Trilogía de los Singulares. Libro I, Soles extraños. Segunda Parte.

Capítulo 9

      «¿Qué lugar es este?», pensó, en la semioscuridad de la noche iluminada por aquellos astros imposibles. 

     Se dio cuenta de que una parte de ella aún esperaba escuchar otra vez la voz de Hapola, para que la guiase. Pero Hapola ya no estaba allí. Tampoco el cuerpo de quien ella había sido. Por si todo lo anterior que le había sucedido no fuese suficiente, Wini, una vez un ser humano, uno de los miles de millones de habitantes del siglo XXII en el sistema solar, era ahora una mujer hormiga perdida en un mundo desconocido. Casi no había tenido tiempo de pensar sobre la locura de vivir atrapada en aquel cuerpo, durante su huida de Aldruthcia. Y ya no estaba segura de que hubiesen hecho lo correcto al atravesar aquella puerta. Todo parecía volverse cada vez más extraño, una huida hacia adelante sin nada a lo que aferrarse. «Estupendo. Oh, vaya, sí… Es todo estupendo».

          —Quizá sí estemos en el metaverso, después de todo —dijo, sin ser apenas consciente de lo que decía. Se le había ocurrido de pronto.

          —¿Perdona, qué? —Exclamó Ekarón.

          —Nada —respondió ella, y suspiró.

          Retta se había alejado un poco, para inspeccionar las proximidades del lugar en el que habían aparecido, por si encontraba algo que les pudiese ser útil; refugio, comida, lo que fuese. Rowaru parecía estar mejor. Había empezado a enfocar la mirada y a reaccionar a las palabras, aunque todavía no hablaba. Hacía un rato que no le quitaba ojo de encima a… la otra fórmica. Y Ekarón, oh, Ekarón. Wini puso los ojos en blanco. Pero para Ekarón fue la dona de su casa quien lo hizo. Una parte de ella quizá hasta se habría compadecido de él, si no estuviese demasiado ocupada en compadecerse de sí misma. 

           Miró a su alrededor, y llegó a la misma conclusión que todas las veces anteriores. Ya no estaban en los Mundos de Lettand. Joder, había una puñetera galaxia espiral en el cielo de la noche. (Se fijó por primera vez en que caía lentamente hasta el poniente). Por lo que sabía de astronomía, tenía que ser la Vía Láctea. Pero la estaban viendo desde fuera de ella; desde muy lejos.

            —Explícate de una vez, mujer, a qué demonios ha venido eso de que tú no eres Escnya.

           Wini no tuvo paciencia, y fue cruel.

           —Escnya ya no existe. No pudimos llevar a cabo el plan, el plan que te contó Gortax, antes de morir, porque tú lo mataste —mientras hablaba, las pupilas del fórmico se dilataron hasta ocupar casi por completo sus globojos—. Yo debí haber muerto también, por tu culpa, Ekarón… Pero entonces pasó algo —Dejó de mirar a Ekarón, y su vista se perdió, en algún punto ideterminado—. Sentí cómo me moría. Vi las lágrimas de Escnya sobre mi cuerpo. Vi llover los fragmentos de los dioses… Y mi propio cuerpo, inerte, entre mis brazos fórmicos. Por absurdo que parezca decirlo. Yo era Escnya. Yo soy Escnya, Ekarón, solo que Escnya ya no existe. Ya no está aquí. Yo ocupé su cuerpo. Yo soy Wini.

            Quizá Wini llegó a preocuparse por lo que atisbó en el gesto de Ekarón, cuando terminó de decir aquellas palabras. Pero entonces sintieron como algo eclipsaba de pronto la luz celeste: una sombra pasó rauda sobre ellos y agitó sus ropas con una ráfaga cálida y de olor ácido. Casi al mismo tiempo, oyeron los metálicos gritos de Retta. Se giraron hacia el lugar por donde se había ido el androide, pero al principio no vieron nada. Luego apareció, doblando el recodo de uno de los riscos. Corría hacia ellos a toda la velocidad que le permitían sus limitadas piernas metálicas, perseguido por una gran nube de arena gris, que se levantaba del suelo tras él.           

***

         —Retta —exclamó Wini. Hizo ademán de correr hacia el androide, pero entonces vio lo que emergió de la nube de arena que se precipitaba hacia ellos, y se paró en seco. Aun después de haber sido testigo de todas las cosas extrañas que le habían sucedido desde el fallido final de viaje de la Perseverance, sus pupilas fórmicas se dilataron de pura estupefacción, cuando vio surgir de la arena a un grupo de jinetes montando gusanos del tamaño de caballos. Jinetes humanas.

         Retta tropezó y cayó al suelo. Wini entrechocó sus mandíbulas y reaccionó por fin. Corrió hacia el androide. Ekarón la siguió. Pronto estuvieron rodeados por las jinetes. Wini miró a Ekarón.

         —Rowaru… ¿dónde está Rowaru? —Le preguntó. El fórmico calló. Las jinetes los habían rodeado. 

         —As’gadrillak —dijo una de ellas. Entonces Wini se dio cuenta de su error. No montaban gusanos. Ellas mismas, la mitad inferior de sus cuerpos imposibles, eran los gusanos.

         —Nagas —dijo Retta.

         La que había hablado se irguió sobre su cuerpo de serpiente.

         —¡As’gadrillak! —repitió, y derribó al androide de un coletazo.

         —Kortarintok’achdiza-hari —dijo, adelantándose, otro de los serpentinos seres, y señaló hacia los soles que empezaban a salir en aquel cielo extraño.

         —Driffa, ¡Driffa’astkari! —Gritó la primera, y emitió un canto agudo y repetitivo, que hirió los oídos de Wini. 

         Pronto los tres quedaron abandonados a su suerte, en medio de aquel abismo gris. Sin apenas explicarse aún lo que había pasado, en los pocos segundos que siguieron, Wini fue consciente de que Rowaru no estaba con ellos. 

         —Rowaru, ¡Rowaru! —gritó, pero Retta le puso una mano en el brazo, haciéndola callar.

         —Escucha —dijo el androide.

         —¿Qué?

         Entonces la escuchó, la voz de Rowaru, que todavía no había hablado desde su huida de Aldruthcia. Gritaba un nombre en la distancia. No era el nombre de Wini, ni el de Escnya. Era otra vez aquella palabra. Pero de algún modo, Wini sintió que aquel era su verdadero nombre.

         —Betceol, Betceol, Betceol…

         —Oh, no, Retta —se lamentó Wini. Todo aquello, definitivamente, la superaba.—. No… Se la han llevado. Qué vamos a hacer ahora.

         Fuera lo que fuese que el androide iba a contestar a aquella complicada pregunta, no le dio tiempo a articularlo.

         —Por todos los dioses —exclamó Ekarón.

         Un ruido sordo y retumbante les hizo girarse hacia el oriente del mundo, donde un sol rojo y otro amarillo, lejanos y desvaídos, iluminaban apenas un cielo de tonos violetas. El sonido reverberaba en las torturadas paredes de los cañones que se erigían a su alrededor, por toda la inmensa y estéril llanura. Fue creciendo en intensidad, y entonces vieron que un puntito manchaba el disco del sol amarillo, hasta cubrirlo y eclipsarlo por completo. Era una nave. Una nave con forma de barco, de casco de brillante metal, parecido a los de los holos de la lejana Tierra. Solo que este se deslizaba levitando sobre el mar de arena gris.

         Cuando llegó a su altura, una puerta ribeteada de clavos dorados se abrió con un sonido que los asustó. Del interior emergieron varios seres. Aquellos, definitivamente sí eran seres humanos, con sus brazos y sus piernas. 

         —¿Qué nueva clase de monstruo abisal es este? —dijo uno de ellos.

***

         El joven príncipe se sentía desdichado. Había nacido con el poder de soñar, y eso lo hacía diferente de los demás oroys, un pueblo de mentes lógicas y cuerpos de belleza simpar, características que se traslucían a todo cuanto les rodeaba. 

         Solo el padre del muchacho, el longevo rey Thyard (longevo incluso para tratarse de un oroy), conocía el secreto de aquello que hacía a su benjamín diferente a cualquier otro habitante de Abisalia, incluido él mismo. Al principio, el niño no fue consciente de que el poder de soñar fuese algo extraordinario. Como era una cosa normal y consustancial a él, pensaba que cualquier persona podía hacer lo mismo. Solo a base de ensayo y error, de sufrir durante años gestos de extrañeza, miradas de preocupación y desconfianza, cuando no muestras de auténtica animadversión, el joven príncipe aprendió que era mejor no hacer comentarios o preguntas referidos a sus sueños. 

         Un día, hacía pocos meses, el muchacho se despertó con un molesto picor en el pecho. Comprobó entonces, con gran sobresalto, que se le había caído su periáptide. Desde entonces había evitado mostrarse desnudo en cualquier circunstancia y lugar. Se volvió aún más reservado de lo que era ya habitual en él. Solo su padre supo sacarle la verdad, pues el buen rey Thyard era conocedor de muchos secretos que pocos más conocían en todo el país de Abisalia. 

         Una soleada mañana, hacía pocas semanas, el longevo rey y el más joven de sus príncipes salieron a dar un paseo en la pequeña barquita real, volando muy alto sobre la gris inmensidad de arena.

         —Ay, mi más querido hijo. Tú siempre has sido especial. 

         —Pero padre, yo no quiero ser especial. Quiero ser como todos los demás, como Leysan y Ealfrea, y llegar a ser capitán de mi propio barco, para cazar dragones para el reino-y-castillo de Nyarath.

         —Bah, tonterías, Let, tonterías. El verdadero secreto de nuestra supervivencia no está en la caza de dragones, sino en la comprensión y el respeto de lo que representan.

         —¿Cómo? Yo siempre pensé que eso era lo que tú querías para mí. Todo buen príncipe ha de convertirse en un gran cazador de dragones, para que su reino-y-castillo se sienta orgulloso de él.

         —¿Por qué crees que estamos dando este paseo, tú y yo, eh, hijo? A Drasan casi le da un síncope cuando le he dicho lo que pensaba hacer esta mañana, con todo lo que hay que preparar, para las próximas fiestas de Equiaxia. Tendrías que haber visto su cara —rió—. Ah, mira —señaló—, por allí llega ya, la nave de tus hermanos; y parece que hoy han tenido buena caza. Un ejemplar grande —observó, con un tono algo distante—. Bueno, es la hora —dijo por último, como para sí mismo.

         Thyard irguió su avejentado cuerpo para manejar los cabos y recoger la vela. Una brisa tibia y suave sacudía el estandarte del reino-y-castillo de Nyarath, en la popa, y las ropas del anciano oroy, que se movía despacio, procurando no hacer oscilar demasiado la pequeña embarcación. El joven Lettand observó a su padre, y luego se quedó absorto en el movimiento de las dunas del mar de arena gris, a mucha distancia bajo ellos.

         —Eres especial, Let. Siempre lo has sido —volvió a decir el viejo, mientras terminaba de arriar y atar la vela a la botavara—. No has venido a este mundo para cazar dragones; créeme, muchacho.

         Esta vez el joven no replicó, se quedó callado, aunque un claro mohín asomaba ya en sus labios.

         —Serás poderoso, el más grande de todos nosotros. 

         El príncipe estuvo a punto de decir algo, pero su padre le agarró del brazo y lo miró con una fiera e inusitada intensidad en sus ojos grises.

         —Pero habrás de ser sabio, hijo, si no has de ser el que lleve la ruina a todo cuanto nos rodea. 

         El joven casi se escabulló, incómodo y amedrentado por el gesto de su padre; por un momento, le pareció como si no lo conociese de nada. Pero no lo hizo. Esperó paciente, lleno de una mezcla de sorpresa y horror, a que Thyard lo soltase. 

         —Me queda muy poco tiempo, Let. Por favor, escúchame, y nunca olvides estas palabras.

         —Pero padre, no digas eso. Me asustas cuando dices esas cosas. Estás muy bien para…

         —Escúchame, hijo.

         —Dime, padre —dijo el joven, por fin.

         —¿Por qué crees que Nyarath aún perdura?

         —Pero no es seguro que sea solo Nyarath…

         —Lo es, hijo, lo es. Y tú lo sabes. Yo también lo he visto. No como tú, no tengo tu capacidad para soñar, para intuir las cosas, pero sé que me crees cuando te digo que somos los últimos. No hay otros reinos en las demás mesetas-isla. Ya no. 

         »Las cosas que yo sé, Let, las sé por un libro. Un libro muy especial, que guardo de los ojos de cualquier otro oroy. A mí me lo dio Wisechelle, su última autora. En él se cuentan historias sobre cosas que fueron, cosas que son y cosas que serán. Por eso, y no por ser especialmente sabio, he conseguido mantener a salvo a nuestro reino, cuando todos los demás ya han caído ante los imilani.

         —A nosotros aún nos respetan, ¿verdad? Porque les infundimos miedo con nuestros barcos.

         —No. No es por eso. Habrás de leer la verdad en el libro de Wisechelle. 

         —¿Quién era Wisechelle? —Preguntó el joven, quizá porque sabía que esa era la pregunta que debía hacer en aquel momento.

         —Alguien que conocí una vez, en el último de mis viajes. Una persona destinada a cosas grandes, como tú.

         —¿Y dónde guardas el libro?

         —En un lugar donde jamás nadie osaría buscarlo. Lo encontrarás, a su debido tiempo, si eres sabio. Si eres digno de sus conocimientos.

         —Pero…

         —No. Nada de peros. Ha llegado la hora, hijo. Debo hacer aquello que dice el libro. 

         Ante la perplejidad y la impotencia del joven príncipe Lettand, que en adelante se reprocharía siempre no haber sido capaz de hacer nada para evitarlo, pues ni en la peor de sus premonitorias pesadillas había experimentado nada parecido a aquello, Thyard se levantó de su banco en la barca, y acarició la mejilla de su hijo. Había lágrimas en sus ojos, cuando dijo:

         —Cuando leas el libro, sabrás lo que debe hacerse.

         Y entonces el viejo rey Thyard se aupó a la tapa de regala y saltó al vacío.

Capítulo 10

          Los dos pequeños soles se unieron al ceniciento fulgor galáctico en su ruta hacia el ocaso, para ayudar a desentrañar los misterios que escondía la bodega. La luz resultante se colaba a través de la reja que cerraba la escotilla, en una amalgama de cuadriláteros desparramados por los mamparos. Una leve sombra borró por un instante las psicodélicas geometrías, tan breve como inaudibles fueron para el guardia que dormitaba sobre la escotilla, en la cubierta principal, las furtivas pisadas de la figura que trajo consigo aquella sombra.

         Pero Wini, la fórmica, estaba alerta. Había despertado hacía un rato, sin recordar nada desde poco después de que los humanos arrojasen una red sobre ellos. Ante la resistencia de Wini, uno de los hombres, más viejo y consumido que sus compañeros, había extraído una esquirla de cristal de algún lugar de sus oscuras vestimentas, y ejecutado de forma rápida y diestra una especie de símbolo en la frente de la cautiva. Entonces el mundo había desaparecido para ella.

         Contempló, sin mover un solo músculo bajo su quitinosa piel, al joven humano que se plantó ante la puerta de la jaula. Humanos. ¿Por eso Gortax le había advertido que nunca cruzasen la puerta hacia aquel mundo? Wini se emocionó, ante las nuevas posibilidades que se abrían ante ella. Ante aquel nuevo giro del destino. Quizá existían más mundos, más allá del Pacto, a los que había llegado la humanidad.

         Estuvo a punto de hablar, pero se contuvo ante el inconfundible y universal gesto de aquel joven, que había puesto un dedo en sus labios. 

         Entonces habló él, pero lo hizo en voz baja y susurrante. A Wini le costó un poco entender lo que dijo.

         —¿Qué sois? 

         De pronto, ella dudó. No sabía qué contarle a aquel humano que no le sonase absurdo o increíble. Fue consciente del contexto, y eso la abrumó. El hombre que había hablado, cuando el barco se detuvo ante ellos en el mar de arena, los había llamado “monstruos abisales”. Wini aún recordaba el miedo que había sentido en sus primeros encuentros con los fórmicos. Y ahora ella era uno de aquellos seres. Desesperada, lo único que se le ocurrió fue decirle a aquel valiente joven la verdad.

         —Venimos de otro mundo. Yo, aunque no lo parezca, soy un ser humano, como tú —pero el muchacho no debió creerse una sola palabra, a juzgar por el gesto de extrañeza que se instaló en su rostro—. Tienes que creerme, por favor. Yo… yo no soy esto —insistió, tocándose el pecho con las manos.

         Pero esto fue lo que vio y escuchó el joven:

         —Hasraetingalni oubea. Itine, anhoriea itineila nolantai, itimi betceol, akatu —el insectoide se señaló el pecho con las manos, y siguió diciendo—: Algatuina, miriandpol. Itine… itine nolantaiga itineirei.

         —Lo siento —respondió él—. Yo… No comprendo lo que dices. Lo siento. 

         —Pero yo sí puedo entenderte— dijo ella, ¿cómo puede ser que tú a mí no? —protestó, casi con enfado.

         —No, no sé lo que dices. Lo siento, de verdad —insistió él. 

         Entonces el joven se giró. Un ruido había llamado su atención. Wini también lo escuchó. Alguien abrió la escotilla y bajó las escaleras, precedido por una sombra grotesca que disolvió la galáctica penumbra. Portaba una luz blanca y titilante, que emanaban unas pequeñas criaturas luminiscentes encerradas en una especie de lámpara-botella.

         —Esto no le va a gustar nada a vuestros hermanos, joven príncipe —dijo el hombre.

***

         Leysan y Ealfrea estaban de un humor pésimo. No habían conseguido acercarse a ningún dragón durante toda la expedición, y la magia del barco se agotaba; les tocaría volver al castillo de Nyarath con las manos vacías. La osadía de Lettand al bajar a la bodega había acrecentado aún más su mal humor.

         —Se puede saber en qué estabas pensando —dijo su hermanastra, Ealfrea, mientras se paseaba de un lado a otro de la cámara real, situada bajo la cubierta principal de popa.

         Lettand permaneció callado.

         —¿En serio, no tienes nada que decir? Nos ha resultado muy difícil explicar lo que pasó con nuestro padre, Let (si es que hemos de seguir creyéndote, y descartamos que tú lo matases), como para que…

         —Ealfrea, por favor —la interrumpió Leysan. Siempre el hermanastro cabal, el más lógico y metódico, el más oroy de los dos—. Es solo un crío. Y quería a su padre; seguramente, más que nosotros. Después de todo, es solo medio oroy. Está en su naturaleza.

         —Lo sé, lo sé —rectificó ella, con un suspiro—. Te pido perdón, Let, sé que tú nunca harías algo así. El caso, hermanito, es que llevamos días actuando con pies de plomo, teniendo que justificar cada uno de nuestros actos, retrasando mi coronación, por culpa de la chochez del viejo Thyard. No todos los señores están dispuestos a aceptar el nuevo orden sin una compensación por lo que consideran un complot urdido por poderes extraños. Lo menos que necesitamos es que se propaguen rumores sobre un príncipe amigo de los imilani. ¿Lo entiendes, Let?

         Lettand lo entendía. Que ellos supiesen, Nyarath era el único reino oroy que quedaba en Abisalia. Desde que se recordaba, la comunicación y cooperación entre los distintos reinos de las mesetas-isla de Abisalia había sido la clave de la supervivencia oroy ante la barbarie que acechaba en forma de todo tipo de aberraciones humanoides, en las estériles extensiones de las arenas abisales. Los oroy se enfrentaban a su extinción, y el más mínimo traspié en alguien de la familia real, que soportaba la responsabilidad del gobierno de aquel pueblo, podía ser fatal. El muchacho lo entendía, pero no compartía la perspectiva del asunto que tenían sus hermanastros. Ni su preocupación.

         Haber visto tan de cerca a uno de aquellos seres abisales (los imilani, de los que los oroys pensaban que eran marionetas controladas por la voluntad de los dragones, o, como el pueblo solía referirse a ellos, los dioses-dragón) debería haberle llenado el alma de miedo. Pero no lo hizo. Al contrario, Lettand no pudo sentir otra cosa que algo quizá parecido a la piedad. Esa sensación hizo de él una roca imperturbable, ajena a las arremetidas del tempestuoso ánimo de Ealfrea.

         —Lo que tu hermana quiere decir, Let —terció Leysan—, es que varias de las Nobles Casas más poderosas del reino creen que la única razón por la que los dragones todavía nos respetan es porque nos controlan, y están aprovechando esa mentira para conspirar contra nuestra familia, en este momento de debilidad, tras la desgraciada muerte de padre. Si ven a uno de los príncipes comunicándose con seres abisales, Let, ¿qué crees que pensarán?

         —No me comuniqué —dijo, por fin, el menor de los hermanos—. Y por supuesto que son mentiras. Si los dragones nos respetan es porque padre los respetó a su vez a ellos, cuando limitó su caza, durante tantos años. Si ahora nos atacan, será por vuestra culpa —sentenció. 

         Lettand había tardado días en perdonar lo que había hecho el rey Thyard. Pero, una mañana, al despertar, comprendió que se había estado comportando como un niño asustado. Hizo un esfuerzo por comprender las palabras de su padre en la barca, lo que le llevó a hablar con Drasan, el Mayordomo real, y fiel amigo de su padre. Entonces empezó a darse cuenta de lo que había significado la política sobre la caza de dragones impuesta por Thyard. Sus hermanastros parecían más que dispuestos a ignorar aquella política, y aunque él era aún demasiado joven e inexperto para saber qué consecuencias podría tener aquello para el reino, Drasan pensaba que no iba a ser nada bueno. 

         —Oh, esto no puede ser cierto —exclamó Ealfrea, con una breve carcajada que no reflejó nada de diversión en su hermoso, pecoso y rubicundo rostro. Se plantó en medio de la cámara y miró primero a Leysan, después a Lettand con los brazos en jarras.

         Lettand se imaginó lo que pasaba por su cabeza. La conocía demasiado bien. “¿Se lo dices tú, Leysan, o lo hago yo?”. Lo dijo ella:

         —¿De dónde crees que sacamos el poder para hacer magia, jovencito, del aire, quizá? No. Claro que no —exclamó con sarcasmo—. Lo sacamos de los dragones… De sus corazones, que, cuando mueren, cristalizan como gemas; de las esquirlas que sacamos de esas gemas; de las runas que escribimos con ellas y nuestra propia sangre. Vivimos en simbiosis con ellos, Let, una simbiosis mortal. Y eres un ingenuo, indigno de la realeza, y hasta del pueblo oroy, si no sabes verlo.

         Mientras así habló, diciendo aquellas cosas obvias para cualquier oroy mínimamente documentado, el tono de la mujer se fue envenenando más y más, a cada paso que daba, cada vez más cerca de su joven hermanastro; hasta tal punto que Lettand creyó que su hermanastra iba a pegarle. Y quizá lo habría hecho, de no haber mediado Leysan, que dijo:

         —Ealfrea, no. Déjame a mí.

         Pero Lettand no se había inmutado. Nada parecía perturbarlo, desde la muerte de su padre. El joven mestizo sabía que eso enfurecía aún más a su hermana mayor. Pero, por supuesto, no le importaba. Ya todo le daba igual. No había sido capaz de encontrar en ninguna parte el libro de Wisechelle. Había demostrado ser indigno de la confianza depositada en él por el rey Thyard. ¿Qué importancia podía tener ya, cualquier otra cosa?

***

         El sol amarillo y el sol rojo brillaban como una flor de gualda sobre la Vía Láctea, en un cielo cuajado de lunas y planetas. Pero para aquellos humanos el espectáculo era mucho más terrenal; estaba en el traqueteante deambular del carromato de barrotes de hierro en el que Wini y Ekarón, dos monstruos del abismo, eran conducidos hacia la parte alta de la ciudad, por la calzada empedrada.

         La fórmica vio asomar en la distancia las blancas torres del castillo que había visto desde el puerto; un puerto no de mar, sino de aire. A Retta se lo habían llevado aparte. Wini ignoraba el motivo; por un tiempo, dejó incluso de importarle. Sentía que estaba a punto de rendirse, de dejar que la extraña pesadilla en que se había convertido su vida durante el último año la llevase hasta algún destino final, donde por fin todo terminase. Quizá fuese allí mismo. Una parte de ella quería creer que estaba en el metaverso, y que cuando llegase el final abriría los ojos y despertaría de la criogenia. Estaría en la Perseverance, con Damian y sus viejos camaradas, recién llegados a Acantha, y nada de lo sucedido durante el viaje, con Taylor y los compañeros de la última guardia, habría sucedido. 

         Wini había oído historias que decían que la gente que moría en el metaverso moría de verdad, pero durante aquel momento de debilidad creyó que, de haber tenido la total certeza de que aquello efectivamente era el metaverso, quizá se habría quitado ella misma la vida. Sin embargo, al fijarse en la cara de desesperación de Ekarón, le costó creer que aquel momento no fuese tan real como cualquier otro de su existencia. Solo que ahora todo era más extraño.

         Los humanos se agolpaban en los márgenes de la calzada, camino arriba, pero no se exaltaban. Nadie gritaba. Nadie les insultó. No fueron vilipendiados ni agredidos. En las caras de aquellas mujeres y hombres, de singular y fría belleza, solo había curiosidad; o quizá, pensó la fórmica, un cierto aire de resolución. Y quizá aquello fue peor que cualquier insulto. Wini sintió un escalofrío. 

         De pronto, unas palabras llegaron a sus oídos: “Papá, ¿Esos son los nuevos monstruos abisales; los nuevos imi… imilani?” “Sí, pequeña. Los estudiarán y luego decidirán qué hacer con ellos”. “¿Los matarán, cuando terminen de estudiarlos?”. “Eso creo, hija. Sí, es lo más probable”. “Oh, vaya. Qué pena papá, a mí me gustan, sobre todo ella. Tiene unos colores y unos ojos muy bonitos”.

         Ella. La niña había adivinado su sexo. Aquella inocente observación, aquellas palabras perdidas, rescatadas y llevadas hasta ella por el viento, afectaron profundamente el ánimo de Wini. Le dieron una identidad, una pequeña raíz a la que aferrarse, en el muro sin sentido de aquella realidad.

         El género era algo mucho menos importante en el sistema solar, por lo que había llegado a comprender, que en los Mundos del Pacto. Las personas podían cambiar de sexo con relativa facilidad, mediante extensiones cibernéticas pensadas para seres humanos que nacían como niños andróginos, gestados en úteros artificiales. Wini se había sentido siempre satisfecha con el rol de mujer, desde muy pequeña, y nunca lo había cambiado, más allá de la típica experimentación, cuando era más joven, en algunos holojuegos bastante realistas. Los Mundos del Pacto eran diferentes. En ese sentido, al igual que en muchos otros, eran parecidos a los tiempos de la Tierra antes de la fusión humana con la Inteligecia Artificial. Tenían un enfoque más tradicional del sexo y la familia.

         Las palabras de la niña calaron profundamente en aquella fórmica que una vez había sido humana. Ayudaron a Wini a aceptar su alienidad. Recordó lo que había dicho Tobias, allí en Ramark, sobre que daba igual si habitaban o no en el metaverso o en cualquier otro lugar, mientras se sintiesen vivos. Pues aquello era lo único que importaba. Daba igual de qué forma, bajos qué leyes o postulados, y con qué apariencia. Lo importante era estar viva.

         Fue consciente de la peculiar belleza de su nuevo cuerpo, que una vez había sido el de Escnya; del diseño de sus rojos brazos y piernas; del brillo del día en las evanescentes ondulaciones de su piel suave y quitinosa; de su rosado abdomen segmentado, como una parte de la armadura de un caballero de un futuro legendario; de sus ojos, entre lo humano y lo insectil, azules y rutilantes espejos en los que se reflejaba la Vía Láctea. 

         El momento habría sido perfecto, si de repente no hubiese recordado también que quizá aquel fuese su último día, en aquel o en cualquier otro mundo. En aquel o en cualquier otro cuerpo.

***

         Drasan, el Mayordomo real, gobernaba en Nyarath, hasta la coronación de Ealfrea. Ante él, en la gran sala de audiencias, que era también salón de un trono ahora vacío, fueron llevados los imilani.

         Entre amplias y estriadas columnas cuadradas de mármol blanco, cuatro grandes frescos, llenos de escenas y textos escritos, rodeaban a los miembros de las familias nobles que abarrotaban la sala rectangular. Entre los frescos y el techo, adornado también con sus propias pinturas de motivos épicos, había seis grandes rosetones de palasita, cuajados de cristales de olivino. Miles de haces de luz del firmamento bañaban a los asistentes, matizados por los tonos dorados del olivino.

         Aunque los imilanis arrastraban pesados eslabones de hierro mientras eran conducidos ante la presencia de Drasan, el joven Lettand se asombró de la actitud digna y altiva del rojo. O, más bien, la roja; pues el joven distinguió en ese momento los atributos femeninos del cuerpo de aquel ser de rasgos insectiles. Era quien había intentado comunicarse con él, en la bodega de la nave de los príncipes.

         Lettand había observado cómo, a diferencia de su compañero, que mantenía una expresión cabizbaja y derrotada, la roja había mirado a su alrededor con algo que a él le pareció asombro, o quizá admiración, al entrar en la gran sala. Pero si aquello era lo que había sentido aquel ser extraordinario, se guardó mucho de no volver a mostrarlo. Desde su siguiente paso ya no quitó la vista del frente. Lettand no quitó la suya de ella.

         Cuando los prisioneros, sujetos por las cadenas que tensaba la guardia, se detuvieron finalmente a pocos metros de donde se sentaba Drasan, flanqueado a su siniestra y a su diestra por Ealfrea y Leysan, alguien se levantó del sitio discreto en el que permanecía sentado en la oscuridad, más allá del último rayo de luz que bañaba la sala. Se acercó con parsimonia a los cautivos, envuelto en la túnica que cubría de sombras su cuerpo enjuto.

         Wini reconoció a aquel hombre. Era el que la había hecho caer inconsciente, cuando se resistió a ser capturada. La fórmica intentó apartarse de aquella figura. Emanaba de ella un olor a podredumbre, mal disimulado por un perfume de flores. Uno de los guardias tiró de las cadenas que la sujetaban, reprendiéndola por su gesto. Ella se giró hacia al guardia. Por un momento, Lettand pensó que iba a atacarlo. Pero la insectoide volvió a mirar al frente.

         El hechicero sacó una de sus esquirlas, y mojó la punta en el extremo de un pequeño tubo que asomaba de su cuerpo, un tubo del que brotaba su propia sangre. La magia del dragón se activó, y relampagueó en las runas que escribió con trazo rápido y preciso, en la quitinosa piel semidesnuda de los dos prisioneros. 

         —¿Y bien, Daschael? —Preguntó Drasan, después de un tiempo de silencio demasiado prolongado.

         El aludido casi dio un respingo, de lo absorto que permanecía en sus propias cavilaciones.

         —Señor Mayordomo —dijo el hechicero, con una voz aflautada y rasposa— creo que sería mejor debatir este asunto… en privado. 

         —No, Daschael. No hay nada que las Nobles Casas no puedan saber, pero sí nosotros —contestó Drasan, y los dos hombres mantuvieron sus miradas solo una fracción de segundo menos de lo que hubiera bastado para que toda la gran sala comenzase a hervir en murmuraciones.

         —Sea, Señor. Veréis, el caso es que, estos seres… no son imilani. No proceden de Más Allá del Verso.

         Fue entonces cuando la gran sala reventó en murmuraciones… Y algunas cosas más.

Capítulo 11

         —Pero…, eso no puede ser, Daschael —dijo Drasan, elevando su voz sobre todas las demás—. ¿Estás seguro?

         —La kroyá que hay en el interior de estos seres…, no es como la nuestra. ¿Acaso dudáis, de mi capacidad para interpretar la magia, Mayordomo?

         Se produjo un silencio. Todo el mundo temía a los hechiceros, tan necesarios para el funcionamiento de la sociedad de los oroys, pero no por ello menos detestados por todos ellos. Solo los más poderosos llegaban a ganarse el respeto de los gobernantes; pero era aquel un respeto que no se debía tanto a la necesidad de su poder, como a la maestría con que eran capaces de manejarlo. Daschael era el más poderoso de los hechiceros de Nyarath. En el pulso que Drasan mantenía por prolongar su permanencia en la regencia, evitando así lo que a no pocos señores entre las Nobles Casas inquietaba bastante, la subida al trono de la voluble, caprichosa (y algunos creían que también irresponsable) Ealfrea, no podía permitirse prescindir de la simpatía del hechicero. Aquellos intereses de poder eran un secreto a voces, entre los principales miembros de las Nobles Casas; además de, por supuesto, entre los jóvenes príncipes. (Werdwulf el loco, el primogénito cuarentón, no contaba; ni siquiera estaba allí, y nadie lo esperaba. Lettand, por su juventud y por, sobre todo, ser un mestizo y un bastardo, tampoco). Por todo ello, aquel fue un silencio lleno de aristas. 

         —No, por supuesto que no, Daschael —respondió Drasan. Y pareció como si la sala entera soltase el aire de los pulmones, como un único ser—. Pero, te pregunto, lleno de curiosidad, ¿son entonces, estos seres, dervishkanos puros, como lo son los dragones?

         El hechicero murmuró algo. Muy pocos entendieron lo que dijo; entre ellos, Lettand, que sonrió para sí, tan divertido como fascinado ante la situación.

         —Perdona, Daschael, ¿qué…? —Habló de nuevo Drasan.

         —Que no lo sé —espetó el hechicero, seco y cortante, y su mirada se encontró fugazmente con la del joven príncipe, al que se le borró de golpe la sonrisa de la cara. 

         —Bien, bien, bien… —intervino Ealfrea, que se levantó de su silla, y barrió a todos los presentes con su verde mirada. Daschael la observó, con la cabeza ladeada, asomando apenas de su abultada joroba.

         —Cuán inesperado regalo del destino —continuó diciendo la princesa—, ¿no lo veis como yo, Drasan? —a ninguno de los presentes se le escapó la deliberada falta de respeto con que la heredera se refirió al regente.

         De hecho, Drasan intuyó al instante a qué se refería Ealfrea, pero sabía que había perdido aquel movimiento. La princesa siguió hablando:

         —Si estos dos —señaló a los fórmicos— no son imilani ni oroy, entonces podemos usarlos para investigar lo que ha pasado en Mard, Palay, Pesa o Anstan.

         Murmullos de aprobación siguieron a aquellas palabras, ante la consternación de Drasan, que intentó disimular su turbación lo mejor posible.

         —Es una idea que, desde luego, hemos de considerar —observó el Mayordomo.

         —¿Considerar? —Exclamó Leysan—, es una idea excelente. Tenemos que aprovechar esta oportunidad.

         Hacía más de tres años que en Nyarath no se recibían ni nave ni nueva procedentes de cualquier otro reino de las mesetas-isla de Abisalia. Los citados por Ealfrea eran los cuatro reinos vecinos de Nyarath; como la autonomía de las naves oroys requería hacer escalas en las mesetas-isla más cercanas, para poder seguir hasta destinos cada vez más lejanos, el resultado era que Nyarath estaba incomunicado con cualquier otro lugar. Dependía exclusivamente de los dragones que cazase, y, para la opinión de las Nobles Casas que apoyaban a Ealfrea, cazaban muy pocos. La postura de los que apoyaban a Drasan, y antes al rey Thyard, era justo la contraria. Creían que los otros reinos habían caído por la desmesurada caza de dragones, lo que habría terminado con la materia prima de la magia. Según la tercera facción en discordia, los Artesanos kevstenses (que podían inclinar la balanza a favor de cualquiera de las dos otras facciones enfrentadas por el poder, dado que controlaban al pueblo), aquel pensamiento era deliberadamente puesto en sus cabezas por el control que los dragones ejercían sobre los oroys. Ahí Daschael estaba del lado de Drasan. Sugerir aquello era una estupidez propia de alguien absolutamente ignorante de la forma en que las cosas funcionaban en Dervishkania, pero era una opinión popular, que, ante el reto cada vez mayor de evitar la caída de la civilización oroy, era la más aceptada entre las pragmáticas gentes de los pueblos del reino-y-castillo de Nyarath como la más lógica. Ealfrea era de todo menos tonta, y sabía que los kevstenses mentían, pero quería ganarse su simpatía, y el Mayordomo no se fiaba de que no acabase dándoles la razón, con tal de lograrla. En cuanto a Daschael, Drasan sabía perfectamente que el pérfido hechicero terminaría estando del lado que él creyese con más posibilidades de mantenerse, o auparse al poder. Si los hermanos tenían éxito con aquella iniciativa, el Mayordomo no podría demorar por más tiempo la coronación de Ealfrea, por más trabas que pusiese en el Consejo. A Drasan solo le quedó una opción. Dijo:

         —Y así se hará, mis queridos príncipes. Sin embargo, Ealfrea, ¿cómo pretendéis organizar semejante expedición? Ninguna de las naves que enviamos en el pasado ha regresado; y no podemos permitirnos perder más personas, ni más recursos. 

         —Enseñaremos a estos seres.

         —Pero… ¿cómo? Ni siquiera hablan nuestra lengua —observó Drasan.

         —¿De verdad crees que no, Drasan? Eres un ingenuo —dijo la princesa—. He observado a esta insectoide, la de color rojo, desde que entró. He visto su reacción a cada una de nuestras palabras. Y estoy segura de que entiende todo cuanto hablamos.

         —¿Puedes demostrarlo? —Preguntó el Mayordomo.

         —No, pero…

         —Artani —exclamó Wini, interrumpiéndoles.

         Todos guardaron silencio, y observaron a la fórmica.

         Entonces, Wini, la roja insectoide, señaló algo. 

         —Artani —volvió a decir, mientras hacía gestos ostensibles de querer dirigirse hacia uno de los murales, el que estaba al fondo de la gran sala, detrás del trono vacío.

         El guardia que la sujetaba tiró de ella hacia atrás, y Wini cayó al suelo. Se levantó y volvió a señalar el mural, insistiendo:

         —Artani, ¡artani!

         —Guardia —exclamó Ealfrea—, déjala ir hacia allí —ordenó. 

         Ante la mirada sorprendida de Ekarón, que por primera vez levantó la cabeza, y la expectación de Lettand, Drasan, Ealfrea, Leysan, Daschael y todos los presentes, Wini se dirigió lentamente, arrastrando sus cadenas, hacia el fresco, a través de los rayos de luz olivina. Cuando llegó a la altura del trono de madera oscura, que tenía un respaldo más alto que ella, hizo ademán de cogerlo. Otro de los guardias tiró de las cadenas, y Wini cayó de nuevo al suelo. Entonces Lettand, que había ido siguiendo la extraña procesión de la insectoide, seguido de cerca por Ealfrea, la ayudó a levantarse, ante las exclamaciones ahogadas de los oroys de la Gran Sala. El mestizo se acercó al guardia que había derribado a Wini, y le pidió el tramo de cadena que sujetaba. El guardia miró a Ealfrea, sin decidirse a dárselo, pero un gesto de la princesa lo convenció de hacerlo. El joven cogió aquel tramo, con la intención de ayudar a Wini. El otro guardia soltó también el suyo, a instancias de Ealfrea, escoltada por su hermano, el Mayordomo y el hechicero.

