguir yendo de aventuras.

La pregunta es la que muchos estamos gritando, cuando pensamos en esto, en nuestra imaginación: ¿CÓMO LO HARÁN? (Imagínese gritado por Boris Izaguirre). De hecho, ya lo han hecho, recordemos que los dos primeros libros ya están escritos; “Dragons of Deceit”, el primero, seguramente ya más que revisado. ¿Cómo lo harán? ¿Entrarán en juego los viajes en el tiempo, como tan hábilmente hicieron en la trilogía de las Leyendas? ¿Se atreverán a hacer un reboot, o justificarán, (que es lo que yo imagino) un argumento que posibilite una nueva historia alternativa, desde el principio, un poco al estilo de las películas de Star Trek de J. J. Abrams?

Las posibilidades están sobre la mesa, dentro del libro, aguardando entre sus páginas…

¿Firmará la portada el magistral Larry Elmore? ¿Estará Michael Williams detrás de los nuevos poemas?

Por cierto, interesante será ver si a raíz de la publicación de estas nuevas aventuras en Krynn (que así se llama el mundo de la Dragonlance), Wizards of the Coast lanza un nuevo escenario de campaña, libro de aventuras, o ambas cosas, para Dungeons & Dragons. Sería un movimiento extraño, ya que ellos mismos se desinteresaron de la publicación de esta nueva trilogía, teniendo los derechos… pero a la vez lógico.

No estamos tan mal…

Estaba siguiendo la lección de inglés de hoy, y me he topado con un fantástico artículo que reflexiona sobre cómo el ser humano suele tender a creer que las cosas le van a ir de puta madre en lo personal, pero en cambio es tremendamente pesimista en lo social…Y eso pese a que las tablas estadísticas indican claramente que somos una sociedad mucho mejor que la de hace unos 30 años, en todos los aspectos. Comparto aquí las imágenes…

Como desde una perspectiva individual tendemos a considerar todo momento pasado mejor que el actual, por influencia de la nostalgia, ligada a la pérdida de juventud, eso distorsiona nuestra visión del conjunto de las cosas, de la sociedad.Las mentiras de los políticos para acaparar poder también influyen, sin duda. Por supuesto, debemos ser críticos con nuestros gobernantes, y no hay que dormirse en los laureles, nunca, pero hay un falso discurso, por parte de la izquierda sectaria sobre un futuro apocalíptico…Un apocalipsis debido, por supuesto, al capitalismo.

Pero el capitalismo no es malo per se. Tampoco es que sea bueno. Es lo que es, la forma en que la economía imita a la vida. Promueve el progreso y la evolución de la especie, visto desde una perspectiva más científica.No es que el capitalismo no conlleve también sus riesgos, y no sería mentir si decimos que la pandemia y el cambio climático se deben al mundo competitivo y global en el que vivimos. Pero es indiscutiblemente cierto lo que dicen las estadísticas. Cada vez estamos mejor.Como sociedad global, progresamos cada vez a mejor.

Cada vez hay menos guerras, menos hambre y menos sufrimiento. Evidentemente, al ser una sociedad global e hipercomunicada, los desastres que ocurren en cualquier parte del mundo enseguida son noticia…El ser humano, como persona individual, posiblemente no esté preparado para saber conjugar toda esa información con su psicología. Pero las cosas que son noticia lo son por ser extraordinarias, cosas extraordinariamente malas, por lo general…

Cosas que son noticia porque no son lo normal.La izquierda se aprovecha sin escrúpulos de este desfase entre la psicología individual, incapaz de manejar las noticias referidas al conjunto de la sociedad que nos rodea, nuestras mentes hipercomunicadas, insisto, no preparadas para estarlo, y deforma nuestra percepción…Nuestra idea del futuro.Esto es especialmente fácil de conseguir cuantos menos recursos intelectuales se tienen; por eso las personas menos educadas y sensibles son carne da cañón de los Partidos populistas, como Podemos y Vox, que se aprovechan de las desgracias ajenas para someter su estado de ánimo.

Para manipular a esas personas.Dado el grado de tecnología e industrialización que hemos alcanzado, y el nivel de bienestar que ha significado en general para toda al pobación mundial, solo hay un camino que seguir adelante, el del progreso, aunque el progreso es algo muy diferente a lo que nos venden.El progreso es algo radicalmente contrario a la izquierda y al comunismo, que lo que quieren es justo lo contrario, la vuelta del ser humano al pasado. A la naturaleza. A un mundo más cruel, más natural. Menos humano.

Conlleva riesgos el capitalismo, sí, evidentemente. Otras veces he usado, hablando de este tema, la metáfora del motor de un vehículo, y volveré a hacerlo. Pero tenemos que seguir en movimiento, progresando.

Si paramos el coche para quitar el motor (el capitalismo), y poner otro, unos caballos, por ejemplo, nunca llegaremos a tiempo a la siguiente encrucijada. Moriremos en el camino. porque a medio y largo plazo la humanidad simplemente se extinguirá, si paramos…Como le ha sucedido al 99% de las especies que han poblado el planeta, desde mucho antes de que existiese el ser humano. Porque la naturaleza no hará nada por nosotros, si nosotros no hacemos algo por nosotros.

Tampoco quiero demonizar a la izquierda, aunque dé esa impresión. La izquierda cumple un papel muy importante, en su pelea para que los logros debidos al progreso científico y tecnológico, y la riqueza, lleguen a cuantas más personas mejor. Lo que ocurre es que si se pasa de cierto límite, puede ser muy contraproducente, y convertirse más en un obstáculo para el progreso y el bienestar de la gente que en algo bueno, que es lo que irremisiblemente suele pasar con eso que se llama izquierda en España, sin ir más lejos.Lo cierto es que, suelo decirlo a menudo, estamos viviendo en un tiempo en el que estamnos asistiendo a hechos extraordinarios, hechos tecnológicos tales como:

Cohetes que aterrizan verticalmente, y la pronta construcción de los primeros hoteles en el espacio, en la órbita de la Tierra, con el viaje tripulado a Marte a la vuelta de la esquina. Ahí está también la minería de asteroides, capaz de dotar a la Tierra de nuevos recursos… La investigación en energía de fusión, una fuente de energía limpia y en la práctica inagotable, al menos durante muchos siglos, hace que podamos ser optimistas con alcanzarla quizá a lo largo de este siglo o el siguiente. Puede que nosotros no veamos una energía de fusión lo suficientemente práctica para ser usada, aunque ya hay diferentes centrales experimentales a lo largo del mundo, pero estoy seguro de que en una o dos generaciones sí. (Estamos hablando de energía de fusión, que es la misma que se produce en las estrellas, por fusión de átomos, no de fisión, que es la energía nuclear actual, que se produce al romper los átomos, que es lo que produce la radiación).

