El otro día miré al cielo (micro-relato)

El otro día miré al cielo. Estaba en un lugar de esos que cada vez quedan menos, en los que el ancestral miedo humano a la oscuridad no hace que miles de luces artificiales oscurezcan las estrellas. Vi tantas, que la cabeza me dio vueltas. Quizá, pensé, por eso las silenciamos, porque es la luz de otros lo que de verdad tememos. La posibilidad terrible de no ser nosotros el centro de atención.
El otro día miré al cielo, y sentí que el contacto por radio era inminente, que ya estaban aquí. Puede que no sea cierto para ahora mismo, pero lo es para cada momento. Solo tenemos que apagar la luz, y escuchar…

Quienes quiera que seamos

     Framework Silente y Event Cuántico salieron del portal, que desapareció en una caleidoscópica explosión de colores a sus espaldas. Un leve zumbido se apagó en un punto infinitesimal de la realidad, y un paisaje rural emergió ante ellos lentamente, como si se estuvieran separando para apreciar mejor un cuadro de Van Gogh. Era una escena de tierras de labranza y nubes blancas, que desplazaban sus sombras perezosas sobre los caminos, las montañas y los campos. En el más ancho de aquellos caminos, una carretera de tierra apisonada, una procesión de postes de telégrafo se perdía en la distancia.
     —¿Algún posible testigo a la vista? —preguntó Framework Silente, mientras oteaba la carretera bajo uno de aquellos postes.
     No veía ninguna ciudad, pero enseguida llamó su atención un patrón de destellos de plata, adornando el follaje de un bosque lejano. El Danubio.
     —¿Qué?
     —Que si ves a alguien —dijo el señor Silente, alzando la voz.
     —¿Cómo?
     El señor Silente puso cara de fastidio, aunque el gesto del señor Cuántico no le fue muy a la zaga.
     —¿Puedes hacer el favor de hablar un poco más alto? —dijo el segundo—, no me entero.
     Entonces el señor Silente agarró del brazo a su compañero, y le dijo al oído:
     —Vamos a ver Event, ¿no querrás montar una escenita nada más empezar, verdad?
     —¿Se puede saber qué…? —Fue interrumpido por un dedo del señor Silente, de golpe en sus labios.
     Silencio. Escuchó Event, en su mente.
     Pensaba que habíamos quedado en que nos comunicaríamos de forma ordinaria, para, cito: “no provocar sospechas, como la última vez” Dijo Event en la mente de su compañero, todavía con su dedo en los labios.
     Ya estamos llamando la atención.
     Event se giró entonces hacia donde estaba mirando su colega. Un paisano de aquel tiempo había detenido su auto en la carretera. Emergiendo de la polvareda levantada por el vehículo, el individuo se inclinó cortésmente hacia ellos. Aunque el color y la textura resultaban espléndidos, Event tuvo la impresión de estar viendo una película muda, como las que se hacían en aquella época. Solo entonces se dio cuenta de su torpeza: aún no había activado el audio del mundo.
     —¿Es rarito además de sordo? —escuchó que preguntaba aquel hombre a Framework.
     Su compañero le echó una ojeada.
     —Sí, si… rarito, sí. Una pena ¿verdad? Verá, joven, nos dirigimos a V-Viena, a ver a un especialista, para… para un nuevo tratamiento… para aquí, mi amigo rarito. Pero resulta que no somos de por aquí, ¿sabe?, y nos hemos perdido. ¿Sería tan amable de indicarnos el camino?
     A pesar de comprender al instante el juego que se traía Framework entre manos, Event no pudo evitar indignarse. Sintió que se ruborizaba. Sin embargo, en ese momento solo pudo reparar en lo agradable que le resultó volver a tener sensaciones tan… corpóreas. Era algo adictivo.
     —¿Viena dice? Sí, claro hombre, están de suerte, íbamos hacia allá. Venga, suban, les llevamos.
     —Gracias amigo… —titubeó Framework.
     —Oh, disculpe, Charles, a su servicio.
     Ambos subieron al vehículo, cuyo asiento del copiloto estaba ocupado por una mujer.
     —¿Entonces no han visto nada raro por aquí, una especie de destello, o algo así? —preguntó el hombre.
     —No, de verdad que no —contestó Framework, mirando a su compañero—. ¿Qué cree que pudo haber sido?
     —No sabría decirle, la verdad. Tú también lo viste, ¿verdad, querida? ¿Qué crees que sería?
     —Que te den, Charles —fue todo cuanto dijo la mujer.
Y fue así como los dos viajeros llegaron a Viena, envueltos en un silencio largo e incómodo.

     —Bueno, parece que funciona —dijo Framework.
     —¿Los disfraces? Claro. ¿Por qué no iban a hacerlo? Pero hemos tenido suerte. Si esa mujer no hubiera estado ofuscada por lo que quiera que fuese, podía haber alimentado las sospechas del tal Charles.
     Paseaban tranquilamente a lo largo de una gran avenida, por el centro de la capital del Imperio Austrohúngaro. Contemplaban con disimulado asombro las gentes, los árboles y los monumentos, procurando no llamar la atención. Por más que fuesen vestidos a la moda de aquella época y aquel lugar, los dos habían aprendido por las malas en sus viajes anteriores que lo más importante de un buen disfraz no era el disfraz en sí mismo, sino la actitud de quien lo vestía.
     Había muchas personas en la calle, disfrutando de las últimas horas de la tarde en los cafés que flanqueaban la avenida. Las primeras luces de vapor de mercurio cobraron vida, y arrancaron destellos de las ventanas de los cafés y de los escaparates de las tiendas, algunas de las cuales empezaban ya a cerrar. La tarde se había vuelto desapacible, algo nada raro para los otoños semiinvernales característicos de aquella ciudad. Comenzó a caer una aguanieve débil y dispersa. Por un momento, Event deseó dejar de tener sensaciones físicas. Se cerró mejor el grueso abrigo.
     —No sé —contestó Framework—, supongo que no importa, todas las veces que lo hayamos hecho antes. Cada viaje supone un nuevo desafío. ¿No lo sientes así?
     —Sí. Bueno, creo que te entiendo.
     Event llevaba hechos unos cuantos viajes más que Framework, y entendía perfectamente a su compañero, pero quería aparentar estar más de vuelta de todo.
     —Es bonito esto —dijo.
     —Sí, ya lo creo —contestó Framework, y añadió, pensativo—: Aunque me hubiera gustado poder estar aquí en un tiempo anterior. Ya sabes, para conocer a Beethoven y a Mozart… Siempre he querido saber si de verdad se conocieron en persona. En cualquier caso, dudo mucho que su Viena fuese más bonita que esta. Lástima lo que está a punto de pasarles.
     —Ten cuidado con lo que dices.
     Event observó a las personas con las que se cruzaban por la calle: las señoras de la alta sociedad, con sus coloridos trajes y sus estrafalarios sombreros y guantes a juego; conjuntos especialmente escogidos para el momento social del té de la tarde, que contrastaban con los sobrios trajes oscuros, aunque también elegantes, de los hombres. No parecía que nadie reparase en ellos. Pero debían tener cuidado.
     —No seas paranoico.
     —¿Ahora soy yo el paranoico?
     —Bueno, ya que estamos, visitemos a Sigmund Freud, que lo decida él.
     —Bah —dijo Event, pero se rió.
     No era la primera vez que se enzarzaban en conversaciones así, daba igual dónde y cuándo estuviesen. Lo cierto era que disfrutaban de aquellos momentos. Del hecho de la simple conversación, de la emoción de sentir otra vez las cosas como los seres del pasado. En estas cosas iba pensando Event, mientras hablaban. Envidiaba a los hombres y a las mujeres de todos los lugares que visitaban, porque sabía que para él, para los viajeros del tiempo, momentos como aquel eran algo efímero. Algo casi ilusorio. Como el gozo que se se siente al escuchar una música que termina, dejando tras de sí nada más que el silencio, sin que se te permita seguir disfrutando de un concierto que sabes que aún no ha terminado.
     Event Paró a su compañero.
     —Mira, allí está —dijo, señalando.
     —La Academia de Bellas Artes de Viena —susurró Framework—. Crucemos.
     —¡Cuidado!
     Event puso el brazo por delante del pecho de Framework en el último momento, evitando que éste se lanzase a los pies de los caballos de un carro que pasó como llevado por diablos.
     —Mierda. Gracias… Se ve que tenía prisa, el condenado —exclamó Framework, alzando levemente una ceja en su rostro empalidecido.
     —Venga, vamos Frame. ¿Llevas la recomendación?
     —Sí, aquí la tengo —contestó, echándose la mano al bolsillo del abrigo.

     —Encantado de haberles conocido, señores. Pero me temo que ya poco se puede hacer —dijo el profesor Gregor Rozman. Era un hombre de pelo prematuramente escaso y gris, con un llamativo bigote a la moda. Se trataba de uno de los máximos responsables de los exámenes de admisión de nuevos alumnos en la Academia de Bellas Artes vienesa. Event y Frame habían tardado bastante tiempo en encontrar su despacho, perdido entre otros muchos iguales, en un pasillo abalaustrado que se asomaba a unas grandes escaleras de mármol beis.
Event reparó en los sonidos de las voces y las risas de los últimos estudiantes de la tarde. Sus ecos se diluyeron poco a poco, hasta desaparecer y dejar solo el silencio, más allá de la humosa luz del despacho.
     El hombre apagó su cigarro en el cenicero y se levantó.
     —Pero entonces, lo de ese joven… —dijo Framework.
     —¿Adolf Hitler? No. Olvídenlo. Jamás estudiará en este lugar. No mientras yo viva, al menos —sentenció el hombre. Y la vehemencia de sus palabras hizo que su atiplada voz, que hasta ese momento había sido sosegada, se volviese de pronto más grave, y para nada sosegada.
     —Pero hombre —intervino Frame— ¿no ha visto usted la recomendación?
     Rozman le miró a los ojos. Se sentó de nuevo, exhalando un corto y resoplante suspiro. Dijo:
     —Dígame, señor… perdóneme, lo he olvidado…
     —Pick, Dedrick Pick.
     —Señor Pick, dígame, ¿qué cree usted que es el arte?
     Event lanzó una fugaz mirada de soslayo a su compañero. Quiso decir algo, pero la pregunta había sido retórica.
     —Es un servicio —siguió Rozman—. Un servicio al pueblo, a la gente. A la de ahora, y a la del futuro. Es generosidad y sacrificio, es sufrimiento. Mire, no es nada personal. Llevo años haciendo estas cosas. Los dibujos de ese joven quizá no parezcan tan malos, pero tampoco son nada excepcional. ¿Han visto la obra de Gustav Klimt? Oh, eso, eso es el arte. Es algo que define, pero a la vez reelabora nuestra realidad. Los trabajos de ese muchacho, Hitler, muestran la realidad como algo inerte. Son mediocres. Pero no es eso lo que me llevó a rechazarlo. No fueron sus dibujos. Puede haber gente cuya obra me resulte igualmente insípida, pero en la que vea algo, un potencial. ¿Me entienden? Pero en ese joven, en ese… No.
     Se quedó callado, unos instantes. Luego dijo:
     —Fue… Fueron… Sus ojos. Me hizo sentir… Disculpen. No, miren, les he mentido, sí que es algo personal. Mientras yo ocupe este puesto, ese tal Hitler no será alumno de la Academia de Bellas Artes. Punto final.
     —Que usted no era nada —dijo Framework.
     Event lo miró, alarmado.
     —¿Disculpe? —dijo Rozman.
     —Lo que le hizo sentir, digo, ese joven. Que usted no era nada, que no importaba nada. Que para él era tan importante como esto —dijo, cogiendo el cenicero—, tan útil como este cenicero lo es para usted, porque le sirve para algo; pero en cuanto deje de hacerlo, lo tirará y lo sustituirá por otro. Eso es lo que le hizo sentir.
     —Frame —exclamó Event.
     —¿En serio, “Frame”?
     —¿Y qué más da?, porque se lo vas a decir, ¿no es eso? Vas a pasar ya al plan “B” —afirmó más que pregunto, Event.
     —Sí, es eso —contestó Framework, con un suspiro, tras unos instantes de silencio.
     —Estupendo.
     —¿Plan “B”? ¿Se puede saber de qué hablan, señores? Miren, ya les he ofrecido mucho más tiempo del que debería. Se me hace muy tarde, si no les importa… —dijo el profesor, levantándose de nuevo de su asiento.
     —No, señor Rozman, espere. Le contaremos la verdad. Verá. No somos de aquí.
     —Ya, ya, de eso ya me había dado cuenta. Menudo acento, no se ofendan.
     —Venimos del futuro. Lo sabemos todo sobre usted. Su pasado, su futuro, sus secretos… Cosas que solo es posible que sepa usted. Todo.
     Rozman los miró de hito en hito, primero a Frame, después a Event.
     —Bien —dijo—, estoy esperando. ¿Quién de ustedes se ríe primero? Porque a mí, por lo menos, no me hace gracia. Ya les he dicho que tengo prisa.

