Ha llegado el momento.






Esta entrada va sobre mí. Sobre quién escribe este blog. Sobre algunos aspectos esenciales de mi vida, mis esperanzas y mis sueños. Va, sobre todo, de mi amor por la música y la fantasía, y sobre cómo cristalizarán en forma de un proyecto musical.

Durante toda mi vida solo hay dos cosas que se me han dado bien. Hacer música y escribir. He llevado a cabo diversos, muchos intentos de escribir diferentes historias a lo largo de mi vida, cada vez un poco mejor que la anterior, pero a día de hoy todavía no lo suficiente. Es difícil sacar tiempo para dedicarle a lo que de verdad te gusta en esta vida, que está llena de necesidades y obligaciones. Quizá si tuviese más confianza en mí mismo habría renunciado a mi trabajo hace mucho tiempo, para dedicarme solo a las cosas que más me gustan, hacer música y escribir. Pero no tuve la suerte de nacer en una familia en la que sobrase el dinero. Tuve que dejar los estudios en la universidad, en la que empecé a estudiar Derecho sin ninguna vocación, para trabajar, y aquel trabajo es el que sustenta hoy en día mi futuro y por fin, tras múltiples aventuras y desventuras y aprobar una oposición, hace no mucho tiempo, me da la tranquilidad suficiente como para, ahora sí, poder dedicarme a lo que más me gusta, en un nuevo destino en el que tengo esa tranquilidad, y tiempo, sobre todo tiempo, para hacerlo.

No creo ser especial en todo esto que he escrito. Sé que mucha gente se verá representada en estas palabras. Leí una vez una biografía de George Lucas, en la que decía que la clave del éxito, si es que este llega alguna vez (aunque es discutible, luego diré, al final, qué es el éxito), se basa en tres cosas fundamentales: PERSEVERAR, CONFIAR EN UNO MISMO y TRABAJO, o DEDICACIÓN.

Una de las cosas por las que no soy escritor es que hay otra cosa que, como comentaba, me gusta tanto o más que escribir. Hacer música. Empecé tarde a tocar, por mi cuenta, a los 17 años, tras introducirme en la escucha de una industria discográfica que nunca me había llamado la atención, salvo por cosas sueltas que siempre llegaban a mí a través de la televisión. Fue cuando compré mi primera cassette de música, en unas Navidades en Madrid, con el dinero de los Reyes de mi tía Mariángeles, en una tienda de música Crisol (creo que hace tiempo que no existen). Eran las Navidades de 1991. Aquella cinta era el «Images», de Jean-Michel Jarre. Poco tiempo antes había descubierto el anuncio en la televisión. Los fragmentos musicales de piezas que me sonaban de toda mi vida, una música que sonaba diferente a casi todo, y que me subyugó, desfilaban sobre un campo de nubes en un cielo azul, mientras la locución decía: «Nunca nadie ha sabido ponerle mejor música a la imaginación». Empezó para mí una relación de verdadero amor hacia la música, que siempre me había fascinado, no siempre necesariamente de Jarre, catalizada a través de la obra de este mago de los sintetizadores francés, prestidigitador de rayos láser, proyecciones de luz y fuegos de artificio que sonaban en sus conciertos al ritmo de una música que parecía venida del futuro.

Yo había visto en televisión su concierto en Houston, en diferido, años atrás, cuando tenía 11 años, pero sin tener ni idea de quién era aquel músico que más que músico parecía un mago jugando con artilugios de luz. Una de las piezas del anuncio me hizo descubrir por fin quién era aquel hechicero electrónico (en una época en la que, por supuesto, y qué extraño puede parecer decirlo hoy en día, Internet no existía, y solo conocías las cosas que eran noticia en los medios escritos o en la televisión y la radio). Si las cosas no llegaban a ti por esos caminos, la radio, la prensa o la televisión, era como si no existiesen. Era un mundo más pequeño y tranquilo. Más sencillo y más pobre. Seguramente, más misterioso y encantador; un planeta en el que cualquier novedad emocionaba y se valoraba más que ahora.

Sea como fuere, descubrir de golpe toda la música de Jarre despertó en mí mis neuronas espejo. Yo quería hacer música, aunque nunca lo hubiera sabido, hasta ese momento. Empecé a aporrear, literalmente, las teclas del pequeño órgano de viento Bontempi que nos habían regalado cuando hicimos la comunión. Desde entonces, con 17 años, hasta ahora, han pasado 29 años, en los que nunca he dejado de progresar, de aprender, de mejorar, muy despacio, no siempre paciente, siempre dejándome llevar por la pasión, que muchas veces corría más deprisa que mi capacidad para poder plasmar la música que tenía en la cabeza, tanto por carencia de medios técnicos, como por falta de experiencia musical. También de conocimientos, aunque afortunadamente vivimos en una era, ahora, en la que gracias a Internet este último obstáculo puede salvarse. A lo largo de esos años pasé de solo tocar melodías, a seguir el ritmo, tocar acordes, mezclar cosas, pasando por todo tipo de teclados, desde el Bontempi de viento, a un Yamaha PSR 200, un Yamaha DJX, un Roland EG-101, Un Korg MS-2000 (mi primer sintetizador serio), y un montón más de aparatos-instrumentos musicales de diversas marcas, hasta hoy. Durante más de 10 años no usé ordenador alguno, solo multipistas baratos y grabadoras, primero en cassette y luego digitales. Fue a los 30 años que me compré mi primer ordenador, y a día de hoy me encuentro más cómodo tocando instrumentos software, por medio de teclados musicales, controladores de DAWs y demás instrumentos VST. Reason es mi DAW (DAW: Digital Audio Workstation) favorito (pese a algunas de sus carencias en el secuenciador, en comparación a la competencia), porque es el que mejor emula el mundo del hardware musical.

