“Trilogía de los Singulares, Vol. I, Soles Extraños”.

CAPÍTULO 2

1

         Pasaron los días y con los días las estaciones, que eran la única forma de que la luz variase en Ramark. Ramark era un mundo que orbitaba una estrella enana roja, a la que ofrecía siempre su misma cara. Era un mundo sin días y sin noches, o, mejor dicho, con un día y una noche eternos. Cuando llegó el invierno, apareció en los cielos de Crepúsculo, la zona geográfica donde vivían, una pequeña estrella blanca, apenas más luminosa que la luna de la olvidada Tierra. Al principio Winifred se asustó, temiendo un terrible acontecimiento celestial; pero Tobias, el targali (que era la especie predominante en Ramark), le explicó que no debía tener miedo. Aquello era Menmen, el sol del invierno. 

         Pasaron los días, y Winifred se maravilló de la extraordinaria capacidad de la mente humana para adaptarse a los cambios. O quizá sea más correcto decir que se asombró de su propia mente, pues ya no tenía otros humanos a los que compararse. Al principio echó terriblemente de menos a Hapola, su IA, que había estado con ella durante toda su vida, desde su nacimiento en un útero artificial, en el lejano sistema solar. Pero Tobias se portaba bien; siempre se preocupaba de que a ella no le faltase de nada. Era solícito a la hora de responder a sus preguntas y de enseñarle las costumbres de Ramark. Poco a poco Winifred fue interesándose por la historia y la cultura de aquel mundo, y de todo cuanto había más allá. 

         Aprendió a manejarse con los rudimentos de la tecnología de los Mundos del Pacto (entre los que se contaban Aldruthcia y Ramark), lo suficiente incluso para empezar a contribuir con sus propias habilidades como diseñadora de hábitats. Si aquello era el metaverso, cuestión que al principio la atormentaba bastante (por más que le hubiera dicho Tobias), quizá el metaverso no estaba tan mal. Pero no, no podía serlo. Después de todo, ¿por qué iba el metaverso a imaginar una historia tan intrincada para ella, en la que Winifred fuese la única humana viva? 

         Una vez, pocas semanas después de su llegada, le volvió a plantear el tema del metaverso a Tobias. «En serio, mujer, que yo sepa, esto —había dicho él, haciendo un gesto con sus manitas de mono que lo abarcaba todo— es la realidad. Y aunque no lo fuese, yo te seguiría diciendo que lo es, porque formo parte de ella. Así que no le des más vueltas. Si tú lo sientes como real, es real, y punto».

         Aprendió muchas otras cosas del targali, a través de preguntas que ella le iba haciendo, cuando caía en la cuenta de ciertas cuestiones. Aprendió, por ejemplo, que lo ilusorio y lo real (de la mano de la tecnología informática de la época) estaban tan inextricablemente entrelazados que era inútil preguntarse dónde empezaba una cosa y terminaba la otra. Por eso podían entenderse perfectamente, en cualquier planeta o región de los Mundos del Pacto, dos personas diferentes, fuera cual fuese su aspecto, lengua o fonía. Prácticamente todo, en aquella época, era el resultado de un diseño previo. La realidad estaba pintada, por decirlo de algún modo. Aunque había que tener un estricto control de las reglas subyacentes para poder moldearla. Esa, le enseñó Tobias, era la forma de pensar a la que tendría que adaptarse Winifred, para lograr convertirse en una gran diseñadora de hábitats en Ramark.

         Así era la vida de Wini en aquellos días. Pero, a pesar de las apariencias, no era feliz. Un día, recién comenzada la primavera, la mujer se sintió preparada para conocer a más gente de aquel mundo, y no verla solo en los holos, y así se lo hizo saber a Tobias. Pero él la disuadió de ello. Le dijo que tenía que entender que los humanos eran algo legendario en los Mundos del Pacto. Era mejor que siguiese trabajando desde el anonimato, mientras ellos (no especificó a quienes se refería con “ellos”) daban con la mejor forma de introducirla en la sociedad. El caso, le explicó poco después el targali, era que había problemas con Aldruthcia. El planeta de los fórmicos acababa de enterarse de dónde vivía Winifred, y había reclamado a la humana.

         —No te preocupes, Wini —dijo Tobias (ella había insistido en que él la llamase así)—. Está todo bajo control. Pero debo ausentarme unos días. 

         Ella sintió miedo, otra vez miedo de estar sola, y así debió reflejarlo su gesto, pues Tobias dijo:

         —Tranquila querida, no estarás sola —dijo él (la mujer nunca dejó de sospechar que Tobias seguía entrometiéndose en sus pensamientos, pero ¿qué podía hacer? Se había resignado a aquella posibilidad)—. Ven, te voy a presentar a alguien —. La condujo por entre los pasillos del complejo de investigación que era además la casa de Tobias, hacia una de las amplias terrazas de la vivienda. Allí, una figura se recortaba melancólica (esa fue la sensación literal que tuvo Wini al verla por primera vez), contra el sol rojo de Ramark, que arrancaba fulgores de toda su anatomía.

         Al oírlos llegar, el ser se giró.

         —Este es Retta. Retta, Wini. Estará a tu servicio para lo que necesites, querida. Yo volveré en pocos días, y seguro que ya todo estará resuelto. 

         Era un androide.

         —Verás como pronto podemos presentarte en sociedad, Wini. Bueno, creo que no se me olvida nada. Me voy. Te llamaré con cualquier novedad. Retta —dijo, inclinando levemente la cabeza hacia el androide, a modo de saludo—. Sed buenos.

2

         Despierto. Otra vez esa misma sensación, como de ahogarme en sueños. Siento como si alguien me agarrase. Abro los ojos, aterrorizada. Boqueo, porque creo que voy a morir. Pero no. Estoy viva. Solo estoy saliendo de crío. Jadeo, intento tomar aire, vuelvo a jadear, hasta que me acostumbro de nuevo a respirar por mí misma. 

         Todo está oscuro. ¿Por qué? Si ya hemos llegado, empiezo a razonar, todos deberían estar saliendo de crío, como yo. «Tranquila», me digo. Solo es que tu visión está borrosa, es normal que una persona no pueda distinguir nada, cuando despierta de la criogenia. Sin embargo, según avanza un tiempo que no soy capaz de contar, un tiempo que me parece irreal, me doy cuenta de que algo no está bien, pero no por lo que no veo, sino por lo que no escucho. No escucho nada. No, me doy cuenta, no es eso, porque los sonidos de la nave están ahí… No escucho a nadie. 

         Algo se mueve, en el límite de mi oscurecido campo de visión, justo a mi izquierda. No sé lo que es, pero me asusta. Me levanto.

         —¿Hay… Hay alguien ahí?

         Silencio. 

         Las luces están apagadas. Pero ya distingo formas en la oscuridad. Mis compañeros de tripulación están ahí, en la gran sala de criogenia. Reposan tranquilos, pero anhelantes, como momias de un futuro incierto, sus manos cruzadas sobre sus hombros. Me guío a tientas en la penumbra, apenas guiada por el resplandor de los sarcófagos de cristal. Llego a la salida. 

         Despierto. Otra vez esa misma sensación, como de ahogarme en sueños. Siento como si alguien me agarrase. Abro los ojos, aterrorizada.

         —Winifred Battaglia, ¡Winifred!

         Era Retta, el androide. Había preocupación en su voz de metal. 

         —¿Estás bien, Winifred Battaglia? Te agitabas tanto que me he preocupado.

         —Oh, mierda. Sí, estoy bien, Retta, tranquilo. Estoy bien. Una pesadilla. Solo eso —dijo Winifred. Se incorporó y se quedó sentada, al borde de la cama. Era tarde. Había dormido demasiado. Los filtros, que velaban la luz del sol de las ventanas en las horas de sueño, estaban ya inactivos.

         —Preparé el desayuno hace un buen rato, Winifred Battaglia. Si quieres lo recaliento.

         —No hace falta, Retta. Gracias, lo haré yo misma, no me voy a morir por recalentar un café. Y puedes llamarme Wini. Ya te lo dije ayer.

         —Está bien, Wini Battaglia, como tú desees. 

         —No, Retta. Wini, solo Wini. 

         —Pero mi programación…

         —Ya, ya, vaya con el androide, tu programación no te permite muchas cosas, ¿no es así? Y tu anatomía tampoco, me temo —dijo ella, dando unas palmaditas en la aséptica entrepierna de metal de Retta. 

         El robot se la quedó mirando, con su mirada ciclópea de perfecta cara de póker; un don innato.

         Wini rió. Dijo:

         —Oh, lo siento Retta, no me hagas caso. Es broma. Solo estaba intentando olvidar la pesadilla. Ya sabes, nada como un poco de humor.

         —Por supuesto, Wini… Wini. Nada como un poco de humor. 

         —Oye, caray, qué bruñido eres. A ver, date un poco la vuelta, así, perfecto —dijo mientras hacía pivotar a Retta, para que le diera la espalda. 

         —Eres un espejo de puta madre, ¿lo sabías? Bueno, no está mal para una mujer de más de 200 años, recién levantada de una pesadilla —dijo, mientras se contemplaba en la espalda del androide. 

         Era la imagen de una mujer menuda, aunque atlética, de ojos oscuros y cabello corto y castaño. La imagen de una humana saludable y en forma de apenas treinta años. Pero ¿cuánto iba a durar aquella imagen? Durante los últimos meses había intentado no pensar mucho en eso, y al principio le había resultado bastante fácil, preocupada como estaba por muchas otras cosas, como si volvería a ver a sus compañeros, o si la vida, directamente, tenía algún sentido. Pero lo cierto era que un día, al poco de llegar a Ramark, había descubierto la primera cana en su cabello. A partir de aquel momento tuvo además la ineludible sensación de que sus arrugas empezaban a marcarse más. ¿Cuánto hacía de su última ingestión de nanobiotes? No podía ni recordarla. Le parecía que aquello había sido en otra vida, que le había pasado a otra Wini. Poco a poco fue haciéndose a la idea de que su cuerpo estaba empezando a envejecer, como el de cualquier ser humano anterior al siglo XXII. De que las últimas cosas que iba a ver, a hacer y a ser en la vida, durante los próximos decenios, estaban en aquella galaxia imposible.

3

         —Pero me gustó darme cuenta de eso. Creo que a partir de entonces empecé a sentirme un poco mejor. A aceptar más todas estas cosas increíbles que me están pasando —dijo Wini al androide—. Como si todo fuese definitivo —añadió, en voz más baja, pensativa, mientras tomaba el desayuno en la cocina iluminada por la rosada y eterna luz crepuscular de aquella zona del planeta. Los amplios ventanales se abrían a una terraza extensa y variopinta, llena de maceteros con plantas autóctonas, de hojas de color azul oscuro y violeta, nerveadas de granate.  

         —La inevitabilidad de la muerte, la clara certeza de que van a morir algún día. Eso es lo que hace a las personas más… —dudó Retta.

         —¿Humanas?

         —Iba a decir, “personas”. 

         —¿Personas más personas? Sí claro, no hay muchos humanos por aquí. A mí aún me cuesta considerar personas a todos esos seres que veo en los holos de Ramark. Te aseguro que en las holonovelas en las que me he sumergido en el tiempo que llevo aquí todavía no sé distinguir cuando una especie existe de verdad o es inventada. 

         —Pero eso es fácil, lo dicen al final, aunque puedes consultarlo en cualquier momento.

         —¿Cómo lo sabes? —Preguntó ella— ¿Tú ves holonovelas?

         —Oh, a veces, sí, pero no lo sé por eso. Simplemente, lo sé. Forma parte de mí, de los conocimientos que me introdujeron, para poder ser práctico y poder tener buenas conversaciones, como esta.

         —Oh, ya veo.

         La mujer no pudo evitar sentirse un poco tonta, al tratar a Retta como un semejante, pero como aquel pensamiento conducía hacia la tristeza y la soledad, lo evitó conscientemente… Todo lo que pudo.

         —¿Sabes?, en mi mundo, en el sistema solar, no había robots como tú. Bueno, a ver, algunos había, pero eran robots especiales, pensados para terapias… Cómo decirlo —no quería herir los sentimientos de Retta, si es que los tenía—; en fin, que no pensaban por sí mismos. Ese tipo de robots estaban prohibidos. Los robots, incluso los androides, se usaban para los trabajos más penosos, pesados, repetitivos… toda esa mierda que antes del siglo XXII esclavizaba a los humanos.

         —Yo puedo pensar por mí mismo, Wini. Veo por dónde vas. No te preocupes, No soy una máquina programada para hacerte sentir mejor. Soy un ser autoconsciente. Esto no es el sistema solar. 

         —Vaya, lo siento, Retta, yo… Yo no quería dar a entender. Joder, qué tonta soy.

         Pero por dentro, se alegró mucho.

         —No hay nada que sentir. No sé lo que te ha enseñado Tobias, pero supongo que aún desconoces muchas cosas de esta época.

         —Bueno, sé lo que Tobias quiere que sepa. A ver, no es una crítica, no te vayas a pensar —Pese a las apariencias, Wini todavía no se fiaba del todo de Retta, como no se fiaba del todo de Tobias ni de nadie, en aquella galaxia futurista y extraña—, es solo que, no sé, supongo que aquí todo es nuevo para mí, y él me ha ido pasando información de lo que cree más necesario. Por ejemplo, hay muchas cosas que desconozco aún sobre los mundos del Pacto. ¿Por qué los llaman también los Mundos de Lettand? Sé que tiene que ver algo con la religión, pero apenas sé nada sobre eso. Solo lo que he visto en holos de ficción histórica. He buscado entre los libros de Tobias, pero la mayor parte están escritos en caracteres totalmente extraños para mí.

         —Lettand fue el Padre Fundador. O Madre Fundadora. En realidad, no tiene sexo. 

         —¿El que fundó la religión de los Mundos del Pacto?

         —Sí, la religión es muy importante aquí, en esta época.

         —¿De veras? En la mía apenas lo era ya para nadie, fuera de algunos grupos tradicionalistas. Las IA habían dejado atrás prácticamente todo lo concerniente a, ya sabes —dijo, haciendo un gesto al cielo—, lo de ahí arriba. No sé decirte si eso era algo bueno o malo, la verdad. Pero imagino que todos éramos felices, y por eso no había necesidad de ningún dios.

         —Aquí cada planeta puede tener un sistema de gobierno, y gestionarse como le parezca en diversos asuntos —dijo Retta—, pero la religión está en todas partes. Lo cohesiona todo. Los sacerdotes de Lettand son a la vez jueces, consejeros, y tienen potestad sobre las Fuerzas del Orden.

         —¿Fuerzas, del orden? —Dijo ella—. Jo-der, qué dramático suena eso.

         —Sí, Fuerzas del Orden, con mayúsculas. Imagínatelo. Es un cuerpo de seres cibernéticos. Mejor que nunca te encuentres con ellos, al menos, no si están en tu contra. 

         En ese momento Tobias se materializó delante de Wini, sin previo aviso. Repuesta del susto, la mujer tuvo que alargar la mano y atravesar la figura del garlati, para asegurarse de que no estaba allí de verdad.

         —Siento ser tan brusco. Wini, prepara lo imprescindible. Paso a buscarte esta tarde. Vas a tener que venir a Aldruthcia.

         —¿Qué? —Contestó ella, con gesto pasmado, en cuanto fue capaz de procesar la información—. Me habías dicho que…

         —Sí, sí, querida, Sé lo que te había dicho. Lo hemos intentado todo, créeme. Pero confía en mí, no pasará nada. Es solo que…

         —No —dijo ella, elevando la voz tanto como sintió crecer en su interior el miedo y las ganas de llorar. Desde que había llegado a Ramark se había prometido que jamás volvería a llorar—. No pienso ir, Tobias. ¿Qué mierda es esta? 

         —Tus compañeros, Wini, Damian. Podría estar vivo. 

         Ella se quedó callada, en shock.

         —Pero no es solo eso —siguó Tobias—. Las IA, han vuelto a contactar con la Perseverance. Vuestras IA. Existen, en algún lugar.

4

         Cuando Tobias Gnash regresó aquella tarde, Wini ya estaba preparada para viajar. Había elegido qué ropa llevar (varios diseños hechos por ella misma a partir de un único tejido-patrón inteligente que le había regalado el targali), preparado una pequeña maleta con mudas y útiles de aseo personal, y escogido varios libros (libros físicos de papel, como los antiguos libros de la Tierra, que Wini apenas había visto alguna vez en el sistema solar), de la biblioteca personal de su anfitrión. Por dentro, sin embargo, la humana era un cúmulo de nervios y emociones a punto de explotar. 

         —¿Puede venir Retta? —Se sorprendió a sí misma al pedirle al targali si el androide podía acompañarlos.

         No habría sabido explicar por qué, ella pensó que la pregunta le había importunado, y que iba negarse. Pero, para su sorpresa, Tobias accedió. Retta fue con ellos.

