Ricardo Gómez y Elena Rivera se despiden de Cuéntame cómo pasó, y lo hacen inspirándonos. Buenos días, buenas tardes y buenas noches.

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Me he pasado el último tercio del capítulo de Cuéntame de hoy llorando, o casi haciéndolo.
A veces solo casi, porque no ha buscado para nada la lágrima fácil, sino la emoción de los sentimientos verdaderos. Y a veces la pura maravilla, la inspiración para nuestro propio viaje por la vida, hacen que hasta en los momentos más tristes sientas Cuéntame cómo pasó como algo mucho más enriquecedor que la mera tristeza por la tristeza.
Me he visto reflejado en esos dos personajes, el de Carlos y el del marinero que sabe cosas que se saben por los años y las duras experiencias vividas. Y, entre ambos, el marinero que como Ulises es capaz de volver a Ítaca. A su amor. Al punto de partida.
Ha sido un capítulo enorme, como toda esta temporada, y, en realidad, como toda la serie. Si bien, quizá esta última temporada ha brillado aún más, si no como nunca. Una serie que tras 17 años y 19 temporadas no hace más que mejorar.
 
El capítulo y la temporada, y esperemos que no la serie, nunca la serie, se cierran de forma redonda, con ese momento de iluminación de Carlos, tocando el agua, sintiendo ese sueño recurrente que traspasa la cuarta pared, la de las cámaras y la de los sueños, encerrando toda la obra en un momento tan brillante que, si fuese el final, podríamos comprenderlo.
El plano final con las Torres Gemelas es una guiño además a ese momento en que se estrenó la serie, dos o tres días después de ser atacadas. Respecto a eso, una anécdota, o algo más que una anécdota: mi hermana celebró su viaje de boda yendo a Nueva York, en septiembre de 2001, y estuvo subida al mirador de la torre exactamente una semana antes de la tragedia. Con miedo, sin acercarse mucho a las ventanas, porque a ella le dan vértigo las alturas. Lo digo porque a veces algunos han criticado que Cuéntame dejó de ser creíble, de tantos altercados históricos en los que se meten los Alcántara; aunque ha sido esta una temporada muy buena, en el sentido de saber dotar de emociones fuertes a la serie, otra vez, quizá sin la necesidad de recurrir tanto a esos desmanes. Sin embargo, tampoco lo veo como algo tan criticable, si entendemos que los Alcántara, por muy realistas que puedan ser, son también ficción. Una ficción en la que nos vemos reflejados todos, de una forma u otra; en algún momento u otro de la historia. De nuestras historias. Todas ellas.

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Personalmente, me siento muy reflejado, en cosas puntuales, pero importantes, en el personaje de Carlos; siempre expuesto a un futuro incierto, y a vivir en esa incómoda frontera entre el amor a tu familia y la necesidad de escapar. Quizá fue ese el motivo por el que me fui de casa a los 22 años, entrando en la marina, en busca de aventuras y de un futuro que, a día de hoy, y que razón tenía ese marinero de 63 años, yo, a mis 43, aún no he alcanzado. Siempre con dudas, y con la necesidad de emprender nuevos proyectos. Porque huir hacia los sueños es una necesidad cuando la realidad de los días cotidianos no te satisface. Pues sin la perspectiva de verte desde fuera, la única aventura que merece la pena es la que puedes imaginar y escribir. O tocar y sentir. Por eso siempre estoy a caballo entre la literatura y la música. Y ha sido justo en el momento en el que Carlos descubría lo que realmente quería escribir, que durante el episodio de hoy me ha venido a la cabeza una idea que creo que es maravillosa para el cuento, (narración, novela…) cuya historia tengo en la cabeza estos días.
Cuéntame ha sido muchas veces distraída, muchas más emocionante, y en algunos momentos, como este, inspiradora.
 
Llevo siguiendo la serie, siempre que el trabajo me ha dejado, a veces viendo algún capítulo tiempo después, desde aquel primer episodio, de estos 348. Hoy los guionistas han escrito un episodio perfecto, en realidad, toda una temporada, para despedir a Ricardo Gómez y Elena Rivera. Hace un tiempo él nos anunciaba en Tuiter su adiós de la serie, con una imagen de Jim Carrey en el Show de Truman, despidiéndose en lo alto de las escaleras de su mundo de ficción (una ficción que era tan real y tan emocionante para tantos), después de que el director del programa, interpretado por Ed Harris, intentase convencerlo de seguir, de que, gracias a él, muchas personas eran felices. En el episodio de hoy, los guionistas han tenido el acierto de evocar, con otro guiño genial, aquel gif de Ricardo Gómez, no se si de manera intencionada o casual; porque lo cierto es que los paralelismos entre Cuéntame y El Show de Truman son evidentes.
Afortunadamente Cuéntame cómo pasó no es del todo igual al Show de Truman (también nos recuerda al cine de Richard Linklater, aunque la inspiración original de la serie fue la genial “sitcom”: Aquellos maravillosos años). Nuestra serie, porque es parte ya de nuestras vidas, y de nuestra historia, ha de seguir, porque da la sensación de que, con su nivel de guiones, actores y directores, puede darnos aún muchas cosas buenas, pese a que todos nos sintamos hoy un poco tristes, como los espectadores de El Show de Truman, el día que Truman salió por la puerta en lo alto de aquella escalera, en la que terminó su particular viaje por el océano, y se cortó la emisión. Pero al fin, satisfechos, contentos, por el valor de las emociones evocadas, y por la inspiración que esas historias encienden en nuestro interior.

 

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Crítica de Origin, la serie de ciencia ficción de YT Premium

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Tráiler oficial

La serie que es la apuesta más ambiciosa hasta ahora de YT Premium es una thriller de ciencia ficción lleno de lugares comunes: Lost, Alien, Passengers, Pandorum, Blade Runner o Starman son algunos de esos lugares,  en cuanto a lo cinematográfico. También hay algunas dosis del videojuego Mass Effect, aunque esto solo en pequeños detalles. Pero una de las referencias de la gran pantalla que más nos vienen a la cabeza al principio es, sin duda, Horizonte Final, (Event Horizont), de Paul W. S. Anderson, que no por casualidad dirige los dos primeros episodios. La serie, sin embargo, no es suya; está creada y escrita por Mika Watkins (joven escritora de rasgos asiáticos que ni siquiera tiene todavía entrada en la Wikipedia), y tiene a sus rostros más conocidos en los actores Natalia Tena (Juego de Tronos) y Tom Felton (Draco Malfoy en Harry Potter).
Los responsables de YT Premium tuvieron el acierto de respetar la idea original de Mika Watkins para la serie, una suerte de híbrido entre Lost y Alien (donde lo importante son las relaciones entre los personajes, sinergia que impulsa todo el drama), sin usarla de base para añadir otro tipo de ideas que pudieran engordar la espectacularidad de la apuesta, adulterándola.

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Y si hablo de acierto es porque Origin me ha parecido una maravilla. Siempre digo que soy de engancharme a pocas series, y es porque creo que es verdad. Este año me he visto Lost in Space y Maniac, de Netflix, la segunda temporada de Westworld, la primera temporada de Twin Peaks (sí, aún ahora, por primera vez), y Cobra Kai, la secuela del Karate Kid ochentero. Poco más que recuerde, o merezca la pena recordar. Y es que hay muy pocas series de fantasía y ciencia ficción que merezcan la pena. Muchas menos que libros; afortunadamente en este último aspecto estamos bien servidos hoy en día. Pero aún así son pocas las propuestas que tienen la fuerza y/o la suerte suficientes para terminar llegando a la pantalla. Y bien, es evidente que Origin es una de las pocas series que me han enganchado este año, aunque no venga propiamente de un libro. Pero lo parece. Podríamos pensar que tiene poco de original, esta serie de suspense espacial. Que es un pastiche de esas muchas otras cosas de las que hablo arriba. Pero estaríamos equivocándonos.  Sí, porque Origin tiene fuerza y personalidad propias. He leído alguna crítica (estúpida) en la que se acusa a la serie de falta de acción. Y si los que se frotan las manos al leer cosas como “Alien”, o “Event Horizont” y Paul W. S. Anderson, esperan delirantes dosis de truculencia espacial, les aviso ya de que no se llamen a engaño. Quizá no sea esta su serie.