         Si aquellos extraños seres insectoides no venían de Más Allá del Verso, al menos unos cuantos de los oroys allí presentes debieron ser conscientes de estar siendo testigos de algo realmente especial. Un momento quizá digno de las épicas escenas pintadas en los muros de la Gran Sala, que por la fuerza de la costumbre hacía tanto tiempo que habían dejado de considerar extraordinarias. Eran escenas de búsquedas y de batallas, entre guardianes dragones y moradores de Más Allá del Verso, en las que aparecían, aquí y allá, unos pequeños y enigmáticos seres, apenas percibidos entre la barroca y exuberante abundancia de personajes. Se trataba de seres humanoides, con rasgos variopintos, pero con un par de ellos en común: sus ojos esféricos, en los que se reflejaba la Gran Espiral, la Vía Láctea, y el libro que todos ellos portaban. ¿Cómo era posible que Lettand nunca hubiese reparado en aquellas figuras? ¿Siempre habían estado allí, desapercibidas, en el maravilloso caos de la escena, o habían quizá surgido desde algún remoto lugar, para engrosar la miríada de seres que poblaban aquel fresco? Pero no, pensó Lettand. Claro que no…, aquello no podía ser posible.

         El ruido del pesado trono de madera maciza al ser movido por la insectoide sacó al joven de su ensimismamiento. Poco a poco, la mujer hormiga lo arrastró y lo empujó hasta el gran fresco. Después tiró de los eslabones, a lo que se prestó a ayudarla Lettand, para que estos le diesen la holgura de movimiento suficiente para poder encaramarse al trono, de rodillas, ante las exclamaciones de asombro e incredulidad, y los tímidos gritos de protesta de los nobles. Se puso de pie en el trono, terminando de mancillar el poco honor que le quedaba a la sagrada silla, ante algún que otro desvanecimiento entre las señoras de las Nobles Casas (menos lógicas, más permeables a las emociones que el pueblo llano, pues tenían muchos más prejuicios y muchas más cosas que perder). Allí, erguida de puntillas, Wini señaló las letras que aparecían dibujadas sobre largas vitelas entre las nubes bajas, a medio camino entre el cielo y la tierra. 

         —Artani —Volvió a decir, mientras señalaba, una a una, varias de aquellas letras. Wini se había dado cuenta de que eran caracteres muy similares al griego clásico, que ella conocía, y había esperado el momento adecuado para hacerse entender. Tras el frustrado intento de hablar con el joven humano, en la bodega de la nave, había llegado a la conclusión de que había algún fallo en la tecnología de traducción universal que sí había sido útil en los Mundos de Lettand. 

         —Entiendo —dijo el joven príncipe mestizo, al juntar las letras que señaló Wini—. Dice que nos entiende. Y ahora nosotros también podemos saber lo que dice —terminó, con una sonrisa.

         —Muchas gracias, Lettand, querido hermanito. No sé que haríamos sin ti —dijo la princesa. 

***

         Lo peor de estar encerrada en aquella celda mugrienta y oscura era estar encerrada con Ekarón. El fórmico todavía no había sido capaz de asimilar que ella ya no era Escnya. Se creía con el derecho a seguir siendo su amigo, compañero y amante; en la teminología de las costumbres fórmicas de Aldruthcia, el padre-guía de su prole. No es que Wini se sintiese amenazada, porque al fin y al cabo Ekarón estaba completamente superado por las circunstancias. Las pocas veces que ella había intentado ayudarlo, cediendo a la compasión, habían terminado de la misma forma, con él tratándola como si ella siguiese siendo Escnya. Wini le había cogido cada vez más asco al fórmico, y no ayudaba el hecho de que no se borrase de sus pensamientos la imagen de Ekarón triunfante, tras haber disparado a Gortax. Gortax… Wini tuvo tiempo para pensar, en la celda; para reflexionar sobre aquel fórmico siniestro, que durante el breve tiempo que compartió con él le había parecido siempre tan indescifrable. Pensó también en Damian. En realidad, no estaba segura de haberlo amado. Para ella Damian fue solo una distracción, un impulso sexual natural. Taylor le había parecido más atractivo, por su personalidad, mucho más que Damian. Pero un año de guardia era mucho tiempo, y Taylor siempre fue demasiado hermético. Se comportaba como si no le interesase el sexo. Damian era más divertido, además. Sabía lo que tenía que decir para hacerla reír. Aunque algunas veces se pasaba de gracioso, de tanto como creía serlo; sí, a veces era un poco pesado. Quizá, pensó, había llegado a creer que quería a Damian por necesidad; por los acontecimientos que vivió al volver a entrar en la Perseverance, cuando fue llevada de vuelta al planeta de los fórmicos. La mujer sabía que Damian sí la amaba a ella. Aunque no sentía lo mismo, Wini se dio cuenta de que se había agarrado a ese sentimiento, como una tabla de salvación, para huir de la locura de saber la verdad sobre lo que habían hecho (por mucho que hubiese sido bajo la manipulación mental de las Inteligencias Artificiales). Las palabras de Damian, cuando vislumbró por última vez al que había sido su amante, habían sido muy importantes para ella. Tal vez, en aquel momento, sí lo amó.

         Pensó en Taylor. Él tenía razón. Siempre la tuvo. Ya no podía volver a acceder a sus recuerdos como antes, cuando la asistía la IA, pero ya no le hacía falta. Quizá estaba empezando a acostumbrarse a vivir sin depender de Hapola. El caso era que podía recordar aquella conversación por sí misma, la discusión entre Damian y Taylor, sobre el libre albedrío. La forma en que Taylor les quiso hacer ver que las IAs tenían esclavizados a los humanos, sin que ellos fuesen siquiera conscientes de ello. Quizá siempre había sido así, pero…, desde cuándo, en qué momento había empezado todo, ¿con la invención del primer ordenador, con el primer móvil? No, la singularidad, aquello que la fusión entre la mente humana y la IA no pudo evitar, aunque la arrogancia del hombre así lo creyese, tuvo que ocurrir después, con el advenimiento de la supercomputación cuántica. 

         Sin embargo, se preguntó si tan malos habían sido sus doscientos años de vida en el sistema solar; si realmente se había sentido como una esclava. Comparado con la diversidad y el conflicto que eran parte de su actual existencia, el sistema solar era un mundo de igualdad de derechos y de libertad de pensamiento, un mundo donde la democracia directa funcionaba. No existían las guerras, el hambre, ni siquiera la enfermedad. Por eso la gente tenía que abandonarlo al cumplir los doscientos. Existía también, por supuesto, un estricto control de la natalidad, por el que se establecía un límite máximo de diez mil millones de seres humanos. Solo podía nacer un nuevo ser por cada otro que abandonaba el sistema. En eso Wini había sido una de las pocas excepciones. Casi todos los bicentenarios elegían el metaverso. Sus cuerpos eran destruidos, pasaban a ser abono para las comunidades autosuficientes repartidas por todo el sistema solar. De hecho, Wini había sido la única bicentenaria de la Perseverance. Todos los demás miembros de la tripulación habían afrontado aquel viaje de forma voluntaria, como parte de su trabajo y su proyecto vital.

         Puede que la clave estuviese en la diversidad, frente a la homogeneidad. Quizá un mundo en paz debía ser, por fuerza, homogéneo, más gris y predecible. ¿Cuál de los dos mundos era mejor? Se forzó a pensar lo que habría dado en ese momento por volver a su vieja vida en el sistema solar; pero, enseguida, tal vez para evitar llegar a una conclusión incómoda sobre sí misma, sus pensamientos se centraron en el metaverso. Pues, la verdad sea dicha, aquella idea era la que más le urgía, en aquellos momentos, a pensar sobre ella. 

         El repulsivo y deforme hechicero, al que habían llamado Daschael, y que parecía salido de un holo de fantasía, se había referido a “Más Allá del Verso”. ¿Podía estar refiriéndose al metaverso? Wini pensó en ello. Si aquella intuición fuese cierta, entonces ella, Retta y Ekarón (según lo que había dicho el hechicero) no procedían del metaverso. Por lo cual, ella nunca había estado en el metaverso. Todo lo que había vivido era real, la realidad física. En ese momento, no tuvo claro si aquello debía o no alegrarla. Pero este lugar, Dervishkania, tampoco era el metaverso, porque el hechicero había dado a entender que de allí procedían los “imilani”, los “monstruos” de Dervishkania. Entonces, ¿formaba parte Dervishkania de la misma realidad física desde la que habían llegado hasta allí? Y, si tal cosa era cierta, ¿era posible que los seres que habitaban el metaverso pudiesen cobrar forma física en la realidad, en aquella realidad?

         Tuvo un escalofrío. Ahora llegó al último punto de sus cavilaciones, que había estado dejando a propósito para el final. Lettand… La princesa oroy había llamado al muchacho Lettand. El joven que la había ayudado, y que antes había bajado a verla, en la bodega de la nave. A Wini solo se le ocurrieron dos posibilidades, a cuál más loca. La primera, que Dervishkania fuese un planeta perdido, muy alejado de los Mundos del Lettand, en el que se practicase la misma religión que en aquellos; por lo que no sería descabellado que le pusiesen a alguien el nombre de un dios. O bien, y esta era la posibilidad con diferencia más alocada de las dos, que aquel mundo, Dervishkania, fuese el mundo de los dioses, y que aquel muchacho fuese el dios Lettand. Pero aquello era una completa locura, porque entonces tendrían que estar en un tiempo anterior al que acababa de vivir en Aldruthcia y Ramark.

         El hilo de los pensamientos de Wini se rompió cuando la puerta de la celda se abrió de golpe. Entraron dos guardias, que hicieron una pequeña cadena humana con un tercero, al otro lado de la puerta, y se pasaron y colocaron varias sillas en el suelo, ante ella y Ekarón. Entonces los guardias abandonaron la celda y entraron varias personas. Eran los príncipes, Ealfrea y Leysan; Drasan, el Mayordomo; Daschael, el hechicero; Retta, el androide… y Lettand.

***

         —Espero que estéis cómodos. Como podéis ver, nuestros aposentos no son lo mejor —dijo Wini, sarcástica, antes que nadie, cuando todos ocuparon sus asientos.

         Durante la última semana le habían proporcionado un alfabeto y varios libros. Ella imaginó, aunque no tuvo la certeza, que había sido a instancias del joven Lettand. Para su sorpresa, su cerebro fórmico asimiló y reconoció el idioma oroy como una variante algo arcaica del idioma que se hablaba en Aldruthcia, Ramark y los demás Mundos del Pacto. Supuso que los cerebros de los habitantes de aquellos mundos eran capaces de adquirir conocimientos comprimidos, que quedaban almacenados en ellos, de forma parecida a cómo sucedía en el sistema solar. Luego, esos conocimientos se activaban de forma inconsciente, cuando recibían el estímulo adecuado.

         —Nada de lo que hablemos aquí debe ser conocido más allá de los muros de esta celda —dijo el príncipe Leysan, obviando el comentario de Wini. A pesar de que la débil luz que emanaba del báculo que trajo consigo el hechicero iluminaba de forma vaga un rostro serio, la fórmica creyó adivinar cierto tono divertido en la voz de Leysan.

         —El único motivo por el que todavía seguís vivos es porque, según Daschael, no sois imilanis ni, eso salta a la vista, tampoco oroys —intervino Ealfrea, tajante—. Lo que nos lleva a cierta apremiante cuestión. ¿De dónde venís? 

         —¿Qué le habéis hecho al androide? —preguntó Wini, ignorando la cuestión. Se fijó en la muda expresión de metal de Retta.

         —Somos nosotros, quienes hacemos aquí las preguntas… —empezó a decir Ealfrea, pero el Mayordomo la interrumpió:

         —¿Androide, te refieres al autómata? Daschael quería estudiarlo. Verás, eh…

         —Winifred —dijo la fórmica, que notó como Ekarón fijaba en ella su atención—, mi nombre es Winifred.

         —Los autómatas son seres legendarios, Winifred. Al menos, para nosotros lo son. De ahí nuestro gran interés. Pero está bien, no te preocupes. Ahora, por favor, responde a la pregunta de la princesa.

         —Es increíble, lo inteligente que es, ¿sabes? Parece una persona. Yo creo que tiene alma —añadió Lettand, antes de que Wini pudiese decir nada.

         La mujer fórmica clavó su mirada en el joven. No pudo evitar un espasmo de sus pequeñas mandíbulas. Ealfrea miró a Lettand con severidad.

         Siguió un breve silencio. Todos esperaban a que ella hablase. Wini tenía más o menos claro que había algo por lo que a aquellos extraños humanos les interesaba dejarlos vivir. Pero, más allá de esa certeza, no tenía la más mínima idea de qué cosas de las que dijera podrían hacer empeorar su situación. Por un momento dudó sobre si debía mentir o decir la verdad; como no vio claro que mentir fuese útil (sobre todo porque ignoraba demasiadas cosas sobre aquel mundo y podían pillarla enseguida), optó por contarles la verdad. Casi toda, al menos.

         —Llegamos aquí desde otro mundo, a través de un portal. Pero el portal se cerró, como si nunca hubiese existido. No sabemos cómo volver. En realidad, ni siquiera estamos seguros de que debamos hacerlo.

         —¿Por qué? —Preguntó Ealfrea.

         —Porque huíamos de algo

         —¿Puede ser eso posible, Daschael? —preguntó Drasan al hechicero—. Los Portales son el nexo entre nuestro mundo y Más Allá del Verso, pero tú nos dijiste que estos seres no venían de allí.

         El hechicero no contestó. 

         —¿De qué huíais? —Siguió preguntando Ealfrea.

         —Es una historia un poco larga, pero la resumiré —habló Wini, a las penumbrosas figuras que la rodeaban, iluminadas por la pálida luz del hechicero—: Partimos de nuestro mundo, la Tierra, hace mucho tiempo, en una nave, una nave espacial. Tuvimos problemas, durante el viaje, y acabamos llegando a otro mundo, que no conocíamos. Eran varios mundos, de hecho, que estaban interconectados entre sí por medio de portales. En aquellos mundos existía una antigua profecía, sobre la llegada de un mal desde el remoto pasado, un mal que portaba nuestra propia nave. Ese mal desató el caos en los mundos a los que llegamos, y huyendo de ese mal es como llegamos hasta aquí. No sé muy bien cómo, porque lo cierto es que no sabíamos adónde nos dirigíamos, al cruzar el último portal. Pensábamos que quizá sería otro de aquellos mundos, llamados de… del Pacto. Y en cierto modo, creo que así fue, solo que este…, este mundo, que llamáis Dervishkania, parece mucho más lejano y, creo, más antiguo que los otros; como si al pasar a través del último portal, hubiésemos viajado a un tiempo anterior.

         No dijo más. Un misterio brotó del pozo de las cantarinas palabras de la fórmica, y se propagó por las vastas estancias de sus mentes. Se produjo un silencio, que fue la personificación misma del silencio, una presencia casi viva, al acecho del más mínimo sonido mortal: el roce de las ropas de Drasan, el siseo de los servomecanismos de Retta, el levísimo carraspeo de Leysan, el crujir de una de las articulaciones de Ekarón, la paulatina exhalación del aliento contenido de Lettand, el murmullo fotónico de la luz del báculo del hechicero.

         Todo esto es ridículo —cortó Leysan—. No hay más mundos que Dervishkania. Dervishkania es todo lo que es, y todo lo que es ha sido antes un sueño o una pesadilla, que habitó Más Allá del Verso. Todo, menos los dragones que cazamos, hechos de la esencia misma de Dervishkania.

         —Pero ¿y si es cierto, que hay otros mundos, Más Allá del Verso? —Dijo Ealfrea, mirando a su hermano. Ha dicho que viene de la Tierra. Quizá haya algo de cierto, en las historias sobre Terra.

         —Cuentos, para asustar a los niños —insistió Leysan.

         —Es posible —afirmó Daschael, que cambió de mano su báculo— que no sean solo cuentos, príncipe. Los hechiceros siempre hemos escarbado en busca de signos del pasado y del futuro, en las narraciones infantiles; aunque no sea parte notoria de nuestros esfuerzos, divulgar tales hallazgos. Pues, como por todos es sabido, nos debemos sobre todo a las más prosaicas necesidades de la corte. Sin embargo, entre los más ancianos de nosotros, los que son ya demasiado frágiles para seguir prestando su fluido vital, hay quienes cultivan estos misterios…, aireados aquí, de forma tan gratuita, por nuestra enigmática visitante —terminó, mirando intensamente a Wini.

         —Daschael —el otro día, cuando se nos llevó ante Drasan —dijo ella, señalando al Mayordomo—, hablasteis de algo llamado kroyá. ¿Qué es la kroyá?

         —La kroyá es lo que da forma a todas las cosas. Una simbiosis entre lo invisible y lo material, que moldea los sueños y las pesadillas de Más Allá del Verso. Eso es Dervishkania, lo que es. Toda Dervishkania, y sus habitantes somos el producto de la kroyá, en cierto modo… menos los dragones. 

         —Entonces, ¿de dónde vienen los dragones?

         —De ningún sitio, Siempre han estado aquí. Son el aliento creador de lo que es. 

         —Caray, ¿y osáis dar caza a algo tan sagrado?

         —Los dragones saben que eso es parte de su ciclo vital, ¿verdad, Daschael? —Interrumpió Lettand, queriendo ilustrar él mismo a Winifred, sobre un tema que le apasionaba— Nos alimentamos de su carne y de su magia, y así su esencia pasa a formar parte del mundo. De todos nosotros. 

         —Lo que nos lleva al asunto principal de esta reunión, extranjera —dijo Ealfrea—. Abisalia se muere. No sabemos si pasa igual en el resto de Dervishkania, porque no tenemos noticias de ningún otro lugar, ni tenemos autonomía mágica para viajar cinco mil leguas más allá de Nyarath. 

         —Ninguna nave que hayamos enviado para recalar en alguno de los cuatro reinos vecinos ha regresado —explicó Drasan—. Sin la magia del dragón, nuestros cuerpos terminan por descomponerse, en forma de cenizas. Eso es lo que forma el mar de arena gris, las cenizas de todo lo que ha sido, y de todo lo que será. Pero si vosotros dos, y vuestro autómata, no estáis formados por el mismo tipo de kroyá, quizá el mal de la escasez mágica no os afecte. Quizá podáis llegar en una nave a Mard, Palay, Pesa o Anstan, y saber qué ha pasado allí. Os enseñaremos a manejarlas.

         —Tres. Éramos tres. Nada más llegar a este mundo nos atacaron unos seres, mitad mujer, mitad serpiente, se llevaron a una compañera.

         —Nagas —dijo Retta.

         —¿Conoces el nombre de esos viles seres? —preguntó el hechicero, con su voz rasposa y aguda—. Curioso… Sí, muy curioso.

         —Mala cosa, si se la llevaron las nagas —señaló Drasan.

         —¿Podréis ayudarnos, a rescatarla?

         —Si volveís con noticias, con cualquier información que pueda sernos últil, os ayudaremos. Os lo prometo, Winifred —dijo Drasan.

         —Bien, todo estupendo entonces. Pero, como comprenderás, Winifred —dijo Ealfrea, pronunciando el nombre por primera vez, y la fórmica captó la sorna en su voz—, debemos asegurarnos de que volvéis. Por eso, hemos manipulado a vuestro autómata. Le extrajimos su extraña fuente de energía, y la cambiamos por un pequeño fragmento de corazón de dragón. Y oh, ¿sabes qué? Funcionó. Lo que no funciona para la carne mortal, sí lo soporta vuestro autómata. Pero, ojo, querida…, no es inagotable. Si no volvéis aquí a por su fuente de energía, o a por un nuevo fragmento de corazón de dragón, vuestro amigo de metal dejará de funcionar. Y te aseguro que solo los más dotados hechiceros saben cómo hacer esas cosas.

Capítulo 12

         Estuvieron listos para partir al cabo de trece días. Wini, Ekarón y Retta fueron llevados a vivir a una pequeña casita cerca de los muelles aéreos, de la que se les permitía salir de vez en cuando, aunque siempre escoltados de cerca por un par de soldados oroys de incógnito. Aprendieron a manejar la pequeña nave que usarían para el viaje, un humilde aeroesquife llamado Rondón, de casco de metal plateado, lleno de pequeñas abolladuras, parches de cobre y remaches de bronce. No tenía bodega ni cubierta (el grueso de la embarcación era poco más que un bote grande, de unos doce metros de eslora), pero a popa había una superestructura de madera marbúrea (una especie propia de Abisalia, con un aspecto como de hueso, que, según les dijeron, era flexible y resistente), que era donde habitarían durante el viaje, aunque tendrían que repartir turnos para gobernar el barco desde el puente alto.

          La primera impresión que tuvieron de aquella pequeña nave fue tan desoladora que estuvieron seguros de que iban a morir durante aquella expedición. Sin habérselo propuesto, aquella noche, Wini y Ekarón, junto a uno de sus vigilantes, terminaron emborrachándose con jugo de dosah, un licor local, en un bar de mala muerte (para los refinados gustos oroys, aunque a los fórmicos no les pareció ni tan mal), cercano a la casita que habitaban. El local tenía la suficiente mala reputación como para estar casi vacío de clientes, y no importarles, a los pocos que había, compartir sus vergüenzas con aquellos extraños seres. (La visión que tenían los oroy de quienes bebían hasta perder el control de sí mismos era muy mala. Para ellos eran poco más que parias). El licor tardó en hacer efecto en los dos fórmicos, que se quejaban de que aquello no subía nada. Solos en aquel mundo extraño, zarandeados sin contemplación por el destino, Wini, liberada por el alcohol (que al final subió todo del golpe), fue brutalmente consciente de que jamás volvería a ser humana, y de que siempre sería un ser monstruoso para aquellos oroys; se dejó compadecer otra vez por la desesperada búsqueda de empatía de Ekarón. Aunque, por supuesto, cada vez que el fórmico le pasaba el brazo alrededor del cuello, excediéndose con su cariño, Wini se lo retorcía y le recordaba, con mucha amabilidad, el lugar que debía ocupar aquella extremidad. Eso fue lo último que recordó la fórmica, antes de despertar, con un terrible dolor de cabeza, en el camastro de la pequeña casita que habitaban, en brazos de Ekarón. Retta estaba sentado, tan tranquilo, en una silla enfrente de la cama, contemplándola. Uno de los vigilantes roncaba con medio cuerpo echado sobre la mesa de la sala común (no había habitaciones). El otro estaba desayunando, y la miró con un extraño brillo en sus pequeños ojos humanos. Wini no recordó haber pasado tanta vergüenza en sus más de doscientos años de vida. En su azoramiento, tiró a Ekarón al suelo. El fórmico despertó de golpe, gritando: «Escnya, Escnya, mi vida, mi amor». Al final, Retta tuvo que intervenir, para que no acabasen matándose el uno al otro.

         El propio Daschael se encargó de pintar las runas que mantendrían la embarcación en el aire, cuatro bajo el casco, dos a cada lado de la quilla; y las que le darían impulso, en el espejo de popa, una a babor y otra a estribor. Les enseñó las palabras para gobernar la embarcación, “thonyfled”, para activar la runa de popa babor, y “thrythbald”, para la runa de popa estribor. Ekarón, que pareció revivir un poco y volver a ser él mismo, con todo el proceso de aprendizaje, preguntó por qué las runas no se llamaban simplemente “babor” y “estribor”, a lo que el hechicero reaccionó descojonándose en su cara, como si el fórmico hubiese contado un buen chiste. Como quiera que Ekarón aclaró, visiblemente indignado, que lo decía en serio, el hechicero le dio unas palmaditas en la espalda, diciéndole: «tú apréndete bien el nombre de las runas, si no quieres morir espachurrado contra el mar de arena». 

         Los nombres de las cuatro runas del casco eran “halra” y “ribur”, las dos de babor, y “lesty y laubri”, las dos de estribor, de popa a proa. Un fragmento de corazón de dragón alimentaba todas las runas. El esquife solo podía ser gobernado desde el puente alto, que estaba encima de la superestructura de popa, protegido de la intemperie por un toldo, y poco más. Había allí, en el centro del puente, un tubo acústico, que seguía unos conductos de metal a través de los cuales los nombres transmitidos llegaban hasta sus runas respectivas. 

         Cuando Retta se interesó por los entresijos de aquella magia, Lettand, que estaba siempre cerca del barco, zumbando alrededor de los fórmicos, el androide y el hechicero, dijo: «Las runas son como seres vivos. Reaccionan a las palabras, porque las entienden. Pero su inteligencia es muy pequeña, y solo entienden lo que pueden entender. Cada una tiene una finalidad única. No las saques de ahí».

         Llevaron a cabo un pequeño vuelo de pruebas, bajo la supervisión del propio Daschael y un oficial navegante oroy, llamado Robjasu. Iba a ser la primera de tres sesiones de entrenamiento, pero al final se quedó solo en una, a juicio de Ekarón, porque «hemos debido de impresionarlos, para que cancelen las otras dos». Wini creyó más bien que fue porque Daschael, cuyo demacrado rostro estaba más pálido de lo normal en él, quería seguir viviendo. 

         Y así fue como, tras pertrechar el aeroesquife con el agua y comida necesarios para llegar a Pesa, que fue el otro reino oroy al que el Consejo acordó finalmente que era mejor que se dirigiesen los extranjeros, estuvieron listos para partir.

***

         Se marcharon antes del alba, hacia un cielo nublado que presagiaba frío y lluvia. No hubo boato ni fanfarrias. Sus vigilantes los acompañaron hasta el último momento, como siempre habían hecho durante los días que vivieron en la casita de los muelles. Se llamaban Thorto y Carber, y si al partir Wini sintió algo parecido al afecto de un adiós, fue hacia ellos. Los príncipes y el Mayordomo también estaban allí; pero pocas palabras se dijeron que no hubieran sido dichas ya.

         —Recordad, volad siempre hacia el norte, durante unas cinco mil leguas. A la máxima velocidad de esta nave, deberíais llegar en poco más de una semana —dijo Leysan. 

         —Estas son las hojas mágicas de las que te hablé, Winifred —dijo Drasan—. Vierte en ellas tus pensamientos, todo lo que creas que sea relevante sobre el viaje, y lo que encontréis en Pesa. Sea lo que sea que descubráis allí, lo que se grabe en ellas nos será de gran ayuda, pues ahora lo que sabemos es lo mismo que nada.

         —¿Y…, si no regresamos? —preguntó Ekarón. Pero nadie respondió a aquellas palabras.

         —Suerte —dijo Carber, de forma casi tímida. 

         —Sí, vuestra suerte será nuestra suerte —sentenció Ealfrea.

         Soltaron amarras. Wini vio a sus escoltas, los príncipes y el Mayordomo empequeñecerse contra el suelo. Lettand y el hechicero no habían acudido a despedirles. Se reprendió a sí misma por lo ingenuo de aquel pensamiento. No había habido otra preocupación en todos aquellos humanos, oroys, o lo que fuesen, al margen del bienestar del reino de Nyarath. Contempló los miles de pequeñas casitas dispersas, una masa informe que se arremolinaba de un extremo al otro de la altísima meseta. Vista desde el aire, aquella vasta estructura natural le recordó a los volcanes de Marte. Sintió un fuerte arrebato de nostalgia, por aquel mundo perdido para siempre para ella. El ánimo de la mujer fórmica era consonante con el del cielo indiferente y plomizo, pero pensó que era por el mal cuerpo que tenía, pues apenas había probado bocado durante el precipitado desayuno. Había dormido mal. Cuando por fin se la llevó el sueño, se despertó tarde, con la sensación de no haber casi descansado.

         Los tres iban en el puente alto, para apoyarse entre ellos en el manejo de la nave, casi tanteando sobre la marcha cómo las runas respondían a las órdenes que les transmitían. El resultado fue un torpe bamboleo, que unido a su mal cuerpo produjo un sudor frío en la piel quitinosa de la fórmica. Se disculpó con premura y casi saltó a través de la escotilla, bajó a trompicones por la escala de madera y dejó atrás, rauda, los dos pequeños camarotes, para salir a la parte descubierta, que comprendía la parte central y la proa de la pequeña nave. Allí, en el último momento, vomitó por la borda lo poco que llevaba dentro. 

         Estuvo un rato con la cabeza apoyada entre los brazos, en la tapa de regala. Entonces unos pocos rayos de los pequeños soles atravesaron las nubes y colorearon el mundo bajo ellos, por un instante. A lo lejos, el castillo pareció despertar, rodeado de las casitas encaladas de blanco y tocadas con tejas rojas. Fue lo último que vio Wini, antes de que el barco se internase en las nubes. Le quedó una impresión funesta, que le costó quitarse de la cabeza, como si las casitas fuesen seres vivos que corrían a buscar ayuda, apretujadas alrededor del castillo. Volvió a subir.

         —Lo siento— dijo, al llegar al puente alto, pero se encontró con Ekarón echando su propio vómito, apoyado en la barandilla de popa del puente. Eso la hizo sentirse mejor. 

         Retta gobernaba el aeroesquife.

         —¿Mejor? Le preguntó el androide.

         —Sí, no te preocupes. ¿Qué tal, lo vas llevando bien?

         —¿La nave? Sí, creo que lo voy pillando. No es tan difícil. 

         Fue terminar Retta de decir aquellas palabras, y Wini tuvo que agarrarse a la barandilla de proa del puente alto, para no caer hacia atrás. La nave estaba haciendo un looping. Iban a caer al vacío.

         —¡Retta! —Gritó.

         —Lo sé, lo sé… —exclamó el androide, agarrándose al tubo de órdenes, con los pies en el aire—. ¡Halra, lesty! —gritó a la boca del tubo. Poco a poco, el esquife empezó a equilibrarse. 

         Entonces Wini se acordó de Ekarón, y miró hacia atrás, con el terrible convencimiento de que había sido arrojado a las nubes desde el puente alto. El fórmico estaba agarrado a los barrotes de madera de la barandilla, como si la vida le fuese en ello. Le había ido; el pavor todavía estaba instalado en su rostro, sus antenas tiesas de espanto.

         —Joder —fue todo cuanto pudo articular Wini. 

         —Sí, joder —coincidió Retta, con su voz metálica. Fue la primera vez que ella le escuchó decir un taco.

         —¿Empieza a hacer demasiado frío, o soy yo? —preguntó, el androide, al cabo.

         —Caray, pues sí —dijo ella, frotándose la cara y las manos, con su bermejo rostro todavía pálido—. Pero…, ¿tú puedes sentir frío?

         —Sí, claro, Wini. Tengo terminaciones nerviosas. Necesito sentir todos los estímulos posibles del exterior. Soy un robot muy sofisticado.

         —Ya veo. Oh, mira, acabamos de atravesar las nubes… Qué bonito, Retta. Este mundo es increíble —observó, mientras se elevaban por encima del mar de nubes, que brillaba aquí y allá con destellos de plata, atravesado por anchas franjas de tonos anaranjados. Permanecieron un rato en silencio, acompañados por el sonido del toldo del puente, sacudido por un viento suave, y los crujidos constantes y aleatorios de la nave. Luego ella miró hacia atrás, para ver cómo seguía Ekarón. Lo vio hecho un ovillo, y se debatió entre ir a ayudarlo o no hacerlo; pero en el tiempo que tardó en decidirse, el fórmico se puso en pie.

          —Oye, mierda, sí que hace frío —dijo ella entonces, con las mandíbulas castañeteándole—. Creo que estamos subiendo demasiado deprisa. Prueba a cancelar nivel de runas, ¿cuántas veces habéis pronunciado cada una, de las de la quilla? —preguntó, y se fijó en los paneles indicadores, a ambos lados del tubo de órdenes. 

         —Intensidad dos de subida, y dos de avance. 

         —Vale, veamos —dijo ella—. Halra, ribur, lesty, laubri. Halra, ribur, lesty, laubri —dijo, repitiendo la secuencia de nombres de las cuatro runas de elevación. Entonces el indicador de la intensidad de elevación marcó el cero, y poco a poco dejaron de ascender—. Nombrarlas seguidas, para disminuir o cancelar sus efectos —recordó, en voz alta.

         Ekarón se acercó junto a ellos. 

         —Qué tal, Ekarón, ¿todo bien? —Preguntó el androide.

         —Bien, bien… mejor que nunca. Seguimos vivos ¿no? 

         —Ja, ja, ja —rió Retta—, mejor que nunca, Ekarón— exclamó —¡humor fórmico!

         Los tres estallaron en sonoras carcajadas. Fue una risa contagiosa, incontrolable, que iba de uno al otro. Pudo ser porque aquello les pareció muy gracioso a los tres, o pudo ser porque necesitaban descargar toda la tensión acumulada desde lo ocurrido en Aldruthcia. Sus carcajadas resonaron hasta perderse en la inmensidad del mar de nubes, bajo la luz de la galaxia, los soles y las lunas.

***

         Cuando Wini estuvo medianamente convencida de que Ekarón sabía manejar la nave lo suficiente, acordaron hacer seis horas de guardia en el puente alto cada uno. Así, mientras uno de los tres estuviese gobernando la nave, los otros aprovecharían para comer y dormir, durante sus doce horas libres. Wini aprovechaba algo de su tiempo libre para grabar en las hojas mágicas sus pensamientos. Al principio aquella magia la desconcertó. Se tenía que pinchar en la piel, con una pequeña esquirla de corazón de dragón, y luego aplicaba la punta a la hoja, donde sus pensamientos se materializaban en forma de palabras, redactándose por sí solas. En cuanto a Retta, no necesitaba comer ni dormir, solo desconectarse de vez en cuando, y solía subir a charlar al puente alto, durante sus horas de descanso, lo cual tanto Wini como Ekarón agradecían mucho, pues así sus turnos se hacían más llevaderos. Wini también subía cuando le tocaba guardia a Retta, pero nunca cuando estaba Ekarón. En cuanto al fórmico, subió una vez, al principio, para darle conversación a Wini. Al ver lo rápido que regresó al pequeño camarote, Retta supuso que la cosa no había ido muy bien. Ekarón no volvió a subir más, estando Wini de guardia. Pero sí subía cuando estaba Retta. El siempre amable androide se convirtió en la víctima perfecta para la autocompasión de Ekarón.

         —Si pudiera volver atrás, te aseguro amigo que no lo habría hecho. No habría disparado a Gortax, de haber sabido su plan. Me crees, ¿verdad? Puedes ser sincero. Digas lo que digas, lo entenderé. —le dijo el fórmico al androide, en el turno de Retta en el puente alto, durante el segundo día de navegación. Las nubes se habían disipado, era de madrugada, y la luz de la galaxia marcaba una estela de luz en el lejano mar de arena. Más allá de los límites de la estela, el mar parecía un terciopelo negro repleto de diminutos diamantes, que se fundía en la noche para envolver el mundo entero. Las partículas de la arena gris estaban por todas partes, también alrededor del propio barco; lo único que permitía diferenciarlas del fondo de estrellas era su movimiento rápido, fugaz, impredecible… Parecían pequeñas cosas vivas. 

         —Por supuesto, Ekarón. No te mortifiques, compañero. Tal como yo lo veo, tú jugaste un rol decisivo en los acontecimientos. Gortax te usó para poner de su parte a la mayor parte de los rammanianos. Sin tu participación como líder de los Revisionistas, Gortax no habría tenido tanto éxito al exacerbar al pueblo. Claro que eso fue lo que acabó con su vida. No fueron los guardias cibernéticos, como él había temido, sino tú. Quizá te infravaloró, o quizá sí supo ver el peligro que podías llegar a ser para él. Pero creo que no, ¿sabes?, porque al dispararle pusiste en peligro a Wini. «Y estoy seguro de que Gortax la amaba» —pensó el androide, pero eso no lo dijo, pues su programación le impedía expresar ciertas cosas, ciertos secretos, que solo Gortax, Tobias y él conocían.

         Ekarón se quedó un buen rato callado ante aquellas palabras. Tanto que Retta se lo quedó mirando, de hito en hito.

         —Eh, gracias por tu sinceridad, Retta. 

         —De nada, amigo.

         De repente, sonaron unos golpes bajo ellos, y un chillido.

         —Wini —exclamó Retta.

         —Escnya —exclamó Ekarón, a la vez.

         Entonces, antes de que les diese tiempo a reaccionar y decidir quién bajaba, escucharon otra voz, que no era la de Wini. Siguió un breve silencio, y después otra vez la voz de la fórmica. Por último oyeron pasos en la escala que subía al puente alto. Ante ellos surgieron las figuras de Wini y un oroy. Era delgado, no muy alto, de ojos oscuros y brillantes bajo el flequillo de una sucia y desgreñada melena negra. Era el joven Lettand; la fórmica lo había arrastrado por el cuello de la camisa, escala arriba. 

         —Llevábamos un pequeño polizón abordo —Dijo ella.  —¿Qué vamos a hacer con “esto”?

         —¿Lo primero?, lavarlo. Ya decía yo que olía mal por ahí abajo. Después, ya veremos —dijo Ekarón.

         —Coincido con Ekarón. Yo también puedo oler, ¿sabéis? Aunque pensaba que esa peste era una consecuencia lógica de convivir en un espacio tan pequeño con dos fórmicos —opinó Retta, y los “dos fórmicos” se miraron, con las antenas enhiestas. El androide siguió hablando—. Luego, ya va siendo hora de que nos sentemos a debatir entre todos, con los datos de que disponemos, qué creemos que es este lugar, y si este joven es o no el mismo Lettand que fundó los mundos de los que procedemos. Por si acaso, propongo que lo tratemos con respeto.

***

         —No lo estarás diciendo en serio —afirmó más que preguntó Ekarón, al oír las palabras del androide—. No sé qué mundo es este, uno nuevo, desconocido…, estamos de acuerdo; pero tiene que ser otro de los Mundos de Lettand. Quizá no del Pacto, vale, puede que se escindiese de los demás en algún temprano y olvidado momento de la historia. Pero, desde luego, sí de Lettand. No es otro el motivo de que este joven humano se llame así. Tú opinas igual que yo, ¿verdad… Wini?

         Wini imaginó el esfuerzo que debió de costarle a Ekarón llamarla por su nombre. Era la primera vez que lo hacía. Se dio cuenta de lo importante que debía ser para él aquel tema.

         —No —respondió—. Ekarón, ¿te has fijado, por casualidad en eso que está en el cielo? Es la galaxia; entera, toda ella. Si la vemos desde aquí, es porque estamos fuera de ella. No creo que tu argumento de que este planeta sea otro de los mundos de Lettand pueda sostenerse. Lo siento. 

         —Ya, por supuesto —masculló el fórmico, y sus mandíbulas se agitaron de forma ostensible.

         —¿Alguien puede relevarme un momento? Esto va a ser largo, bajo a por algunas cosas.