     —Parece que ya vuelve— dijo Event, dando palmaditas en la cara a un inconsciente profesor Rozman—. Profesor Rozman, vuelva, ¡profesor!
     —No debiste contarle todos esos detalles de su vida tan de golpe —le acusó su compañero—. Por lo menos, no lo de ese vicio secreto.
     —Oye, la idea de ejecutar el plan “B” fue tuya ¿o no? Yo solo te seguí el juego.
     —Qué… qué… oh, cielos. Menudo mal sueño… —empezó a decir Rozman, mientras volvía a la vida. Pero enmudeció al ver a los dos personajes sobre él, todavía en su despacho.
     —Oh, Dios mío, siguen aquí. No eran producto de mi imaginación. Es una pena, ¿saben? Mi amigo Freud habría tenido un material excepcional, si ustedes dos no fuesen reales.
     —Sin duda, profesor, pero mire, aquí seguimos.
     —Joder, Frame.
     —¿Qué?, qué quieres que le diga. Intento contemporizar. Nunca son cómodas, estas situaciones.
     Rozman se sentó. Parecía resignado. Entonces cogió el cenicero con el puro apagado y lo guardó en un cajón.
     —Se acabó esta mierda. No se lo dirán a nadie, ¿verdad?
     —Descuide, profesor. Nos da igual con qué aderece sus cigarros.
     —Bien, bien. Díganme, entonces, por qué creen que debo admitir a ese Adolf Hitler, que Dios me perdone.
     Los dos viajeros se miraron fugazmente.
     —Al contrario, Dios se lo agradecería —dijo Frame, con una sonrisa.
     Event dirigió a su compañero una mirada de disgusto.
     —Profesor —intervino Event—, verá… estoy seguro de que alguien como usted intuye perfectamente que el Imperio Austrohúngaro es un gigante con pies de barro. El más mínimo altercado puede hacer estallar un nuevo conflicto, y dado el desarrollo actual al que ha llegado la tecnología de la guerra en Europa, donde cada nación parece estar conteniendo el aliento ante la inminencia de algo terrible, cuando llegue ese altercado, que llegará, tendrá consecuencias fatales. A un nivel que el mundo no ha conocido hasta ahora. Le hablo de un conflicto de escala inimaginable.
     —Una gran guerra. Sí, claro, otra más —dijo el profesor— Vale, supongamos que pasa algo así, pero no veo…
     —No otra más. No solo una gran guerra. Le estoy hablando de un conflicto mundial.
     Event, dijo Frame, mentalmente, a su compañero, ¿estás seguro? Quizá no tengamos por qué hacerlo. Quizá esté dispuesto a hacer lo que queremos solo por miedo a que hagamos público lo de su adicción.
     No, Frame. Este hombre es más listo de lo que parece. Creo que lo hemos contaminado. Empezaría a hacerse demasiadas preguntas. Se volvería loco e inservible ya para su tiempo. Además, creo que nos será muy útil. Mejor reclutarlo. Nos lo llevaremos.

¿Y qué pasa con Hitler?
Que pase lo que tenga que pasar. Seguramente ya nunca vuelva a intentarlo, en este tiempo. Seguiremos con lo que tenemos. Probaremos otras cosas.

     Rozman se removió en el asiento, visiblemente incómodo, durante el silencio que siguió a las palabras de Event sobre un conflicto mundial.
     —Pero ¿qué tiene que ver todo esto con Hitler? —dijo. Event creyó notar miedo en su voz, y también en su mirada.
     —Usted lo vio. Lo sabe. Puede imaginarlo. Los tiempos de conflictos y calamidades, profesor, son campo abonado para que surjan los héroes. Y sabe tan bien como nosotros, que lo hemos visto en acción, que cuando el pueblo necesita héroes, no suele tener la sabiduría que hace falta para diferenciar entre héroes buenos y héroes malos. Adolf Hitler será uno de esos héroes. El peor de ellos. La Primera Guerra Mundial, que ustedes conocerán como la Gran Guerra, se llamará así cuando de forma casi consecutiva haya una segunda, provocada por un tratado de paz torpe y vengativo, que ahogará a la nación perdedora: Alemania.
     —¿Alemania perderá? E imagino que con ella caerá nuestro Imperio —dijo Rozman.
     —Su intuición le sirve bien, profesor —intervino Frame.
     —Una gran crisis económica, como el mundo moderno jamás ha visto —siguió Event su relato del futuro—, azotará a todas las naciones, y las tesis marxistas se extenderán por el Este, donde la fuerza proletaria derrocará el imperio de los zares. En la Alemania debilitada por la Gran Guerra y por la crisis, el comunismo cobrará presencia, fuerza y poder, las opiniones de unos y otros se harán extremas. Los líderes populistas se alzarán, exacerbarán el miedo y convencerán a los votantes. Usted vio los ojos de ese joven. Intuyó el mal insondable que anida en su corazón. Imagínese a ese joven sin oficio ni beneficio, despechado por usted y su Academia, después de haber luchado en la Guerra, aguardando una oportunidad para dar rienda suelta a su narcisismo y a su psicopatía. La política será el escenario perfecto para sus maléficas virtudes.
     —Dios mío —exclamó Rozman, en voz baja, con la mirada perdida—. Es espantoso.
     —Lo ve ya, ¿verdad? —continuó Event—. Ve al romántico y apasionado, pero malvado hasta la médula, Adolf Hitler; ve cómo solivianta a las masas y llega al poder, gracias al miedo de la gente al comunismo. Y, de igual modo, otros líderes surgirán en el bando comunista, en Rusia, apoyándose en el hambre y la miseria de la gente. Unos y otros llevarán a cabo los más horribles actos a los que la humanidad se haya enfrentado jamás.
     »Y no usarán solo el miedo al comunismo. También el odio a los judíos, que serán estigmatizados como nunca, antes. ¿Es usted judío, verdad, profesor Rozman? Su familia sufrirá. Serán deportados, y exterminados. Todo porque usted un día no quiso cambiar el curso de la historia, y permitir que ese joven, Adolf Hitler, estudiase lo que quería. Pero ahora ya da igual. Tendrán que hacerlo otros…
     Hubo un momento de silencio. Solo se escuchaba el repiqueteo de una lluvia intermitente allá arriba, contra la cristalera que hacía de tragaluz, al otro lado de la mampara del despacho. Sus colores hacía tiempo que se habían apagado. La noche avanzaba, inexorable.
     —Claro. Por supuesto. Lo entiendo. Lo haré… Déjenme hacerlo. Aún puedo admitir a Adolf Hitler. ¿Pero creen que ese simple hecho bastará, que, con una simple y pequeña decisión como esta, yo, Gregor Rozman, tengo el poder para cambiar el curso de la historia?
     —Es una pregunta inteligente, profesor —dijo Frame—. Y la respuesta es que no lo sabemos. No podemos estar seguros de que con eso baste. Puede que sí, que el poder que emana de una sola persona, en el momento y el lugar indicados, sea suficiente para catalizar una sucesión de desgracias fatales para la humanidad entera, o puede que no sea solo eso. Puede que, aunque usted admitiese a Hitler, surgiesen otras personas u ocurriesen otras cosas que desconocemos.
     —En realidad, profesor, tendrá que ser ya en otro universo —intervino ahora Event—. No es la primera vez que es usted visitado por viajeros del futuro. Sí por nosotros, pero ya han venido aquí antes, otros compañeros. Quizá no fue usted, sino su usted de otros universos, muy similares a este en el que nos encontramos. A eso nos dedicamos, ese es nuestro trabajo. Cambiamos pequeños detalles, modelamos el tiempo. Experimentamos. No podemos intervenir directamente, sino a través de ustedes. Estudiamos los posibles cursos de la historia, en busca de un futuro que nos satisfaga.
     —P… pero, entonces, dijo Rozman, secándose la frente con un pañuelo—, por qué empezar por aquí, y no mucho antes, en otro tiempo, de forma que todo lo que somos ahora fuese ya muy distinto, de tal modo que quizá ni Hitler ni yo existiríamos.
     —Pero es que sí lo hacemos, profesor —contestó Event—. Claro que lo hacemos. Los universos son infinitos, y no podemos verlos todos. Pero hay muchos más compañeros, que viajan y dan forma a nuevos sucesos, en muchos más universos y tiempos. En muchos de ellos, efectivamente, toda esta época es muy distinta. Nuestro trabajo se centra en esta época y este momento concretos. Se centra en usted, y en sus decisiones. Así de sencillo.
     —Así de sencillo —dijo el profesor, con un hilo de voz, y soltó una risilla algo histérica.
     —Verá, señor Rozman —volvió a hablar Event—, pueden salir muchas cosas mal, aunque Hitler deje de ser un peligro. De hecho, ya las hemos visto. Mundos en los que la izquierda llega al poder en Alemania, y esta se alía con la Unión Soviética. En esos mundos Japón no llega a atacar a los Estados Unidos, porque no tiene aliados, y no se atreve, así estos nunca entran en guerra. Al final, los bloques occidental y comunista se equilibran, porque los soviéticos tampoco llegan a tener una excusa para penetrar más hacia el este en Europa. Pero todo esto a usted no le importa, claro. No sé por qué se lo cuento. Bueno, o sí, lo sé. Creo que ya tenemos confianza suficiente, ¿no es así, señor Rozman? Que ya somos amigos. Creo que es hora de que nos vea como somos, en realidad. Es hora de que se una a nosotros.
     Event Cuántico miró a Framework Silente. Ante los ojos de Rozman, sus figuras humanas se fundieron, como si sus colores en la realidad fuesen brochazos de un cuadro impresionista, hasta quedar de ellos solo la luz que animaba sus formas. Entonces, Rozman escuchó una voz en su mente. No eran palabras que existiesen, no eran palabras humanas. Pero entendió lo que decían.
     Eres solo una pequeña parte de nuestro trabajo. Ahora vendrás con nosotros, y verás todo el conjunto, pues tu tiempo en este universo se acaba aquí y ahora.
     El ser que ya no era Gregor Rozman se sintió flotar, por encima de la realidad. Vio el cuerpo de alguien que le sonaba vagamente, tirado en el suelo de un extraño despacho. La voz siguió diciendo, en su mente:
     Nuestro trabajo no es evitar una guerra. Seguramente te suene cruel, pero nos da igual tu sufrimiento y el de tu familia —¿familia, qué familia?—. Estamos por encima de todas esas cosas. Nuestra misión, la razón de nuestra existencia, es viajar y moldear las historias posibles, en busca de un futuro concreto, entre los universos a los que podemos acceder. Es un futuro que hasta ahora no hemos sido capaces de encontrar. Uno en el que, más allá de cierto tiempo, el ser humano no termine por extinguirse y dejarnos solo a nosotros, quienes quiera que seamos.