Y todos estos logros científicos y tecnológicos derivan en un mayor bienestar para toda la humanidad.Luego vendrán desafíos de todo tipo, algunos que ya intuimos como los peligros que conllevará la inteligencia artificial, si no sabemos manejarla adecuadamente, o la nanotecnología. Pero a medio y largo plazo, los avances científicos redundan siempre en un mayor nivel y esperanza de vida. Ahora mismo, muy por encima de la pandemia, el mayor desafío es el cambio climático. Pero podemos superarlo. Quizá incluso, con el tiempo, haya nuevos mundos en los que nuevos seres humanos puedan experimentar, si ese es su deseo, con nuevas sociedades utópicas, del gusto de la izquierda, donde se practiquen economías más artificiales, que anclen a esas sociedades más a la naturaleza. Nótese la paradoja, pero es que es así, construir nuevas sociedades que vuelvan a la naturaleza será algo antinatural al ser humano; pero será viable hacerlo.

Así que, en fin, las cosas están bastante mejor de cómo nos las suelen pintar en las noticias

“All the things we had to do to make Mars habitable”

Este no es el tema en sí. Es un extracto de un tema anterior, su estribillo, que siempre que lo escucho sé que tengo que hacer un tema nuevo entero, alrededor de ese estribillo.

“All the things we had to do to make Mars habitable”.Será el título de la colección de canciones que os enseñaré en unos meses, o quizá en un tiempo indeterminado, aunque iré presentando todas una a una, a medida que vaya avanzando en ellas.El título es literal en su vertiente de ciencia ficción o anticipación científica (desde una perspectiva poética); pero también es una metáfora, sobre la lucha por hacer del mundo un lugar mejor. La lucha personal de cada ser humano por encontrar su lugar en el mundo.”Todo lo que hicimos para hacer Marte habitable”.

Perseverance (microcuento).

“El planeta rocoso y solitario recibió hoy un nuevo visitante. Creo que todos ellos proceden del puntito que brilla azul pálido en la noche. No puede ser casual que las sondas lleguen cada vez que está cerca.”

“Un objeto cayó hoy del cielo. Se transformó en un pequeño vehículo, una especie de robot con ruedas, y desplegó unos brazos, como instrumentos, de forma perezosa. Una sonda solitaria, en la inmensidad del desolado paisaje rocoso.”

“¿Quién los envía, y para qué? ¿Son todos así en aquel mundo, pequeños seres robóticos y con ruedas, como este? No parece gran cosa. No especialmente inteligente.”

Entonces, quien quiera que estuviese pensando en estas cosas, desapareció. Solo quedaron la sonda y el planeta.

Sobre una entrevista a Kim Stanley Robinson.

Esta es la entrevista:

http://lab.cccb.org/es/optimismo-enfadado-en-un-mundo-sumergido-una-conversacion-con-kim-stanley-robinson/

He de señalar, antes que nada, que es bastante posible que dicha entrevista sirviese al autor para inspirarse para su nuevo libro: El ministerio del futuro.


Aquí, aunque en general entiendo y comparto su punto de vista, hay ciertas contradicciones en el pensamiento de Robinson (quizá condicionado por el entrevistador). Se ve en lo que dice de cómo salvar a las especies de la extinción masiva. En lo de llevar osos polares a la Antártida, justo después de decir que la solución no está en salir de nuestro mundo y formar colonias en otros, sino en salvar el nuestro. Por supuesto debemos salvar el nuestro, hacer todo lo posible en luchar contra el cambio climático. Pero esas acciones deben ir de la mano con las de hacer todo lo posible por salir de este mundo. Mucho me temo que Robinson es DEMASIADO optimista acerca de lo de que la humanidad nunca se extinguirá. Todas las especies se extinguen.

Y la mayor parte, hasta ahora, por grandes cataclismos geológicos y cósmicos, no provocados por el ser humano. Sí somos responsables del cambio climático, pero no podemos defendernos del choque de un cometa, de un desastre geológico masivo, o de una supernova.

Tenemos que estar establecidos en varios mundos, como sería menester hacer en la Tierra (en varios lugares diferentes, como la Antártida) con los osos polares; si queremos sobrevivir a largo plazo como especie. El propio autor se contradice al hablar de esa solución para los osos polares, pero obviarla para los humanos, poniendo en demasiada ventaja nuestra inteligencia, yo diría. Si no nos extinguimos, en todo caso, será por nuestro afán de ir más allá y de superarnos a nosotros mismos. Sí, por nuestra inteligencia e imaginación. Hemos de saber aprovechar al máximo las posibilidades de desarrollo tecnológico de nuestro tiempo, muchos de cuyos principales avances se derivan de los años de la carrera espacial entre las dos superpotencias del siglo XX.

Porque además, una sociedad demasiado complaciente consigo misma está más indefensa, y menos preparada para actuar cuando haga falta actuar.

Así que, aunque en un par de siglos podamos empezar a superar el cambio climático, en el mejor de los escenarios de futuro posibles, habrá más cosas de las que preocuparse.

Yo, al contrario que Robinson, no veo alternativa al capitalismo, sino que creo que ya está todo inventado en economía, y que lo que hay que hacer es mezclar el capitalismo con políticas sociales cada vez más vanguardistas (desde nuestro punto de vista actual), para hacerlo práctico.

Desde luego, estoy de acuerdo con él en la forma miope, cortoplacista y destructiva que acompaña en general al capitalismo en nuestros días, pero su querencia por provocar un fallo en el sistema es preocupante, porque podría dejarnos sin capacidad de maniobra.

El motor capitalista es viejo, ruidoso y explosivo… pero funciona. Nos mueve. La humanidad perecerá cuando se quede quieta. Cuando sea demasiado complaciente consigo misma. La solución, que no sé si ha abordado adecuadamente todavía Robinson en sus novelas (diría que sí, pero a veces parece que no… quizá de esta intención subversiva venga el tono pesimista de su novela Aurora, sobre el primer viaje tripulado de la humanidad a un planeta quizá habitable en torno a otra estrella lejos de nuestro sistema solar), puede estar en llevar el comercio al espacio. A los asteroides, a Marte, a las lunas jovianas… De hecho, no se me ocurre mejor motivo para salir ahí fuera que el propio peligro del capitalismo. La mejor forma de superarlo es usarlo para el mayor beneficio posible para la humanidad en su conjunto, antes de que el motor explote, y nos deje tirados, en medio del desierto.

Las mayores posibilidades de salvación de la humanidad serán poner toda la carne en el asador de esas empresas espaciales, pues permitirán descongestionar la Tierra, dándonos algo de tiempo para hacer mejor las cosas aquí, de forma paralela a la colonización del sistema solar.

La izquierda tiene algo de ingenuo, en general, que a largo plazo puede ser tan potencialmente destructivo para la humanidad como el capitalismo irresponsable.

Entre la realidad y la ficción.


