Trilogía de los Singulares. Libro I, Soles extraños. Segunda Parte.

Capítulo 9

      «¿Qué lugar es este?», pensó, en la semioscuridad de la noche iluminada por aquellos astros imposibles. 

     Se dio cuenta de que una parte de ella aún esperaba escuchar otra vez la voz de Hapola, para que la guiase. Pero Hapola ya no estaba allí. Tampoco el cuerpo de quien ella había sido. Por si todo lo anterior que le había sucedido no fuese suficiente, Wini, una vez un ser humano, uno de los miles de millones de habitantes del siglo XXII en el sistema solar, era ahora una mujer hormiga perdida en un mundo desconocido. Casi no había tenido tiempo de pensar sobre la locura de vivir atrapada en aquel cuerpo, durante su huida de Aldruthcia. Y ya no estaba segura de que hubiesen hecho lo correcto al atravesar aquella puerta. Todo parecía volverse cada vez más extraño, una huida hacia adelante sin nada a lo que aferrarse. «Estupendo. Oh, vaya, sí… Es todo estupendo».

          —Quizá sí estemos en el metaverso, después de todo —dijo, sin ser apenas consciente de lo que decía. Se le había ocurrido de pronto.

          —¿Perdona, qué? —Exclamó Ekarón.

          —Nada —respondió ella, y suspiró.

          Retta se había alejado un poco, para inspeccionar las proximidades del lugar en el que habían aparecido, por si encontraba algo que les pudiese ser útil; refugio, comida, lo que fuese. Rowaru parecía estar mejor. Había empezado a enfocar la mirada y a reaccionar a las palabras, aunque todavía no hablaba. Hacía un rato que no le quitaba ojo de encima a… la otra fórmica. Y Ekarón, oh, Ekarón. Wini puso los ojos en blanco. Pero para Ekarón fue la dona de su casa quien lo hizo. Una parte de ella quizá hasta se habría compadecido de él, si no estuviese demasiado ocupada en compadecerse de sí misma. 

           Miró a su alrededor, y llegó a la misma conclusión que todas las veces anteriores. Ya no estaban en los Mundos de Lettand. Joder, había una puñetera galaxia espiral en el cielo de la noche. (Se fijó por primera vez en que caía lentamente hasta el poniente). Por lo que sabía de astronomía, tenía que ser la Vía Láctea. Pero la estaban viendo desde fuera de ella; desde muy lejos.

            —Explícate de una vez, mujer, a qué demonios ha venido eso de que tú no eres Escnya.

           Wini no tuvo paciencia, y fue cruel.

           —Escnya ya no existe. No pudimos llevar a cabo el plan, el plan que te contó Gortax, antes de morir, porque tú lo mataste —mientras hablaba, las pupilas del fórmico se dilataron hasta ocupar casi por completo sus globojos—. Yo debí haber muerto también, por tu culpa, Ekarón… Pero entonces pasó algo —Dejó de mirar a Ekarón, y su vista se perdió, en algún punto ideterminado—. Sentí cómo me moría. Vi las lágrimas de Escnya sobre mi cuerpo. Vi llover los fragmentos de los dioses… Y mi propio cuerpo, inerte, entre mis brazos fórmicos. Por absurdo que parezca decirlo. Yo era Escnya. Yo soy Escnya, Ekarón, solo que Escnya ya no existe. Ya no está aquí. Yo ocupé su cuerpo. Yo soy Wini.

            Quizá Wini llegó a preocuparse por lo que atisbó en el gesto de Ekarón, cuando terminó de decir aquellas palabras. Pero entonces sintieron como algo eclipsaba de pronto la luz celeste: una sombra pasó rauda sobre ellos y agitó sus ropas con una ráfaga cálida y de olor ácido. Casi al mismo tiempo, oyeron los metálicos gritos de Retta. Se giraron hacia el lugar por donde se había ido el androide, pero al principio no vieron nada. Luego apareció, doblando el recodo de uno de los riscos. Corría hacia ellos a toda la velocidad que le permitían sus limitadas piernas metálicas, perseguido por una gran nube de arena gris, que se levantaba del suelo tras él.           