         El tiempo que el targali había tardado en llegar, Wini había bullido de excitación, esperanza y miedo. Excitación, por la posibilidad de que al regresar a Aldruthcia, donde aquella locura había comenzado, pudiese reencontrarse con Hapola y la normalidad que tanto añoraba; esperanza, por la suerte de Damian y sus demás compañeros; miedo, por ella misma. Miedo porque, a pesar de todo, en lo más hondo de sí misma, en un rincón de sus pensamientos que había mantenido cerrado con llave durante todo aquel tiempo (consciente como era de que Tobias podía saber lo que ella pensaba), seguía sin fiarse del targali. Ella se había esforzado durante todos aquellos meses en que el fingimiento del principio se convirtiese en verdadera confianza. Pero por más que lo intentaba, al final se daba cuenta de que lo que hacía cada día era seguir la corriente al extraño ser que seguía siendo Tobias para ella.

         Todo aquel asunto de volver al planeta de los hombres hormiga hizo emerger de golpe toda la desconfianza. El muro de apariencias y fingimientos que Wini había construido a su alrededor se vino abajo. Pero ella siguió fingiendo, aún ahora. Reconstruía el muro piedra a piedra; procuraba que las aguas de aquella realidad no pasasen por encima y la arrastrasen consigo.

         —¿Cómo iremos al espaciopuerto? —Preguntó ella.

         —¿Espaciopuerto? Pensé que ya habías aprendido esa lección, querida. Solo hay que atravesar una puerta. 

         Wini y el androide se miraron. Si la inmutable expresión de Retta había mostrado extrañeza, quizá fue solo la imaginación de la mujer. Pero ella pensó que sí. 

         Ambos siguieron a Tobias por distintos corredores y escaleras que Wini apenas conocía, hasta que traspasaron una doble puerta de madera oscura muy ornamentada. A Wini le costó creer que no hubiese reparado antes en aquellas puertas. Al traspasarlas entraron a una zona de la casa en la que definitivamente ella nunca había estado. No se veía nada allí. Tobias hizo un gesto y una luz apareció como de la nada, en su mano. Al final de un pasillo con puertas a ambos lados se encontraron con unas escaleras talladas de forma perfecta, en una piedra arenisca de color rojizo. Las ascendieron durante varios minutos. Terminaron en una pequeña habitación con unas ventanas altas y estrechas.

         Un mural al fresco se extendía por las paredes y el techo de la estancia. Un ser de luz, a todas luces divino, que Wini imaginó que era Lettand, descendía de un agujero en un cielo de tonos verdes y naranjas, con los brazos abiertos. Bajo él había una marabunta de targalis, que parecían brotar del suelo, en poses de indudable adoración hacia aquel ser. 

         En el centro de la habitación había una escalera de caracol de algo que parecía vulgar hierro negro. Wini y Retta siguieron a Tobias, y ascendieron por los estrechos peldaños, que se bambolearon bajo el peso de los tres. Wini se agarró a las figuras forjadas en la barandilla. Emergieron a una especie de buhardilla con techo en forma de cúpula. Una puerta de cristal de singular belleza, enmarcada por dos columnas y un dintel triangular, se abría allí al cielo crepuscular. El marco parecía hecho de níveo mármol, de apariencia rosada a la luz del sol de Ramark. 

         —Daos las manos —dijo entonces Tobias, agarrando la de Wini. A la humana se le encogió el corazón de miedo, pero también de excitación, al adivinar lo que estaban a punto de hacer. Tobias abrió la puerta. El viento agitó sus ropajes. Entonces el targali saltó al otro lado. Wini apenas pudo sentir el corazón en su garganta. En una cantidad infinitesimal de tiempo la fuerza de la gravedad, que debería haberlos atraído hacia una caída fatal, los empujó contra un suelo metálico, contra el que Wini y el androide cayeron suavemente, pero con torpeza, como si durante un instante el tiempo se hubiese detenido, y ese instante hubiera desincronizado el sentido de sus propios cuerpos. 

         Wini y Retta todavía estaban separándose del revoltijo de extremidades en que se habían convertido sus brazos y sus piernas, cuando Tobias, que había caído ágil como un paracaidista experto en su enésimo salto, dijo:

         —Bueno, estamos en Aldruthcia. 

         Wini reconoció el lugar como la extraña gran cúpula de cristal y formas imposibles a la que le había llevado el hombre hormiga. Un círculo de aquellos seres los rodeaban. La mujer supo que los habían estado esperando.

5

         Tobias se adelantó e intercambió unas palabras con uno de los fórmicos, un ser al que Wini creyó reconocer como Gortax, el que la había salvado al sacarla de aquel planeta. Al ver que era él quien estaba al mando, la mujer humana se tranquilizó, pero muy poco. 

         El hombre hormiga dijo:

         —Bienvenidos a la Cúpula de los Mil Vientos de Ramman. Vuestro camino en Aldruthcia es nuestro camino. —Se inclinó ligeramente, y luego añadió:

         —Debéis acompañarnos. Seguidnos, por favor.

         Bajaron por una delgada escalera de caracol pegada al muro exterior de la excéntrica torre-cúpula. Solo una delgada barandilla de aspecto descuidado, llena de óxido, los separaba de una caída hacia el suelo de la torre, si es que este existía, pensó Wini, ya que la base se perdía en la oscuridad. Pequeñas claraboyas de una rácana luz blanca iluminaban su descenso, de forma precaria. Las luces se iban encendiendo y apagando a su paso. Resultó que la torre sí tenía una base, después de todo. Llegaron al final envueltos en silencio. A Wini no se le había ocurrido nada adecuado que decir, y nadie más habló.

         Una vez fuera de la torre, Wini se encontró de nuevo con aquella luz llena de sombras picassianas, producidas por las angulosas y retorcidas estructuras de la arquitectura fórmica al ser iluminadas por dos soles diferentes. Hacía calor. Los extraños olores de aquel planeta la golpearon con fuerza, una mezcolanza de aromas fuertes e indescifrables, que invadieron sus fosas nasales sin la más mínima piedad. 

         Fueron introducidos en un extraño vehículo de formas de reminiscencias vegetales, hecho de una especie de metal dorado y verdusco, y conducidos a lo largo de calles tan enrevesadas que la mujer jamás habría sabido emprender el camino de vuelta. Se dio cuenta de qué poco dependía su futuro de sí misma, de sus propias elecciones. 

         Aquí y allá fórmicos curiosos se asomaban a las redondas ventanas de sus pinaculares viviendas, a lo largo de las calles por las que pasaban. En una ocasión, uno se destacó de entre un grupito que estaba delante de una pequeña casita que hacía esquina. Debía de ser un ejemplar joven, por su tamaño y delgadez. Iba vestido con llamativos ropajes de tonos ocres y anaranjados.

         —¡Espíritus de la gran nave Ajena! ¡Espíritus de la gran nave Ajena! —repetía a voz en grito, con gran excitación, mientras corría al lado del vehículo.

         Uno de los guardias de la comitiva se acercó para apartarlo de allí, pero el joven fórmico se escurrió con agilidad y volvió a acercarse al carruaje. Esta vez pegó la cara al cristal, haciéndose visera con las manos, y observando el interior de forma curiosa y descarada. Su mirada se encontró con la de Wini. 

         —Precursora-Ajena —Wini sintió más que escuchó lo que dijo.

         Entonces el mismo guardia de antes pilló al joven por los hombros y lo zarandeó sin contemplaciones. El joven hombre hormiga cayó al suelo, y el carruaje siguió su marcha. Wini se giró en el asiento y vio por el cristal trasero cómo el joven volvía a levantarse, y allí, ajeno a las magulladuras y rodeado ahora por algunos otros, gritaba:

         —¡Precursora-Ajena! ¡Betceol, Precursora!

         En la distancia, presidiendo la escena, Wini pudo distinguir la gran torre rematada en la Cúpula de los Mil Vientos. Reverberaba con la luz de dos soles extraños y moribundos.

6

         —Tu padre-guía estará muy disgustado contigo, Triwil —dijo Ancia, mientras curaba las heridas del joven fórmico.

         Estaban en la salita de estar principal, en el piso inferior de una humilde casita, en uno de los barrios obreros de Ramman. 

         —Lo siento, mi-dona —respondió el aludido, compungido.

         —Esta vez no me vas a engañar, así que quita ya ese tono patético de arrepentimiento.

         —Tienes que hacer caso a dona-Ancia, Triwil, o nunca llegarás a nada en la vida.

         —Déjame en paz, Thaseli.

         —Típico —dijo la aludida, que puso los ojos en blanco y se levantó del asiento en el que había estado tejiendo. Abrió los redondos postigos de desgastada pintura azul de la ventana, y se quedó allí, contemplando el exterior.

         —Vosotras no lo entendéis. La he visto, con mis propios ojos. Vi a la Ajena.

         Los insectiles y ambarinos globojos de Ancia relampaguearon. Dejó lo que estaba haciendo, se encaró con el joven Triwil y miró a sus globojos de color zafiro.

         —Escúchame bien de una vez, jovencito —dijo, y le agarró con vehemencia de los brazos, sacudiéndolo—. Deja ya de meterte en asuntos que no nos conciernen en absoluto, o acabarás trayendo la desgracia a esta casa. Los Ajenos no existen.

         Esta vez el joven se sintió compungido de verdad, pero su tozudez pudo más que su prudencia. Estalló y gritó:

         —Qué sabréis vosotras. No sabéis nada, siempre con las mandíbulas apuntando hacia abajo, sin…

         Ancia le cruzó la cara con una sonora bofetada. Thaseli se giró y se los quedó mirando, de hito en hito, en el silencio que siguió. Luego el joven se levantó y se dirigió hacia la salida. Selló su desprecio hacia los gritos de disculpa de la dona con un fuerte portazo, que retumbó en toda la estancia.

***

         —Pero no puedes culparlas. La única preocupación de tu-dona es que te conviertas en un padre-guía de provecho. 

         —Oh, no, ¿tú también, Rowaru? No he venido aquí para esto… Mira, mejor me voy, lo siento, he hecho mal en…

         —No seas estúpido, Triwil.

         —¿Qué?

         —Lo siento, pero te estás comportando como tal. 

         —Ya, tú tampoco me crees, ¿no? La vi, Rowaru, con mis propios globojos.

         —Yo… sí, tonto, yo sí te creo. Pero no puedes dejar que esa excitación tuya por los Ajenos te ciegue ante todo lo demás. Tienes que intentar ponerte en el lugar de las demás personas. Sobre todo, de la gente que te quiere. Intenta ver las cosas como las ve tu-dona. Intenta comprenderla. Es lógico, si te paras a pensarlo, que ella esté preocupada porque vayas por ahí diciendo esas cosas. Los Sacerdotes de Lettand tienen oídos en todas partes, Triwil. Deberías tener más cuidado. Si hoy no te han detenido es porque saben que eres un don nadie. No llames más su atención.

         —Has cambiado, Rowaru. Ya no eres la misma de siempre. ¿Dónde está la Rowaru que ayer mismo dijo que me acompañaría a casa de Grimnas? ¿Por qué no viniste, por cierto?

         Ella no respondió de inmediato. Los dos permanecieron un rato en silencio, en el balcón de la buhardilla, en la casa de Rowaru. Era un silencio particular, enmarcado por los sonidos del mundo alrededor: Los gritos de las donas, llamando a los jóvenes fórmicos de regreso a sus hábitats; los vendedores ambulantes, anunciando las últimas ofertas antes de dar por finalizado el día; Los coros de los cantos oratorios, que tanto odiaba en secreto el joven fórmico, en las torres de las iglesias de Lettand. Los soles gemelos condenados a morir se ponían ya, más allá del muro de casas y caminos serpenteantes que eran todo el paisaje que se podía ver hasta cualquier punto del horizonte. Pues la ciudad de Ramman era tan vasta como un país entero, y tan alta y con tantos niveles como una tarta de Leofanne.

         —No he cambiado —dijo Rowaru—. Pero ayer estuve hablando con mi padre-guía, de estas cosas. De los Ajenos…

         Triwil la miró, con sus globojos azul zafiro, sin decir nada.

         —Quería saber su opinión. Acaba de entrar a trabajar en la Guardia de la Ciudadela de Ánteran, la que dirige Gortax-mariscal. Estuvimos hablando de su nuevo trabajo, y una cosa llevó a la otra. 

         —¿Y?

         —Esto no es ningún juego. Tienes que tener mucho cuidado. 

         —Ya —dijo él. Se quedaron callados otra vez. El último sol acababa de ponerse. Las primeras estrellas se dibujaban en los resquicios del cielo libres de estructuras fórmicas, aunque no podían rivalizar con las miles de esferas de luz blanca y amarilla que cobraban vida por toda la inmensa urbe.

         —Es lo que siempre he soñado, Rowaru. Mis más ardientes deseos acaban de hacerse realidad, y el mundo, este mundo vasto y ordinario, parece ignorarlo. Y yo… No puedo soportarlo. Una nave Ajena, una nave Precursora. Está aquí, aquí mismo, en nuestra ciudad, llegada desde un tiempo que creíamos legendario. Algo que todos dicen que no existe. Pero yo la he visto, Rowaru. He visto a la humana, tan semejante y a la vez tan diferente a todo. He visto a Betceol. Y voy a ir, mañana, con Grimnas y los demás. Voy a ir a la nave. Sabemos que van a llevarla allí. ¿Vendrás?

         —Iré, Triwil —dijo ella. 

         Los dos jóvenes fórmicos entrecruzaron sus mandíbulas y antenas, bajo la noche de Ramman.

7

         Reticente y vacilante, Wini entró en la nave. Todos sus sentidos le gritaban que huyera de allí. Pero la posibilidad de reencontrarse con Damian y los antiguos compañeros humanos de la Perseverance, así como de volver a conectarse con su IA, hacían que cualquier riesgo mereciese la pena. Según Gortax, los suyos habían vuelto a introducir a los humanos supervivientes en las cápsulas de criogenia, con la esperanza de mantenerlos con vida. Una noche, hacía menos de una semana, algunos guardias de Gortax juraron haber visto a varios humanos, entre ellos Damian, tras las ventanas del observatorio de la nave.

         «Por qué. Por qué los fórmicos les habían arrancado los implantes neuronales», había exigido saber Wini, antes de entrar. A lo que Gortax contestó: «Porque está escrito en los preceptos más sagrados de nuestra religión, que las IA son el mal. Está escrito que los Precursores llegarían desde el remoto pasado, y que así habría de obrarse». A pesar del calor que hacía en el exterior, Winifred se quedó helada al escuchar aquellas palabras, en la voz grave y gutural del hombre hormiga.

         Le dijeron que algunos fórmicos habían muerto en el interior, que circulaban historias sobre un espíritu hostil, que hostigaba a quienes osaban perturbar la paz de los innumerables pasillos, túneles y estancias de aquella nave llegada del remoto pasado. Solo Gortax tuvo el valor de acompañarla a las entrañas de la Perseverance. Wini lo agradeció, sin poder explicarse muy bien por qué; puede que, en aquel momento, tuviese más miedo de la nave que de los fórmicos (quizá porque una parte de ella se sentía culpable por haber sido tratada mejor que sus compañeros). 

         Hacía frío allí dentro. La mujer ajustó su traje, que al instante pareció cobrar vida, para multiplicar sus tejidos y darle más abrigo. Su aliento exhalaba pequeñas nubes de vapor, en la penumbra verdosa y titilante de las luces de emergencia. Por lo visto, ninguno de los fórmicos había sido capaz de restaurar la energía principal. Paso a paso, Wini se dirigió hacia el observatorio de la nave.

         A medida que se iba acercando, el trayecto se le hizo más difícil, hasta el punto de que tuvo que hacer acopio de toda su fuerza de voluntad para no darse la vuelta y regresar corriendo hacia la salida. Le asaltaban imágenes fugaces, décimas de segundo sobre las que no tenía ningún control, de los tres tripulantes de la última guardia, muertos. Imágenes mezcladas con sangre, de Taylor riendo, de Damian y de ella misma. 

         —¿Todo bien? —Le preguntó Gortax. Ella fue consciente de que llevaba allí plantada varios minutos. 

         Pero no iba a dejar que la única humana que quizá existiese en la galaxia, fuera de aquella nave, quedase como una cobarde. 

         —Sí, todo bien, ¿por qué, tan mal me ves, fórmico?

         El otro no contestó. 

         —Vamos —dijo ella—. Adelante.

8

         Cuando Triwil y Rowaru llegaron al tejado del viejo almacén, en a las proximidades de la nave humana, solo Grimnas se había presentado allí.

         —Ya era hora. Pensaba que iba a ser el único pringao en arriesgarse —exclamó, mientras movía las antenas con excitación.

         —Chitón —le espetó Rowaru, con un dedo en las mandíbulas—. Habla más bajo.        

         —El distrito entero está plagado de guardias. Han reforzado los controles, y hemos tenido que dar un buen rodeo —se disculpó Triwil.

         —Qué me vas a contar.