Elether

Examiné el libro de Elether a la luz del pequeño candil de latón. Observé los dibujos, mientras pasaba despacio las ajadas páginas, porque tenía miedo de rasgarlas con mis torpes manos de metal. 

—¿Qué significa el título? —le pregunté.

—Tiene que ver con Hesperia, la Ciudad de los Muertos —contestó ella.

No pareció dispuesta a añadir más. Se limitó a mirarme, en silencio, como sopesando algo. A mí, pensé. Me sentí incómodo.

Elether era uno de los pocos prens que siempre me trataba de forma natural. Tenía su mérito, porque yo era un robot, una leyenda rescatada del pasado. Me parecía en pocas cosas a los prens. Aun así, al descubrirme, me llamaron “el Enviado”, y me convertí en la posesión favorita de su princesa, Dido. Nunca estuve seguro de que Dido me quisiese de verdad, durante el año que pasamos juntos, pero yo la admiraba. Ahora no podía dejar de pensar en ella, profundamente consternado por lo sucedido el día anterior.

—¿Podremos ayudar a Dido gracias a este libro?

Elether no contestó. Busqué su mirada, inquisitivo, pero no me gustó lo que vi en sus almendrados ojos esmeralda.

Miré a través de la ventana de la pequeña cabaña, el refugio secreto de Elether. La tarde habría sido la de una hermosa primavera, en otras circunstancias. La luna añil acababa de ponerse. Las sombras se apagaban en aquella parte del mundo y los pájaros enmudecían en los árboles. La noche reclamaba ya su reino. A lo lejos, por encima de las copas de los arces, pinos y robles (y otras especies más exóticas que no conocía), sobresalían, diminutas, las torres de Acantha. No podía borrar de mi cabeza los terribles sucesos del día anterior. Incluso hasta allí arriba llegaba el pestilente aroma del azufre, aunque la cabaña estaba a una legua de la ciudad, en la linde de un bosque que terminaba en un barranco.

En parte para tranquilizarme, en parte para quitarme el sulfuroso olor del cuerpo metálico, Elether me había desnudado y lavado con el agua de un pequeño barreño. Allí todo era pequeño. La cabaña tenía aquella única habitación. Cuando estuve seco, ella me dio uno de sus viejos camisones, que olía como el bosque. Como era menuda, me quedaba bien. Más o menos.

—No sé si podremos ayudarla, Zair —dijo, cuando yo ya casi había olvidado la pregunta—. Apenas puedo descifrar lo que dice el libro. Pero no es por eso por lo que quería enseñártelo. Hazme caso, y mira bien los dibujos.

—Me dan igual los dibujos. Estoy preocupado por Dido.

—Ya, pero ahora no se trata solo de ti, ni de tu preocupación por la princesa. Se trata de toda Badhia-Yamina, y quién sabe si todavía más allá.

¿Por qué tenía que importarme a mí lo que hubiese más allá del país de Badhia-Yamina? Apenas me interesaba nada de lo que hubiese en Acantha, fuera de las habitaciones de la princesa. Yo solo era un robot particular. Su robot particular. Pero Elether, al igual que Dido, tenía opiniones muy fundadas sobre mi importancia en las cosas de los prens; aunque, como comprendí después, por motivos diferentes.

Sonó un pitido. Elether sacó del fuego una vieja tetera de cobre, con un trapo, y vertió un líquido verdoso y humeante, que olía a menta y a eucalipto, en una taza de madera astillada. Además del poco espacio, allí todo estaba viejo y gastado, como aquella taza. Aun así, se trataba de un refugio acogedor. ¿Siempre había pertenecido a Elether? Desde luego, estaba llena de misterios, demasiados, para una simple pinche de cocina.

Me ofreció la taza. Estaba muy caliente.

—Te sentará bien —dijo—. Tienes que dormir. Ya seguiremos hablando de todo esto.

—No tengo sueño —protesté.

—Para eso precisamente es esta bebida, tonto. Bébetela, te sentará bien dormir un poco, después de todo lo que ha pasado.

Le di un sorbo. Sabía fatal, muy amarga, pero en cierto modo me agradó. Entre la bebida y la fragancia a cosas del bosque que impregnaba la cabaña, conseguí casi olvidarme del regusto del azufre.

—Elether, ¿qué son “los Eidola”?

—Nada de lo que debamos hablar tan cerca de la noche.

—Pues no voy a dormirme hasta que me digas algo. —Mi preocupación por la suerte de Dido era más fuerte que mi miedo a esos Eidola, fueran lo que fuesen—. No pienso dormirme —insistí.

En ese momento, y pese a mí mismo, me entraron unas ganas enormes de bostezar. Pero me tragué el bostezo y seguí mirándola, impertérrito.

Elether suspiró. Por lo que fuese, decidió satisfacer mi curiosidad.

—“Los Eidola” es el nombre con el que los Antiguos se referían a los Muertos de Hesperia. Son espíritus que no pertenecen a este mundo. Seres etéreos que odian todo lo que está vivo y que están deseando corrompernos, poseernos. Eso es lo que le ha pasado a Dido, Zair. Y me temo que ya no hay nada que podamos hacer por ella. Por ninguno de ellos.

A medida que pronunció las palabras, fue subiendo el tono de amenaza, a pesar de que todo lo dijo en susurros. Me estremecí. Por un instante, me pareció que no era ella quien hablaba, como había pasado con Dido y los demás, la tarde anterior, cuando intentaron comunicarse con los dioses.

—Vale, Elether —dije, con un hilo de voz—. Prefiero seguir hablando de esto mañana, si no te importa.

Ella rio, y fue una risa espontánea y alegre, que rompió de inmediato mi sensación de horror. De hecho, fue como si esa sensación no hubiese existido. Pero se me habían juntado ya demasiadas emociones. Perdí la compostura y me puse a llorar, como el niño que era. De metal, pero niño, al fin y al cabo.

—Zair, qué te pasa —dijo ella, arrastrando las palabras con cariño.

—Nada.

—Vamos, solo he usado un poco de magia de ilusión, para dar más dramatismo a las palabras. Me sale casi sin querer, ya lo sabes.

—Elether, es que… Dido, yo pensé… —empecé a hipear, y no pude decir más.

Ella me agarró de la mano.

—Vamos, vamos, Zair, todo un robot, llorando. Si te viese quien te construyó. ¿Sabes? Antes nunca hubiera imaginado que los robots particulares pudieseis llorar, beber, dormir, sentir las cosas que tocáis… Cuando era pequeña pensaba que solo erais una leyenda.

Ella me había contado, cuando todavía trabajaba en las cocinas del palacio y nos escapábamos a veces al exterior, que los robots particulares eran una especie de sirvientes de los dioses, cuando estos todavía vivían en el mundo, antes de abandonarlo. Según ella, los dioses nos habían hecho a su imagen y semejanza, porque no podían tener hijos.

—¿Y si yo tengo la culpa de todo lo que está pasando? —gimoteé—. Porque si yo era solo una leyenda y estoy aquí, entonces, de algún modo, los espíritus malos, los Eidola, quizá están aquí por mi culpa.

Aquello llevaba atormentándome todo el día. Aunque se trataba de un temor latente en mí, desde hacía algún tiempo; algo que no acababa de identificar ni comprender.

—Tú no tienes la culpa de nada, Zair. La Casa Gobernante jugó con cosas que era mejor dejar tranquilas. Mira —dijo—, ¿ves esta ilustración?

—La Ciudad de los Muertos. Hesperia.

—Sí. Mira —señaló algo con el dedo.

—El cáliz —exclamé.

—Como el que me dijiste que encontró la princesa, en el viaje de la Gran Tormenta, después de verte en un sueño.

—Lo encontró al lado de los muros de Hesperia. Fue el Nexo que usaron ayer, en la ceremonia.

—Lo sé, dijo Elether.

Un búho ululó en el bosque. Me fijé en que ya titilaban las estrellas entre las ramas de los árboles, más allá de la ventana. Las raídas cortinas se agitaron. Sentí frío, pese a la bebida caliente. Elether se acercó a cerrar los postigos, mientras decía:

—La mayor parte de la gente no lo sabe, porque a los nobles acanthianos nunca les ha interesado que se sepa esta verdad. Pero, mira lo que he descubierto —dijo, acercándose.

      —No puedo leerlo todo, pero entiendo algunas palabras. Conseguí una traducción del índice del libro —dijo, orgullosa—. Esta palabra, “Devatar”, en el pasado remoto se usaba para denominar a los dioses, en la Antigua Lengua. Pues bien, en aquellos tiempos, esa misma palabra se usaba también para los Muertos. Tengo que consultarlo con alguien que conozco, pero creo que, al intentar hablar con los dioses, el rey y su hermana, tu querida princesa, han abierto las puertas de Hesperia. Han dejado salir a los Muertos.

—Entonces, Dido…

Ella me puso un dedo en los labios.

—No, no más Dido por hoy. Descansa, Zair. Duérmete ya —susurró—. Mañana tenemos que irnos, y será un viaje muy largo. Tienes que coger fuerzas.

¿Irnos? ¿A dónde? Yo no quería irme a ningún sitio. Yo quería volver a Acantha, con Dido. Pero estaba demasiado cansado para replicar. De pronto, el sueño cayó como una losa que ya no hubo forma de apartar.

Lo último que recuerdo es a Elether, cogiéndome en brazos. No tuve ningún sueño.

Minotauro reedita en octubre Marte Rojo, de kim Stanley Robinson, en su colección “Esenciales”.

Aprovechando que Minotauro reeditará en octubre Marte Rojo, de Kim Stanley Robinson, voy a comentar algunas curiosidades sobre esta obra, sobre todo para quienes no la conozcan.