Hoy me ha llamado la atención un artículo sobre un muy reciente nuevo sistema solar descubierto, con extrañas resonancias (esto es, sincronías) entre sus seis planetas (al menos, entre los seis descubiertos).

Este es el enlace a ese artículo, una de las noticias más destacadas sobre ciencia, durante esta semana, y puede que una de las más destacadas del año, sin duda.

https://www.elcomercio.es/sociedad/ciencia/sistema-exopanetas-desafia-teorias-planetas-20210126114228-nt.html?ref=https:%2F%2Fwww.google.com

A continuación, comparto el trabajo de las notas previas de uno de mis proyectos, unas notas que hice en las horas libres de una campaña de verano, en 2019, mientras navegaba por la mañana y estudiaba para permanente por la tarde. Las comparto porque me ha llamado la atención la similitud entre lo que se dice de este nuevo sistema solar resonante, un sistema solar real, y lo que imaginé para el sistema solar ficticio que iba a servir de marco a aquella historia… Cuando trabajaba en aquellas notas me parecía que no podía existir ningún sistema solar como aquel, que todo tenía que estar justificado con la intervención de una voluntad… Se ve que, como siempre suele pasar con esto de la realidad, me equivocaba… ¿O no?





Dervishkanis se encuentra más allá de cuatro planetas, los cuales llevan a cabo ocho, cinco, tres y dos órbitas alrededor del sol respectivamente, en el mismo tiempo que Dervishkanis hace una, en la que tarda doce días, con un total, pues, de doce eclipses cada doce días, en los cielos del lado diurno del mundo. Dichos eclipses son las noches de Dervishkanis. Originalmente el sistema tenía siete planetas, pero el quinto, sexto y séptimo fueron usados mediante ingeniería planetaria.

Los cuatro planetas van cambiando de fase en los cielos de los Reinos de Dervishkanis, presentando sus fases de forma perpendicular a su ascenso y descenso en el firmamento: de cuartos crecientes a llenos según ascienden en el cielo, tras cada eclipse, y de llenos a ocultos, según descienden el el cielo, por detrás del sol, hasta cada nuevo eclipse. La fase de oculto total de cada planeta coincide con el periodo del eclipse que producen sobre el disco de Dervishkanis. Los cuatro planetas muestran siempre sus mismas caras a los habitantes de los Reinos. Se iluminan de abajo arriba, y se ocultan también de abajo arriba. Al iluminarse se presentan como una sonrisa, cada vez más ancha (hasta la fase llena) y al ocultarse, como un puchero, cada vez más delgado (hasta la fase oculta, de eclipse).

En cuanto a la posición del sol rojo en los cielos diurnos dervishkanos, esta depende del movimiento de las personas y seres que lo habitan sobre la superficie del mundo.

El sistema estelar en el que se encuentra el mundo de Dervishkanis es muy pequeño (cabría dentro de la órbita de Mercurio, en nuestro sistema solar), pero la estrella enana roja en torno a la cual giran los cinco planetas orbita a su vez alrededor de otra estrella de tipo sol, mucho más lejana, de luz blanquecina. El sol rojo tarda unos mil años en dar una vuelta alrededor del sol blanco, que ilumina a Dervishkanis y a los cuatro planetas con su débil luz lechosa. El sol blanco sale por un extremo de dervishkanis y a los seis días se pone por el otro, tardando otros seis días en volver a salir. Se ve distante y pequeño en los cielos de Dervishkanis, su luz por si sola es como de un puñado de lunas llenas. Se sitúa en el cénit de los cielos dervishkanos durante la conjunción total, entre el tercer y el cuarto día desde su salida. Los ciclos de luz del sol rojo dependen del movimiento de los cuatro planetas más interiores, que continuamente adelantan a Dervishkanis en sus órbitas, causando los largos eclipses que oscurecen sus cielos. Los ciclos de luz del sol blanco dependen del movimiento de Dervishkanis. Los días son contados desde el día uno de cada ciclo, que es la conjunción de todos los astros, con la que se inicia la noche de treinta horas (que abarca las veinticuatro horas de la noche del primer día y las primeras seis horas de la noche del segundo día). Sin embargo hay cultos, y quizá regiones ignotas de Dervishkanis, donde los días se cuentan por los ciclos del sol blanco.

Días que tardan los planetas en cubrir una órbita, hasta un total de doce cada dieciocho días, para el primer planeta:

Primer planeta:    1,534,567,5910,51213,51516,518

Segundo planeta:   2,44,87,29,61214,416,819,2

Tercer planeta:    48121620

Cuarto planeta:    6121824

Dervishkania:      1224

Sucesión de eclipses según el orden de los planetas. (No son días terrestres).

1-2-1-3-1-2-1&4-2-1-3-1-2-1-1,2,3&4 (Y se repite cíclicamente, la misma sucesión de eclipses cada doce días, con una conjunción de los cuatro planetas en el decimosegundo día, y de los planetas primero y cuarto en el sexto día).

Orden temporal (en escala de días terrestres) en el que se producen los eclipses:

1,5 … 2,4 … 3 … 4 … 4,5  4,8 … 6 … 7,2 … 7,5 … 8 … 9 … 9,6 … 10,5  12 …13,5 … 14,4 … 15  16 … 16,5 … 16,8 … 18  19,5

Duración de las noches según el tipo de eclipse (una sexta parte de su período orbital):

Planeta 1)   06 horas.

Planeta 2)   10 horas.                                 

Planeta 3)   16 horas.

Planeta 4)   24 horas.

Duración de las noches y los días (la duración de los días se obtiene de la resta entre las horas de un eclipse con las horas del anterior, a cuyo total se resta la duración del último eclipse dado):

30 horas de noche (Conjunción total, más eclipse del primer planeta). Eclipse de Acanthir.

12 horas de día.

06 horas de noche (Eclipse del planeta 1).

08 horas de día

10 horas de noche (Eclipse del planeta 2).

04 horas de día.

06 horas de noche (Eclipse del planeta 1).

18 horas de día.

18 horas de noche (Eclipses de los planetas 3 y 1, el 1 durante dos horas, mientras el 3 empieza a iluminarse).

03 hora de día.

10 horas de noche (Eclipse del planeta 2).

19 horas de día.

24 horas de noche (Conjunción de los planetas 1 y 4). Eclipse de Acanthir.

04 horas de día.

14 horas de noche (Eclipses de los planetas 2 y 1, el 1 durante cuatro horas, mientras el 2 empieza a iluminarse).

06 horas de día.

16 horas de noche (Eclipse del planeta 3).

08 horas de día.

06 horas de noche (Eclipse del planeta 1).

08 horas de día.

10 horas de noche (Eclipse del planeta 2).

12 horas de día.

06 horas de noche (Eclipse del planeta 1).

30 horas de día.

Fin de ciclo: Conjunción total. Eclipse de Acanthir —> 30 horas de noche (Conjunción total, más eclipse del primer planeta).