         —Por el Fundador, ahí está —dijo Rowaru—. Mira, Triwil.

         —Sí, como salida de un libro de cuentos de Famirion. Un ser humano. Quién lo hubiera creído —intervino Grimnas.

         La mirada malva y aguamarina de Rowaru se había quedado prendada de la humana.

         —Guau… Por todos los soles de la galaxia. Es cierto, Grimnas, es como una princesa humana de un libro de Famirion. Oh, Triwil, es increíble. Ha merecido la pena venir.

         El aludido se había quedado mudo, también absorto en la contemplación de la mujer.

         —Hay un ciclópeo con ella, y un mono peludo —dijo Grimnas.

         —Es un targali de Ramark —observó la joven fórmica.

         —Va a entrar —comentó Triwil.

         —Si pudiésemos acercarnos un poco más —dijo Grimnas, y Triwil repondió:

         —Nadie mira hacia aquí. Podríamos deslizarnos por ese bajante del canalón —señaló.

         —No, Triwil, es peligroso. Aquí estamos bien —se opuso Rowaru.

         —Rowi, venga. No va a pasar nada, y estamos ante la oportunidad de nuestras vidas. Piensa en el artículo que podrás escribir mañana. Podemos hacer que todo cambie.

         —Vale, está bien —dijo ella, sin parecer del todo convencida. ¿Cómo…

         —Yo iré primero —dijo Triwil, de inmediato.

         —…lo hacemos —terminó Rowaru, en voz baja, mientras Triwil empezaba ya a deslizarse por el bajante.

         —Típico —apostilló ella, al unísono con Grimnas.

         Cuando Triwil ya iba por la mitad, los otros dos se acercaron al bajante, pero entonces una teja cedió bajo un pie de Rowaru, que perdió el equilibrio y cayó rodando hasta el borde del tejado. No pudo hacer nada. Cayó hasta el suelo de la gran explanada de la nave.

         —¡Rowaru! —Gritó Grimnas.

         —¡No! —Chilló Triwil, que se estiró para intentar agarrarla, un movimiento imposible que le hizo escurrirse del bajante y caer, mientras observaba impotente cómo Rowaru rebotaba contra unos bártulos y quedaba tendida en el suelo, inmóvil. Entonces el joven sintió un dolor agudo y feroz. Se había partido una articulación de la pierna.

         Todos los guardias en los alrededores de la nave se habían girado hacia ellos.

9

         Acababan de llegar a las puertas del observatorio, pero Wini no se decidía a accionar la apertura. En el camino hacia allí había conseguido dejar su mente en blanco, ajena a cualquier cosa que no fuese seguir adelante. Pero ahora, delante de las puertas, todos los pensamientos empezaron a bullir de nuevo en su cabeza.

         Reencontrarse con los demás tripulantes se había convertido en un sueño para ella, desde que los acontecimientos precipitaron su huida a Ramark. Pero Wini sabía que a veces los sueños podían convertirse en pesadillas. Además, estaba el hecho de que una parte de ella había empezado a sentir que la necesidad de reencontrarse con los humanos de la Perseverance era más un deber que un deseo. Esa parte quería estabilidad; quería certidumbres a las que poder aferrarse, para construir una nueva vida y empezar de cero. Ella sabía que mientras estuviese a la deriva entre aquellos dos mundos, entre los recuerdos del sistema solar al que ya nunca volvería y aquella galaxia de soles y seres extraños, nunca conseguiría la paz. Cuando se sorprendía pensando aquellas cosas, no podía evitar avergonzarse de sí misma.

         —Vamos, a qué estamos esperando —dijo Gortax, que se adelantó impaciente y accionó la apertura.

         Allí estaban. Debían de ser al menos unos treinta de sus compañeros de viaje. Wini reconoció a varios de ellos de inmediato: Silvy Siegler, analista de sistemas; Zahra Essop, piloto y nutricionista; Brad Heanley, especialista en ciberseguridad; Cipriana Vasquez, diseñadora de entornos medioambientales; Sergi García (no recordaba qué era Sergi); Masayuki, escritor de contenidos jugables; Joseph Ovine (tampoco recordaba a qué se dedicaba); Wendell, Lynn, Alana, Mini, Bohdan… Y Damian. También estaba allí. Damian Frit, técnico en aeromoción. Eran labores que todos habrían de desempeñar sobre todo al llegar a Acantha, pues los sistemas de la nave estaban totalmente automatizados durante el viaje, durante el cual los tripulantes solo habían llevado a cabo labores de supervisión, durante sus turnos de guardia.

         Allí estaban, solo que no eran ellos. Wini lo supo al momento. No por tener alguna certeza, sino por pura intuición. Pero era una intuición que se basaba en una sensación ineludible. La sensación de que ninguno de ellos mostró ni una sola emoción que a Wini le resultase familiar. 

         —Wini —se adelantó Damian. La mujer retrocedió un paso—. Wini… ¿Estás bien?, soy yo, Damian, tu amigo.

         «Pesadillas».

         —Espera… ¿por qué vienes con el enemigo, Wini? —Preguntó Damian. Todos los demás se acercaban poco a poco. Ya casi los rodeaban.

         —¡Atrás! —Gritó de pronto Gortax, que agarró a Wini con brusquedad. 

         La mujer pensó que su intención era protegerla, pero la estaba lastimando. Dijo:

         —No tan fuerte, Gortax, me haces dañ… —entonces lo vio, y ahogó una exlamación de sorpresa y horror. El fórmico apuntaba a su cabeza con un arma.  

         —Atrás —repitió Gortax—. O acabaré con ella.

10

         —Monstruo embustero —escupió Wini—. Por eso querías que viniese otra vez. Fuiste tú, siempre fuiste tú, el que lo dirigía todo en este planeta. No me rescataste de la celda. Lo tenías todo preparado. 

         —Tú no lo entiendes —respondió Gortax—. Era el único camino. Las IA te querían a ti. Dijeron tu nombre, Winifred.

         Wini se sintió perdida, al borde del paroxismo. Era un peón en un juego que no comprendía. La nave se había vuelto tan extraña para ella como todo lo demás en aquella galaxia. Sus compañeros estaban alienados, como zombis; y el posible amigo que tanto necesitaba en aquel mundo extraño era un traidor, un monstruo al que ella le traía sin cuidado. Y si Tobias era amigo de aquel ser, así como el androide, Retta, la única conclusión posible era que estaba sola. Estaba completamente sola.

         Solo había dos opciones, deshacerse en lágrimas y suplicar… o revolverse y odiar. Wini eligió lo segundo. 

         Haciendo acopio de la energía que le daban el odio y la rabia acumulados, Wini recordó uno de los movimientos de defensa personal que les habían enseñado antes de embarcar en la Perseverance. Su brutalidad, más que su estilo, pillaron por sorpresa al fórmico, que la soltó por un momento. Suficiente para que Damian y los demás se abalanzasen sobre ellos.

         Damian puso sus manos alrededor de la cabeza de Wini, en sus sienes, y la mujer quedó paralizada al momento. Sintió una tormenta en su cerebro, los latigazos de un dolor agudo e insoportable. Al borde del desvanecimiento, recuerdos olvidados volvieron a ella. Se vio a sí misma de nuevo durante el viaje desde el sistema solar, en la Perseverance…

***

         Despierto. Otra vez esa misma sensación, como de ahogarme en sueños. Siento como si alguien me agarrase. Abro los ojos, aterrorizada. Boqueo, porque creo que voy a morir. Pero no. Estoy viva. Solo estoy saliendo de crío. Jadeo, intento tomar aire, vuelvo a jadear, hasta que me acostumbro de nuevo a respirar por mí misma. 

         Todo está oscuro. ¿Por qué? Si ya hemos llegado, empiezo a razonar, todos deberían estar saliendo de crío, como yo. «Tranquila», me digo. Solo es que tu visión está borrosa, es normal que una persona no pueda distinguir nada, cuando despierta de la criogenia. Sin embargo, según avanza un tiempo que no soy capaz de contar, un tiempo que me parece irreal, me doy cuenta de que algo no está bien, pero no por lo que no veo, sino por lo que no escucho. No escucho nada. No, me doy cuenta, no es eso, porque los sonidos de la nave están ahí… No escucho a nadie. 

         Algo se mueve, en el límite de mi oscurecido campo de visión, justo a mi izquierda. No sé lo que es, pero me asusta. Me levanto. 

         —¿Hay… Hay alguien ahí?

         Silencio. 

         Las luces están apagadas. Pero ya distingo formas en la oscuridad. Mis compañeros de tripulación están ahí, en la gran sala de criogenia. Reposan tranquilos, pero anhelantes, como momias de un futuro incierto, sus manos cruzadas sobre sus hombros. Me guío a tientas en la penumbra, apenas guiada por el resplandor de los sarcófagos de cristal. Llego a la salida. 

         Recorro los laberínticos pasillos de la nave. Damian camina conmigo, a mi lado. No soy consciente de en qué momento nos hemos encontrado. Algo no está bien en mi cabeza. Pero da igual, eso no debe importarme. Seguimos adelante, y llegamos a la sala de control central. ¿Por qué? No es nuestro turno de guardia. Nosotros no deberíamos despertarnos hasta poco antes de llegar a Acantha. 

         Damian me hace un gesto, para que guardemos silencio. Es el turno de Roni, Afraima y Cosima. La última guardia, antes de llegar a Acantha. Están hablando, y entonces Afraima, conocida por sus dotes como hacker, activa un holo. Contengo el aliento al darme cuenta de lo que ven, aunque al principio no entiendo nada. Un vago temor crece en mi interior. Algo terrorífico, que estaba guardado por mi IA, en lo más profundo de mis recuerdos. En el holo estamos Damian, Taylor y yo, durante nuestro turno de guardia…

***

         —Déjalo estar, Taylor, si las IA hubieran querido que investigásemos la señal, habrían dado instrucciones para hacerlo —dice Damian.

         —Las IA, siempre las IA. ¿Acaso no sois capaces de pensar, ni siquiera por un momento, por vosotros mismos? Esto podría ser lo más importante que ha pasado en toda la historia humana. Se trata de una señal proveniente de una nave extraterrestre. Joder, es como encontrar una puta aguja en un pajar. Por el amor de Dios, ¿es que no lo veis?

         —Damian tiene razón, Taylor. Es peligroso, no debemos salirnos de la ruta trazada. Si quieres, podemos apuntar las coordenadas en la bitácora, y transmitir la posición por enlace cuántico. En el sistema solar sabrán qué hacer con ello. 

         —No. Puede que no volvamos a tener jamás una oportunidad como esta. Además, no me fío de lo que decidan las IA en el sistema solar, joder. Lo controlan todo. Qué oportuno que hasta ahora jamás hayamos encontrado nada ahí fuera, ¿eh? No. Debemos investigarlo nosotros. Es nuestra responsabilidad. 

         —Lo siento, Taylor, dos contra uno. Las reglas están claras —dice Damian.

         —Yo no diría tanto. Se trata de una excepción contemplada en la norma 13.3. De hecho, deberíamos despertar al comandante Payet.

         —Y yo digo que no —insiste Damian.

         Taylor se ríe, de forma claramente despreciativa. Luego dice:

         —Damian dice que no, ¿eh, Wini? —Le guiña un ojo a la mujer—. ¿Y se puede saber quién te has creído que eres tú, el comandante? 

         Taylor se levanta, ignorando a Damian. Este se le echa encima.

         —Maldito cabr… —espeta Taylor.

         Los dos se enzarzan en una pelea sin claro ganador, haciendo peligrar la integridad de las consolas cercanas. Hay un intercambio de golpes, de puñetazos errados, resoplidos y maldiciones, todo bastante patético, hasta que los dos caen al otro lado de las consolas. Se produce un fuerte golpe, al que sigue el silencio. Wini se dirige hacia allí, nerviosa, sin estar segura de cómo actuar. Cuando llega ve que Taylor aprisiona la cabeza de Damian con sus piernas. 

         —Wini, ayúdame… ¡Wini! —Grita Damian, a duras penas.

         Wini no sabe qué hacer. Damian va a morir. 

         —Detente, Taylor, detente. Oh, Dios mío, Taylor, suéltalo, por favor —suplica Wini. 

         Damian se pone azul. Apenas ofrece ya resistencia. 

         Entonces, de repente, empieza a toser y a resollar, libre de la mortal llave de Taylor. 

         Taylor yace en el suelo, con un charco de sangre bajo su cabeza. Wini tiene en la mano el asa de su taza de café, hecha pedazos. 

         —Dios mío, Dios mío, Dios mío… Santa Galaxia, Damian… ¿qué vamos a hacer? Damian… Lo he matado, joder. ¡He matado a Taylor!

         —Tranquila, tranquila Win. No pasa nada. Pensaremos algo —dice Damian, mientras se recupera, resollando—. Ya sé, lo meteremos en su cápsula, y lo arrojaremos al espacio. Luego trucaremos los holos de este turno. Nadie sabrá nunca nada. 

         —Pero las IA lo sabrán. Nosotros lo sabremos. 

         —No, Wini. Las IA lo aprobarán. Sabrán que hemos hecho lo mejor que podía hacerse. Borrarán nuestros recuerdos, y no tendremos que preocuparnos más por esto. Confía en mí.

***

         Afraima corta el holo. 

         —Eso es todo —dice—. Bien, ¿qué hacemos?

***

         Wini volvió al presente. Las manos de Damian, del Damian manejado por su IA como un zombi, seguían asiendo sus sienes. Todos esos recuerdos habían vuelto a ella como una bofetada de realidad, en un solo instante, como si siempre hubiesen estado ahí. También supo lo que había pasado con Roni, Afraima y Cosima. Fueron ellos. Damian y ella. Los mataron allí mismo, en el mismo momento en que Afraima terminó de decir «qué hacemos». Luego reprogramaron la ruta de la Perseverance, para dirigirla a un agujero negro, y volvieron a sus cápsulas de criogenia. Pero en aquel momento, asqueada de terror por sí misma y lo que había hecho, Wini sintió algo más. Unas palabras, que se derramaron sobre todo su ser como un bálsamo que en el futuro le ayudaría a hacer más soportable aquella terrible verdad: «No fuimos nosotros, Win. No te culpes. Fueron las IA. Tú sigue viva, Win, lucha. Llega hasta el final. Te quiero Win, siempre te querré».

         Entonces, el hombre extraño que había sido su amante la miró a los ojos, y Wini creyó verlo, ver a Damian de verdad, por una última vez. Después cayó al suelo, como un muñeco inanimado. Al momento Wini olvidó algo, algo muy importante, algo terrible, que acababa de recordar. Pero unas pocas palabras llegaron de nuevo hasta ella, insistentes… «Lucha, llega hasta el final».

         Todo aquello había pasado en unos pocos segundos de tiempo real. Ese fue el tiempo que Damian, aquel Damian, había tenido agarrada a Win por las sienes.

         —Estúpida —le espetó Gortax—, lo has estropeado todo. Los tenía bajo control. Era parte del plan.

         ¿Parte del plan? Wini no daba crédito. Pero lo que se grabó a fuego en su mente fue que era la segunda vez que aquel ser le llamaba estúpida. Y ya estaba harta. Se abalanzó con furia contra el fórmico, que en esos momentos disparaba a diestro y siniestro con su arma de energía, volatilizando a los humanos. Las mandíbulas de Gortax se abrieron por la sorpresa. El golpe con la cabeza que Wini le propinó en el pecho, como un ariete, lo derribó en el suelo, cuan largo era. 

         Los pocos humanos que quedaban huyeron de allí. A Wini le daba igual, solo le importaba una cosa: quería matar a Gortax. Al principio no había sido consciente de ello, pero el contacto con Damian, o lo que quiera que fuese Damian, la había cambiado. Se sentía llena de una fuerza que jamás había experimentado; hubiera sido capaz de saltar ríos y de escalar montañas. Era una fuerza potenciada por su rabia. 

         —¡No! Wini, no… 

         La mujer escuchó una voz, distante por la sangre que taponaba sus oídos. Vio como unos brazos brillantes y metálicos agarraban los suyos, y luchaban para apartarlos del cuello de Gortax, que agitaba frenético sus mandíbulas, al borde de la muerte por ahogamiento.

         —Wini, no, tú no eres así —dijo Retta, el androide— Por favor. 

         —Retta —musitó ella.

         Entonces la rabia se apagó, y la mujer fue consciente de lo que estaba haciendo. Aflojó su presa, y la soltó, asqueada. 

         Wini reparó en Gortax, allí tirado, como si lo viese por primera vez. Se frotaba el cuello, boqueaba y hacía sonidos extraños, mientras el aire volvía a sus pulmones. Vio el cuerpo de Damian, sin el más mínimo asomo de vida en sus ojos. Mareada, se sentó en el suelo, y entonces lloró, como una niña desvalida.

         «¿Wini?, Wini. Soy yo, Hapola. Estoy aquí, contigo. Estoy de vuelta. No llores más, mi pequeña».

