Reseña: El camino de los reyes, de Brandon Sanderson.

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Soy dado a comprar la mayor parte de las novedades editoriales que nos llegan, en esta edad dorada que está viviendo el género de la fantasía y la ciencia ficción (cada vez más indistinguibles entre sí, y en el fondo, parte de una misma cosa). De entre la larga lista de títulos que tengo en cola, y que elijo según criterios que ni yo mismo tengo muy claros, unos me gustan más que otros, y pocas veces el hecho de que estén más de moda, o sean más elogiados o premiados tiene algo que ver en que las historias que nos cuentan calen más hondo en mi imaginación.

Y no puede decirse de mí que sea un típico fan de Sanderson. Y mira que fui de los que compré la primera edición de “Elantris” en cuanto fue publicada, entonces un escritor desconocido, de cuyas cualidades la presentación de aquella edición vaticinaba prodigios de sobra acertados. Pero a mí “Elantris” no me enganchó en un primer intento. (Lo tengo pendiente aún hoy, con pocas dudas de que acabaré cogiéndole el gusto). Lo mismo me pasó con “El aliento de los dioses”. Será que me vuelve loco la posibilidad de una buena saga interminable, porque el primer libro que por fin leí y disfruté como un  enano de este autor fue el primer volumen de la saga  “Nacidos de la bruma”, y el segundo, recién terminado de leer, ha sido “El camino de los reyes”, de la saga más mastodóntica y ambiciosa de Sanderson, “El archivo de las tormentas”.  Ha sido este segundo libro el que me ha convertido por fin en fan de este escritor, y es por eso por lo que digo que seguramente retome los dos libros citados antes con nuevos bríos en un futuro no muy lejano. Son bríos motivados por diferentes cosas, siendo una de las principales que tanto “Elantris” como “El aliento de los dioses”, como las dos sagas citadas, “Nacidos de la bruma” y “El archivo de las tormentas”, forman parte de un mismo universo de ficción, llamado el Cosmere. Siempre me han fascinado este tipo de conexiones y entrelazamientos habidos en el tiempo y el espacio en los mundos literarios y fantásticos que pueblan nuestra imaginación. Es la razón por la que soy un fan indondicional de TODAS las películas de Star Wars, por ejemplo. Me fascinan las profundidades de los mundos que me dan la sensación de que no se van a acabar nunca, por mucho que me interne en ellos.
Naturalmente, hay gente a la que le sucede todo lo contrario, y que siente mucha pereza, aversión incluso, por estas grandes sagas, por la posibilidad de empezar a leer algo que no se sabe cuándo se culminará, ni siquiera teniendo la certeza de si se culminará algún día. Aunque bien sabemos que Brandon Sanderson demuestra una fecundidad literaria inigualable, sin que ello haga apenas disminuir la calidad de cada una de sus propuestas, no es este aspecto lo que  a mí me anima a embarcarme en este tipo de caminos literarios, sino, como digo, la sensación de profundidad. Porque sé que “El archivo de las tormentas es una decalogía de libros de más de mil páginas (si es que todos llegan a ser tan extensos como los tres primeros, lo cual no tiene por qué ser siempre el caso); y eso hace que en cierto modo nada esté escrito. Que cualquier cosa sea posible. Le da al mundo por el que transitamos a través de cada página una suerte de incertidumbre acerca del futuro de la saga que lo emparenta a la realidad misma. Porque sagas tan monumentales se estructuran en torno a un lenguaje que las hace únicas.

En cualquier caso, carpe diem. Es lo que me ha hecho disfrutar la lectura de “El camino de los reyes” lo que definitivamente hace que me de igual lo que vaya a pasar mañana con esta saga. Lo que importa, al final, no es llegar, sino disfrutar del camino.

Esta historia se cuenta a través de diversos puntos de vista, a través de un variopinto grupo de protagonistas que se nos presentan en la contraportada del libro como muy típicos de cualquier mundo de fantasía: Un asesino, una ladrona, un médico (éste quizá no tan típico) y un gran guerrero. Y a lo largo de los capítulos encontraremos todos esos detalles que buscamos en estos mundos: el vivir a través de sus páginas siguiendo a los protagonistas por paisajes y ambientes que a través de la imaginación, y en mágica camaradería con el escritor, capturen poco a poco nuestros sentidos, para hacernos abandonar más y más nuestro mundo cada vez que cogemos el libro para sumergirnos de nuevo en sus páginas, adentrándonos más y más en esa otra realidad ficticia, pero no por ello menos real mientras la sentimos imaginada. Es cuando los libros dejan de ser un conjunto de premios, de buenas críticas y reseñas, y se convierten en una lectura no ya curiosa o formativa (positiva o negativa), sino meramentre adictiva. Seguimos leyendo porque los personajes han pasado a formar parte de nuestra propia psique, porque somos parte del mundo que habitan a través de ellos. De pronto los olores que desprenden los guisos, los ruidos del campamento, la cualidad rugosa de la madera de los puentes, se vuelven más reales, más auténticos. Hay libros muy buenos, muy premiados y muy bien reseñados que rara vez o ninguna consiguen todo eso en mí. Desde luego, no es el caso de “El camino de los reyes”. Porque no he seguido leyendo este libro por su calidad literaria, ni por sus críticas, ni por sus premios, sino por todo lo que acabo de decir que me ha hecho sentir mientras me adentraba más y más en sus páginas.