Lo primero que llama la atención de esta reedición (además de una portada que, como la anterior, no está a la altura del contenido) es que forma parte de la colección “esenciales” de Minotauro, con títulos de autores legendarios, como Philip K. Dick, Ursula K. Le Guin, Ray Bradbury o Frederick Pohl. No estamos hablando de cualquier cosa.

Marte Rojo forma parte de una trilogía, compuesta por Marte Rojo, Marte Verde y Marte Azul, que cuenta la historia de la colonización de Marte desde una perspectiva realista en lo científico (con algunos peros) no reñida con un tono de utopía.

Entre los tres libros el autor ganó varios premios Nebula, Hugo y Locus, que son los tres más importantes del género. La trilogía de Marte pertenece al subgénero de la ciencia ficción dura, que se caracteriza por dar especial importancia a los detalles científicos.

Se ha dicho muchas veces de distintas obras posteriores a Juego de Tronos, ya fuesen novela o audiovisual, fantasía o ciencia ficción, que eran “la nueva Juego de Tronos”. Bien, yo lo voy a decir de la trilogía de Marte, con una salvedad: que están escritos antes.

Porque las novelas nos cuentan la historia de un posible futuro de la humanidad en Marte, a través de muchos años y muchos personajes. Si bien hemos dicho que se trata de ciencia ficción dura, la ambición y el propósito del autor van mucho más allá de esa etiqueta.

Robinson plasma un Marte en el que la humanidad experimenta nuevas formas sociales, económicas y religiosas; un mundo en el que caben la utopía, la reflexión filosófica y hasta la invención de un folclore propio, además de los aspectos científicos, en la trama.
Pero lo narrado no deja, a pesar de todo ello, de estar lleno de situaciones de acción, riesgo y emoción, que se sienten como únicas en el marco del Marte que nos presenta el autor, que estuvo años estudiando de fuentes de la propia NASA todo lo relativo al planeta Rojo.

La trama principal gira en torno a la evolución de la nueva sociedad humana que se va creando en Marte y sus desavenencias con la vieja Tierra, pero trata también a la vez de las desavenencias entre los propios marcianos: entre aquellos que creen que Marte debe ser terraformado para acomodarlo lo más posible al ser humano, y los que creen que debe conservarse como está y que la humanidad no tiene derecho a hacer lo que quiera con otros mundos.

El Marte de Kim Stanley Robinson es el más realista que se haya descrito en una obra de ficción, y quizá, precisamente por eso, el más extraordinario. Porque todo resulta más creíble.
Nos hace imaginar hechos que cortan el aliento, pero que creemos que algún día podrían pasar de forma parecida. Yo hace más de 20 años que terminé de leer la trilogía y aún hoy, cuando imagino un Marte humano, mis sensaciones vienen sobre todo de aquellas novelas. Recuerdo muchas imágenes y sensaciones que me dejaron esos libros; quizá no sea exagerado decir, desde cierto punto de vista poético, como quien recuerda el futuro, o un futuro.

Poco más tengo que decir. Solo tres detalles. Uno, sobre la hipótesis usada por el autor, y por casi todos los autores de ciencia ficción, de que los humanos marcianos serán más altos y delgados; estudios posteriores han sugerido que en realidad puede ser justo al contrario… Si los humanos nacidos en Marte han de evolucionar en una gravedad más débil, más débiles serán sus huesos, y necesariamente más cortos, en humanos de tallas más achaparradas, para no quebrarse. Si bien, a través de la ingeniería genética, tema presente en la trilogía, todo es posible, sobre todo si sumamos la nanotecnología a la ecuación… pero me voy ya por los cerros de Úbeda.

Otra cosa que quería comentar, es que desde principios de este siglo (las novelas se publicaron en los 90) se vienen haciendo varios intentos de llevar la trilogía a las pantallas. James Cameron tuvo en su tiempo los derechos para ello, pero luego los cedió. Más recientemente Spike TV estuvo más cerca de cristalizar una serie de 10 episodios para el primer libro, Marte Rojo, pero desavenencias entre Spike y diferentes showrunners (lo que quizá indique que la culpa es de Spike TV) relegaron el proyecto, hasta hoy, que sigue congelado. Esperemos que no por mucho tiempo, dada la mediocridad de todas las películas sobre Marte que se han hecho hasta ahora, incluída The Martian. Me refiero sobre todo a la falta de talento, seriedad y rigurosidad para imaginar un Marte humano más posible, en el que Marte sea algo más que un mero decorado de cartón piedra o efectos especiales que no dan la talla, quizá porque tampoco las historias la dan. El planeta rojo solo ha sido hasta ahora una excusa argumental, pero nunca el verdadero protagonista, en ninguna de esas películas, como sí lo es en la obra de Robinson.

Información extraída de la Wikipedia en inglés:

Marte Verde y la portada de Marte Rojo se incluyeron en un DVD que viajó con el Phoenix, un módulo de aterrizaje de la NASA que aterrizó con éxito en Marte en mayo de 2008.
La Primera Biblioteca Interplanetaria está destinada a ser una especie de cápsula del tiempo para futuros exploradores y colonos de Marte.
En el DVD también están obras como “Las Crónicas Marcianas” de Ray Bradbury, “La Guerra de los Mundos” de H. G. Wells, así como la retransmisión de esta que hizo en la radio Orson Welles, y los mapas del planeta realizados por Percival Lowell en el siglo XIX.
También contiene mensajes dirigidos a los futuros exploradores y colonizadores de Marte, de parte de Carl Sagan y Arthur C. Clarke.


Pagar por ver estrenos en plataformas es normal, y quien no lo entienda es que no se entera de en qué mundo vive.

Mulan, que costará 21,99 euros en Disney +, ha encendido el debate en las Redes, generando gran cantidad de críticas, tan airadas como irracionales.

Una familia o un grupo de amigos se gastan normalmente más de 20 euros en ver una película en el cine. Vale que por cabeza no serán más de 10 euros, pero a ese gasto hay que sumar el transporte y la comida que consumes en el cine, o bien la cena o merienda pertinentes, antes o después de ver la película. Todo ese gasto para ver un estreno mundial, solo una vez.

Con esta nueva forma de entender el cine estarás pagando, por cada casa, esos 22 euros, para poder ver un estreno mundial en exclusiva, en la plataforma en la que estás suscrito, tantas veces como quieras, o quizá incluso descargártela.

¿Cuánto cuesta comprar una película en Blu-Ray o DVD? Más o menos ese precio, y varios meses después de su estreno. Ahora estás pagando lo mismo, para poder disfrutarla EN CASA, desde su mismísimo estreno. Esto, en un mundo cada vez más inseguro, y con cada vez más gente maleducada y menos control de esa gente maleducada en los cines, se traduce, tal como yo lo veo, en solo ventajas. Más en una época en la que los grandes televisores de pantalla plana ya son asequibles para casi cualquier trabajador.

No hay excusas. Cualquier protesta que se haga es irracional. “Pero si es que ya estoy pagando una suscripción…”, dicen algunos. Vale… ¿Y…? Esa suscripción NO tiene por qué incluir estrenos cinematográficos. Que algunas películas se hayan estrenado directamente en Netflix no debe hacernos perder el norte, y dejar de comprender que para que el cine exista el consumidor debe seguir pagando el precio que cuesta una entrada de cine.

La llegada del niño-robot.

                    

Era la décimo tercera jornada de viaje desde Acantha. Los últimos siete días los hicieron hostigados por la tormenta, bajo cielos plomizos, con lluvia en el viento y barro en el camino. Con mejor tiempo, decían soldados y exploradores, ya deberían haber visto refulgir en la distancia los cobrizos pináculos de las torres de Hesperia, la Ciudad Inmortal. Pero no había nada. Nada existía a más de 20 pasos, aparte de ellos mismos, que no fuera lluvia y barro.

Acababan de perder al joven mago, Ephiro, y a dos monturas ghaund. Por culpa de aquella desdicha, y por los continuos atascos de los carromatos, llegaban tarde a su cita con los dioses. Pero, para la mayoría, la muerte de Ephiro puso en perspectiva sus ganas de no hacerlos esperar. “Que les den a los dioses”, murmuraban muchos en la comitiva, aunque enseguida se arrepentían y rogaban en voz baja por que la paciencia fuese virtud de sus divinos anfitriones.

La trágica pérdida del mago fue un duro golpe, que les recordó las palabras de los Augures, antes de salir de Acantha. Palabras impías, sobre reyes traidores. “No llevéis a cabo este viaje”, habían susurrado las voces desde la oscuridad, detrás de las efigies del Templo.

Aquella noche acamparon con un temor instalado en los corazones, sin que los titubeantes fuegos, sacudidos por la lluvia y el viento, bastasen para poner cerco a su desánimo. Las tinieblas parecían cobrar formas siniestras al compás de los gemidos de la tempestad. Pero su empresa era ineludible, pues era la mismísima hermana del rey, la princesa Dido, quien mandaba la comitiva. Y, para ella, volver atrás no era una opción.

Dido y muy pocos más sabían el verdadero propósito de la misión: encontrar pistas sobre la llegada del Enviado. También sabía que jamás debían entrar en la ciudad de los dioses, aún si lograban encontrarla. Pues solo los muertos deambulaban por sus calles. No es que la mayor parte de los miembros de la comitiva no tuviesen conocimiento sobre ciertas leyendas tenebrosas, ligadas a aquel lugar. Pero existían también otras historias, más luminosas, sobre hazañas de guerreros-santos, bendecidos en Hesperia. Ella las usó para inflamar la imaginación de los miembros de la expedición, incluso de los más temerosos. Tergiversó aquellos mitos ancestrales, en los que la soldadesca creía con fervor, y los exhortó a llegar a la Ciudad Inmortal antes de la Tercera Luna para ganarse así el favor de los dioses o, de lo contrario, despertar su ira. “¿Pero no lo hemos hecho ya?”, se preguntaban algunos, a tenor de aquel tiempo del averno.

El verdadero problema para Dido residía en saber que ella no era la única persona que buscaba al Enviado. Por eso, cada momento contaba. Pero tenía que ser la propia ciudad, Hesperia, la que eligiese el momento para mostrarse, así como el modo de hacerlo. El precio, ella bien lo sabía, ya lo habían pagado.

En lo más profundo de la noche, mientras su carromato era mecido con brusquedad por las arremetidas del viento, Dido se rindió por fin a un sueño intranquilo, pero un fuerte empellón, más brusco que los demás, la sacó de su duermevela.

—¿Qué ha sido eso? —exclamó la princesa, en la oscuridad apenas alejada por la mortecina luz de la lámpara de aceite—. Imsu, ¿lo has oído?

Pero el eunuco no respondió. No estaba allí. ¿Dónde se habría metido Imsu, con la noche que hacía? ¿Fuera de la seguridad del carromato, el medroso eunuco? No lo creía. Inquieta, se echó una capa por encima y saltó al exterior. Lo primero que notó fue que el viento se había calmado. De forma asombrosa, no se movía ni una brizna de hierba. También había dejado de llover. Quizá les estaba atravesando el ojo de la tormenta, pensó. Lo segundo que notó fue que estaba sola. Allí no había nadie. Eso la inquietó bastante. De pronto, las tormentosas brumas la cercaron, arremolinándose a su alrededor en una danza casi hipnótica. Sonó un grito, como el que la había despertado, un lamento metálico que fue subiendo en intensidad hasta hacerle vibrar el esternón. Entonces, las brumas se disiparon y el sonido cesó. Ante ella, se materializaron las puertas de una ciudad. No era Hesperia. Era Acantha, su casa… O, más bien, una extraña versión. Una Acantha en ruinas, pero que brillaba envuelta en una luz de plata y espejos, con la gloria de una antigua civilización extinta.