Cada ciclo de doce días:

Día 1: 24 horas de noche; Día 2: 6 horas de noche, 12 horas de día, 6 horas de noche; Día 3: 8 horas de día, 10 horas de noche, 4 horas de día, 2 horas de noche; Día 4: 4 horas de noche, 18 horas de día, 2 horas de noche; Día 5: 16 horas de noche, 3 horas de día, 5 horas de noche; Día 6: 5 horas de noche, 19 horas de día; Día 7: 24 horas de noche; Día 8: 4 horas de día, 14 horas de noche, 6 horas de día; Día 9: 16 horas de noche, 8 horas de día; Día 10: 6 horas de noche, 8 horas de día, 10 horas de noche; Día 11: 12 horas de día, 6 horas de noche, 6 horas de día; Día 12: 24 horas de día.




El otro día miré al cielo (micro-relato)

El otro día miré al cielo. Estaba en un lugar de esos que cada vez quedan menos, en los que el ancestral miedo humano a la oscuridad no hace que miles de luces artificiales oscurezcan las estrellas. Vi tantas, que la cabeza me dio vueltas. Quizá, pensé, por eso las silenciamos, porque es la luz de otros lo que de verdad tememos. La posibilidad terrible de no ser nosotros el centro de atención.
El otro día miré al cielo, y sentí que el contacto por radio era inminente, que ya estaban aquí. Puede que no sea cierto para ahora mismo, pero lo es para cada momento. Solo tenemos que apagar la luz, y escuchar…

Quienes quiera que seamos

     Framework Silente y Event Cuántico salieron del portal, que desapareció en una caleidoscópica explosión de colores a sus espaldas. Un leve zumbido se apagó en un punto infinitesimal de la realidad, y un paisaje rural emergió ante ellos lentamente, como si se estuvieran separando para apreciar mejor un cuadro de Van Gogh. Era una escena de tierras de labranza y nubes blancas, que desplazaban sus sombras perezosas sobre los caminos, las montañas y los campos. En el más ancho de aquellos caminos, una carretera de tierra apisonada, una procesión de postes de telégrafo se perdía en la distancia.
     —¿Algún posible testigo a la vista? —preguntó Framework Silente, mientras oteaba la carretera bajo uno de aquellos postes.
     No veía ninguna ciudad, pero enseguida llamó su atención un patrón de destellos de plata, adornando el follaje de un bosque lejano. El Danubio.
     —¿Qué?
     —Que si ves a alguien —dijo el señor Silente, alzando la voz.
     —¿Cómo?
     El señor Silente puso cara de fastidio, aunque el gesto del señor Cuántico no le fue muy a la zaga.
     —¿Puedes hacer el favor de hablar un poco más alto? —dijo el segundo—, no me entero.
     Entonces el señor Silente agarró del brazo a su compañero, y le dijo al oído:
     —Vamos a ver Event, ¿no querrás montar una escenita nada más empezar, verdad?
     —¿Se puede saber qué…? —Fue interrumpido por un dedo del señor Silente, de golpe en sus labios.
     Silencio. Escuchó Event, en su mente.
     Pensaba que habíamos quedado en que nos comunicaríamos de forma ordinaria, para, cito: “no provocar sospechas, como la última vez” Dijo Event en la mente de su compañero, todavía con su dedo en los labios.
     Ya estamos llamando la atención.
     Event se giró entonces hacia donde estaba mirando su colega. Un paisano de aquel tiempo había detenido su auto en la carretera. Emergiendo de la polvareda levantada por el vehículo, el individuo se inclinó cortésmente hacia ellos. Aunque el color y la textura resultaban espléndidos, Event tuvo la impresión de estar viendo una película muda, como las que se hacían en aquella época. Solo entonces se dio cuenta de su torpeza: aún no había activado el audio del mundo.
     —¿Es rarito además de sordo? —escuchó que preguntaba aquel hombre a Framework.
     Su compañero le echó una ojeada.
     —Sí, si… rarito, sí. Una pena ¿verdad? Verá, joven, nos dirigimos a V-Viena, a ver a un especialista, para… para un nuevo tratamiento… para aquí, mi amigo rarito. Pero resulta que no somos de por aquí, ¿sabe?, y nos hemos perdido. ¿Sería tan amable de indicarnos el camino?
     A pesar de comprender al instante el juego que se traía Framework entre manos, Event no pudo evitar indignarse. Sintió que se ruborizaba. Sin embargo, en ese momento solo pudo reparar en lo agradable que le resultó volver a tener sensaciones tan… corpóreas. Era algo adictivo.
     —¿Viena dice? Sí, claro hombre, están de suerte, íbamos hacia allá. Venga, suban, les llevamos.
     —Gracias amigo… —titubeó Framework.
     —Oh, disculpe, Charles, a su servicio.
     Ambos subieron al vehículo, cuyo asiento del copiloto estaba ocupado por una mujer.
     —¿Entonces no han visto nada raro por aquí, una especie de destello, o algo así? —preguntó el hombre.
     —No, de verdad que no —contestó Framework, mirando a su compañero—. ¿Qué cree que pudo haber sido?
     —No sabría decirle, la verdad. Tú también lo viste, ¿verdad, querida? ¿Qué crees que sería?
     —Que te den, Charles —fue todo cuanto dijo la mujer.
Y fue así como los dos viajeros llegaron a Viena, envueltos en un silencio largo e incómodo.