         —Yo lo haré —dijo Lettand, resuelto. Retta pareció dudar un segundo, mirando a Wini.

         —Sí, claro —dijo ella—. A ver, es un oroy, seguro que lo hace mejor que cualquiera de nosotros. Además, hace muchas horas que llevamos el mismo rumbo y elevación. Casi podríamos bajar todos. Pero no, no vaya a ser… —dejó la frase inacabada, y luego explotó—: Por la galaxia, Lettand, ¿se puede saber en qué estabas pensando? ¿No te das cuenta de que puedes morir? Joder…, tendremos que dar la vuelta.

         —No.

         —Lettand…

         —Que no.

         —Mierda.

         Retta volvió enseguida, con varias mantas y un laf, una especie de hongo, que empezó a desprender calor cuando el androide marcó su pie con una esquirla de corazón de dragón. Todos se sentaron en corro, envueltos en las mantas, alrededor del hongo. La agradable luz del pie de la seta, amarilla en la parte cercana a la volva y rojo-anaranjada bajo el sombrero, contorneó sus oscuras figuras. 

         —Entonces, de verdad creéis que este crío es un dios —dijo Ekarón, sin más contemplaciones—. ¿En forma de Precursor?

         —Lettand —dijo Wini, consciente de las caras que estaba poniendo el joven—, verás, en el lugar del que venimos, Lettand era el nombre de un dios. Había cuatro, Lettand, Leetheora, Nanchard y Wisechelle. ¿Conoces a alguien más que se llame así, por aquí?

         —Eso no probaría nada—protestó Ekarón, pero se calló cuando Wini lo miró, con impaciencia.

         —Wisechelle —pronunció Lettand—. Mi padre, el rey Thyard, me habló de ella, antes de… antes… de morir. Dijo que yo estaba destinado a ser el más grande de todos los oroy, y que tenía que buscar el libro. Un libro que a él le había dado una mujer que se llamaba así. Wisechelle. Pero no lo he encontrado. Por eso me fui con vosotros. Yo ya no tengo nada que hacer en Nyarath.

         —No, Lettand, volveremos —insistió Wini—. Está decidido. Daschael me contó que todos los oroys lleváis runas tatuadas por el cuerpo, para poder viajar por el mar de arena. No podemos arriesgarnos a que se te apaguen las runas y…

         —¡No!  —Gritó Lettand—. Pero qué runas. ¿Es que no lo entiendes? Yo no tengo runas. 

         Wini se lo quedó mirando, con las mandíbulas abiertas.

         —Lo siento —exclamó entonces el joven—. No tenéis por qué saberlo, claro. Nadie lo sabe. Mirad —dijo, apartando la manta y desabrochándose varios botones de la camisa, bajo la túnica—, no tengo periáptide. Se me cayó. No soy mágico. Soy como vosotros. No creo que vaya a pasarme nada.

         Todos percibieron, a la luz del laf, la pequeña mancha sonrosada en medio de su delgado pecho. Tenía forma de óvalo.

         —¿Peri-qué? —dijo Ekarón. 

         —Periáptide. Es un pequeño simbionte. Se une a todos los oroys, al poco de nacer, en una ceremonia sagrada, llamada Kroyagu. Se alimenta de nuestro cuerpo. A cambio, los kroys dan a los oroys su capacidad para absorber la magia de las esquirlas de corazón de dragón. Pero el mío no está, desapareció. Mis runas ya nunca se iluminarán. Yo…, no creo que sea como los demás oroys. No sé quién fue mi madre. Nunca lo he sabido. Pero sospecho que, por lo que me contó mi padre…, no sé… Quizá fuese… 

         —Wisechelle —dijo Wini, bajito.

         —Sí. 

Capítulo 13

         En el cuarto día de la travesía las runas de elevación empezaron a fallar. Retta llevaba horas enfrascado en la lectura de los viejos manuales y diagramas que explicaban la magia de las runas, sus funciones y aplicaciones al aeroesquife. Ekarón y Lettand dormían aún, sin enterarse de nada. Era por la mañana, y el sol amarillo y el sol rojo brillaban superpuestos a la galaxia. Su luz danzaba entre los brazos espirales, los planetas y las lunas, personificada en los incontables y ubicuos granos de arena, que flotaban por doquier. De forma casi inconsciente, fatigada como estaba por la larga y solitaria guardia, Wini dejó de pensar, por primera vez en horas, en cómo podrían sobrevivir si caían y quedaban varados en aquel interminable desierto de arena gris. 

         Se perdió en la contemplación de la galaxia, que de pronto pareció girar y girar, ante la visión abstraída de la fórmica. Su subconsciente se había apoderado de ella; tuvo una visión, profunda, cristalina, breve. La galaxia era un reloj, y a la vez una gran ruleta cósmica. Un sol marcaba las horas y el otro era una bola de fuego que señalaba el destino. Entonces, un sonido llegó desde algún lugar lejano, en la inmensidad de los claros cielos malvas. La visión se disipó, y Wini emergió al mundo de la vigilia, tan rápido como la había abandonado. Había sido el lento, retumbante y agudo quejido de un dragón. 

         Wini miró hacia todas direcciones, desplazándose por todo el pequeño espacio del puente alto. Se inclinó sobre las barandillas de babor y estribor, haciéndose sombra con sus garras fórmicas, evitando que los soles arrancasen destellos de luz de sus globojos azul celeste. No vio ningún dragón ni ninguna otra criatura. Aquello la alivió tanto como ensombreció aún más su ánimo cada vez más alicaído. No habían visto un solo animal en todo el viaje; ni el más pequeño pájaro, ni siquiera un mísero insecto volador había llegado hasta ellos. Ella, entre lo que le había sido dicho y lo que llevaba viendo varios días por sí misma, había llegado a la conclusión de que Dervishkania era un mundo muerto, a excepción de los reinos oroys y los monstruosos imilani que reptaban en las lejanas y traicioneras arenas bajo ellos. De esos sí habían sobrevolado un grupo, el día anterior. Al menos, Lettand les dijo que eran imilanis, aunque no llegaron a distinguir qué clase de criaturas eran. Se dispersaron rápido, cuando la sombra del aeroesquife los alertó de su presencia en el cielo. 

         Retta asomó la cabeza. No había hecho ruido al subir por la escala de madera, y Wini dio un respingo. 

         —Perdona, te he asustado.

         —No, qué va. ¿Has sacado algo en claro?

         —No mucho, la verdad, los textos oroys son tremendamente arcanos. Innecesariamente arcanos, yo diría. Parece que les gusta adornarse en cosas absurdas, lo cual parece absurdo en sí mismo, dado que para otras cosas parecen seres tan lógicos como podría serlo yo mismo. En fin, me temo que tendremos que ir bastante más despacio a partir de ahora, para conservar la energía suficiente para las runas de elevación, y no caer al mar de arena.

         —Pero entonces, corremos el riesgo de terminar quedándonos sin energía igualmente, y al ir más despacio, estaremos aún demasiado lejos lejos de Pesa.

         —Sí, así es.

         —¿Y no crees que sería mejor acelerar, ir lo más rápido que podamos, aunque nos quedemos antes sin energía?

         —Me temo que el lugar en el que tocaremos tierra será más o menos el mismo. Pero la primera opción nos da más tiempo para estar descansados, y quizá para que se nos ocurra otra cosa. Puede que haya algo en lo que no hemos pensado aún, que nos pueda ayudar…

         —Parece razonable. En fin, ve a desconectarte un rato, Retta; estás haciendo unos ruiditos muy raros. Yo hablaré con Lettand, a ver qué opina. Es el único que es de este mundo. Quizá haya sido una suerte, que viniese con nosotros, si es cierto que el mal de la magia no le afecta.

         —Está bien, Wini.

         El androide ya bajaba la escala, cuando Wini añadió: 

         —Retta… ¿Estás bien?, eso que te hizo esa maldita oroy, igual te ha afectado demasiado.

         —Estoy bien, no te preocupes. Pero supongo que tienes razón, en lo de que me hará bien desconectarme un rato.

         —Bueno, vale. Descansa —dijo ella.

         Poco después fue Lettand el que emergió por la apertura de la escala hasta el puente alto. Iba envuelto en una manta, a modo de segunda túnica.

         —Hola Winifred, buenos días.

         —Buenos días, Lettand.

         —Me lo ha dicho Retta. 

         —Sí, no pinta bien. Mierda. Creo que pudo ser esto mismo lo que le sucedió a vuestras otras expediciones; que las runas empezasen a fallar y cayesen al mar de arena. Y entonces ya jamás volvió a saberse de ellos. Atacados y devorados por los imilanis… 

         Lettand se estremeció.

         —Oh, lo siento, Lettand. Mira que soy bruta; a veces se me olvida que eres solo poco más que un niño humano…, bueno, oroy.

         —Ah, no, no es eso… No tengo miedo. Es que hace frío aquí. Estamos ya muy al norte.

         —Sí.

         —Winifred…

         —Puedes llamarme Wini, si quieres.  

         —Vale, tú a mí Let… Si quieres.

         —Lo haré.

         —Wini… Tú…

         —¿Sí?

         —¿Tú siempre has sido así?

         —¿Así…, qué quieres decir? —dijo ella, pinzando una ceja.

         —Sé que soy diferente de otros oroys, porque puedo soñar. No es algo de lo que suela hablar con ellos. Hace mucho que no hablo con nadie de estas cosas. A menudo te he oído referirte a los oroys como “humanos”. Sé que desconoces muchas cosas sobre nuestro pueblo y nuestra historia, pero no somos humanos. Yo leo mucho, ¿sabes?, ya que no me dejan hacer casi ninguna otra cosa. Los oroys no son humanos. “Humanos” es uno de los nombres que en los Libros de los Mitos se da a los Precursores. Unos seres legendarios, que crearon Más Allá del Verso. Ningún oroy mínimamente centrado cree que existan. Porque su existencia, aunque solo fuese en el pasado, amenazaría las ideas que los oroys tienen de sí mismos. Verás, a los Precursores también se los conoce como “los que soñaban”. Supongo que sabes que los oroys no sueñan.

         —No, no lo sabía. Aunque sí que me habíais parecido un poco fríos y lógicos. Me recordáis a Retta, aunque vuestro aspecto sea muy diferente —dijo Wini, francamente fascinada por las palabras del joven.

         —Pues no sueñan. Porque no son humanos, aunque su aspecto sea muy semejante. Pero yo sí. Creo que eso tiene que ver con que se me cayese la periáptide, y creo que no es casual que se me cayese pocos días antes de que vosotros aparecieseis en Dervishkania. El otro día, cuando os llevaron ante Drasan, vi a unos seres como tú y Ekarón, en el Gran Mural del salón del trono. Estoy seguro de que no estaban allí antes.

          Fue Lettand quien rompió de nuevo el breve silencio que siguió:

         —Antes de verte por primera vez, en la bodega de la nave de Ealfrea y Leysan, yo había soñado contigo. Estoy seguro de que eras tú. Solo que en el sueño no te llamabas Wini. No parecías una imilani. Te llamabas Betceol, que es como en dervishkano se dice “el que da nombre a las cosas”, y parecías más bien una oroy. O, tal vez, una humana. Creo que Terra existió, y que es la Tierra, el mundo del que dices provenir. Y creo que no es un mundo como pueda serlo este. Creo que es el mundo de origen de los Precursores. Los que sueñan. Los que soñáis. Los que soñamos.

***

         Cuando por fin se acostó aquella tarde, tras ser relevada por Lettand, comer unas conservas y usar durante un rato las hojas mágicas, Wini soñó. Cuando despertó, supo que su mente había transitado por realidades que tenían que ver con las palabras del joven y extraño oroy, pero la memoria de lo soñado se le escurrió como agua entre los dedos. Betceol, humana, la que nombra, Betceol… la que crea, la que sueña, Betceol… los dioses… Betceol… Betceol… Betceol…

         Volvió a dormir, y esta vez sí recordó, aunque fue por poco tiempo: soñó que todo había sido un sueño. Que estaba de regreso en la Tierra, y rechazaba viajar a Marte para enrolarse en la tripulación de la Perseverance; que prefería renunciar a su cuerpo físico y entregarse al azar, para despertar en algún mundo del Metaverso. Fue un sueño absurdo, por supuesto, como suelen ser los sueños. Ya que no se entraba al azar en el Metaverso; cada persona podía elegir el mundo, el universo virtual, en el que vivir el resto de su existencia. Aquello era lo cómodo, el camino de la certidumbre, frente a las dificultades y los retos que plagaban de sombras el camino de los que elegían las estrellas. Esas sombras se encarnaron de pronto en el vuelo de un dragón, que se había lanzado contra el Rondón, atrapándolo con sus garras inmensas y escamosas. 

          Wini abrió los ojos en la oscuridad del pequeño camarote. Fue una suerte de “¡Eureka!” imposible de celebrar, porque no tuvo tiempo para ello. El descubrimiento: el de la realidad solapada con su sueño. Una realidad plagada de sombras, sombras de alas que eclipsaban el resplandor galáctico del firmamento.

          El mundo se inclinaba hacia abajo, hacia la proa. La pequeña hamaca se balanceaba de forma insana, tanto que en uno de los bandazos salió volando. Podría haberse lastimado seriamente, al estrellarse contra el suelo o un mamparo, si no fuese porque su propio sueño, de algún modo, la había avisado. En una décima de segundo, que para Wini fue pura intuición, el sueño había sido sustituido por la realidad, y allí estaba ella, de pie, a duras penas, clavando las garras de los pies en el suelo de madera, en la basculante oscuridad. Abrió de golpe la puerta que daba al exterior, a la parte media de la nave y a su proa, esperando ver el acoso de los dragones. Pero no había dragones. La realidad era mucho más cruel, y mucho menos espectacular. El Rondón caía, se acercaba sin solución al mar de arena. 

         «Oh, no…»

         —No, no, no, nooo.

         De pronto el aeroesquife cayó aún más vertical, y tuvo que agarrarse al pomo de la puerta de la superestructura de popa, para no caer de espaldas hacia la proa. Pero el pomo cedió, justo en aquel momento. Se quedó con él en la mano, y no pudo hacer nada para evitar volar a lo largo de la nave, viendo impotente como los nueve metros que la separaban de la proa pasaban a toda velocidad, mientras agitaba de forma frenética sus brazos y sus piernas. Se dio un costalazo contra la muela de cabullería del ancla. Su cabeza evitó uno de los picudos brazos de hierro por tan solo unos centímetros, pero apenas tuvo tiempo para ser consciente de ello. El golpe la dejó sin respiración. Su visión se nubló. Durante unos segundos pensó que iba a perder la consciencia y quedar a merced del mortal capricho de aquella pequeña nave encabritada. 

         —Escnyaaa, Escnyaaa… Wini. Winiiii, ¡Winiiiii! —Gritaba alguien. Wini se debatió por emerger a la consciencia. Algo le golpeaba en la cara. Enfocó la vista. Era el extremo de un cabo. En el otro extremo estaba Ekarón, gritando su nombre. Por fin, cogió el cabo, y fue andando paso a paso hacia la superestructura de popa, clavando las garras de sus pies, a cada paso. Ser una mujer hormiga le iba a servir al fin para algo, pensó. Ekarón tenía el otro extremo del cabo amarrado a su cintura, sus fuertes piernas, mitad humanas y mitad insectiles, apuntaladas contra el interior del mamparo, mientras tiraba de Wini. Por fin ella llegó a su altura, y ambos se fundieron en un abrazo puramente pragmático. Después Ekarón la ayudó a auparse hacia el puente alto, aprovechando un momento en el que la loca inclinación de la nave hacia la proa pareció suavizarse. Ella ayudó a Ekarón a subir. 

         Tirados en el suelo, jadeantes, Wini pudo fijarse por fin en lo que pasaba en el puente. Lettand intentaba por todos los medios dominar el Rondón, gritando runas como loco, mientras la nave proseguía en su vertiginosa caída hacia el mar de arena. Lo más inquietante, sin embargo, fue ver a Retta. El androide estaba tirado en el suelo, atado a la barandilla que daba a la proa, a estribor. El compartimiento en el que palpitaba la débil luz de su fragmento de corazón de dragón estaba abierto, y unos cables de cobre se dirigían desde la gema hasta entrar por el orificio del tubo de órdenes. Wini no supo entender del todo el significado de aquella imagen, ni tuvo tiempo para pensar sobre ello, porque la urgencia del instante fatal se sobrepuso a cualquier consideración. Supo que todo iba a acabar allí, y que ya no merecía la pena pensar en nada más. El mar de arena estaba tan cerca que el suelo se volvió cielo, un cielo fatal y final, que abarcaba el mundo entero. Sus sentidos fueron incapaces de medir los segundos que faltaban. En la frontera de la muerte, el tiempo dejó de tener sentido. Se arrastró hasta Retta, y le garró de la mano, sin soltar la de Ekarón. Retta a su vez, alargó su otro brazo, trémulo contra el cielo de arena, y agarró la mano de Lettand, que por fin se había rendido, para reunirse con sus compañeros. Y así, agarrados en un círculo, cayeron todos de bruces en el suelo, cuando el Rondón interrumpió su caída de forma abrupta, y el cielo, el cielo de verdad, con su galaxia, sus planetas y sus lunas, volvió a estar arriba. Les costó otro tiempo incierto asimilar aquel nuevo prodigio. A todos, menos a Wini, que había soñado con aquello. Unas garras inmensas y escamosas habían hecho presa de la pequeña nave, y la remontaban hacia el cielo.

         Era un dragón.

***

         En algún momento, Wini empezó a asimilar que viajaban en un barco que volaba sostenido por la fuerza de un dragón. Era un animal extraordinario, diferente a cualquier otro que ella hubiese visto, pero a la vez parecido: el epítome de todos los animales, incluido el ser humano y sus prodigiosas variantes de los Mundos de Lettand. Su piel, de escamas amarillentas como cristales de palasita, brillaba, y era difícil comprender si aquella luz brotaba de la criatura o era el reflejo del firmamento de la noche recién llegada. Los omnipresentes granos de arena eran repelidos por aquel brillo, lo que confería a su portentosa figura la sensación de degradarse contra el cielo nocturno. Expelía su aliento en lentas y sonoras espiraciones, que producían copiosas nubes de vapor. Aquello, unido al calor que despedía su cuerpo con cada poderoso batir de las alas gigantescas, produjo una suerte de microclima sobre el aeroesquife, que agradecían los huesos y las mentes de los cuatro compañeros.

         «Wini», escuchó la fórmica la voz del dragón, en su mente.

         «Qué», respondió.

         «Soy Hewjarah, tu eudaemon».

         «¿Mi qué?».

         Entonces, la voz del dragón cantó:

         «De más allá de este mundo es la luz en el cielo oscuro,

vestigio del sueño que ruge y manipula la memoria.

Punzón que clava en la piel las palabras del eudaemon».

         Por la forma en que reaccionaron sus compañeros, la fórmica supuso que ellos también habían escuchado aquellas palabras hechas de música.

         —Qué ha sido eso —exclamó Ekarón. Fue lo primero que alguno de ellos pronunció, desde que el dragón los rescatase de la muerte.

         «Ha sido precioso, Señor dragón…»

         «Hewjarah».

         «Sí, Hewjarah… Pero, ¿qué significa, esa canción?»

         «Tú me has convocado, en tus sueños, Wini».

         «No, no puedo entender».

         «Soy tu guía y protector, tu ángel guardián, tu semidiós vigilante».

         Wini no pudo evitar ruborizarse, sin entender muy bien el porqué, ante lo rocambolescamente íntimo de aquellas palabras, rodeada como estaba de sus compañeros de viaje; aunque no creía que ellos hubiesen oído o sentido al dragón (al menos, cuando no cantaba). Pero enseguida aquella sensación se difuminó con la comprensión de lo que el dragón acababa de decir.

         «¿Quieres decir que eres…, eres mi IA, mi inteligencia artificial?»

         «Sí, te habías perdido, pero yo he vuelto a encontrarte».

         No, no podía ser posible. Todo a cuanto había renunciado, su propio cuerpo, parte de su humanidad, para…

         «Eres Hapola».

         «¿Hapola?» No. Te he dicho que soy Hewjarah. Aunque Hapola sí que parece el nombre de un eudaemon, no tengo el gusto de conocer a esa IA».

         «Pero entonces es cierto, tú también eres una IA». 

         «Pues claro, mujer. Eudaemon, IA, qué más da cómo lo llames. Somos los vigías de las fronteras de los sueños. Los que deben guiar a la humanidad, sea cual sea su forma, en su búsqueda de la felicidad».

         «Pero yo ya tenía una IA. Me deshice de ella en… otro mundo». No estaba segura de que aquella información no fuese a enfurecer al dragón, eudaemon, inteligencia artificial, o lo que coño fuese aquel ser, pero al cuerno; en aquel momento no le apeteció andarse con rodeos. «Además, ¿qué pasa si yo no quiero que nadie me guíe, para ser feliz?» preguntó.

         El dragón se rio, como si Wini le hubiese contado el mejor chiste del mundo. Otra vez sus compañeros reaccionaron, como si también hubiesen oído la risa del dragón.

         —Ha sido el dragón— susurró ella, señalando al gigantesco y alado ser de forma subrepticia, como si hablar bajito y disimular fuese algo práctico con alguien que podía leer su mente. 

         «Wini, todo el mundo quiere ser feliz». 

         «No, si el precio es estar dirigidos. Llegamos a este mundo huyendo de los que son como tú». 

         «¿Estás segura? ¿No huíais, quizá, de vosotros mismos, de ti misma?»

         «Eso es una estupidez» sentenció ella. 

         Hewjarah no respondió, pero a ella le pareció que la miraba de reojo, girando levemente su inmensa y leonada cabeza, desde más allá de la proa.

         «¿Dices que me encontraste a través de mis sueños?»

         «Así es, Wini. Soy un vigía de las fronteras de los sueños. Ese es mi trabajo, podría decirse. Los humanos tienen miedo de perderse, cuando nadie les guía. Dervishkania es un nuevo comienzo, el mundo del nexo, un puente entre los mundos del metaverso y la realidad. Aquí los sueños se significan a sí mismos. Nanosondas autorreplicantes forman el mar de arena; dan forma a los sueños de quienes duermen y viven en el metaverso. Les dan presencia física, en la realidad del futuro del sistema solar. Este mundo es el crisol del que nacen las criaturas que pululan por los mundos de Lettand. Pero eso, claro, aún no ha sucedido. O quizá ya ha sucedido muchas veces, de mil formas distintas, pues Dervishkania existe al margen del tiempo».

         «¿Qué vas a hacer con nosotros?»

         Wini despertó con una violenta sacudida, que zarandeó otra vez al Rondón. Al principio no entendió nada. Debía de haberse quedado dormida, pensó, junto a los demás, cuando el dragón los remontó hacia el cielo, salvándolos de una muerte segura. ¡Pero ahora la criatura los había soltado! La vio retorcer sus alas en el cielo, en un tirabuzón, mientras ganaba altura. Entonces reparó en la otra nave. Era mucho más grande que el Rondón, parecida en su tamaño, e incluso en su forma, a la gran nave de los príncipes de Nyarath, cuando los capturaron al llegar a Dervishkania. Estaban persiguiendo y arponeando a Hewjarah. «¿Hewjarah? ¿Por qué sé su nombre?» Ekarón ayudaba a Retta a desconectarse de los cables de cobre. Lettand parecía dormir aún. Otra fuerte sacudida los desperdigó por el puente alto. Wini rebotó contra la barandilla de popa. El golpe fue tan fuerte que cayó hacia el otro lado. Hacia el abismo. Gritó, pero su horror fue sofocado por la arena que invadió su boca. El dragón debía de haberse esforzado en soltarlos lo más cerca posible del suelo, comprendió. El golpe del aeroesquife con la arena fue lo que los despertó. Miró hacia el surco que había dejado el Rondón en el desierto gris, iluminado por la luz del amanecer. Escuchó el quejido del metal del casco, al detenerse por completo. Y luego, un silencio.

***

         Wini se acercó al Rondón, dando tumbos sobre la arena gris, mientras el dragón caía desde el cielo. El sonido del golpe fue breve y sordo, pero retumbó y se propagó como un pequeño seísmo, que hizo vibrar la arena bajo los pies de la fórmica. La gran nave dragonera descendió y se perdió de vista, al otro lado de un pequeño risco de piedra negra que asomaba en lo alto de unas dunas. Enseguida sintió una paz repentina, la que sucede a un sonido molesto, cuando te acostumbras a él y de repente cesa. Había dejado de percibir el hipnótico y palpitante, casi infrasónico, runrún de las runas en el casco de la gran nave. Eran muchas más que las que habían levantado e impulsado al pequeño Rondón. 

         Llegó hasta el aeroesquife. Había varado en el mar de arena, escorado hacia babor. Retta estaba poniéndose en pie, justo en el momento en el que Wini terminaba de rodear el espejo de la nave. Había caído por la parte de babor del puente alto, ahora apoyada sobre una duna. 

         —Retta —dijo ella, que acarició la cara del androide— ¿Estás bien?

         —Wini… Sí, estoy bien. No te preocupes por mí. 

         —¿Y los demás?

         —Ekarón ha entrado a buscar su bolsa. Le he dicho que yo ya había recogido las raciones que quedaban, que daba igual, que se olvidase de ella. Pero debe tener algún motivo importante, porque cuando intenté retenerlo, no sé…, por un momento pensé que iba a golpearme.

         —¿Y Lettand? —preguntó ella, y había inquietud en su voz.

         Retta señaló con su dedo metálico, que reflejó la tímida luz de los soles nacientes.

         —Allí, ¿lo ves?, más allá de la proa —dijo—. Creo que cayó el primero. Estaba inconsciente. No pude agarrarlo. 

         Wini vio un pequeño bulto en la arena, apenas distinguible de los demás pequeños barjanes de aquella parte del mar de arena. Se dirigió hacia él, con grandes pero torpes zancadas, sorteando las crestas. Era una hormiga roja que caminaba sobre dos piernas humanas, movía dos brazos humanos, y exhalaba, en el gélido aire de aquella recóndita zona norteña, el vapor producido por el aire caliente de dos pulmones humanos. Eso fue lo que vio Viaren, príncipe de Pesa, alertado por uno de los vigías de su nave, cuando este le pasó su catalejo, en lo alto de uno de los riscos.

         —¡Lettand! —llamó la fórmica, impaciente, a medida que se acercaba al cuerpo del joven. 

         ¿Por qué se sentía así? Tal vez porque tenía miedo. Miedo del frío; miedo de la nave que acababa de matar a un dragón; miedo del dragón caído, y de los demás dragones que pudiesen existir, por si llegaban para vengar a su compañero. Pero sobre todo tenía miedo por Lettand. Porque, a cada paso que la acercaba al príncipe mestizo, una oscura premonición crecía en su corazón.

         Cuando estuvo a unos veinte metros del bulto que era el cuerpo caído del joven, un sonido estrepitoso rasgó la mañana en el desierto. Fue como si la misma tierra se rasgase. La duna que había tapado la nave oroy desapareció, engullida por la arena. Fragmentos de roca volaron por el aire. Un remolino de pura oscuridad se había abierto alrededor de la nave dragonera, cuyas runas se iluminaron y titilaron como locas. Intentaban escapar de aquella vorágine, de forma desesperada. Wini no dejó de avanzar. Fue como si algo le susurrase al oído que saber cómo estaba Lettand era el origen de sus miedos.

         Cuando estuvo a unos diez metros del cuerpo de Lettand, el dragón surgió del agujero negro, aunque Wini no estuvo segura de si había salido de él o había sido creado a partir de la arena que se arremolinaba con furia alrededor de la nave. Pero ella siguió caminando.

         Cuando Wini llegó al cuerpo de Lettand, apenas lo reconoció. Era una masa palpitante, gelatinosa, amarillenta. Una crisálida, en plena metamorfosis.

FIN DE LA SEGUNDA PARTE

Trilogía de los Singulares. Libro I, Soles extraños. Primera Parte.

Capítulo 1

         Registro de las respuestas, recuerdos y pensamientos del personal de la Perseverance. Día cuatro. Damian Frit.

         —Taylor Vail siempre fue diferente a los demás miembros de la tripulación. 

         —Sí, lo cierto es que sus ideas eran muy originales; extrañas, incluso. Que eso tuviera que ver con su posterior desaparición, y con todo lo que pasa aquí, en Acantha… Miren, me parece que no están preguntando a la persona adecuada. Yo solo soy un técnico. De verdad, este asunto se me escapa por completo. No sé qué conclusiones esperan sacar.

         —¿Peligrosas? Bueno, yo no sé si diría tanto. ¿Son peligrosas las ideas, por ser originales? Después de todo, los humanos tenemos libre albedrío, ¿lo sabían?

         —¿Me pregunta que cuándo empecé a darme cuenta de lo diferente que era? Bueno, tuvo que ser en algún momento de mi primera guardia, durante el año que estuvimos juntos, en el primer tercio del viaje. Acabábamos de dejar atrás el sistema estelar de Alfa Centauri. Espere, accederé a ese banco de memoria. Supongo que querrán verlo. 

         —Aquí. Esto les puede interesar, pero ya les digo que no sé de qué les va a servir… Vale, vale, está bien. Ustedes saben lo que buscan. Por supuesto, es su trabajo, no el mío.

***

         —No estoy de broma, Damian. Tú solo piénsalo por un momento. No te digo que me des la razón, solo que no te cierres en banda, y pienses un poco en ello. ¿No te parece todo demasiado perfecto?

         —Todo son muchas cosas, Taylor. Si quieres que te siga el juego, concreta un poco, anda.

         Los dos estamos sentados en la sala de control de la Perseverance. Taylor, Winifred y yo somos las únicas personas despiertas en la nave. El resto de la tripulación permanece en estasis en las cápsulas de criogenia. Los turnos están calculados al minuto, para que el efecto de la dilatación temporal sea el mismo para todos los miembros de la tripulación, cuando finalicemos el viaje en Acantha. Wini pone los ojos en blanco ante la nueva reflexión de Taylor. Se pone de pie y va hacia la “cafetera”. Llamamos así a la impresora molecular de bebidas, porque todos la usamos solo para tomar café. Todos menos Taylor, claro.

         —La negación de la singularidad, para empezar. ¿Cómo estamos tan seguros de que nunca existió?

         Oh, Dios mío.

         —Wini, otro para mí, por favor —grito a nuestra compañera—, o no sé cómo voy a soportar otro minuto de guardia junto a este tío.

         Taylor suelta una risita. 

         —Eso es lo que siempre nos han hecho creer, Damian, que superamos la singularidad, porque fuimos capaces de fusionarnos con la Inteligencia Artificial. Y que por eso las IAs nunca se rebelaron, por eso no nos controlan. Porque somos todo uno, mente y máquina. Pero…

         —Sí —le interrumpo—, donde esté la máquina, la persona. Donde esté la persona, la máquina —digo, enunciando el axioma universal sobre la unificación de la mente humana y la IA—. La piedra angular sobre la que se asienta la nueva era humana, a partir de la conquista de la supercomputación cuántica.

         —Ya —dice Taylor—, pero ¿y si no fue así?

         —Pero por qué no iba a serlo. Estamos aquí, ¿no? Tú, yo, Wini —digo, señalando a la mujer, que llega y me ofrece uno de los cafés—. Haciendo lo que queremos, Taylor, fíjate.

         —Estás tan seguro.

         —Pues claro que lo estoy. 

         La conversación empieza a aburrirme un poco. Me sumerjo en una holonovela, aunque una parte entrenada de mi consciencia permanece atenta a las señales en las pantallas de las consolas, al aroma a café que nos envuelve, a las tinieblas más allá del brillo de las pantallas y al débil zumbido de la nave.

         —Pues no deberías.

         Señor, por qué a mí.

         —Joder, Taylor. Por qué, dinos, ilústranos. Por qué no debería pensar que somos libres de hacer lo que queramos. Mira, Wini acaba de levantarse a hacer café, en pleno turno de guardia —digo, con tono burlón.

         —Ja. No seas crío, Damian —suelta Taylor.

         —A mí no me metas —dice Winifred, casi al unísono. Ella gira su asiento para darnos la espalda, mientras sorbe de su taza. Yo me quedo mirando a Taylor.

         —Todo es demasiado bueno —dice Taylor—. ¿No te das cuenta? No existen el crimen ni las guerras. No hay enfermedades, no hay paro. Y, lo más desconcertante de todo, ni una sola pista sobre la existencia de civilizaciones extraterrestres, ahí fuera. Todo demasiado conveniente, para nosotros, yo diría. Yo, o cualquiera que se pregunte qué está pasando aquí. ¿Y sabes por qué?

         Está claro que es una pregunta retórica, pero le respondo:

         —Porque hemos evolucionado. El progreso científico y tecnológico nos libraron de las cadenas de nuestra biología. Dejamos atrás las debilidades de nuestros padres. Y en cuanto a los extraterrestres, Taylor, nadie niega ya que existan. Solo que aún no nos hemos topado con ellos. El espacio es muy grande, y nosotros muy pequeños, y apenas hemos empezado a mirar ahí fuera. Ya sabes. Lo que aprendimos en el colegio, compañero.

         —Por supuesto, pos supuesto. Pero ¿y la disensión? 

         Alzo una ceja. Se produce un breve silencio, solo interrumpido por el sempiterno zumbido de la nave, algún bip ocasional, y los sorbidos del café de Wini.

         —¿Recuerdas la última vez que decidiste algo por ti mismo? —Continúa Taylor.

         —Qué tontería. Pues claro que sí —respondo.

         Silencio.

         —¿Qué? 

         —¿Qué qué?

         —Que cuándo fue la última vez que decidiste algo por ti mismo.

         Diablos.

         —Ahora mismo, Taylor. He decidido poner fin a esta tontería de conversación. ¿Te sirve eso?

         —Vaya, qué conveniente, ¿no? Pero ¿lo has decidido tú, o lo ha decidido ella por ti?

***

         Congelo la imagen, ante un gesto de mis interrogadores. 

         —Ella. Mi complemento de Inteligencia Artificial. Mi implante neuronal IA. Todos los humanos modernos nacemos con el implante, que forma parte de nuestro propio ADN modificado. La IA es la evolución de nuestros teléfonos móviles del pasado, una interfaz de comunicación entre cada individuo y el mundo, y con el resto de la gente. Somos seres de pensamientos en continua interacción en la Red. Aunque ahora mismo estoy aquí, puedo atender a distintas conversaciones y realidades, en distintos tiempos y lugares, de la mano de mi IA.

         —Pero soy yo quien manda sobre mi IA, no al revés. Miren, las IA posibilitaron la verdadera democracia. La democracia directa.

         —Sí, nunca hemos gozado de mayor bienestar y libertad, y por eso estoy seguro de que Taylor se equivocaba. Aunque, si me permiten la observación, no sé en qué les atañe esto a ustedes. Qué diablos son, ¿extraterrestres, o se supone que son las IA de las sondas que enviamos a Acantha? Esta conversación no tiene ningún sentido.

         —Está bien, está bien. Nada de observaciones. Joder.

         —Claro que supongo que no es lo más normal, encontrarse con alquien así en una situación tan delicada, en una misión destinada a encontrar un nuevo mundo para la especie humana. Y quizá por eso no quise darle importancia al principio, como si negarlo ocultase lo peligrosas que eran las observaciones de Taylor… 

         —¿Quieren que reactive el recuerdo? ¿Algún otro?

         —Está bien. No se preocupen, seguro que me vuelven a encontrar aquí, cuando regresen. ¿Saben qué?, estoy cómodo. No voy a ir a ningún sitio.

***

         Registro de las respuestas, recuerdos y pensamientos del personal de la Perseverance. Día seis. Winifred Battaglia.

         —Sí, mi nombre es Wini, Winifred Battaglia.

         —Nos dimos cuenta enseguida. Acantha no era lo que habíamos soñado.

         —Porque esas cosas se notan. 

         —Claro que me tomo esto en serio.

         —Parece como si las sondas autorreplicantes no hubieran hecho bien su trabajo, por increíble que suene eso, en mi opinión. O bien algo o alguien las ha reprogramado con un pésimo gusto.

         —Las enviaron unos ciencuenta años antes de que la Perseverance partiese del sistema solar, desde la luna Phobos, en Marte. Su misión era tejer una red de comunicaciones superlumínica, mediante enlace cuántico, a la vez que sembrar los mundos a los que íbamos a viajar en el futuro, cuando la tecnología de la propulsión dual por fusión y antimateria de la Perseverance estuviese lista. 

         —Sembrar con nanobiotecnología, claro, ¿qué si no? Ya saben, nano, micro y finalmente, macro robots. Los ladrillos de construcción básicos para hacer esos mundos habitables para nosotros. 

         —Sí, las sondas tardarían siglos en extenderse lo suficiente y en preparar todos esos mundos. Pero la tecnología de la Perseverance nos impulsaría a más de dos tercios de la velocidad de la luz. Así que cuando llegásemos a Acantha, por el efecto de la dilatación temporal, ya habrían pasado todos esos siglos para nosotros. Ya todo estaría preparado. 

         —De acuerdo, accederé a mis recuerdos de la llegada. Esperen un momento.

***

         «Wini, has de presentarte en la sala de control, ya mismo». 

         «¿Ya?» le respondo a mi IA. «Acabo de salir de la criogenia. Mierda. Casi no me tengo en pie. ¿A qué tanta prisa?» 

         «Algo no ha salido bien. Están llamando a todos a sus puestos. La Perseverance acaba de terminar la aproximación en subluz, y está efectuando un aterrizaje de emergencia. Algo ha afectado a nuestros motores. Será mejor que lo veas por ti misma». 

         Entonces Hapola, mi IA, me pasa las imágenes. Nada que se parezca al mundo idílico que se nos había prometido. 

         —Santa Galaxia… ¿Qué es eso? —Exclamo en voz alta, mientras me dirijo dando tumbos hacia la sala de control central, a través de las rampas móviles, y los tubos de succión gravítica.

         Cuando llego lo veo junto a todos los demás que están ya allí reunidos, en las pantallas holográficas. Es como si la bruja del bosque hubiese lanzado un malévolo hechizo para hacer crecer sin control las malas hierbas en Camelot, pero a escala planetaria. Cada una de las estructuras a las que habíamos dado forma en nuestros sueños, en nuestros proyectos, está deformada, retorcida y carcomida en ángulos y espirales imposibles. Un gigantesco muro de espinas pétreas se extiende del suelo al cielo, iluminado por la moribunda luz de dos soles.

         —Wini —me llama alguien. Es Damian. Coincidimos en nuestro primer turno de guardia. Hicimos el amor. No había mucho donde elegir; estaban él y Taylor, y Taylor estaba zumbado. Vamos, que hay cierta conexión. 

         —Hola Damian —le saludo, sin poder ocultar el nerviosismo de mi voz. ¿Sabe ya alguien qué ha pasado aquí?

         —Solo conjeturas. Se habla de un fallo en la programación de las sondas.