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Origin es entretenida a un nivel magistral, manteniendo siempre el suspense, y lo hace sin romperse mucho la cabeza, basada en dos cosas casi únicas, a lo largo de todos sus diez episodios: los personajes y la nave. Una nave que es más casa encantada que nave espacial, aunque como tal nos regala unos decorados interiores que son de lo mejor nunca visto en un género en el que parece difícil poder seguir llamando la atención. Pero la estética de contrastes entre blancos y negros, salpicados por el rojo de las luces y la sangre, consigue encandilar desde el principio hasta el final. Por ella se mueven los personajes, despertados bruscamente del sueño espacial poco antes de llegar a Thea, su lugar de destino, un planeta habitable que orbita en torno a Próxima Centauri, la estrella más cercana a nuestro Sol. Pero un accidente los ha despertado antes de tiempo. Y en la nave no parece haber nadie más. Los conocemos histéricos, confundidos, presas del miedo a morir porque algo ha salido mal, y sin saber qué es ese algo. No, nada suena especialmente original, y seguramente Origin no sea una obra maestra, pero sabe mezclar todos los ingredientes que utiliza para crear una serie que se ve en dos días, tragándose un episodio detrás de otro sin apenas darse cuenta. Porque nos importa lo que le pase a esos personajes. Lo mejor es la interacción, no solo entre entre los personajes, sino entre estos y la nave, y los distintos elementos que dan forma a la serie: la idea de su destino, tan próximo, pero a la vez tan lejano; por el peligro que supone el ente del espacio que se ha colado por el casco en el accidente que los ha despertado, y que amenaza con matarlos a todos, porque necesita anfitriones vivos en los que alojarse, en simbiosis con sus cerebros, a los que roba sus recuerdos; recuerdos que vemos en forma de flash backs, y mediante los cuales somos testigos de las motivaciones de los distintos personajes para acabar formando parte de la expedición Origin, un viaje sin regreso al primer planeta extraterrestre habitable…

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En la serie el ente alienígena llega a la nave a través de una roca espacial, pero os aseguro que la serie estaba escrita antes de saber nada de “Oumuamua”.

Es gracias a los flash backs que nos vamos construyendo una imagen poliédrica de cada uno de los personajes, y que se crean armonías y contrastes entre su pasado y su presente, y es especialmente en los contrastes donde la serie se hace más genial, donde brilla más y nos hace desear haber seguido a todos ellos de una forma más detallada, en forma de novela.

Hay sangre; hay suspense, lógicamente, porque el alien habita en uno de ellos, y no sabemos quién es; y hay sustos… Pero la acción, sí, es minimalista. Y lo es porque no hace falta que haya más. La serie es perfecta como es. Sí, hay acción, por supuesto, pero solo la justa y necesaria, cuando la historia lo pide. Hay truculencia, y hay sustos, pero de nuevo, los justos. Y quizá eso hace que cuando los hay, especialmente una escena, lleguen a ser terroríficos. Pero por encima de todo es una serie de suspense espacial, y aún por encima de eso, una serie de ciencia ficción, y por eso, en ella tienen más importancia las relaciones humanas y las reflexiones acerca de nuestra humana condición, y nuestra forma de reaccionar, según la forma de ser de cada uno, ante situaciones límite, como puede ser despertarte antes de tiempo en un viaje al primer planeta nuevo, con un alien que se introduce en uno de tus compañeros, borrando poco a poco sus recuerdos, sin que tú sepas quién es. ¿Cómo reaccionar ante ese escenario? Quizá las respuestas estén, para estos personajes, en esos flash backs mediante los que vamos conociendo algo de su pasado, viéndolos de pronto  desde nuevas perspectivas, que nos harán cambiar radicalmente nuestro punto de vista; aunque el propio viaje hará que esas perspectivas vuelvan a cambiar, de forma aún más poderosa, a través de nuevas armonías, y, como digo, sobre todo contrastes. Y es que en ese contraste está la clave del clímax final de la primera temporada. En este sentido Origin es una serie moderna, una serie hecha para contar una historia a lo largo de diez episodios, con arcos de transformación satisfactorios y que concluyen. A pesar  de que, por supuesto, haya un gran gancho para la Segunda, gancho que se ve venir, pero que no importa, porque aquí solo se trata de un recurso para anunciar que habrá segunda temporada. Y espero que no tarde mucho en llegar. La verdad, me hubiera gustado haber pillado esta serie con varias temporadas ya hechas, para poder darme el placer de estar viendo ya la segunda, sin solución de continuidad. Y no solo porque me haya encantado cómo está narrada, al margen de cualquier otro elemento de ciencia ficción, sino porque la propia base de ciencia ficción de la historia, aunque quizá algo trillada, al ser imaginada para estos personajes, que ya no nos son desconocidos como al principio del viaje, se convierte en algo nuevo. Porque, si nos ponemos a pensarlo, nunca antes habíamos visto una serie sobre esto. Habíamos leído libros (o, como es mi caso, los tenemos en la lista de futuras lecturas), habíamos visto películas como Passengers o Pandorum o Alien o Event Horizont… Pero no exactamente nada como esto, y menos en formato de serie.

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Cuatro cositas que se me han quedado tras leer el ensayo de Tolkien “Sobre los cuentos de hadas”, y otros cuentos del Reino Peligroso.

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Si los elfos son una subcreación del ser humano (y Tolkien no está seguro de que lo sean, es decir, de que no estén ahí al margen de nosotros), y Dios (sea lo que sea Dios) creó al ser humano (y no tiene por qué ser la visión bíblica, sino que, yo creo, debemos entender a Dios como metáfora de lo inaprensible a la mente humana, como cura esencial de humildad), entonces, Dios creó a los elfos. Y la consecuencia de todo esto es que llegará un día en el que la realidad y el Reino de Fantasía se fusionen en una misma cosa. Mientras, solo una mente sana, que siga el método científico, podrá disfrutar, y, es más, necesitará de la existencia de los cuentos de hadas para poder tener una correcta perspectiva de las cosas de la realidad, y de nuestro lugar dentro del orden de las cosas, de forma que nos demos cuenta de que la realidad, y todo lo que contiene, no nos pertenece. Los cuentos de hadas responden a la profunda necesidad humana de explorar las infinitas posibilidades del tiempo y el espacio, así como a la necesidad de estar en comunión con otros seres, no necesariamente semejantes a nosotros. Son una bofetada en la cara del que por mor de la confianza, que tanto asco da, a todo le quita su misterio y su magia. Son un soplo de aire fresco a la realidad de todo cuanto nos rodea. Una droga del espíritu que nos permite ver lo viejo como nuevo.
Son evasión también, por supuesto, pero, ¿no es deber del que está preso, intentar escapar?

Por todo esto, los cuentos de hadas no están dirigidos a los niños (no más que el álgebra pensada como introducción a los niños, o las clases de inglés cantadas pensadas para los niños), sino a los adultos, y no pueden ser comprendidos por cualquier adulto, sin embargo, sino tan solo por aquellos libres de prejuicios, por las personas de esencia humilde, que afronten la realidad sin cinismo, con ilusión e inocencia hacia el misterio y la belleza de la Naturaleza.