     —Bueno, parece que funciona —dijo Framework.
     —¿Los disfraces? Claro. ¿Por qué no iban a hacerlo? Pero hemos tenido suerte. Si esa mujer no hubiera estado ofuscada por lo que quiera que fuese, podía haber alimentado las sospechas del tal Charles.
     Paseaban tranquilamente a lo largo de una gran avenida, por el centro de la capital del Imperio Austrohúngaro. Contemplaban con disimulado asombro las gentes, los árboles y los monumentos, procurando no llamar la atención. Por más que fuesen vestidos a la moda de aquella época y aquel lugar, los dos habían aprendido por las malas en sus viajes anteriores que lo más importante de un buen disfraz no era el disfraz en sí mismo, sino la actitud de quien lo vestía.
     Había muchas personas en la calle, disfrutando de las últimas horas de la tarde en los cafés que flanqueaban la avenida. Las primeras luces de vapor de mercurio cobraron vida, y arrancaron destellos de las ventanas de los cafés y de los escaparates de las tiendas, algunas de las cuales empezaban ya a cerrar. La tarde se había vuelto desapacible, algo nada raro para los otoños semiinvernales característicos de aquella ciudad. Comenzó a caer una aguanieve débil y dispersa. Por un momento, Event deseó dejar de tener sensaciones físicas. Se cerró mejor el grueso abrigo.
     —No sé —contestó Framework—, supongo que no importa, todas las veces que lo hayamos hecho antes. Cada viaje supone un nuevo desafío. ¿No lo sientes así?
     —Sí. Bueno, creo que te entiendo.
     Event llevaba hechos unos cuantos viajes más que Framework, y entendía perfectamente a su compañero, pero quería aparentar estar más de vuelta de todo.
     —Es bonito esto —dijo.
     —Sí, ya lo creo —contestó Framework, y añadió, pensativo—: Aunque me hubiera gustado poder estar aquí en un tiempo anterior. Ya sabes, para conocer a Beethoven y a Mozart… Siempre he querido saber si de verdad se conocieron en persona. En cualquier caso, dudo mucho que su Viena fuese más bonita que esta. Lástima lo que está a punto de pasarles.
     —Ten cuidado con lo que dices.
     Event observó a las personas con las que se cruzaban por la calle: las señoras de la alta sociedad, con sus coloridos trajes y sus estrafalarios sombreros y guantes a juego; conjuntos especialmente escogidos para el momento social del té de la tarde, que contrastaban con los sobrios trajes oscuros, aunque también elegantes, de los hombres. No parecía que nadie reparase en ellos. Pero debían tener cuidado.
     —No seas paranoico.
     —¿Ahora soy yo el paranoico?
     —Bueno, ya que estamos, visitemos a Sigmund Freud, que lo decida él.
     —Bah —dijo Event, pero se rió.
     No era la primera vez que se enzarzaban en conversaciones así, daba igual dónde y cuándo estuviesen. Lo cierto era que disfrutaban de aquellos momentos. Del hecho de la simple conversación, de la emoción de sentir otra vez las cosas como los seres del pasado. En estas cosas iba pensando Event, mientras hablaban. Envidiaba a los hombres y a las mujeres de todos los lugares que visitaban, porque sabía que para él, para los viajeros del tiempo, momentos como aquel eran algo efímero. Algo casi ilusorio. Como el gozo que se se siente al escuchar una música que termina, dejando tras de sí nada más que el silencio, sin que se te permita seguir disfrutando de un concierto que sabes que aún no ha terminado.
     Event Paró a su compañero.
     —Mira, allí está —dijo, señalando.
     —La Academia de Bellas Artes de Viena —susurró Framework—. Crucemos.
     —¡Cuidado!
     Event puso el brazo por delante del pecho de Framework en el último momento, evitando que éste se lanzase a los pies de los caballos de un carro que pasó como llevado por diablos.
     —Mierda. Gracias… Se ve que tenía prisa, el condenado —exclamó Framework, alzando levemente una ceja en su rostro empalidecido.
     —Venga, vamos Frame. ¿Llevas la recomendación?
     —Sí, aquí la tengo —contestó, echándose la mano al bolsillo del abrigo.

     —Encantado de haberles conocido, señores. Pero me temo que ya poco se puede hacer —dijo el profesor Gregor Rozman. Era un hombre de pelo prematuramente escaso y gris, con un llamativo bigote a la moda. Se trataba de uno de los máximos responsables de los exámenes de admisión de nuevos alumnos en la Academia de Bellas Artes vienesa. Event y Frame habían tardado bastante tiempo en encontrar su despacho, perdido entre otros muchos iguales, en un pasillo abalaustrado que se asomaba a unas grandes escaleras de mármol beis.
Event reparó en los sonidos de las voces y las risas de los últimos estudiantes de la tarde. Sus ecos se diluyeron poco a poco, hasta desaparecer y dejar solo el silencio, más allá de la humosa luz del despacho.
     El hombre apagó su cigarro en el cenicero y se levantó.
     —Pero entonces, lo de ese joven… —dijo Framework.
     —¿Adolf Hitler? No. Olvídenlo. Jamás estudiará en este lugar. No mientras yo viva, al menos —sentenció el hombre. Y la vehemencia de sus palabras hizo que su atiplada voz, que hasta ese momento había sido sosegada, se volviese de pronto más grave, y para nada sosegada.
     —Pero hombre —intervino Frame— ¿no ha visto usted la recomendación?
     Rozman le miró a los ojos. Se sentó de nuevo, exhalando un corto y resoplante suspiro. Dijo:
     —Dígame, señor… perdóneme, lo he olvidado…
     —Pick, Dedrick Pick.
     —Señor Pick, dígame, ¿qué cree usted que es el arte?
     Event lanzó una fugaz mirada de soslayo a su compañero. Quiso decir algo, pero la pregunta había sido retórica.
     —Es un servicio —siguió Rozman—. Un servicio al pueblo, a la gente. A la de ahora, y a la del futuro. Es generosidad y sacrificio, es sufrimiento. Mire, no es nada personal. Llevo años haciendo estas cosas. Los dibujos de ese joven quizá no parezcan tan malos, pero tampoco son nada excepcional. ¿Han visto la obra de Gustav Klimt? Oh, eso, eso es el arte. Es algo que define, pero a la vez reelabora nuestra realidad. Los trabajos de ese muchacho, Hitler, muestran la realidad como algo inerte. Son mediocres. Pero no es eso lo que me llevó a rechazarlo. No fueron sus dibujos. Puede haber gente cuya obra me resulte igualmente insípida, pero en la que vea algo, un potencial. ¿Me entienden? Pero en ese joven, en ese… No.
     Se quedó callado, unos instantes. Luego dijo:
     —Fue… Fueron… Sus ojos. Me hizo sentir… Disculpen. No, miren, les he mentido, sí que es algo personal. Mientras yo ocupe este puesto, ese tal Hitler no será alumno de la Academia de Bellas Artes. Punto final.
     —Que usted no era nada —dijo Framework.
     Event lo miró, alarmado.
     —¿Disculpe? —dijo Rozman.
     —Lo que le hizo sentir, digo, ese joven. Que usted no era nada, que no importaba nada. Que para él era tan importante como esto —dijo, cogiendo el cenicero—, tan útil como este cenicero lo es para usted, porque le sirve para algo; pero en cuanto deje de hacerlo, lo tirará y lo sustituirá por otro. Eso es lo que le hizo sentir.
     —Frame —exclamó Event.
     —¿En serio, “Frame”?
     —¿Y qué más da?, porque se lo vas a decir, ¿no es eso? Vas a pasar ya al plan “B” —afirmó más que pregunto, Event.
     —Sí, es eso —contestó Framework, con un suspiro, tras unos instantes de silencio.
     —Estupendo.
     —¿Plan “B”? ¿Se puede saber de qué hablan, señores? Miren, ya les he ofrecido mucho más tiempo del que debería. Se me hace muy tarde, si no les importa… —dijo el profesor, levantándose de nuevo de su asiento.
     —No, señor Rozman, espere. Le contaremos la verdad. Verá. No somos de aquí.
     —Ya, ya, de eso ya me había dado cuenta. Menudo acento, no se ofendan.
     —Venimos del futuro. Lo sabemos todo sobre usted. Su pasado, su futuro, sus secretos… Cosas que solo es posible que sepa usted. Todo.
     Rozman los miró de hito en hito, primero a Frame, después a Event.
     —Bien —dijo—, estoy esperando. ¿Quién de ustedes se ríe primero? Porque a mí, por lo menos, no me hace gracia. Ya les he dicho que tengo prisa.