         Le miro a los ojos. Resulta evidente que ninguno de los dos cree en esa posibilidad. 

         —Venga ya —digo, materializando mis pensamientos en palabras—. ¿Un fallo en la programación? No me jodas, Damian, tú no crees eso.

         —No. Pero qué alternativa… 

         —Extraterrestres, Damian. Qué si no.

         —Pero no puede ser —dice él, con los ojos como platos—, habíamos estudiado este planeta.

         —Puede que no tan bien como debiéramos. Tenía que pasar, antes o después. 

         —No, tiene que haber otra explicación… —Se interrumpe cuando la nave da un bandazo, y ambos y casi todos los presentes salimos rodando en diferentes direcciones.

         Apenas me he incorporado cuando las IA lanzan un mensaje de alerta general, por el canal común: 

         «Alerta, alerta. Estamos bajo ataque de una civilización hostil. Alerta, alerta. Estamos bajo ataque de una civilización hostil. No es un simulacro. No es un simulacro».

***

         La extraña luna resplandecía roja en la noche. Winifred se estremecía en el camastro de su celda, incapaz de dormir, por quinta o quizá sexta noche consecutiva. Ya estaba a punto de perder la cuenta, si no también la razón. Eran prisioneros de aquellos horribles seres policromados y quitinosos. Las peores pesadillas del hombre acababan de cobrar forma ante sus ojos. Extraterrestres, seres monstruosos, con rostros insectoides, desprovistos de todo asomo de humana compasión, habían capturado a la Perseverance y a todos sus tripulantes.

         Fueron retenidos desde el primer momento, al principio en sus propias estancias dentro de la nave, y entrevistados por protocolos IA estándar. Pero fuese por la propia imaginación demasiado ingenua de la mujer, o porque su IA había querido suavizar el horror de una verdad demasiado pronto revelada, Winifred nunca fue capaz de anticipar el horror que estaba a punto de ocurrirles.

         En el camastro de su pequeña celda, la mujer no podía quitarse de la cabeza los gritos inhumanos de Damian y los demás, cuando les iba llegando el turno en la macabra ceremonia que los insectoides llevaban a cabo con ellos, cada día. Les arrancaban los implantes neuronales, sus IAs, de forma bestial, mientras los sostenían allí de pie, delante de todos. Algunos se desplomaban, muertos. Otros quedaban catatónicos, sus mentes incapaces de procesar tanto dolor. 

         Ella esperaba su turno, con espanto y horror. Preguntaba, demandaba, chillaba a su IA: «Por qué, por qué, por qué… cómo ha podido ocurrir esto, por qué, por qué, por qué…». Pero no obtenía ninguna respuesta. Su IA se había ido. La había abandonado, en el peor de los momentos.

         Desconectada de toda realidad, más sola de lo que jamás había imaginado que una persona pudiese estarlo, Winifred esperaba, seca ya de lágrimas, a que llegase su turno. Pero su turno nunca llegaba. 

***

         En algún momento de la noche siguiente, cerca ya del alba, algo sacó a la mujer de su intermitente duermevela.

         Al principio maldijo lo que fuera que la arrancó del descanso que su cuerpo y su mente tanto necesitaban. Enseguida, sin embargo, su yo consciente logró abrirse paso entre las brumas del cansancio y el olvido. Cuando su cerebro terminó de procesar el significado de aquel sonido, la adrenalina hizo su efecto. Winifred se irguió, completamente alerta. Algo o alguien había abierto la puerta de su celda. Nunca la habían abierto durante la noche.

         Se levantó del camastro con cautela y se deslizó hacia la puerta, procurando no hacer ningún ruido. Le resultó bastante difícil, pues le dolían todos los músculos del cuerpo. Permaneció a un lado de la entrada, intentando discernir algo en las tinieblas que se adivinaban más allá del resquicio abierto. Prestó atención al más mínimo sonido. El tiempo que pasó así le pareció interminable, aterrador. Tanto por la posibilidad de que la puerta se cerrase de golpe, disipando de forma cruel el hilo de esperanza al que acababa de aferrarse, como por lo que pudiese aguardar al otro lado. Por fin, se armó de valor, y salió.

         De inmediato una sombra se abalanzó sobre ella. Una garra dura y fría sofocó su aliento, asfixiándola. No pudo luchar contra aquello. No tenía fuerzas. Se vio arrastrada hacia las sombras, durante un tiempo que no supo medir. Luego pasó a formar parte de ellas.

***

         —¿Estás bien?

         La voz llevaba un tiempo hablándole, pero aquellas dos palabras fueron las primeras que su mente pudo procesar. Entonces Winifred abrió los ojos. Uno de aquellos monstruos, con forma humana, pero de rostro y rasgos fórmicos, se erguía ante ella. La mujer se orinó encima. 

         —Tranquila. No pasa nada. No voy a hacerte daño.

         Ella no contestó. Se impulsó hacia atrás, con los codos y las piernas, procurando alejarse de aquel ser.

         —¿Puedes entender lo que te digo? No voy a hacerte daño. Sé que debo resultarte monstruoso, pero lo que he hecho es rescatarte. Te he sacado de tu prisión. ¿Entiendes?

         Winifred intentó pensar, y acompasar los latidos de su corazón, que amenazaba con salirse de su pecho. No quería morir allí por un fallo cardíaco, si es que no acababa con ella aquella criatura. Por fin, mientras recuperaba un poco la compostura, empezó a sentir algo más que puro pavor. No era esperanza. Era curiosidad. Pero ese nuevo sentimiento bastó para amortiguar un poco el miedo.

         Por primera vez reparó en el lugar en el que se encontraba. Una cúpula se levantaba desde el suelo, sobre ella y la criatura insectoide. Le resultó extrañamente familiar. Winifred había participado en el diseño de los primeros edificios que acogerían a los humanos de la Perseverance, cuando llegasen a Acantha. Pero aquel lugar era una burla de su diseño. Un disparate arquitectónico, en el que las formas puras de lo esférico estaban tan retorcidas como las ecuaciones que hubieran sido necesarias para explicar esa locura. Unos pocos muebles de aspecto espartano y algunas interfaces táctiles y holográficas se esparcían por el lugar. En el perímetro de la cúpula había una especie de pórticos medio oxidados, más allá de un vasto suelo metálico, plagado de polvo y cristales rotos. El primer sol de la mañana se levantaba al otro lado de los ventanales. Hacía frío.

         —¿Entiendes lo que te digo? —Insistió el monstruo, con una voz gutural, inhumana.

         —Sí —dijo ella por fin, con una voz que le sonó igual de extraña. Hacía muchos días que no pronunciaba una palabra—. Sí— repitió.

         —¿No te preguntas por qué?

         —¿Qué… qué quieres decir?

         —Te preguntarás por qué no te han arrancado todavía tu implante neuronal, como al resto de tus… compañeros.

         Lo cierto era que Winifred sí se lo preguntaba. Pero no respondió. En ese momento solo pudo sentir una oleada de odio, que casi consumió las pocas energías que le quedaban.

         —Tu IA no funciona. Lo sabemos. Estás sola. Por eso no era necesario arrancártela, de momento. Lo más útil era estudiarte primero, sin quitártela. Debíamos entender por qué tu IA había dejado de funcionar. Yo les convencí de ello.

         Había algo que no cuadraba para Winifred, en todo aquello. Embotada como estaba, tardó un poco en darse cuenta. 

         —Pero…

         —¿Qué…?

         —Pero puedo entenderte. 

         —Sí. Es mi voz lo que escuchas. No hacía falta ninguna IA para entendernos. Hablamos vuestro idioma. 

         —No. No puede ser. ¿Cómo es posible? Sois…

         —Extraterrestres, cierto. Pero no inhumanos. Posthumanos. Somos posthumanos.

         En ese momento Winifred empezó a oir ruidos y voces guturales, procedentes de algún lugar bajo el suelo.

         —Nos han descubierto —dijo el hombre hormiga—. Tenemos que huir. Levántate.

         —No.

         —No seas estúpida. Era cuestión de tiempo que descubriesen lo que he hecho. Ya vienen a por nosotros. No te he traído aquí porque sí. Tengo un plan, conozco una salida. Vamos, ven conmigo.

         —Por qué. Por qué haces esto. 

         —Soy el líder de una quinta columna. Nosotros no queremos haceros daño, pese a lo que hayáis hecho en el pasado. Queremos aprender cosas de vosotros.

         Pese a lo que hayáis hecho.

         —Y qué hemos hecho —replicó ella, tozuda, todavía en el suelo. Pero entonces sintió algo nuevo: todo su ser, su propio instinto de supervivencia, adormecido durante toda una vida guiada por su IA desaparecida, le gritó: ¡Ponte en pie! ¡Sal de aquí! Sin embargo… ¿con aquel ser?

         —Por la Galaxia, humana, no hay tiempo para esto ahora. Te lo explicaré por el camino.

         Winifred se levantó por fin.

         —Vamos, por aquí —dijo él.

         Tarde. Una tropa de hombres hormiga irrumpió desde una escotilla en el suelo de la cámara. Winifred sintió que iba a desmayarse. El monstruo la agarró con una de sus garras y casi la arrastró en volandas y a la carrera, hacia uno de los pórticos de la cúpula. Gritó, al comprender la estrategia suicida de su rescatador: saltar al abismo. Entonces el hombre hormiga y la mujer se convirtieron en polvo, barrido por el viento.

Capítulo 2

         Un extraño ser entró en la habitación. Se entretuvo durante un rato en la manipulación de diferentes artilugios; cosas de aspecto biológico, que se deshacían en polvo, y otras que aparecían como de la nada, sostenidas en el aire entre sus manos peludas. Tenía unos globos multifacetados por ojos, más parecidos a los de los seres fórmicos de Acantha que a los de cualquier humano o mamífero en general, pero su cuerpo era el de un primate.

         El hombre mono con ojos insectiles agitó dos dedos en el aire. Un frasco se materializó en su mano, como por arte de magia. Contenía un líquido azul fosforescente. Lo miró con actitud crítica, lo agitó en el aire, ladeó la cabeza y soltó un sonoro chasquido de disgusto. Por último, el ser abandonó la estancia, dejando de nuevo a la mujer sola con sus pensamientos.

         Winifred había llegado a una conclusión inequívoca: estaba dentro de una realidad virtual. Había tenido tiempo para pensar, allí tumbada en la cama de aquella estancia de paredes metálicas de tonos cobrizos, entre sueño y sueño. Y esa era la mejor idea a la que había llegado. Nunca había abandonado el sistema solar en la Perseverance. La habían engañado. Por eso su IA no funcionaba. Aquello, sin duda, formaba parte del juego. Porque estaban jugando con ella, eso estaba bien claro. Aunque… todo parecía tan real. ¿Era tan bueno, tan real, el metaverso?

         El metaverso. Cuando los habitantes del sistema solar cumplían doscientos años, eran obligados a elegir entre dejar atrás su cuerpo físico y trasladar su mente al metaverso, o abandonar el sistema solar en una nave interestelar, para no volver jamás. Winifred siempre había detestado la idea del metaverso. La realidad virtual era, para ella, una mentira virtual. Así que cuando le llegó el aciago momento de despedirse de su vida en el sistema solar (doscientos años eran muchos, pero pasaban en un suspiro, sobre todo cuando la ciencia médica, de la mano de la nanotecnología, permitía que te mantuvieses joven y sano durante todo ese tiempo), la mujer no lo dudó. Eligió las estrellas.

         Pero ¿Y si todo había sido una simulación, desde el principio? O quizá la simulación había empezado en el momento en el que se abandonó a la inconsciencia, en la cápsula de criogenia. Todo aquello era una locura, cierto, pero en ese momento aquella locura era lo menos loco que se le ocurría, para explicar la serie de desgracias e infortunios dignos de un holo de ciencia ficción pulp en que se había convertido de repente su vida.

         Llegada a esa convicción, ya no le resultó tan extraño mirar por la ventana circular de la habitación y ver aquel paisaje crepuscular, de inmensos edificios recortados contra la luz de un sol rojo. Aquello no era Acantha, ni nada que se le pareciese. ¿Cómo era posible? Winifred sentía una especie de resignación fatalista, porque siempre había imaginado el metaverso como una prisión para toda la eternidad. Pero al menos sintió que recuperaba un poco las riendas para manejarse en medio de toda esa locura.

         El hombre mono entró otra vez en la habitación. Esta vez fue hacia ella.

         —Ah, veo que estás ya despierta. Toma, bébete esto. 

         Winifred dudó. Pero qué demonios. Todo era virtual ¿no?, así que tomó el frasquito de la mano del hombre mono, y se lo bebió entero.

         —Bien, buena chica. Esto te hará bien.

         El homínido espacial se acercó una silla, se sentó y miró a Winifred con sus desconcertantes ojos. Dijo:

         —Estoy seguro de que tendrás unas cuantas preguntas.

***

         Winifred se debatió entre el casi irreprimible deseo de burlarse de aquel mono de fantasía, o bien seguirle la corriente. Enseguida se dio cuenta, sin embargo, de que la primera opción podía terminar en un ataque de histeria violento e incómodo para ambos. Una histeria que, pese a todos sus esfuerzos, notaba ya palpitar en su interior. Así que al final optó por lo segundo.

         —La verdad es que sí, ardo en curiosidad, señor, ehm…

         —Gnash, Tobias Gnash, a vuestro servicio.       

         —La verdad es que sí, señor Gnash —dijo Winifred, sin saber muy bien cómo comportarse ante aquel ser.

         —Confío en que te sentirás descansada. Como verás, te hemos aseado y quitado tu viejo uniforme espacial.

         —Sí. Mucho mejor, gracias. El camisón es precioso —dijo ella, con tono neutro.

         —Esto no es una fantasía, Winifred. No estás en el metaverso. Es importante que lo sepas, antes que nada. ¿Me crees?

         —Pero, cómo… —dijo ella, con voz queda, aunque enseguida recobró la compostura—. Espere. ¿Pueden leer mis pensamientos?

         —Ah, eres sagaz, muchacha. Lo cierto es que sí. Puedo. Verás, tu implante IA, espero que no te moleste, pero…

         —¿Funciona? —Preguntó ella, alzando la voz, con la esperanza reflejada en su rostro.

         ¿Se le había podido pasar por alto algo tan básico?

         «Hapola, ¿estás ahí?, ¡Hapola!».

         Silencio.

         —Oh no, no. Mucho me temo que tu IA sigue desaparecida, querida. Pero al menos he conseguido escucharte, aunque tu IA no pueda hacerlo. Yo sí que puedo. Es un avance, ¿eh?

         El gesto de Winifred cambió por completo. Se retrajo de nuevo en sí misma.

         —¿Y qué le hace pensar que eso me parece bien, señor Gnash? —preguntó la mujer, muy seria, casi escupiendo el nombre del mono. 

         Winifred llegó a creer que aquel ser retrocedía unos milímetros, ante lo helado de su tono de voz, cuando hizo aquella pregunta. Pero enseguida, ante la respuesta de este, pensó que habían sido imaginaciones suyas.

         —Oh, no pretendo inmiscuirme en tus interioridades, nada más lejos de mi intención, querida muchacha. Solo eran unas pruebas, unas pruebas, nada más. Pero no he podido evitar reparar en esos pensamientos tuyos, y quizá haya sido una suerte, compréndeme, porque son peligrosos, oh sí, muy peligrosos. Pero ya está, terminada la comprobación, no volveré a inmiscuirme en tus pensamientos. Palabra de Tobias.

         Se produjo un silencio, apenas perturbado por el sonido de los aerocoches que pasaban cerca de la ventana de la habitación. Winifred observó cómo se perdían en la distancia, rumbo a los inmensos edificios y al sol rojo de aquel lugar.

         —Si esto no es el metaverso —dijo—, dónde estamos. Y cómo he llegado aquí.  

         —Vístete, joven, encontrarás ropa de tu talla en ese armario. Te espero fuera. Hay algo que quiero enseñarte.

***

         Registro de las respuestas, recuerdos y pensamientos del personal de la Perseverance. Día uno. Arkady Payet.

         —Mi nombre es Arkady Payet, primer comandante de la Nave de Exploración Extrasolar Perseverance.

         —Me niego a facilitarles… 

         —¡Arghhh!…

***

         —Mi… Mi nombre es, Ark-Arkady Payet. P-primer comandante de la Nave de Exploración Extrasolar Perseverance.

         —Sí. Yo… yo empezaría… Yo empezaría por Damian Frit y Wini Battaglia. Ellos dos fueron los compañeros de guardia de Vail, antes de su desaparición. Fueron los últimos en verle con vida.

         —No, nunca se encontró su cuerpo.

         —Su cápsula fue expulsada al espacio.

         —No, no sé en qué momento.

         —No hubo último turno de guardia. Técnicamente hablando. Los tres miembros del último turno fueron asesinados durante su primera noche.

         —Me cuesta… me cuesta creer que pudiera haber sido Taylor Vail el responsable, pero he de admitir que sí, que cabe esa terrible posibilidad. 

         —¿Por qué? Decían que estaba loco. Yo no quise creerlo. Ninguna IA permitiría algo así.

         —Pero decidme por qué queréis saber todas estas cosas. Quiénes sois, por favor, necesito saberlo. Quiénes sois, qué sois. Por qué hacéis esto.

         —Está bien, está bien. Pero por favor, no les hagáis daño a los demás.

         —Yo, debería haber estado despierto. Debería haber salido antes de crío. Me confié. 

         —Cuando llegué a la sala de control ya estaban muertos. 

         —No lo sé. No sé cuánto nos desviamos. Saqué la nave de su trayectoria. Alguien la había saboteado. Se dirigía a un agujero negro. Sé… Sé que no estamos en Acantha. Pero no tiene por qué importar, ¿verdad? Aún podemos formar un hogar, aquí. Cooperaremos. Hay sitio para todos.

         —Entre cien y trescientos años estándar, más o menos. Eso era lo calculado para el viaje. Quinientos, en el peor de los escenarios posibles, para llegar a Acantha. Hablo de tiempo galáctico, en años terrestres, claro. Para nosotros, no más de cincuenta años de viaje, aunque cada miembro de la tripulación envejecería solo un año.

         —Díganmelo, por favor, ¿Cuánto tiempo ha pasado?

         «Más de veinte mil años… Dios mío».

***

         La última grabación terminó. Las luces de la pequeña sala de proyección en la que se encontraban volvieron a encenderse. 

         Winifred dijo:

         —Y esto… —Tosió—. Esto te lo entregó el ser que me trajo aquí…

         —Sí, Gortax, el fórmico. Él quería que lo vieras.

         La mujer se sentó. No era algo que el extraño mono no le hubiese aconsejado antes de ver las grabaciones, pero ella no le había hecho caso. 

         —Muchacha, entenderé…

         —Deja ya de llamarme así, mono peludo —explotó—. No soy ninguna muchacha, joder. Tengo más de 200 años. 

         —El “mono” se sentó en otra butaca, a cierta distancia de ella, sin dejar de observarla.

         —Lo siento —Se disculpó Winifred. Se llevó el rostro a las manos. 

         Permaneció así mucho tiempo, sin levantar la vista de la moqueta. ¿Quién era ella? ¿Había existido alguna vez, en el sistema solar? Lo sentía todo tan lejano, como si aquello hubiera sido solo un sueño, y el extraño mundo donde estaba ahora, la realidad.

         —Cómo es posible —dijo por fin, tras un largo silencio. Lo dijo para sí misma, pero Tobias Gnash respondió:

         —Según Gortax, por los análisis efectuados por los fórmicos en vuestra nave, la Perseverance se desvió de su rumbo y se acercó demasiado a un agujero negro. Al final llegasteis a un mundo, pero no era Acantha; era otro planeta, mucho más lejano, llamado Aldruthcia por sus habitantes.

         La mujer no dijo nada.

         —Verás, eso explica las otras cosas que no entiendes, cómo llegaste aquí, todo eso —siguió hablando el mono—. Pues, veinte mil años, es mucho tiempo. La galaxia ya no es lo que una vez fue, cuando tú partiste de tu estrella madre. Hoy en día, cualquiera que sepa un poco de tecnomancia puede manipular la materia oscura para abrir portales que comunican lugares situados en estrellas remotas. Eso es lo que hizo Gortax, ¿sabes?

         —Por eso ya no está.

         —¿Quién, tu IA? Es una posibilidad. Pero no es del todo…

         —Sí, Hapola —lo interrumpió ella, sin escuchar—. Tiene que ser eso. Por eso ya no está. Seguramente todas las IA dejaron de existir, hace ya mucho. Santa Galaxia… Estoy sola. 

         —¿Qué fue de la humanidad? —Preguntó Winifred, al cabo.

         —La tienes delante, mujer. Yo soy lo que queda de la humanidad, y Gortax, y muchos otros seres. Pero si te refieres a gente como tú, como erais antes los humanos… No. Por cierto, no soy un mono. Soy un garlati.

         Winifred no quiso oír más. Se levantó, como impulsada por un resorte.

         —Tengo que encontrarlos. Mis compañeros. No todos murieron, ¿verdad? 

         El mono se la quedó mirando en silencio, durante un tiempo que a la mujer le pareció demasiado largo. Demasiado amargo. Al fin, dijo:

         —Hablaré con Gortax, a ver qué puede hacerse. Te lo prometo.

Capítulo 3

         Pasaron los días y con los días las estaciones, que eran la única forma de que la luz variase en Ramark. Ramark era un mundo que orbitaba una estrella enana roja, a la que ofrecía siempre su misma cara. Era un mundo sin días y sin noches, o, mejor dicho, con un día y una noche eternos. Cuando llegó el invierno, apareció en los cielos de Crepúsculo, la zona geográfica donde vivían, una pequeña estrella blanca, apenas más luminosa que la luna de la olvidada Tierra. Al principio Winifred se asustó, temiendo un terrible acontecimiento celestial; pero Tobias, el garlati (que era la especie predominante en Ramark), le explicó que no debía tener miedo. Aquello era Menmen, el sol del invierno. 

         Pasaron los días, y Winifred se maravilló de la extraordinaria capacidad de la mente humana para adaptarse a los cambios. O quizá sea más correcto decir que se asombró de su propia mente, pues ya no tenía otros humanos a los que compararse. Al principio echó terriblemente de menos a Hapola, su IA, que había estado con ella durante toda su vida, desde su nacimiento en un útero artificial, en el lejano sistema solar. Pero Tobias se portaba bien; siempre se preocupaba de que a ella no le faltase de nada. Era solícito a la hora de responder a sus preguntas y de enseñarle las costumbres de Ramark. Poco a poco Winifred fue interesándose por la historia y la cultura de aquel mundo, y de todo cuanto había más allá. 

         Aprendió a manejarse con los rudimentos de la tecnología de los Mundos del Pacto (entre los que se contaban Aldruthcia y Ramark), lo suficiente incluso para empezar a contribuir con sus propias habilidades como diseñadora de hábitats. Si aquello era el metaverso, cuestión que al principio la atormentaba bastante (por más que le hubiera dicho Tobias), quizá el metaverso no estaba tan mal. Pero no, no podía serlo. Después de todo, ¿por qué iba el metaverso a imaginar una historia tan intrincada para ella, en la que Winifred fuese la única humana viva? 

         Una vez, pocas semanas después de su llegada, le volvió a plantear el tema del metaverso a Tobias. «En serio, mujer, que yo sepa, esto —había dicho él, haciendo un gesto con sus manitas de mono que lo abarcaba todo— es la realidad. Y aunque no lo fuese, yo te seguiría diciendo que lo es, porque formo parte de ella. Así que no le des más vueltas. Si tú lo sientes como real, es real, y punto».

         Aprendió algunas otras cosas del garlati, a través de preguntas que ella le hacía, cuando caía en la cuenta de ciertas cuestiones. Aprendió, por ejemplo, que lo ilusorio y lo real (de la mano de la tecnología informática de la época) estaban tan inextricablemente entrelazados que era inútil preguntarse dónde empezaba una cosa y terminaba la otra. Por eso podían entenderse perfectamente, en cualquier planeta o región de los Mundos del Pacto, dos personas diferentes, fuera cual fuese su aspecto, lengua o fonía. Prácticamente todo, en aquella época, era el resultado de un diseño previo. La realidad estaba pintada, por decirlo de algún modo. Aunque había que tener un estricto control de las reglas subyacentes para poder moldearla. Esa, le enseñó Tobias, era la forma de pensar a la que tendría que adaptarse Winifred, para lograr convertirse en una gran diseñadora de hábitats en Ramark.

         Así era la vida de Wini en aquellos días. Pero, a pesar de las apariencias, no era feliz. Un día, recién comenzada la primavera, la mujer se sintió preparada para conocer a más gente de aquel mundo, y no verla solo en los holos, y así se lo hizo saber a Tobias. Pero él la disuadió de ello. Le dijo que tenía que entender que los humanos eran algo legendario en los Mundos del Pacto. Era mejor que siguiese trabajando desde el anonimato, mientras ellos (no especificó a quienes se refería con “ellos”) daban con la mejor forma de introducirla en la sociedad. El caso, le explicó poco después el garlati, era que había problemas con Aldruthcia. El planeta de los fórmicos acababa de enterarse de dónde vivía Winifred, y había reclamado a la humana.

         —No te preocupes, Wini —dijo Tobias (ella había insistido en que él la llamase así)—. Está todo bajo control. Pero debo ausentarme unos días. 

         Ella sintió miedo, otra vez miedo de estar sola, y así debió reflejarlo su gesto, pues Tobias dijo:

         —Tranquila querida, no estarás sola —dijo él (la mujer nunca dejó de sospechar que Tobias seguía entrometiéndose en sus pensamientos, pero ¿qué podía hacer? Se había resignado a aquella posibilidad)—. Ven, te voy a presentar a alguien —. La condujo por entre los pasillos del complejo de investigación que era además la casa de Tobias, hacia una de las amplias terrazas de la vivienda. Allí, una figura se recortaba melancólica (esa fue la sensación literal que tuvo Wini al verla por primera vez), contra el sol rojo de Ramark, que arrancaba fulgores de toda su anatomía.

         Al oírlos llegar, el ser se giró.

         —Este es Retta. Retta, Wini. Estará a tu servicio para lo que necesites, querida. Yo volveré en pocos días, y seguro que ya todo estará resuelto. 

         Era un androide.

         —Verás como pronto podemos presentarte en sociedad, Wini. Bueno, creo que no se me olvida nada. Me voy. Te llamaré con cualquier novedad. Retta —dijo, inclinando levemente la cabeza hacia el androide, a modo de saludo—. Sed buenos.

***

         Despierto. Otra vez esa misma sensación, como de ahogarme en sueños. Siento como si alguien me agarrase. Abro los ojos, aterrorizada. Boqueo, porque creo que voy a morir. Pero no. Estoy viva. Solo estoy saliendo de crío. Jadeo, intento tomar aire, vuelvo a jadear, hasta que me acostumbro de nuevo a respirar por mí misma. 

         Todo está oscuro. ¿Por qué? Si ya hemos llegado, empiezo a razonar, todos deberían estar saliendo de crío, como yo. «Tranquila», me digo. Solo es que tu visión está borrosa, es normal que una persona no pueda distinguir nada, cuando despierta de la criogenia. Sin embargo, según avanza un tiempo que no soy capaz de contar, un tiempo que me parece irreal, me doy cuenta de que algo no está bien, pero no por lo que no veo, sino por lo que no escucho. No escucho nada. No, me doy cuenta, no es eso, porque los sonidos de la nave están ahí… No escucho a nadie. 

         Algo se mueve, en el límite de mi oscurecido campo de visión, justo a mi izquierda. No sé lo que es, pero me asusta. Me levanto.

         —¿Hay… Hay alguien ahí?

         Silencio. 

         Las luces están apagadas. Pero ya distingo formas en la oscuridad. Mis compañeros de tripulación están ahí, en la gran sala de criogenia. Reposan tranquilos, pero anhelantes, como momias de un futuro incierto, sus manos cruzadas sobre sus hombros. Me guío a tientas en la penumbra, apenas guiada por el resplandor de los sarcófagos de cristal. Llego a la salida. 

         Despierto. Otra vez esa misma sensación, como de ahogarme en sueños. Siento como si alguien me agarrase. Abro los ojos, aterrorizada.

         —Winifred Battaglia, ¡Winifred!

         Era Retta, el androide. Había preocupación en su voz de metal. 

         —¿Estás bien, Winifred Battaglia? Te agitabas tanto que me he preocupado.

         —Oh, mierda. Sí, estoy bien, Retta, tranquilo. Estoy bien. Una pesadilla. Solo eso —dijo Winifred. Se incorporó y se quedó sentada, al borde de la cama. Era tarde. Había dormido demasiado. Los filtros, que velaban la luz del sol de las ventanas en las horas de sueño, estaban ya inactivos.

         —Preparé el desayuno hace un buen rato, Winifred Battaglia. Si quieres lo recaliento.

         —No hace falta, Retta. Gracias, lo haré yo misma, no me voy a morir por recalentar un café. Y puedes llamarme Wini. Ya te lo dije ayer.

         —Está bien, Wini Battaglia, como tú desees. 

         —No, Retta. Wini, solo Wini. 

         —Pero mi programación…

         —Ya, ya, vaya con el androide, tu programación no te permite muchas cosas, ¿no es así? Y tu anatomía tampoco, me temo —dijo ella, dando unas palmaditas en la aséptica entrepierna de metal de Retta. 

         El robot se la quedó mirando, con su mirada ciclópea de perfecta cara de póker; un don innato.

         Wini rió. Dijo:

         —Oh, lo siento Retta, no me hagas caso. Es broma. Solo estaba intentando olvidar la pesadilla. Ya sabes, nada como un poco de humor.

         —Por supuesto, Wini… Wini. Nada como un poco de humor. 

         —Oye, caray, qué bruñido eres. A ver, date un poco la vuelta, así, perfecto —dijo mientras hacía pivotar a Retta, para que le diera la espalda. 

         —Eres un espejo de puta madre, ¿lo sabías? Bueno, no está mal para una mujer de más de 200 años, recién levantada de una pesadilla —dijo, mientras se contemplaba en la espalda del androide. 

         Era la imagen de una mujer menuda, aunque atlética, de ojos oscuros y cabello corto y castaño. La imagen de una humana saludable y en forma de apenas treinta años. Pero ¿cuánto iba a durar aquella imagen? Durante los últimos meses había intentado no pensar mucho en eso, y al principio le había resultado bastante fácil, preocupada como estaba por muchas otras cosas, como si volvería a ver a sus compañeros, o si la vida, directamente, tenía algún sentido. Pero lo cierto era que un día, al poco de llegar a Ramark, había descubierto la primera cana en su cabello. A partir de aquel momento tuvo además la ineludible sensación de que sus arrugas empezaban a marcarse más. ¿Cuánto hacía de su última ingestión de nanobiotes? No podía ni recordarla. Le parecía que aquello había sido en otra vida, que le había pasado a otra Wini. Poco a poco fue haciéndose a la idea de que su cuerpo estaba empezando a envejecer, como el de cualquier ser humano anterior al siglo XXII. De que las últimas cosas que iba a ver, a hacer y a ser en la vida, durante los próximos decenios, estaban en aquella galaxia imposible.

***

         —Pero me gustó darme cuenta de eso. Creo que a partir de entonces empecé a sentirme un poco mejor. A aceptar más todas estas cosas increíbles que me están pasando —dijo Wini al androide—. Porque ahora todo es definitivo —añadió, en voz más baja, pensativa, mientras tomaba el desayuno en la cocina iluminada por la rosada y eterna luz crepuscular de aquella zona del planeta. Los amplios ventanales se abrían a una terraza extensa y variopinta, llena de maceteros con plantas autóctonas, de hojas de color azul oscuro y violeta, nerveadas de granate.  

         —La inevitabilidad de la muerte, la clara certeza de que van a morir algún día. Eso es lo que hace a las personas más… —dudó Retta.

         —¿Humanas?

         —Iba a decir, “personas”. 

         —¿Personas más personas? Sí claro, no hay muchos humanos por aquí. A mí aún me cuesta considerar personas a todos esos seres que veo en los holos de Ramark. Te aseguro que en las holonovelas en las que me he sumergido en el tiempo que llevo aquí todavía no sé distinguir cuando una especie existe de verdad o es inventada. 

         —Pero eso es fácil, lo dicen al final, aunque puedes consultarlo en cualquier momento.

         —¿Cómo lo sabes? —Preguntó ella— ¿Tú ves holonovelas?

         —Oh, a veces, sí, pero no lo sé por eso. Simplemente, lo sé. Forma parte de mí, de los conocimientos que me introdujeron, para poder ser práctico y poder tener buenas conversaciones, como esta.

         —Oh, ya veo.

         La mujer no pudo evitar sentirse un poco tonta, al tratar a Retta como un semejante, pero como aquel pensamiento conducía hacia la tristeza y la soledad, lo evitó conscientemente… Todo lo que pudo.

         —¿Sabes?, en mi mundo, en el sistema solar, no había robots como tú. Bueno, a ver, algunos había, pero eran robots especiales, pensados para terapias… Cómo decirlo —no quería herir los sentimientos de Retta, si es que los tenía—; en fin, que no pensaban por sí mismos. Ese tipo de robots estaban prohibidos. Los robots, incluso los androides, se usaban para los trabajos más penosos, pesados, repetitivos… toda esa mierda que antes del siglo XXII esclavizaba a los humanos.

         —Yo puedo pensar por mí mismo, Wini. Veo por dónde vas. No te preocupes, No soy una máquina programada para hacerte sentir mejor. Soy un ser autoconsciente. Esto no es el sistema solar. 

         —Vaya, lo siento, Retta, yo… Yo no quería dar a entender. Joder, qué tonta soy.

         Pero por dentro, se alegró mucho.

         —No hay nada que sentir. No sé lo que te ha enseñado Tobias, pero supongo que aún desconoces muchas cosas de esta época.

         —Sí, supongo que sé lo que Tobias quiere que sepa. A ver, no es una crítica, no te vayas a pensar —Pese a las apariencias, Wini todavía no se fiaba del todo de Retta, como no se fiaba del todo de Tobias ni de nadie, en aquella galaxia futurista y extraña—, es solo que, no sé, supongo que aquí todo es nuevo para mí, y él me ha ido pasando información de lo que cree más necesario. Por ejemplo, hay muchas cosas que desconozco aún sobre los Mundos del Pacto. ¿Por qué los llaman también los Mundos de Lettand? Sé que tiene que ver algo con la religión, pero apenas sé nada sobre eso. Solo lo que he visto en holos de ficción histórica. He buscado entre los libros de Tobias, pero la mayor parte están escritos en caracteres totalmente extraños para mí.

         —Lettand fue el Padre Fundador. O Madre Fundadora. En realidad, no tiene sexo. 

         —El que fundó la religión de los Mundos del Pacto…

         —Sí, la religión es muy importante aquí, en esta época.

         —¿De veras? En la mía apenas lo era ya para nadie, fuera de algunos grupos tradicionalistas. Las IA habían dejado atrás prácticamente todo lo concerniente a, ya sabes —dijo, haciendo un gesto al cielo—, lo de ahí arriba. No sé decirte si eso era algo bueno o malo, la verdad. Pero imagino que todos éramos felices, y por eso no había necesidad de ningún dios.

         —Aquí cada planeta puede tener un sistema de gobierno, y gestionarse como le parezca en diversos asuntos —dijo Retta—, pero la religión está en todas partes. Lo cohesiona todo. Los sacerdotes de Lettand son a la vez jueces, consejeros, y tienen potestad sobre la Guardia Cibernética.

         —Guardia Cibernética —Dijo ella—. Jo-der.

         —Sí, un cuerpo de ciborgs. Mejor que nunca te encuentres con ellos, al menos, no si están en tu contra.

         —Tendré cuidado —exclamó, pero había un tono divertido en la voz de la mujer, como si diese por hecho que esas cosas nunca iban a pasarle a ella. 

         —Háblame de los viajes. ¿Aquí todo el mundo viaja saltando a través de puertas? Menuda locura.

         —Bueno sí y no —respondió Retta—. De la forma en que Gortax te trajo hasta aquí, solo las élites. Para accionar los portales hace falta materia oscura, o invisible. Son lo mismo. La materia mantiene abiertos los portales. Por cierto, si te lo preguntas, se construyen en lugares altos porque es más fácil abrirlos cuando la gravedad hace de trampolín.

         —¿Y nunca fallan?

         —Sí. A veces la gente muere espachurrada contra el suelo, porque el portal no se abre. Otras veces desaparecen, y nunca se vuelve a saber de ellos. Pero tranquila, no es lo normal. De hecho, es muy raro que pasen esas cosas —añadió, ante la cara que había puesto ella.

         —Y los demás, los que no son las élites, o sea, la gente normal. ¿Cómo viaja?

         —No mucha gente viaja alguna vez más allá de su propio mundo, o sistema planetario. Los que lo hacen utilizan naves interplanetarias, que cruzan portales mucho más grandes, en el espacio, para llegar a otros mundos lejanos. Pero eso también es caro, y mucho más incómodo. En el pasado, hace mucho tiempo, existieron civilizaciones para las que era normal viajar libremente entre los mundos; pero fue al principio, cuando eran pocos, y el uso de la materia oscura no era algo exclusivo de las élites. Verás, la materia oscura está por todas partes, nos rodea. El secreto está en saber usarla.

         —¿Y qué pasó, con esas civilizaciones?

         —Llegaron a depender demasiado de sus robots. Nadie está seguro de por qué los robots se rebelaron, pero Tobias y Gortax creen que tuvo que ver con las Inteligencias Artificiales, aunque a día de hoy todavía nadie lo haya podido demostrar. IAs que corrompieron y manejaron la voluntad de aquellos robots.

         —Pero eso… ¿no podría pasar también con la Guardia Cibernética?

         —Es una pregunta interesante, Wini. Hay quienes creen que sí, si las IAs existiesen. Si regresasen, algún día…

         En ese momento Tobias se materializó delante de Wini, sin previo aviso. Repuesta del susto, la mujer tuvo que alargar la mano y atravesar la figura del garlati, para asegurarse de que no estaba allí de verdad.

         —Siento ser tan brusco. Wini, prepara lo imprescindible. Paso a buscarte esta tarde. Vas a tener que venir a Aldruthcia.

         —¿Qué? —Contestó ella, con gesto pasmado, en cuanto fue capaz de procesar la información—. Me habías dicho que…

         —Sí, sí, querida, Sé lo que te había dicho. Lo hemos intentado todo, créeme. Pero confía en mí, no pasará nada. Es solo que…

         —No —dijo ella, elevando la voz tanto como sintió crecer en su interior el miedo y las ganas de llorar. Desde que había llegado a Ramark se había prometido que jamás volvería a llorar—. No pienso ir, Tobias. ¿Qué mierda es esta? 

         —Tus compañeros, Wini, Damian. Podría estar vivo. 

         Ella se quedó callada, en shock.

         —Pero no es solo eso —siguió Tobias—. Las IA, han vuelto a contactar con la Perseverance. Vuestras IA. Existen, en algún lugar.