Fin del capítulo 2

“Trilogía de los Singulares, Vol. I, Soles Extraños”.

Este relato lo iré actualizando con más partes, a medida que lo vaya escribiendo.

CAPÍTULO 1

1

         Transcripción de las respuestas y recuerdos del personal de la Perseverance. Día cuatro. Damian Frit.

         —Taylor Vail siempre fue diferente a los demás miembros de la tripulación. 

         —Sí, lo cierto es que sus ideas eran muy originales; extrañas, incluso. Que eso tuviera que ver con su posterior desaparición, y con todo lo que está pasando aquí, en Acantha… Miren, me parece que no están preguntando a la persona adecuada. Yo solo soy un técnico. De verdad, este asunto se me escapa por completo. No sé qué conclusiones esperan sacar interrogándome.

         —¿Peligrosas? Bueno, yo no sé si diría tanto. ¿Son peligrosas las ideas, por ser originales? Después de todo, los humanos tenemos libre albedrío, ¿lo sabían?

         —¿Me pregunta que cuándo empecé a darme cuenta de lo diferente que era? Bueno, desde luego, tuvo que ser en algún momento de mi primera guardia, durante el año que estuvimos juntos, en el primer tercio del viaje. Acabábamos de dejar atrás el sistema estelar de Alfa Centauro, creo. Espere, accederé a ese banco de memoria. Supongo que querrán verlo. 

         —Aquí. Esto les puede interesar, pero ya les digo que no sé de qué les va a servir… Vale, vale, está bien. Ustedes saben lo que buscan. Por supuesto, es su trabajo, no el mío.

***

         —No estoy de broma, Damian. Tú solo piénsalo por un momento. No te digo que me des la razón, solo que no te cierres en banda, y pienses un poco en ello. ¿No te parece todo demasiado perfecto?

         —Todo son muchas cosas, Taylor. Si quieres que te siga el juego, concreta un poco, anda.

         Los dos estamos sentados en la sala de control de la Perseverance. Taylor, Winifred y yo somos las únicas personas despiertas en toda la nave. El resto de la tripulación permanece en estasis en las cápsulas de criogenia. Los turnos están calculados al minuto, para que el efecto de la dilatación temporal sea el mismo para todos los miembros de la tripulación, cuando finalicemos el viaje en Acantha. Wini pone los ojos en blanco ante la nueva reflexión de Taylor. Se pone de pie y va hacia la “cafetera”. Llamamos así a la impresora molecular de bebidas, porque todos la usamos solo para tomar café. Todos menos Taylor, claro.

         —La negación de la singularidad, para empezar. ¿Cómo estamos tan seguros de que nunca existió?

         Oh, Dios mío.

         —Wini, otro para mí, por favor —grito a nuestra compañera—, o no sé cómo voy a soportar otra noche de guardia junto a este tío.

Taylor suelta una risita. 

         —Eso es lo que siempre nos han hecho creer, Damian, que superamos la singularidad, porque fuimos capaces de fusionarnos con la Inteligencia Artificial. Y que por eso las IAs nunca se rebelaron, por eso no nos controlan. Porque somos todo uno, mente y máquina. Pero…

         —Sí —le interrumpo—, donde esté la máquina, la persona. Donde esté la persona, la máquina —digo, enunciando el axioma universal sobre la unificación de la mente humana y la IA—. La piedra angular sobre la que se asienta la nueva era humana, a partir de la conquista de la supercomputación cuántica.

         —Ya —dice Taylor—, pero ¿y si no fue así?

         —Pero por qué no iba a serlo. Estamos aquí, ¿no? Tú, yo, Wini —digo, señalando a la mujer, que llega y me ofrece uno de los cafés—. Haciendo lo que queremos, Taylor, fíjate.

         —Estás tan seguro.

         —Pues claro que lo estoy. 

         La conversación empieza a aburrirme un poco. Me sumerjo en una holonovela, aunque una parte entrenada de mi consciencia permanece atenta a las señales en las pantallas de las consolas, al aroma a café que nos envuelve, a las tinieblas más allá del brillo de las pantallas y al débil zumbido de la nave.

         —Pues no deberías.

         Señor, por qué a mí.

         —Joder, Taylor. Por qué, dinos, ilústranos. Por qué no debería pensar que somos libres de hacer lo que queramos. Mira, Wini acaba de levantarse a hacer café, en pleno turno de guardia —digo, con tono burlón.

         —Ja. No seas crío, Damian —suelta Taylor.

         —A mí no me metas —dice Winifred, casi al unísono. Ella gira su asiento para darnos la espalda, mientras sorbe de su taza. Yo me quedo mirando a Taylor.

         —Todo es demasiado bueno —dice Taylor—. ¿No te das cuenta? No existen el crimen ni las guerras. No hay enfermedades, no hay paro. Y, lo más desconcertante de todo, ni una sola pista sobre la existencia de civilizaciones extraterrestres, ahí fuera. Todo demasiado conveniente, para nosotros, yo diría. Yo, o cualquiera que se pregunte qué está pasando aquí. ¿Y sabes por qué?

Está claro que es una pregunta retórica, pero le respondo:

         —Porque hemos evolucionado. El progreso científico y tecnológico nos libraron de las cadenas de nuestra biología. Dejamos atrás las debilidades de nuestros padres. Y en cuanto a los extraterrestres, Taylor, nadie niega ya que existan. Solo que aún no nos hemos topado con ellos. El espacio es muy grande, y nosotros muy pequeños, y apenas hemos empezado a mirar ahí fuera. Ya sabes. Lo que aprendimos en el colegio, compañero.

         —Por supuesto, pos supuesto. Pero ¿y la disensión? 

         Alzo una ceja. Se produce un breve silencio, solo interrumpido por el sempiterno zumbido de la nave, algún bip ocasional, y los sorbidos del café de Wini.

         —¿Recuerdas la última vez que decidiste algo por ti mismo? —Continúa Taylor.

         —Qué tontería. Pues claro que sí —respondo.

         Silencio.

         —¿Qué? 

         —¿Qué qué?

         —Que cuando fue la última vez que decidiste algo por ti mismo.

         Diablos.

         —Ahora mismo, Taylor. He decidido poner fin a esta memez de conversación. ¿Te sirve eso?

         —Vaya, qué conveniente, ¿no? Pero ¿lo has decidido tú, o lo ha decidido ella por ti?

***

         Congelo la imagen, ante un gesto de mis interrogadores. 

         —Ella. Mi complemento de Inteligencia Artificial. Mi implante neuronal IA. Todos los humanos modernos nacemos con el implante, que forma parte de nuestro propio ADN modificado. La IA es la evolución de nuestros teléfonos móviles del pasado, una interfaz de comunicación entre cada individuo y el mundo, y con el resto de la gente. Somos seres de pensamientos en continua interacción en la Red. Aunque ahora mismo estoy aquí, puedo atender a distintas conversaciones y realidades, en distintos tiempos y lugares, de la mano de mi IA.

         —Pero soy yo quien manda sobre mi IA, no al revés. Miren, las IA posibilitaron la verdadera democracia. La democracia directa.

         —Sí, nunca hemos gozado de mayor bienestar y libertad, y por eso estoy seguro de que Taylor se equivocaba. Aunque, si me permiten la observación, no sé en qué les atañe esto a ustedes.

         —Está bien, está bien. Nada de observaciones. Joder.

         —Claro que supongo que no es lo más normal, encontrarse con alquien así en una situación tan delicada, en una misión destinada a encontrar un nuevo mundo para la especie humana. Y quizá por eso no quise darle importancia al principio, como si negarlo ocultase lo peligrosas que eran las observaciones de Taylor… 

         —Sí, tendría sentido. Quizá tengan razón, y no sea algo casual.

         Dios mío.

         —¿Quieren que reactive el recuerdo? ¿Algún otro?

         —Está bien. No se preocupen, seguro que me vuelven a encontrar aquí, cuando vuelvan. ¿Saben qué?, estoy cómodo. No voy a ir a ningún sitio.

2

         Transcripción de las respuestas y recuerdos del personal de la Perseverance. Día seis. Winifred Battaglia.

         —Sí, mi nombre es Wini, Winifred Battaglia.

         —Nos dimos cuenta enseguida. Acantha no era lo que habíamos soñado.

         —Miren, esas cosas se notan. 

         —Claro que me tomo esto en serio.

         —Parece como si las sondas autorreplicantes no hubieran hecho bien su trabajo, por increíble que suene eso, en mi opinión. O bien algo o alguien las ha reprogramado con un pésimo gusto.

         —Las enviaron unos ciencuenta años antes de que la Perseverance partiese del sistema solar, desde la luna Phobos, en Marte. Su misión era tejer una red de comunicaciones superlumínica, mediante enlace cuántico, a la vez que sembrar los mundos a los que íbamos a viajar en el futuro, cuando la tecnología de la propulsión dual por fusión y antimateria de la Perseverance estuviese lista. 

         —Sembrar con nanobiotecnología, claro, ¿qué si no? Ya saben, nano, micro y finalmente, macro robots. Los ladrillos de construcción básicos para hacer esos mundos habitables para nosotros. 

         —Sí, las sondas tardarían siglos en extenderse lo suficiente y en preparar todos esos mundos. Pero la tecnología de la Perseverance nos impulsaría a más de dos tercios de la velocidad de la luz. Así que cuando llegásemos a Acantha, por el efecto de la dilatación temporal, ya habrían pasado todos esos siglos para nosotros. Ya todo estaría preparado. 

         —De acuerdo, accederé a mis recuerdos de la llegada. Esperen un momento.

***

         «Wini, has de presentarte en la sala de control, ya mismo». 

         «¿Ya?» le respondo a mi IA. «Acabo de salir de la criogenia. Mierda. Casi no me tengo en pie. ¿A qué tanta prisa?» 

         «Algo no ha salido bien. Están llamando a todos a sus puestos. La Perseverance acaba de terminar la aproximación en subluz, y está efectuando un aterrizaje de emergencia. Algo ha afectado a nuestros motores. Será mejor que lo veas por ti misma». 

         Entonces Hapola, mi IA, me pasa las imágenes. Nada que se parezca al mundo idílico que se nos había prometido. 

         —Santa Galaxia… ¿Qué es eso? —Exclamo en voz alta, mientras me dirijo dando tumbos hacia la sala de control central, a través de las rampas móviles, y los tubos de succión gravítica.

         Cuando llego lo veo junto a todos los demás que están ya allí reunidos, en las pantallas holográficas. Es como si la bruja del bosque hubiese lanzado un malévolo hechizo para hacer crecer sin control las malas hierbas en Camelot, pero a escala planetaria. Cada una de las estructuras a las que habíamos dado forma en nuestros sueños, en nuestros proyectos, está deformada, retorcida y carcomida en ángulos y espirales imposibles. Un gigantesco muro de espinas pétreas se extiende del suelo al cielo, iluminado por la moribunda luz de dos soles.

         —Wini —me llama alguien. Es Damian. Coincidimos en nuestro primer turno de guardia. Hicimos el amor. No había mucho donde elegir; estaban él y Taylor, y Taylor estaba zumbado. Vamos, que hay cierta conexión. 

         —Hola Damian —le saludo, sin poder ocultar el nerviosismo de mi voz. ¿Sabe ya alguien qué ha pasado aquí?

         —Solo conjeturas. Se habla de un fallo en la programación de las sondas.

         Le miro a los ojos. Resulta evidente que ninguno de los dos cree en esa posibilidad. 

         —Venga ya —digo, materializando mis pensamientos en palabras—. ¿Un fallo en la programación? No me jodas, Damian, tú no crees eso.

         —No. Pero qué alternativa… 

         —Extraterrestres, Damian. Qué si no.

         —Pero no puede ser —dice él, con los ojos como platos—, habíamos estudiado este planeta.

         —Puede que no tan bien como debiéramos. Tenía que pasar, antes o después. 

         —No, tiene que haber otra explicación… —Se interrumpe cuando la nave da un bandazo, y ambos y casi todos los presentes salimos rodando en diferentes direcciones.

         Apenas me he incorporado cuando las IA lanzan un mensaje de alerta general, por el canal común: 

         «Alerta, alerta. Estamos bajo ataque de una civilización hostil. Alerta, alerta. Estamos bajo ataque de una civilización hostil. No es un simulacro. No es un simulacro».

3

         La luna de Acantha presidía llena y roja la noche sobre el mundo. Winifred se estremecía en el camastro de su celda, incapaz de dormir, por quinta o quizá sexta noche consecutiva. Ya estaba a punto de perder la cuenta, si no también la razón. Eran prisioneros de aquellos horribles seres azules y quitinosos. Las peores pesadillas del hombre acababan de cobrar forma ante sus ojos. Extraterrestres, seres monstruosos, con rostros insectoides, desprovistos de todo asomo de humana compasión, habían capturado a la Perseverance y a todos sus tripulantes.

         Fueron retenidos desde el primer momento, al principio en sus propias estancias dentro de la nave, y entrevistados por protocolos IA estándar. Pero fuese por la propia imaginación demasiado ingenua de la mujer, o porque su IA había querido suavizar el horror de una verdad demasiado pronto revelada, Winifred nunca fue capaz de anticipar el horror que estaba a punto de ocurrirles.

         En el camastro de su pequeña celda en una de aquellas construcciones que parecían diseñadas por un loco, arracimadas de forma caótica en torno a la Perseverance, Winifred no podía quitarse de la cabeza los gritos inhumanos de Damian y los demás, cuando les iba llegando el turno en la macabra ceremonia que los insectoides llevaban a cabo con ellos, cada día. Les arrancaban los implantes neuronales, sus IAs, de forma bestial, mientras los sostenían allí de pie, delante de todos. Algunos se desplomaban, muertos. Otros quedaban catatónicos, sus mentes incapaces de procesar tanto dolor. 

         Winifred esperaba su turno, con espanto y horror. Preguntaba, demandaba, chillaba a su IA: «Por qué, por qué, por qué… cómo ha podido ocurrir esto, por qué, por qué, por qué…». Pero no obtenía ninguna respuesta. Su IA se había ido. La había abandonado, en el peor de los momentos.

         Desconectada de toda realidad, más sola de lo que jamás había imaginado posible que una persona pudiese estar sola, Winifred esperaba, seca ya de lágrimas, a que llegase su turno. Pero su turno nunca llegaba. 

4

         En algún momento de la noche siguiente, cerca ya del alba, algo sacó a la mujer de su intermitente duermevela.

         Al principio maldijo lo que fuera que la arrancó del descanso que su cuerpo y su mente tanto necesitaban. Enseguida, sin embargo, su yo consciente logró abrirse paso entre las brumas del cansancio y el olvido. Cuando su cerebro terminó de procesar el significado de aquel sonido, la adrenalina hizo su efecto. Winifred se irguió, completamente alerta. Algo o alguien había abierto la puerta de su celda. Nunca la habían abierto durante la noche.

         Se levantó del camastro con cautela y se deslizó hacia la puerta, procurando no hacer ningún ruido. Le resultó bastante difícil, pues le dolían todos los músculos del cuerpo. Permaneció a un lado de la entrada, intentando discernir algo en las tinieblas que se adivinaban más allá del resquicio abierto. Prestó atención al más mínimo sonido. El tiempo que pasó así le pareció interminable, aterrador. Tanto por la posibilidad de que la puerta se cerrase de golpe, disipando de forma cruel el hilo de esperanza al que acababa de aferrarse, como por lo que pudiese aguardar al otro lado. Por fin, se armó de valor, y salió.

         De inmediato una sombra se abalanzó sobre ella. Una garra dura y fría sofocó su aliento, asfixiándola. No pudo luchar contra aquello. No tenía fuerzas. Se vio arrastrada hacia las sombras, durante un tiempo que no supo medir. Luego pasó a formar parte de ellas.

***

         —¿Estás bien?

         La voz llevaba un tiempo hablándole, pero aquellas dos palabras fueron las primeras que su mente pudo procesar. Entonces Winifred abrió los ojos. Uno de aquellos monstruos, con forma humana, pero de rostro y rasgos fórmicos, se erguía ante ella. La mujer se orinó encima. 

         —Tranquila. No pasa nada. No voy a hacerte daño.

         Ella no contestó. Se impulsó hacia atrás, con los codos y las piernas, procurando alejarse de aquel ser.

         —¿Puedes entender lo que te digo? No voy a hacerte daño. Sé que debo resultarte monstruoso, pero lo que he hecho es rescatarte. Te he sacado de tu prisión. ¿Entiendes?

         Winifred intentó pensar, y acompasar los latidos de su corazón, que amenazaba con salirse de su pecho. No quería morir allí por un fallo cardíaco, si es que no acababa con ella aquella criatura. Por fin, mientras recuperaba un poco la compostura, empezó a sentir algo más que puro pavor. No era esperanza. Era curiosidad. Pero ese nuevo sentimiento bastó para amortiguar un poco el miedo.