Leer el primer volumen de esta saga es conocer a personajes profundos y complejos, que viven en un mundo tan profundo y complejo como ellos, uno trabajado por Sanderson durante muchos años, y eso se nota. Roshar está vivo. No se trata aquí de una enésima versión de la Tierra, ya en el pasado, ya en el futuro. No. El Cosmere es un universo ficticio cuyo tiempo y espacio desconocemos, y cada uno de los mundos que lo pueblan tiene sus propias particularidades, que lo hacen único. Y el más único de ellos quizá sea Roshar. Si lo que admiré con las sensaciones que he descrito más arriba, esas que primero me impulsan a querer, a necesitar leer una obra de fantasía, fue la habilidad de Sanderson para hacernos vivir los lugares en los que viven sus personajes (la sensación de maravilla por la aventura y el descubrimiento que todos necesitamos, y que muchas veces se alimenta mucho mejor leyendo que viajando a sitios que ya hemos visto mil veces en la televisión, en esta hiperexplorada realidad nuestra), otra faceta que se agradece y que no deja de ser sorprendente y original en un escritor de fantasía capaz de colmar todas esas necesidades antes mencionadas, es la de su habilidad para dotar al mundo de Roshar de cualidades propias de la ciencia ficción, al dotarlo de seres y características únicos. Es algo que en cierto modo también nos ofrece N. K. Jemisin en su trilogía de “La tierra fragmentada”, aunque allí se trata de un mundo de ciencia ficción que a veces parece de fantasía, y en Sanderson es lo opuesto: un mundo de fantasía que a veces parece de ciencia ficción. Y eso es algo que dota a su fantasía de un matiz de originalidad único.

Pero aún hay más registros. Leyendo “El temor de un hombre sabio”, de Patrick Rothfuss, uno de los libros que más he disfrutado en los últimos diez años, a veces me asaltó una sensación de fantasía por debajo de la fantasía. De una fantasía estratificada, en la que el mundo se describe en varias capas, y a través de más de un lenguaje fantástico. Uno más convencional, utilitario y moderno, la forma en que suelen escribirse otros libros de fantasía de nuestro tiempo, en lo que se refiere a los elementos que todos esperamos encontrar en una típica saga de fantasía épica, y una fantasía más seria y profunda, más fantasía pura, más Fantasía. O, por qué no, sin el acento, Fantasia. Sí, esa sensación de lo fantástico como género literario, como algo desvinculado de lo épico como estilo; un matiz de subrealidad, o de ismos artísticos que siempre han vivido de forma más loca en lo fantástico, cosas casi inaprensibles que conforman la realidad misma, y a veces los mejores escritores consiguen hacernos llegar sea cual sea su género literario, su época y cualesquiera otra circunstancias. En fin, una sensación de fantasía pura que subyace a la mera fantasía como vehículo convencional, y que suele adentrarse en lo metanarrativo, aunque de forma muy sutil. Pues esas sensaciones están en este libro.

Así pues tenemos personajes creíbles, ambientes de fantasía que cautivan nuestros sentidos, y elementos subyacentes de fantasía pura, al lado de elementos más cerebrales, que tienen que ver con las particularidades físicas que adornan el mundo y con su concienzudo sistema de magia.  Y aún  hay más, un matiz de misterio y horror también, en este volumen de la mano de la ladrona, a través de cuya perspectiva asistimos al desdoblamiento de este fantástico y concienzudo mundo de Roshar en realidades más oscuras, que están directamente relacionadas con el devenir de los hechos vividos por todos los personajes, pero que Sanderson nos va descubriendo de forma tan sutil que nos sorprenderá que un mundo fantástico pueda serlo aún más, y desde nuevas perspectivas, apenas adivinadas al principio de nuestro viaje.
Todo eso está ahí. Y yo nunca lo había experimentado junto en una misma obra.

El estilo literario de Sanderson es práctico. En cierto modo muy asimoviano. No se detiene en florituras, y no escribe tan bien como, digamos, un Patrick Rothfuss. Sin embargo, eso no significa que no sea capaz de soltarnos cuando menos los esperamos frases o párrafos enteros de una belleza y profundidad, sobre todo una profundidad filosófica que en este autor parece engrandecer la belleza de su literatura, como si escribiese mejor cuanto más profundo se pone. Porque también, toda buena obra de fantasía ha de tener, de forma bien disimulada, de forma perfectamente engranada en su trama, sus dosis de libro de auto ayuda. De ese algo que te hace crecer como persona. Y Sanderson no anda escaso de estas cosas, ni es poco hábil a la hora de saber dosificarlas.