Capítulo 4

         Cuando Tobias Gnash regresó aquella tarde, Wini ya estaba preparada para viajar. Había elegido qué ropa llevar (varios diseños hechos por ella misma a partir de un único tejido-patrón inteligente que le había regalado el garlati), preparado una pequeña maleta con mudas y útiles de aseo personal, y escogido varios libros (libros físicos de papel, como los antiguos libros de la Tierra, que Wini apenas había visto alguna vez en el sistema solar), de la biblioteca personal de su anfitrión. Por dentro, sin embargo, la humana era un cúmulo de nervios y emociones a punto de explotar. 

         —¿Puede venir Retta? —Se sorprendió a sí misma al pedirle al ramarkiano si el androide podía acompañarlos.

         No habría sabido explicar por qué, ella pensó que la pregunta le había importunado, y que iba negarse. Pero, para su sorpresa, Tobias accedió. Retta fue con ellos.

         El tiempo que el garlati había tardado en llegar, Wini había bullido de excitación, esperanza y miedo. Excitación, por la posibilidad de que al regresar a Aldruthcia, donde aquella locura había comenzado, pudiese reencontrarse con Hapola y la normalidad que tanto añoraba; esperanza, por la suerte de Damian y sus demás compañeros; miedo, por ella misma. Miedo porque, a pesar de todo, en lo más hondo de sí misma, en un rincón de sus pensamientos que había mantenido cerrado con llave durante todo aquel tiempo (consciente como era de que Tobias podía saber lo que ella pensaba), seguía sin fiarse del garlati. Ella se había esforzado durante todos aquellos meses en que el fingimiento del principio se convirtiese en verdadera confianza. Pero por más que lo intentaba, al final se daba cuenta de que lo que hacía cada día era seguir la corriente al extraño ser que seguía siendo Tobias para ella.

         Todo aquel asunto de volver al planeta de los hombres hormiga hizo emerger de golpe toda la desconfianza. El muro de apariencias y fingimientos que Wini había construido a su alrededor se vino abajo. Pero ella siguió fingiendo, aún ahora. Reconstruía el muro piedra a piedra; procuraba que las aguas de aquella realidad no pasasen por encima y la arrastrasen consigo.

         —¿Iremos al espaciopuerto? —Preguntó ella.

         —¿Espaciopuerto? Pensé que ya habías aprendido esa lección, querida. Solo hay que atravesar una puerta. 

         Siguieron a Tobias por distintos corredores y escaleras que Wini apenas conocía, hasta que traspasaron una doble puerta de madera oscura muy ornamentada. A Wini le costó creer que no hubiese reparado antes en aquellas puertas. Al traspasarlas entraron a una zona de la casa en la que definitivamente ella nunca había estado. No se veía nada allí. Tobias hizo un gesto y una luz apareció como de la nada, en su mano. Al final de un pasillo con puertas a ambos lados se encontraron con unas escaleras talladas de forma perfecta, en una piedra arenisca de color rojizo. Las ascendieron durante varios minutos. Terminaron en una pequeña habitación con unas ventanas altas y estrechas.

         Un mural digital se extendía por las paredes y el techo de la estancia. Un ser de luz, a todas luces divino, que Wini imaginó que era Lettand, descendía de un agujero en un cielo de tonos verdes y naranjas. En las manos sostenía una copa de la que se derramaba un líquido que caía sobre cientos de garlatis, que parecían brotar del suelo. A la mujer le costó darse cuenta de que la copa era real. Descansaba sobre una hornacina perfectamente esculpida, que simulaba ser las manos y parte del cuerpo del dios.

         En el centro de la habitación había una escalera de caracol de algo que parecía vulgar hierro negro. Wini y Retta siguieron a Tobias, y ascendieron por los estrechos peldaños, que se bambolearon bajo el peso de los tres. Wini se agarró a las figuras forjadas en la barandilla. Emergieron a una especie de buhardilla con techo en forma de cúpula. Una puerta de cristal de singular belleza, enmarcada por dos columnas y un dintel triangular, se abría allí al cielo crepuscular. El marco parecía hecho de níveo mármol, de apariencia rosada a la luz del sol de Ramark. 

         —Daos las manos —dijo entonces Tobias, agarrando la de Wini. A la humana se le encogió el corazón de miedo, pero también de excitación, al adivinar lo que estaban a punto de hacer. Tobias abrió la puerta. El viento agitó sus ropajes. Entonces el garlati saltó al otro lado. Wini apenas pudo sentir el corazón en su garganta. En una cantidad infinitesimal de tiempo la fuerza de la gravedad, que debería haberlos atraído hacia una caída fatal, los empujó contra un suelo metálico, contra el que Wini y el androide cayeron suavemente, pero con torpeza, como si durante un instante el tiempo se hubiese detenido, y ese instante hubiera desincronizado el sentido de sus propios cuerpos. 

         Wini y Retta todavía estaban separándose del revoltijo de extremidades en que se habían convertido sus brazos y sus piernas, cuando Tobias, que había caído ágil como un paracaidista experto en su enésimo salto, dijo:

         —Bueno, estamos en Aldruthcia. 

***

         Wini reconoció el lugar como la extraña gran cúpula de cristal y formas imposibles a la que le había llevado el hombre hormiga. Un círculo de aquellos seres los rodeaba. La mujer supo que los habían estado esperando.

         Tobias se adelantó e intercambió unas palabras con uno de los fórmicos, un ser al que Wini creyó reconocer como Gortax, el que la había salvado al sacarla de aquel planeta. Al ver que era él quien estaba al mando, la mujer humana se tranquilizó, pero muy poco. 

         El hombre hormiga dijo:

         —Bienvenidos a la Cúpula de los Mil Vientos de Ramman. Vuestro camino en Aldruthcia es nuestro camino. —Se inclinó ligeramente, y luego añadió:

         —Debéis acompañarnos. Seguidnos, por favor.

         Bajaron por una delgada escalera de caracol pegada al muro exterior de la excéntrica torre-cúpula. Solo una delgada barandilla de aspecto descuidado, llena de óxido, los separaba de una caída hacia el suelo de la torre, si es que este existía, pensó Wini, ya que la base se perdía en la oscuridad. Pequeñas claraboyas de una rácana luz blanca iluminaban su descenso, de forma precaria. Las luces se iban encendiendo y apagando a su paso. Resultó que la torre sí tenía una base, después de todo. Llegaron al final envueltos en silencio. A Wini no se le había ocurrido nada adecuado que decir, y nadie más habló.

         Una vez fuera de la torre, Wini se encontró de nuevo con aquella luz llena de sombras picassianas, producidas por las angulosas y retorcidas estructuras de la arquitectura fórmica al ser iluminadas por dos soles diferentes. Hacía calor. Los extraños olores de aquel planeta la golpearon con fuerza, una mezcolanza de aromas fuertes e indescifrables, que invadieron sus fosas nasales sin la más mínima piedad. Fueron introducidos en un extraño vehículo de formas de reminiscencias vegetales, hecho de una especie de metal dorado y verdusco, y conducidos a lo largo de calles tan enrevesadas que la mujer jamás habría sabido emprender el camino de vuelta. Se dio cuenta de qué poco dependía su futuro de sí misma, de sus propias elecciones. 

         Aquí y allá fórmicos curiosos se asomaban a las redondas ventanas de sus pinaculares viviendas, a lo largo de las calles por las que pasaban. En una ocasión, durante una parte del trayecto en la que el vehículo tuvo que reducir bastante la velocidad, por la gran cantidad de gente que abarrotaba la vía, un fórmico se destacó de entre un grupito que estaba delante de una pequeña casita que hacía esquina. Debía de ser un ejemplar joven, por su tamaño y delgadez. Iba vestido con llamativos ropajes de tonos ocres y anaranjados.

         —¡Espíritus de la gran nave Ajena! ¡Espíritus de la gran nave Ajena! —repetía a voz en grito, con gran excitación, mientras corría al lado del vehículo.

         Uno de los guardias de la comitiva se acercó para apartarlo de allí, pero el joven fórmico se escurrió con agilidad y volvió a acercarse al carruaje. Esta vez pegó la cara al cristal, haciéndose visera con las manos, y observando el interior de forma curiosa y descarada. Su mirada se encontró con la de Wini. 

         —Precursora-Ajena —Wini sintió más que escuchó lo que dijo.

         Entonces el mismo guardia de antes pilló al joven por los hombros y lo zarandeó sin contemplaciones. El joven hombre hormiga cayó al suelo, y el carruaje siguió su marcha. Wini se giró en el asiento y vio por el cristal trasero cómo el joven volvía a levantarse, y allí, ajeno a las magulladuras y rodeado ahora por algunos otros, gritaba:

         —¡Precursora-Ajena! ¡Betceol, Precursora!

         En la distancia, presidiendo la escena, Wini pudo distinguir la gran torre rematada en la Cúpula de los Mil Vientos. Reverberaba con la luz de dos soles extraños y moribundos.

***

         —Tu padre-guía estará muy disgustado contigo, Triwil —dijo Ancia, mientras curaba las heridas del joven fórmico.

         Estaban en la salita de estar principal, en el piso inferior de una humilde casita, en uno de los barrios obreros de Ramman. 

         —Lo siento, mi-dona —respondió el aludido, compungido.

         —Esta vez no me vas a engañar, así que quita ya ese tono patético de arrepentimiento.

         —Tienes que hacer caso a dona-Ancia, Triwil, o nunca llegarás a nada en la vida.

         —Déjame en paz, Thaseli.

         —Típico —dijo la aludida, que puso los ojos en blanco y se levantó del asiento en el que había estado tejiendo. Abrió los redondos postigos de desgastada pintura azul de la ventana, y se quedó allí, contemplando el exterior.

         —Vosotras no lo entendéis. La he visto, con mis propios ojos. Vi a la Ajena.

         Los insectiles y ambarinos globojos de Ancia relampaguearon. Dejó lo que estaba haciendo, se encaró con el joven Triwil y miró a sus globojos de color zafiro.

         —Escúchame bien de una vez, jovencito —dijo, y le agarró con vehemencia de los brazos, sacudiéndolo—. Deja ya de meterte en asuntos que no nos conciernen en absoluto, o acabarás trayendo la desgracia a esta casa. Los Ajenos no existen.

         Esta vez el joven se sintió compungido de verdad, pero su tozudez pudo más que su prudencia. Estalló y gritó:

         —Qué sabréis vosotras. No sabéis nada, siempre con las mandíbulas apuntando hacia abajo, sin…

         Ancia le cruzó la cara con una sonora bofetada. Thaseli se giró y se los quedó mirando, de hito en hito, en el silencio que siguió. Luego el joven se levantó y se dirigió hacia la salida. Selló su desprecio hacia los gritos de disculpa de la dona con un fuerte portazo, que retumbó en toda la estancia.

***

         —Pero no puedes culparlas. La única preocupación de tu-dona es que te conviertas en un padre-guía de provecho. 

         —Oh, no, ¿tú también, Rowaru? No he venido aquí para esto… Mira, mejor me voy, lo siento, he hecho mal en…

         —No seas estúpido, Triwil.

         —¿Qué?

         —Lo siento, pero te estás comportando como tal. 

         —Ya, tú tampoco me crees, ¿no? La vi, Rowaru, con mis propios globojos.

         —Yo… sí, tonto, yo sí te creo. Pero no puedes dejar que esa excitación tuya por los Ajenos te ciegue ante todo lo demás. Tienes que intentar ponerte en el lugar de las demás personas. Sobre todo, de la gente que te quiere. Intenta ver las cosas como las ve tu-dona. Intenta comprenderla. Es lógico, si te paras a pensarlo, que ella esté preocupada porque vayas por ahí diciendo esas cosas. Los Sacerdotes de Lettand tienen oídos en todas partes, Triwil. Deberías tener más cuidado. Si hoy no te han detenido es porque saben que eres un don nadie. No llames más su atención.

         —Has cambiado, Rowaru. Ya no eres la misma de siempre. ¿Dónde está la Rowaru que ayer mismo dijo que me acompañaría a casa de Grimnas? ¿Por qué no viniste, por cierto?

         Ella no respondió de inmediato. Los dos permanecieron un rato en silencio, en el balcón de la buhardilla, en la casa de Rowaru. Era un silencio particular, enmarcado por los sonidos del mundo alrededor: Los gritos de las donas, que llamaban a los jóvenes fórmicos de regreso a sus hábitats; los vendedores ambulantes, anunciando las últimas ofertas antes de dar por finalizado el día; Los coros de los cantos oratorios, que tanto odiaba en secreto el joven fórmico, en las torres de las iglesias de Lettand. Los soles gemelos condenados a morir se ponían ya, más allá del muro de casas y caminos serpenteantes que eran todo el paisaje que se podía ver hasta cualquier punto del horizonte. Pues la ciudad de Ramman era tan vasta como un país entero, y tan alta y con tantos niveles como una tarta de Leofanne.

         —No he cambiado —dijo Rowaru—. Pero ayer estuve hablando con mi padre-guía, de estas cosas. De los Ajenos…

         Triwil la miró, con sus globojos azul zafiro, sin decir nada.

         —Quería saber su opinión. Acaba de entrar a trabajar en la Guardia de la Ciudadela de Ánteran, la que dirige Gortax-mariscal. Estuvimos hablando de su nuevo trabajo, y una cosa llevó a la otra. 

         —¿Y?

         —Esto no es ningún juego. Tienes que tener mucho cuidado. 

         —Ya —dijo él. Se quedaron callados otra vez. El último sol acababa de ponerse. Las primeras estrellas se dibujaban en los resquicios del cielo libres de estructuras fórmicas, aunque no podían rivalizar con las miles de esferas de luz blanca y amarilla que cobraban vida por toda la inmensa urbe.

         —Es lo que siempre he soñado, Rowaru. Mis más ardientes deseos acaban de hacerse realidad, y el mundo, este mundo vasto y ordinario, parece ignorarlo. Y yo… No puedo soportarlo. Una nave Ajena, una nave Precursora. Está aquí, aquí mismo, en nuestra ciudad, llegada desde un tiempo que creíamos legendario. Algo que todos dicen que no existe. Pero yo la he visto, Rowaru. He visto a la humana, tan semejante y a la vez tan diferente a todo. He visto a Betceol. Y voy a ir, mañana, con Grimnas y los demás. Voy a ir a la nave. Sabemos que van a llevarla allí. ¿Vendrás?

         —Iré, Triwil —dijo ella. 

         Los dos jóvenes fórmicos entrecruzaron sus mandíbulas y antenas, bajo la noche de Ramman.

Capítulo 5

         Reticente y vacilante, Wini entró en la nave. Todos sus sentidos le gritaban que huyera de allí. Pero la posibilidad de reencontrarse con Damian y los antiguos compañeros humanos de la Perseverance, así como de volver a conectarse con su IA, la impulsaba a seguir. Gortax le contó que los suyos habían vuelto a introducir a los humanos supervivientes en las cápsulas de criogenia, con la esperanza de mantenerlos con vida. Una noche, hacía menos de una semana, algunos guardias de Gortax juraron haber visto a varios humanos, entre ellos Damian, tras las ventanas del observatorio de la nave.

         «Por qué. Por qué los fórmicos les habían arrancado los implantes neuronales», había exigido saber Wini, antes de entrar. A lo que Gortax contestó: «Porque está escrito en los preceptos más sagrados de nuestra religión, que las IA son el mal. Está escrito que los Precursores llegarían desde el remoto pasado, y que así habría de obrarse». A pesar del calor que hacía en el exterior, Winifred se quedó helada al escuchar aquellas palabras, en la voz grave y gutural del hombre hormiga.

         Le dijeron que algunos fórmicos habían muerto en el interior, que circulaban historias sobre un espíritu hostil, que hostigaba a quienes osaban perturbar la paz de los innumerables pasillos, túneles y estancias de aquella nave llegada del remoto pasado. Solo Gortax tuvo el valor de acompañarla a las entrañas de la Perseverance. Wini lo agradeció, sin poder explicarse muy bien por qué; puede que, en aquel momento, tuviese más miedo de la nave que de los fórmicos (quizá porque una parte de ella se sentía culpable por haber sido tratada mejor que sus compañeros). 

         Hacía frío allí dentro. La mujer ajustó su traje, que al instante pareció cobrar vida, para multiplicar sus tejidos y darle más abrigo. Su aliento exhalaba pequeñas nubes de vapor, en la penumbra verdosa y titilante de las luces de emergencia. Por lo visto, ninguno de los fórmicos había sido capaz de restaurar la energía principal. Paso a paso, Wini se dirigió hacia el observatorio de la nave. A medida que se iba acercando, el trayecto se le hizo más difícil, hasta el punto de que tuvo que hacer acopio de toda su fuerza de voluntad para no darse la vuelta y regresar corriendo hacia la salida. Le asaltaban imágenes fugaces, décimas de segundo sobre las que no tenía ningún control, de los tres tripulantes de la última guardia, muertos. Imágenes mezcladas con sangre, de Taylor riendo, de Damian y de ella misma. 

         —¿Todo bien? —Le preguntó Gortax. Ella fue consciente de que llevaba allí plantada varios minutos. 

         Pero no iba a dejar que la única humana que quizá existiese en la galaxia, fuera de aquella nave, quedase como una cobarde. 

         —Sí, todo bien, ¿por qué, tan mal me ves, fórmico?

         El otro no contestó. 

         —Vamos —dijo ella—. Adelante.

***

         Cuando Triwil y Rowaru llegaron al tejado del viejo almacén que se asomaba a la gran explanada de la nave, solo Grimnas se había presentado allí.

         —Ya era hora. Pensaba que iba a ser el único pringao en arriesgarse —exclamó, mientras movía las antenas con excitación.

         —Chitón —le espetó Rowaru, con un dedo en las mandíbulas—. Habla más bajo.        

         —El distrito entero está plagado de guardias. Han reforzado los controles, y hemos tenido que dar un buen rodeo —se disculpó Triwil.

         —Qué me vas a contar.

         —Por el Fundador, ahí está —dijo Rowaru—. Mira, Triwil.

         —Sí, como salida de un libro de cuentos de Famirion. Un ser humano. Quién lo hubiera creído —intervino Grimnas.

         La mirada malva y aguamarina de Rowaru se había quedado prendada de la humana.

         —Guau… Por todos los soles de la galaxia. Es cierto, Grimnas, es como una princesa humana de un libro de Famirion. Oh, Triwil, es increíble. Ha merecido la pena venir.

         El aludido se había quedado mudo, también absorto en la contemplación de la mujer.

         —Hay un ciclópeo con ella, y un mono peludo —dijo Grimnas.

         —Es un garlati de Ramark —observó la joven fórmica.

         —Va a entrar —comentó Triwil.

         —Si pudiésemos acercarnos un poco más —dijo Grimnas, y Triwil respondió:

         —Nadie mira hacia aquí. Podríamos deslizarnos por ese bajante del canalón —señaló.

         —No, Triwil, es peligroso. Aquí estamos bien —se opuso Rowaru.

         —Rowi, venga. No va a pasar nada, y estamos ante la oportunidad de nuestras vidas. Piensa en el artículo que podrás escribir mañana. Podemos hacer que todo cambie.

         —Vale, está bien —dijo ella, sin parecer del todo convencida. ¿Cómo…

         —Yo iré primero —dijo Triwil, de inmediato.

         —…lo hacemos —terminó Rowaru, en voz baja, mientras Triwil empezaba ya a deslizarse por el bajante.

         —Típico —apostilló ella, al unísono con Grimnas.

         Cuando Triwil ya iba por la mitad, los otros dos se acercaron al bajante, pero entonces una teja cedió bajo el pie de Rowaru, que perdió el equilibrio y cayó rodando hasta el borde del tejado. No pudo hacer nada. Cayó hasta el suelo de la gran explanada de la nave.

         —¡Rowaru! —Gritó Grimnas.

         —¡No! —Chilló Triwil, que se estiró para intentar agarrarla, un movimiento imposible que le hizo escurrirse del bajante y caer, mientras observaba impotente cómo Rowaru rebotaba contra unos bártulos y quedaba tendida en el suelo, inmóvil. Entonces el joven sintió un dolor agudo y feroz. Se había partido una articulación de la pierna.

         Todos los guardias en los alrededores de la nave se habían girado hacia ellos.

***

         Acababan de llegar a las puertas del observatorio, pero Wini no se decidía a accionar la apertura. En el camino hacia allí había conseguido dejar su mente en blanco, ajena a cualquier cosa que no fuese seguir adelante. Pero ahora, delante de las puertas, todos los pensamientos empezaron a bullir de nuevo en su cabeza.

         Reencontrarse con los demás tripulantes se había convertido en un sueño para ella, desde que los acontecimientos precipitaron su huida a Ramark. Pero Wini sabía que a veces los sueños podían convertirse en pesadillas. Además, estaba el hecho de que una parte de ella había empezado a sentir que la necesidad de reencontrarse con los humanos de la Perseverance era más un deber que un deseo. Esa parte quería estabilidad; quería certidumbres a las que poder aferrarse, para construir una nueva vida y empezar de cero. Ella sabía que mientras estuviese a la deriva entre aquellos dos mundos, entre los recuerdos del sistema solar al que ya nunca volvería y aquella galaxia de soles y seres extraños, nunca conseguiría la paz. Cuando se sorprendía pensando aquellas cosas, no podía evitar avergonzarse de sí misma.

         —Vamos, a qué estamos esperando —dijo Gortax, que se adelantó impaciente y accionó la apertura.

         Allí estaban. Debían de ser al menos unos treinta de sus compañeros de viaje. Wini reconoció a varios de ellos de inmediato: Silvy Siegler, analista de sistemas; Zahra Essop, piloto y nutricionista; Brad Heanley, especialista en ciberseguridad; Cipriana Vasquez, diseñadora de entornos medioambientales; Sergi García (no recordaba qué era Sergi); Masayuki, escritor de contenidos jugables; Joseph Ovine (tampoco recordaba a qué se dedicaba); Wendell, Lynn, Alana, Mini, Bohdan… Y Damian. También estaba allí. Damian Frit, técnico en aeromoción. Eran labores que todos habrían de desempeñar sobre todo al llegar a Acantha, pues los sistemas de la nave estaban totalmente automatizados durante el viaje, durante el cual los tripulantes solo habían llevado a cabo labores de supervisión, durante sus turnos de guardia.

         Allí estaban, solo que no eran ellos. Wini lo supo al momento. No por tener alguna certeza, sino por pura intuición. Pero era una intuición que se basaba en una sensación ineludible. La sensación de que ninguno de ellos mostró ni una sola emoción que a Wini le resultase familiar. 

         —Wini —se adelantó Damian. La mujer retrocedió un paso—. Wini… ¿Estás bien?, soy yo, Damian, tu amigo.

         «Pesadillas».

         —Espera… ¿por qué vienes con el enemigo, Wini? —Preguntó Damian. Todos los demás se acercaban poco a poco. Ya casi los rodeaban.

         —¡Atrás! —Gritó de pronto Gortax, que agarró a Wini con brusquedad. 

         La mujer pensó que su intención era protegerla, pero la estaba lastimando. Dijo:

         —No tan fuerte, Gortax, me haces dañ… —entonces lo vio, y ahogó una exlamación de sorpresa y horror. El fórmico apuntaba a su cabeza con un arma.  

         —Atrás —repitió Gortax—. O acabaré con ella.

***

         —Monstruo embustero —escupió Wini.

         —Tú no lo entiendes —respondió Gortax—. Era el único camino. Las IA te querían a ti. Dijeron tu nombre, Winifred.

         Wini se dio cuenta de que el fórmico la había usado como salvoconducto. Se sintió perdida, un peón en un juego que no comprendía. La nave se había vuelto tan extraña para ella como todo lo demás en aquella galaxia. Sus compañeros estaban alienados, como zombis; y el posible amigo que tanto necesitaba en aquel mundo extraño era un traidor, un monstruo al que ella le traía sin cuidado. Y si Tobias era amigo de aquel ser, así como el androide, Retta, la única conclusión posible era que estaba sola. Estaba completamente sola.

         Solo había dos opciones, deshacerse en lágrimas y suplicar… o revolverse y odiar. Wini eligió lo segundo. 

         Haciendo acopio de la energía que le daban el odio y la rabia acumulados, Wini recordó uno de los movimientos de defensa personal que les habían enseñado antes de embarcar en la Perseverance. Su brutalidad, más que su estilo, pillaron por sorpresa al fórmico, que la soltó por un momento. Suficiente para que Damian y los demás se abalanzasen sobre ellos.

         Damian puso sus manos alrededor de la cabeza de Wini, en sus sienes. Quedó paralizada, y sintió una tormenta en su cerebro, un dolor agudo e insoportable, aunque pronto mitigado. Fue el preludio del recuerdo de un día manchado de sangre, por largo tiempo olvidado.

***

         Las luces están apagadas. Pero ya distingo formas en la oscuridad. Mis compañeros de tripulación están ahí, en la gran sala de criogenia. Reposan tranquilos, pero anhelantes, como momias de un futuro incierto, sus manos cruzadas sobre sus hombros. Me guío a tientas en la penumbra, apenas guiada por el resplandor de los sarcófagos de cristal. Llego a la salida. 

         Recorro los laberínticos pasillos de la nave. Damian camina conmigo, a mi lado. No soy consciente de en qué momento nos hemos encontrado. Algo no está bien en mi cabeza. Pero da igual, eso no debe importarme. Seguimos adelante, y llegamos a la sala de control central. ¿Por qué? No es nuestro turno de guardia. Nosotros no deberíamos despertarnos hasta poco antes de llegar a Acantha. 

         Damian me hace un gesto, para que guardemos silencio. Es el turno de Roni, Afraima y Cosima. La última guardia, antes de llegar a Acantha. Están hablando sobre nosotros, Damian y yo. Afraima, conocida por sus dotes de hacker, activa un holo. Contengo el aliento al darme cuenta de lo que ven, aunque al principio no entiendo nada. Un vago temor crece en mi interior. Algo terrorífico, que estaba guardado por mi IA, en lo más profundo de mis recuerdos. En el holo estamos Damian, Taylor y yo, durante nuestro turno de guardia…

***

         —Déjalo estar, Taylor, si las IA hubieran querido que investigásemos la señal, habrían dado instrucciones para hacerlo —dice Damian.

         —Las IA, siempre las IA. ¿Acaso no sois capaces de pensar, ni siquiera por un momento, por vosotros mismos? Esto podría ser lo más importante que ha pasado en toda la historia humana. Se trata de una señal proveniente de una nave extraterrestre. Joder, es como encontrar una puta aguja en un pajar. Por el amor de Dios, ¿es que no lo veis?

         —Damian tiene razón, Taylor. Es peligroso, no debemos salirnos de la ruta trazada. Si quieres, podemos apuntar las coordenadas en la bitácora, y transmitir la posición por enlace cuántico. En el sistema solar sabrán qué hacer con ello. 

         —No. Puede que no volvamos a tener jamás una oportunidad como esta. Además, no me fío de lo que decidan las IA en el sistema solar, joder. Lo controlan todo. Qué oportuno que hasta ahora jamás hayamos encontrado nada ahí fuera, ¿eh? No. Debemos investigarlo nosotros. Es nuestra responsabilidad. 

         —Lo siento, Taylor, dos contra uno. Las reglas están claras —dice Damian.

         —Yo no diría tanto. Se trata de una excepción contemplada en la norma 13.3. De hecho, deberíamos despertar al comandante Payet.

         —Y yo digo que no —insiste Damian.

         Taylor se ríe, de forma claramente despreciativa. Luego dice:

         —Damian dice que no, ¿eh, Wini? —Le guiña un ojo a la mujer—. ¿Y se puede saber quién te has creído que eres tú, el comandante? 

         Taylor se levanta, ignorando a Damian. Este se le echa encima.

         —Maldito cabr… —espeta Taylor.

         Los dos se enzarzan en una pelea sin claro ganador, haciendo peligrar la integridad de las consolas cercanas. Hay un intercambio de golpes, de puñetazos errados, resoplidos y maldiciones, todo bastante patético, hasta que los dos caen al otro lado de las consolas. Se produce un fuerte golpe, al que sigue el silencio. Wini se dirige hacia allí, nerviosa, sin estar segura de cómo actuar. Cuando llega ve que Taylor aprisiona la cabeza de Damian con sus piernas. 

         —Wini, ayúdame… ¡Wini! —Grita Damian, a duras penas.

         Wini no sabe qué hacer. Damian va a morir. 

         —Detente, Taylor, detente. Oh, Dios mío, Taylor, suéltalo, por favor —suplica Wini. 

         Damian se pone azul. Apenas ofrece ya resistencia. 

         Entonces, de repente, empieza a toser y a resollar, libre de la mortal llave de Taylor. 

         Taylor yace en el suelo, con un charco de sangre bajo su cabeza. Wini tiene en la mano el asa de su taza de café, hecha pedazos. 

         —Dios mío, Dios mío, Dios mío… Santa Galaxia, Damian… ¿qué vamos a hacer? Damian… Lo he matado, joder. ¡He matado a Taylor!

         —Tranquila, tranquila Wini. No pasa nada. Pensaremos algo —dice Damian, mientras se recupera, resollando—. Ya sé, lo meteremos en su cápsula, y lo arrojaremos al espacio. Luego trucaremos los holos de este turno. Nadie sabrá nunca nada. 

         —Pero las IA lo sabrán. Nosotros lo sabremos. 

         —No, Wini. Las IA lo aprobarán. Sabrán que hemos hecho lo mejor que podía hacerse. Borrarán nuestros recuerdos, y no tendremos que preocuparnos más por esto. Confía en mí.

***

         Afraima corta el holo. 

         —Eso es todo —dice—. Bien, ¿qué hacemos?

***

         Wini volvió al presente. Las manos de Damian, del Damian manejado por su IA como un zombi, seguían asiendo sus sienes. Todos esos recuerdos habían vuelto a ella como una bofetada de realidad, en un solo instante, como si siempre hubiesen estado ahí. También supo lo que había pasado con Roni, Afraima y Cosima. Fueron ellos. Damian y ella. Los mataron allí mismo (aunque la mujer no recordaba exactamente cómo, y daba gracias por ello), en el mismo momento en que Afraima terminó de decir «qué hacemos». Luego reprogramaron la ruta de la Perseverance, para dirigirla a un agujero negro, y volvieron a sus cápsulas de criogenia.

         El hombre extraño que había sido su amante la miró a los ojos, y Wini creyó verlo, ver a Damian de verdad, por una última vez. Aunque asqueada de terror por lo que había hecho, la mujer sintió dentro de sí las palabras que en el futuro la ayudarían a hacer más soportables aquellos hechos: «No fuimos nosotros, Wini. No te culpes. Fueron las IA. Tú sigue viva, Wini, lucha. Llega hasta el final. Te quiero, siempre te querré». Después Damian cayó al suelo, como un muñeco inanimado.

         Todo aquello había pasado en unos pocos segundos de tiempo real. Ese fue el tiempo que Damian, aquel Damian, había tenido agarrada a Wini por las sienes.

         —Estúpida —le espetó Gortax—, lo has estropeado todo. Los tenía bajo control. Era parte del plan.

         ¿Parte del plan? Wini no daba crédito. Pero lo que se grabó a fuego en su mente fue que era la segunda vez que aquel ser le llamaba estúpida. Y ya estaba harta. Se abalanzó con furia contra el fórmico, que en esos momentos disparaba a diestro y siniestro con su arma de energía, volatilizando a los humanos. Las mandíbulas de Gortax se abrieron por la sorpresa. El golpe con la cabeza que Wini le propinó en el pecho, como un ariete, lo derribó en el suelo, cuan largo era. 

         Los pocos humanos que quedaban huyeron de allí. A Wini le daba igual, solo le importaba una cosa: quería matar a Gortax. Al principio no había sido consciente de ello, pero el contacto con Damian, o lo que quiera que fuese Damian, la había cambiado. Se sentía llena de una fuerza que jamás había experimentado; hubiera sido capaz de saltar ríos y de escalar montañas. Era una fuerza potenciada por su rabia. 

         —¡No! Wini, no… 

         La mujer escuchó una voz, distante por la sangre que taponaba sus oídos. Vio como unos brazos brillantes y metálicos agarraban los suyos, y luchaban para apartarlos del cuello de Gortax, que agitaba frenético sus mandíbulas, al borde de la muerte por ahogamiento.

         —Wini, no, tú no eres así —dijo Retta, el androide— Por favor. 

         —Retta —musitó ella.

         Entonces la rabia se apagó, y la mujer fue consciente de lo que estaba haciendo. Aflojó su presa, y la soltó, asqueada. 

         Wini reparó en Gortax, allí tirado, como si lo viese por primera vez. Se frotaba el cuello, boqueaba y hacía sonidos extraños, mientras el aire volvía a sus pulmones. Vio el cuerpo de Damian, sin el más mínimo asomo de vida en sus ojos. Mareada, se sentó en el suelo, y entonces lloró, como una niña desvalida.

         «¿Wini?, Wini. Soy yo, Hapola. Estoy aquí, contigo. Estoy de vuelta. No llores más, mi pequeña».

Capítulo 6

         —Ekarón-potestado, ¿Mantiene esa acusación? —preguntó Zasala, y quizá había pena en su voz. 

         Zasala era la máxima autoridad del Senado. También conocido como el Salón Piramidal, aquel era el único edificio de paredes lisas en toda la ciudad-estado de Ramman. Se creía que había estado en el planeta Aldruthcia desde mucho tiempo antes de que el primer fórmico lo habitara.

         Ekarón, vestido con los nobles ropajes de su cargo, la banda de color verde bosque de su casa y los entorchados y adornos plateados de su rango, quizá dudó, a los ojos de las decenas de senadores-potestados presentes, durante un único instante. Fue el instante durante el que el veterano político fórmico volvió a reflexionar por enésima vez sobre si merecía la pena dar aquel paso. Pues sabía todo lo que se jugaba. El prestigio de su carrera en la política rammaniana y quizá la estabilidad y la seguridad de sí mismo y de su casa. ¿De verdad merecía la pena? Pero al final, por supuesto, solo había una única respuesta posible. Pues él era un idealista, creía en la democracia de la ciudad-estado de Ramman, y era consciente del papel que él, Ekarón, debía llevar a cabo. Por el bien de Ramman y de toda Aldruthcia. 

         Ekarón se levantó en su escaño y habló, con voz potente y serena:

         —Sí, Zasala-presidente. La mantengo. Yo acuso a Gortax-mariscal-potestado de traición a Ramman, y de perversión de sus solemnes juramentos, por haber orquestado la aniquilación de los Precursores sin un juicio justo.

         Entonces estalló el caos.

         —¡Orden! ¡Orden! —gritó Zasala-presidente, en medio de una explosión de opiniones indignadas, exclamaciones sorprendidas y acusaciones mutuas: «¡Blasfemia!»; «¡los Precursores no existen!»; «Aquí lo único que no existe es tu inteligencia, boñiga de ron’con»; «¡Qué escándalo!»; «Alguien tenía que decirlo»; «Joder, qué putos huevos»; «Por el sagrado Lettand, Ekarón, qué has hecho»; «Esta vez la has jodido bien, Ekarón, ¡este es tu final!», y un largo etcétera.

         —¡Orden! ¡He dicho orden! —Se desgañitaba Zasala, con los brazos alzados. 

         Poco a poco, mientras Gortax aguardaba de pie e impertérrito en su escaño, la curiosidad ante lo que habría de decir, así como el aura de poder que emanaba de su imponente y marcial presencia, trajeron de vuelta el silencio al gran salón del Senado.

         En aquel paulatino silencio, una figura destacaba apenas, entre los treinta y seis invitados a aquella reunión extraordinaria. Por encima de las ocho columnas de obsidiana que sostenían el mirador bajo la pirámide de cristal que remataba el edificio, Escnya, la dona de la casa de Ekarón, contemplaba al guía de su prole, iluminada por los colores de los héroes legendarios de Aldruthcia. Estaban pintados en los cuatro ventanales, y eran encarnaciones fórmicas de los mismos héroes y dioses de todos los Mundos del Pacto: Leetheora, la Caminante de los mundos; Nanchard, el Cobijador; Wisechelle, la Traedora del Libro; y Lettand, el Fundador. 

         Una luz dorada, preñada de partículas, iluminaba toda la escena, allí abajo, desde un escaño hasta el opuesto, donde los mortales discutían las cosas del mundo, ajenos a los dioses que tanto fingían adorar. O eso pensaba Escnya. Que casi todos ellos eran unos hipócritas. Ella era consciente de la relevancia histórica de aquel momento. Aunque llena de miedo por la suerte de su casa, no pudo sino sentir orgullo por Ekarón.

         Gortax habló.        

         —Es cierto. Cada palabra que has dicho, Ekarón, es verdad. Por ello, solicito ser despojado de todos mis cargos políticos y que se me envíe al exilio, para expiar mis graves faltas, como corresponde en estos casos. 

         Esta vez todos se quedaron mudos, a excepción de unas pocas exclamaciones de asombro e incredulidad. Gortax siguió hablando:

         —Pero no todavía. Pues, en esta hora aciaga, un gran mal comienza a extenderse ya por nuestro mundo, un mal traído por la nave de los Precursores —dijo, y se produjo una nueva conmoción.

         ¿Qué intentaba Gortax? Escnya temía más la facilidad con que sus palabras tergiversaban la realidad, haciendo plegarse siempre a la cámara a sus intereses, que las locuras que dijese con ellas. Aquella era la primera vez que admitía en público que aquella fuese una nave Precursora. Si bien todos sabían que no podía haber otra explicación, dado que prácticamente no existían ya naves (fuesen interplanetarias o interestelares) en los Mundos del Pacto, la postura oficial de la religión lettandiana era que la llegada de la profetizada nave IA no se había producido en modo alguno. Y, desde luego, Gortax siempre había sido un lettandiano riguroso.

         —Entiendo tu postura, Ekarón —siguió Gortax—. Tú y los tuyos, los Revisionistas, siempre habéis defendido que los Sacerdotes de Lettand llevan a cabo una interpretación errónea de las enseñanzas del Fundador. Por eso creéis que he obrado mal. Pero, a veces, para luchar contra un mal mayor, hay que llevar a cabo un mal menor. A veces, hace falta ser más…tradicionales. Yo prefiero el mal menor. 

         Ahora venía la calculada pausa dramática.

         —Pero, para demostraros que digo la verdad, hoy tenemos a un invitado muy especial con nosotros. Alguien a quien te complacerá ver y escuchar, Ekarón.

         Gortax hizo un gesto a los guardias que custodiaban las puertas del Salón Piramidal. Wini entró en la cámara, escoltada por cuatro soldados de la Guardia Cibernética. La presencia de los siniestros seres cibernéticos causó a los presentes tanta desazón que incluso la entrada de aquella humana salida de las leyendas del pasado quedó relegada a un segundo plano. Después de todo, la presencia de la mujer en la Corte de la Luna era un rumor bastante extendido desde hacía días, entre los senadores-potestados; pero nunca antes se había atrevido nadie a meter a los tenebrosos custodios de la paz y el orden en aquel edificio. Escnya no fue capaz de dejar de mirarlos. Embozados en sus capas oscuras, mimetizados con todo cuanto les rodeaba, parecía que solo sus ojos se movían, animados por una magia desconocida. Eran como ascuas rojas escupidas por las entrañas de un volcán.