Este ensayo del Maestro Tolkien sobre los cuentos de hadas y, podríamos decir, la importancia de la fantasía, es atrevido, visionario y transgresor. Dice cosas que yo hace tiempo que venía intuyendo por la conjunción en mi imaginación de muchas obras vividas, pero que leer de su pluma, de hace 50 años, hace que se te graben a fuego en el alma. Este libro, en general, es la semilla de todo lo mejor que escribió Michael Ende.
Que sí, no es decir poco. Este libro, en general, es la vuelta de tuerca de las ideas más ambiciosamente humanas de la ciencia ficción actual, un viaje a ese lugar donde las fronteras entre la ciencia ficción y la fantasía se desdibujan. Contiene la esencia de lo fantástico. Y además, de paso, da una lección a todos los imbéciles de este mundo.

El ensayo “Sobre los cuentos de hadas” viene recogido en los apéndices del libro que recopila los principales cuentos del autor inglés: “Cuentos desde el Reino Peligroso”. Entre ellos, me han gustado especialmente “Hoja de Niggle” y “El herrero de Wootton Mayor”; me han resultado especialmente memorables.
Baste con decir que creo con gran convencimiento, tras haberlos leído, que el primero fue la semilla de la que surgió Momo, de Michael Ende, y que del segundo, y esto es aún más evidente, nació la otra gran obra del genial escritor alemán afincado durante un tiempo en Italia: “La historia interminable”.
Hoja de Niggle lo escribió Tolkien a partir de un sueño que tuvo, en el que él era un pintor obsesionado con terminar de pintar toda su obra, centrada alrededor de un gran árbol al que iba añadiendo hojas hechas cada vez con más detalle, de tal modo que, por centrarse tanto en los detalles, quizá nunca conseguiría acabarla, cercado además por toda clase de deberes mundanos, que se interponían entre él y su obsesión por dar cabida en el lienzo a todo un bosque, una realidad insospechada que va surgiendo de ese solo árbol inicial.
En el cuento el propio pintor entra a formar parte de la obra a la que ha dado forma. Se trata de ese Otro Lugar, donde los vicios del pasado, las quejas sobre cosas que antes se hacían un mundo; en fin, el rencor, o la posesión, no tienen cabida: ” Se rieron. Se rieron, y las montañas resonaron con su risa”.
Es un cuento sobre la obsesión por terminar una obra, en consonancia con un Tolkien que entonces luchaba por dar forma publicable a “El Silmarillion”, algo que finalmente no consiguió, aunque su hijo, con ayuda de Guy Gavriel Kay, llegase a publicarla después de la muerte de su padre, aún sin una calidad literaria del todo a la altura. Pero acaso sea mucho más importante lo que Tolkien, más allá de la gran mitología que reinventa y que se recoge en “El Silmarillion”, nos cuenta en estos breves cuentos llegados desde “El Reino Peligroso”. Intuiciones profundas sobre la esencia de la realidad, ligadas a actos y emociones humanas sencillos.
Pero en su derecho estaba Christopher, hijo pequeño de Tolkien, que fue epistolar cómplice del avance de los capítulos de “El señor de los Anillos”, la más importante obra de fantasía nunca habida, tanto por su significación como por su calidad literaria, en cartas que le iba escribiendo su padre.
Y el Silmarillion sigue siendo de una importancia capital por lo que cuenta, aunque no por cómo lo cuenta. Para eso ya están “El Hobbit”, y, sobre todo, “El Señor de los Anillos”.

No es la primera vez, ni será la última, que me encuentro una opinión, o una reseña, que se queja del estilo literario de Tolkien. Quizá sea por la profunda y estrecha sensibilidad de la que está hecha mi inteligencia, por lo que no puedo comprender ese tipo de quejas. El estilo de Tolkien en El Señor de los Anillos” me parece perfecto. Esa obra es en gran medida la llave perdida que abrió la puerta de Fantasía a la gente de nuestro tiempo.

“Ancho, alto y profundo es el Reino Peligroso, y lleno todo el de cosas diversas: hay alli toda suerte de bestias y pajaros; mares sin riberas e incontables estrellas; belleza que embelesa y un peligro siempre presente; la alegria, lo mismo que la tristeza, son afiladas como espadas. Tal vez un hombre pueda sentirse dichoso de haber vagado por este reino, pero su misma plenitud y condicion arcana atan la lengua del viajero que desee describirlo. Y mientras esta en él le resulta peligroso hacer demasiadas preguntas, no vaya a ser que las puertas se cierren y desaparezcan la llaves.”

Extracto del ensayo “Sobre los cuentos de hadas”, de J. R. R. Tolkien.

Y qué gran frase, esa última: “Y mientras está en él le resulta peligroso hacer demasiadas preguntas, no vaya a ser que las puertas se cierren y desaparezcan las llaves”. Creo que es una alegoría contra el cinismo, contra el descreimiento, contra los que se creen que están del vuelta de todo, en esta realidad nuestra, y matan continuamente el misterio, porque se creen que lo saben y lo poseen ya todo, como el viejo cocinero Nokes, en Wootton Mayor.

A esta obra, claro está, no puedo darle nota alguna. Solo cabe decir que es lectura imprescindible para cualquier aspirante a cuentista que se precie.

Rosalía, ¿moda o trascendencia?

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Me he enterado de quién es Rosalía, realmente, este mismo mes. Tomé su existencia con el escepticismo con que siempre tomo lo que está de moda y en boca de todos. Siempre tengo algo de ese escepticismo hacia algo que triunfa siendo tan joven. Quizá podríamos decir que con la edad eso se convierta en algo de envidia: no haber tenido yo esas oportunidades, o resolución, o seguramente unas circunstancias vitales más propicias para saber lo que quería siendo tan joven. Aunque creo que no, porque el desconfiar de lo que está de moda es algo que me pasa desde mi más tierna infancia.
Pero sería estúpido insistir en oponerse a algo, cuando ese algo, más allá de que esté en boca de todos, por fin te cala en lo más hondo. Y me está pasando justo eso con alguno de sus temas.

Y me parece muy sensato por su parte que diga que en la música está todo inventado y que lo que importa es el contexto. Es algo que he escrito yo más de una vez, y de dos y de tres, en reflexiones en mi muro del feisbuk. Es cierto. Si tomamos un tema de heavy metal, otro de música clásica y otro de Enya, muchas veces lo único que los diferencia es su producción, su estilo. Porque esencialmente, son el mismo tipo de música. El truco está en cómo mezclas los ingredientes de forma novedosa. Paradójicamente, en música, la apariencia lo es prácticamente todo.

Yo empecé a tocar a los 17, y toda mi formación musical es autodidacta. Lo cual no importa, cuando no dejas que tu espíritu quede atrapado por la estupidez de lo que se toma como norma. Camilo Sesto, por ejemplo, no tenía formación musical.
Podría amargarme criticando un contexto histórico y educativo, cuando yo era niño y adolescente, en el que se ninguneaba la importancia de lo musical. Estoy bastante seguro de que habría sido un músico excepcional si hubiera tenido una formación musical temprana. Pero solo bastante, porque nunca se sabe. (Puede que al ser obligado a estudiar música, le hubiera cogido manía, aunque no creo). Al final empecé a tocar por necesidad, pasión, ganas de trascender la realidad de cada día por medio de la música, de igual modo, no es muy distinto para mí, que cuando leo o veo un libro o una película excepcionales, que me transportan hacia lugares nuevos y diferentes.
En fin, no conviene gastar el tiempo en inútiles quejas, sino en seguir hasta ver cumplido el sueño.