         Por primera vez reparó en el lugar en el que se encontraba. Una cúpula se levantaba desde el suelo, sobre ella y la criatura insectoide. Le resultó extrañamente familiar. Winifred había participado en el diseño de los primeros edificios que acogerían a los humanos de la Perseverance, cuando llegasen a Acantha. Pero aquel lugar era una burla de su diseño. Un disparate arquitectónico, en el que las formas puras de lo esférico estaban tan retorcidas como las ecuaciones que hubieran sido necesarias para explicar esa locura. Unos pocos muebles de aspecto espartano y algunas interfaces táctiles y holográficas se esparcían por el lugar. En el perímetro de la cúpula había una especie de pórticos medio oxidados, más allá de un vasto suelo metálico, plagado de polvo y cristales rotos. El primer sol de la mañana se levantaba al otro lado de los ventanales. Hacía frío.

         —¿Entiendes lo que te digo? —Insitió el monstruo, con una voz gutural, inhumana.

         —Sí —dijo ella por fin, con una voz que le sonó igual de extraña. Hacía muchos días que no pronunciaba una palabra—. Sí— repitió.

         —¿No te preguntas por qué?

         —¿Qué… qué quieres decir?

         —Te preguntarás por qué no te han arrancado todavía tu implante neuronal, como al resto de tus… compañeros.

         Lo cierto era que Winifred sí se lo preguntaba. Pero no respondió. En ese momento solo pudo sentir una oleada de odio, que casi consumió las pocas energías que le quedaban.

         —Tu IA no funciona. Lo sabemos. Estás sola. Por eso no era necesario arrancártela, de momento. Lo más útil era estudiarte primero, sin quitártela. Debíamos entender por qué tu IA había dejado de funcionar. Yo les convencí de ello.

         Había algo que no cuadraba para Winifred, en todo aquello. Embotada como estaba, tardó un poco en darse cuenta. 

         —Pero…

         —¿Qué…?

         —Pero puedo entenderte. 

         —Sí. Es mi voz lo que escuchas. No hacía falta ninguna IA para entendernos. Hablamos vuestro idioma. 

         —No. No puede ser. ¿Cómo es posible? Sois…

         —Extraterrestres, cierto. Pero no inhumanos. Posthumanos. Somos posthumanos.

5

         En ese momento Winifred empezó a oir ruidos y voces guturales, procedentes de algún lugar bajo el suelo.

         —Nos han descubierto —dijo el hombre hormiga—. Tenemos que huir. Levántate.

         —No.

         —No seas estúpida. Era cuestión de tiempo que descubriesen lo que he hecho. Ya vienen a por nosotros. No te he traído aquí porque sí. Tengo un plan, conozco una salida. Vamos, ven conmigo.

         —Por qué. Por qué haces esto. 

         —Soy el líder de una quinta columna. Nosotros no queremos haceros daño, pese a lo que hayáis hecho en el pasado. Queremos aprender cosas de vosotros.

         Pese a lo que hayáis hecho.

         —Y qué hemos hecho —dijo ella, tozuda, todavía en el suelo. Aunque sabía que aquel ser tenía razón, sabía que tenía que salir de allí. Pero no por lo que dijese el monstruo, sino porque entonces sintió algo nuevo: todo su ser, su propio instinto de supervivencia, adormecido durante toda una vida guiada por su IA desaparecida, le gritó: ¡Ponte en pie! ¡Sal de aquí!

Los sonidos se hicieron más fuertes, El suelo bajo su cuerpo empezó a vibrar.

         —Por la Galaxia, humana, no hay tiempo para esto ahora. Te lo explicaré por el camino.

         Winifred se levantó por fin.

         —Vamos, por aquí —dijo él.

         Tarde. Una tropa de hombres hormiga irrumpió desde una escotilla en el suelo de la cámara. Winifred sintió que iba a desmayarse. El monstruo la agarró con una de sus garras y casi la arrastró en volandas y a la carrera, hacia uno de los pórticos de la cúpula. Winifred gritó, al comprender la estrategia suicida de su rescatador: saltar al abismo. Entonces el hombre hormiga y la mujer se convirtieron en polvo, barrido por el viento.

6

         Un extraño ser entró en la habitación. Se entretuvo durante un rato en la manipulación de diferentes artilugios; cosas de aspecto biológico, que se deshacían en polvo, y otras que aparecían como de la nada, sostenidas en el aire entre las manos de aquel individuo peludo, con cola de mono. Tenía unos globos multifacetados por ojos, más parecidos a los de los seres fórmicos de Acantha que a los de cualquier humano, o mamífero en general.

         El hombre mono con ojos insectiles agitó dos dedos en el aire. Un frasco se materializó en su mano, como por arte de magia. Contenía un líquido azul fosforescente. Lo miró con actitud crítica, lo agitó en el aire, ladeó la cabeza y soltó un sonoro chasquido de disgusto. Por último, el ser abandonó la estancia, dejando de nuevo a Winifred sola con sus pensamientos.

         Winifred había llegado a una conclusión inequívoca: estaba dentro de una realidad virtual. Había tenido un tiempo para pensar, allí tumbada en la cama de aquella estancia de paredes metálicas de tintes cobrizos, entre sueño y sueño. Y esa era la mejor idea a la que había llegado. Nunca había abandonado el sistema solar en la Perseverance. La habían engañado. Por eso su IA no funcionaba. Aquello, sin duda, formaba parte del juego. Porque estaban jugando con ella, eso estaba bien claro. Aunque… todo parecía tan real. ¿Era tan bueno, tan real, el metaverso?

         El metaverso. Cuando los habitantes del sistema solar cumplían 200 años, tenían dos alternativas; o bien someterse a una eutanasia voluntaria, mediante la transcripción de su personalidad y su memoria (psique, esencia, alma o como quisiera llamársele) al metaverso, o bien partir en una de las misiones que abandonaban el sistema solar en busca de otros mundos, para no volver jamás. 

         Winifred siempre había detestado la idea del metaverso. La realidad virtual era, para ella, una mentira virtual. Así que cuando le llegó el aciago momento de despedirse de su vida en el sistema solar (200 años eran muchos, pero pasaban en un suspiro, sobre todo cuando la ciencia médica, de la mano de la nanotecnología, permitía que te mantuvieses joven y sano durante todo ese tiempo), la mujer no lo dudó. Eligió las estrellas.

         Pero ¿Y si todo había sido una simulación, desde el principio? O quizá la simulación había empezado en el momento en el que se abandonó a la inconsciencia, en la cápsula de criogenia. Todo aquello era una locura, cierto, pero en ese momento aquella locura era lo menos loco que se  le ocurría, para explicar la serie de desgracias e infortunios dignos de un holo de ciencia ficción pulp en que se había convertido de repente su vida.

         Llegada a esa convicción, ya no le resultó tan extraño mirar por la ventana circular de la habitación y ver aquel paisaje crepuscular, de inmensos edificios recortados contra la luz de un sol rojo. Aquello no era Acantha, ni nada que se le pareciese. ¿Cómo era posible? Winifred sentía una especie de resignación fatalista, porque siempre había imaginado el metaverso como una prisión para toda la eternidad. Pero al menos sintió que recuperaba un poco las riendas para manejarse en medio de toda esa locura.

         El hombre mono entró otra vez en la habitación. Esta vez fue hacia ella.

         —Ah, veo que estás ya despierta.

         —Toma, bébete esto. 

         Winifred dudó. Pero qué demonios. Todo era virtual ¿no?, así que tomó el frasquito de la mano del hombre mono, y se lo bebió entero.

         —Bien, buena chica. Esto te hará bien.

         El homínido espacial se acercó una silla, se sentó y miró a Winifred con sus desconcertantes ojos. Dijo:

         —Estoy seguro de que tendrás unas cuantas preguntas.

7

         Ante aquellas palabras, Winifred se debatió entre el casi irreprimible deseo de burlarse de aquel mono de fantasía, o bien seguirle la corriente. Enseguida se dio cuenta, sin embargo, de que la primera opción podía terminar en un ataque de histeria violento e incómodo para ambos. Una histeria que, pese a todos sus esfuerzos, notaba ya palpitar en su interior. Así que al final optó por lo segundo.

         —La verdad es que sí, ardo en curiosidad, señor, ehm…

         —Gnash, Tobias Gnash, a vuestro servicio.       

         —La verdad es que sí, señor Gnash —dijo Winifred, sin saber muy bien cómo comportarse ante aquel ser.

         —Confío en que te sentirás descansada. Como verás, te hemos aseado y quitado tu viejo uniforme espacial.

         —Sí. Mucho mejor, gracias. El camisón es precioso —dijo ella, con tono neutro.

         —Esto no es una fantasía, Winifred. No estás en el metaverso. Es importante que lo sepas, antes que nada. ¿Me crees?

         —Pero, cómo… —dijo ella, con voz queda, aunque enseguida recobró la compostura—. Espere. ¿Pueden leer mis pensamientos?

         —Ah, eres sagaz, muchacha. Lo cierto es que sí. Puedo. Verás, tu implante IA, espero que no te moleste, pero…

         —¿Funciona? —Preguntó ella, alzando la voz, con la esperanza reflejada en su rostro.

         ¿Se le había podido pasar por alto algo tan básico?

         «Hapola, ¿estás ahí?, ¡Hapola!».

         Silencio.

         —Oh no, no. Mucho me temo que tu IA sigue desaparecida, querida. Pero al menos he conseguido escucharte, aunque tu IA no pueda hacerlo. Yo sí que puedo. Es un avance, ¿eh?

         El gesto de Winifred cambió por completo. Se retrajo de nuevo en sí misma.

         —¿Y qué le hace pensar que eso me parece bien, señor Gnash? —preguntó la mujer, muy seria, casi escupiendo el nombre del mono. 

         Winifred llegó a creer que aquel ser retrocedía unos milímetros, ante lo helado de su tono de voz, cuando hizo aquella pregunta. Pero enseguida, ante la respuesta de este, pensó que habían sido imaginaciones suyas.

         —Oh, no pretendo inmiscuirme en tus interioridades, nada más lejos de mi intención, querida muchacha. Solo eran unas pruebas, unas pruebas, nada más. Pero no he podido evitar reparar en esos pensamientos tuyos, y quizá haya sido una suerte, compréndeme, porque son peligrosos, oh sí, muy peligrosos. Pero ya está, terminada la comprobación, no volveré a inmiscuirme en tus pensamientos. Palabra de Tobias.

         Se produjo un silencio, apenas perturbado por el sonido de los aerocoches que pasaban cerca de la ventana de la habitación. Winifred observó cómo se perdían en la distancia, rumbo a los inmensos edificios y al sol rojo de aquel lugar.

         —Si esto no es el metaverso —dijo—, dónde estamos. Y cómo he llegado aquí.  

         —Vístete, joven, encontrarás ropa de tu talla en ese armario. Te espero fuera. Hay algo que quiero enseñarte.

8

         Transcripción de las respuestas y recuerdos del personal de la Perseverance. Día uno. Arkady Payet.

         —Mi nombre es Arkady Payet, primer comandante de la Nave de Exploración Extrasolar Perseverance.

         —Me niego a facilitarles… 

         —¡Arghhh!…

***

         —Mi… Mi nombre es, Ark-Arkady Payet. P-primer comandante de la Nave de Exploración Extrasolar Perseverance.

         —Sí. Yo… yo empezaría… Yo empezaría por Damian Frit y Wini Battaglia. Ellos dos fueron los compañeros de guardia de Vail, antes de su desaparición. Fueron los últimos en verle con vida.

         —No, nunca se encontró su cuerpo.

         —Su cápsula fue expulsada al espacio.

         —No, no sé en qué momento.

         —No hubo último turno de guardia. Técnicamente hablando. Los tres miembros del último turno fueron asesinados durante su primera noche.

         —Me cuesta… me cuesta creer que pudiera haber sido Taylor Vail el responsable, pero he de admitir que sí, que cabe esa terrible posibilidad. 

         —¿Por qué? Decían que estaba loco. Yo no quise creerlo. Ninguna IA permitiría algo así.

         —Pero decidme por qué queréis saber todas estas cosas. Quiénes sois, por favor, necesito saberlo. Quiénes sois, qué sois. Por qué hacéis esto.

         —Está bien, está bien. Pero por favor, no les hagáis daño a los demás.

         —Yo, debería haber estado despierto. Debería haber salido antes de crio. Me confié. 

         —Cuando llegué a la sala de control ya estaban muertos. 

         —No lo sé. No sé cuanto nos desviamos. Pero tal vez… Esto no es Acantha, ¿verdad? Pero no tiene por qué importar. Aún podemos formar un hogar, aquí. Cooperaremos. Hay sitio para todos.

         —Entre cien y trescientos años estándar, más o menos. Eso era lo calculado para el viaje. Quinientos, en el peor de los escenarios posibles, para llegar a Acantha. Hablo de tiempo galáctico, en años terrestres, claro. Para nosotros, no más de cincuenta años de viaje, aunque cada miembro de la tripulación envejecería solo un año, de media.

         —Espere, ¿Cuánto tiempo ha pasado?

         —¡Más de veinte mil años…! Dios mío…

9

         La última grabación terminó. Las luces de la pequeña sala de proyección en la que se encontraban volvieron a encenderse. 

         Winifred dijo:

         —Y esto… —Tosió—. Esto se lo entregó el ser que me trajo aquí…

         —Sí, Gortax, el fórmico. Él quería que lo vieras.

         La mujer se sentó. No era algo que el extraño mono no le hubiese aconsejado antes de ver las grabaciones, pero ella no le había hecho caso. 

         —Muchacha, entenderé…

         —Deja ya de llamarme así, mono peludo —explotó—. No soy ninguna muchacha, joder. Tengo más de 200 años. 

         —El mono se sentó en otra butaca, a cierta distancia de ella, sin dejar de observarla.

         —Lo siento —Se disculpó Winifred. Se llevó el rostro a las manos. 

         Permaneció así mucho tiempo, sin levantar la vista de la moqueta, mientras murmuraba para sí lo que al mono debieron de parecerle frases inconexas; palabras de autoayuda que había aprendido en algún lejano momento de su vida. «Hazlo lo mejor que puedas… en tus circunstancias; concéntrate en lo que tienes delante; ten paciencia, lo mejor está por llegar…». Y así. Eran cosas que le habían ayudado más de una vez, aunque no creía que le fueran a servir de mucho en aquellas circunstancias. Pero las recitó igualmente, como un mantra. 

         —Cómo es posible —dijo por fin, tras un largo silencio. No se lo estaba preguntando al mono, lo dijo para sí misma, pero este respondió:

         —Según Gortax, por los análisis efectuados por los fórmicos en vuestra nave, la Perseverance se desvió de su rumbo y se acercó demasiado a un agujero negro. Terminasteis llegando, no a Acantha, sino a otro planeta mucho más lejano, Aldruthcia, más de veinte mil años después de vuestra partida, en tiempo galáctico.

         La mujer no dijo nada.

         —Verás, eso explica las otras cosas que no entiendes, cómo llegaste aquí, todo eso —siguió hablando el mono—. Pues, veinte mil años, es mucho tiempo. La galaxia ya no es lo que una vez fue, cuando tú partiste de tu estrella madre. Hoy en día, cualquiera que sepa un poco de tecnomancia puede manipular la materia oscura para abrir portales que comunican lugares situados en estrellas remotas. Eso es lo que hizo Gortax, ¿sabes?

         —Por eso ya no está.

         —¿Quién, tu IA? Es una posibilidad. Pero no es del todo…

         —Sí, Hapola —lo interrumpió ella, sin escuchar—. Tiene que ser eso. Por eso ya no está. Seguramente todas las IA dejaron de existir, hace ya mucho. Santa Galaxia… Estoy sola. 

         —¿Qué fue de la humanidad? —Preguntó Winifred, al cabo.

         —La tienes delante, mujer. Yo soy lo que queda de la humanidad, y Gortax, y muchos otros seres. Pero si te refieres a gente como tú, como erais antes los humanos… No. Por cierto, no soy un mono. Soy un garlati.

         Winifred no quiso oír más. Se levantó, como impulsada por un resorte.

         —Tengo que encontrarlos. Mis compañeros. No todos murieron, ¿verdad? 

         El mono se la quedó mirando en silencio, durante un tiempo que a la mujer le pareció demasiado largo. Demasiado amargo. Al fin, dijo:

         —Podemos trabajar en eso, Winifred. No te prometo nada, pero quizá algo pueda hacerse.

Perseverance (microcuento).

“El planeta rocoso y solitario recibió hoy un nuevo visitante. Creo que todos ellos proceden del puntito que brilla azul pálido en la noche. No puede ser casual que las sondas lleguen cada vez que está cerca.”

“Un objeto cayó hoy del cielo. Se transformó en un pequeño vehículo, una especie de robot con ruedas, y desplegó unos brazos, como instrumentos, de forma perezosa. Una sonda solitaria, en la inmensidad del desolado paisaje rocoso.”