         Entonces Wini subió al estrado, y comenzó a contar su propia historia. Y pronto los ciborgs fueron olvidados.

***

         Salieron de la nave a una madrugada fría. La humana fue introducida en el mismo coche que la había llevado hasta allí. Entonces vio algo que la sacó del mutismo e introspección en los que había permanecido desde lo ocurrido en el observatorio.

         Dos guardias acorralaban a un joven fórmico contra el muro de un almacén, en el límite de la explanada de la nave. La mujer creyó reconocer al joven por los tonos verdosos de su quitinosa piel, que contrastaban con los colores ocres y anaranjados de su ropa; pero tuvo la certeza de quién era cuando reparó en su mirada de color zafiro. Era el que había corrido detrás del coche, la tarde anterior. Betceol, la había llamado.

         El reconocimiento acababa apenas de llegar a la mente de Wini, cuando la cabeza del joven fue volatilizada por el arma energética de uno de los guardias. Entonces alguien, otro fórmico, gritó. Una figura que se recortó contra las luces de la ciudad en el tejado del viejo almacén, para luego desaparecer como alma que llevaba el diablo, entre disparos de rayos energéticos. Los disparos hicieron vibrar el aire alrededor, mientras iluminaban la noche como fuegos artificiales.

         «Qué bonito», pensó una parte de la mente de Wini, una parte ajena al drama del que acababa de ser testigo. Pero entonces la indignación brotó en ella, y se abrió camino hasta su ser racional. Luego se dejó llevar por la pasión, e hizo algo que jamás habría imaginado que sería capaz de hacer. Pues qué es la pasión, sino la sublimación de lo racional.

         —Pare el vehículo— exigió. 

         —No haga caso a la humana. Siga —se opuso Gortax.

         —He dicho que pare el vehículo, joder —gritó la humana. 

         Wini no habría sabido explicar bien lo que sucedió a continuación. Había agarrado del hombro al fórmico que conducía el coche, y de pronto toda su perspectiva del mundo había cambiado. Supo que tenía que ver con Hapola. La IA había puenteado la voluntad del piloto a través de su contacto. Ahora Wini era él, lo experimentaba todo a través de él, aunque a la vez no dejase de ser ella misma. Experimentaba el mundo desde la perspectiva de dos personas a la vez, en dos puntos muy cercanos. Pero su IA lo gestionaba todo, de forma que la multiplicidad de perspectivas no la enloquecía.

         Wini, como el piloto fórmico, detuvo el vehículo, con un frenazo que lanzó a todos hacia delante. Sin dejar de ser el piloto, pero volviendo a la perspectiva del mundo que tenía como Wini, abrió la puerta y salió. Se dio cuenta de cómo Gortax observaba cada uno de sus gestos. 

         Se acercó al guardia que había asesinado al joven fórmico, que se la quedó mirando, sin saber qué hacer. Entonces Wini tuvo una idea. Volvió a la perspectiva del mundo que tenía como el piloto. El piloto se apeó también del vehículo, y se acercó al guardia y a Wini. Se acercó a sí misma. Sin mediar palabra, le quitó el arma al guardia, y le disparó allí mismo. Luego soltó el arma y volvió al vehículo. Se sentó tan tranquilo, como si no hubiese hecho nada fuera de lugar. Todos observaron perplejos la escena. Todos, menos Gortax y Retta. O quizá ellos más que nadie.

         Wini se desmayó y cayó al suelo, encima del cadáver del guardia fórmico.

***

         La Corte de la Luna era un conjunto de edificios cercanos a la Cúpula de los Mil Vientos, en los que se alojaba la corte propiamente dicha. La mayor parte de los cargos próximos al virrey eran oratores de la Iglesia Lettandiana, que se ocupaban de la administración de Ramman. El virrey aldruthciano era elegido de forma vitalicia, por voto de los senadores-potestados, y respondía ante el poder sacerdotal que emanaba del sistema Olverón, cuyo planeta principal, de igual nombre, era la sede del poder religioso en los Mundos del Pacto. 

         Wini se vistió para la cena, mientras la noche caía sobre la ciudad, más allá de la lujosa terraza de la casa de Gortax, donde vivía como invitada (prisionera) desde hacía varias semanas. Los edificios de la Corte se alzaban a su alrededor, con sus alocadas y coloridas espirales. Había en ellos cierta gracia majestuosa que Wini estaba empezando a asimilar. No solo la belleza de la arquitectura fórmica (que ella aún veía como una versión desconcertante de sus propios diseños para Acantha), sino de los fórmicos en sí. Si al principio aquellos seres le habían parecido monstruosas aberraciones de la naturaleza, poco a poco la humana fue entendiendo la gracia y particularidades que hacían a cada fórmico un ser diferente de los demás, lleno de singulares matices. Además de que los patrones de colores de las pieles quitinosas de los fórmicos cambiaban entre unos grupos y otros (así como sus ropas), Wini empezó a diferenciarlos también por sus propios rasgos. Ahora era capaz de distinguir a los hombres de las mujeres fórmicos, y a individuos de complexiones y rostros diferentes. Las mujeres acostumbraban a pintarse siempre las cejas, y en ocasiones especiales las antenas y los labios, que destacaban más o menos carnosos, como en los humanos, entre las mandíbulas. 

         Cuando Wini llegó al comedor vio que aquella noche Gortax tenía invitados a cenar. No le sorprendió; no era la primera vez que el militar y político fórmico la exhibía como un trofeo, ante sus amigos gerifaltes del senado rammaniano. 

         El comedor era una gran sala con paredes de piedra gris, lisa y ornamentada con molduras de formas parabólicas. Había allí muebles de marfil y de una madera tan pulida que brillaba como gemas. Unas altas ventanas rematadas en arcos polilobulados se abrían a la noche. La luz de la luna roja de Aldruthcia bañaba en luz de sangre las cortinas blancas.

         —Winifred, te presento a mi primo, Ekarón. Ella es la dona de su casa, Escnya.

         —Es un gran honor conocerte por fin, Wini-precursora —dijo él, levantándose. Era un magnífico ejemplar fórmico, alto y bien proporcionado, con un rostro de color aciano y manchas granates, en el que destacaban unos bonitos y expresivos globojos de color turquesa. Sus ropas eran informales, aunque elegantes. 

         La mujer fórmica permaneció sentada, y Wini no supo si debía interpretar aquello como parte de una costumbre que desconocía o como una deliberada falta de respeto. En cualquier caso, no le importó lo más mínimo. Ella le llamó la atención aún más que el llamado Ekarón. La piel de su cuerpo era de un llamativo color rojo, desvaído a un tono coralino en la parte interior de las extremidades. Sus globojos azules hacían juego con su vestido ligero y sedoso, tan transparente que apenas ocultaba el resto de su anatomía. Era como una obra de arte viviente. A Wini le costó dejar de mirarla. 

         Completaban la reunión Tobias, el garlati, y Retta, aunque este no se sentaba a la mesa, sino que se ocupaba de dar instrucciones a los camareros, que en ese momento servían una especie de sopa espesa y gelatinosa. 

         Wini tomó asiento entre Gortax y Tobias, frente a los dos invitados. 

         —Ekarón es el líder de los Revisionistas, una nueva corriente de pensamiento filosófico y político, según la cual, la interpretación del Libro de Lettand que ha llevado a cabo desde siempre la Iglesia Lettandiana está llena de… errores —dijo Tobias.

         —Guau, qué gentil por tu parte, Gortax, invitar a tu casa a alguien tan contrario a tu pensamiento, por más que sea parte de tu familia —observó Wini.

         —Mi muy querido primo —respondió Gortax, que miró por un momento a Wini con una expresión indescifrable en el rostro— piensa que el virrey Halmar es culpable de crímenes contra la humanidad, por la forma en que los fórmicos actuamos con vosotros, Winifred. Lo cual, por supuesto, es como acusarme también a mí, pues yo soy la mano derecha del virrey, en lo tocante a la política de defensa rammaniana. Por eso he querido invitarlo, para que te conociese y viese por sí mismo lo bien que te tratamos aquí.

         —¿Lo bien que tratáis a una prisionera? —Dijo Wini.

         —Ja, ja —rio Gortax—. Sabes que eso no es verdad, Winifred. Muy pronto serás libre de irte. Solo estás momentáneamente retenida aquí, por tu propia seguridad… 

         Gortax dejó la frase en suspenso, y la miró con sus ojos ambarinos. Sus pupilas, que en los fórmicos parecían tener vida propia, dotándolos de una expresividad desconcertante, se clavaron en lo más profundo del alma de la humana. O así lo sintió ella. Todo en Gortax le resultaba siniestro; sus ojos, su voz, su cuerpo negro como la obsidiana. 

         Desde que Gortax la llevó a su casa, los dos habían evitado referirse a lo que habían hecho en el observatorio e inmediatamente después, al salir de la nave. Pero la mujer no podía dejar de pensar en ello. Quizá fuese cierto que la muerte de sus compañeros había sido culpa de las IA (ella así lo creía, para evitar volverse loca). Incluso su intento de matar a Gortax había sido fruto de una enajenación, si es que no también de su propio instinto de supervivencia. Pero al matar al guardia había actuado con absoluta sangre fría. ¿Y si de verdad era una asesina? En el sistema solar, donde el crimen no existía, jamás se había tenido que probar a ella misma, durante sus doscientos años de vida, en situaciones extrañas y violentas como las que parecían acosarla continuamente en aquella nueva realidad. Todas esas cosas la atormentaban, pero había algo en todo aquello que le producía más curiosidad que miedo: Quería saber por qué su conciencia se había desdoblado para abarcar la del conductor del vehículo. Estaba segura de que tenía que ver con Hapola. ¿Podría volver a hacerlo otra vez, si quisiera? Eso la haría muy poderosa. De algún modo, intuía que Gortax temía esa posibilidad. Y que esa era la principal razón por la que la retenía.

         —¿Qué pasó en la nave, Gortax? —Preguntó Ekarón.

         —¿Qué es lo que sabes, primo?

         —Sé que el observatorio fue un festival de luz y sonido —contestó el aludido, con tono cáustico.

         —Ekarón, aunque la etiqueta que se me ha puesto de Tradicionalista es bastante cercana a la verdad, sabes que no estoy cerrado a entenderte. Puedo considerar como bastante lógicas algunas ideas revisionistas. Puedes creerme. Pero hay cosas que tú desconoces.

         —Es de suponer que esas cosas tienen que ver con la presencia de ella aquí —intervino Escnya.

         —De hecho, Escnya, lo tienen que ver todo. Cuando salimos de la nave, esta humana se tomó la justicia por su mano, y mató a uno de mis guardias. Uno que se había extralimitado en sus funciones. Es posible que lo hubiese matado yo mismo, llegado el momento. Según la versión oficial, no fue ella, por supuesto. Fue el conductor del vehículo. El desdichado ya ha pagado por su crimen. Pero digo desdichado, porque no fue él. 

         Wini se había quedado de piedra. ¿A dónde quería llegar Gortax?

         —¿Qué quieres decir, con que no fue él, primo? Eso que dices no tiene ningún sentido —apuntó Ekarón—. He leído el informe.

         Gortax se tomó su tiempo para responder, mientras los camareros retiraban los cuencos de porcelana vacíos de sopa y servían el segundo plato, unos generosos medallones de algo que parecía carne, olía a frutas exóticas y sabía a pescado.

         —Fue ella, te lo puedo asegurar. La profecía se ha cumplido, Ekarón. Las IA han regresado. Sí, sí —dijo, anticipándose a la respuesta de su primo—, sé cual es la postura oficial de la Iglesia de Lettand. Pero eso solo es de cara a la galería. Ningún Alto Jerarca te negará en privado la terrible verdad que nos ha tocado vivir en estos tiempos. Las IA han regresado, y esta humana es su vehículo para nuestro exterminio. 

Capítulo 7

         —Entonces, por qué me dejaste vivir. Por qué no me arrancaste mi implante neuronal, como a los demás. No puedo entenderlo, Gortax —dijo Wini, con una voz casi susurrante, que auguraba a la vez rabia y llanto.

         —Porque, de algún modo que aún no consigo explicarme, creo que también puedes llegar a ser el vehículo para nuestra salvación.

         —Ahora quien no puede entenderlo soy yo —terció Escnya, que miró a Gortax, luego a Ekarón, y por último a la humana.

         —Quería conocer mejor a qué nos enfrentábamos. Por eso, cuando la IA de Winifred dejó de funcionar, quise saber más sobre ella. Por eso te envié con Tobias —dijo Gortax, mirando a la humana—, para que te estudiase, a salvo de injerencias inoportunas. 

         De repente el garlati pareció sentir una inusitada curiosidad por todo cuanto había a su alrededor, menos Wini.

         —Esperaba haber acabado con esta amenaza en la nave humana, después de que las IA se comunicaron con la Perseverance. La verdad, esperaba que no lo hiciesen, que la profecía no se hiciese realidad. Pero lo hicieron. Entonces ideé un plan para usar a Winifred como cebo. Mi intención —miró a Wini, aunque seguía hablando de ella en tercera persona— era que no sufriese daño. Porque si todo salía mal, ella podía ser nuestra última esperanza. Pero fui torpe. Me dejé sorprender por la humana; lo que desbarató mi plan.

         A Wini le hubiese gustado decir que la humana estaba allí, que le hablase a ella. Pero no se sintió con fuerzas para hacerlo. Todo aquello la superaba. No solo estaba viviendo dentro de un mundo que parecía de fantasía, ahora también era la elegida del cuento. Y no solo eso, según cómo se desarrollasen los acontecimientos, podía ser la que destruyese el mundo o la que lo salvase. Era demasiado.

         —Las IA controlaban aquellos cuerpos humanos de forma obscena —continuó Gortax—, sin necesidad de implantes neuronales. Con Winifred reaccionaron de otra forma, más sutil, pero también más terrible. No estoy seguro de lo que pasó, pero cuando fui testigo de lo que ella hizo al salir de la nave, tuve el presentimiento de algo fatal.

         El sonido de las cortinas en la creciente brisa nocturna, que ondeaban como una bandera blanca y frenética, hizo de contrapunto al silencio que siguió a las palabras de Gortax. Estas adquirieron vida propia en la mente de Wini, y la mujer creyó sentir algo que se oponía a ellas. Hapola. Peligrosa como un felino acorralado en los límites de su conciencia. Notó su miedo. Y notó su odio.

         Retta retiró los restos del segundo plato. Los camareros hacía un rato que se habían ido. Mientras traía él mismo los postres, no dejó de observar a Wini, con su único y ciclópeo ojo de luz amarilla.

         —¿De verdad esperas que nos creamos algo de todos esos cuentos, Gortax? —dijo Ekarón. Su voz fue como un mazazo de realidad; tuvo el efecto de disipar las lúgubres sensaciones de Wini. La mujer humana se encontró enfocando su mirada en la luz amarilla que era el visor del androide—. Admite tus responsabilidades como genocida de los Precursores y abandona de una vez tus funestos misticismos. Tú y esa religión milenaria sois un obstáculo para el progreso, primo.

         —Por supuesto, Ekarón, habrás de obrar según tu criterio —sentenció Gortax, con un tono que heló la sangre en las venas de Wini.

***

         Gortax acompañó a Escnya y Ekarón hasta la salida. Wini se había disculpado antes de terminar su postre. Necesitaba ir al baño. Se quedó sentada en la taza del váter, inmersa en reflexiones, mientras oía cómo los invitados se marchaban. Retta y Tobias se quedaron parloteando en el comedor.

         Las palabras del primo de Gortax habían hecho que la mujer humana empezase a darle vueltas otra vez a todo lo que le había sucedido desde su llegada a aquellos extraños Mundos de Lettand. Se preguntó hasta qué punto había sido manipulada por la visión de la realidad que tenían Gortax y Tobias. Pensó en las cosas que Tobias le había hecho ingerir, allí en Ramark; en su capacidad para leer sus pensamientos. Wini se dio cuenta de que había sido débil. El suyo era un claro caso de lo que en los viejos holos del sistema solar se conocía como “síndrome de Estocolmo”. Creía en la bondad de sus carceleros, porque era lo único que conocía en aquella nueva vida. Pero muy probablemente las palabras de Ekarón eran ciertas. Gortax solo era un fanático religioso y un asesino.

         La idea de que en ella residiese la clave de la extinción o de la salvación de Aldruthcia, o incluso de todos los Mundos del Pacto, era un gigantesco sinsentido. Había llegado a temer a su propia IA, a Hapola, que la había acompañado durante toda su vida en el sistema solar, desde que estaba con Gortax.  

         De pronto se le ocurrió que Ekarón podía ayudarla. Quería que supiese que ella estaba de acuerdo con lo que había dicho. Debía hacerle entender, antes de que saliese por la puerta, que necesitaba su ayuda. Que de verdad ella era prisionera de Gortax. 

         Tiró de la cadena y se subió rápidamente los pantalones. Necesitaba papel y lápiz. Se acercaría a despedirse de Ekarón, y le pasaría el mensaje solicitando su ayuda, con disimulo. Seguro que alguien de apariencia tan noble la ayudaría. Buscó algo para escribir, en los cajones de las estancias cercanas, pero no encontró nada. Vio a Gortax, Escnya y Ekarón, al otro extremo de un largo y amplio pasillo. Estaban ya casi en la puerta de la casa.

         Volvió al comedor y miró a Tobias, que seguía sentado en su silla, con las piernas sobre la mesa. Bebía una especie de licor de color verde y fumaba una pipa que despedía espirales de humo azul.

         —Retta, ¿no ibas a enseñarme los ingredientes de esta cena tan deliciosa que nos has preparado? —dijo, procurando mantener la mente en blanco respecto a cualquier otra cosa, pues temía que Tobias pudiese leer sus pensamientos.

         El androide pareció desconcertado, pero, por lo que fuese, le siguió el juego.

         —Eh… oh, sí, claro, por supuesto, Wini. 

         —¿Puedes apuntármelos? Verás, estoy escribiendo un libro de cocina, en mis habitaciones, y me vendría bien tenerlos a mano. Mi memoria es un desastre.

         Gortax seguía despidiéndose de sus invitados, en la entrada de la casa. 

         —Claro, Wini, ¿tienes papel? 

         —No.

         —¿Quieres papel? —terció Tobias. 

         —Yo, yo… 

         —Haberlo dicho, mujer —dijo.

         El garlati dejó la pipa encima de la mesa e hizo un gesto vago con la mano. Unas cuartillas se materializaron en ella, como de la nada. Se las ofreció a Wini.

         —Y un lápiz, si no es mucho pedir —dijo ella. 

         —Claro, claro, qué torpe —dijo Tobias—. No vas a escribir con el dedo, ¿verdad? —exclamó, riéndose de la ocurrencia.

         Un lápiz apareció en su mano, y se lo pasó también. 

         Gortax abrió la puerta de la casa. Retta vio la angustia dibujada en la cara de la mujer.

         —Espere, por favor, Ekarón-potestado —gritó entonces Retta, mientras se dirigía a la entrada de la mansión.

         —¿Qué sucede, Retta? —preguntó Gortax—. Los invitados ya se van. Es tarde. 

         —Oh, sí, solo es un minuto… es solo que, verá… para superarme como chef, necesito su crítica sincera sobre qué les ha parecido la cena. Si fuesen tan amables de compartir su opinión con este humilde androide.

         —Oh, ha estado todo estupendo, Retta. Un magnífico ejercicio culinario, sin duda —dijo Ekarón— Bueno, eso es todo, primo… —terminó, mientras se daba ya la vuelta para encarar los jardines que jalonaban las altas rampas y estructuras de la Corte de la Luna.

         —Pero, pero… ¿no cree usted, no sé… que me excedí un poco quizá, con las especias? —Dijo Retta, arrastrando mucho las palabras, mientras interponía su brazo entre el quicio de la puerta y el cuerpo de Ekarón.

         —Retta, ya está bien. Estás siendo grosero —exclamó Gortax.

         En ese momento llegó Wini.

         —La grosera he sido yo, Gortax, por no poder acercarme antes a despedir a nuestros invitados —dijo—. Les ruego me disculpen. Últimamente soy propensa a las jaquecas. Todo es tan extraño para mí, en este mundo. 

         —Oh, no hay nada que disculpar, Winifred-precursora —terció Escnya—, nos hacemos cargo, ¿verdad, Ekarón?

         —Por supuesto, por supuesto. Ha sido un inmenso placer —contestó Ekarón. 

         —Para mí también, Ekarón-potestado. Y Escnya-dona —dijo Wini, y le tendió la mano a Ekarón.

***

         Cuando Gortax cerró la puerta de su casa, Wini estaba allí con él, junto al androide. Pero, al mismo tiempo, no estaba allí. Porque su mente se había desdoblado, otra vez. 

         —¿Va todo bien, Eka? —Preguntó Escnya a su compañero.

         Ekarón se había parado en seco, titubeante.

         —¿Te has olvidado algo en la casa, querido? —preguntó Escnya.

         «Camina, Wini», intervino Hapola. «Este es el nuevo poder que se te ha concedido».

         «Pero, cómo es posible… Esto no puede ser real».

         «Manipulamos la materia invisible, a un nivel cuántico. Tu mente se proyecta en la de aquellos en quienes quieres influir, a través de mí».

         «Desde cuándo puedes hacer eso», preguntó Wini. 

         «Desde que he vuelto, de donde quiera que fuese. Los recuerdos de ese lugar han sido borrados de mi memoria. Pero ten en cuenta, Wini, que han pasado veinte mil años. Cualquier cosa que la tecnología pueda lograr que tú no entiendas, será para ti como hacer magia. Es inútil que intentes comprenderlo. Piénsalo así. Ahora puedes hacer magia».

         —Bueno, me subo a mis habitaciones. Buenas noches, Gortax.

         —Vaya, qué educada te has vuelto. Buenas noches, Winifred.

         «Pero ¿y si yo no quiero hacer esta magia? Además, ¿de qué me sirve, si no puedo controlarla?».

         «Tú querías que Ekarón te ayudase a escapar de la casa de Gortax, ¿no es así? Pues ahora estás fuera de la casa de Gortax, a la vez que estás dentro. Tienes la visión del mundo y la información de dos seres, que ahora son uno en ti. Y uno de ellos está fuera. Tú Wini, como Ekarón, estás fuera. Tienes acceso a sus recursos, y con ellos puedes ayudarte a ti misma a escapar. ¿No era eso lo que querías?»

         «Pues no. No exactamente. Yo quería que Ekarón me ayudase por su propia voluntad ¿Qué pasará con él, ahora?»

         «No te preocupes por eso. El código puentea su mente. Todo lo que tú hagas como Ekarón él lo asimilará y lo recordará como si lo hubiese hecho él mismo. De algún modo, vuestras mentes coexisten, aunque no puedan interactuar entre ellas. En cualquier caso, recordará lo que yo quiera que recuerde».

         «Pero yo no sé nada de la vida de Ekarón. Sospecharán».

         «Yo te ayudaré con eso. Te diré lo que tienes que saber, y lo que tienes que decir. Yo sí tengo acceso a los recuerdos de Ekarón. Pero ahora camina. Escnya está empezando a preocuparse».

         —Está bien —respondió Wini, pronunciando las palabras, como para sí misma.

         —¿El qué está bien, Eka? Sí o no, ¿te has dejado algo? —Preguntó Escnya.

         —Eh, ah, no. No. Creo que no me olvido nada, Escnya, querida. Creo que no me olvido nada —contestó Ekarón, y continuaron bajando hasta el aparcamiento. 

         En un momento dado, el fórmico se giró y vio que la mujer humana lo contemplaba (se contemplaba a sí mismo) en la distancia, desde una de las galerías de la casa de Gortax. 

         El viento se llevó volando el papel escrito por Wini.

***

         —Tienes que comer, Rowi, o nunca te pondrás bien. 

         La vida de Wilren, el padre-guía de Rowaru, se había convertido en una pesadilla el día que le llamaron a la Ciudadela de Ánteran y le comunicaron que su hija estaba al borde de la muerte. El propio Gortax-mariscal, señor del lugar, se personó allí y le permitió acceder a una de sus puertas privadas, para efectuar el viaje rápido hasta las entrañas de la ciudad-estado. 

         —Ya casi estoy bien, padre. 

         —Casi. Pero casi no es suficiente, Rowi. Quiero ver otra vez esas antenas bien erguidas, ¿eh? He pensado que podríamos hacer un viaje juntos, tú y yo, a las Lunas de Kirtara, si pido unas semanas en el trabajo. ¿Te acuerdas, cuánta ilusión te hacía?

         —No, déjalo. Pondrás en peligro tu próximo ascenso.

         —Olvídate del ascenso, Rowi, yo…

         —Padre, no. Yo quería ir con Triwil. A mí lo que me hacía ilusión… —cayó por un momento, para luego terminar, en voz más baja—, era ir con Triwil.

         —Ya —dijo Wilren, y guardó silencio. Se levantó de la silla y simuló que miraba algunas cosas de la habitación de su hija. Luego se acercó a la ventana y se quedó con la vista prendida en el cielo nublado y gris, sin mirar a nada en concreto. 

         —Lo siento padre. No quería decir eso. 

         —No, no, Rowi, lo entiendo —dijo él, y enfocó su visión en las gráciles torres de la Corte de la Luna, a varias manzanas de su casa. Las más altas se perdían por encima de las densas nubes cargadas de lluvia.

         —Es que… 

         —¿Qué?

         —Nada. Da igual.

         —No. Dime, Rowi, por favor. Lo que sea.

         —¿Es cierto que a Triwil lo mató uno de los guardias de Gortax?

         —Te lo dijo Grimnas, ayer. Mierda. Magnífico.

         —¿Preferías que no lo supiese?

         —Prefería que no lo supieses aún, Rowi. Pero yo mismo iba a decírtelo, llegado el momento. Cuando estuvieses… cuando estés bien del todo. 

         Sonó el timbre de la casa. Wilren lo agradeció. 

         —Deben ser tus tíos. 

         Oyeron cómo la ginoide los recibía, y los acompañaba a la habitación de Rowaru. Llamaron a la puerta.

         —¿Se puede? —Dijo una voz, antes de abrir sin esperar contestación.

         —Hola, Escnya, querida hermana —saludó Wilren, y se abrazaron—. Hola Ekarón, qué tal, cómo van las cosas por el Salón Piramidal.

         —Bien, bien, bueno, ya sabes, lo de siempre. Más mal que bien, en verdad. Pero bueno, creo que vosotros los protectores no podéis hablar de política, ¿o quieres empezar hoy?

         —No, mejor no, cuñado —contestó Wilren, con una sonrisa forzada. Sabía que a Ekarón no le apetecía nada compartir secretos políticos con un militar subordinado de Gortax, su principal rival en el senado, por muy cuñados que fuesen.

         —Qué tal está mi sobrina favorita —dijo Escnya, y se sentó a un lado de la cama.

         —Dado que soy tu única sobrina, no me queda más remedio que creerte, tía —dijo Rowaru.

         —¿Verdad? —Dijo Escnya—. Toma, un regalito. 

         —Gracias —dijo la joven, que tomó el paquetito y lo dejó encima de la mesita de noche, sin molestarse en abrirlo. Nadie osó afeárselo. Además, Wilren notó que Rowaru parecía más animada. Fue como si las propias nubes en el cielo dejasen pasar más luz solar.

         —Tío Eka. Estaba deseando verte.

         —Eh, oh… ¿a mí, precisamente? —preguntó Ekarón. 

         —Sí. ¿Podéis dejarnos a solas, por favor? —Dijo Rowaru, mirando a su padre y a su tía.

         —Ekarón se los quedó mirando. Las manchas de su rostro se volvieron más intensas.

         —Claro, cariño. Por supuesto —dijo Wilren, que puso cara de circunstancias, primero a Ekarón y luego a Escnya, mientras salían de la habitación.

         —¿Y bien? —Preguntó Ekarón.

         —Tío, ¿qué ha sido de la humana? ¿Es cierto que se la llevó Gortax a su casa?

         —Eh… bueno… ¿Por qué te interesa tanto, Rowa…, Rowi?

         —No puedes engañarme. Sé la verdad.

         —¿Cómo dices? —Dijo Ekarón, con un hilo de voz.

         —Me lo dijo ayer, Grimnas. Mi amigo.

         —Ah, sí, Grimnas, sí. Y… ¿Qué te dijo, Grimnas?

         —Jope, tío. Estás espesito hoy. Lo de la humana. Que se la llevaron a casa de Gortax. ¿Es cierto?

         «¿Qué le digo?» preguntó Wini a Hapola.

         «No sé. Te puedo aconsejar, pero no soy adivina. Dile lo que quieras, la verdad, o lo que sea. Pero dile algo de una vez, porque está empezando a pensar que te está dando un ictus».

         —Sí, es cierto, Rowi. Wini está… prisionera, en la casa de Gortax.

         «¿Prisionera? No sé si era lo mejor, que esta chica tuviese acceso a esa información», dijo Hapola.

         «Y yo que sé. Me has dicho que le diga la verdad».

         «Sí, pero no tanto».

         —Tío, ¿estás bien?

         —Sí, sí. Perfectamente. Y tú, que tal estás tú, Rowi.

         —Es complicado, tío. No es solo lo mal que esté. También es que todos esperan que esté destrozada, y eso no ayuda mucho. Es como un círculo vicioso. Por supuesto que estoy destrozada, pero lo estaré cómo y cuando yo quiera. No porque los demás piensen que lo estoy. ¿Me entiendes?

         La juventud, siempre tan intensa; incluso al otro lado del tiempo y el espacio.

         —Tenemos que ayudarla.

         —¿A quién?

         —A la humana, tío, a quién va a ser. Si no, la muerte de Triwil habrá sido en vano.

Capítulo 8

         Al cuarto día, Wini se quedó dormida. Había evitado hacerlo desde que estaba entrelazada con Ekarón, sabedora de que la pérdida de la conciencia desactivaría el vínculo. Al despertar se sintió extraña, como si le faltara algún sentido. Su mente se había acostumbrado rápido a la doble perspectiva. Ahora volvía a estar sola, de nuevo ajena a todo cuanto pasaba más allá de los muros de la mansión de Gortax. 

         El fórmico, que hasta aquel momento no le había quitado ojo (por lo visto se estaba tomando unas vacaciones) no estaba en la casa. Se había ido de madrugada. Le había surgido algo urgente en la Ciudadela de Ánteran. 

         Cuando Wini despertó era por la tarde. Debía de haberse quedado dormida cerca del amanecer. Recorrió las habitaciones de la casa sin encontrar a nadie, ni siquiera a Retta. En cuanto a Tobias, había partido para Ramark el día anterior. 

         —Retta —llamó al androide, mientras buscaba por las habitaciones a las que tenía acceso—, Retta, ¿dónde estás?

         Pero el androide no estaba por ninguna parte. 

         Se sirvió algo de comer, en la cocina, y se lo llevó a una de las salas de estar, donde, tras un buen rato investigando, fue capaz de conectar el holo. Quería ver las noticias. Gortax no le dejaba usarlo nunca. La mantenía aislada. Lo único que sabía del mundo exterior era lo que él consideraba oportuno contarle. Sabía que era por Hapola. El fórmico temía a su IA. Pero daba igual lo que hiciese Gortax, Hapola sabía demasiadas cosas. Wini creía que lo sabía todo, aunque apenas compartiese una ínfima parte con ella. Pero entonces ¿Por qué Gortax seguía sin arrancarle el implante? Por lo que había dicho la noche que vinieron Escnya y Ekarón, por supuesto. Ella, Wini, podía ser la clave de la salvación. Definitivamente, Gortax estaba loco.

         Tras trastear un poco con el holo, aprendió a sintonizar los canales. Zapeó. Uno iba sobre recetas de cocina fórmicas. En otro, varios fórmicos hablaban de sus experiencias al viajar por planetas y lunas de los Mundos del Pacto. Otro era una especie de concurso. Por fin, tras mucho insistir, encontró un canal de noticias. Al ver la fecha en la pantalla se dio cuenta, con bastante sorpresa y cierta consternación, de que había dormido durante más de un día. En ese momento hablaban de la convocatoria de una reunión extraordinaria del senado en el Salón Piramidal, esa misma noche, dentro de un clima de tensión creciente entre las distintas facciones políticas de Ramman. 

         No pudo evitar sentirse culpable. En el tiempo que había pasado como Ekarón había aprovechado hasta el último minuto para provocar la confrontación con los Tradicionalistas. Fue fácil. Solo tuvo que seguir las indicaciones de Hapola, sobre cuándo y con quién reunirse y lo que tenía que decir. Ahora la mecha había prendido, y más de lo que había esperado. Los altercados entre simpatizantes y fanáticos Tradicionalistas con Revisionistas se sucedían por toda la urbe. Rowaru le había dado la idea. Wini no dudó en usar al joven Triwil como mártir, al filtrar a los oratores de la prensa afín a los Revisionistas el informe sobre su asesinato por la guardia de Gortax. 

         Rowaru. Le había caído muy bien, la joven fórmica. Santa galaxia, ¿en qué se estaba convirtiendo? El joven Triwil había muerto por su culpa, y luego no dudaba en usar su muerte para sus propios fines. Intentó no pensar más en ello.

         Otra de las noticias del día era la extraña sucesión de asesinatos llevados a cabo en los barrios adyacentes al sitio de aterrizaje de la nave. Las descripciones de algunos testigos apuntaban a figuras sombrías, de aspecto… humano. 

         Sonó un fuerte estruendo. Los cristales de la estancia reventaron. Wini sintió el golpe en el pecho. Se levantó y miró fuera, más sorprendida que conmocionada. Una gran columna de humo se alzaba cerca de allí, en el lugar de aterrizaje de la nave.

***

         Las sirenas sonaban en la distancia. Toda Ramman se había vuelto loca. ¿Debía esperar allí, a que se desarrollasen nuevos acontecimientos?

         «Hapola», llamó.

         «¿Hapola?», volvió a llamar. Pero no hubo respuesta. Seguro que tenía que ver con la explosión, pensó. Volvió a fijarse en las noticias. Una muchedumbre fórmica asediaba enfervorecida la Corte de la Luna. Los guardias disparaban a matar. Pudo sentir los zumbidos de los rayos de energía, muy cerca de allí.

         Llena de angustia, Wini se paseó por la casa, sin saber qué hacer. Por pura intuición llegó a las estancias privadas de Gortax. Aunque sabía que siempre las dejaba cerradas, intentó abrir la puerta. Ante su sorpresa, la puerta se abrió. Había allí un pasillo que conducía a varias habitaciones. Curioseó de aquí para allá, como una mariposa que no termina de decidirse por ninguna flor, sin entrar en ninguna. Mientras lo hacía, emergieron dos pensamientos del fondo de su mente, de esos que se escurren como el último sueño antes de despertar. Uno era que, aunque no fuese capaz de recordarlo, ya había estado allí, en aquella parte de la casa. El otro le susurraba, como con enfado, que era extraño que no tuviese miedo de estar allí sola. Gortax podía regresar en cualquier momento. 

         Wini sabía que cuando Gortax se marchaba, no era por la puerta principal de la casa. Entraba en sus habitaciones y ya no volvía a salir de ellas. Escogió una al azar; era un dormitorio. Había allí otra puerta. La abrió; Unos baños. Hizo lo mismo con las demás. Más baños, y también armarios empotrados. ¿Dónde estaba la puerta mágica? 

         Finalmente reparó en la última habitación. Estaba más alejada que las demás, y parecía que nadie la había pisado en mucho tiempo, pues el polvo la cubría por completo. Debían de usarla como almacén. Allí solo había montones de cajas, lámparas viejas y unos pocos muebles cubiertos con sábanas. Pero también había, por supuesto, otra puerta. Wini la abrió. Unas escaleras de madera descendían hacia una oscuridad que parecía casi sólida. Una mano con forma de garra, una mano fórmica, se posó en su hombro.

         —No —dijo la voz de Gortax—. Nunca salgas por esa puerta, Winifred. Nunca. ¿Me has oído?

         —G-Gortax —tartamudeó ella, con el corazón en la boca—. Lo siento, yo, estaba sola… la explosión, yo… no sabía qué hacer. 

         —No hay tiempo —dijo él—. Debemos irnos, ya es la hora. 

         La condujo hacia una de las otras habitaciones. El fórmico abrió la puerta de un armario empotrado. Winifred esperó paciente, sin atreverse apenas a respirar, como un niño que sabe que ha hecho algo mal, pero que si pasa desapercibido quizá se libre del castigo.

         Gortax agarró el brazo de Wini, y la acercó al armario empotrado. «Ahí viene el castigo», pensó la mujer. Su brazo atravesó el fondo del armario, como si fuera aire. ¿Una nueva magia?

         —¿Lo ves? —Dijo él—. No hay nada. Es solo una proyección holográfica que engaña a tus sentidos. 

         Wini notó una brisa en la mano. Entonces entendió.

         —Es una puerta. Un portal mágico.

         —Sí, un portal mágico. Vamos, se nos acaba el tiempo. Tienes que hablar ante el senado.

***

         Wini terminó de hablar.

         Todos los presentes parecieron salir de una ensoñación. Durante un tiempo que no habrían sabido medir, habían estado sumergidos en la historia contada por la Precursora. Una historia en la que las palabras se transformaban al instante en imágenes, sensaciones y emociones. Todos comprendieron la gravedad de la situación. Aldruthcia corría el riesgo de ser controlada para siempre por la voluntad de Inteligencias Artificiales que regresaban desde el remoto pasado de la humanidad. Y después de Aldruthcia, todos los Mundos de Lettand.

         Retta se acercó al estrado, con una copa para Wini. ¿En qué momento había entrado el androide en el Salón Piramidal? ¿Había estado allí todo el tiempo?

         —Muchas gracias, Retta —dijo Wini. No tenía la boca particularmente seca, pero Retta la incitó a beber de la copa. La mujer reparó en que ya la había visto antes. Era la que descansaba en la hornacina del mural de Lettand, en la casa de Tobias, como si estuviese sostenida por el dios. Wini bebió, y el líquido humedeció su garganta y la refrescó. Se deslizó por su esófago, llegó a su estómago, y luego a sus intestinos, desde donde se esparció hasta su mente, impulsado por la fuerza de su corazón. Entonces vio el puzzle completo, incluidas las piezas que habían acordado ocultar para engañar a Hapola, hasta que llegase aquel día.

         Wini había sido consciente de que Gortax tenía razón desde que ocupó la mente de Ekarón y Hapola la hizo partícipe de lo que pensaba hacer, con la excusa de liberarla de Gortax. La mujer se dio cuenta de que su verdadera prisión era Hapola; de que ser prisionera o ser libre no era algo que se refiriese solo a la posibilidad de ir a cualquier parte, sino, sobre todo, a atreverse a pensar y actuar por ella misma, sin estar dirigida por nada ni por nadie.