Sí que es cierto que, en un mundo tan intercomunicado y global, hay que estar muy atentos para separar el grano de la paja. Por eso mi escepticismo inicial, que ha sido parte siempre de mi forma de ser, desde niño, el desconfiar de lo que está de moda, incluso de lo que me aconsejan que vea o lea o escuche, si el hecho de terminar enamorándome del objeto de arte en cuestión no me sale de muy adentro, a través de un camino de descubrimiento personal.
También porque vivimos en un mundo que encumbra lo juvenil, y donde triunfa la belleza efímera de lo aparente. Donde lo políticamente correcto se moldea en distopía.
Por todo eso puedo entender que haya gente que haya hecho casi un leit motiv de tener manía a Rosalía. Pero no deja de ser algo casi ideológico, algo, por tanto, malo, y una gran equivocación.

A mí me ha bastado escuchar el tema Bagdag, de su último álbum, lejos del ruido mediático, simplemente la música y yo, para darme cuenta de que Rosalía no es algo aparente, ni solo el fruto de su belleza y oportunidad. Es algo más, lo que cualquier artista quiere comunicar, una belleza que no tiene que ver con edades ni apariencias, algo que se posee interiormente, y que sin embargo es más difícil hacer llegar a los demás cuando dejas atrás la belleza de la juventud.
Pero no hay que dejar de buscar lo auténtico por miedo a haber perdido la apariencia.
Por eso mi lucha conmigo mismo continúa. Y ya soy fan de Rosalía. Porque enseguida he entendido el espíritu electrónico que está en su música, y que no tiene tanto que ver con lo que suena, sino con cómo se le da forma. Una manera de entender el estudio de producción musical en sí mismo como un medio de expresión artística. Y no como un elemento mercadotécnico; que, pensar que en su caso es así, es la equivocación de muchos, respecto a esta artista.
Me encantaría ver a Rosalía colaborando en el disco Electronica 3, de Jean-Michel Jarre, junto a otros músicos, como Vangelis, Enya, Björk, Oldfield o Susanne Sundfor.

Reseña: “La Tierra Larga”, de Stephen Baxter y Terry Pratchet.

 

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Aclaro que esta reseña solo es del primer libro: La Tierra Larga. Es un libro que da gusto leer, que aúna con maestría las dosis justas de ciencia ficción, que es lo que es en esencia, con aventura y descubrimiento. Alejándose de otras propuestas más complicadas, los autores toman un tema a priori muy complejo y muy profundo, la idea de que vivimos inmersos en un multiverso, y nos la presentan de forma sencilla y amena, sin por ello renunciar a todas las cosas que hacen grande al género, con un estilo que nos hace evocar el de los libros de proto-ciencia ficción de Julio Verne.
Es la pluma de Baxter la que guía toda la obra, que a día de hoy, y si no sigue creciendo, (que creo que no lo hará), es una pentalogía de libros de alrededor de algo más de 400 páginas cada uno, y que han de leerse en este orden: “La Tierra Larga”, “La Guerra Larga”, “El Marte Largo”, “La Utopía Larga” y “El Cosmos Largo”.
Parece haber una clara simetría en el orden de los títulos, supongo que intencionada. La Tierra, el lugar de origen de la Humanidad; la guerra; Marte, un nuevo lugar para la Humanidad (y los posibles marcianos autóctonos que los protagonistas quizá se encuentren en uno de los Martes paralelos más alejados en el Marte Largo); Utopía, como concepto opuesto a la guerra; y Cosmos, el destino de la Humanidad.

Aunque es la mano de Báxter, ducho en la ciencia ficción, y con cierto toque asimoviano, la que en esencia escribe la obra, la idea original fue de Terry Pratchet, y, al menos en este primer volumen de la saga, podemos distinguir también el humor del genial autor del Mundo-Disco, que irradia en algunas partes. Pero si alguien creyó que “La Tierra Larga” no iba a ser una lectura esencialmente seria, por aquello de que es un mecanismo provisto de una patata el que permite por fin a los humanos adentrarse en los misterios de los mundos paralelos, he de decir que dicha -a priori- pintoresca elección se justifica plenamente en la trama.

Es, La Tierra Larga, una novela bien medida, con pocos personajes y papeles muy marcados, quizá siendo esta la única forma de aproximarse, desde lo sencillo, a la inmensa profundidad de lo que su fantasía sugiere. Y a través de esa sugerencia, maravillosa, se nos van soltando algunas reflexiones a cual más interesante acerca de la condición humana y nuestro lugar en el universo. Desde cosas que tienen que ver con la relación del ser humano con su entorno y con el valor del individuo frente a lo colectivo; pasando por la elucubración de lo que pasaría con la economía en un mundo donde de pronto el espacio ha dejado de ser un problema y el oro no vale nada, porque hay Tierras infinitas; hasta leves disquisiciones eminentemente científicas, sobre hechos como que la conciencia determina la realidad, según la física cuántica.

En la novela acompañamos a los protagonistas en un viaje de tintes juliovernianos, a través de mundos paralelos, cada vez más exóticos, en los que se sucederán sin tregua descubrimientos extraordinarios que llevarán continuamente a los personajes a la reflexión, a lo largo de capítulos cortos que se leen casi sin querer.

Hay una mezcla entre el pasado y el futuro, entre lo mítico y lo futurista, aunque no se trata de viajes en el tiempo, sino que todo se hilvana en el marco espacial de los universos paralelos, algo menos explotado en la ciencia ficción, y en lo que me atrevería a decir que esta saga sienta y sentará cátedra.

En fin, una lectura muy muy recomendable, que sería perfecta para llevar al cine; porque, de hecho, tiene un ritmo muy cinematográfico.

Están los cinco libros, todos, publicados en castellano, los primeros por Fantascy, los últimos por Plaza Y Janes, respetando el formato. Tapa blanda con solapas. Las mismas portadas que en inglés. Este primero está muy bien traducido, y apenas he encontrado una sola errata en todo el libro.

Mi puntuación: 4,5 sobre 5.

 

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Crítica de First Man, la primera película en la Luna: Un viaje entre lo intimista y lo épico.

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En 2019 se cumplen 50 años de la llegada del ser humano a nuestro satélite. Es una cifra imponente y redonda, ese medio siglo, que sin duda reavivará la gesta, más que nunca ahora, cuando la NASA ha anunciado su firme intención de regresar a la Luna en la próxima década, tanto a su superficie como estableciendo una nueva estación espacial que sustituya a la actual, pero ubicada esta vez en órbita selenita.

Podríamos hablar de las cosas que hacen flaquear la fe en la humanidad, pese a que esta consiguiese un logro tan alunizante (no he podido evitarlo) que una buena parte de ella (como muestra un Casillas, y todos los lerdos que estuvieron de acuerdo con él), sigue sin creer que pisásemos la nívea e imposible superficie de la Luna; quizá porque para ellos, ese astro, ese lugar, pertenece a otra realidad, la del cielo, en un marco de existencia diferente al de esta tierra firme, y plana, nuestra.
Ironías y estúpidas teorías conspiranoicas aparte, que llegamos allí es indudable, salvo severos problemas mentales de diversa índole. No se hizo más que aplicar leyes de la física descubiertas tres siglos atrás por Isaac Newton, en un tour de force que llevó al límite la tecnología del siglo XX, gracias a una Carrera Espacial que fue la mejor carrera que haya podido librar nunca la especie humana; una carrera en la que tecnologías desarrolladas en guerras terribles se usaron y mejoraron para un fin diferente: el de la exploración del espacio. La nueva frontera. La única frontera. Y no simplemente por el hecho de explorar, como dice Neil Armstrong en un momento de la película, sino porque ese es nuestro deber, saber a dónde pertenecemos, cuál es nuestro lugar en el universo.