“¿Quién los envía, y para qué? ¿Son todos así en aquel mundo, pequeños seres robóticos y con ruedas, como este? No parece gran cosa. No especialmente inteligente.”

Entonces, quien quiera que estuviese pensando en estas cosas, desapareció. Solo quedaron la sonda y el planeta.

Sobre una entrevista a Kim Stanley Robinson.

Esta es la entrevista:

http://lab.cccb.org/es/optimismo-enfadado-en-un-mundo-sumergido-una-conversacion-con-kim-stanley-robinson/

He de señalar, antes que nada, que es bastante posible que dicha entrevista sirviese al autor para inspirarse para su nuevo libro: El ministerio del futuro.


Aquí, aunque en general entiendo y comparto su punto de vista, hay ciertas contradicciones en el pensamiento de Robinson (quizá condicionado por el entrevistador). Se ve en lo que dice de cómo salvar a las especies de la extinción masiva. En lo de llevar osos polares a la Antártida, justo después de decir que la solución no está en salir de nuestro mundo y formar colonias en otros, sino en salvar el nuestro. Por supuesto debemos salvar el nuestro, hacer todo lo posible en luchar contra el cambio climático. Pero esas acciones deben ir de la mano con las de hacer todo lo posible por salir de este mundo. Mucho me temo que Robinson es DEMASIADO optimista acerca de lo de que la humanidad nunca se extinguirá. Todas las especies se extinguen.

Y la mayor parte, hasta ahora, por grandes cataclismos geológicos y cósmicos, no provocados por el ser humano. Sí somos responsables del cambio climático, pero no podemos defendernos del choque de un cometa, de un desastre geológico masivo, o de una supernova.

Tenemos que estar establecidos en varios mundos, como sería menester hacer en la Tierra (en varios lugares diferentes, como la Antártida) con los osos polares; si queremos sobrevivir a largo plazo como especie. El propio autor se contradice al hablar de esa solución para los osos polares, pero obviarla para los humanos, poniendo en demasiada ventaja nuestra inteligencia, yo diría. Si no nos extinguimos, en todo caso, será por nuestro afán de ir más allá y de superarnos a nosotros mismos. Sí, por nuestra inteligencia e imaginación. Hemos de saber aprovechar al máximo las posibilidades de desarrollo tecnológico de nuestro tiempo, muchos de cuyos principales avances se derivan de los años de la carrera espacial entre las dos superpotencias del siglo XX.

Porque además, una sociedad demasiado complaciente consigo misma está más indefensa, y menos preparada para actuar cuando haga falta actuar.

Así que, aunque en un par de siglos podamos empezar a superar el cambio climático, en el mejor de los escenarios de futuro posibles, habrá más cosas de las que preocuparse.

Yo, al contrario que Robinson, no veo alternativa al capitalismo, sino que creo que ya está todo inventado en economía, y que lo que hay que hacer es mezclar el capitalismo con políticas sociales cada vez más vanguardistas (desde nuestro punto de vista actual), para hacerlo práctico.

Desde luego, estoy de acuerdo con él en la forma miope, cortoplacista y destructiva que acompaña en general al capitalismo en nuestros días, pero su querencia por provocar un fallo en el sistema es preocupante, porque podría dejarnos sin capacidad de maniobra.

El motor capitalista es viejo, ruidoso y explosivo… pero funciona. Nos mueve. La humanidad perecerá cuando se quede quieta. Cuando sea demasiado complaciente consigo misma. La solución, que no sé si ha abordado adecuadamente todavía Robinson en sus novelas (diría que sí, pero a veces parece que no… quizá de esta intención subversiva venga el tono pesimista de su novela Aurora, sobre el primer viaje tripulado de la humanidad a un planeta quizá habitable en torno a otra estrella lejos de nuestro sistema solar), puede estar en llevar el comercio al espacio. A los asteroides, a Marte, a las lunas jovianas… De hecho, no se me ocurre mejor motivo para salir ahí fuera que el propio peligro del capitalismo. La mejor forma de superarlo es usarlo para el mayor beneficio posible para la humanidad en su conjunto, antes de que el motor explote, y nos deje tirados, en medio del desierto.

Las mayores posibilidades de salvación de la humanidad serán poner toda la carne en el asador de esas empresas espaciales, pues permitirán descongestionar la Tierra, dándonos algo de tiempo para hacer mejor las cosas aquí, de forma paralela a la colonización del sistema solar.

La izquierda tiene algo de ingenuo, en general, que a largo plazo puede ser tan potencialmente destructivo para la humanidad como el capitalismo irresponsable.

Entre la realidad y la ficción.

Hace bastantes meses que no escribo por aquí…. las cosas del odioso trabajo.

Hoy me ha llamado la atención un artículo sobre un muy reciente nuevo sistema solar descubierto, con extrañas resonancias (esto es, sincronías) entre sus seis planetas (al menos, entre los seis descubiertos).

Este es el enlace a ese artículo, una de las noticias más destacadas sobre ciencia, durante esta semana, y puede que una de las más destacadas del año, sin duda.

https://www.elcomercio.es/sociedad/ciencia/sistema-exopanetas-desafia-teorias-planetas-20210126114228-nt.html?ref=https:%2F%2Fwww.google.com

A continuación, comparto el trabajo de las notas previas de uno de mis proyectos, unas notas que hice en las horas libres de una campaña de verano, en 2019, mientras navegaba por la mañana y estudiaba para permanente por la tarde. Las comparto porque me ha llamado la atención la similitud entre lo que se dice de este nuevo sistema solar resonante, un sistema solar real, y lo que imaginé para el sistema solar ficticio que iba a servir de marco a aquella historia… Cuando trabajaba en aquellas notas me parecía que no podía existir ningún sistema solar como aquel, que todo tenía que estar justificado con la intervención de una voluntad… Se ve que, como siempre suele pasar con esto de la realidad, me equivocaba… ¿O no?





Dervishkanis se encuentra más allá de cuatro planetas, los cuales llevan a cabo ocho, cinco, tres y dos órbitas alrededor del sol respectivamente, en el mismo tiempo que Dervishkanis hace una, en la que tarda doce días, con un total, pues, de doce eclipses cada doce días, en los cielos del lado diurno del mundo. Dichos eclipses son las noches de Dervishkanis. Originalmente el sistema tenía siete planetas, pero el quinto, sexto y séptimo fueron usados mediante ingeniería planetaria.

Los cuatro planetas van cambiando de fase en los cielos de los Reinos de Dervishkanis, presentando sus fases de forma perpendicular a su ascenso y descenso en el firmamento: de cuartos crecientes a llenos según ascienden en el cielo, tras cada eclipse, y de llenos a ocultos, según descienden el el cielo, por detrás del sol, hasta cada nuevo eclipse. La fase de oculto total de cada planeta coincide con el periodo del eclipse que producen sobre el disco de Dervishkanis. Los cuatro planetas muestran siempre sus mismas caras a los habitantes de los Reinos. Se iluminan de abajo arriba, y se ocultan también de abajo arriba. Al iluminarse se presentan como una sonrisa, cada vez más ancha (hasta la fase llena) y al ocultarse, como un puchero, cada vez más delgado (hasta la fase oculta, de eclipse).

En cuanto a la posición del sol rojo en los cielos diurnos dervishkanos, esta depende del movimiento de las personas y seres que lo habitan sobre la superficie del mundo.

El sistema estelar en el que se encuentra el mundo de Dervishkanis es muy pequeño (cabría dentro de la órbita de Mercurio, en nuestro sistema solar), pero la estrella enana roja en torno a la cual giran los cinco planetas orbita a su vez alrededor de otra estrella de tipo sol, mucho más lejana, de luz blanquecina. El sol rojo tarda unos mil años en dar una vuelta alrededor del sol blanco, que ilumina a Dervishkanis y a los cuatro planetas con su débil luz lechosa. El sol blanco sale por un extremo de dervishkanis y a los seis días se pone por el otro, tardando otros seis días en volver a salir. Se ve distante y pequeño en los cielos de Dervishkanis, su luz por si sola es como de un puñado de lunas llenas. Se sitúa en el cénit de los cielos dervishkanos durante la conjunción total, entre el tercer y el cuarto día desde su salida. Los ciclos de luz del sol rojo dependen del movimiento de los cuatro planetas más interiores, que continuamente adelantan a Dervishkanis en sus órbitas, causando los largos eclipses que oscurecen sus cielos. Los ciclos de luz del sol blanco dependen del movimiento de Dervishkanis. Los días son contados desde el día uno de cada ciclo, que es la conjunción de todos los astros, con la que se inicia la noche de treinta horas (que abarca las veinticuatro horas de la noche del primer día y las primeras seis horas de la noche del segundo día). Sin embargo hay cultos, y quizá regiones ignotas de Dervishkanis, donde los días se cuentan por los ciclos del sol blanco.

Días que tardan los planetas en cubrir una órbita, hasta un total de doce cada dieciocho días, para el primer planeta:

Primer planeta:    1,534,567,5910,51213,51516,518

Segundo planeta:   2,44,87,29,61214,416,819,2

Tercer planeta:    48121620

Cuarto planeta:    6121824

Dervishkania:      1224

Sucesión de eclipses según el orden de los planetas. (No son días terrestres).

1-2-1-3-1-2-1&4-2-1-3-1-2-1-1,2,3&4 (Y se repite cíclicamente, la misma sucesión de eclipses cada doce días, con una conjunción de los cuatro planetas en el decimosegundo día, y de los planetas primero y cuarto en el sexto día).

Orden temporal (en escala de días terrestres) en el que se producen los eclipses:

1,5 … 2,4 … 3 … 4 … 4,5  4,8 … 6 … 7,2 … 7,5 … 8 … 9 … 9,6 … 10,5  12 …13,5 … 14,4 … 15  16 … 16,5 … 16,8 … 18  19,5

Duración de las noches según el tipo de eclipse (una sexta parte de su período orbital):

Planeta 1)   06 horas.

Planeta 2)   10 horas.                                 

Planeta 3)   16 horas.

Planeta 4)   24 horas.

Duración de las noches y los días (la duración de los días se obtiene de la resta entre las horas de un eclipse con las horas del anterior, a cuyo total se resta la duración del último eclipse dado):

30 horas de noche (Conjunción total, más eclipse del primer planeta). Eclipse de Acanthir.

12 horas de día.

06 horas de noche (Eclipse del planeta 1).

08 horas de día

10 horas de noche (Eclipse del planeta 2).

04 horas de día.

06 horas de noche (Eclipse del planeta 1).

18 horas de día.

18 horas de noche (Eclipses de los planetas 3 y 1, el 1 durante dos horas, mientras el 3 empieza a iluminarse).

03 hora de día.

10 horas de noche (Eclipse del planeta 2).

19 horas de día.

24 horas de noche (Conjunción de los planetas 1 y 4). Eclipse de Acanthir.

04 horas de día.

14 horas de noche (Eclipses de los planetas 2 y 1, el 1 durante cuatro horas, mientras el 2 empieza a iluminarse).

06 horas de día.

16 horas de noche (Eclipse del planeta 3).

08 horas de día.

06 horas de noche (Eclipse del planeta 1).

08 horas de día.

10 horas de noche (Eclipse del planeta 2).

12 horas de día.

06 horas de noche (Eclipse del planeta 1).

30 horas de día.

Fin de ciclo: Conjunción total. Eclipse de Acanthir —> 30 horas de noche (Conjunción total, más eclipse del primer planeta).

Cada ciclo de doce días:

Día 1: 24 horas de noche; Día 2: 6 horas de noche, 12 horas de día, 6 horas de noche; Día 3: 8 horas de día, 10 horas de noche, 4 horas de día, 2 horas de noche; Día 4: 4 horas de noche, 18 horas de día, 2 horas de noche; Día 5: 16 horas de noche, 3 horas de día, 5 horas de noche; Día 6: 5 horas de noche, 19 horas de día; Día 7: 24 horas de noche; Día 8: 4 horas de día, 14 horas de noche, 6 horas de día; Día 9: 16 horas de noche, 8 horas de día; Día 10: 6 horas de noche, 8 horas de día, 10 horas de noche; Día 11: 12 horas de día, 6 horas de noche, 6 horas de día; Día 12: 24 horas de día.




El otro día miré al cielo (micro-relato)

El otro día miré al cielo. Estaba en un lugar de esos que cada vez quedan menos, en los que el ancestral miedo humano a la oscuridad no hace que miles de luces artificiales oscurezcan las estrellas. Vi tantas, que la cabeza me dio vueltas. Quizá, pensé, por eso las silenciamos, porque es la luz de otros lo que de verdad tememos. La posibilidad terrible de no ser nosotros el centro de atención.
El otro día miré al cielo, y sentí que el contacto por radio era inminente, que ya estaban aquí. Puede que no sea cierto para ahora mismo, pero lo es para cada momento. Solo tenemos que apagar la luz, y escuchar…

Quienes quiera que seamos

     Framework Silente y Event Cuántico salieron del portal, que desapareció en una caleidoscópica explosión de colores a sus espaldas. Un leve zumbido se apagó en un punto infinitesimal de la realidad, y un paisaje rural emergió ante ellos lentamente, como si se estuvieran separando para apreciar mejor un cuadro de Van Gogh. Era una escena de tierras de labranza y nubes blancas, que desplazaban sus sombras perezosas sobre los caminos, las montañas y los campos. En el más ancho de aquellos caminos, una carretera de tierra apisonada, una procesión de postes de telégrafo se perdía en la distancia.
     —¿Algún posible testigo a la vista? —preguntó Framework Silente, mientras oteaba la carretera bajo uno de aquellos postes.
     No veía ninguna ciudad, pero enseguida llamó su atención un patrón de destellos de plata, adornando el follaje de un bosque lejano. El Danubio.
     —¿Qué?
     —Que si ves a alguien —dijo el señor Silente, alzando la voz.
     —¿Cómo?
     El señor Silente puso cara de fastidio, aunque el gesto del señor Cuántico no le fue muy a la zaga.
     —¿Puedes hacer el favor de hablar un poco más alto? —dijo el segundo—, no me entero.
     Entonces el señor Silente agarró del brazo a su compañero, y le dijo al oído:
     —Vamos a ver Event, ¿no querrás montar una escenita nada más empezar, verdad?
     —¿Se puede saber qué…? —Fue interrumpido por un dedo del señor Silente, de golpe en sus labios.
     Silencio. Escuchó Event, en su mente.
     Pensaba que habíamos quedado en que nos comunicaríamos de forma ordinaria, para, cito: “no provocar sospechas, como la última vez” Dijo Event en la mente de su compañero, todavía con su dedo en los labios.
     Ya estamos llamando la atención.
     Event se giró entonces hacia donde estaba mirando su colega. Un paisano de aquel tiempo había detenido su auto en la carretera. Emergiendo de la polvareda levantada por el vehículo, el individuo se inclinó cortésmente hacia ellos. Aunque el color y la textura resultaban espléndidos, Event tuvo la impresión de estar viendo una película muda, como las que se hacían en aquella época. Solo entonces se dio cuenta de su torpeza: aún no había activado el audio del mundo.
     —¿Es rarito además de sordo? —escuchó que preguntaba aquel hombre a Framework.
     Su compañero le echó una ojeada.
     —Sí, si… rarito, sí. Una pena ¿verdad? Verá, joven, nos dirigimos a V-Viena, a ver a un especialista, para… para un nuevo tratamiento… para aquí, mi amigo rarito. Pero resulta que no somos de por aquí, ¿sabe?, y nos hemos perdido. ¿Sería tan amable de indicarnos el camino?
     A pesar de comprender al instante el juego que se traía Framework entre manos, Event no pudo evitar indignarse. Sintió que se ruborizaba. Sin embargo, en ese momento solo pudo reparar en lo agradable que le resultó volver a tener sensaciones tan… corpóreas. Era algo adictivo.
     —¿Viena dice? Sí, claro hombre, están de suerte, íbamos hacia allá. Venga, suban, les llevamos.
     —Gracias amigo… —titubeó Framework.
     —Oh, disculpe, Charles, a su servicio.
     Ambos subieron al vehículo, cuyo asiento del copiloto estaba ocupado por una mujer.
     —¿Entonces no han visto nada raro por aquí, una especie de destello, o algo así? —preguntó el hombre.
     —No, de verdad que no —contestó Framework, mirando a su compañero—. ¿Qué cree que pudo haber sido?
     —No sabría decirle, la verdad. Tú también lo viste, ¿verdad, querida? ¿Qué crees que sería?
     —Que te den, Charles —fue todo cuanto dijo la mujer.
Y fue así como los dos viajeros llegaron a Viena, envueltos en un silencio largo e incómodo.