     —Parece que ya vuelve— dijo Event, dando palmaditas en la cara a un inconsciente profesor Rozman—. Profesor Rozman, vuelva, ¡profesor!
     —No debiste contarle todos esos detalles de su vida tan de golpe —le acusó su compañero—. Por lo menos, no lo de ese vicio secreto.
     —Oye, la idea de ejecutar el plan “B” fue tuya ¿o no? Yo solo te seguí el juego.
     —Qué… qué… oh, cielos. Menudo mal sueño… —empezó a decir Rozman, mientras volvía a la vida. Pero enmudeció al ver a los dos personajes sobre él, todavía en su despacho.
     —Oh, Dios mío, siguen aquí. No eran producto de mi imaginación. Es una pena, ¿saben? Mi amigo Freud habría tenido un material excepcional, si ustedes dos no fuesen reales.
     —Sin duda, profesor, pero mire, aquí seguimos.
     —Joder, Frame.
     —¿Qué?, qué quieres que le diga. Intento contemporizar. Nunca son cómodas, estas situaciones.
     Rozman se sentó. Parecía resignado. Entonces cogió el cenicero con el puro apagado y lo guardó en un cajón.
     —Se acabó esta mierda. No se lo dirán a nadie, ¿verdad?
     —Descuide, profesor. Nos da igual con qué aderece sus cigarros.
     —Bien, bien. Díganme, entonces, por qué creen que debo admitir a ese Adolf Hitler, que Dios me perdone.
     Los dos viajeros se miraron fugazmente.
     —Al contrario, Dios se lo agradecería —dijo Frame, con una sonrisa.
     Event dirigió a su compañero una mirada de disgusto.
     —Profesor —intervino Event—, verá… estoy seguro de que alguien como usted intuye perfectamente que el Imperio Austrohúngaro es un gigante con pies de barro. El más mínimo altercado puede hacer estallar un nuevo conflicto, y dado el desarrollo actual al que ha llegado la tecnología de la guerra en Europa, donde cada nación parece estar conteniendo el aliento ante la inminencia de algo terrible, cuando llegue ese altercado, que llegará, tendrá consecuencias fatales. A un nivel que el mundo no ha conocido hasta ahora. Le hablo de un conflicto de escala inimaginable.
     —Una gran guerra. Sí, claro, otra más —dijo el profesor— Vale, supongamos que pasa algo así, pero no veo…
     —No otra más. No solo una gran guerra. Le estoy hablando de un conflicto mundial.
     Event, dijo Frame, mentalmente, a su compañero, ¿estás seguro? Quizá no tengamos por qué hacerlo. Quizá esté dispuesto a hacer lo que queremos solo por miedo a que hagamos público lo de su adicción.
     No, Frame. Este hombre es más listo de lo que parece. Creo que lo hemos contaminado. Empezaría a hacerse demasiadas preguntas. Se volvería loco e inservible ya para su tiempo. Además, creo que nos será muy útil. Mejor reclutarlo. Nos lo llevaremos.

¿Y qué pasa con Hitler?
Que pase lo que tenga que pasar. Seguramente ya nunca vuelva a intentarlo, en este tiempo. Seguiremos con lo que tenemos. Probaremos otras cosas.