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First Man no es una película del todo políticamente correcta para este mundo de distopía imbécil que estamos construyendo. Empezando por el título. Que sí, es evidente que se refiere a la humanidad en general, por mucho que Armstrong fuese un man. Las virtudes de lo que emana de esta película están por encima de géneros. No hace mucho se estrenó otra película, Figuras Ocultas, que reivindicaba el rol fundamental de las mujeres cuyos cálculos ayudaron a que la carrera espacial fuese posible. Una carrera que ha tenido la virtud de saber apoyarse sobre las mujeres tanto como sobre los hombres, ocupando estas roles cada vez más destacados también en la parte protagonista, hasta el punto de que fueron estas empresas increíbles del pasado las que permitirán que un día no muy lejano podamos ver una película que se titule First Woman. Porque quizá sea una mujer la primera en pisar de nuevo la Luna, o, quizá… Marte.

Hablo de esto porque me consta que para la crítica norteamericana First Man ha sido tratada casi como de obra maestra, y la europea ha sido en cambio bastante más tibia con la película, siendo algo negativo, para esos críticos más escépticos con esta absoluta maravilla audiovisual espacial y humana, el trato que se da en la película a Janet Shearon (interpretada por Claire Foy), esposa del astronauta. Porque hay quienes dicen, pretendiendo ser muy políticamente correctos, que se limita a ejercer el rol de correcta y sufrida madre. Pero es que esta película es un biopic de Neil Armstrong. Y por supuesto, sí que es Janet Shearon parte esencial del viaje del astronauta. La película recoge de forma magistral esa importancia de Shearon en el guión. Y es plasmada de forma maravillosa.

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First Man debería ser una película que pongan a los adolescentes en los colegios de todo el mundo. Es una película que nos reconcilia con nosotros mismos y con la humanidad, en medio de la crisis de identidad que sufre el mundo (consecuencia directa de la última gran Crisis económica a escala global, y de esta imbécil cruzada contra lo científico, propia de una mentalidad aislacionista y medievalista de un mundo donde ahora los Estados Unidos son gobernados por Trump, y todo tipo de populistas se alzan al poder en otros rincones del planeta). Nos reconcilia con lo que como especie y como individuos somos capaces de alcanzar. Y no es algo que yo escriba aquí porque sí. Es algo que sentí mientras veía la película. En ella palpitan sentimientos esenciales profundos, sobre la psique y la condición humana. Hay una gran pena latente durante toda la película, indisociable del deber del protagonista de hacer lo correcto. Es en gran medida por esa pena por lo que se lanza en una carrera incierta hacia una muerte apenas esquivada, que no deja de dar guadañazos durante todo el film. Es la catarsis que insufla en Armstrong el deseo de seguir luchando.

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En esto, la película, tanto por la profunda pena que subyace a lo largo de ella, como por la forma en que esta es tratada, recuerda mucho a El Árbol de la Vida, de Terrence Malick. Pero recuerda aún más a esos otros grandes referentes del género, no de la carrera espacial, donde First Man es tan buena que hace palidecer a cualquier película jamás hecha hasta ahora, sino de la ciencia ficción más profunda y rigurosa, con la que esta nueva película del director de La la land está más hermanada, tanto por su lenguaje cinematográfico como por su filosofía (pues ¿no están la buena ciencia ficción y la ciencia y tecnología de nuestro tiempo profundamente vinculadas, como dirían, y con razón, Carl Sagan, o James Cameron?)

Así, tenemos bellas y provocativas referencias directamente buscadas a 2001, que destilan de la grandiosidad de ciertas escenas, de los golpes de sonido que encabalgan planos entre sí. Es un tipo de cine que ha moldeado en nuestra psique colectiva el lenguaje del buen cine espacial, algo que en cierto modo inventó el genio de Kubrick, y que Damien Chazelle sabe imitar con elegancia  de la mano de la maravillosa música de Justin Hurwitz (que también fue el compositor de la no menos mágica La la land). Y también Interstellar está ahí. Quizá a algunos extrañe que ponga juntas estas tres, siendo dos de ellas de ciencia ficción, y esta otra la narración de hechos reales. Pero para mí las tres forman parte de una misma cosa. De la cosa humana.

Hay diferentes secuencias que ayer, viendo la película, me dejaron completamente maravillado. Una de ellas es cuando los tres astronautas puestos allí, bien porque era su destino, bien por una serie de catastróficas desdichas, Neil Armstrong, Buzz Aldrin y Michael Collins, van a entrar en el módulo, en la cúspide del cohete. Es ahí donde en otras películas menos serias y trascendentes el director se contenta con darnos la típica escena en la que los tres héroes van desfilando con su heroica pose a través del pasillo que los conducirá a su glorioso destino. Pero aquí no hay nada de eso. En First Man no hay héroes. Hay víctimas. Seres humanos normales, con sus virtudes y sus defectos, puestos ahí, como digo, por el destino o sus propias desdichas, que más que a la gloria parece que se dirigen al patíbulo.
Pero a lo que quería referirme es al ascenso. El ascenso hacia el cohete, ese viaje hacia lo alto del mastodóntico propulsor, que parece no terminar nunca. Es una escena que me movió a la reflexión profunda y visceral, mientras la veía, más sensación que otra cosa. Porque a medida que asciende el ascensor por la torre adyacente, el cohete pasa ante sus ojos, interminable, y en él, como una revelación, las letras, una a una: United States… Y lo que en otra película habría sido fácil orgullo patriótico, aquí se convierte en sorpresa. En humildad. En miedo. En la osadía de que un único país, con tan poca historia a sus espaldas, tenga su nombre escrito en semejante y gigantesco artefacto. Y además, a la vez, la película te hace sentir como ninguna otra jamás hecha todas las penurias por las que atraviesan los astronautas. Me hizo sentir la locura de levantarse un día de la cama diciéndote, joder… hoy voy a la luna. Con la misma especie de sensación de inquietud e incertidumbre que todos podemos afrontar algunas veces, cuando tenemos que llevar a cabo un viaje o empresa que son un deber, aunque mucho más mundanos. Y es que First Man, en última instancia, no va sobre astronautas y héroes. Va sobre lo que nos hace humanos.

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Hay otros momentos grandiosos: el despegue del cohete, desde la distancia; la forma en que por un momento sentimos la Luna, más de cerca de lo que nunca cualquier otra obra audiovisual haya podido conseguirlo. Si bien para eso es casi imprescindible ver la película en el cine.

Sobre una de las cosas que hace Armstrong en la Luna que más nos llaman la atención, y que nos deja preguntándonos si de verdad sucedió, solo decir que la película se basa fielmente en la biografía oficial del astronauta, y que en dicha biografía se da por hecho que, si no exactamente igual, algo muy parecido seguramente sí hizo Neil Armstrong.

No falta el recuerdo del discurso de Kennedy, aquel inspirado orador que desde su púlpito impulsó al ser humano a la Luna. Viendo la película, y si no lo habíamos hecho ya, no podemos más que entender las razones para llevar a cabo una empresa tan temeraria, que costó tanto esfuerzo, tantas vidas y tanto dinero. Durante algunas escenas desfilan ante nosotros por la pantalla las posturas más críticas hacia el viaje a la Luna, el porqué de semejante dispendio, en un país y un mundo donde la pobreza son parte de nuestra imperfecta forma de vida. Para los que aún no lo entiendan, se me antoja imprescindible que lean esto.