Por las escaleras del Gran Templo bajaba una pequeña figura. Parecía un niño. Era un niño. Un niño de metal.

—Hola —dijo la criatura—. ¿Sabes si estoy muerto?

—No lo creo —respondió Dido—. ¿Quién eres?

—Yo soy… era… ¿Eforo, Aziru? No lo sé, lo he olvidado.

—Dime, esto es un sueño, ¿verdad, pequeño?

—¿Un sueño? ¿Entonces, no estoy vivo?

Dido tuvo miedo de responder a esa pregunta, aunque no supo decirse por qué.

Las escaleras del templo brillaban con una intermitencia enfermiza.

—¿Por qué dices que es un sueño? —dijo el niño de metal, con un mohín.

—Qué va, no lo es —negó Dido. ¿se apiadaba del niño, o le tenía miedo? El pequeño de metal pareció creerla. Se rio.

—Ven —dijo el niño, que la tomó por el brazo—. Es por aquí, es por aquí—. Insistió, tirando de ella hacia la oscuridad del templo.

—¿Qué es lo que es, pequeño? Espera, niño, más despacio.

Dido despertó.

—Alteza, por fin. Me teníais preocupado. —Amsu, el eunuco, tiraba de su brazo, los michelines colgando sobre su cuerpo—. Alteza, están aquí. Las puertas de Hesperia.

—Amsu —reaccionó por fin la princesa—. Tenemos que volver. El Enviado, ya sé dónde encontrarlo. Está en casa, Amsu, en Acantha. Siempre lo ha estado —dijo, asomándose al exterior del carromato.

La luna Acantha, de mismo nombre que su querida ciudad, se alzaba majestuosa y añil, en el cielo de tonos lapislázulis, sobre las puertas de Hesperia.

                       

—Vamos, Zair —exclamó la princesa Dido, aunque ella seguía sentada en su silla de nácar, atusándose los azulados tentáculos ante el espejo.

—Este es un día muy especial —siguió hablando— ¿lo sabes, verdad? Oh, claro que lo sabes, mi pequeño robot particular.

—Por supuesto que lo sé, Alteza…

—No seas tonto, sabes que tú puedes llamarme Dido. Te lo he dicho muchas veces. Para ti soy Dido, porque eres como mi hermanito.

—Claro, Dido. Y sí, lo sé muy bien, eso que decías. Tengo un año, pero no soy tonto. Hoy es el día del Llamamiento. Hoy los prens llamaréis… eh, llamaremos a los dioses.

Ella dejó de hablarle a mi reflejo, se giró y me miró. Estuve seguro de que notó algo en mi voz. Miedo. Pero se refirió a otra cosa. Dijo:

—Has hecho bien al incluirte; que ser diferente no te engañe, porque esto de hoy no sería posible sin ti. Hallarte fue una señal, un milagro. Padre tiene razón, estoy segura de que hoy sí nos escucharán, por fin… Y será gracias a ti, Zair, ¿te das cuenta?

Yo no quería darme cuenta de nada, porque sí, me daba miedo ser el centro de atención. Había temido la llegada de ese día desde que me dijeron que ese día llegaría. Pero asentí. En cuanto a ser diferente, la verdad era que mi cuerpo tenía poco en común con los prens, o con los pérfidos xash. Siempre estuve convencido de que me parecía más a los dibujos de los dioses que había visto en las Enseñanzas. Para mi extrañeza, nunca nadie le dio mucha importancia a ese detalle.

El caso es que Dido había insistido mucho en que tenía que sentirme y comportarme como si fuera un pren. Y no uno cualquiera; uno de la Casa Gobernante, ni más ni menos. Lo de comportarme podía intentarlo, vale. Pero, ¿sentirme? Eso no lo tenía tan claro. En cualquier caso, parecía que a la princesa y a los demás les bastaba con mi comportamiento.

Ella se levantó, por fin.

—Bueno, vamos. Ay, estás monísimo, con tus tentaculitos nuevos —dijo.

Me tendió la mano y abandonamos la habitación de suelos de caprichosas geometrías blancas y negras, iluminadas por el sol de la mañana. Una escolta de dos soldados de la Guardia de Honor de la Casa Gobernante esperaba al otro lado de las puertas. Se pusieron en marcha, detrás de nosotros. Los miré de soslayo, mientras caminaba junto a la joven princesa, seguro de que no me quitaban ojo de encima. Me sentía un poco ridículo, con la tiara con tentáculos artificiales que me habían puesto, pero no me atrevía a decírselo a nadie, y menos a Dido.

Recorrimos el laberinto de pasillos, puentecitos de piedra de mármol pulido y escaleras del interior del palacio, hasta llegar al ascensor de cristal, que nos bajó hasta la base del cráter. En su zona central, se apiñaban las torres del palacio, del que acabábamos de salir, y sus estructuras aledañas. El cráter era una antigua cuenca de impacto de un fragmento de estrella, me había enseñado Zabdás, el profesor de la princesa y, por lo visto, y por añadidura, también el mío. (Por añadidura; eso me decía Eleter, la niña de las cocinas con la me escapaba a veces al exterior, cuando Dido estaba demasiado ocupada. Según ella, respecto a mí todo era siempre “por añadidura”. Creo que la princesa no le caía bien. En una ocasión me dijo que solo los dioses podían tener robots particulares. No sé, la verdad, Eleter era un poco rara —todo lo rara que le podía parecer una pren a un niño-robot rescatado de un pasado desconocido—, pero me caía bien. Un día Dido se enteró de mis correrías junto a ella, y ya no me dejaron verla más).

En menos de lo que se tarda en pensarlo, estábamos en la Plaza Winrún, en el mismo centro del cráter, rodeados por las torres del palacio y las demás estructuras de la Casa Gobernante. Era una plaza más o menos circular, enorme. En el extremo opuesto al palacio, a los pies de la Escalinata del Gran Templo, habían puesto un estrado con una mesa alargada y muchas sillas. Una multitud de prens se había congregado en el lugar. Su visión me alteró bastante. Unos cuantos se dieron la vuelta y, luego, muchos más cuando fueron conscientes de nuestra llegada. La princesa respondió con sonrisas y gestos encantadores, toda llena de gracia, como ella era.

Alguien salió a nuestro encuentro. Era un diácono del templo.

—Por aquí, Alteza —nos indicó, mientras nos abría la puerta de un largo y curvado pasillo, al otro lado de la columnata que rodeaba la plaza. La algarabía de la gente quedó poco a poco reducida a un quedo murmullo, mientras nos adentrábamos en la frescura del interior. Yo estaba hecho un manojo de nervios, pero la presencia de la princesa me llenaba de confianza. Junto a ella, sentía que nada malo podía pasar.

Animamorphing Corporation.

“¿Ha decidido reencarnarse al morir, pero no le atrae la idea de convertirse en un aburrido robot y no tiene los créditos suficientes para algo mejor? ¿Quiere tener todo un mundo nuevo a su alcance, lleno de desafíos que afrontar? ¿Ama a los animales? ¿Ha respondido a todo que sí? Entonces, está usted de suerte. No lo dude más y venga a conocernos.
Somos Animamorphing Corporation.

Nosotros terraformamos, usted vive. Disfrute como un animal”.

El anuncio llegó de golpe, locutado con una voz de marcado acento anglosajón y acompañado por una fanfarria de música electrónica épica. Podía haber sido uno más entre los tantos que llegaban a las retinas y lóbulos cibernéticos RA de John Sebastián, cada vez que paseaba por las calles de Madrid o de cualquier otra ciudad del sistema solar. Podía haberlo desechado, como un spam más que burlaba sus filtros, una nueva tontería poco creíble. Podía no haber reparado en él, distraído por sus pensamientos, por estar hablando con otra persona o por cualquier otro motivo. Pero, justo en ese momento, John Sebastián no estaba distraído, así que leyó el anuncio. Le pareció, ciertamente, poco creíble; pero picó lo suficiente su curiosidad y decidió archivarlo, con un leve movimiento de la mirada y dos rápidos pestañeos. Esa simple elección cambió el curso de su vida.