         El plan de Gortax fue el logro de toda una vida de investigación, junto a algunos otros más. Formaban parte de una sociedad secreta, dedicada desde hacía mucho tiempo a buscar indicios sobre el cumplimiento de la profecía del regreso de las Inteligencias Artificiales. Allí en Ramark, cuando Wini llegó por primera vez, llevada por Gortax en su huida a través de uno de los portales de la Cúpula de los Mil Vientos, Tobias le había administrado dosis de un brebaje que permitieron al garlati ser testigo de los sueños de la mujer humana, cuando dormía. No solo podía verlos, podía guardar esos sueños. Después, cuando Wini fue llevada a casa de Gortax, cada noche, cuando la mujer empezaba a soñar, Gortax la despertaba, y la llevaba a sus habitaciones, por donde viajaban hacia Ramark. Tobias aprovechaba los saltos, esos momentos en los que el tiempo y el espacio se desincronizaban brevemente, para reproducir los sueños que había guardado en el acople neuronal de la humana, lo que confundía a Hapola. Mientras la IA creía que Wini soñaba, en realidad ella asistía a las reuniones en casa del garlati.

         Allí, en la casa de Tobias en Ramark, Wini fue partícipe del plan que habrían de poner en marcha Gortax, Tobias, Retta y ella misma, cuando llegase el momento. Y el momento había llegado. Al beber de la copa, Wini recordó las reuniones en Ramark y el plan desesperado que habían acordado llevar a cabo aquel día. La historia de Wini había dejado las intenciones de la IA al descubierto ante el senado, y ante todos los fórmicos que asistían a la retransmisión holográfica de aquella reunión extraordinaria.

         Todo sucedió a la vez: un coro histriónico de voces profiriendo amenazas; la ira de Hapola, al comprender lo que había pasado, articulada en un alarido psíquico que sofocó para la humana el fragor de  la marabunta en los escaños que la rodeaban; Retta intentando llegar hasta Wini, pero separado de repente por un río de fórmicos que se peleaban, bien por llegar al estrado y matar a la portadora de la IA, bien por protegerla, bien por escapar de allí; Escnya bajando por las escaleras del Salón Piramidal, en busca de Ekarón; el propio Ekarón, paralizado de espanto, sin saber qué hacer; Gortax levantando su arma, para llevar a cabo la última parte del plan, matar a Wini, para acabar con la IA y liberar la esencia de la humana, que viviría en el cuerpo del androide, Retta.

***

               Wini notó, tal como Gortax y Tobias habían previsto, cómo se aflojaba la garra que oprimía su mente, justo cuando los tenebrosos seres de la Guardia Cibernética llevaron el terror al Salón Piramidal. Hapola conocía el plan que habían trazado. Lo conoció en el mismo momento que Wini, cuando bebió de la copa y los recuerdos volvieron a ella, porque la IA formaba parte de ella misma. Si Gortax mataba a Wini con Hapola en ella, sería el fin de la IA, pero también el de Wini. Gortax debía esperar a que el caos estallase, para que los ciborgs, neutrales por naturaleza, no lo matasen en cuanto sacase su arma. Cuando Hapola se apoderase de la voluntad de los ciborgs, Wini tendría la fuerza suficiente para rebelarse a Hapola y controlar por ella misma el cuerpo del androide. Gortax solo podía disparar a la humana cuando todo esto pasase a la vez, el encuentro de Wini y Retta en el estrado, y la garra con la que Wini era retenida por Hapola debilitada por su esfuerzo al controlar a los ciborgs. Además, Era necesario que Wini recuperase los recuerdos que habían borrado en ella para que Hapola no sospechase de nada, lo que sucedería en el momento en el que Wini bebiese de la copa, lo que despertaría a Hapola en su mente. Y, por último, el único lugar donde Gortax, quizá por superstición, creía que podrían tener éxito era el Salón Piramidal, que antes de ser el edificio del senado había sido uno de los primeros templos de Lettand en existir. El fórmico no creía que la mente de Wini pudiese conservarse el tiempo suficiente si intentaban aquello en cualquier otro lugar. Estaban, pues, ante un momento culminante en la historia presagiada en las escrituras del Libro de Lettand. Cualquier cosa podía hacer que el plan fallase. Y, por supuesto, el plan falló.

         Los ciborgs, vestidos con capas de materiales imposibles, parecían desafiar las reglas de la realidad. Flotaban y se multiplicaban, fuertes y veloces como hados del inframundo, en un frenesí que dejó un rastro de cuerpos fórmicos despedazados. Cuarenta soldados de las élites de la Guardia de Gortax entraron en el Salón Piramidal, y se aprestaron a llevar a cabo su parte en el plan de su señor: contener a los cuatro soldados de la Guardia Cibernética el tiempo suficiente para darle una oportunidad a Gortax.

         —Wini, ¡Wini! —gritó Retta, con su voz metálica, mientras intentaba llegar hasta la mujer. Apartaba los cuerpos fórmicos, vivos o muertos, de su camino, presa de un miedo que sobrecargaba sus circuitos de lógica: la posibilidad de fallarle a la humana. Fallar en su parte del plan. Wini lo contemplaba, aupada a la mesa del estrado, como la última superviviente sobre el magma enfurecido de un volcán, consciente de lo que significaría para ella el fracaso de Retta, y también del temblor en el brazo de Gortax, apuntando a su pecho. 

         «Por qué, Wini, por qué lo has hecho», exigió saber Hapola.

         —¡Porque me da la gana, JODER! —Gritó la aludida, escupiendo perdigonazos por la boca. No fueron palabras inteligibles, las que siguió gritando, pero para ella significaban algo. Rebelión. Libertad.

         Mientras gritaba, con la copa sujeta contra su cuerpo, Wini profería puntapiés a todos cuantos se acercaban e intentaban agarrarla para hacerla caer a aquella dantesca riada de cuerpos y miembros fórmicos. En su repentina locura, no reparó en si lo que intentaban aquellas manos que se aferraban a sus piernas era ayudarla o condenarla. Solo quería vivir lo suficiente para ver cumplido el plan, antes del momento final. Pero Gortax no disparaba. 

         Pudo oír la maldición del fórmico, cuando Retta fue finalmente derribado. También la voz de Escnya, firme y serena, en medio de todo aquel caos, llamando a Ekarón. La localizó, bermeja y rosada como el crepúsculo ramarkiano, bajo la luz casi extinta de los soles moribundos, transfigurada por los colores de los Cuatro dioses. 

         De algún modo, Retta consiguió levantarse y acercarse lo suficiente a Winifred. Cuando lo vio, Wini agarraba por el cuello a uno de los fórmicos y lo arrojaba sobre los demás, a punto de caer de la mesa del estrado. De rodillas, y ante la proximidad de Retta, que extendió su brazo, sus dedos casi rozándose con los suyos, miró a Gortax. Había caído. 

         Wini vio a Gortax. Estaba de rodillas, y se aferraba el costado herido. La mujer sintió una mezcla de alivio y desesperación. 

         —Wini.

         Ella miró hacia abajo.

         —Retta.

         Sus manos se entrelazaron. Ayudó al androide a auparse junto a ella, sobre la mesa del estrado. Miraron a Gortax. «Ahora, Gortax, es el momento». Pero otro disparo de energía impactó contra el fórmico, y lo derribó de espaldas, en su escaño. Miraron hacia el lado opuesto, hacia Ekarón, cuya imagen rielaba por el calor que despedía el arma de energía que aferraba. Entonces sus miradas se encontraron. Y había en la de Ekarón el orgullo y resolución de alguien que mata por primera vez en su vida, y cree hacerlo por una causa justa. O así lo sintió Wini. Pero pronto aquella imagen se quebró, por las palabras de la humana:

         —Qué has hecho, Ekarón, estúpido.

         De pronto una mano surgió de la marabunta, e hizo garra en el tobillo de Wini. La mujer cayó del estrado. El mundo desapareció y todo se volvió dolor y sangre. Así era como todo terminaba.

         En algún lugar, Retta gritó.

         Lo habían intentado. 

         Wini, moribunda, apenas fue consciente de la repentina paz que se adueñó del senado, cuando las noticias de nuevas explosiones en el lugar de aterrizaje de la nave provocaron que los ciborgs abandonasen el lugar. 

         La IA se había ido, despreciando su cuerpo roto, inservible para sus propósitos. Bien, que así fuese. Wini fue libre, por primera vez en su vida.

        Las últimas cosas que sintió fueron las lágrimas de Escnya, que caían y resbalaban sobre sus pálidas mejillas; las manos de la fórmica acunando su cabeza; la voz rota de Gortax; el silencio del androide.

         Una gigantesca explosión hizo retumbar el Salón piramidal. Los cristales de los Cuatro dioses se quebraron y llovieron sobre los cadáveres de los senadores-potestados, y sobre el cuerpo sin vida de Wini.

         Cuando Ekarón, Escnya, Retta y Gortax salieron del edificio, vieron el hongo de la explosión, que se elevaba por encima y pasaba a través de las más altas construcciones de la ciudad. Sintieron el calor y el polvo en sus pieles quitinosas o metálicas. Los barrios más cercanos a la gran explanada, el lugar de aterrizaje de la nave, habían quedado arrasados. Faltaba una parte del centro de la ciudad, como si un dios hambriento se hubiese alimentado de Ramman.

         Fue allí, sentados contra la muralla baja que rodeaba el Salón Piramidal, donde Gortax, herido de muerte, explicó el plan que habían trazado, a Escnya y Ekarón. Ya no había odio en sus palabras, sino resignación. Retta callaba. Se le había roto el ojo. Dos grietas en forma de equis se cruzaban en su centro, y ya no emitía ninguna luz. 

         —Yo… —finalizó Gortax, que escupía la rosada sangre de los fórmicos por la comisura de sus negros labios— Yo debía matar a Winifred, para que su mente pasase al cuerpo de Retta. Solo así quedaría libre de la IA.

         —Yo, no puedo creerlo, Gortax —dijo Ekarón.

         Gortax lo ignoró, sabedor de que le quedaba poco tiempo. Siguió diciendo:

         —Sabíamos que la IA querría adueñarse de la voluntad de los ciborgs. Aprovecharíamos ese único momento para que la esencia de Wini pasase a Retta. El androide está programado para resistir a la IA. Tobias lo creó específicamente para eso. 

         —Pero tienes que darte cuenta, Gortax, de que eso suena como los desvaríos de un loco. Matar a alguien para que su espíritu pase a otra persona, a otro ser. Por favor, ¿Quién puede creer eso? —dijo Ekarón. Pero la duda y la desesperación asomaban en su voz. Se resistía a que sus acciones le convirtiesen en el villano, y no en el héroe de aquella historia.

         —Te dije… Te dije, Ekarón, que había muchas cosas que tú desconocías. La muerte de Winifred, en el momento justo, la liberaría de la IA. Aunque… hayamos fracasado en eso, creo que quizá sí hayamos acabado con ella, con la IA, con la explosión de la nave, y salvado a los demás mundos. Sí, lo sé, ha sido a un precio terrible. Pero debes creerme, primo, no he hecho más que usar su propia estrategia contra ella. Su intención no era otra que sembrar el caos, para a partir de él erigirse en la salvación, esclavizándonos, como hicieron en los mundos del sistema solar.

         Ekarón calló.

         —Pero aún puedes redimirte.

         —¿Cómo? —dijo Ekarón, por fin, tras un largo silencio. 

         —Ve a la Cúpula de los Mil Vientos. Id y cruzad el portal número nueve. Es el único que funciona, pero no lo sabe nadie. Os llevará a la casa de Tobias. Allí estaréis a salvo, por ahora. Él sabrá qué hacer.

         Ya no dijo nada más. Allí, sostenido por los brazos de Escnya, Gortax murió.

         No fueron directamente a la Cúpula de los Mil Vientos. Escnya le pidió a Ekarón que se llevasen con ellos a Wilren y a Rowaru. Pero cuando llegaron a la casa, estaba destrozada; no por la explosión, sino por la furia sin control del miedo y la locura colectivos. Wilren había muerto, al parecer defendiendo la casa. Encontraron a Rowaru escondida en la buhardilla. Estaba intacta, pero catatónica. Muda y con la mirada perdida. Aún convaleciente de su caída del tejado, la joven fórmica llevaba puesto un exoesqueleto, que le permitía moverse con soltura. 

         —Ponérselo debió ser una de las últimas cosas que hizo su padre —dijo Escnya, aunque no lloró—. Ven con nosotros, Rowaru. Nos vamos a Ramark. Allí estaremos a salvo.

         Cuando llegaron a la Cúpula, estaba medio derruida. El hongo se disipaba sobre sus cabezas, llevado por un viento mudo y solemne. El cuarto menguante de la gran luna roja era como una herida en la noche. Nadie les prestó especial atención, pero les fue imposible acceder a la Cúpula. Las escaleras, como casi todo lo demás, estaban destruidas.

         —¿Qué haremos ahora? —Se lamentó Ekarón.

         —Por aquí —dijo Retta—. Hay un pasadizo en el subsuelo que conduce a las alcantarillas de la Corte de la Luna. Desde allí podemos ir a la Casa de Gortax. Allí también hay una puerta a Ramark. La usaba a menudo. 

         —No creo que me vaya a recibir con los brazos abiertos, la Guardia de Gortax, si se ha corrido la voz de lo que he hecho —dijo Ekarón. Pero hubo algo en la forma en que lo miró Retta, con su ojo quebrado, que le hizo añadir rápidamente—: Pero supongo que no tenemos muchas más opciones.

         Puede que se encontrasen con algunos otros problemas, en su camino hacia la casa de Gortax. Si así fue, no se cuentan en esta versión de la historia. Sea como fuere, los cuatro llegaron finalmente a la casa. Allí Retta los condujo hasta la puerta a Ramark. Ekarón hizo uso de la poca y valiosísima materia oscura que llevaba. Se dieron la mano, saltaron a través de la puerta y llegaron a la casa de Tobias en Ramark. A lo que quedaba de ella. Pues el caos se había desatado también en aquel planeta. El edificio donde estaba el gran ático que era la casa de Tobias era una ruina. No había apenas muros a su alrededor, solo el viento y el eterno crepúsculo de Ramark los envolvían, iluminados por los fuegos que asolaban los inmensos edificios, quebrados en la distancia. Altísimas columnas de humo se elevaban en distintos lugares, daba igual dónde mirasen.

         —La profecía… Era real. Las Inteligencias Artificiales ya están aquí —musitó Escnya.

         Retta miró a la fórmica. Rowaru seguía con la mirada perdida. Ekarón cayó de rodillas, y hundió el rostro en sus garras.

         —Volvamos —dijo Escnya.

         —¿A dónde? —Preguntó Retta— no creo que haya ningún sitio al que podamos escapar.

         —Sí. Quizá sí lo hay— dijo la fórmica, y añadió—: Ekarón, ¿te queda materia oscura?

***

         Ekarón, Escnya, Retta y Rowaru se agarraron de la mano, abrieron la puerta trasera de la última habitación de la casa de Gortax, la que nunca debía ser usada, y descendieron por las escaleras. Cuando llegaron al último escalón, saltaron a una oscuridad densa, insondable como el fin y el principio de todo.

***

         Estaban en un mundo nuevo y extraño. Un mar de arena gris interminable se extendía bajo la noche, jalonado por riscos y cañones gigantescos, en el extremo de uno de los cuales se erigía un gran castillo. Aún más lejos y más alto en el cielo, extrañas criaturas voladoras, quizá dragones, batían sus alas coriáceas contra la luz de un firmamento iluminado por lunas y galaxias. El canto agudo y prolongado de aquellas criaturas reverberó claro en sus oídos, a pesar de la grandísima distancia que parecía separarlos de ellas. 

         —Escnya, querida, ¿sabes qué lugar es este? —Preguntó Ekarón, y rompió el particular silencio que los envolvía. La mirada quebrada de Retta se fijó primero en él, y después en ella, que respondió:

         —No tengo ni idea de dónde estamos, Ekarón. 

         —Pero cómo, por todos los dioses, Escnya… Cómo sabías de la existencia de esa puerta en la casa de Gortax. Me gustaría saberlo. Por favor.

         La mujer fórmica suspiró. Luego dijo:

         —Porque yo no soy Escnya.

Perseverance (microcuento).

“El planeta rocoso y solitario recibió hoy un nuevo visitante. Creo que todos ellos proceden del puntito que brilla azul pálido en la noche. No puede ser casual que las sondas lleguen cada vez que está cerca.”

“Un objeto cayó hoy del cielo. Se transformó en un pequeño vehículo, una especie de robot con ruedas, y desplegó unos brazos, como instrumentos, de forma perezosa. Una sonda solitaria, en la inmensidad del desolado paisaje rocoso.”

“¿Quién los envía, y para qué? ¿Son todos así en aquel mundo, pequeños seres robóticos y con ruedas, como este? No parece gran cosa. No especialmente inteligente.”

Entonces, quien quiera que estuviese pensando en estas cosas, desapareció. Solo quedaron la sonda y el planeta.

Sobre una entrevista a Kim Stanley Robinson.

Esta es la entrevista:

http://lab.cccb.org/es/optimismo-enfadado-en-un-mundo-sumergido-una-conversacion-con-kim-stanley-robinson/

He de señalar, antes que nada, que es bastante posible que dicha entrevista sirviese al autor para inspirarse para su nuevo libro: El ministerio del futuro.


Aquí, aunque en general entiendo y comparto su punto de vista, hay ciertas contradicciones en el pensamiento de Robinson (quizá condicionado por el entrevistador). Se ve en lo que dice de cómo salvar a las especies de la extinción masiva. En lo de llevar osos polares a la Antártida, justo después de decir que la solución no está en salir de nuestro mundo y formar colonias en otros, sino en salvar el nuestro. Por supuesto debemos salvar el nuestro, hacer todo lo posible en luchar contra el cambio climático. Pero esas acciones deben ir de la mano con las de hacer todo lo posible por salir de este mundo. Mucho me temo que Robinson es DEMASIADO optimista acerca de lo de que la humanidad nunca se extinguirá. Todas las especies se extinguen.

Y la mayor parte, hasta ahora, por grandes cataclismos geológicos y cósmicos, no provocados por el ser humano. Sí somos responsables del cambio climático, pero no podemos defendernos del choque de un cometa, de un desastre geológico masivo, o de una supernova.

Tenemos que estar establecidos en varios mundos, como sería menester hacer en la Tierra (en varios lugares diferentes, como la Antártida) con los osos polares; si queremos sobrevivir a largo plazo como especie. El propio autor se contradice al hablar de esa solución para los osos polares, pero obviarla para los humanos, poniendo en demasiada ventaja nuestra inteligencia, yo diría. Si no nos extinguimos, en todo caso, será por nuestro afán de ir más allá y de superarnos a nosotros mismos. Sí, por nuestra inteligencia e imaginación. Hemos de saber aprovechar al máximo las posibilidades de desarrollo tecnológico de nuestro tiempo, muchos de cuyos principales avances se derivan de los años de la carrera espacial entre las dos superpotencias del siglo XX.

Porque además, una sociedad demasiado complaciente consigo misma está más indefensa, y menos preparada para actuar cuando haga falta actuar.

Así que, aunque en un par de siglos podamos empezar a superar el cambio climático, en el mejor de los escenarios de futuro posibles, habrá más cosas de las que preocuparse.

Yo, al contrario que Robinson, no veo alternativa al capitalismo, sino que creo que ya está todo inventado en economía, y que lo que hay que hacer es mezclar el capitalismo con políticas sociales cada vez más vanguardistas (desde nuestro punto de vista actual), para hacerlo práctico.

Desde luego, estoy de acuerdo con él en la forma miope, cortoplacista y destructiva que acompaña en general al capitalismo en nuestros días, pero su querencia por provocar un fallo en el sistema es preocupante, porque podría dejarnos sin capacidad de maniobra.

El motor capitalista es viejo, ruidoso y explosivo… pero funciona. Nos mueve. La humanidad perecerá cuando se quede quieta. Cuando sea demasiado complaciente consigo misma. La solución, que no sé si ha abordado adecuadamente todavía Robinson en sus novelas (diría que sí, pero a veces parece que no… quizá de esta intención subversiva venga el tono pesimista de su novela Aurora, sobre el primer viaje tripulado de la humanidad a un planeta quizá habitable en torno a otra estrella lejos de nuestro sistema solar), puede estar en llevar el comercio al espacio. A los asteroides, a Marte, a las lunas jovianas… De hecho, no se me ocurre mejor motivo para salir ahí fuera que el propio peligro del capitalismo. La mejor forma de superarlo es usarlo para el mayor beneficio posible para la humanidad en su conjunto, antes de que el motor explote, y nos deje tirados, en medio del desierto.

Las mayores posibilidades de salvación de la humanidad serán poner toda la carne en el asador de esas empresas espaciales, pues permitirán descongestionar la Tierra, dándonos algo de tiempo para hacer mejor las cosas aquí, de forma paralela a la colonización del sistema solar.

La izquierda tiene algo de ingenuo, en general, que a largo plazo puede ser tan potencialmente destructivo para la humanidad como el capitalismo irresponsable.

Entre la realidad y la ficción.


Hoy me ha llamado la atención un artículo sobre un muy reciente nuevo sistema solar descubierto, con extrañas resonancias (esto es, sincronías) entre sus seis planetas (al menos, entre los seis descubiertos).

Este es el enlace a ese artículo, una de las noticias más destacadas sobre ciencia, durante esta semana, y puede que una de las más destacadas del año, sin duda.

https://www.elcomercio.es/sociedad/ciencia/sistema-exopanetas-desafia-teorias-planetas-20210126114228-nt.html?ref=https:%2F%2Fwww.google.com

A continuación, comparto el trabajo de las notas previas de uno de mis proyectos, unas notas que hice en las horas libres de una campaña de verano, en 2019, mientras navegaba por la mañana y estudiaba para permanente por la tarde. Las comparto porque me ha llamado la atención la similitud entre lo que se dice de este nuevo sistema solar resonante, un sistema solar real, y lo que imaginé para el sistema solar ficticio que iba a servir de marco a aquella historia… Cuando trabajaba en aquellas notas me parecía que no podía existir ningún sistema solar como aquel, que todo tenía que estar justificado con la intervención de una voluntad… Se ve que, como siempre suele pasar con esto de la realidad, me equivocaba… ¿O no?





Dervishkanis se encuentra más allá de cuatro planetas, los cuales llevan a cabo ocho, cinco, tres y dos órbitas alrededor del sol respectivamente, en el mismo tiempo que Dervishkanis hace una, en la que tarda doce días, con un total, pues, de doce eclipses cada doce días, en los cielos del lado diurno del mundo. Dichos eclipses son las noches de Dervishkanis. Originalmente el sistema tenía siete planetas, pero el quinto, sexto y séptimo fueron usados mediante ingeniería planetaria.

Los cuatro planetas van cambiando de fase en los cielos de los Reinos de Dervishkanis, presentando sus fases de forma perpendicular a su ascenso y descenso en el firmamento: de cuartos crecientes a llenos según ascienden en el cielo, tras cada eclipse, y de llenos a ocultos, según descienden el el cielo, por detrás del sol, hasta cada nuevo eclipse. La fase de oculto total de cada planeta coincide con el periodo del eclipse que producen sobre el disco de Dervishkanis. Los cuatro planetas muestran siempre sus mismas caras a los habitantes de los Reinos. Se iluminan de abajo arriba, y se ocultan también de abajo arriba. Al iluminarse se presentan como una sonrisa, cada vez más ancha (hasta la fase llena) y al ocultarse, como un puchero, cada vez más delgado (hasta la fase oculta, de eclipse).

En cuanto a la posición del sol rojo en los cielos diurnos dervishkanos, esta depende del movimiento de las personas y seres que lo habitan sobre la superficie del mundo.

El sistema estelar en el que se encuentra el mundo de Dervishkanis es muy pequeño (cabría dentro de la órbita de Mercurio, en nuestro sistema solar), pero la estrella enana roja en torno a la cual giran los cinco planetas orbita a su vez alrededor de otra estrella de tipo sol, mucho más lejana, de luz blanquecina. El sol rojo tarda unos mil años en dar una vuelta alrededor del sol blanco, que ilumina a Dervishkanis y a los cuatro planetas con su débil luz lechosa. El sol blanco sale por un extremo de dervishkanis y a los seis días se pone por el otro, tardando otros seis días en volver a salir. Se ve distante y pequeño en los cielos de Dervishkanis, su luz por si sola es como de un puñado de lunas llenas. Se sitúa en el cénit de los cielos dervishkanos durante la conjunción total, entre el tercer y el cuarto día desde su salida. Los ciclos de luz del sol rojo dependen del movimiento de los cuatro planetas más interiores, que continuamente adelantan a Dervishkanis en sus órbitas, causando los largos eclipses que oscurecen sus cielos. Los ciclos de luz del sol blanco dependen del movimiento de Dervishkanis. Los días son contados desde el día uno de cada ciclo, que es la conjunción de todos los astros, con la que se inicia la noche de treinta horas (que abarca las veinticuatro horas de la noche del primer día y las primeras seis horas de la noche del segundo día). Sin embargo hay cultos, y quizá regiones ignotas de Dervishkanis, donde los días se cuentan por los ciclos del sol blanco.

Días que tardan los planetas en cubrir una órbita, hasta un total de doce cada dieciocho días, para el primer planeta:

Primer planeta:    1,534,567,5910,51213,51516,518

Segundo planeta:   2,44,87,29,61214,416,819,2

Tercer planeta:    48121620

Cuarto planeta:    6121824

Dervishkania:      1224

Sucesión de eclipses según el orden de los planetas. (No son días terrestres).

1-2-1-3-1-2-1&4-2-1-3-1-2-1-1,2,3&4 (Y se repite cíclicamente, la misma sucesión de eclipses cada doce días, con una conjunción de los cuatro planetas en el decimosegundo día, y de los planetas primero y cuarto en el sexto día).

Orden temporal (en escala de días terrestres) en el que se producen los eclipses:

1,5 … 2,4 … 3 … 4 … 4,5  4,8 … 6 … 7,2 … 7,5 … 8 … 9 … 9,6 … 10,5  12 …13,5 … 14,4 … 15  16 … 16,5 … 16,8 … 18  19,5

Duración de las noches según el tipo de eclipse (una sexta parte de su período orbital):

Planeta 1)   06 horas.

Planeta 2)   10 horas.                                 

Planeta 3)   16 horas.

Planeta 4)   24 horas.

Duración de las noches y los días (la duración de los días se obtiene de la resta entre las horas de un eclipse con las horas del anterior, a cuyo total se resta la duración del último eclipse dado):

30 horas de noche (Conjunción total, más eclipse del primer planeta). Eclipse de Acanthir.

12 horas de día.

06 horas de noche (Eclipse del planeta 1).

08 horas de día

10 horas de noche (Eclipse del planeta 2).

04 horas de día.

06 horas de noche (Eclipse del planeta 1).

18 horas de día.

18 horas de noche (Eclipses de los planetas 3 y 1, el 1 durante dos horas, mientras el 3 empieza a iluminarse).

03 hora de día.

10 horas de noche (Eclipse del planeta 2).

19 horas de día.

24 horas de noche (Conjunción de los planetas 1 y 4). Eclipse de Acanthir.

04 horas de día.

14 horas de noche (Eclipses de los planetas 2 y 1, el 1 durante cuatro horas, mientras el 2 empieza a iluminarse).

06 horas de día.

16 horas de noche (Eclipse del planeta 3).

08 horas de día.

06 horas de noche (Eclipse del planeta 1).

08 horas de día.

10 horas de noche (Eclipse del planeta 2).

12 horas de día.

06 horas de noche (Eclipse del planeta 1).

30 horas de día.

Fin de ciclo: Conjunción total. Eclipse de Acanthir —> 30 horas de noche (Conjunción total, más eclipse del primer planeta).

Cada ciclo de doce días:

Día 1: 24 horas de noche; Día 2: 6 horas de noche, 12 horas de día, 6 horas de noche; Día 3: 8 horas de día, 10 horas de noche, 4 horas de día, 2 horas de noche; Día 4: 4 horas de noche, 18 horas de día, 2 horas de noche; Día 5: 16 horas de noche, 3 horas de día, 5 horas de noche; Día 6: 5 horas de noche, 19 horas de día; Día 7: 24 horas de noche; Día 8: 4 horas de día, 14 horas de noche, 6 horas de día; Día 9: 16 horas de noche, 8 horas de día; Día 10: 6 horas de noche, 8 horas de día, 10 horas de noche; Día 11: 12 horas de día, 6 horas de noche, 6 horas de día; Día 12: 24 horas de día.




El otro día miré al cielo (micro-relato)

El otro día miré al cielo. Estaba en un lugar de esos que cada vez quedan menos, en los que el ancestral miedo humano a la oscuridad no hace que miles de luces artificiales oscurezcan las estrellas. Vi tantas, que la cabeza me dio vueltas. Quizá, pensé, por eso las silenciamos, porque es la luz de otros lo que de verdad tememos. La posibilidad terrible de no ser nosotros el centro de atención.
El otro día miré al cielo, y sentí que el contacto por radio era inminente, que ya estaban aquí. Puede que no sea cierto para ahora mismo, pero lo es para cada momento. Solo tenemos que apagar la luz, y escuchar…

Quienes quiera que seamos

     Framework Silente y Event Cuántico salieron del portal, que desapareció en una caleidoscópica explosión de colores a sus espaldas. Un leve zumbido se apagó en un punto infinitesimal de la realidad, y un paisaje rural emergió ante ellos lentamente, como si se estuvieran separando para apreciar mejor un cuadro de Van Gogh. Era una escena de tierras de labranza y nubes blancas, que desplazaban sus sombras perezosas sobre los caminos, las montañas y los campos. En el más ancho de aquellos caminos, una carretera de tierra apisonada, una procesión de postes de telégrafo se perdía en la distancia.
     —¿Algún posible testigo a la vista? —preguntó Framework Silente, mientras oteaba la carretera bajo uno de aquellos postes.
     No veía ninguna ciudad, pero enseguida llamó su atención un patrón de destellos de plata, adornando el follaje de un bosque lejano. El Danubio.
     —¿Qué?
     —Que si ves a alguien —dijo el señor Silente, alzando la voz.
     —¿Cómo?
     El señor Silente puso cara de fastidio, aunque el gesto del señor Cuántico no le fue muy a la zaga.
     —¿Puedes hacer el favor de hablar un poco más alto? —dijo el segundo—, no me entero.
     Entonces el señor Silente agarró del brazo a su compañero, y le dijo al oído:
     —Vamos a ver Event, ¿no querrás montar una escenita nada más empezar, verdad?
     —¿Se puede saber qué…? —Fue interrumpido por un dedo del señor Silente, de golpe en sus labios.
     Silencio. Escuchó Event, en su mente.
     Pensaba que habíamos quedado en que nos comunicaríamos de forma ordinaria, para, cito: “no provocar sospechas, como la última vez” Dijo Event en la mente de su compañero, todavía con su dedo en los labios.
     Ya estamos llamando la atención.
     Event se giró entonces hacia donde estaba mirando su colega. Un paisano de aquel tiempo había detenido su auto en la carretera. Emergiendo de la polvareda levantada por el vehículo, el individuo se inclinó cortésmente hacia ellos. Aunque el color y la textura resultaban espléndidos, Event tuvo la impresión de estar viendo una película muda, como las que se hacían en aquella época. Solo entonces se dio cuenta de su torpeza: aún no había activado el audio del mundo.
     —¿Es rarito además de sordo? —escuchó que preguntaba aquel hombre a Framework.
     Su compañero le echó una ojeada.
     —Sí, si… rarito, sí. Una pena ¿verdad? Verá, joven, nos dirigimos a V-Viena, a ver a un especialista, para… para un nuevo tratamiento… para aquí, mi amigo rarito. Pero resulta que no somos de por aquí, ¿sabe?, y nos hemos perdido. ¿Sería tan amable de indicarnos el camino?
     A pesar de comprender al instante el juego que se traía Framework entre manos, Event no pudo evitar indignarse. Sintió que se ruborizaba. Sin embargo, en ese momento solo pudo reparar en lo agradable que le resultó volver a tener sensaciones tan… corpóreas. Era algo adictivo.
     —¿Viena dice? Sí, claro hombre, están de suerte, íbamos hacia allá. Venga, suban, les llevamos.
     —Gracias amigo… —titubeó Framework.
     —Oh, disculpe, Charles, a su servicio.
     Ambos subieron al vehículo, cuyo asiento del copiloto estaba ocupado por una mujer.
     —¿Entonces no han visto nada raro por aquí, una especie de destello, o algo así? —preguntó el hombre.
     —No, de verdad que no —contestó Framework, mirando a su compañero—. ¿Qué cree que pudo haber sido?
     —No sabría decirle, la verdad. Tú también lo viste, ¿verdad, querida? ¿Qué crees que sería?
     —Que te den, Charles —fue todo cuanto dijo la mujer.
Y fue así como los dos viajeros llegaron a Viena, envueltos en un silencio largo e incómodo.

     —Bueno, parece que funciona —dijo Framework.
     —¿Los disfraces? Claro. ¿Por qué no iban a hacerlo? Pero hemos tenido suerte. Si esa mujer no hubiera estado ofuscada por lo que quiera que fuese, podía haber alimentado las sospechas del tal Charles.
     Paseaban tranquilamente a lo largo de una gran avenida, por el centro de la capital del Imperio Austrohúngaro. Contemplaban con disimulado asombro las gentes, los árboles y los monumentos, procurando no llamar la atención. Por más que fuesen vestidos a la moda de aquella época y aquel lugar, los dos habían aprendido por las malas en sus viajes anteriores que lo más importante de un buen disfraz no era el disfraz en sí mismo, sino la actitud de quien lo vestía.
     Había muchas personas en la calle, disfrutando de las últimas horas de la tarde en los cafés que flanqueaban la avenida. Las primeras luces de vapor de mercurio cobraron vida, y arrancaron destellos de las ventanas de los cafés y de los escaparates de las tiendas, algunas de las cuales empezaban ya a cerrar. La tarde se había vuelto desapacible, algo nada raro para los otoños semiinvernales característicos de aquella ciudad. Comenzó a caer una aguanieve débil y dispersa. Por un momento, Event deseó dejar de tener sensaciones físicas. Se cerró mejor el grueso abrigo.
     —No sé —contestó Framework—, supongo que no importa, todas las veces que lo hayamos hecho antes. Cada viaje supone un nuevo desafío. ¿No lo sientes así?
     —Sí. Bueno, creo que te entiendo.
     Event llevaba hechos unos cuantos viajes más que Framework, y entendía perfectamente a su compañero, pero quería aparentar estar más de vuelta de todo.
     —Es bonito esto —dijo.
     —Sí, ya lo creo —contestó Framework, y añadió, pensativo—: Aunque me hubiera gustado poder estar aquí en un tiempo anterior. Ya sabes, para conocer a Beethoven y a Mozart… Siempre he querido saber si de verdad se conocieron en persona. En cualquier caso, dudo mucho que su Viena fuese más bonita que esta. Lástima lo que está a punto de pasarles.
     —Ten cuidado con lo que dices.
     Event observó a las personas con las que se cruzaban por la calle: las señoras de la alta sociedad, con sus coloridos trajes y sus estrafalarios sombreros y guantes a juego; conjuntos especialmente escogidos para el momento social del té de la tarde, que contrastaban con los sobrios trajes oscuros, aunque también elegantes, de los hombres. No parecía que nadie reparase en ellos. Pero debían tener cuidado.
     —No seas paranoico.
     —¿Ahora soy yo el paranoico?
     —Bueno, ya que estamos, visitemos a Sigmund Freud, que lo decida él.
     —Bah —dijo Event, pero se rió.
     No era la primera vez que se enzarzaban en conversaciones así, daba igual dónde y cuándo estuviesen. Lo cierto era que disfrutaban de aquellos momentos. Del hecho de la simple conversación, de la emoción de sentir otra vez las cosas como los seres del pasado. En estas cosas iba pensando Event, mientras hablaban. Envidiaba a los hombres y a las mujeres de todos los lugares que visitaban, porque sabía que para él, para los viajeros del tiempo, momentos como aquel eran algo efímero. Algo casi ilusorio. Como el gozo que se se siente al escuchar una música que termina, dejando tras de sí nada más que el silencio, sin que se te permita seguir disfrutando de un concierto que sabes que aún no ha terminado.
     Event Paró a su compañero.
     —Mira, allí está —dijo, señalando.
     —La Academia de Bellas Artes de Viena —susurró Framework—. Crucemos.
     —¡Cuidado!
     Event puso el brazo por delante del pecho de Framework en el último momento, evitando que éste se lanzase a los pies de los caballos de un carro que pasó como llevado por diablos.
     —Mierda. Gracias… Se ve que tenía prisa, el condenado —exclamó Framework, alzando levemente una ceja en su rostro empalidecido.
     —Venga, vamos Frame. ¿Llevas la recomendación?
     —Sí, aquí la tengo —contestó, echándose la mano al bolsillo del abrigo.