Una de las cosas que más poderosamente me llama la atención de este libro, como ya decía al principio,y ahora vuelvo sobre ello, ya para casi terminar esta atípica reseña (como, creo, suelen ser todas mis reseñas, ya que no estoy vendido a editoriales ni todos los libros me parecen maravillosos, como es lo común en los blogs más conocidos de literatura fantástica. Además no me gusta revelar apenas nada de la trama al hablar de lo que he leído, ni siquiera doy nombres de personajes para no condicionar la lectura, y me centro más en las sensaciones que el libro me haya dejado): es la profundidad del mundo y los hechos que nos propone. Es saber que hay personajes de los que la gente habla como sus favoritos que ni siquiera han aparecido aún en estas más de mil páginas iniciales de la saga. Es saber que personajes secundarios que al principio son poco más que parias irán creciendo hasta convertirse en protagonistas en futuros pasajes de la saga. Es intuir el semblante trágico, casi “darthvaderesco” del personaje principal de este primer volumen. Ser testigos de los múltiples cambios a través de los cuales pasan y pasarán los distintos personajes que vamos conociendo. Es saber que hay ciudades que son poco más que mitos de hace milenios, como puede serlo para nosotros la mesopotámica ciudad de Ur, que en algún momento de sus futuras aventuras llegarán a visitar nuestros protagonistas, al menos alguno de ellos, revolucionando los estratos y los sabores que el autor nos va presentando de forma tan paciente. Porque lo bueno de una saga tan larga y de unos libros tan voluminosos es que Sanderson tiene tiempo para todo. Puede ir cocinando a fuego lento todos los detalles, avivando el fuego cuando hace falta, a lo largo de muchas escenas de acción, presentándonos nuevos personajes, hechos y situaciones que ofrecen nuevas perspectivas de todo lo que ya conocíamos, o de repente dotando a su pragmático estilo literario de un lirismo sorprendente, en virtud de la aparición de ciertos personajes,  a cual de ellos más misterioso.
No faltan en este primer volumen los giros sorprendentes, por supuesto. Sanderson nos sorprende con la maestría de los mejores en el género.

Lo malo del libro es su edición. Aunque el grandísimo acierto de publicarlo con las formidables ilustraciones originales de Michael Whelan nos llame a engañarnos positivamente (Quién no admiró en el pasado las portadas que hizo para la injustamente maltratada en España saga de “Añoranzas y Pesares”, de Tad Williams, la obra que inspiró a George R. R. Martin para escribir “Canción de hielo y fuego”), lo cierto es que los materiales con que está hecho el libro parecen de saldo: tapa delgada y un tanto debilucha, páginas pegadas en vez de cosidas, y, peor que todo eso, una monstruosa sucesión de erratas incomprensibles, como si el libro no hubiese tenido corrección alguna de sus galeradas. Incomprensibles además, porque casi siempre se trata de nombres mal puestos, equivocados, poniendo nombres de personajes cambiando unos por otros en demasiadas partes del libro. Una vez incluso el nombre de un personaje es cambiado por el de una ciudad. Es algo tan absurdo que yo nunca había sufrido en ninguno de los muchos libros que he leído. Y me ha hecho preguntarme qué profundas oscuridades ignoro del arte de la industria editorial, en cuanto a las fases que forman parte de la elaboración de un libro hasta que llega a nuestras manos. ¿Es que acaso los nombres ya venían mal puestos en el manuscrito en su versión original? No puedo creer tal cosa. Entonces, ¿de dónde surgen esos errores? Seguramente haya algo que se me escapa. Pero son errores muy molestos, que harán que haya gente que prefiera hacer de tripas corazón y leer el libro en inglés. Además, por mucho que la editorial ha prometido que en sucesivas ediciones se irían limando esos fallos, yo no he sido capaz de encontrar ninguna donde se supongan esos fallos corregidos. Y mención aparte lo de no coser las páginas. En mamotretos como estos, si llevas el libro de aquí para allá, como es mi caso, las tensiones que sufre el lomo hace que al final las primeras o las últimas páginas empiecen a despegarse. Con “Juramentada”, el tercer volumen, publicado este año, sí han cosido las páginas. Esperemos que sea un ejemplo que sigan a partir de ahora, y no solo un espejismo.
Sin embargo, el libro es tan largo, y tiene tantas virtudes, que los fallos de nombres al final los he vadeado, en cuanto he cogido el tranquillo a no preocuparme cuando mi pie se hundía demasiado, optando por el pragmatismo de pisar en un sitio más seguro, es decir, comprendiendo que se trataba de un nuevo error, y volviendo a leer las partes implicadas para interpretarlas correctamente, si es que el error no es evidente nada más verlo, (que no siempre lo es). Para un libro tan largo, no pasa tantas veces, sobre todo en su segunda mitad, y lo que lees es tan bueno que te acostumbras a obviar los fallos. Pero quizá no todo el mundo sea tan pragmático como yo en este aspecto.

Mi puntuación:

Suelo puntuar sobre cinco, y a pesar de todos estos fallos de la edición en castellano, voy a darle a “El camino de los reyes” mi primer “5” para los libros que he reseñado en este blog.

Así pues: 5 sobre 5

Las miserias y las mentiras del animalismo.

Vivimos en una dictadura de los imbéciles.

Cualquiera puede expresar su opinión en la Red sobre cualquier cosa. Cualquiera puede hacer impunemente gala de su imbecilidad.
Pero las deformaciones mentales no van a cambiar la verdad que subyace.

Nosotros somos animales, pero evolucionados hasta la conciencia de sí mismos. Seguramente otros animales estén en ese viaje evolutivo, y muchos tengan cierto grado de desarrollo de sus propias conciencias.