     —Bueno, parece que funciona —dijo Framework.
     —¿Los disfraces? Claro. ¿Por qué no iban a hacerlo? Pero hemos tenido suerte. Si esa mujer no hubiera estado ofuscada por lo que quiera que fuese, podía haber alimentado las sospechas del tal Charles.
     Paseaban tranquilamente a lo largo de una gran avenida, por el centro de la capital del Imperio Austrohúngaro. Contemplaban con disimulado asombro las gentes, los árboles y los monumentos, procurando no llamar la atención. Por más que fuesen vestidos a la moda de aquella época y aquel lugar, los dos habían aprendido por las malas en sus viajes anteriores que lo más importante de un buen disfraz no era el disfraz en sí mismo, sino la actitud de quien lo vestía.
     Había muchas personas en la calle, disfrutando de las últimas horas de la tarde en los cafés que flanqueaban la avenida. Las primeras luces de vapor de mercurio cobraron vida, y arrancaron destellos de las ventanas de los cafés y de los escaparates de las tiendas, algunas de las cuales empezaban ya a cerrar. La tarde se había vuelto desapacible, algo nada raro para los otoños semiinvernales característicos de aquella ciudad. Comenzó a caer una aguanieve débil y dispersa. Por un momento, Event deseó dejar de tener sensaciones físicas. Se cerró mejor el grueso abrigo.
     —No sé —contestó Framework—, supongo que no importa, todas las veces que lo hayamos hecho antes. Cada viaje supone un nuevo desafío. ¿No lo sientes así?
     —Sí. Bueno, creo que te entiendo.
     Event llevaba hechos unos cuantos viajes más que Framework, y entendía perfectamente a su compañero, pero quería aparentar estar más de vuelta de todo.
     —Es bonito esto —dijo.
     —Sí, ya lo creo —contestó Framework, y añadió, pensativo—: Aunque me hubiera gustado poder estar aquí en un tiempo anterior. Ya sabes, para conocer a Beethoven y a Mozart… Siempre he querido saber si de verdad se conocieron en persona. En cualquier caso, dudo mucho que su Viena fuese más bonita que esta. Lástima lo que está a punto de pasarles.
     —Ten cuidado con lo que dices.
     Event observó a las personas con las que se cruzaban por la calle: las señoras de la alta sociedad, con sus coloridos trajes y sus estrafalarios sombreros y guantes a juego; conjuntos especialmente escogidos para el momento social del té de la tarde, que contrastaban con los sobrios trajes oscuros, aunque también elegantes, de los hombres. No parecía que nadie reparase en ellos. Pero debían tener cuidado.
     —No seas paranoico.
     —¿Ahora soy yo el paranoico?
     —Bueno, ya que estamos, visitemos a Sigmund Freud, que lo decida él.
     —Bah —dijo Event, pero se rió.
     No era la primera vez que se enzarzaban en conversaciones así, daba igual dónde y cuándo estuviesen. Lo cierto era que disfrutaban de aquellos momentos. Del hecho de la simple conversación, de la emoción de sentir otra vez las cosas como los seres del pasado. En estas cosas iba pensando Event, mientras hablaban. Envidiaba a los hombres y a las mujeres de todos los lugares que visitaban, porque sabía que para él, para los viajeros del tiempo, momentos como aquel eran algo efímero. Algo casi ilusorio. Como el gozo que se se siente al escuchar una música que termina, dejando tras de sí nada más que el silencio, sin que se te permita seguir disfrutando de un concierto que sabes que aún no ha terminado.
     Event Paró a su compañero.
     —Mira, allí está —dijo, señalando.
     —La Academia de Bellas Artes de Viena —susurró Framework—. Crucemos.
     —¡Cuidado!
     Event puso el brazo por delante del pecho de Framework en el último momento, evitando que éste se lanzase a los pies de los caballos de un carro que pasó como llevado por diablos.
     —Mierda. Gracias… Se ve que tenía prisa, el condenado —exclamó Framework, alzando levemente una ceja en su rostro empalidecido.
     —Venga, vamos Frame. ¿Llevas la recomendación?
     —Sí, aquí la tengo —contestó, echándose la mano al bolsillo del abrigo.

     —Encantado de haberles conocido, señores. Pero me temo que ya poco se puede hacer —dijo el profesor Gregor Rozman. Era un hombre de pelo prematuramente escaso y gris, con un llamativo bigote a la moda. Se trataba de uno de los máximos responsables de los exámenes de admisión de nuevos alumnos en la Academia de Bellas Artes vienesa. Event y Frame habían tardado bastante tiempo en encontrar su despacho, perdido entre otros muchos iguales, en un pasillo abalaustrado que se asomaba a unas grandes escaleras de mármol beis.
Event reparó en los sonidos de las voces y las risas de los últimos estudiantes de la tarde. Sus ecos se diluyeron poco a poco, hasta desaparecer y dejar solo el silencio, más allá de la humosa luz del despacho.
     El hombre apagó su cigarro en el cenicero y se levantó.
     —Pero entonces, lo de ese joven… —dijo Framework.
     —¿Adolf Hitler? No. Olvídenlo. Jamás estudiará en este lugar. No mientras yo viva, al menos —sentenció el hombre. Y la vehemencia de sus palabras hizo que su atiplada voz, que hasta ese momento había sido sosegada, se volviese de pronto más grave, y para nada sosegada.
     —Pero hombre —intervino Frame— ¿no ha visto usted la recomendación?
     Rozman le miró a los ojos. Se sentó de nuevo, exhalando un corto y resoplante suspiro. Dijo:
     —Dígame, señor… perdóneme, lo he olvidado…
     —Pick, Dedrick Pick.
     —Señor Pick, dígame, ¿qué cree usted que es el arte?
     Event lanzó una fugaz mirada de soslayo a su compañero. Quiso decir algo, pero la pregunta había sido retórica.
     —Es un servicio —siguió Rozman—. Un servicio al pueblo, a la gente. A la de ahora, y a la del futuro. Es generosidad y sacrificio, es sufrimiento. Mire, no es nada personal. Llevo años haciendo estas cosas. Los dibujos de ese joven quizá no parezcan tan malos, pero tampoco son nada excepcional. ¿Han visto la obra de Gustav Klimt? Oh, eso, eso es el arte. Es algo que define, pero a la vez reelabora nuestra realidad. Los trabajos de ese muchacho, Hitler, muestran la realidad como algo inerte. Son mediocres. Pero no es eso lo que me llevó a rechazarlo. No fueron sus dibujos. Puede haber gente cuya obra me resulte igualmente insípida, pero en la que vea algo, un potencial. ¿Me entienden? Pero en ese joven, en ese… No.
     Se quedó callado, unos instantes. Luego dijo:
     —Fue… Fueron… Sus ojos. Me hizo sentir… Disculpen. No, miren, les he mentido, sí que es algo personal. Mientras yo ocupe este puesto, ese tal Hitler no será alumno de la Academia de Bellas Artes. Punto final.
     —Que usted no era nada —dijo Framework.
     Event lo miró, alarmado.
     —¿Disculpe? —dijo Rozman.
     —Lo que le hizo sentir, digo, ese joven. Que usted no era nada, que no importaba nada. Que para él era tan importante como esto —dijo, cogiendo el cenicero—, tan útil como este cenicero lo es para usted, porque le sirve para algo; pero en cuanto deje de hacerlo, lo tirará y lo sustituirá por otro. Eso es lo que le hizo sentir.
     —Frame —exclamó Event.
     —¿En serio, “Frame”?
     —¿Y qué más da?, porque se lo vas a decir, ¿no es eso? Vas a pasar ya al plan “B” —afirmó más que pregunto, Event.
     —Sí, es eso —contestó Framework, con un suspiro, tras unos instantes de silencio.
     —Estupendo.
     —¿Plan “B”? ¿Se puede saber de qué hablan, señores? Miren, ya les he ofrecido mucho más tiempo del que debería. Se me hace muy tarde, si no les importa… —dijo el profesor, levantándose de nuevo de su asiento.
     —No, señor Rozman, espere. Le contaremos la verdad. Verá. No somos de aquí.
     —Ya, ya, de eso ya me había dado cuenta. Menudo acento, no se ofendan.
     —Venimos del futuro. Lo sabemos todo sobre usted. Su pasado, su futuro, sus secretos… Cosas que solo es posible que sepa usted. Todo.
     Rozman los miró de hito en hito, primero a Frame, después a Event.
     —Bien —dijo—, estoy esperando. ¿Quién de ustedes se ríe primero? Porque a mí, por lo menos, no me hace gracia. Ya les he dicho que tengo prisa.

     —Parece que ya vuelve— dijo Event, dando palmaditas en la cara a un inconsciente profesor Rozman—. Profesor Rozman, vuelva, ¡profesor!
     —No debiste contarle todos esos detalles de su vida tan de golpe —le acusó su compañero—. Por lo menos, no lo de ese vicio secreto.
     —Oye, la idea de ejecutar el plan “B” fue tuya ¿o no? Yo solo te seguí el juego.
     —Qué… qué… oh, cielos. Menudo mal sueño… —empezó a decir Rozman, mientras volvía a la vida. Pero enmudeció al ver a los dos personajes sobre él, todavía en su despacho.
     —Oh, Dios mío, siguen aquí. No eran producto de mi imaginación. Es una pena, ¿saben? Mi amigo Freud habría tenido un material excepcional, si ustedes dos no fuesen reales.
     —Sin duda, profesor, pero mire, aquí seguimos.
     —Joder, Frame.
     —¿Qué?, qué quieres que le diga. Intento contemporizar. Nunca son cómodas, estas situaciones.
     Rozman se sentó. Parecía resignado. Entonces cogió el cenicero con el puro apagado y lo guardó en un cajón.
     —Se acabó esta mierda. No se lo dirán a nadie, ¿verdad?
     —Descuide, profesor. Nos da igual con qué aderece sus cigarros.
     —Bien, bien. Díganme, entonces, por qué creen que debo admitir a ese Adolf Hitler, que Dios me perdone.
     Los dos viajeros se miraron fugazmente.
     —Al contrario, Dios se lo agradecería —dijo Frame, con una sonrisa.
     Event dirigió a su compañero una mirada de disgusto.
     —Profesor —intervino Event—, verá… estoy seguro de que alguien como usted intuye perfectamente que el Imperio Austrohúngaro es un gigante con pies de barro. El más mínimo altercado puede hacer estallar un nuevo conflicto, y dado el desarrollo actual al que ha llegado la tecnología de la guerra en Europa, donde cada nación parece estar conteniendo el aliento ante la inminencia de algo terrible, cuando llegue ese altercado, que llegará, tendrá consecuencias fatales. A un nivel que el mundo no ha conocido hasta ahora. Le hablo de un conflicto de escala inimaginable.
     —Una gran guerra. Sí, claro, otra más —dijo el profesor— Vale, supongamos que pasa algo así, pero no veo…
     —No otra más. No solo una gran guerra. Le estoy hablando de un conflicto mundial.
     Event, dijo Frame, mentalmente, a su compañero, ¿estás seguro? Quizá no tengamos por qué hacerlo. Quizá esté dispuesto a hacer lo que queremos solo por miedo a que hagamos público lo de su adicción.
     No, Frame. Este hombre es más listo de lo que parece. Creo que lo hemos contaminado. Empezaría a hacerse demasiadas preguntas. Se volvería loco e inservible ya para su tiempo. Además, creo que nos será muy útil. Mejor reclutarlo. Nos lo llevaremos.

¿Y qué pasa con Hitler?
Que pase lo que tenga que pasar. Seguramente ya nunca vuelva a intentarlo, en este tiempo. Seguiremos con lo que tenemos. Probaremos otras cosas.

     Rozman se removió en el asiento, visiblemente incómodo, durante el silencio que siguió a las palabras de Event sobre un conflicto mundial.
     —Pero ¿qué tiene que ver todo esto con Hitler? —dijo. Event creyó notar miedo en su voz, y también en su mirada.
     —Usted lo vio. Lo sabe. Puede imaginarlo. Los tiempos de conflictos y calamidades, profesor, son campo abonado para que surjan los héroes. Y sabe tan bien como nosotros, que lo hemos visto en acción, que cuando el pueblo necesita héroes, no suele tener la sabiduría que hace falta para diferenciar entre héroes buenos y héroes malos. Adolf Hitler será uno de esos héroes. El peor de ellos. La Primera Guerra Mundial, que ustedes conocerán como la Gran Guerra, se llamará así cuando de forma casi consecutiva haya una segunda, provocada por un tratado de paz torpe y vengativo, que ahogará a la nación perdedora: Alemania.
     —¿Alemania perderá? E imagino que con ella caerá nuestro Imperio —dijo Rozman.
     —Su intuición le sirve bien, profesor —intervino Frame.
     —Una gran crisis económica, como el mundo moderno jamás ha visto —siguió Event su relato del futuro—, azotará a todas las naciones, y las tesis marxistas se extenderán por el Este, donde la fuerza proletaria derrocará el imperio de los zares. En la Alemania debilitada por la Gran Guerra y por la crisis, el comunismo cobrará presencia, fuerza y poder, las opiniones de unos y otros se harán extremas. Los líderes populistas se alzarán, exacerbarán el miedo y convencerán a los votantes. Usted vio los ojos de ese joven. Intuyó el mal insondable que anida en su corazón. Imagínese a ese joven sin oficio ni beneficio, despechado por usted y su Academia, después de haber luchado en la Guerra, aguardando una oportunidad para dar rienda suelta a su narcisismo y a su psicopatía. La política será el escenario perfecto para sus maléficas virtudes.
     —Dios mío —exclamó Rozman, en voz baja, con la mirada perdida—. Es espantoso.
     —Lo ve ya, ¿verdad? —continuó Event—. Ve al romántico y apasionado, pero malvado hasta la médula, Adolf Hitler; ve cómo solivianta a las masas y llega al poder, gracias al miedo de la gente al comunismo. Y, de igual modo, otros líderes surgirán en el bando comunista, en Rusia, apoyándose en el hambre y la miseria de la gente. Unos y otros llevarán a cabo los más horribles actos a los que la humanidad se haya enfrentado jamás.
     »Y no usarán solo el miedo al comunismo. También el odio a los judíos, que serán estigmatizados como nunca, antes. ¿Es usted judío, verdad, profesor Rozman? Su familia sufrirá. Serán deportados, y exterminados. Todo porque usted un día no quiso cambiar el curso de la historia, y permitir que ese joven, Adolf Hitler, estudiase lo que quería. Pero ahora ya da igual. Tendrán que hacerlo otros…
     Hubo un momento de silencio. Solo se escuchaba el repiqueteo de una lluvia intermitente allá arriba, contra la cristalera que hacía de tragaluz, al otro lado de la mampara del despacho. Sus colores hacía tiempo que se habían apagado. La noche avanzaba, inexorable.
     —Claro. Por supuesto. Lo entiendo. Lo haré… Déjenme hacerlo. Aún puedo admitir a Adolf Hitler. ¿Pero creen que ese simple hecho bastará, que, con una simple y pequeña decisión como esta, yo, Gregor Rozman, tengo el poder para cambiar el curso de la historia?
     —Es una pregunta inteligente, profesor —dijo Frame—. Y la respuesta es que no lo sabemos. No podemos estar seguros de que con eso baste. Puede que sí, que el poder que emana de una sola persona, en el momento y el lugar indicados, sea suficiente para catalizar una sucesión de desgracias fatales para la humanidad entera, o puede que no sea solo eso. Puede que, aunque usted admitiese a Hitler, surgiesen otras personas u ocurriesen otras cosas que desconocemos.
     —En realidad, profesor, tendrá que ser ya en otro universo —intervino ahora Event—. No es la primera vez que es usted visitado por viajeros del futuro. Sí por nosotros, pero ya han venido aquí antes, otros compañeros. Quizá no fue usted, sino su usted de otros universos, muy similares a este en el que nos encontramos. A eso nos dedicamos, ese es nuestro trabajo. Cambiamos pequeños detalles, modelamos el tiempo. Experimentamos. No podemos intervenir directamente, sino a través de ustedes. Estudiamos los posibles cursos de la historia, en busca de un futuro que nos satisfaga.
     —P… pero, entonces, dijo Rozman, secándose la frente con un pañuelo—, por qué empezar por aquí, y no mucho antes, en otro tiempo, de forma que todo lo que somos ahora fuese ya muy distinto, de tal modo que quizá ni Hitler ni yo existiríamos.
     —Pero es que sí lo hacemos, profesor —contestó Event—. Claro que lo hacemos. Los universos son infinitos, y no podemos verlos todos. Pero hay muchos más compañeros, que viajan y dan forma a nuevos sucesos, en muchos más universos y tiempos. En muchos de ellos, efectivamente, toda esta época es muy distinta. Nuestro trabajo se centra en esta época y este momento concretos. Se centra en usted, y en sus decisiones. Así de sencillo.
     —Así de sencillo —dijo el profesor, con un hilo de voz, y soltó una risilla algo histérica.
     —Verá, señor Rozman —volvió a hablar Event—, pueden salir muchas cosas mal, aunque Hitler deje de ser un peligro. De hecho, ya las hemos visto. Mundos en los que la izquierda llega al poder en Alemania, y esta se alía con la Unión Soviética. En esos mundos Japón no llega a atacar a los Estados Unidos, porque no tiene aliados, y no se atreve, así estos nunca entran en guerra. Al final, los bloques occidental y comunista se equilibran, porque los soviéticos tampoco llegan a tener una excusa para penetrar más hacia el este en Europa. Pero todo esto a usted no le importa, claro. No sé por qué se lo cuento. Bueno, o sí, lo sé. Creo que ya tenemos confianza suficiente, ¿no es así, señor Rozman? Que ya somos amigos. Creo que es hora de que nos vea como somos, en realidad. Es hora de que se una a nosotros.
     Event Cuántico miró a Framework Silente. Ante los ojos de Rozman, sus figuras humanas se fundieron, como si sus colores en la realidad fuesen brochazos de un cuadro impresionista, hasta quedar de ellos solo la luz que animaba sus formas. Entonces, Rozman escuchó una voz en su mente. No eran palabras que existiesen, no eran palabras humanas. Pero entendió lo que decían.
     Eres solo una pequeña parte de nuestro trabajo. Ahora vendrás con nosotros, y verás todo el conjunto, pues tu tiempo en este universo se acaba aquí y ahora.
     El ser que ya no era Gregor Rozman se sintió flotar, por encima de la realidad. Vio el cuerpo de alguien que le sonaba vagamente, tirado en el suelo de un extraño despacho. La voz siguió diciendo, en su mente:
     Nuestro trabajo no es evitar una guerra. Seguramente te suene cruel, pero nos da igual tu sufrimiento y el de tu familia —¿familia, qué familia?—. Estamos por encima de todas esas cosas. Nuestra misión, la razón de nuestra existencia, es viajar y moldear las historias posibles, en busca de un futuro concreto, entre los universos a los que podemos acceder. Es un futuro que hasta ahora no hemos sido capaces de encontrar. Uno en el que, más allá de cierto tiempo, el ser humano no termine por extinguirse y dejarnos solo a nosotros, quienes quiera que seamos.