Para hacernos una idea de la forma de ser de Neil Armstrong, muchos años después, unos pocos antes de su muerte, copipasteo esta anécdota, contada por el escritor Neil Gaiman:

“Estaba en una convención de tres días rodeado de artistas y científicos, encogido entre tanta eminencia, cuando me encontré a Neil Armstrong. El primer hombre que pisó la luna era discreto y calmado y estaba al final de la sala sin molestar a nadie cuando me acerqué . Conversamos y Armstrong terminó por hacerme una confesión; levantó un dedo, apuntó hacia la sala y dijo: “Veo a todas estas personas y pienso: ‘¿Qué demonios estoy haciendo aquí?’. Todos ellos han realizado cosas asombrosas. Yo simplemente fui adonde me enviaron”. Me quedé sorprendido y le respondí: “Sí, pero tú fuiste el primer hombre en llegar a la Luna, y eso tiene su importancia”.

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Después de la forma en que Damien Chazelle consigue hacernos sentir en First Man la angustia de todos los peores momentos que tuvo que superar Armstrong (interpetado por un Ryan Gosling correctísimo), esta anécdota es de lo más ilustrativa sobre su forma de ser.  Ya que al final, pese a todo lo humana que es la película, o quizá justo por ello, Armstrong, Aldrin, Collins, y todos los demás, nos parecen super hombres. Aunque quizá, al fin, se trata de lo que podemos ser, hacer, cada uno de nosotros, si nos lo proponemos.

Como decía al principio, el año que viene se cumplen 50 años de aquella increíble gesta; tan increíble que aún tantos no la creen. Pobres. No son capaces de sentir la verdadera maravilla que significa ser humano. Pero películas como First Man están aquí para recordarnos esas sensaciones, esos sentimientos.

 
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Y recordemos que Buzz Aldrin y Michael Collins aún siguen entre nosotros. Recordad que aún vive uno de los dos primeros hombres que pisó la Luna. Recordad emocionados cuando ya no esté, por todo lo que fueron capaces de hacer aquellos hombres, guiados por ordenadores menos potentes que una calculadora de bolsillo de hoy en día. Y volveremos a hacerlo, inspirados por las mejores cosas que nos hacen humanos. Porque, si queremos tener un futuro, dejar esta enferma Tierra nuestra para que se recupere de nuestros propios actos, y no perecer así en ella, no nos quedará otro remedio que salir ahí fuera. Y a eso se refiere Armstrong, cuando le preguntan en la entrevista de las pruebas de selección para la misión Apolo: ¿Qué significa para ti viajar a la Luna? Pero no insistiré más sobre lo que contestó. Mejor que lo vean.

 

Porque esta imagen lo cambió todo… La conciencia de nosotros mismos, de nuestro pequeño y frágil hogar en la inmensidad del espacio. Por eso fueron a la Luna. A eso se refería Neil Armstrong.

 

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En fin, First Man es una de las mejores películas que he tenido la suerte de ver en toda mi vida. Parece mentira que hayan tenido que pasar casi 50 años para que una película le hiciese justicia a aquella colosal aventura humana.

Y aunque esto quizá lo señale algún día el genial Jaime Altozano en su canal de YT, me gustaría terminar hablando de esa maravillosa banda sonora de Justin Hurwitz. De cómo el triste y precioso motivo musical que ilustra el dolor por la tempranísima pérdida de su hija, contada al comenzar la película, es el mismo que se despliega, de forma más grandiosa, cuando por fin  llegan a la Luna. Y la historia se cierra de forma redonda. De una forma hermosa, trágica, y profundamente triste. La catarsis ha dado el valor, la necesidad, a Armstrong, para enfrentarse a todos los desafíos, varias veces a punto de morir, como murieron otros, en su camino a la Luna, y, pese a todo, triunfar.

Crítica de Cobra Kay, la serie de YouTube Premium, continuación de Karate Kid.

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Youtube se unió a esta nueva forma de ver cine y series que ha supuesto el “streaming”, palabra que cuando se traduce queda mucho menos “chic”: transmisión. Ver cosas por transmisión. ¿Qué era entonces lo que hacíamos antes? Es la filosofía del consumo lo que cambia, claro, y eso es lo que importa. Ahora el espectador puede elegir qué ver, cómo y cuándo, entre una oferta inacabable de series y películas. Es la calidad la que termina por llamar la atención entre tanta oferta, y a Cobra Kay no le falta esa calidad. Una serie que nos ha cogido por sorpresa a todos. Al menos yo jamás vi venir que alguien hiciese una serie contando las andanzas vitales de los que fueran los protagonistas de una de las películas más emblemáticas de la cultura pop ochentera.
Cobra Kay se anuncia como comedia dramática, y aunque tiene algún que otro golpe de gracia, podría describirse con más acierto como un drama desenfadado.
Cobra Kay sorprende quizá por la perspectiva que toma, una inversión copernicana de los parámetros por los que nos movíamos en aquella película ochentera, en la que los buenos eran los buenos y los malos los malos… casi siempre. Quizá los guionistas se imaginaron cómo sería la vida de Johnny, interpretado por el mismo actor de la película ochentera, un descubrimiento en su madurez, el rubio William Zabka, al que me encantaría ver en algún papel de las futuras películas de Star Wars o BladeRunner. Casi todo el peso de la serie, al menos a lo largo de esta primera temporada, y a pesar de que como estrella se presente a Ralph Macchio, recae sobre el sensei de la nueva escuela de karate, Cobra Kai.

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Los capítulos se suceden de forma rápida, diez para esta primera temporada (ya confirmada la segunda para 2019), con apenas media hora de duración, y son una delicia de ver para cualquiera de los que nos entusiasmamos de pequeños, viendo las películas originales. (Huelga decir que esta serie rescata el interés en aquellas películas y deslegitima en gran medida el remake protagonizado por el hijo de Will Smith). En ellos se tratan los temas típicos de moda en casi cualquier serie juvenil de hoy en día, de forma amena y entretenida, con el karate y los recuerdos que estructuran las vidas de Larusso y su otrora y ahora rival, el rubio Johnny Lawrence, como hilo conductor, que se va entretejiendo en un tapiz en el que los hijos de los viejos rivales forman ahora parte de la historia, con sus sempiternos problemas sociales y sentimentales. Un nuevo ciclo.
La gran virtud de la serie, y sin la cual seguramente no habría tenido razón de ser, es esa inversión copernicana de la que hablaba más arriba. Hasta el punto de que durante toda la serie no sabes quiénes son los buenos y quiénes los malos. Para el mundo de nuestro tiempo, Karate Kid se viste de grises, con un matiz mucho más realista. Cada espectador podrá sacar su propia conclusión. Los que al principio parecen buenos luego no lo son tanto, y los que parecen malos… bueno, ídem. Y eso es lo que  hace verdaderamente genial y entretenida a Cobra Kay. Imaginaos que vemos una serie de Star Wars en la que el protagonista es un imperial, que hace cosas que sabemos que están mal, a pesar de que nos caiga bien, porque somos testigos de las dificultades que vive.

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Quizá la esencia subyace, y  palpita por debajo de las apariencias, en la posible redención del padre fracasado que es ahora Lawrence, en la vida aparentemente perfecta, pero no tanto, del triunfador Larusso. No faltan los guiños al pasado, el rescate de la maravillosa y emotiva música de Bill Conti de las películas originales, el recuerdo a Pat Morita, ni, sobre todo, esa filosofía que se contrapone a la idea de que vivimos en un mundo donde hace falta ser malo para triunfar. ¿Hace falta?
Cobra Kai, como Karate Kid, no va sobre karate, va sobre la Fuerza.
Es un tema universal que tiene mucho que ver con la filosofía de los Jedi de Star Wars, en la que George Lucas ya había rescatado la esencia de la espiritualidad samurai que destiló luego Karate Kid, y ahora también Cobra Kay.
Por cierto, hay sorpresita al final, de cara a la segunda temporada.