***

         —Retta —exclamó Wini. Hizo ademán de correr hacia el androide, pero entonces vio lo que emergió de la nube de arena que se precipitaba hacia ellos, y se paró en seco. Aun después de haber sido testigo de todas las cosas extrañas que le habían sucedido desde el fallido final de viaje de la Perseverance, sus pupilas fórmicas se dilataron de pura estupefacción, cuando vio surgir de la arena a un grupo de jinetes montando gusanos del tamaño de caballos. Jinetes humanas.

         Retta tropezó y cayó al suelo. Wini entrechocó sus mandíbulas y reaccionó por fin. Corrió hacia el androide. Ekarón la siguió. Pronto estuvieron rodeados por las jinetes. Wini miró a Ekarón.

         —Rowaru… ¿dónde está Rowaru? —Le preguntó. El fórmico calló. Las jinetes los habían rodeado. 

         —As’gadrillak —dijo una de ellas. Entonces Wini se dio cuenta de su error. No montaban gusanos. Ellas mismas, la mitad inferior de sus cuerpos imposibles, eran los gusanos.

         —Nagas —dijo Retta.

         La que había hablado se irguió sobre su cuerpo de serpiente.

         —¡As’gadrillak! —repitió, y derribó al androide de un coletazo.

         —Kortarintok’achdiza-hari —dijo, adelantándose, otro de los serpentinos seres, y señaló hacia los soles que empezaban a salir en aquel cielo extraño.

         —Driffa, ¡Driffa’astkari! —Gritó la primera, y emitió un canto agudo y repetitivo, que hirió los oídos de Wini. 

         Pronto los tres quedaron abandonados a su suerte, en medio de aquel abismo gris. Sin apenas explicarse aún lo que había pasado, en los pocos segundos que siguieron, Wini fue consciente de que Rowaru no estaba con ellos. 

         —Rowaru, ¡Rowaru! —gritó, pero Retta le puso una mano en el brazo, haciéndola callar.

         —Escucha —dijo el androide.

         —¿Qué?

         Entonces la escuchó, la voz de Rowaru, que todavía no había hablado desde su huida de Aldruthcia. Gritaba un nombre en la distancia. No era el nombre de Wini, ni el de Escnya. Era otra vez aquella palabra. Pero de algún modo, Wini sintió que aquel era su verdadero nombre.

         —Betceol, Betceol, Betceol…

         —Oh, no, Retta —se lamentó Wini. Todo aquello, definitivamente, la superaba.—. No… Se la han llevado. Qué vamos a hacer ahora.

         Fuera lo que fuese que el androide iba a contestar a aquella complicada pregunta, no le dio tiempo a articularlo.

         —Por todos los dioses —exclamó Ekarón.

         Un ruido sordo y retumbante les hizo girarse hacia el oriente del mundo, donde un sol rojo y otro amarillo, lejanos y desvaídos, iluminaban apenas un cielo de tonos violetas. El sonido reverberaba en las torturadas paredes de los cañones que se erigían a su alrededor, por toda la inmensa y estéril llanura. Fue creciendo en intensidad, y entonces vieron que un puntito manchaba el disco del sol amarillo, hasta cubrirlo y eclipsarlo por completo. Era una nave. Una nave con forma de barco, de casco de brillante metal, parecido a los de los holos de la lejana Tierra. Solo que este se deslizaba levitando sobre el mar de arena gris.

         Cuando llegó a su altura, una puerta ribeteada de clavos dorados se abrió con un sonido que los asustó. Del interior emergieron varios seres. Aquellos, definitivamente sí eran seres humanos, con sus brazos y sus piernas. 

         —¿Qué nueva clase de monstruo abisal es este? —dijo uno de ellos.