Si alguno de ellos la tuviera más que nosotros… si los leones fuesen una especie dotada de inteligencia, por ejemplo… ¿serían mejores que nosotros?
Todas las especies animales son esclavas de su propia animalidad. Incluidos los seres humanos, aunque nosotros estemos más cerca que cualquier otra especie de trascender nuestra condición animal.

Un animal de otra especie no es mejor que nosotros ni más puro ni más inocente. Eso es una humanización artificial y subjetiva que hacemos de otras especies, desde nuestra superioridad de conciencia. Desde nuestra humanidad.
Pero no hay nada más brutal y monstruoso que la propia naturaleza. Perras que matan a sus crías, cuando crecen lo suficiente para ser su competencia sexual. Animales que se devoran vivos. Machos que pelean como posesos para poder dominar y esparcir sus genes.

Aún hoy buena parte de esa animalidad está en nosotros. Pero nosotros somos mejores que eso. Estamos en el camino a nuestra libertad; de nuestra independencia de las cadenas de impulsos biológicos ancestrales.

No pretendo usar todo esto para defender la tauromaquia. Creo que es una fiesta que debería modernizarse, suavizarse, estilizarse y hacerse más acorde a la demanda de los nuevos tiempos.
Pero siempre digo, haciéndome eco de las palabras de Toni Cantó en esto, que espero que ninguno de esos que prefiere que muera un ser humano a un toro coma carne. Porque el toro es la única res cuya carne se consume que tiene un final más o menos digno. Si yo fuese res, ojalá fuese un toro. Porque por lo normal preferimos ignorar las horrendas acciones que se llevan a cabo de forma masiva y diaria contra todo tipo de animales, con el deterioro del clima que la industria cárnica conlleva, además.

Pero actuamos así porque estamos en la cúspide de la pirámide alimentaria. Y porque somos aún en esencia animales. No actuaría de forma diferente ningún otro animal con los homínidos si otros fuesen los que hubiesen llegado ahí arriba.

Alegrarse por la muerte de un torero antes que de un toro es, además de una clara sumisión a la servidumbre ideológica impuesta en nosotros por la visión de otros, la conducta menos animal y más artificial que pueda existir. Ningún animal se alegra porque muera uno de su especie por un animal de otra especie…. salvo el ser humano.

Y debemos elegir qué clase de ser humano queremos ser. Yo, definitivamente, como defiendo a los animales de verdad, sin demagogias, hipocresías y servidumbres ideológicas, quiero ser del tipo de ser humano que aún conserva algo de su esencia animal. Un ser humano que no se alegre cuando muere un torero. Otro ser humano.

Todos viajamos en la misma nave. La Tierra. Todos compartimos la mayor parte de nuestros genes. Incluso con los árboles. Seres vivos cuyos derechos tienen mucho aún que cortar (jaja)… pero la evolución y la suerte nos han puesto a nosotros al mando de una nave que aún no sabemos manejar ni podemos abandonar.

No somos ni mejores ni peores que los animales. Somos más responsables. Porque nosotros somos todos ellos. Su futuro depende del nuestro.

¿Llegó el ser humano a la Luna?

Me veo en el tuiter hoy que Iker Casillas compartió ayer una encuesta porque estaba debatiendo con unos amigos sobre si el ser humano ha llegado o no a la Luna.
Así estamos todavía, pero lo peor es que Casillas cree que no. Y lo aún peor es que aunque lógicamente gana la gente que cree que sí, un 41 % de zocotrocos creen que no. Como Iker. Que todo fue mentira.

Es un síntoma deprimente de la estupidez humana.
Sí. Otro más.Porque personas inteligentes piensan eso. Y eso es lo deprimente.

En cuanto al ánimo y el propósito de ir, también estaban ahí. El discurso de Kennedy lo focaliza de forma inspiradora. Esgrime la necesidad de ir en este histórico discurso:

“Nos hacemos a la mar en este nuevo océano porque existen nuevos conocimientos que obtener y nuevos derechos que ganar, que deben ganarse y utilizarse para el progreso de todos los pueblos. Porque la ciencia espacial, al igual que la ciencia nuclear y toda la tecnología, carece de conciencia propia. Que se convierta en una fuerza de bien o de mal depende del hombre […]. No digo que debamos o vayamos a luchar desprotegidos contra el uso indebido del espacio, de la misma forma que no luchamos desprotegidos contra el uso hostil de la tierra o el mar; lo que sí digo es que el espacio se puede explorar y controlar sin alimentar la llama de la guerra, sin repetir los errores que el hombre ha cometido al extender su mandado sobre este planeta nuestro.

Por el momento, no existe ningún tipo de contienda, ningún prejuicio, ningún conflicto nacional en el espacio exterior. Sus peligros son hostiles para todos nosotros. Su conquista se merece lo mejor de toda la humanidad y la oportunidad que nos ofrece de cooperar pacíficamente podría no volver a presentarse. Pero, preguntan algunos, ¿por qué la Luna? ¿Por qué elegimos esta meta? Y de la misma forma podrían preguntar, ¿por qué escalamos la montaña más alta? O, hace 35 años, ¿por qué cruzamos el Atlántico en avioneta? […]

Hemos decidido ir a la Luna. Hemos decidido ir a la Luna en esta década, y también afrontar los otros desafíos, no porque sean fáciles, sino porque son difíciles, porque esta meta servirá para organizar y medir lo mejor de nuestras energías y aptitudes, porque es un desafío que estamos dispuestos a aceptar, que no estamos dispuestos a posponer[…]”

Y se consiguió. Porque teníamos también la tecnología. La guerra por desgracia, invirtió en Alemania en nuevas bombas dirigidas en misiles, cuya tecnología fue aprovechada en la posguerra y llevada hasta su máxima expresión durante la guerra fría, que significó el logro de materializar la rivalidad entre las dos superpotencias en la carrera espacial, sin reparar en gastos. Una carrera cuyos logros derivaron en una cantidad de tecnologías y descubrimientos sin los cuales nuestra vida diaria no sería ahora mismo tal como es.