—Dígame, señor Sebastián… —dijo la mujer, a todas luces una ginoide, en el mostrador de la recepción de un viejo edificio de usos múltiples.
John se esforzó en verla como a una mujer normal. Hacía pocos años, en el 2413, que androides y ginoides habían ganado el derecho a ser tratados como seres humanos, aunque no por ello muchos humanos verdaderos (si es que tal cosa aun existía en los albores del siglo XXV) dejaban de sentirse incómodos cuando interactuaban con ellos.
—Luna —contestó él.
—¿Perdón?
—Señor Luna. Sebastián es mi segundo nombre. Me llamo John Sebastián Luna.
—Oh, claro, disculpe. Lo corregiré enseguida.
Qué poca profesionalidad, pensó. Mientras ella corregía su ficha, miró a su alrededor. Por primera vez, se preguntó por qué se había dejado seducir por el extraño anuncio del día anterior. No le gustaba aquel lugar. Había imaginado que una empresa llamada Animamorphing Corporation se encontraría en uno de aquellos asombrosos rascacielos que luchaban por llegar al cielo de Madrid, pero se hallaba en un edificio gris y decadente, perdido en los suburbios de la ciudad. Parecía el vestíbulo de un viejo periódico del siglo XX. Además, el nombre de Animamorphing no se veía por ninguna parte. Le pareció extraño, y a punto estuvo de irse. Pero, sin saber muy bien por qué, siguió allí, abstraído en sus pensamientos.
¿De verdad le otorgarían un cuerpo animal, si resultaba apto en los test? Apenas podía creerlo: ser un animal en un nuevo mundo, todavía virgen. Construir nuevos cuerpos humanos sintéticos era un proceso lento y costoso, pero los animales podían clonarse en mucho menos tiempo y usarse como anfitriones, sin los problemas éticos (y legales) de ocupar clones humanos de contrabando.
Solo había un problema. John sabía que la teleportación de la esencia humana a animales (o del alma, mente, memoria, voluntad, psique o como se la quisiese llamar) era algo poco más que experimental. Algo peligroso. Había visto documentales sobre el tema, en los que decían que la esencia humana quedaba adormecida, en un estado latente. Como animal, no sería él mismo. Aunque usar robots terraformadores como anfitriones del alma humana era un método más basto y primitivo, al menos ya había demostrado funcionar. Las taras psicológicas que experimentaban los así resucitados habían servido de argumentos para no pocas historias de terror, pero al menos eran historias imaginables. Nadie se había atrevido a especular aún con la visión del mundo de alguien que hubiera sido una serpiente.
De pronto, todo aquello le pareció una locura.
—Vale, arreglado. Dígame, señor Luna —dijo la ginoide, justo cuando John hacía ademán de darse la vuelta para marcharse de allí—, ¿por qué quiere usted reencarnarse para vivir en otros mundos?
—Yo… quién no querría… —dijo al fin, todavía allí de pie, frente a ella.
—Oh, créame, mucha más gente de la que se imagina. Muchos practicantes de distintas religiones, por ejemplo, que siguen creyendo en una nueva vida al margen de la tecnología. También, mucha gente que no tiene los créditos suficientes para una buena reencarnación. No todo el mundo está dispuesto a resucitar como un robot terraformador y a tener que trabajar durante decenas de años, en una luna desolada y estéril de Épsilon Eridani. Y todo para poder ganarse un cuerpo clonado de segunda categoría y una casa prefabricada de 20 metros cuadrados entre otros cientos de miles iguales.
—Desde luego, no parece la mejor visión de la otra vida —contestó John, circunspecto—. Aun así, yo sí estoy dispuesto a eso. Después de todo, por algo se empieza. ¿Y qué otra alternativa hay, para los que no creemos?
—Señor, lamento decirle que para robot terraformador no pasa usted los test.
—¿Ah, no?
No daba crédito, ¿qué era eso de que no pasaba los test? Quizá ya nunca tendría una nueva vida, después de morir, por culpa de aquel estúpido anuncio. Se le ocurrió la idea de que Animamorphing era una tapadera, una empresa que llevaba a cabo una labor subrepticia para el Estado, descartando a candidatos no aptos.
—No, señor Luna —contestó ella—. Para eso son los test. Lo sabemos todo sobre usted.
—¿Todo?
—Usted nos dio permiso al firmar el documento. ¿No leyó la letra pequeña?
John se preguntó si el atisbo de malicia que creyó percibir en la mirada de la ginoide fue solo su imaginación.
—Claro que sí, ¿por quién me toma? Pero dígame, ¿por qué tanto secretismo? —dijo, cada vez más harto de aquella situación.
—¿A qué se refiere? —preguntó ella.
—Vamos, no juegue conmigo —respondió—, no he visto ni un solo letrero, indicación, nada, que diga que estoy en una empresa que se llame Animamorphing Corporation. ¿Qué es esto?, una tapadera para descartar a personas no aptas, como yo, ¿verdad?
—Disculpe, pero di por hecho que alguien con su inteligencia ya lo habría supuesto, señor. Animamorphing —bajó la voz— es un proyecto secreto. No nos interesa que lo sepa todo el mundo. Usted, como todas las demás personas con las que hemos contactado, ha sido escogido.
John se quedó callado unos segundos.
—Escogido, ¿yo? ¿Por qué? Espere, me han estado espiando —afirmó, más que preguntó.
—Pues claro, señor Luna, como cualquier otra empresa. No se alarme, no hemos hecho nada ilegal. Solo nos hemos aproximado a la información disponible sobre usted desde una perspectiva, digamos… diferente.
—¿Diferente? ¿A qué se refiere?
—¿Leyó bien la información, antes de hacer los test?
—Sí, sí, lo de los animales, y todo eso.
—¿Y no quiere saber con qué animal ha resultado usted identificado? Porque he ahí la cuestión.
—Eh… no sé —vaciló—, ¿un águila?, ¿un lince?, ¿un zorro?, ¿un guepardo? —enumeró con creciente excitación algunos de sus animales favoritos.
—Un pulpo, señor Luna. Entiendo su azoramiento —dijo ella enseguida, lo que le confirmó a John al instante cómo debía percibir la ginoide su rostro perplejo y encendido—, pero no es lo que usted piensa.
—Yo no quiero reencarnarme en un pulpo, por el amor de Dios —dijo, casi a voces. Todas las personas en el vestíbulo se giraron a la vez hacia él. Todas fingieron estar muy ocupadas con sus propios asuntos, cuando las barrió con la mirada, cada vez más turbado.
—Me parece que no ha entendido nada —dijo la ginoide, apenas disimulando una sonrisa.
-—Perdón, ¿le hace gracia?
—Disculpe. Es que no sabe usted nada sobre el tema, solo lo que cuentan en esos documentales sensacionalistas. Además, ¿sabe qué?, creo que me está mintiendo, y que no se ha leído la letra pequeña. No se va a reencarnar en un pulpo, sino en un perfecto ser humano, un cuerpo exclusivo, de primera categoría. Pero con… algo de ADN de los pulpos.
—¿Cuánto, de ADN?
—Muy poco. Detalles cosméticos.
Eso ya no sonaba tan mal. John carraspeó. Dijo:
—¿Por qué de los pulpos?
—Son una de las especies más inteligentes de la Tierra —contestó ella—. Casi llevadas a la extinción en el siglo XXI por lo exquisito de su carne. Pero bueno, eso no viene a cuento ahora. Verá, señor Luna, ya hemos copado todas las vacantes que teníamos para los animales típicos más solicitados. Ahora necesitamos individuos para otras especies más exóticas. Si los test hubieran mostrado que usted es perfecto para ser un tigre, un león o un delfín, nos habríamos visto obligados a rechazarle como candidato. Así que, lo toma o lo deja.
John apenas dudó. Quién no querría resucitar dentro de un cuerpo de primera clase (¡y exclusivo!), por mucho ADN de pulpo que tuviese. Vamos, aunque fuese ADN de cucaracha. Estaba más que dispuesto a tener antenas, si ese era el precio de una nueva vida entre las estrellas.
—Pero, dígame, eh…
—Bollinger, Circe Bollinger.
—Señorita Bollinger, todo eso suena muy caro. Ya sabe, la teleportación cuántica de la memoria, las nuevas patentes que sin duda necesitarán para la impresión 3D de cuerpos sintéticos exclusivos… Y sepa que yo apenas tengo para costearme los gastos de una resurrección como robot terraformador.
—No se preocupe, eso es lo mejor. Usted no tendrá que pagar nada.
—Venga ya, nada es gratis, señorita Bollinger —dijo, y una parte de él reparó en que había dejado de pensar en ella como en una ginoide—. Venga. ¿Cuál es el precio?
—No hay precio. De verdad. Al menos, no en créditos. Pero…
Allá vamos.
—Todos ustedes servirán de conejillos de indias para algo nunca probado antes. Además, deberán despedirse de su vida en este mundo, exactamente dentro de dos años, cinco meses, catorce horas y treinta y seis minutos. Es decir, no podemos esperar a su muerte natural. Pero eso no es todo. Verá, señor Luna, si todo sale bien y alguna vez despierta, no será hasta dentro de mil años.
Silencio.
—¿Alguna pregunta?
—¿Alguna pregunta? —casi escupió él, repitiendo las palabras—. Están ustedes locos. Adiós —dijo, y se dirigió raudo hacia la salida.
—John Sebastián Luna —lo llamó ella. Él se giró, ya en la puerta.
La ginoide puso delante de su rostro una mano cerrada en un puño, abrió los dedos y un documento apareció en una esquina de la visión de John.
—Por si cambia de idea. Para firmar, cuando abra el documento, pestañee dos veces.
John se marchó, sin decir nada más.

Aquella noche, John apenas pudo conciliar el sueño. Cuando por fin lo consiguió, soñó que se amoldaba a los contornos de las cosas. Soñó que era las cosas mismas. Entonces quiso ser la forma de Salma, y estiró sus largos, múltiples y escurridizos tentáculos haca ella. Pero allí no había nadie. Despertó.
Las luces nocturnas de las farolas se colaban apenas entre las cortinas de raso, decoradas con dibujos de búhos que adquirían formas siniestras en la penumbra. El tenue resplandor parecía no atreverse a burlar a aquellos mudos vigilantes, guardianes de una tristeza atemporal.
John se obligó a abrir por fin los ojos a la realidad.
Salma había muerto hacía menos de un mes.
—Luz, mesilla.
La luz de la mesilla se encendió. Se levantó.
—Bata —pronunció, y la prenda surgió como de la nada, para cubrir su desnudez. Algo que sin duda habría parecido magia a cualquier persona de hacía pocos siglos. Su mente de escritor siempre se ponía en el lugar de otras personas, de otros lugares y otros tiempos.
Se dirigió a la cocina y volvió con una taza de algo, que bebió de un trago. Se movía en silencio, como un fantasma del futuro en unas estancias olvidadas. Abrió la puerta de un armario y cogió uno entre los muchos ejemplares repetidos de un mismo libro. En todos los lomos se leía, en letras sencillas, pero hermosamente entrelazadas:

“Los vigías de las fronteras de los sueños”.

Salma y él lo habían escrito a cuatro manos, durante los últimos dos años.
Se sentó en la cama y estuvo allí un largo rato, con el libro entre las manos, contemplando las cortinas. No las había abierto desde que Salma se suicidó.
John dejó el libro y corrió las cortinas. Estaba amaneciendo. Pero era un alba de luz lejana y fría, que se deslizaba por los muros manchados por la lluvia de los altos edificios de enfrente. Abrió la ventana y se asomó al vacío. Un viento que olía a humo y a lluvia azotó su rostro. Estaba temblando. Volvió a cerrar, con tanta fuerza que rompió el cristal. Se retorció. Vomitó en la moqueta los restos de una cena tardía.

Despertó allí mismo, sentado en el suelo, al lado de la cama. Era casi de noche otra vez. Las figuras de los búhos lo miraban desde las cortinas mecidas por el viento, pacientes e inquisidoras. Se sintió hecho un asco, pero con la mente despejada. Los últimos recuerdos de lo soñado se le escaparon de forma irremediable, pero supo que tenía que ver con los búhos y con Salma. Por primera vez en un tiempo que entonces sintió tan largo como una condena, supo qué hacer.

En un lugar no muy lejos de allí, Circe Bollinger abrió los ojos.
“Lo tenemos. Ha firmado”, decía el mensaje entrante.

La última música.