Elether

Examiné el libro de Elether a la luz del pequeño candil de latón. Observé los dibujos, mientras pasaba despacio las ajadas páginas, porque tenía miedo de rasgarlas con mis torpes manos de metal. 

—¿Qué significa el título? —le pregunté.

—Tiene que ver con Hesperia, la Ciudad de los Muertos —contestó ella.

No pareció dispuesta a añadir más. Se limitó a mirarme, en silencio, como sopesando algo. A mí, pensé. Me sentí incómodo.

Elether era uno de los pocos prens que siempre me trataba de forma natural. Tenía su mérito, porque yo era un robot, una leyenda rescatada del pasado. Me parecía en pocas cosas a los prens. Aun así, al descubrirme, me llamaron “el Enviado”, y me convertí en la posesión favorita de su princesa, Dido. Nunca estuve seguro de que Dido me quisiese de verdad, durante el año que pasamos juntos, pero yo la admiraba. Ahora no podía dejar de pensar en ella, profundamente consternado por lo sucedido el día anterior.

—¿Podremos ayudar a Dido gracias a este libro?

Elether no contestó. Busqué su mirada, inquisitivo, pero no me gustó lo que vi en sus almendrados ojos esmeralda.

Miré a través de la ventana de la pequeña cabaña, el refugio secreto de Elether. La tarde habría sido la de una hermosa primavera, en otras circunstancias. La luna añil acababa de ponerse. Las sombras se apagaban en aquella parte del mundo y los pájaros enmudecían en los árboles. La noche reclamaba ya su reino. A lo lejos, por encima de las copas de los arces, pinos y robles (y otras especies más exóticas que no conocía), sobresalían, diminutas, las torres de Acantha. No podía borrar de mi cabeza los terribles sucesos del día anterior. Incluso hasta allí arriba llegaba el pestilente aroma del azufre, aunque la cabaña estaba a una legua de la ciudad, en la linde de un bosque que terminaba en un barranco.

En parte para tranquilizarme, en parte para quitarme el sulfuroso olor del cuerpo metálico, Elether me había desnudado y lavado con el agua de un pequeño barreño. Allí todo era pequeño. La cabaña tenía aquella única habitación. Cuando estuve seco, ella me dio uno de sus viejos camisones, que olía como el bosque. Como era menuda, me quedaba bien. Más o menos.

—No sé si podremos ayudarla, Zair —dijo, cuando yo ya casi había olvidado la pregunta—. Apenas puedo descifrar lo que dice el libro. Pero no es por eso por lo que quería enseñártelo. Hazme caso, y mira bien los dibujos.

—Me dan igual los dibujos. Estoy preocupado por Dido.

—Ya, pero ahora no se trata solo de ti, ni de tu preocupación por la princesa. Se trata de toda Badhia-Yamina, y quién sabe si todavía más allá.

¿Por qué tenía que importarme a mí lo que hubiese más allá del país de Badhia-Yamina? Apenas me interesaba nada de lo que hubiese en Acantha, fuera de las habitaciones de la princesa. Yo solo era un robot particular. Su robot particular. Pero Elether, al igual que Dido, tenía opiniones muy fundadas sobre mi importancia en las cosas de los prens; aunque, como comprendí después, por motivos diferentes.

Sonó un pitido. Elether sacó del fuego una vieja tetera de cobre, con un trapo, y vertió un líquido verdoso y humeante, que olía a menta y a eucalipto, en una taza de madera astillada. Además del poco espacio, allí todo estaba viejo y gastado, como aquella taza. Aun así, se trataba de un refugio acogedor. ¿Siempre había pertenecido a Elether? Desde luego, estaba llena de misterios, demasiados, para una simple pinche de cocina.

Me ofreció la taza. Estaba muy caliente.

—Te sentará bien —dijo—. Tienes que dormir. Ya seguiremos hablando de todo esto.

—No tengo sueño —protesté.

—Para eso precisamente es esta bebida, tonto. Bébetela, te sentará bien dormir un poco, después de todo lo que ha pasado.

Le di un sorbo. Sabía fatal, muy amarga, pero en cierto modo me agradó. Entre la bebida y la fragancia a cosas del bosque que impregnaba la cabaña, conseguí casi olvidarme del regusto del azufre.

—Elether, ¿qué son “los Eidola”?

—Nada de lo que debamos hablar tan cerca de la noche.

—Pues no voy a dormirme hasta que me digas algo. —Mi preocupación por la suerte de Dido era más fuerte que mi miedo a esos Eidola, fueran lo que fuesen—. No pienso dormirme —insistí.

En ese momento, y pese a mí mismo, me entraron unas ganas enormes de bostezar. Pero me tragué el bostezo y seguí mirándola, impertérrito.

Elether suspiró. Por lo que fuese, decidió satisfacer mi curiosidad.

—“Los Eidola” es el nombre con el que los Antiguos se referían a los Muertos de Hesperia. Son espíritus que no pertenecen a este mundo. Seres etéreos que odian todo lo que está vivo y que están deseando corrompernos, poseernos. Eso es lo que le ha pasado a Dido, Zair. Y me temo que ya no hay nada que podamos hacer por ella. Por ninguno de ellos.

A medida que pronunció las palabras, fue subiendo el tono de amenaza, a pesar de que todo lo dijo en susurros. Me estremecí. Por un instante, me pareció que no era ella quien hablaba, como había pasado con Dido y los demás, la tarde anterior, cuando intentaron comunicarse con los dioses.

—Vale, Elether —dije, con un hilo de voz—. Prefiero seguir hablando de esto mañana, si no te importa.

Ella rio, y fue una risa espontánea y alegre, que rompió de inmediato mi sensación de horror. De hecho, fue como si esa sensación no hubiese existido. Pero se me habían juntado ya demasiadas emociones. Perdí la compostura y me puse a llorar, como el niño que era. De metal, pero niño, al fin y al cabo.

—Zair, qué te pasa —dijo ella, arrastrando las palabras con cariño.

—Nada.

—Vamos, solo he usado un poco de magia de ilusión, para dar más dramatismo a las palabras. Me sale casi sin querer, ya lo sabes.

—Elether, es que… Dido, yo pensé… —empecé a hipear, y no pude decir más.

Ella me agarró de la mano.

—Vamos, vamos, Zair, todo un robot, llorando. Si te viese quien te construyó. ¿Sabes? Antes nunca hubiera imaginado que los robots particulares pudieseis llorar, beber, dormir, sentir las cosas que tocáis… Cuando era pequeña pensaba que solo erais una leyenda.

Ella me había contado, cuando todavía trabajaba en las cocinas del palacio y nos escapábamos a veces al exterior, que los robots particulares eran una especie de sirvientes de los dioses, cuando estos todavía vivían en el mundo, antes de abandonarlo. Según ella, los dioses nos habían hecho a su imagen y semejanza, porque no podían tener hijos.

—¿Y si yo tengo la culpa de todo lo que está pasando? —gimoteé—. Porque si yo era solo una leyenda y estoy aquí, entonces, de algún modo, los espíritus malos, los Eidola, quizá están aquí por mi culpa.

Aquello llevaba atormentándome todo el día. Aunque se trataba de un temor latente en mí, desde hacía algún tiempo; algo que no acababa de identificar ni comprender.

—Tú no tienes la culpa de nada, Zair. La Casa Gobernante jugó con cosas que era mejor dejar tranquilas. Mira —dijo—, ¿ves esta ilustración?

—La Ciudad de los Muertos. Hesperia.

—Sí. Mira —señaló algo con el dedo.

—El cáliz —exclamé.

—Como el que me dijiste que encontró la princesa, en el viaje de la Gran Tormenta, después de verte en un sueño.

—Lo encontró al lado de los muros de Hesperia. Fue el Nexo que usaron ayer, en la ceremonia.

—Lo sé, dijo Elether.

Un búho ululó en el bosque. Me fijé en que ya titilaban las estrellas entre las ramas de los árboles, más allá de la ventana. Las raídas cortinas se agitaron. Sentí frío, pese a la bebida caliente. Elether se acercó a cerrar los postigos, mientras decía:

—La mayor parte de la gente no lo sabe, porque a los nobles acanthianos nunca les ha interesado que se sepa esta verdad. Pero, mira lo que he descubierto —dijo, acercándose.

      —No puedo leerlo todo, pero entiendo algunas palabras. Conseguí una traducción del índice del libro —dijo, orgullosa—. Esta palabra, “Devatar”, en el pasado remoto se usaba para denominar a los dioses, en la Antigua Lengua. Pues bien, en aquellos tiempos, esa misma palabra se usaba también para los Muertos. Tengo que consultarlo con alguien que conozco, pero creo que, al intentar hablar con los dioses, el rey y su hermana, tu querida princesa, han abierto las puertas de Hesperia. Han dejado salir a los Muertos.

—Entonces, Dido…

Ella me puso un dedo en los labios.

—No, no más Dido por hoy. Descansa, Zair. Duérmete ya —susurró—. Mañana tenemos que irnos, y será un viaje muy largo. Tienes que coger fuerzas.

¿Irnos? ¿A dónde? Yo no quería irme a ningún sitio. Yo quería volver a Acantha, con Dido. Pero estaba demasiado cansado para replicar. De pronto, el sueño cayó como una losa que ya no hubo forma de apartar.

Lo último que recuerdo es a Elether, cogiéndome en brazos. No tuve ningún sueño.

Minotauro reedita en octubre Marte Rojo, de kim Stanley Robinson, en su colección “Esenciales”.

Aprovechando que Minotauro reeditará en octubre Marte Rojo, de Kim Stanley Robinson, voy a comentar algunas curiosidades sobre esta obra, sobre todo para quienes no la conozcan.

Lo primero que llama la atención de esta reedición (además de una portada que, como la anterior, no está a la altura del contenido) es que forma parte de la colección “esenciales” de Minotauro, con títulos de autores legendarios, como Philip K. Dick, Ursula K. Le Guin, Ray Bradbury o Frederick Pohl. No estamos hablando de cualquier cosa.

Marte Rojo forma parte de una trilogía, compuesta por Marte Rojo, Marte Verde y Marte Azul, que cuenta la historia de la colonización de Marte desde una perspectiva realista en lo científico (con algunos peros) no reñida con un tono de utopía.

Entre los tres libros el autor ganó varios premios Nebula, Hugo y Locus, que son los tres más importantes del género. La trilogía de Marte pertenece al subgénero de la ciencia ficción dura, que se caracteriza por dar especial importancia a los detalles científicos.

Se ha dicho muchas veces de distintas obras posteriores a Juego de Tronos, ya fuesen novela o audiovisual, fantasía o ciencia ficción, que eran “la nueva Juego de Tronos”. Bien, yo lo voy a decir de la trilogía de Marte, con una salvedad: que están escritos antes.

Porque las novelas nos cuentan la historia de un posible futuro de la humanidad en Marte, a través de muchos años y muchos personajes. Si bien hemos dicho que se trata de ciencia ficción dura, la ambición y el propósito del autor van mucho más allá de esa etiqueta.

Robinson plasma un Marte en el que la humanidad experimenta nuevas formas sociales, económicas y religiosas; un mundo en el que caben la utopía, la reflexión filosófica y hasta la invención de un folclore propio, además de los aspectos científicos, en la trama.
Pero lo narrado no deja, a pesar de todo ello, de estar lleno de situaciones de acción, riesgo y emoción, que se sienten como únicas en el marco del Marte que nos presenta el autor, que estuvo años estudiando de fuentes de la propia NASA todo lo relativo al planeta Rojo.

La trama principal gira en torno a la evolución de la nueva sociedad humana que se va creando en Marte y sus desavenencias con la vieja Tierra, pero trata también a la vez de las desavenencias entre los propios marcianos: entre aquellos que creen que Marte debe ser terraformado para acomodarlo lo más posible al ser humano, y los que creen que debe conservarse como está y que la humanidad no tiene derecho a hacer lo que quiera con otros mundos.

El Marte de Kim Stanley Robinson es el más realista que se haya descrito en una obra de ficción, y quizá, precisamente por eso, el más extraordinario. Porque todo resulta más creíble.
Nos hace imaginar hechos que cortan el aliento, pero que creemos que algún día podrían pasar de forma parecida. Yo hace más de 20 años que terminé de leer la trilogía y aún hoy, cuando imagino un Marte humano, mis sensaciones vienen sobre todo de aquellas novelas. Recuerdo muchas imágenes y sensaciones que me dejaron esos libros; quizá no sea exagerado decir, desde cierto punto de vista poético, como quien recuerda el futuro, o un futuro.

Poco más tengo que decir. Solo tres detalles. Uno, sobre la hipótesis usada por el autor, y por casi todos los autores de ciencia ficción, de que los humanos marcianos serán más altos y delgados; estudios posteriores han sugerido que en realidad puede ser justo al contrario… Si los humanos nacidos en Marte han de evolucionar en una gravedad más débil, más débiles serán sus huesos, y necesariamente más cortos, en humanos de tallas más achaparradas, para no quebrarse. Si bien, a través de la ingeniería genética, tema presente en la trilogía, todo es posible, sobre todo si sumamos la nanotecnología a la ecuación… pero me voy ya por los cerros de Úbeda.

Otra cosa que quería comentar, es que desde principios de este siglo (las novelas se publicaron en los 90) se vienen haciendo varios intentos de llevar la trilogía a las pantallas. James Cameron tuvo en su tiempo los derechos para ello, pero luego los cedió. Más recientemente Spike TV estuvo más cerca de cristalizar una serie de 10 episodios para el primer libro, Marte Rojo, pero desavenencias entre Spike y diferentes showrunners (lo que quizá indique que la culpa es de Spike TV) relegaron el proyecto, hasta hoy, que sigue congelado. Esperemos que no por mucho tiempo, dada la mediocridad de todas las películas sobre Marte que se han hecho hasta ahora, incluída The Martian. Me refiero sobre todo a la falta de talento, seriedad y rigurosidad para imaginar un Marte humano más posible, en el que Marte sea algo más que un mero decorado de cartón piedra o efectos especiales que no dan la talla, quizá porque tampoco las historias la dan. El planeta rojo solo ha sido hasta ahora una excusa argumental, pero nunca el verdadero protagonista, en ninguna de esas películas, como sí lo es en la obra de Robinson.

Información extraída de la Wikipedia en inglés:

Marte Verde y la portada de Marte Rojo se incluyeron en un DVD que viajó con el Phoenix, un módulo de aterrizaje de la NASA que aterrizó con éxito en Marte en mayo de 2008.
La Primera Biblioteca Interplanetaria está destinada a ser una especie de cápsula del tiempo para futuros exploradores y colonos de Marte.
En el DVD también están obras como “Las Crónicas Marcianas” de Ray Bradbury, “La Guerra de los Mundos” de H. G. Wells, así como la retransmisión de esta que hizo en la radio Orson Welles, y los mapas del planeta realizados por Percival Lowell en el siglo XIX.
También contiene mensajes dirigidos a los futuros exploradores y colonizadores de Marte, de parte de Carl Sagan y Arthur C. Clarke.