***

         El joven príncipe se sentía desdichado. Había nacido con el poder de soñar, y eso lo hacía diferente de los demás oroys, un pueblo de mentes lógicas y cuerpos de belleza simpar, características que se traslucían a todo cuanto les rodeaba. 

         Solo el padre del muchacho, el longevo rey Thyard (longevo incluso para tratarse de un oroy), conocía el secreto de aquello que hacía a su benjamín diferente a cualquier otro habitante de Abisalia, incluido él mismo. Al principio, el niño no fue consciente de que el poder de soñar fuese algo extraordinario. Como era una cosa normal y consustancial a él, pensaba que cualquier persona podía hacer lo mismo. Solo a base de ensayo y error, de sufrir durante años gestos de extrañeza, miradas de preocupación y desconfianza, cuando no muestras de auténtica animadversión, el joven príncipe aprendió que era mejor no hacer comentarios o preguntas referidos a sus sueños. 

         Un día, hacía pocos meses, el muchacho se despertó con un molesto picor en el pecho. Comprobó entonces, con gran sobresalto, que se le había caído su periáptide. Desde entonces había evitado mostrarse desnudo en cualquier circunstancia y lugar. Se volvió aún más reservado de lo que era ya habitual en él. Solo su padre supo sacarle la verdad, pues el buen rey Thyard era conocedor de muchos secretos que pocos más conocían en todo el país de Abisalia. 

         Una soleada mañana, hacía pocas semanas, el longevo rey y el más joven de sus príncipes salieron a dar un paseo en la pequeña barquita real, volando muy alto sobre la gris inmensidad de arena.

         —Ay, mi más querido hijo. Tú siempre has sido especial. 

         —Pero padre, yo no quiero ser especial. Quiero ser como todos los demás, como Leysan y Ealfrea, y llegar a ser capitán de mi propio barco, para cazar dragones para el reino-y-castillo de Nyarath.

         —Bah, tonterías, Let, tonterías. El verdadero secreto de nuestra supervivencia no está en la caza de dragones, sino en la comprensión y el respeto de lo que representan.

         —¿Cómo? Yo siempre pensé que eso era lo que tú querías para mí. Todo buen príncipe ha de convertirse en un gran cazador de dragones, para que su reino-y-castillo se sienta orgulloso de él.

         —¿Por qué crees que estamos dando este paseo, tú y yo, eh, hijo? A Drasan casi le da un síncope cuando le he dicho lo que pensaba hacer esta mañana, con todo lo que hay que preparar, para las próximas fiestas de Equiaxia. Tendrías que haber visto su cara —rió—. Ah, mira —señaló—, por allí llega ya, la nave de tus hermanos; y parece que hoy han tenido buena caza. Un ejemplar grande —observó, con un tono algo distante—. Bueno, es la hora —dijo por último, como para sí mismo.

         Thyard irguió su avejentado cuerpo para manejar los cabos y recoger la vela. Una brisa tibia y suave sacudía el estandarte del reino-y-castillo de Nyarath, en la popa, y las ropas del anciano oroy, que se movía despacio, procurando no hacer oscilar demasiado la pequeña embarcación. El joven Lettand observó a su padre, y luego se quedó absorto en el movimiento de las dunas del mar de arena gris, a mucha distancia bajo ellos.

         —Eres especial, Let. Siempre lo has sido —volvió a decir el viejo, mientras terminaba de arriar y atar la vela a la botavara—. No has venido a este mundo para cazar dragones; créeme, muchacho.

         Esta vez el joven no replicó, se quedó callado, aunque un claro mohín asomaba ya en sus labios.

         —Serás poderoso, el más grande de todos nosotros. 

         El príncipe estuvo a punto de decir algo, pero su padre le agarró del brazo y lo miró con una fiera e inusitada intensidad en sus ojos grises.

         —Pero habrás de ser sabio, hijo, si no has de ser el que lleve la ruina a todo cuanto nos rodea. 