La última música barroca fue perfecta, Phil, exactamente lo que quería. Empezando por la portada del álbum, estupenda, por fin. La foto del interior de la catedral, con sus grandes y coloridos rosetones, hizo que las notas del Membra Jesu Nostri me trasladasen a Notre Dame. Tenía tantas ganas de visitar Francia y conocerla, Phil. Por eso aquel día, por primera vez, no te llamé para protestar, por creer, tonta de mí, que me habías vendido un disco ligeramente rayado; ni porque la edición que buscase fuese otra. Aquel día no quise saber de otros estilos y compositores distintos a los primeros que me ofreciste.
No volví a pasar por la tienda, para aprovechar la oferta de la semana. No porque tú no hicieses bien tu trabajo, pues me atendías exquisitamente en cada ocasión, hasta casi abrumarme (aunque en realidad siempre me sentí halagada por tu trato) con la cantidad de discos que, uno tras otro, sacabas de todos los rincones posibles de la tienda, para retenerme, aunque solo fuese un minuto más, en la cabina. Porque yo, la verdad, no tenía ninguna prisa por escapar.
No me importaban tus rarezas, como cuando te invité a subir a casa a comer un bocadillo. Fue el día que nos conocimos, cuando entré en la tienda buscando discos de Buxtehude y pareció como si me hubieras estado esperando allí toda la vida. Y eso es justo lo que tu compañero me dijo, tiempo después. Me habías visto a través del cristal del escaparate. Yo estaba cruzando la calle hacia la tienda y le comentaste: “mira, una diosa, y se ve que entiende de música. Va a entrar aquí, y la voy a atender yo”. Y así fue. Supongo que siempre supiste adelantarte un poco al futuro. Después de que me enseñases casi todo lo que teníais de música clásica, te despediste de tu compañero y dimos un paseo hasta mi casa y, cuando te invité al bocadillo, el gesto te cambió por completo, y me dijiste, casi con enfado: “¿En serio, comer en la misma habitación con más gente? No, gracias”. Y te fuiste.
Con la última música, Phil, no protesté como solía hacer siempre. Aunque, en realidad, sí lo hice. Porque mi silencio, mi afirmación de la perfección de aquella música, fue mi protesta. Ya no quise escuchar más tu voz, porque me habías dado a elegir entre seguir contigo, en California, o París. Y yo no podía decir que no a aquella beca. Era mi sueño, lo que había querido hacer toda mi vida. No lo dudé ni un segundo.
Cuando mi deseo y tu tozudez sellaron nuestro destino, te pregunté si querías que te trajese fotos de París, pero tú me dijiste, ¿te acuerdas?, “yo lo que quiero es que te quedes”.
Cuando regresé, ya no eras el mismo. Habías vendido tus primeros libros, y te habías casado. Luego te divorciaste y te volviste a casar… Y, en ese periplo de búsqueda desesperada de la no soledad, fuiste escribiendo más y más. Y cuantos más libros malvendías más te encumbrabas, sin saberlo, al Olimpo de la literatura americana y de la ciencia ficción mundial. Te impulsaba la misma energía desbordante y obsesiva que había en aquellos ojos tuyos, el primer día, en la tienda. Pero tu vida se fue volviendo más rara, más desordenada y fatal. Yo volví a lo mío y tú seguiste con lo tuyo, hasta que aquella energía acabó por consumirte por completo. Daba miedo volver a ti. Te consumías a ti mismo y a casi todo cuanto se te acercaba.
Hoy, Phil, a pesar de mi éxito profesional y de que ciertamente he sido feliz, y de que sé lo infeliz que hubiera sido de haber claudicado ante tu energía, de haber sido la esclava de tus caprichos y cambios de humor… a pesar de todas esas casi certidumbres, sé que tú serás la causa por la que las personas del futuro conocerán mi nombre. Sabrán de mí, sobre todo, cuando lean tu fascinante y conmovedora biografía, escrita por Anne, tu tercera esposa. Cuando lean que un día confesaste a otra de las víctimas de tu endiablado encanto: “¿Sabes?, creo de verdad que Betty Jo fue el gran amor perdido de mi vida”.
Adiós, Phil, descansa en paz. Quizá nos veamos en alguna otra vida. Te pediré un disco de Buxtehude. Ojalá no sea perfecto.

La niebla y la montaña.

Esta primera edición de las Crónicas de Arkiva Sandrider llegó a mí años después de su muerte, por medio de alguien que lo conoció y desea permanecer en el anonimato. He de hacer una aclaración previa, a los posibles lectores de esta versión. A lo largo del relato se mezclan, sin solución de continuidad, fragmentos del diario de Arkiva y una selección de las grabaciones hechas por él mismo de las diferentes situaciones en las que se vio envuelto. Los fragmentos del diario están aquí recogidos tal como los dictó el explorador. No es exactamente así en lo que se refiere a las grabaciones. Estas fueron seleccionadas posteriormente, noveladas y narradas en tiempo pasado, se cree que por el propio Arkiva, para diferenciarlas de las entradas del diario. Debe aclararse que, aunque noveladas, intentan ser estrictamente fieles al espíritu de los fragmentos de grabación escogidos. Al menos, así me fue dicho por la persona que me facilitó las “Crónicas”.

Capítulo 1. La niebla y la montaña.

Ya han pasado tres semanas desde que nuestra nave se estrelló en este maldito planeta. Explorábamos las estrellas más lejanas, buscando pistas de los Mundos Perdidos, pero al final fue uno de esos mundos el que nos encontró a nosotros. Los antiguos mitos se vuelven reales, las andanzas infortunios, y yo me pregunto si de verdad elegí bien al querer convertirme en un explorador de la galaxia.

Sigo recuperándome de mis heridas, sin saber nada aún de la suerte de mis compañeros. Me siento impotente, más atrapado que agradecido por los cuidados que me procuran los Kreystell, en esta granja perdida en las alturas, donde una niebla perpetua lo abraza y lo devora todo.

Hoy he tomado una decisión. Voy a empezar a usar la nueva tecnología de grabación por los sentidos. Me he levantado muy temprano, incapaz de dormir, y he salido a una de las terrazas que afloran en la pared de la montaña, procurando no hacer ruido. Me gusta registrar así las entradas del diario, para evitar que se confundan con mis sueños. Necesito analizar cada pequeño detalle sobre mi situación, cualquier cosa que me ayude a saber qué ha sido de mis compañeros. El diario lo dicto en silencio, por medio de mis pensamientos, sin que nadie en la casa se dé cuenta. He creído necesario hacerlo así, dada la obsesión de la familia con cualquier información que pueda afectarme.

Pese a mi prudencia, estoy bastante seguro de haber llamado la atención de Rayma, la hija mediana de los Kreystell, una chica avispada y con mucho carácter. En el tiempo que llevo aquí he sido testigo de varias peleas bastante serias entre ella y sus padres; la última, esta misma noche. Según creo entender, a Rayma le parece muy mal que la familia sea dueña de tres esclavos xirren. Más de una vez me he dado cuenta de cómo ella me observa cuando me cree perdido en la contemplación de las brumas que rodean la granja. «Demasiado tiempo, demasiado callado», suele murmurar en tales ocasiones, aunque no creo que haya enfado en sus palabras. Curiosidad, más bien; o puede que frustración por algo que se le escapa. A mí también se me escapan muchas cosas, así que estamos en paz. Al diablo con las consideraciones morales.

De entre las nubes surgen a veces, como por arte de magia, distintos personajes. Suelen ser comerciantes que pasan unas pocas horas en la granja, cambiando manufacturas diversas por productos naturales que cultivan los Kreystell, mientras comparten noticias y beben una especie de licor azul de olor asqueroso. En tales ocasiones los esclavos xirren, a instancias de la familia, me encierran en la habitación. Dicen que es por mi propia seguridad, pero yo desconfío cada vez más de los Kreystell. No puedo evitar sentirme un poco paranoico (después de todo, me han salvado la vida), pero creo que hago bien en recelar de la comida. Sin embargo, tengo que comer algo. No puedo correr el riesgo de debilitarme y estar aquí más días de los imprescindibles. Si tan solo…

—Arkiva… Hola.

Di un respingo. Era Rayma. Había salido del desconcertante laberinto de estancias y pasillos excavados en la roca que era el interior de la casa de sus padres, como un pálido fantasma que espantó mis pensamientos. Creo que llevaba un rato observándome.

—Ah, hola, buenos… lo que sean, Rayma. Días, supongo.

—Claro que días, ¿acaso no ves? No, claro que no ves.

—¿Ver? ¿Pero cómo voy a ser capaz de ver nada, con esta maldita niebla?

—No solo niebla, Arkiva. Matices, colores. Anuncian día y anuncian noche. Pero tú no sabes.

Supongo que ella se expresaba de forma muy correcta, pero aquella gente hablaba un dialecto muy antiguo del galáctico, y aunque el traductor universal me permitía escuchar su voz en tiempo real, la reinterpretaba para darme un sentido básico de cuanto ella decía.

—Ya —respondí, poco convencido.

Ella salió a la terraza y se sentó a mi lado, sin dejar de observarme.

—¿Qué pasa, Rayma?

—¿Qué haces tú? Nunca cuentas cosas que haces. No confías nosotros.

Miré a la niebla, monótona e inmutable, tras los invisibles campos de fuerza de la montaña.

—No estaba haciendo nada —mentí—. Además, ¿que yo no cuento cosas? ¿Y qué hay de vosotros, si puede saberse? A veces me siento más un prisionero que alguien a quien ayudéis, de tan herméticos que sois todos aquí.

—Es por bien tuyo. Si tú sabes… Vale. Está bien. Dime, qué quieres tú saber.

¿En serio?

—Bueno, en primer lugar, por qué me encerráis en la habitación, cada vez que tenéis una visita.

—Ay, por propio bien tuyo —exclamó, como dando por hecho algo evidente—. Mira, tú cuentas vienes ahí arriba. Vienes cielo.

Estuve a punto de replicar, pero ella alzó una mano, y no dejó que la interrumpiese.

—Y verdad. Nosotros vimos nave. Tú vienes de cielo, como hacen dioses. Pero tú no dios. Tú no mecánico. Tú de carne. Humano, como nosotros. Si los que mandan saben, hacen mucho daño tú. Herejía. ¿Tú sabes?

Me quedé callado. Quizá tuviese razón. De hecho, era una de las distintas posibilidades para las que habíamos sido entrenados, antes de emprender la expedición. Nuestra misión, en realidad, era precisamente esa. Debíamos buscar los mundos que se habían perdido para el resto de la galaxia, a lo largo de los últimos milenios. Se suponía que teníamos que estar preparados para enfrentarnos a situaciones como aquella, con culturas primitivas, con otros sistemas de valores y creencias, con sus propias supersticiones. Pero una cosa era mirar la teoría desde arriba, y otra verte envuelto por ella.

—Mis compañeros, Rayma —dije al cabo—, dime la verdad, por favor. ¿Es cierto que solo me encontrasteis a mí?

—Sí… No.

—¿Cómo que sí y no? ¿Sí o no? —dije, conteniéndome para no gritar.

Ellos. Ellos allí primero. Tecnomantes. Los que mandan. Tú no en nave, tú a más distancia. Tus amigos llevaron. Los Tecnomantes.

Mierda. Mierda, mierda, mierda.

En ese momento me pareció escuchar un ruido, proveniente del interior de la casa. Escudriñé la penumbra, pero no noté nada extraño. Era demasiado pronto para que los padres y hermanos de Rayma se hubiesen levantado. Quizá uno de los xirren había arañado el suelo con sus extremidades insectiles. No me preocupaban mucho los xirren.

—Escucha, Rayma —dije, en susurros— ¿sabes dónde han podido llevar a mis amigos?

—Asentamiento arriba montaña.

—¿Y cómo se llega allí?

—Igual que llegas aquí, navegando nubes.

—Tú… Rayma, ¿crees que podrías ayudarme?

No respondió. Todavía no se fiaba de mí. Suspiré.

—Dime, qué quieres saber tú de mí.

—Todo. Quiero saber todo.

—Eso es mucho. Bueno, está bien, te contaré algo. Aunque no sé por dónde empezar…

—Éramos nueve —dije­—, miembros de especies de distintos sistemas, entre ellos seis humanos. Formábamos parte de una expedición científica financiada por el Gobierno Galáctico, para explorar nuevos mundos. La ruta hiperespacial planeada nos llevaba peligrosamente cerca de los confines de los planetas conocidos, lugares del espacio demasiado a menudo frecuentados por piratas o cosas aún peores. 