Hubo momentos, más de uno, en los que tuve verdaderas epifanías, intuiciones de un futuro en el que sabía que lo iba a conseguir. Aunque siempre he tenido los pies en la tierra, quizá demasiado, y al principio, cuando todo parecía muy lejano, me repetía a mí mismo que aquello no era más que una afición, y aún hoy me lo sigo repitiendo. Pero eso ya no importa; por supuesto que es una afición. Pero es más cosas. Tocar es una forma de vida. Es lo que me hace sentir verdaderamente vivo. Me doy cuenta de lo lejos que he estado de sentirme así durante estos últimos años, en los que he pasado una crisis musical en la que, aún sin dejar de tocar, de producir, de grabar, mientras pensaba en un proyecto futuro que siempre aparecía demasiado lejos en el horizonte inalcanzable, me decía a mí mismo que quizá estaba perdiendo el tiempo. Esa crisis fue debida a varias cosas, la edad, por la que la sociedad parece dictarte que si no eres joven da igual todo lo que hagas, pues ya no tendrá valor, y al final casi terminas por creértelo. (La verdadera juventud, por supuesto, vive dentro de cada uno, y no tiene nada que ver con la edad. Hay, hoy en día, multitud de jóvenes que se comportan más como viejos, que se creen de vuelta de todo, con la mente llena de mentiras, nada más que dedicándose a imitar el triste mundo heredado de los adultos).
El trabajo fue el otro gran impedimento, el mayor de ellos en realidad: nunca vocacional, siempre una dura prueba, un obstáculo, sobre todo por la inseguridad en la que me veía sumido antes de aprobar la oposición que por fin me ha dado la tranquilidad y el tiempo que poder dedicar a lo que más me gusta. De hecho, aunque grabé alguna cosa durante el año que estudié la oposición (a la vez que trabajaba), aquello terminó por secarme por dentro, y me dejó durante casi un año sin ganas de hacer nada, periodo que por cierto a mí me coincidió con la reclusión pandémica, en 2020.
Y la falta de nuevas referencias musicales, que provocaron que mis neuronas espejo se echasen a dormir. Pero lo que provocó esto último está a la vez relacionado con el regreso de mis ganas de hacer música, con más fuerza y decisión, con más perseverancia, confianza en mí mismo y dedicación que nunca antes. Me refiero al que fue mi principal inspiración para empezar a hacer música, Jean-Michel Jarre. Aunque para mí su último gran disco fue el Chronologie, curiosamente el primero y el último que compré siendo fan suyo, durante el siglo XXI ha tenido algunos momentos también para el recuerdo, desde 2016 a 2018, aunque tras el Equinoxe Infinity creo que está dando palos de ciego y nada de lo que ha hecho me interesa.

Afortunadamente, hay muchos más músicos, y entre las nuevas oleadas de jóvenes entusiastas encuentro cosas que vuelven a despertar mi pasión por la música, en gente como Au Revoir Simone, L’Impératrice, y otros artistas de la escena electrónica francesa más melódica, que desde Jarre y aún retrotrayéndonos a décadas anteriores, en forma de pop francés, es de lo que más me gusta, más allá de los siempre imprescindibles Vangelis, Mike Oldfield, y otros entre los que citaré a Franco Battiato, Kraftwerk, Enya, Franco Battiato, Klaus Schulze o Giorgio Moroder, todos con la música electrónica en común, género que es esencialmente en el que se mueve la música que yo hago. También me gustan algunas de las cosas que hacen músicos tan heterogéneos (tanto por su música como por su mayor o menor popularidad) como Yann Tiersen, Moby, Dido, Kid Francescoli, Susanne Sundford, Rone o Julia Holter, entre otros. (Estos dos últimos los descubrí gracias a Jarre, ya que colaboraron en uno de sus álbumes). Y además, siempre me han gustado las bandas sonoras de gran parte de las películas y series de… casi siempre de fantasía y ciencia ficción, pero no siempre. Y, por supuesto, la música clásica. No soy, ni mucho menos, un melómano, pero disfruto muchas cosas enormemente, cuando las escucho. En concreto, me fascinan la vida y obra de Beethoven y Mozart.