     Rozman se removió en el asiento, visiblemente incómodo, durante el silencio que siguió a las palabras de Event sobre un conflicto mundial.
     —Pero ¿qué tiene que ver todo esto con Hitler? —dijo. Event creyó notar miedo en su voz, y también en su mirada.
     —Usted lo vio. Lo sabe. Puede imaginarlo. Los tiempos de conflictos y calamidades, profesor, son campo abonado para que surjan los héroes. Y sabe tan bien como nosotros, que lo hemos visto en acción, que cuando el pueblo necesita héroes, no suele tener la sabiduría que hace falta para diferenciar entre héroes buenos y héroes malos. Adolf Hitler será uno de esos héroes. El peor de ellos. La Primera Guerra Mundial, que ustedes conocerán como la Gran Guerra, se llamará así cuando de forma casi consecutiva haya una segunda, provocada por un tratado de paz torpe y vengativo, que ahogará a la nación perdedora: Alemania.
     —¿Alemania perderá? E imagino que con ella caerá nuestro Imperio —dijo Rozman.
     —Su intuición le sirve bien, profesor —intervino Frame.
     —Una gran crisis económica, como el mundo moderno jamás ha visto —siguió Event su relato del futuro—, azotará a todas las naciones, y las tesis marxistas se extenderán por el Este, donde la fuerza proletaria derrocará el imperio de los zares. En la Alemania debilitada por la Gran Guerra y por la crisis, el comunismo cobrará presencia, fuerza y poder, las opiniones de unos y otros se harán extremas. Los líderes populistas se alzarán, exacerbarán el miedo y convencerán a los votantes. Usted vio los ojos de ese joven. Intuyó el mal insondable que anida en su corazón. Imagínese a ese joven sin oficio ni beneficio, despechado por usted y su Academia, después de haber luchado en la Guerra, aguardando una oportunidad para dar rienda suelta a su narcisismo y a su psicopatía. La política será el escenario perfecto para sus maléficas virtudes.
     —Dios mío —exclamó Rozman, en voz baja, con la mirada perdida—. Es espantoso.
     —Lo ve ya, ¿verdad? —continuó Event—. Ve al romántico y apasionado, pero malvado hasta la médula, Adolf Hitler; ve cómo solivianta a las masas y llega al poder, gracias al miedo de la gente al comunismo. Y, de igual modo, otros líderes surgirán en el bando comunista, en Rusia, apoyándose en el hambre y la miseria de la gente. Unos y otros llevarán a cabo los más horribles actos a los que la humanidad se haya enfrentado jamás.
     »Y no usarán solo el miedo al comunismo. También el odio a los judíos, que serán estigmatizados como nunca, antes. ¿Es usted judío, verdad, profesor Rozman? Su familia sufrirá. Serán deportados, y exterminados. Todo porque usted un día no quiso cambiar el curso de la historia, y permitir que ese joven, Adolf Hitler, estudiase lo que quería. Pero ahora ya da igual. Tendrán que hacerlo otros…
     Hubo un momento de silencio. Solo se escuchaba el repiqueteo de una lluvia intermitente allá arriba, contra la cristalera que hacía de tragaluz, al otro lado de la mampara del despacho. Sus colores hacía tiempo que se habían apagado. La noche avanzaba, inexorable.
     —Claro. Por supuesto. Lo entiendo. Lo haré… Déjenme hacerlo. Aún puedo admitir a Adolf Hitler. ¿Pero creen que ese simple hecho bastará, que, con una simple y pequeña decisión como esta, yo, Gregor Rozman, tengo el poder para cambiar el curso de la historia?
     —Es una pregunta inteligente, profesor —dijo Frame—. Y la respuesta es que no lo sabemos. No podemos estar seguros de que con eso baste. Puede que sí, que el poder que emana de una sola persona, en el momento y el lugar indicados, sea suficiente para catalizar una sucesión de desgracias fatales para la humanidad entera, o puede que no sea solo eso. Puede que, aunque usted admitiese a Hitler, surgiesen otras personas u ocurriesen otras cosas que desconocemos.
     —En realidad, profesor, tendrá que ser ya en otro universo —intervino ahora Event—. No es la primera vez que es usted visitado por viajeros del futuro. Sí por nosotros, pero ya han venido aquí antes, otros compañeros. Quizá no fue usted, sino su usted de otros universos, muy similares a este en el que nos encontramos. A eso nos dedicamos, ese es nuestro trabajo. Cambiamos pequeños detalles, modelamos el tiempo. Experimentamos. No podemos intervenir directamente, sino a través de ustedes. Estudiamos los posibles cursos de la historia, en busca de un futuro que nos satisfaga.
     —P… pero, entonces, dijo Rozman, secándose la frente con un pañuelo—, por qué empezar por aquí, y no mucho antes, en otro tiempo, de forma que todo lo que somos ahora fuese ya muy distinto, de tal modo que quizá ni Hitler ni yo existiríamos.
     —Pero es que sí lo hacemos, profesor —contestó Event—. Claro que lo hacemos. Los universos son infinitos, y no podemos verlos todos. Pero hay muchos más compañeros, que viajan y dan forma a nuevos sucesos, en muchos más universos y tiempos. En muchos de ellos, efectivamente, toda esta época es muy distinta. Nuestro trabajo se centra en esta época y este momento concretos. Se centra en usted, y en sus decisiones. Así de sencillo.
     —Así de sencillo —dijo el profesor, con un hilo de voz, y soltó una risilla algo histérica.
     —Verá, señor Rozman —volvió a hablar Event—, pueden salir muchas cosas mal, aunque Hitler deje de ser un peligro. De hecho, ya las hemos visto. Mundos en los que la izquierda llega al poder en Alemania, y esta se alía con la Unión Soviética. En esos mundos Japón no llega a atacar a los Estados Unidos, porque no tiene aliados, y no se atreve, así estos nunca entran en guerra. Al final, los bloques occidental y comunista se equilibran, porque los soviéticos tampoco llegan a tener una excusa para penetrar más hacia el este en Europa. Pero todo esto a usted no le importa, claro. No sé por qué se lo cuento. Bueno, o sí, lo sé. Creo que ya tenemos confianza suficiente, ¿no es así, señor Rozman? Que ya somos amigos. Creo que es hora de que nos vea como somos, en realidad. Es hora de que se una a nosotros.
     Event Cuántico miró a Framework Silente. Ante los ojos de Rozman, sus figuras humanas se fundieron, como si sus colores en la realidad fuesen brochazos de un cuadro impresionista, hasta quedar de ellos solo la luz que animaba sus formas. Entonces, Rozman escuchó una voz en su mente. No eran palabras que existiesen, no eran palabras humanas. Pero entendió lo que decían.
     Eres solo una pequeña parte de nuestro trabajo. Ahora vendrás con nosotros, y verás todo el conjunto, pues tu tiempo en este universo se acaba aquí y ahora.
     El ser que ya no era Gregor Rozman se sintió flotar, por encima de la realidad. Vio el cuerpo de alguien que le sonaba vagamente, tirado en el suelo de un extraño despacho. La voz siguió diciendo, en su mente:
     Nuestro trabajo no es evitar una guerra. Seguramente te suene cruel, pero nos da igual tu sufrimiento y el de tu familia —¿familia, qué familia?—. Estamos por encima de todas esas cosas. Nuestra misión, la razón de nuestra existencia, es viajar y moldear las historias posibles, en busca de un futuro concreto, entre los universos a los que podemos acceder. Es un futuro que hasta ahora no hemos sido capaces de encontrar. Uno en el que, más allá de cierto tiempo, el ser humano no termine por extinguirse y dejarnos solo a nosotros, quienes quiera que seamos.

Elether

Examiné el libro de Elether a la luz del pequeño candil de latón. Observé los dibujos, mientras pasaba despacio las ajadas páginas, porque tenía miedo de rasgarlas con mis torpes manos de metal. 

—¿Qué significa el título? —le pregunté.

—Tiene que ver con Hesperia, la Ciudad de los Muertos —contestó ella.

No pareció dispuesta a añadir más. Se limitó a mirarme, en silencio, como sopesando algo. A mí, pensé. Me sentí incómodo.

Elether era uno de los pocos prens que siempre me trataba de forma natural. Tenía su mérito, porque yo era un robot, una leyenda rescatada del pasado. Me parecía en pocas cosas a los prens. Aun así, al descubrirme, me llamaron “el Enviado”, y me convertí en la posesión favorita de su princesa, Dido. Nunca estuve seguro de que Dido me quisiese de verdad, durante el año que pasamos juntos, pero yo la admiraba. Ahora no podía dejar de pensar en ella, profundamente consternado por lo sucedido el día anterior.

—¿Podremos ayudar a Dido gracias a este libro?

Elether no contestó. Busqué su mirada, inquisitivo, pero no me gustó lo que vi en sus almendrados ojos esmeralda.

Miré a través de la ventana de la pequeña cabaña, el refugio secreto de Elether. La tarde habría sido la de una hermosa primavera, en otras circunstancias. La luna añil acababa de ponerse. Las sombras se apagaban en aquella parte del mundo y los pájaros enmudecían en los árboles. La noche reclamaba ya su reino. A lo lejos, por encima de las copas de los arces, pinos y robles (y otras especies más exóticas que no conocía), sobresalían, diminutas, las torres de Acantha. No podía borrar de mi cabeza los terribles sucesos del día anterior. Incluso hasta allí arriba llegaba el pestilente aroma del azufre, aunque la cabaña estaba a una legua de la ciudad, en la linde de un bosque que terminaba en un barranco.

En parte para tranquilizarme, en parte para quitarme el sulfuroso olor del cuerpo metálico, Elether me había desnudado y lavado con el agua de un pequeño barreño. Allí todo era pequeño. La cabaña tenía aquella única habitación. Cuando estuve seco, ella me dio uno de sus viejos camisones, que olía como el bosque. Como era menuda, me quedaba bien. Más o menos.

—No sé si podremos ayudarla, Zair —dijo, cuando yo ya casi había olvidado la pregunta—. Apenas puedo descifrar lo que dice el libro. Pero no es por eso por lo que quería enseñártelo. Hazme caso, y mira bien los dibujos.