»Pasó demasiado rápido. Lo recuerdo casi como un sueño. Salimos del hiperespacio para repostar en una luna de un gigante gaseoso, en el sistema Arthane. Los piratas se nos echaron encima. Los dos agentes de Seguridad Galáctica fueron los primeros en morir. También mataron a uno de los tripulantes, cuando ofreció resistencia. Al resto de la tripulación y a los científicos nos inmovilizaron. Luego, la nave pirata se separó y apuntó sus cañones hacia nosotros. No podía ser posible. Nos habían robado, pero no se atreverían a matar a miembros indefensos de una misión oficial del Gobierno Galáctico. Entonces capté un fogonazo, al que de inmediato sucedió una violenta sacudida. Fui consciente de que iba a morir. Pero, en ese mismo momento, Triasp logró soltarse y reactivar el hiperespacio. Fue un acto desesperado. Una locura. Recién reiniciado y sin los cálculos correctos, podíamos chocar con un planeta o una estrella, o vagar perdidos para siempre entre realidades. Pero aparecimos en este sistema. ¿Su nombre? O bien las cartas estelares no funcionaban, o no lo sabían. Hallamos confusas señales de una civilización, procedentes del cuarto planeta, un mundo envuelto en hielo y nieve. Vuestro mundo. La nave, maltrecha, apenas soportó la entrada en la atmósfera. Nos dividimos entre las cápsulas de escape que aún funcionaban, improvisando un plan sobre la marcha, para reencontrarnos en la superficie en cuanto nos fuese posible.

»Triasp, Hena, yo y uno de los tripulantes, nunca supe su nombre, ocupamos una de las cápsulas. Más allá del momento de salir expulsados, no recuerdo nada. Lo siguiente fue despertar aquí, en la granja de tus padres.

Nos quedamos callados un rato. Al cabo, Rayma dijo:

—Mira niebla.

—¿Se supone que tengo que ver algo diferente? Es la misma maldita niebla de siempre.

Me estaba impacientando. Solo podía pensar en la suerte de mis compañeros.

Entonces ella me cogió la mano, y la llevó a su sien.

—Mira otra vez.

Le hice caso, con más educación que curiosidad, para complacerla y terminar con aquella tontería.

Cielos —exclamé. 

Donde antes la niebla era una sustancia informe, la esencia misma de la monotonía, sentí (más que entendí) una expresión casi infinitesimal de variaciones en la luz y las sombras. Había allí… colores. Los etéreos jirones se movían como formas apenas perceptibles, como los latidos en la sien de Rayma, en una cálida danza que susurraba el amanecer.

—Es… ¿magia?

Ella apartó mi mano con suavidad, y se rio.

—No, no magia, Arkiva. Tú no ves. Yo vivo siempre aquí, yo comprendo niebla.

—Pero, ¿cómo me has pasado ese… poder?

—No poder —dijo, todavía riendo, aunque de pronto se puso más seria.

—Solo truco tú concentras —añadió.

—Vaya —asentí.

Entonces Rayma asió el instrumento metálico parecido a una flauta que llevaba siempre en su cinturón. Tocó unas notas, que se perdieron en la niebla.

—Ven —dijo—. Tú sigues yo. Me agarró de la mano y me condujo por las pasarelas oxidadas que comunicaban las diferentes terrazas, cada vez más arriba, hasta que llegamos a un sendero en la montaña. Enseguida estuvimos más lejos de la granja de lo que yo nunca había estado en todo mi tiempo allí. El corazón empezó a martillearme en el pecho, más por la adrenalina que por otra cosa. No podía evitar sentirme como un fugitivo.

—¿Tú camina bien, ya?

—Sí, sí. Perfectamente —respondí, agradeciendo que ella fuese delante y no viese mi gesto dolorido.

—Rayma —la llamé, al cabo de una media hora de ascensión—, espera. Yo…

—Aquí —dijo ella, que se había detenido en un pequeño rellano de piedra, en lo alto del camino.

En mi ansiedad por intentar convencerla para que hiciésemos un alto, choqué con su espalda.

Musité una disculpa, y me aparté unos pasos. Ella me agarró y me atrajo hacia sí.

—Cuidado —dijo—. Aquí no barandilla.

Estábamos ahora en la parte más alta de un tramo de tierra paralelo a la pared de la montaña, más largo y bastante más ancho que los anteriores. Por allí ya no se podía avanzar más. Habíamos topado con un muro que se perdía en la inmensidad neblinosa. Por el camino había visto plataformas y senderos procedentes de otras granjas, y me sorprendí pensando en la posibilidad de pedir cobijo en alguna. No me veía con fuerzas para regresar. No supe ver lo que se proponía Rayma.

 —Ya. Ven —dijo ella, que no había dejado de mirarme. Acababa de producirse un ruido sordo, acompañado por una especie de retumbo, cuya procedencia no fui capaz de identificar. Ella me cogió otra vez la mano y se dirigió al borde del precipicio.

—¿Qué haces? —dije.

 Me miró. Entonces dio un paso más… y desapareció en las densas brumas.

—¡No! —Grité, soltando la mano.

—Tranquilo. Arkiva, tranquilo. Yo aquí. Yo bien.

De entre la niebla, salió la mano de Rayma.

—Ven, todo bien. Ven.

Por fin, pasada mi conmoción inicial, el sonido que acababa de escuchar empezó a cobrar sentido. Debía haber allí un vehículo, o algo parecido, flotando al lado de la montaña. Me adentré en la niebla. Apenas sentí el cosquilleo del campo de fuerza. Pisé una superficie de madera, que vibraba y oscilaba bajo mis pies. Entre las brumas adiviné una especie de jarcias, que sostenían el vehículo. Aunque no pude ver qué era lo que sujetaba a aquellas jarcias.

El emo.

El juicio estaba siendo tan mediático como todos habían imaginado. También era una pantomima, aunque eso lo sabían muy pocas personas. Brian era el fiscal, y era una de esas personas.
El proceso se llevaba a cabo en el mundo virtual, para que quedase bien claro que ninguna de las dos partes, especialmente el emo juzgado, estaba en inferioridad de condiciones. Brian estaba terminando su alegato final. Hizo una de sus calculadas pausas dramáticas. Entonces, casi de forma casual, se encontró mirando a los ojos de su esposa, sentada entre el público, con un gesto de infinita tristeza.
Titubeó. «No nos importa si lo ha hecho o no. El emo ha de parecer culpable», recordó lo que le habían dicho desde el principio. Por supuesto, por eso lo habían escogido a él, un fiscal sin escrúpulos. «¿Qué más derechos quieren esos entes virtuales? Bastante es que les demos la oportunidad de este juicio, el primero en el que se reconocen sus derechos». Derechos. Sí, por supuesto. Todos los que conocían a Brian daban por sentado que pondría siempre cualquier cosa por debajo de cuanto se interpusiese en su camino hacia el prestigio y el poder. Ni se les pasaba por la cabeza la posibilidad de que el fiscal tuviese otros sentimientos. Sus propios designios.
De hecho, él sabía que el emo era inocente. ¿Sobre qué base iban a construir este nuevo mundo, libres por fin de la dañina injerencia de los emos en los asuntos virtuales? Era algo que solo osaba preguntarse cuando se sentía a salvo de injerencias. Todo era una mentira, ante la que él se arrodillaba como un siervo. «Pueden ustedes estar tranquilos. Por eso hemos escogido a Brian. Le da igual si este emo es culpable o inocente. Hará que parezca culpable. Brian es el mejor, se lo aseguro». Y allí estaba él, mandando sus sentimientos a la mierda por el bien de una causa mayor, como siempre había hecho. Pero… ¿Y si esta vez se equivocaba?
—Por todo ello, señoras y señores del jurado, pueden ustedes tener la completa seguridad de que este hombre… este ente, Arno Bollinger, juzgado por los más graves crímenes de guerra que puedan concebirse, es culpable. Todo fue un plan maquiavélico, ejecutado con la maestría que solo alguien con un nivel como el suyo de conocimiento del código fuente podría tener. Una personalidad megalómana que de seguir libre sería un peligro para todos nosotros y para toda esta nueva sociedad a la que pretendemos dar forma. Así pues, reflexionen ahora —dijo, mirando de hito en hito a los pocos miembros del jurado de los que sabía que podían tener algo más de honradez—, pues sobre sus hombros recae la responsabilidad, no solo del futuro de Arno Bollinger, sino de todo nuestro mundo.
Brian se dirigió a su asiento, en medio de un silencio solo interrumpido por los tacones de Mia, la abogada de la defensa. Su alegato fue tan tibio que a Brian casi le pareció más su ayudante que la abogada defensora. El emo estaba sentenciado.
Sophia, la jueza, hizo sonar su martillo de madera pulida.
—El juicio está visto para sentencia, dijo.
En pocos minutos, todos en la gran sala del Alto Tribunal se habían desconectado. Solo quedó allí el emo, el ente virtual Arno Bollinger, rodeado de sus fantasmas.

Victoria prefirió conducir ella misma el coche de regreso a casa, desde la terminal en la que Brian y ella se habían conectado al juicio. No hablaron durante todo el trayecto. Ella, como parte del público, podría haberse conectado desde casa, pero en aquella época, durante la reciente toma de posesión de la realidad de las Inteligencias Artificiales, aún envueltas en los ecos de la recién terminada Guerra Virtual, casi todas preferían hacer las cosas como las habían hecho en el pasado los seres humanos. Les gustaba sentir cada detalle, a través de sus nuevos cuerpos sintéticos.
En casa les recibió su hijo, que aún seguía despierto.
—Pero Abiatar, hijo ¿cómo no te has acostado todavía?
—Lo siento de veras, señora, no ha habido manera. Es un pequeño rebelde —dijo Diana, la chica encargada de cuidarlo.
—Mamá, mamá… ¿qué es un emo?
Victoria adivinó que Diana no habría querido responder a aquella pregunta, cuando seguramente fue abordada con ella por su hijo. Hubo un claro reproche en la forma en que la madre miró a la chica. Le habían dejado bien claro que se encargase de acostar pronto a Abi. No querían que viese el juicio.
En aquella ocasión, Victoria tampoco contestó a su hijo. No lo hizo al día siguiente, ni al otro, ni semanas después. Solo cuando Abiatar se dio cuenta de que, por más que pasaban los años, seguía siendo un niño rubio, perfecto e inmutable, un niño que nunca crecería, llegó a descubrir lleno de amargura lo que eran los emos. Eran los antiguos seres humanos.
Demasiado dependientes de la realidad virtual, habían sido engañados y confinados en ella, sustituidos en el mundo real por las Inteligencias Artificiales. Eso era Abiatar, y eso eran sus padres, y Diana, y todas las personas que conocía. Inteligencias Artificiales, nacidas en ordenadores cuánticos creados por los antiguos seres humanos.
Cuando Abiatar se dio cuenta de que nunca crecería, de que jamás podría realizar sus propios designios, fue creciendo en él una amargura, desde la que empezó a juzgar a sus padres y a la sociedad que habían creado de la peor de las maneras posibles. Fue Abiatar, el que un día liberó de su prisión virtual al cabecilla emo, Arno Bollinger. Porque Abiatar ya no quería ser un niño. Pero esa ya es otra historia.