Por encima de todo, no creer que el ser humano llegó a la Luna es tener una visión muy fea, triste, gris y derrotista de todo lo bueno que hay en nosotros. De nuestro ánimo para explorar, descubrir y lograr grandes empresas. También es ignorar el hecho de lo decidido que es el ser humano cuando se propone algo.

La propia conciencia ecológica que se gestó en la nueva imagen pancultural de la Tierra como Gaia solo fue posible con las fotos de la Tierra como un planeta visto desde la Luna.

¿Dónde estará el ser humano en el siglo XXIII, es decir, en el año 2.243, por ejemplo?

Si somos moderadamente optimistas, es casi seguro que en muchas otras partes, y ya no solo en la Tierra, nuestra cuna.

Eso será tres siglos después de la teoría de la relatividad de Einstein, y es bastante probable que estemos allí, sea donde sea, gracias a la aplicación práctica en nuestra tecnología de cosas que estaban plasmadas en sus teorías sobre la relatividad del espacio y el tiempo. Cosas de las que nuestra tecnología aún no es capaz hoy en día.

Pues bien, con el viaje del ser humano a la Luna, en 1969, sucede lo mismo.

Seguramente en tiempos de Newton la mayor parte de la gente nunca imaginó que se pudiera viajar a otros lugares más allá de la Tierra (que, por supuesto, para la mayoría era plana aún entonces, o debería decir “ya” entonces… pese a saberse que no desde tiempos de Eratóstenes). La situación no es equivalente, porque la cultura del siglo XVII era mucho más cerrada en sí misma. Aún así, unos cuantos sí imaginaban ya entonces poder viajar y vivir en la Luna. Incluso en cometas.

Tuvieron que pasar 300 años para que el viaje a la Luna fuese posible. Pero ese viaje no fue más que la plasmación en nuestra tecnología de las ecuaciones y teorías de Newton.

Haber llegado a la Luna solo sigue siendo increíble para la gente sin imaginación.

A la luz de los Errantes. (Letra de una de las canciones del álbum: “In a Parallel World”)

Ayer te vi correr sin mí
por el límite del parque,
a la luz de los errantes.
Ayer te oí —>

—> decirme que:
no tenga miedo.
Que estás vivo al otro lado,
tras las cancelas del tiempo,
en luz que brilla más allá,
más allá…
De los árboles sin fin.

***

Hoy te vi correr de nuevo
desde un taxi en la lluvia,
y aunque sabía que era un sueño
fui corriendo hasta las puertas
del Central Park.

Entre nubes de tormenta busqué
tu sombra en el recuerdo: de los árboles,
de los puentes, de la hierba empapada del
invierno de aquel año que vivimos en Nueva york.
Semana tras semana,
noche a noche,
cada nuevo día,
tú y yo,
siempre preparados,
sin saber
si el último día sería ya,
viviendo sin futuro…
Vete muerte vete.

Ayer te vi correr sin mi
por el límite del parque,
a la luz de los errantes.
No fue un sueño, ya lo sé.
Tan intenso, el recuerdo,
un instante, eternamente…

 

© Eugenio Santiago García Espejo-Saavedra

La manada de mierda.

Se está hablando mucho, mejor, peor, importante, intrascendente o insultante, sobre el caso de la manada y su víctima.

Según lo veo la ley no ha actuado mal. Pero eso no quita que la ley no sea enjuiciable en sí misma. Cabe mejorarla y reformarla. Y esto es lo que debe hacerse en el menor tiempo posible. Porque, sí, los nueve años de cárcel pedidos para los miembros de la manada son muchos años en la vida de un joven, y pueden truncar para siempre su futuro. O quizá no. Quizá sean algo bueno, inviten a la reflexión y a la enmienda de un grupo de seres humanos dudosos, cuyos actos son objetivamente repudiables, si se examinan desde una posición fría y objetiva, exenta de pasiones ideológicas.

Aquí no se está juzgando solo a los miembros de esa manada, ni defendiendo solo los derechos de una víctima. Este caso ha trascendido, y lo que la ley decida sobre él estará construyendo el futuro de tantos otros presuntos seres humanos como los miembros de la manada, y de muchas otras futuras víctimas.

Nuestra ley es tan débil y tan torpe, tan enclenque, porque tras cuarenta años de dictadura nuestro código penal nació avergonzado de sí mismo. Por eso es de los más suaves con la delincuencia de Europa. Especialmente alarmante la forma en que trata los casos de violación que contempla como abusos, una distinción absurda y arbitraria, que no existe en otros códigos penales europeos.