     —Encantado de haberles conocido, señores. Pero me temo que ya poco se puede hacer —dijo el profesor Gregor Rozman. Era un hombre de pelo prematuramente escaso y gris, con un llamativo bigote a la moda. Se trataba de uno de los máximos responsables de los exámenes de admisión de nuevos alumnos en la Academia de Bellas Artes vienesa. Event y Frame habían tardado bastante tiempo en encontrar su despacho, perdido entre otros muchos iguales, en un pasillo abalaustrado que se asomaba a unas grandes escaleras de mármol beis.
Event reparó en los sonidos de las voces y las risas de los últimos estudiantes de la tarde. Sus ecos se diluyeron poco a poco, hasta desaparecer y dejar solo el silencio, más allá de la humosa luz del despacho.
     El hombre apagó su cigarro en el cenicero y se levantó.
     —Pero entonces, lo de ese joven… —dijo Framework.
     —¿Adolf Hitler? No. Olvídenlo. Jamás estudiará en este lugar. No mientras yo viva, al menos —sentenció el hombre. Y la vehemencia de sus palabras hizo que su atiplada voz, que hasta ese momento había sido sosegada, se volviese de pronto más grave, y para nada sosegada.
     —Pero hombre —intervino Frame— ¿no ha visto usted la recomendación?
     Rozman le miró a los ojos. Se sentó de nuevo, exhalando un corto y resoplante suspiro. Dijo:
     —Dígame, señor… perdóneme, lo he olvidado…
     —Pick, Dedrick Pick.
     —Señor Pick, dígame, ¿qué cree usted que es el arte?
     Event lanzó una fugaz mirada de soslayo a su compañero. Quiso decir algo, pero la pregunta había sido retórica.
     —Es un servicio —siguió Rozman—. Un servicio al pueblo, a la gente. A la de ahora, y a la del futuro. Es generosidad y sacrificio, es sufrimiento. Mire, no es nada personal. Llevo años haciendo estas cosas. Los dibujos de ese joven quizá no parezcan tan malos, pero tampoco son nada excepcional. ¿Han visto la obra de Gustav Klimt? Oh, eso, eso es el arte. Es algo que define, pero a la vez reelabora nuestra realidad. Los trabajos de ese muchacho, Hitler, muestran la realidad como algo inerte. Son mediocres. Pero no es eso lo que me llevó a rechazarlo. No fueron sus dibujos. Puede haber gente cuya obra me resulte igualmente insípida, pero en la que vea algo, un potencial. ¿Me entienden? Pero en ese joven, en ese… No.
     Se quedó callado, unos instantes. Luego dijo:
     —Fue… Fueron… Sus ojos. Me hizo sentir… Disculpen. No, miren, les he mentido, sí que es algo personal. Mientras yo ocupe este puesto, ese tal Hitler no será alumno de la Academia de Bellas Artes. Punto final.
     —Que usted no era nada —dijo Framework.
     Event lo miró, alarmado.
     —¿Disculpe? —dijo Rozman.
     —Lo que le hizo sentir, digo, ese joven. Que usted no era nada, que no importaba nada. Que para él era tan importante como esto —dijo, cogiendo el cenicero—, tan útil como este cenicero lo es para usted, porque le sirve para algo; pero en cuanto deje de hacerlo, lo tirará y lo sustituirá por otro. Eso es lo que le hizo sentir.
     —Frame —exclamó Event.
     —¿En serio, “Frame”?
     —¿Y qué más da?, porque se lo vas a decir, ¿no es eso? Vas a pasar ya al plan “B” —afirmó más que pregunto, Event.
     —Sí, es eso —contestó Framework, con un suspiro, tras unos instantes de silencio.
     —Estupendo.
     —¿Plan “B”? ¿Se puede saber de qué hablan, señores? Miren, ya les he ofrecido mucho más tiempo del que debería. Se me hace muy tarde, si no les importa… —dijo el profesor, levantándose de nuevo de su asiento.
     —No, señor Rozman, espere. Le contaremos la verdad. Verá. No somos de aquí.
     —Ya, ya, de eso ya me había dado cuenta. Menudo acento, no se ofendan.
     —Venimos del futuro. Lo sabemos todo sobre usted. Su pasado, su futuro, sus secretos… Cosas que solo es posible que sepa usted. Todo.
     Rozman los miró de hito en hito, primero a Frame, después a Event.
     —Bien —dijo—, estoy esperando. ¿Quién de ustedes se ríe primero? Porque a mí, por lo menos, no me hace gracia. Ya les he dicho que tengo prisa.

     —Parece que ya vuelve— dijo Event, dando palmaditas en la cara a un inconsciente profesor Rozman—. Profesor Rozman, vuelva, ¡profesor!
     —No debiste contarle todos esos detalles de su vida tan de golpe —le acusó su compañero—. Por lo menos, no lo de ese vicio secreto.
     —Oye, la idea de ejecutar el plan “B” fue tuya ¿o no? Yo solo te seguí el juego.
     —Qué… qué… oh, cielos. Menudo mal sueño… —empezó a decir Rozman, mientras volvía a la vida. Pero enmudeció al ver a los dos personajes sobre él, todavía en su despacho.
     —Oh, Dios mío, siguen aquí. No eran producto de mi imaginación. Es una pena, ¿saben? Mi amigo Freud habría tenido un material excepcional, si ustedes dos no fuesen reales.
     —Sin duda, profesor, pero mire, aquí seguimos.
     —Joder, Frame.
     —¿Qué?, qué quieres que le diga. Intento contemporizar. Nunca son cómodas, estas situaciones.
     Rozman se sentó. Parecía resignado. Entonces cogió el cenicero con el puro apagado y lo guardó en un cajón.
     —Se acabó esta mierda. No se lo dirán a nadie, ¿verdad?
     —Descuide, profesor. Nos da igual con qué aderece sus cigarros.
     —Bien, bien. Díganme, entonces, por qué creen que debo admitir a ese Adolf Hitler, que Dios me perdone.
     Los dos viajeros se miraron fugazmente.
     —Al contrario, Dios se lo agradecería —dijo Frame, con una sonrisa.
     Event dirigió a su compañero una mirada de disgusto.
     —Profesor —intervino Event—, verá… estoy seguro de que alguien como usted intuye perfectamente que el Imperio Austrohúngaro es un gigante con pies de barro. El más mínimo altercado puede hacer estallar un nuevo conflicto, y dado el desarrollo actual al que ha llegado la tecnología de la guerra en Europa, donde cada nación parece estar conteniendo el aliento ante la inminencia de algo terrible, cuando llegue ese altercado, que llegará, tendrá consecuencias fatales. A un nivel que el mundo no ha conocido hasta ahora. Le hablo de un conflicto de escala inimaginable.
     —Una gran guerra. Sí, claro, otra más —dijo el profesor— Vale, supongamos que pasa algo así, pero no veo…
     —No otra más. No solo una gran guerra. Le estoy hablando de un conflicto mundial.
     Event, dijo Frame, mentalmente, a su compañero, ¿estás seguro? Quizá no tengamos por qué hacerlo. Quizá esté dispuesto a hacer lo que queremos solo por miedo a que hagamos público lo de su adicción.
     No, Frame. Este hombre es más listo de lo que parece. Creo que lo hemos contaminado. Empezaría a hacerse demasiadas preguntas. Se volvería loco e inservible ya para su tiempo. Además, creo que nos será muy útil. Mejor reclutarlo. Nos lo llevaremos.

¿Y qué pasa con Hitler?
Que pase lo que tenga que pasar. Seguramente ya nunca vuelva a intentarlo, en este tiempo. Seguiremos con lo que tenemos. Probaremos otras cosas.

     Rozman se removió en el asiento, visiblemente incómodo, durante el silencio que siguió a las palabras de Event sobre un conflicto mundial.
     —Pero ¿qué tiene que ver todo esto con Hitler? —dijo. Event creyó notar miedo en su voz, y también en su mirada.
     —Usted lo vio. Lo sabe. Puede imaginarlo. Los tiempos de conflictos y calamidades, profesor, son campo abonado para que surjan los héroes. Y sabe tan bien como nosotros, que lo hemos visto en acción, que cuando el pueblo necesita héroes, no suele tener la sabiduría que hace falta para diferenciar entre héroes buenos y héroes malos. Adolf Hitler será uno de esos héroes. El peor de ellos. La Primera Guerra Mundial, que ustedes conocerán como la Gran Guerra, se llamará así cuando de forma casi consecutiva haya una segunda, provocada por un tratado de paz torpe y vengativo, que ahogará a la nación perdedora: Alemania.
     —¿Alemania perderá? E imagino que con ella caerá nuestro Imperio —dijo Rozman.
     —Su intuición le sirve bien, profesor —intervino Frame.
     —Una gran crisis económica, como el mundo moderno jamás ha visto —siguió Event su relato del futuro—, azotará a todas las naciones, y las tesis marxistas se extenderán por el Este, donde la fuerza proletaria derrocará el imperio de los zares. En la Alemania debilitada por la Gran Guerra y por la crisis, el comunismo cobrará presencia, fuerza y poder, las opiniones de unos y otros se harán extremas. Los líderes populistas se alzarán, exacerbarán el miedo y convencerán a los votantes. Usted vio los ojos de ese joven. Intuyó el mal insondable que anida en su corazón. Imagínese a ese joven sin oficio ni beneficio, despechado por usted y su Academia, después de haber luchado en la Guerra, aguardando una oportunidad para dar rienda suelta a su narcisismo y a su psicopatía. La política será el escenario perfecto para sus maléficas virtudes.
     —Dios mío —exclamó Rozman, en voz baja, con la mirada perdida—. Es espantoso.
     —Lo ve ya, ¿verdad? —continuó Event—. Ve al romántico y apasionado, pero malvado hasta la médula, Adolf Hitler; ve cómo solivianta a las masas y llega al poder, gracias al miedo de la gente al comunismo. Y, de igual modo, otros líderes surgirán en el bando comunista, en Rusia, apoyándose en el hambre y la miseria de la gente. Unos y otros llevarán a cabo los más horribles actos a los que la humanidad se haya enfrentado jamás.
     »Y no usarán solo el miedo al comunismo. También el odio a los judíos, que serán estigmatizados como nunca, antes. ¿Es usted judío, verdad, profesor Rozman? Su familia sufrirá. Serán deportados, y exterminados. Todo porque usted un día no quiso cambiar el curso de la historia, y permitir que ese joven, Adolf Hitler, estudiase lo que quería. Pero ahora ya da igual. Tendrán que hacerlo otros…
     Hubo un momento de silencio. Solo se escuchaba el repiqueteo de una lluvia intermitente allá arriba, contra la cristalera que hacía de tragaluz, al otro lado de la mampara del despacho. Sus colores hacía tiempo que se habían apagado. La noche avanzaba, inexorable.
     —Claro. Por supuesto. Lo entiendo. Lo haré… Déjenme hacerlo. Aún puedo admitir a Adolf Hitler. ¿Pero creen que ese simple hecho bastará, que, con una simple y pequeña decisión como esta, yo, Gregor Rozman, tengo el poder para cambiar el curso de la historia?
     —Es una pregunta inteligente, profesor —dijo Frame—. Y la respuesta es que no lo sabemos. No podemos estar seguros de que con eso baste. Puede que sí, que el poder que emana de una sola persona, en el momento y el lugar indicados, sea suficiente para catalizar una sucesión de desgracias fatales para la humanidad entera, o puede que no sea solo eso. Puede que, aunque usted admitiese a Hitler, surgiesen otras personas u ocurriesen otras cosas que desconocemos.
     —En realidad, profesor, tendrá que ser ya en otro universo —intervino ahora Event—. No es la primera vez que es usted visitado por viajeros del futuro. Sí por nosotros, pero ya han venido aquí antes, otros compañeros. Quizá no fue usted, sino su usted de otros universos, muy similares a este en el que nos encontramos. A eso nos dedicamos, ese es nuestro trabajo. Cambiamos pequeños detalles, modelamos el tiempo. Experimentamos. No podemos intervenir directamente, sino a través de ustedes. Estudiamos los posibles cursos de la historia, en busca de un futuro que nos satisfaga.
     —P… pero, entonces, dijo Rozman, secándose la frente con un pañuelo—, por qué empezar por aquí, y no mucho antes, en otro tiempo, de forma que todo lo que somos ahora fuese ya muy distinto, de tal modo que quizá ni Hitler ni yo existiríamos.
     —Pero es que sí lo hacemos, profesor —contestó Event—. Claro que lo hacemos. Los universos son infinitos, y no podemos verlos todos. Pero hay muchos más compañeros, que viajan y dan forma a nuevos sucesos, en muchos más universos y tiempos. En muchos de ellos, efectivamente, toda esta época es muy distinta. Nuestro trabajo se centra en esta época y este momento concretos. Se centra en usted, y en sus decisiones. Así de sencillo.
     —Así de sencillo —dijo el profesor, con un hilo de voz, y soltó una risilla algo histérica.
     —Verá, señor Rozman —volvió a hablar Event—, pueden salir muchas cosas mal, aunque Hitler deje de ser un peligro. De hecho, ya las hemos visto. Mundos en los que la izquierda llega al poder en Alemania, y esta se alía con la Unión Soviética. En esos mundos Japón no llega a atacar a los Estados Unidos, porque no tiene aliados, y no se atreve, así estos nunca entran en guerra. Al final, los bloques occidental y comunista se equilibran, porque los soviéticos tampoco llegan a tener una excusa para penetrar más hacia el este en Europa. Pero todo esto a usted no le importa, claro. No sé por qué se lo cuento. Bueno, o sí, lo sé. Creo que ya tenemos confianza suficiente, ¿no es así, señor Rozman? Que ya somos amigos. Creo que es hora de que nos vea como somos, en realidad. Es hora de que se una a nosotros.
     Event Cuántico miró a Framework Silente. Ante los ojos de Rozman, sus figuras humanas se fundieron, como si sus colores en la realidad fuesen brochazos de un cuadro impresionista, hasta quedar de ellos solo la luz que animaba sus formas. Entonces, Rozman escuchó una voz en su mente. No eran palabras que existiesen, no eran palabras humanas. Pero entendió lo que decían.
     Eres solo una pequeña parte de nuestro trabajo. Ahora vendrás con nosotros, y verás todo el conjunto, pues tu tiempo en este universo se acaba aquí y ahora.
     El ser que ya no era Gregor Rozman se sintió flotar, por encima de la realidad. Vio el cuerpo de alguien que le sonaba vagamente, tirado en el suelo de un extraño despacho. La voz siguió diciendo, en su mente:
     Nuestro trabajo no es evitar una guerra. Seguramente te suene cruel, pero nos da igual tu sufrimiento y el de tu familia —¿familia, qué familia?—. Estamos por encima de todas esas cosas. Nuestra misión, la razón de nuestra existencia, es viajar y moldear las historias posibles, en busca de un futuro concreto, entre los universos a los que podemos acceder. Es un futuro que hasta ahora no hemos sido capaces de encontrar. Uno en el que, más allá de cierto tiempo, el ser humano no termine por extinguirse y dejarnos solo a nosotros, quienes quiera que seamos.

Elether

Examiné el libro de Elether a la luz del pequeño candil de latón. Observé los dibujos, mientras pasaba despacio las ajadas páginas, porque tenía miedo de rasgarlas con mis torpes manos de metal. 

—¿Qué significa el título? —le pregunté.

—Tiene que ver con Hesperia, la Ciudad de los Muertos —contestó ella.

No pareció dispuesta a añadir más. Se limitó a mirarme, en silencio, como sopesando algo. A mí, pensé. Me sentí incómodo.

Elether era uno de los pocos prens que siempre me trataba de forma natural. Tenía su mérito, porque yo era un robot, una leyenda rescatada del pasado. Me parecía en pocas cosas a los prens. Aun así, al descubrirme, me llamaron “el Enviado”, y me convertí en la posesión favorita de su princesa, Dido. Nunca estuve seguro de que Dido me quisiese de verdad, durante el año que pasamos juntos, pero yo la admiraba. Ahora no podía dejar de pensar en ella, profundamente consternado por lo sucedido el día anterior.

—¿Podremos ayudar a Dido gracias a este libro?

Elether no contestó. Busqué su mirada, inquisitivo, pero no me gustó lo que vi en sus almendrados ojos esmeralda.

Miré a través de la ventana de la pequeña cabaña, el refugio secreto de Elether. La tarde habría sido la de una hermosa primavera, en otras circunstancias. La luna añil acababa de ponerse. Las sombras se apagaban en aquella parte del mundo y los pájaros enmudecían en los árboles. La noche reclamaba ya su reino. A lo lejos, por encima de las copas de los arces, pinos y robles (y otras especies más exóticas que no conocía), sobresalían, diminutas, las torres de Acantha. No podía borrar de mi cabeza los terribles sucesos del día anterior. Incluso hasta allí arriba llegaba el pestilente aroma del azufre, aunque la cabaña estaba a una legua de la ciudad, en la linde de un bosque que terminaba en un barranco.

En parte para tranquilizarme, en parte para quitarme el sulfuroso olor del cuerpo metálico, Elether me había desnudado y lavado con el agua de un pequeño barreño. Allí todo era pequeño. La cabaña tenía aquella única habitación. Cuando estuve seco, ella me dio uno de sus viejos camisones, que olía como el bosque. Como era menuda, me quedaba bien. Más o menos.

—No sé si podremos ayudarla, Zair —dijo, cuando yo ya casi había olvidado la pregunta—. Apenas puedo descifrar lo que dice el libro. Pero no es por eso por lo que quería enseñártelo. Hazme caso, y mira bien los dibujos.

—Me dan igual los dibujos. Estoy preocupado por Dido.

—Ya, pero ahora no se trata solo de ti, ni de tu preocupación por la princesa. Se trata de toda Badhia-Yamina, y quién sabe si todavía más allá.

¿Por qué tenía que importarme a mí lo que hubiese más allá del país de Badhia-Yamina? Apenas me interesaba nada de lo que hubiese en Acantha, fuera de las habitaciones de la princesa. Yo solo era un robot particular. Su robot particular. Pero Elether, al igual que Dido, tenía opiniones muy fundadas sobre mi importancia en las cosas de los prens; aunque, como comprendí después, por motivos diferentes.

Sonó un pitido. Elether sacó del fuego una vieja tetera de cobre, con un trapo, y vertió un líquido verdoso y humeante, que olía a menta y a eucalipto, en una taza de madera astillada. Además del poco espacio, allí todo estaba viejo y gastado, como aquella taza. Aun así, se trataba de un refugio acogedor. ¿Siempre había pertenecido a Elether? Desde luego, estaba llena de misterios, demasiados, para una simple pinche de cocina.

Me ofreció la taza. Estaba muy caliente.

—Te sentará bien —dijo—. Tienes que dormir. Ya seguiremos hablando de todo esto.

—No tengo sueño —protesté.

—Para eso precisamente es esta bebida, tonto. Bébetela, te sentará bien dormir un poco, después de todo lo que ha pasado.

Le di un sorbo. Sabía fatal, muy amarga, pero en cierto modo me agradó. Entre la bebida y la fragancia a cosas del bosque que impregnaba la cabaña, conseguí casi olvidarme del regusto del azufre.

—Elether, ¿qué son “los Eidola”?

—Nada de lo que debamos hablar tan cerca de la noche.

—Pues no voy a dormirme hasta que me digas algo. —Mi preocupación por la suerte de Dido era más fuerte que mi miedo a esos Eidola, fueran lo que fuesen—. No pienso dormirme —insistí.

En ese momento, y pese a mí mismo, me entraron unas ganas enormes de bostezar. Pero me tragué el bostezo y seguí mirándola, impertérrito.

Elether suspiró. Por lo que fuese, decidió satisfacer mi curiosidad.

—“Los Eidola” es el nombre con el que los Antiguos se referían a los Muertos de Hesperia. Son espíritus que no pertenecen a este mundo. Seres etéreos que odian todo lo que está vivo y que están deseando corrompernos, poseernos. Eso es lo que le ha pasado a Dido, Zair. Y me temo que ya no hay nada que podamos hacer por ella. Por ninguno de ellos.

A medida que pronunció las palabras, fue subiendo el tono de amenaza, a pesar de que todo lo dijo en susurros. Me estremecí. Por un instante, me pareció que no era ella quien hablaba, como había pasado con Dido y los demás, la tarde anterior, cuando intentaron comunicarse con los dioses.

—Vale, Elether —dije, con un hilo de voz—. Prefiero seguir hablando de esto mañana, si no te importa.

Ella rio, y fue una risa espontánea y alegre, que rompió de inmediato mi sensación de horror. De hecho, fue como si esa sensación no hubiese existido. Pero se me habían juntado ya demasiadas emociones. Perdí la compostura y me puse a llorar, como el niño que era. De metal, pero niño, al fin y al cabo.

—Zair, qué te pasa —dijo ella, arrastrando las palabras con cariño.

—Nada.

—Vamos, solo he usado un poco de magia de ilusión, para dar más dramatismo a las palabras. Me sale casi sin querer, ya lo sabes.

—Elether, es que… Dido, yo pensé… —empecé a hipear, y no pude decir más.

Ella me agarró de la mano.

—Vamos, vamos, Zair, todo un robot, llorando. Si te viese quien te construyó. ¿Sabes? Antes nunca hubiera imaginado que los robots particulares pudieseis llorar, beber, dormir, sentir las cosas que tocáis… Cuando era pequeña pensaba que solo erais una leyenda.

Ella me había contado, cuando todavía trabajaba en las cocinas del palacio y nos escapábamos a veces al exterior, que los robots particulares eran una especie de sirvientes de los dioses, cuando estos todavía vivían en el mundo, antes de abandonarlo. Según ella, los dioses nos habían hecho a su imagen y semejanza, porque no podían tener hijos.

—¿Y si yo tengo la culpa de todo lo que está pasando? —gimoteé—. Porque si yo era solo una leyenda y estoy aquí, entonces, de algún modo, los espíritus malos, los Eidola, quizá están aquí por mi culpa.

Aquello llevaba atormentándome todo el día. Aunque se trataba de un temor latente en mí, desde hacía algún tiempo; algo que no acababa de identificar ni comprender.

—Tú no tienes la culpa de nada, Zair. La Casa Gobernante jugó con cosas que era mejor dejar tranquilas. Mira —dijo—, ¿ves esta ilustración?

—La Ciudad de los Muertos. Hesperia.

—Sí. Mira —señaló algo con el dedo.

—El cáliz —exclamé.

—Como el que me dijiste que encontró la princesa, en el viaje de la Gran Tormenta, después de verte en un sueño.

—Lo encontró al lado de los muros de Hesperia. Fue el Nexo que usaron ayer, en la ceremonia.

—Lo sé, dijo Elether.

Un búho ululó en el bosque. Me fijé en que ya titilaban las estrellas entre las ramas de los árboles, más allá de la ventana. Las raídas cortinas se agitaron. Sentí frío, pese a la bebida caliente. Elether se acercó a cerrar los postigos, mientras decía:

—La mayor parte de la gente no lo sabe, porque a los nobles acanthianos nunca les ha interesado que se sepa esta verdad. Pero, mira lo que he descubierto —dijo, acercándose.

      —No puedo leerlo todo, pero entiendo algunas palabras. Conseguí una traducción del índice del libro —dijo, orgullosa—. Esta palabra, “Devatar”, en el pasado remoto se usaba para denominar a los dioses, en la Antigua Lengua. Pues bien, en aquellos tiempos, esa misma palabra se usaba también para los Muertos. Tengo que consultarlo con alguien que conozco, pero creo que, al intentar hablar con los dioses, el rey y su hermana, tu querida princesa, han abierto las puertas de Hesperia. Han dejado salir a los Muertos.

—Entonces, Dido…

Ella me puso un dedo en los labios.

—No, no más Dido por hoy. Descansa, Zair. Duérmete ya —susurró—. Mañana tenemos que irnos, y será un viaje muy largo. Tienes que coger fuerzas.

¿Irnos? ¿A dónde? Yo no quería irme a ningún sitio. Yo quería volver a Acantha, con Dido. Pero estaba demasiado cansado para replicar. De pronto, el sueño cayó como una losa que ya no hubo forma de apartar.

Lo último que recuerdo es a Elether, cogiéndome en brazos. No tuve ningún sueño.

Minotauro reedita en octubre Marte Rojo, de kim Stanley Robinson, en su colección “Esenciales”.

Aprovechando que Minotauro reeditará en octubre Marte Rojo, de Kim Stanley Robinson, voy a comentar algunas curiosidades sobre esta obra, sobre todo para quienes no la conozcan.

Lo primero que llama la atención de esta reedición (además de una portada que, como la anterior, no está a la altura del contenido) es que forma parte de la colección “esenciales” de Minotauro, con títulos de autores legendarios, como Philip K. Dick, Ursula K. Le Guin, Ray Bradbury o Frederick Pohl. No estamos hablando de cualquier cosa.

Marte Rojo forma parte de una trilogía, compuesta por Marte Rojo, Marte Verde y Marte Azul, que cuenta la historia de la colonización de Marte desde una perspectiva realista en lo científico (con algunos peros) no reñida con un tono de utopía.

Entre los tres libros el autor ganó varios premios Nebula, Hugo y Locus, que son los tres más importantes del género. La trilogía de Marte pertenece al subgénero de la ciencia ficción dura, que se caracteriza por dar especial importancia a los detalles científicos.

Se ha dicho muchas veces de distintas obras posteriores a Juego de Tronos, ya fuesen novela o audiovisual, fantasía o ciencia ficción, que eran “la nueva Juego de Tronos”. Bien, yo lo voy a decir de la trilogía de Marte, con una salvedad: que están escritos antes.

Porque las novelas nos cuentan la historia de un posible futuro de la humanidad en Marte, a través de muchos años y muchos personajes. Si bien hemos dicho que se trata de ciencia ficción dura, la ambición y el propósito del autor van mucho más allá de esa etiqueta.

Robinson plasma un Marte en el que la humanidad experimenta nuevas formas sociales, económicas y religiosas; un mundo en el que caben la utopía, la reflexión filosófica y hasta la invención de un folclore propio, además de los aspectos científicos, en la trama.
Pero lo narrado no deja, a pesar de todo ello, de estar lleno de situaciones de acción, riesgo y emoción, que se sienten como únicas en el marco del Marte que nos presenta el autor, que estuvo años estudiando de fuentes de la propia NASA todo lo relativo al planeta Rojo.

La trama principal gira en torno a la evolución de la nueva sociedad humana que se va creando en Marte y sus desavenencias con la vieja Tierra, pero trata también a la vez de las desavenencias entre los propios marcianos: entre aquellos que creen que Marte debe ser terraformado para acomodarlo lo más posible al ser humano, y los que creen que debe conservarse como está y que la humanidad no tiene derecho a hacer lo que quiera con otros mundos.

El Marte de Kim Stanley Robinson es el más realista que se haya descrito en una obra de ficción, y quizá, precisamente por eso, el más extraordinario. Porque todo resulta más creíble.
Nos hace imaginar hechos que cortan el aliento, pero que creemos que algún día podrían pasar de forma parecida. Yo hace más de 20 años que terminé de leer la trilogía y aún hoy, cuando imagino un Marte humano, mis sensaciones vienen sobre todo de aquellas novelas. Recuerdo muchas imágenes y sensaciones que me dejaron esos libros; quizá no sea exagerado decir, desde cierto punto de vista poético, como quien recuerda el futuro, o un futuro.

Poco más tengo que decir. Solo tres detalles. Uno, sobre la hipótesis usada por el autor, y por casi todos los autores de ciencia ficción, de que los humanos marcianos serán más altos y delgados; estudios posteriores han sugerido que en realidad puede ser justo al contrario… Si los humanos nacidos en Marte han de evolucionar en una gravedad más débil, más débiles serán sus huesos, y necesariamente más cortos, en humanos de tallas más achaparradas, para no quebrarse. Si bien, a través de la ingeniería genética, tema presente en la trilogía, todo es posible, sobre todo si sumamos la nanotecnología a la ecuación… pero me voy ya por los cerros de Úbeda.

Otra cosa que quería comentar, es que desde principios de este siglo (las novelas se publicaron en los 90) se vienen haciendo varios intentos de llevar la trilogía a las pantallas. James Cameron tuvo en su tiempo los derechos para ello, pero luego los cedió. Más recientemente Spike TV estuvo más cerca de cristalizar una serie de 10 episodios para el primer libro, Marte Rojo, pero desavenencias entre Spike y diferentes showrunners (lo que quizá indique que la culpa es de Spike TV) relegaron el proyecto, hasta hoy, que sigue congelado. Esperemos que no por mucho tiempo, dada la mediocridad de todas las películas sobre Marte que se han hecho hasta ahora, incluída The Martian. Me refiero sobre todo a la falta de talento, seriedad y rigurosidad para imaginar un Marte humano más posible, en el que Marte sea algo más que un mero decorado de cartón piedra o efectos especiales que no dan la talla, quizá porque tampoco las historias la dan. El planeta rojo solo ha sido hasta ahora una excusa argumental, pero nunca el verdadero protagonista, en ninguna de esas películas, como sí lo es en la obra de Robinson.

Información extraída de la Wikipedia en inglés:

Marte Verde y la portada de Marte Rojo se incluyeron en un DVD que viajó con el Phoenix, un módulo de aterrizaje de la NASA que aterrizó con éxito en Marte en mayo de 2008.
La Primera Biblioteca Interplanetaria está destinada a ser una especie de cápsula del tiempo para futuros exploradores y colonos de Marte.
En el DVD también están obras como “Las Crónicas Marcianas” de Ray Bradbury, “La Guerra de los Mundos” de H. G. Wells, así como la retransmisión de esta que hizo en la radio Orson Welles, y los mapas del planeta realizados por Percival Lowell en el siglo XIX.
También contiene mensajes dirigidos a los futuros exploradores y colonizadores de Marte, de parte de Carl Sagan y Arthur C. Clarke.


La llegada del niño-robot.

                    

Era la décimo tercera jornada de viaje desde Acantha. Los últimos siete días los hicieron hostigados por la tormenta, bajo cielos plomizos, con lluvia en el viento y barro en el camino. Con mejor tiempo, decían soldados y exploradores, ya deberían haber visto refulgir en la distancia los cobrizos pináculos de las torres de Hesperia, la Ciudad Inmortal. Pero no había nada. Nada existía a más de 20 pasos, aparte de ellos mismos, que no fuera lluvia y barro.

Acababan de perder al joven mago, Ephiro, y a dos monturas ghaund. Por culpa de aquella desdicha, y por los continuos atascos de los carromatos, llegaban tarde a su cita con los dioses. Pero, para la mayoría, la muerte de Ephiro puso en perspectiva sus ganas de no hacerlos esperar. “Que les den a los dioses”, murmuraban muchos en la comitiva, aunque enseguida se arrepentían y rogaban en voz baja por que la paciencia fuese virtud de sus divinos anfitriones.

La trágica pérdida del mago fue un duro golpe, que les recordó las palabras de los Augures, antes de salir de Acantha. Palabras impías, sobre reyes traidores. “No llevéis a cabo este viaje”, habían susurrado las voces desde la oscuridad, detrás de las efigies del Templo.

Aquella noche acamparon con un temor instalado en los corazones, sin que los titubeantes fuegos, sacudidos por la lluvia y el viento, bastasen para poner cerco a su desánimo. Las tinieblas parecían cobrar formas siniestras al compás de los gemidos de la tempestad. Pero su empresa era ineludible, pues era la mismísima hermana del rey, la princesa Dido, quien mandaba la comitiva. Y, para ella, volver atrás no era una opción.

Dido y muy pocos más sabían el verdadero propósito de la misión: encontrar pistas sobre la llegada del Enviado. También sabía que jamás debían entrar en la ciudad de los dioses, aún si lograban encontrarla. Pues solo los muertos deambulaban por sus calles. No es que la mayor parte de los miembros de la comitiva no tuviesen conocimiento sobre ciertas leyendas tenebrosas, ligadas a aquel lugar. Pero existían también otras historias, más luminosas, sobre hazañas de guerreros-santos, bendecidos en Hesperia. Ella las usó para inflamar la imaginación de los miembros de la expedición, incluso de los más temerosos. Tergiversó aquellos mitos ancestrales, en los que la soldadesca creía con fervor, y los exhortó a llegar a la Ciudad Inmortal antes de la Tercera Luna para ganarse así el favor de los dioses o, de lo contrario, despertar su ira. “¿Pero no lo hemos hecho ya?”, se preguntaban algunos, a tenor de aquel tiempo del averno.

El verdadero problema para Dido residía en saber que ella no era la única persona que buscaba al Enviado. Por eso, cada momento contaba. Pero tenía que ser la propia ciudad, Hesperia, la que eligiese el momento para mostrarse, así como el modo de hacerlo. El precio, ella bien lo sabía, ya lo habían pagado.

En lo más profundo de la noche, mientras su carromato era mecido con brusquedad por las arremetidas del viento, Dido se rindió por fin a un sueño intranquilo, pero un fuerte empellón, más brusco que los demás, la sacó de su duermevela.

—¿Qué ha sido eso? —exclamó la princesa, en la oscuridad apenas alejada por la mortecina luz de la lámpara de aceite—. Imsu, ¿lo has oído?

Pero el eunuco no respondió. No estaba allí. ¿Dónde se habría metido Imsu, con la noche que hacía? ¿Fuera de la seguridad del carromato, el medroso eunuco? No lo creía. Inquieta, se echó una capa por encima y saltó al exterior. Lo primero que notó fue que el viento se había calmado. De forma asombrosa, no se movía ni una brizna de hierba. También había dejado de llover. Quizá les estaba atravesando el ojo de la tormenta, pensó. Lo segundo que notó fue que estaba sola. Allí no había nadie. Eso la inquietó bastante. De pronto, las tormentosas brumas la cercaron, arremolinándose a su alrededor en una danza casi hipnótica. Sonó un grito, como el que la había despertado, un lamento metálico que fue subiendo en intensidad hasta hacerle vibrar el esternón. Entonces, las brumas se disiparon y el sonido cesó. Ante ella, se materializaron las puertas de una ciudad. No era Hesperia. Era Acantha, su casa… O, más bien, una extraña versión. Una Acantha en ruinas, pero que brillaba envuelta en una luz de plata y espejos, con la gloria de una antigua civilización extinta.

Por las escaleras del Gran Templo bajaba una pequeña figura. Parecía un niño. Era un niño. Un niño de metal.

—Hola —dijo la criatura—. ¿Sabes si estoy muerto?

—No lo creo —respondió Dido—. ¿Quién eres?

—Yo soy… era… ¿Eforo, Aziru? No lo sé, lo he olvidado.

—Dime, esto es un sueño, ¿verdad, pequeño?

—¿Un sueño? ¿Entonces, no estoy vivo?

Dido tuvo miedo de responder a esa pregunta, aunque no supo decirse por qué.

Las escaleras del templo brillaban con una intermitencia enfermiza.

—¿Por qué dices que es un sueño? —dijo el niño de metal, con un mohín.

—Qué va, no lo es —negó Dido. ¿se apiadaba del niño, o le tenía miedo? El pequeño de metal pareció creerla. Se rio.

—Ven —dijo el niño, que la tomó por el brazo—. Es por aquí, es por aquí—. Insistió, tirando de ella hacia la oscuridad del templo.

—¿Qué es lo que es, pequeño? Espera, niño, más despacio.

Dido despertó.

—Alteza, por fin. Me teníais preocupado. —Amsu, el eunuco, tiraba de su brazo, los michelines colgando sobre su cuerpo—. Alteza, están aquí. Las puertas de Hesperia.

—Amsu —reaccionó por fin la princesa—. Tenemos que volver. El Enviado, ya sé dónde encontrarlo. Está en casa, Amsu, en Acantha. Siempre lo ha estado —dijo, asomándose al exterior del carromato.

La luna Acantha, de mismo nombre que su querida ciudad, se alzaba majestuosa y añil, en el cielo de tonos lapislázulis, sobre las puertas de Hesperia.

                       

—Vamos, Zair —exclamó la princesa Dido, aunque ella seguía sentada en su silla de nácar, atusándose los azulados tentáculos ante el espejo.

—Este es un día muy especial —siguió hablando— ¿lo sabes, verdad? Oh, claro que lo sabes, mi pequeño robot particular.

—Por supuesto que lo sé, Alteza…

—No seas tonto, sabes que tú puedes llamarme Dido. Te lo he dicho muchas veces. Para ti soy Dido, porque eres como mi hermanito.

—Claro, Dido. Y sí, lo sé muy bien, eso que decías. Tengo un año, pero no soy tonto. Hoy es el día del Llamamiento. Hoy los prens llamaréis… eh, llamaremos a los dioses.

Ella dejó de hablarle a mi reflejo, se giró y me miró. Estuve seguro de que notó algo en mi voz. Miedo. Pero se refirió a otra cosa. Dijo:

—Has hecho bien al incluirte; que ser diferente no te engañe, porque esto de hoy no sería posible sin ti. Hallarte fue una señal, un milagro. Padre tiene razón, estoy segura de que hoy sí nos escucharán, por fin… Y será gracias a ti, Zair, ¿te das cuenta?

Yo no quería darme cuenta de nada, porque sí, me daba miedo ser el centro de atención. Había temido la llegada de ese día desde que me dijeron que ese día llegaría. Pero asentí. En cuanto a ser diferente, la verdad era que mi cuerpo tenía poco en común con los prens, o con los pérfidos xash. Siempre estuve convencido de que me parecía más a los dibujos de los dioses que había visto en las Enseñanzas. Para mi extrañeza, nunca nadie le dio mucha importancia a ese detalle.

El caso es que Dido había insistido mucho en que tenía que sentirme y comportarme como si fuera un pren. Y no uno cualquiera; uno de la Casa Gobernante, ni más ni menos. Lo de comportarme podía intentarlo, vale. Pero, ¿sentirme? Eso no lo tenía tan claro. En cualquier caso, parecía que a la princesa y a los demás les bastaba con mi comportamiento.

Ella se levantó, por fin.

—Bueno, vamos. Ay, estás monísimo, con tus tentaculitos nuevos —dijo.

Me tendió la mano y abandonamos la habitación de suelos de caprichosas geometrías blancas y negras, iluminadas por el sol de la mañana. Una escolta de dos soldados de la Guardia de Honor de la Casa Gobernante esperaba al otro lado de las puertas. Se pusieron en marcha, detrás de nosotros. Los miré de soslayo, mientras caminaba junto a la joven princesa, seguro de que no me quitaban ojo de encima. Me sentía un poco ridículo, con la tiara con tentáculos artificiales que me habían puesto, pero no me atrevía a decírselo a nadie, y menos a Dido.

Recorrimos el laberinto de pasillos, puentecitos de piedra de mármol pulido y escaleras del interior del palacio, hasta llegar al ascensor de cristal, que nos bajó hasta la base del cráter. En su zona central, se apiñaban las torres del palacio, del que acabábamos de salir, y sus estructuras aledañas. El cráter era una antigua cuenca de impacto de un fragmento de estrella, me había enseñado Zabdás, el profesor de la princesa y, por lo visto, y por añadidura, también el mío. (Por añadidura; eso me decía Eleter, la niña de las cocinas con la me escapaba a veces al exterior, cuando Dido estaba demasiado ocupada. Según ella, respecto a mí todo era siempre “por añadidura”. Creo que la princesa no le caía bien. En una ocasión me dijo que solo los dioses podían tener robots particulares. No sé, la verdad, Eleter era un poco rara —todo lo rara que le podía parecer una pren a un niño-robot rescatado de un pasado desconocido—, pero me caía bien. Un día Dido se enteró de mis correrías junto a ella, y ya no me dejaron verla más).

En menos de lo que se tarda en pensarlo, estábamos en la Plaza Winrún, en el mismo centro del cráter, rodeados por las torres del palacio y las demás estructuras de la Casa Gobernante. Era una plaza más o menos circular, enorme. En el extremo opuesto al palacio, a los pies de la Escalinata del Gran Templo, habían puesto un estrado con una mesa alargada y muchas sillas. Una multitud de prens se había congregado en el lugar. Su visión me alteró bastante. Unos cuantos se dieron la vuelta y, luego, muchos más cuando fueron conscientes de nuestra llegada. La princesa respondió con sonrisas y gestos encantadores, toda llena de gracia, como ella era.

Alguien salió a nuestro encuentro. Era un diácono del templo.

—Por aquí, Alteza —nos indicó, mientras nos abría la puerta de un largo y curvado pasillo, al otro lado de la columnata que rodeaba la plaza. La algarabía de la gente quedó poco a poco reducida a un quedo murmullo, mientras nos adentrábamos en la frescura del interior. Yo estaba hecho un manojo de nervios, pero la presencia de la princesa me llenaba de confianza. Junto a ella, sentía que nada malo podía pasar.