—Me dan igual los dibujos. Estoy preocupado por Dido.

—Ya, pero ahora no se trata solo de ti, ni de tu preocupación por la princesa. Se trata de toda Badhia-Yamina, y quién sabe si todavía más allá.

¿Por qué tenía que importarme a mí lo que hubiese más allá del país de Badhia-Yamina? Apenas me interesaba nada de lo que hubiese en Acantha, fuera de las habitaciones de la princesa. Yo solo era un robot particular. Su robot particular. Pero Elether, al igual que Dido, tenía opiniones muy fundadas sobre mi importancia en las cosas de los prens; aunque, como comprendí después, por motivos diferentes.

Sonó un pitido. Elether sacó del fuego una vieja tetera de cobre, con un trapo, y vertió un líquido verdoso y humeante, que olía a menta y a eucalipto, en una taza de madera astillada. Además del poco espacio, allí todo estaba viejo y gastado, como aquella taza. Aun así, se trataba de un refugio acogedor. ¿Siempre había pertenecido a Elether? Desde luego, estaba llena de misterios, demasiados, para una simple pinche de cocina.

Me ofreció la taza. Estaba muy caliente.

—Te sentará bien —dijo—. Tienes que dormir. Ya seguiremos hablando de todo esto.

—No tengo sueño —protesté.

—Para eso precisamente es esta bebida, tonto. Bébetela, te sentará bien dormir un poco, después de todo lo que ha pasado.

Le di un sorbo. Sabía fatal, muy amarga, pero en cierto modo me agradó. Entre la bebida y la fragancia a cosas del bosque que impregnaba la cabaña, conseguí casi olvidarme del regusto del azufre.

—Elether, ¿qué son “los Eidola”?

—Nada de lo que debamos hablar tan cerca de la noche.

—Pues no voy a dormirme hasta que me digas algo. —Mi preocupación por la suerte de Dido era más fuerte que mi miedo a esos Eidola, fueran lo que fuesen—. No pienso dormirme —insistí.

En ese momento, y pese a mí mismo, me entraron unas ganas enormes de bostezar. Pero me tragué el bostezo y seguí mirándola, impertérrito.

Elether suspiró. Por lo que fuese, decidió satisfacer mi curiosidad.

—“Los Eidola” es el nombre con el que los Antiguos se referían a los Muertos de Hesperia. Son espíritus que no pertenecen a este mundo. Seres etéreos que odian todo lo que está vivo y que están deseando corrompernos, poseernos. Eso es lo que le ha pasado a Dido, Zair. Y me temo que ya no hay nada que podamos hacer por ella. Por ninguno de ellos.

A medida que pronunció las palabras, fue subiendo el tono de amenaza, a pesar de que todo lo dijo en susurros. Me estremecí. Por un instante, me pareció que no era ella quien hablaba, como había pasado con Dido y los demás, la tarde anterior, cuando intentaron comunicarse con los dioses.

—Vale, Elether —dije, con un hilo de voz—. Prefiero seguir hablando de esto mañana, si no te importa.

Ella rio, y fue una risa espontánea y alegre, que rompió de inmediato mi sensación de horror. De hecho, fue como si esa sensación no hubiese existido. Pero se me habían juntado ya demasiadas emociones. Perdí la compostura y me puse a llorar, como el niño que era. De metal, pero niño, al fin y al cabo.

—Zair, qué te pasa —dijo ella, arrastrando las palabras con cariño.

—Nada.

—Vamos, solo he usado un poco de magia de ilusión, para dar más dramatismo a las palabras. Me sale casi sin querer, ya lo sabes.

—Elether, es que… Dido, yo pensé… —empecé a hipear, y no pude decir más.

Ella me agarró de la mano.

—Vamos, vamos, Zair, todo un robot, llorando. Si te viese quien te construyó. ¿Sabes? Antes nunca hubiera imaginado que los robots particulares pudieseis llorar, beber, dormir, sentir las cosas que tocáis… Cuando era pequeña pensaba que solo erais una leyenda.

Ella me había contado, cuando todavía trabajaba en las cocinas del palacio y nos escapábamos a veces al exterior, que los robots particulares eran una especie de sirvientes de los dioses, cuando estos todavía vivían en el mundo, antes de abandonarlo. Según ella, los dioses nos habían hecho a su imagen y semejanza, porque no podían tener hijos.

—¿Y si yo tengo la culpa de todo lo que está pasando? —gimoteé—. Porque si yo era solo una leyenda y estoy aquí, entonces, de algún modo, los espíritus malos, los Eidola, quizá están aquí por mi culpa.

Aquello llevaba atormentándome todo el día. Aunque se trataba de un temor latente en mí, desde hacía algún tiempo; algo que no acababa de identificar ni comprender.

—Tú no tienes la culpa de nada, Zair. La Casa Gobernante jugó con cosas que era mejor dejar tranquilas. Mira —dijo—, ¿ves esta ilustración?

—La Ciudad de los Muertos. Hesperia.

—Sí. Mira —señaló algo con el dedo.

—El cáliz —exclamé.

—Como el que me dijiste que encontró la princesa, en el viaje de la Gran Tormenta, después de verte en un sueño.

—Lo encontró al lado de los muros de Hesperia. Fue el Nexo que usaron ayer, en la ceremonia.

—Lo sé, dijo Elether.

Un búho ululó en el bosque. Me fijé en que ya titilaban las estrellas entre las ramas de los árboles, más allá de la ventana. Las raídas cortinas se agitaron. Sentí frío, pese a la bebida caliente. Elether se acercó a cerrar los postigos, mientras decía:

—La mayor parte de la gente no lo sabe, porque a los nobles acanthianos nunca les ha interesado que se sepa esta verdad. Pero, mira lo que he descubierto —dijo, acercándose.

      —No puedo leerlo todo, pero entiendo algunas palabras. Conseguí una traducción del índice del libro —dijo, orgullosa—. Esta palabra, “Devatar”, en el pasado remoto se usaba para denominar a los dioses, en la Antigua Lengua. Pues bien, en aquellos tiempos, esa misma palabra se usaba también para los Muertos. Tengo que consultarlo con alguien que conozco, pero creo que, al intentar hablar con los dioses, el rey y su hermana, tu querida princesa, han abierto las puertas de Hesperia. Han dejado salir a los Muertos.

—Entonces, Dido…

Ella me puso un dedo en los labios.

—No, no más Dido por hoy. Descansa, Zair. Duérmete ya —susurró—. Mañana tenemos que irnos, y será un viaje muy largo. Tienes que coger fuerzas.

¿Irnos? ¿A dónde? Yo no quería irme a ningún sitio. Yo quería volver a Acantha, con Dido. Pero estaba demasiado cansado para replicar. De pronto, el sueño cayó como una losa que ya no hubo forma de apartar.

Lo último que recuerdo es a Elether, cogiéndome en brazos. No tuve ningún sueño.