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Aunque ya había escuchado hablar de esta serie, y me llamó bastante la atención, cuando se estrenó en mayo, me he enganchado a ella buscando noticias sobre la serie de ciencia ficción Origins, de inminente estreno en el canal de YT. Los dos primeros episodios de Cobra Kay son gratuitos. Si quieres ver más tienes que suscribirte, con una oferta muy al estilo de Netflix, con el primer mes gratuito, y todo eso. Con la ventaja, eso sí, de que mientras estés suscrito, TODO vídeo que veas en YT, cualquier vídeo “no profesional” de los que sube la “gente normal” estará exento de cualquier tipo de publicidad. Además la suscripción incluye YT music, que no sé muy bien de qué va, porque no lo he probado.

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Reseña: “Estación Central”, de Lavie Tidhar.

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Antes de empezar su lectura, las críticas a este libro me dieron una impresión en principio un tanto equivocada, como de estar ante algo más de corte social que de ciencia ficción, no sé si algo intencionado para dotar a la obra de un aire más atrayente para todo tipo de lectores no especialmente atraídos por la ciencia ficción.

Pero no. “Estación Central” es ciencia ficción pura, un continuo fluir de ideas fantásticas a cual más excitante, no por nuevas, sino por la forma en que el autor las va desgranando a un ritmo incansable, y dentro de un contexto en el que sí da la sensación, cuando empezamos a leer la historia, de que nos estamos internando en una obra de corte más “puramente literario” (a mí al principio me recordó a “Esas nubes que pasan”, de Camilo Jose Cela), que de género. Es quizá por eso que el aluvión de fantasía futurista con que el autor nos baña, apenas superadas esas primeras páginas quizá algo engañosas, nos sorprende aún más. Porque no teníamos la sensación de estar ante un libro tan de ciencia ficción; y este lo es tanto o más que ninguno que yo haya leído. Por las páginas desfilan ingredientes todos ellos propios de una saga como las novelas de James S. A. Corey en las que se basa la magnífica serie The Expanse, si bien desde una perspectiva no tan épica, sin las limitaciones que nacen de la necesidad de ir alimentando con la dosis justa de información al lector, porque aquí se trata de una novela autoconclusiva, de apenas trescientas páginas. Y todo está mucho más condensado.

Tidhar brilla a la hora de juntar todos esos elementos de ciencia ficción con historias tradicionales, casi mundanas, que parecen más sacadas de una obra de Camilo Jose Cela, ambientada aquí en paisajes basados en la experiencia real del escritor en Israel; y no es que no haya casi una sola página en la que no suelte una idea que podría servir por si sola para escribir toda una novela de ciencia ficción.
Más que de ideas nuevas,  que no haya leído antes en algún otro contexto u obra, se trata de la forma en que junta todos los ingredientes, que hace que todo parezca más original, sobre todo cuando tiene el gran acierto de rescatar y añadir a la mezcla elementos de la novela gótica por antonomasia, Drácula, y otras obras afines, para explicar las fantasías científicas que sufren algunos de los protagonistas (todos ellos muy bien dibujados a través de diferentes momentos en sus historias, que se engranan a la perfección entre sí).

Es la historia de Carmel y el librero la que más me ha cautivado, en concreto esta particularísima vampira, cruce entre lo gótico y lo cyberpunk, con la que el autor sabe destacar dentro de este nuevo campo que se abre para la ciencia ficción y la fantasía de nuestros días, en el que las fronteras entre los géneros son cada vez más difusas. Es al contarnos la historia de Carmel cuando Tidhar más se aleja de los paisajes de su tierra ancestral, que esboza bien a lo largo de “Estación Central”, convirtiendo esa apacible lectura costumbrista que amenaza a veces con echar por tierra todo interés que yo pudiera tener en esta obra, de haberse detenido demasiado (no lo hace) en esas formas y lugares, en un relato que haría palidecer de envidia al Ridley Scott de Alien. Pero es seguramente el extraño y constante contraste entre ese costumbrismo y el futuro que dibuja, tan diferente a todo cuanto forma parte de nuestra experiencia cotidiana, lo que potencia la sensación de maravilla de esta novela.
Tidhar toma artefactos tecnológicos de nuestro tiempo, cosas que nos rodean ya hoy en día, y especula con ellos, estirándolos hasta deformar nuestro mundo y convertirlo en una historia que bien podría servir de base metafísica para explicar mundos de fantasía tan vastos como el de “Canción de Hielo y Fuego”, de George R. R. Martin; aunque su estilo se acerca más al Philip K. Dick de “Sueñan las ovejas (…)” y a cosas de Ray Bradbury y Kim Stanley Robinson.
Y de pronto, después de tantas maravillas esbozadas, y tan fuertemente contrastadas, la novela termina perdiendo fuelle poco a poco, o esa es la sensación que me ha dejado a mí, como la de una canción prodigiosa que termina con un “fade out”, con su volumen diluyéndose en el silencio, como sin querer hacer mucho ruido, después de toda la amalgama de sensaciones fantásticas que ha dejado tras de sí. Una novela, definitivamente, donde, a pesar de todo, lo humano es lo que queda.

La novela la publica Alethé, y se trata de una edición en rústica con solapas, bastante chula, y de buena calidad. Solo me he topado con un par de erratas algo importantes (un par de preposiciones mal colocadas), y poco más. Me ha dejado con la sensación de ser una obra muy bien traducida.

Le doy un 4,5 sobre 5.

Se filtra Flying Totems, el que a todas luces será el primer single de Equinoxe Infinity, el inminente nuevo álbum de Jean-Michel Jarre.

 

Bueno… todo parece indicar que ese tema que parece haberse filtrado del próximo álbum de Jean-Michel Jarre, el Equinoxe Infinity, es el tema que lleva por título Flying Totems, y que es el segundo movimiento de ese álbum, y que es efectivamente suyo.
Y de no serlo, desearía con todas mis fuerzas que sí lo fuese… Porque es maravilloso.

Llevo 25 años esperando a que Jarre publicase un tema como este. Desde que el álbum Chronologie fue con el que se sacó de la chistera su primera gran gira europea, una gira de proporciones colosales por las ciudades europeas más ricas en cultura. Era un montaje de grandes pantallas verticales que semejaban el skyline de una ciudad, en las que proyectaba imágenes, formas láser y colores, como grafitis perpetrados por un travieso viajero de otro mundo.