En cuanto al rock y al pop, tanto anglosajón como, sobre todo, español, nunca o casi nunca me han aportado nada. Es esa la razón, dado que cuando era niño y aún adolescente no teníamos Internet, ni aún durante sus primeros años de existencia, por la que la mayor parte de la música que conocía que me gustaba venía del cine y la televisión, usada para promocionar eventos, de fondo musical de anuncios, como cortinillas, o jingles o sintonías de programas de tv o de radio. Pero nada que me atrajese venía nunca de los programas de radio fórmulas. El rock y el pop de corte más tradicional, salvo excepciones, siempre me pareció un desierto de aburrimiento al que mis oídos no hacían caso. Sí me gustan cosas de grupos como Azul y Negro, La Oreja de Van Gogh, y algunas cosas de Amaral, Zahara (su versión más electrónica), Alaska, Mecano… aunque esas cosas las fui descubriendo ya más talludito. En cuanto a la escena internacional, me gustaban mucho Los Cranberries, y bueno, no soy fan, pero hay muchos temas de muchas bandas sueltas que me han gustado, aunque, como digo, no sea fan de ninguna de ellas.

En fin, hoy me encuentro por fin con una estabilidad económica, en un sitio de trabajo en el que tengo la suficiente tranquilidad y tiempo libre para dedicarme a lo que más me gusta, y quizá el último obstáculo que tenía que superar para dedicarme a la música como mi principal afición era convencerme a mí mismo de que realmente quería hacerlo. Mis ganas de escribir casi siempre, y más con el tiempo, han sido tan grandes como las de hacer música. Eso, más que algo bueno, que se te de bien hacer dos cosas distintas, es malo. Porque te hace dudar sobre a qué dedicar en cuerpo y alma el valioso tiempo libre que tenemos. De hecho, dedicarme a hacer música me priva de más tiempo libre para leer. Habría que poder vivir 200 años, por lo menos, para poder hacer todo lo que queremos.

En este mismo blog hay un ejemplo de mi último intento de novela, y, en mi entrada más reciente, antes de esta, un enlace al primer tema del proyecto musical con el que quiero terminar esta suerte de reflexión autobiográfica, presentando desde mi blog dicho proyecto.

Por fin he elegido, y aunque mi pasión por la literatura y el cine fantásticos siga intacta, he elegido volcarme en la música. Empecé casi sin ganas, diciéndome que tenía que aprovechar el tiempo libre que por fin me ha dado la vida, para hacer algo. Si no era el momento de escribir, podía seguir leyendo, o anotando ideas para una novela, mientras me dedicaba a dar forma a un nuevo tema musical. Venga, hazlo. Lo hice. Y me salió algo mejor de lo que esperaba. Quizá uno de los mejores temas que haya hecho nunca, o esa es la sensación que tengo. Y cuando tengo esa sensación, no puedo dejar de hacer el siguiente tema. Y con el siguiente, al que estoy dando forma estos días, vuelvo a tener esa misma sensación. Así que tendré que seguir haciendo música, porque, entre otras cosas, no hay nada que me haga sentir tan vivo.

El proyecto consta de una serie de temas, entre seis y ocho, que iré publicando por vez primera en todas las principales plataformas de streaming. El primer tema ya se puede escuchar en mi página de Bandcamp. Se titula «To the Withclight», y cuenta, con música instrumental, a través de la imaginación y de unos relatos breves que iré escribiendo, uno para cada canción, una historia de fantasía épica, de corte medieval. Publicaré un tema nuevo cada mes o mes y medio, a partir del 15 de noviembre, en el que llegará a las plataformas el primer tema, «To the Witchlight». El siguiente será «Forgotten Princess», en el que trabajo estos días.

En la segunda parte de 2022, más bien hacia finales, publicaré un álbum, que recopilará esos temas, seguramente algo retocados y remasterizados, a los que añadiré dos nuevos.

A partir de ahora usaré este, mi blog, para comentar noticias y aspectos nuevos sobre este proyecto. ¡Muchas gracias por seguirme!

¿Qué es el éxito? El éxito es poder dedicarte a lo que más me gusta. El éxito es, ante todo, saber qué es lo que más te gusta.

https://eusantis.hearnow.com

La música electrónica que yo hago se caracteriza, entre otras cosas, porque tiene muy poca programación. Casi todo está tocado a mano, incluidas la mayor parte de las secuencias de base. Tengo una aproximación sencilla a la música electrónica, en la que trato mi teclado y mi estudio virtual un poco como un cantautor su voz y su guitarra.

Lo único que quiero, al hacer música, es poder volver a sentir esas cosas tan difíciles de explicar con palabras, cuando descubres una nueva pieza musical que te transporta a otro tiempo y lugar, pero sin dejar de estar fuertemente vinculada con el momento que vivimos, con el aquí y el ahora, con las cosas que nos rodean. La música es el mejor puente que existe entre la realidad y la fantasía. Tiene el poder de transformar el mundo en algo mejor. Son esas cosas que sentí y que siento escuchando a músicos como Jean-Michel Jarre, y esos otros que he nombrado aquí.