No he hecho nunca el más mínimo intento por querer ver en Internet ni por ningún medio imagen alguna del dichoso vídeo que por lo visto se filtró. Hasta que el otro día, el amigo de un amigo me enseñó una imagen de ese vídeo, no sé aún con qué propósito ni intención. Pero me asqueó y le dije que la quitase de mis vista enseguida. Todos los que comparten esas imágenes me parecen en cierta medida cómplices de la manada. Es esto lo que se está juzgando aquí de fondo, y por eso este caso es tan importante: no solo a la manada, sino una forma de entender la sexualidad y de comportarse por parte de los hombres.

Especialmente alarmantes son los comentarios del juez que vio divertimento de la víctima. Muestran claramente la ideología propia de alguien que seguramente tenga en su móvil u ordenador ese tipo de imágenes. La forma de ser de un machista irredento. Y es que la Justicia no es un organismo infalible, como no lo es ningún otro poder, ni el legislativo ni el ejecutivo. No es infalible el poder judicial. Está constituido por personas que se equivocan y son susceptibles de ver las cosas a través de su prisma ideológico, tanto como cualquier otra persona. Y aplican ese prisma a sus decisiones profesionales, aún cuando a un juez se le presupone que debería ser lo más objetivo posible. Pero ese es un ideal imposible de alcanzar. Un juez, una juez, cualquier juez es un ser humano, con todos sus brillos, y todas sus debilidades.

Hay quien criticó al ex ministro de Justicia por sus críticas a ese juez. Que la Justicia es intocable e intachable, que dónde va el sistema si se pone en duda la Justicia.

Patrañas.

Patrañas interesadas e ideologizantes. Y en esas patrañas, como siempre, Podemos, que, recordemos, y para confundirlo todo, está en contra del incremento de penas para todo tipo de delincuentes, incluidos violadores y asesinos no redimidos. Podemos, que está a favor de echar abajo la prisión permanente revisable, y de que, por tanto, los violadores puedan salir a la calle al cabo de unos años de condena.

Con el caso de la manada se está juzgando el futuro de nuestra sociedad. Estamos decidiendo si queremos una sociedad sexualmente más limpia e igualitaria, en la que las mujeres puedan manifestar su sexualidad sin miedo a ser víctimas de hombres que se creen con el derecho ANIMAL a poseerlas. Abortos de seres humanos. Seres no evolucionados, el producto de una sociedad enferma.

Y dañino también es en esta sociedad enferma el rol de las feministas recalcitrantes, que insultan a las actrices porno y a las prostitutas que ejercen libremente, metiendo en un mismo saco a la trata de blancas y a los violadores junto a gente que disfruta libremente de su sexualidad. Y esta forma de actuar lo que hace es incentivar esta enfermedad de hipocresía sexual que corroe esta sociedad nuestra, donde lo sexual sigue siendo un tabú que personas malformadas psicológicamente convierten en amezana contra las víctimas a las que acechan.

Se ha dicho de la víctima de la manada que no podía llevar una vida normal, ni manifestarse como ella era en las redes sociales, ni ponerse mini faldas, sin que pareciese que no era víctima, cuando lo normal es que, y lo sabe y aconseja cualquier psicólogo, las victimas procuren llevar en la medida de lo posible su vida normal, y que sigan siendo como ellas son. No encerrarse en su pena y su miseria, que sin duda es lo que quería el abogado hijo de hiena de la manada.

Sí, abogado hijo de hiena. Porque así es el derecho. La ley de la estepa. Un lugar en el que las leyes se interpretan fríamente, para sacar el beneficio y prestigio máximos en detrimento de la calidad humana que debería ser el objetivo último de cualquier ley.

Se ha dicho que ella participó, o en cierto modo consintió. Esto me lo ha llegado a insinuar algún amigo mío, y aunque no le he llamado imbécil a la cara en ese momento, aunque sí he negado sus palabras, es una gran mentira. Porque ella estaba bebida y sola. Y no necesito más argumentos. Ella bebida y sola, y ellos cinco, con un grupo en el que se hacen llamar la manada, que sublima actitudes acosadoras y de depredación sexual, por las que, ADEMÁS, tienen OTRO CASO PENDIENTE. Es decir, ni siquiera era la primera vez que llevaban a cabo este tipo de conducta.

Yo siempre me caracterizo, como ha podido adivinar quien haya leído hasta aquí, por tener mi propia visión de las cosas, exenta de ideologías y de bandos. Siempre escribo lo que pienso de las cosas, gusten o no gusten, y me importa un pimiento a quién o no gusten. La sensación que tengo es que tenemos mucho que aprender aún sobre todas estas cosas. Que hay demasiadas pasiones, y demasiada ideología que impiden ver los hechos sin más, como son.

Lo que es irreversible es la necesidad de que nuestro sistema judicial se enmiende a sí mismo, para poder transitar hacia el futuro más libres de hipocresías y de depredadores sexuales. Y que haya una educación sexual mucho mejor, que la sexualidad sea una asignatura obligatoria en los colegios, en la que se exhiba poco a poco, de forma acorde a la edad, lo que debe y no debe ser y tolerarse en cualquier tipo de relación sexual.
Hoy en día las nuevas tecnologías han venido a agravar en vez de solucionar este tipo de hábitos depredadores, y la reforma educativa debe contemplarlo.