         El joven casi se escabulló, incómodo y amedrentado por el gesto de su padre; por un momento, le pareció como si no lo conociese de nada. Pero no lo hizo. Esperó paciente, lleno de una mezcla de sorpresa y horror, a que Thyard lo soltase. 

         —Me queda muy poco tiempo, Let. Por favor, escúchame, y nunca olvides estas palabras.

         —Pero padre, no digas eso. Me asustas cuando dices esas cosas. Estás muy bien para…

         —Escúchame, hijo.

         —Dime, padre —dijo el joven, por fin.

         —¿Por qué crees que Nyarath aún perdura?

         —Pero no es seguro que sea solo Nyarath…

         —Lo es, hijo, lo es. Y tú lo sabes. Yo también lo he visto. No como tú, no tengo tu capacidad para soñar, para intuir las cosas, pero sé que me crees cuando te digo que somos los últimos. No hay otros reinos en las demás mesetas-isla. Ya no. 

         »Las cosas que yo sé, Let, las sé por un libro. Un libro muy especial, que guardo de los ojos de cualquier otro oroy. A mí me lo dio Wisechelle, su última autora. En él se cuentan historias sobre cosas que fueron, cosas que son y cosas que serán. Por eso, y no por ser especialmente sabio, he conseguido mantener a salvo a nuestro reino, cuando todos los demás ya han caído ante los imilani.

         —A nosotros aún nos respetan, ¿verdad? Porque les infundimos miedo con nuestros barcos.

         —No. No es por eso. Habrás de leer la verdad en el libro de Wisechelle. 

         —¿Quién era Wisechelle? —Preguntó el joven, quizá proque sabía que esa era la pregunta que debía hacer en aquel momento.

         —Alguien que conocí una vez, en el último de mis viajes. Una persona destinada a cosas grandes, como tú.

         —¿Y dónde guardas el libro?

         —En un lugar donde jamás nadie osaría buscarlo. Lo encontrarás, a su debido tiempo, si eres sabio. Si eres digno de sus conocimientos.

         —Pero…

         —No. Nada de peros. Ha llegado la hora, hijo. Debo hacer aquello que dice el libro. 

         Ante la perplejidad y la impotencia del joven príncipe Lettand, que en adelante se reprocharía siempre no haber sido capaz de hacer nada para evitarlo, pues ni en la peor de sus premonitorias pesadillas había experimentado nada parecido a aquello, Thyard se levantó de su banco en la barca, y acarició la mejilla de su hijo. Había lágrimas en sus ojos, cuando dijo:

         —Cuando leas el libro, sabrás lo que debe hacerse.

         Y entonces el viejo rey Thyard se aupó a la tapa de regala y saltó al vacío.

Capítulo 10

          Los dos pequeños soles se unieron al ceniciento fulgor galáctico en su ruta hacia el ocaso, para ayudar a desentrañar los misterios que escondía la bodega. La luz resultante se colaba a través de la reja que cerraba la escotilla, en una amalgama de cuadriláteros desparramados por los mamparos. Una leve sombra borró por un instante las psicodélicas geometrías, tan breve como inaudibles fueron para el guardia que dormitaba sobre la escotilla, en la cubierta principal, las furtivas pisadas de la figura que trajo consigo aquella sombra.

         Pero Wini, la fórmica, estaba alerta. Había despertado hacía un rato, sin recordar nada desde poco después de que los humanos arrojasen una red sobre ellos. Ante la resistencia de Wini, uno de los hombres, más viejo y consumido que sus compañeros, había extraído una esquirla de cristal de algún lugar de sus oscuras vestimentas, y ejecutado de forma rápida y diestra una especie de símbolo en la frente de la cautiva. Entonces el mundo había desaparecido para ella.

         Contempló, sin mover un solo músculo bajo su quitinosa piel, al joven humano que se plantó ante la puerta de la jaula. Humanos. ¿Por eso Gortax le había advertido que nunca cruzasen la puerta hacia aquel mundo? Wini se emocionó, ante las nuevas posibilidades que se abrían ante ella. Ante aquel nuevo giro del destino. Quizá existían más mundos, más allá del Pacto, a los que había llegado la humanidad.