Yo tuve la inmensa suerte de estar en Santiago, en el monte do Gozo, en aquella fresca y lunar noche de otoño del 93, el año de mi mayoría de edad, un concierto, una noche, un día entero cuyas sensaciones se han fundido para siempre en mis recuerdos con la idea de lo que es la felicidad. Ha habido otros momentos casi tan felices en mi vida, y creo que casi todos ellos asociados a la música. Pero ninguno tanto como aquél.
Y es que, con este nuevo tema, Jarre, después de más de una década de sequía musical, de su regreso a través de un álbum de colaboraciones y de la producción de la tercera entrega de su mítico álbum conceptual Oxygene, tiene licencia para sonar de nuevo a él mismo, a música electrónica pura, de la buena, de la mejor; en la que sonido, melodía y sensaciones rescatan toda una época, aunque más que un tiempo es un sentimiento, una forma de concebir lo musical, que es capaz de expresar como muy, muy pocos… y entre esos muy pocos, Vangelis, por lo que no es casual que Flying Totems recuerde un poco al griego.
Tampoco es forzado, para nada. Pues recuerdo cuando estaba descubriendo la discografía del francés (¡cuánto sexo!) y pensaba que el tema de los títulos finales de Bladerunner era suyo. Pero no… era de Vangelis, aunque esa misma sucesión de notas estaba ya en Oxygene 2, y volvería a estar en Oxygene 7. Ambos músicos son para mí y para muchos la quintaesencia de la música electrónica que ha dado luz y color, sentido, a nuestras vidas. Y es natural que este segundo movimiento del inminente trabajo Equinoxe Infinity suene como una suerte de cruce entre Equinoxe 5 y aquellos end titles de Bladerunner. No solo natural. Es simplemente maravilloso. Hay también algo de la inspiración que podría haber sido para el sintesista de Lyon la película Bladerunner 2049, en la que las cositas que hemos escuchado hasta ahora de este nuevo álbum calarían mejor como banda sonora que la propiamente original de aquel film. Una banda sonora que se le encomendó a Hans Zimmer después de pasar por otras manos, y que no es ni de lejos tan buena como la de Vangelis para la Bladerunner original, igual que tampoco lo es la película entera.

Que nadie que ame o haya amado la música de Jarre deje de sentirlo… A mí, particularmente, Flying Totems me suena a una lunar noche de otoño del 93… y no es nostalgia por un tiempo perdido, sino amor por un concepto inmortal. Algo que nunca se había ido del todo. Es por eso que el tema recuerda a algo de sus primeros álbumes de éxito, pero también al Oxygene 3 (las partes 17 y 19), a su gran labor con el Electronica, así como a sus producciones de entre finales de los 80 y principios de los 90. Es Jarre. Intemporal.

Por eso pienso que si a algún fan de Jarre no le gusta este tema es síntoma de que tiene un cacao mental importante.

Jean-Michel Jarre, Equinoxe Infinity: Los vigías de las fronteras de los sueños.

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El maestro de los sintetizadores, Jean-Michel Jarre (si yo y muchos otros hacemos música hoy en día es por su inspiración e influencia), está que no para últimamente.
Jarre volvió en 2015, después de un parón en su creatividad de algo más de una década, que se inició cuando empezó el nuevo siglo. El que fuese uno de los principales pioneros de la música electrónica, y posiblemente el que mejor supo integrar la vertiente experimental de los primeros sintetizadores y todo tipo de nuevas tecnologías musicales con la música clásica y la popular, pionero también del concepto world music, perdió su papel preponderante, superado por nuevos y pujantes artistas, aunque ninguno de ellos alcanzase las cotas a las que llegó con la electrónica el francés de Lyon.

Pero de forma estudiada, paciente e inteligente Jarre supo reinventarse a sí mismo a mediados de la década actual, con un álbum gestado durante años, de colaboraciones con muchos de esos artistas que lo estaban superando. Supo impregnarse de sus estilos diversos y hacerlos suyos, sin renunciar a su propio impronta musical.

Y así el pionero volvió, para seguir formando parte de ese futuro que él mismo había ayudado a imaginar con su música, del mismo modo que otros, como Arthur C. Clarke y Stanley Kubrick ayudaron a hacerlo con sus libros y sus películas.

Aquel álbum, Electrónica, se publicó en dos partes, entre 2015 y 2016, y demostró que Jarre, con casi 70 años, los cuales acaba de cumplir, volvía con más ánimo que nunca. A finales de 2016 se publicó también la tercera parte de su opera prima en cuanto a popularidad, Oxygene.
Y este año 2018, sin apenas parar de haber estado de gira por medio mundo, Jarre vuelve con un cuádruple album recopilatorio muy especial, en el que rescata lo mejor de su carrera, para celebrar sus 50 años en la música.

Fue otro recopilatorio, Images, en 1991, el que me enamoró para siempre de la música de Jean Michel Jarre, e hizo que yo por fin considerase la industria discográfica como algo afín al amor por la música. Pues aquel Images, en cassette primero, fue el primer álbum que me compré nunca, y tenía ya 16 años.

Mañana presenta el francés esta música de toda su vida en el planetario de Hamburgo, un entorno sin igual para un músico cuya carrera siempre ha estado impregnada de ciencia y humanismo. No en vano hace poco tiempo fue premiado con la medalla del recientemente ido Stephen Hawking.
https://www.lavanguardia.com/ciencia/fisica-espacio/20170621/423538962481/the-big-bang-theory-gana-la-medalla-stephen-hawking.html

El músico francés es hoy doblemente noticia porque acaba de sorprendernos con el anuncio de un nuevo álbum con música nueva, Equinoxe Infinity, con el que celebra los 40 años de la publicación de Equinoxe, el que para muchos de sus seguidores, entre los que me incluyo, es su mejor álbum.

Equinoxe Infinity no es tanto una reedición, ni siquiera una continuación del Equinoxe original, sino más bien un álbum inspirado en la historia de la inteligencia artificial, y que tiene más que ver con la obra del genial artista visual Michel Granger que sirvió de portada de aquel Equinoxe que marcó el camino de la música hacia un futuro tan incierto como apasionante.

La portada del álbum será doble esta vez y presentará dos versiones alternativas del futuro humano. Una en la que la humanidad se ha integrado con la inteligente artificial de forma pacífica y otra en la que la humanidad está siendo destruida por su propia invención. En ambas aparecen los mismos “watchers” que representan a esas máquinas que nos vigilan desde el futuro (y que según como se miren parecen también pingüinos), en una espectacular reinvención en forma de esculturas que recuerdan a los moais.
Cuando se compre el álbum por Internet este será descargado o enviado con una u otra portada, de forma aleatoria.

Equinoxe Infinity, que se publica en noviembre de este año (el recopilatorio Planet Jarre ve la luz mañana 14 de septiembre) tiene estos sugerentes títulos en su tracklist…

The Watchers… movement 1… 2,57
Flying totems… movement 2… 3,53
Robots don’t cry… movement 3… 5,44
All that you leave behind… movement 4… 4,00
If the wind could speak… movement 5… 1,32
Infinity… movement 6… 4,13
Machines are learning… movement 7… 2,07
The opening… movement 8… 4,16
Don’t look back… movement 9… 3,35
Equinoxe Infinity… movement 10… 7,32

En el itunes japonés se puede escuchar ya un fragmento del primer tema. Particularmente me encanta. Da la sensación de que Jarre pretende reconciliarse con los fans que renegaron de él con Electronica y buscaban su estilo más clásico. Además el álbum incluye una pista 11 continuos mix, en la mejor tradición de sus suites electrónicas.

En cualquier caso, no es que no haya unos 20 temas que me parecen magistrales en Electronica; incluso diré que Oxygene 3 me gusta más que el 2 (7-13), pero da la sensación de que este Equinoxe Infinity puede ser lo que muchos fans de Jarre llevan largos años esperando. Sin embargo, pienso que nadie debe llamarse a engaño. El Jarre de hoy no es el mismo que el de hace 40 años, y su música tampoco lo será. Querer escuchar un nuevo Equinoxe se antoja una pretensión tan inabordable como la de los fans recalcitrantes de Star Wars, nunca contentos con cada nueva película, siempre viviendo en el pasado, aunque se supone que aman el futuro.

El fragmento tiene aires vangelianos.

Y es que el griego Vangelis ha sido otro de los grandes pioneros de la música electrónica cuya carrera siempre ha estado ligada a la ciencia y la astronomía.

https://itunes.apple.com/jp/album/equinoxe-infinity/1435149472