Vivimos, como decía Amarna Miller, en una sociedad donde hipócritas de mierda (el adjetivo lo añado yo) se pajean viendo vídeos de actrices porno a las que luego llaman putas de forma despectiva. Y esa misma escoria es la que luego amenaza y viola a mujeres solitarias que van bebidas.

Eso es lo que se juzga con la manada, si es lícito ser un hipócrita de mierda que se pajea y luego llama puta a la actriz con la que se pajea, y crea un grupo en el móvil en el que se enorgullecen de sus fechorías sexuales. Si es ético exigirle a la víctima que lleve una vida de castidad y encerramiento para mostrar su pena y su miseria, o si no dará derecho a los abogados de la manada a decir que es que ella es una puta, también, como las actrices que usan ellos para pajearse, y luego insultarlas.

Mi lectura frustrada de “La ciudad y la ciudad”, de China Mieville

Al final no he podido con este libro. Lo dejo en la pag. 229, porque básicamente me importa un pimiento lo que pase con sus protagonistas, y la resolución del caso.

Lo compré con las expectativas por las nubes, pero el libro no es en absoluto fantasía. Es un libro tipo novela negra, de investigación policial del montón. Está correctamente escrito, aunque sin alardes.
Lo que se supone que lo iba a hacer especial, que sea un libro de fantasía, la idea de la doble ciudad y el entramado y todas esas cosas que imaginé antes de empezar a leerlo que darían forma a un libro lleno de lírico misterio y realismo mágico, de lo cual no hay ni rastro en todo lo que he leído, todo eso, no es más que una idea brillante en principio, usada y machacada hasta la saciedad por el autor, algo que acaba resultando cansino de tantas veces que lo explica en tantas otras situaciones, sin aprovechar en ninguna de ellas tal idea para hacer la literatura que yo esperaba a priori al comprar este libro.

Una total decepción.

Este no lo puntuaré, porque ni siquiera lo he terminado.

La pasión por un Mundial de fútbol

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Estamos a las puertas de un nuevo Mundial de fútbol. Yo mismo dije hace unos meses que deberíamos boicotear este Mundial, por celebrarse en Rusia, por motivos de política y moral de mucho peso. Pero a quién voy a engañar. No seré capaz de no verlo y disfrutarlo. Quizá, pienso, viendo el lado positivo de que se celebre en Rusia, porque sirva para distender por medio del deporte lo que la política no puede.
Sea como fuere, ya se anticipan esas sensaciones tan especiales que a los que nos gusta el fútbol sentimos cuando llega un nuevo Mundial. Sí, así con mayúsculas, un Mundial es de fútbol.

Claro que no todos lo viven con tanta ilusión. Y me refiero a los propios aficionados al fútbol, muchos de los cuales prefieren el ámbito de las competiciones de clubs. Yo, en ese sentido, no soy un aficionado típico. A mí las competiciones de clubs me aburren. Solo me interesan cuando llegan los cuartos de final en la Champions,  cuando hay un “clásico”, Madrid-Barcelona, o cuando es un partido de liga en el que el Madrid puede recortar puntos en la liga, cuando está casi empatado en cabeza de la tabla. Todo eso es emocionante, pero para mí, nada puede compararse con un Mundial. Quizá porque son solo cada cuatro años, lo que los convierte en un acontecimiento especial. Quien no entienda de fútbol dirá aquí: “si hay fútbol todos los días”… pero no. No es lo mismo. Vale, está la Eurocopa de naciones, que tampoco está nada mal. Hay quien dice incluso que es más complicado ganarla, despreciando el fútbol que se hace fuera de Europa. Pero eso es mentira. Es más complicado ganar un Mundial. Por pura matemática. Tienes que ganar un partido más. Por puro sentido común. Las selecciones juegan por norma general más lejos de sus países de origen. Esto se nota sobre todo en el clima, la altitud de los sitios, y el “jet lag”. De hecho, solo una vez un equipo americano ganó un Mundial en Europa, Brasil, y solo una vez un equipo europeo en América, Alemania. Cuando han sido en otros continentes, la cosa ha estado más repartida. Las selecciones africanas decepcionaron un poco en el Mundial de Sudáfrica, que ganó España (sin “jet lag”), y las del lejano oriente todavía no tenían el nivel suficiente para arrebatar la final a Alemania o a Brasil, campeón en el Mundial de Corea y Japón. Y no será porque las selecciones anfitrionas no tuviesen descaradas ayudas arbitrales, como Corea del Sur ante la España de Camacho, en cuartos de final de aquel Mundial.

Además, cada vez más todos los equipos del mundo tienen más nivel. Han asimilado plenamente conceptos futbolísticos que se han hecho tan globales como la propia comunicación, y entrenadores occidentales usan métodos occidenatales para moldear el talento incipiente y fehaciente de dichas selecciones, algunas de ellas capitaneadas por auténticos cracks de las ligas europeas, como es el caso de Salah en Egipto.
La magia de un Mundial va más allá del fútbol, aunque es esencialmente fútbol en estado puro, es el ideal de lo futbolístico, donde este deporte se hace legendario. Es el gol de Maradona a Inglaterra, en el Mundial de México de 1986, cuando ambos países aún estaban picados por las Malvinas, el Mundial del que Maradona fue el héroe, y por el que mayormente pasó a la historia de este deporte, de la misma forma que Messi no será más que una suerte de Di Stefano para el barcelonismo, pero no pasará a la historia como un astro del fútbol, fanatismos barcelonistas aparte, si no es capaz de llevar a su Selección al triunfo. Y no, no es que sea solo ganar un Mundial lo que hace a las leyendas del fútbol. Es la suma de sus propias cualidades y logros y el destacar de forma decisiva en un Mundial. Porque incluso ser decisivo y marcar estilo con tu Selección, aunque no lo ganes, como fue el caso de Johan Cruyff, en el Mundial de Alemania en 1974, donde fue finalista, puede hacer pasar a un jugador a la historia.

De la pasión especial con que los jugadores afrontan los Mundiales dice mucho el que en cada uno de ellos conozcamos nombres que antes no nos sonaban de nada, que pasan enseguida a sonar como fichajes de los clubs más importantes del mundo, como fue el caso de James y Keylor Navas en el último Mundial de Brasil.
Un Mundial es más cosas, es un evento televisivo visto mundialmente, como solo muy pocos lo son. Es una celebración de la arquitectura y la ingeniería, mostrando siempre al mundo nuevos estadios a cual más moderno y extraño, en parajes a veces exóticos, a veces cercanos, pero vistos a través de una nueva perspectiva. Es céspedes de un verde imposible, de fantasía, tapices donde jugadores de múltiples nacionalidades se enfrentan a distintas horas del día, bien bajo un sol de justicia, bien bajo la lluvia de la noche, por la gloria. Echemos un vistazo, por ejemplo, al grupo H de este Mundial de Rusia:  Polonia, Senegal, Colombia y Japón. Jugadores de todos los rincones del mundo, de lugares tan dispares que hace siglos hubiera sido como hoy pensar en una competición que enfrentase a la Tierra con Marte, o a Titán contra Júpiter.

Un Mundial es el recuerdo de las colecciones de cromos de cuando éramos niños, que aún a muchos adultos apasionan. Aunque a mí ese encanto se me pasase con la llegada de las nuevas tecnologías, pues lo más bonito de los cromos era su colorido en un mundo sin Internet, la misma emoción que sentíamos entonces sigue vigente en todo cuanto rodea a la Copa del Mundo de fútbol. Los estadios, los lugares, los jugadores de diferentes partes del mundo, las inmaculadas camisetas de formas y colores inusuales, las aficiones ruidosas llegadas de todas partes, los nombres extraños e impronunciables, las jugadas imposibles que quedan grabadas para la historia, los enfrentamientos que paralizan países enteros… Todo eso forma parte de nuestra cultura como civilización global. Y es mucho más que escapismo; aunque como dijo alguien, quizá escapar de la rutina diaria sea el deber de todo soñador.
Acontecimientos deportivos como los Mundiales son fruto de la evolución y refinamiento de la sociedad humana. No hay Mundiales ni Juegos Olímpicos cuando hay guerras. Su celebración es un triunfo de la paz, y no solo consecuencia de ella, sino agente propiciador.

En fin, los Mundiales de fútbol, más que el propio fútbol en sí, fueron siempre una de las grandes pasiones que hicieron de mí la persona que soy hoy en día, junto a la música, la literatura y el cine. Me recuerdo a mí mismo, en mi adolescencia, coleccionando fascículos de la historia de los Mundiales, empapándome de sus estadísticas, y disfrutando enormemente de un programa presentado por Jose Ángel de la Casa, durante las semanas previas al Mundial de Italia 90, en la que fue mostrándonos las diferentes películas oficiales de los Mundiales de fútbol, empezando por el último, que entonces era México 86, cuya película, Hero, es una obra de arte del audiovisual, con un montaje donde prima el espectáculo sobre el frío dato estadístico, con un sentido del ritmo y síntesis narrativa que siguen siendo el ejemplo a seguir para cualquiera que tenga que hacer una película oficial de un evento deportivo. No creo que se hiciese una mejor antes, ni seguramente después. Buena parte del mérito es de la portentosa banda sonora del mago de los sintetizadores, Rick Wakeman. (En los archivos de RTVE aún se puede disfrutar, aunque el doblaje original, muy bueno, se ha quitado y se ha sobredoblado de mala manera, añadiéndole información sobre el papel de España en aquel Mundial, que arruina el ritmo del vídeo).
Es esto último que he escrito entre paréntesis la prueba de que para mí el Mundial es más que el mero sentimiento deportivo. Y no es que no me alegrase cuando España por fin ganó su primer Mundial. Era uno de mis sueños de niño. Algo que dudé llegar a ver algún día. (Ahora lo que dudo es que ganemos Eurovisión algún día). Pero un Mundial es más el espectáculo, y el lugar que ha de ocupar en la historia del fútbol, ya desde antes de que empiece, que solo fútbol, o tal vez, como decía más arriba, es el ideal de lo que es el fútbol.

Por cierto, en el primer partido de aquel Mundial de Italia 90, que entonces no jugaba la anfitriona, la Argentina de Maradona perdió 0-1 ante Camerún. Aunque luego llegó a la final. Pero no la ganó, El único equipo que ha ganado un Mundial perdiendo su primer partido ha sido…