         Estuvo a punto de hablar, pero se contuvo ante el inconfundible y universal gesto de aquel joven, que había puesto un dedo en sus labios. 

         Entonces habló él, pero lo hizo en voz baja y susurrante. A Wini le costó un poco entender lo que dijo.

         —¿Qué sois? 

         De pronto, ella dudó. No sabía qué contarle a aquel humano que no le sonase absurdo o increíble. Fue consciente del contexto, y eso la abrumó. El hombre que había hablado, cuando el barco se detuvo ante ellos en el mar de arena, los había llamado “monstruos abisales”. Wini aún recordaba el miedo que había sentido en sus primeros encuentros con los fórmicos. Y ahora ella era uno de aquellos seres. Desesperada, lo único que se le ocurrió fue decirle a aquel valiente joven la verdad.

         —Venimos de otro mundo. Yo, aunque no lo parezca, soy un ser humano, como tú —pero el muchacho no debió creerse una sola palabra, a juzgar por el gesto de extrañeza que se instaló en su rostro—. Tienes que creerme, por favor. Yo… yo no soy esto —insistió, tocándose el pecho con las manos.

         Pero esto fue lo que vio y escuchó el joven:

         —Hasraetingalni oubea. Itine, anhoriea itineila nolantai, itimi betceol, akatu —el insectoide se señaló el pecho con las manos, y siguió diciendo—: Algatuina, miriandpol. Itine… itine nolantaiga itineirei.

         —Lo siento —respondió él—. Yo… No comprendo lo que dices. Lo siento. 

         —Pero yo sí puedo entenderte— dijo ella, ¿cómo puede ser que tú a mí no? —protestó, casi con enfado.

         —No, no sé lo que dices. Lo siento, de verdad —insistió él. 

         Entonces el joven se giró. Un ruido había llamado su atención. Wini también lo escuchó. Alguien abrió la escotilla y bajó las escaleras, precedido por una sombra grotesca que disolvió la galáctica penumbra. Portaba una luz blanca y titilante, que emanaban unas pequeñas criaturas luminiscentes encerradas en una especie de lámpara-botella.

         —Esto no le va a gustar nada a vuestros hermanos, joven príncipe —dijo el hombre.

***

         Leysan y Ealfrea estaban de un humor pésimo. No habían conseguido acercarse a ningún dragón durante toda la expedición, y la magia del barco se agotaba; les tocaría volver al castillo de Nyarath con las manos vacías. La osadía de Lettand al bajar a la bodega había acrecentado aún más su mal humor.

         —Se puede saber en qué estabas pensando —dijo su hermanastra, Ealfrea, mientras se paseaba de un lado a otro de la cámara real, situada bajo la cubierta principal de popa.

         Lettand permaneció callado.

         —¿En serio, no tienes nada que decir? Nos ha resultado muy difícil explicar lo que pasó con nuestro padre, Let (si es que hemos de seguir creyéndote, y descartamos que tú lo matases), como para que…

         —Ealfrea, por favor —la interrumpió Leysan. Siempre el hermanastro cabal, el más lógico y metódico, el más oroy de los dos—. Es solo un crío. Y quería a su padre; seguramente, más que nosotros. Después de todo, es solo medio oroy. Está en su naturaleza.

         —Lo sé, lo sé —rectificó ella, con un suspiro—. Te pido perdón, Let, sé que tú nunca harías algo así. El caso, hermanito, es que llevamos días actuando con pies de plomo, teniendo que justificar cada uno de nuestros actos, retrasando mi coronación, por culpa de la chochez del viejo Thyard. No todos los señores están dispuestos a aceptar el nuevo orden sin una compensación por lo que consideran un complot urdido por poderes extraños. Lo menos que necesitamos es que se propaguen rumores sobre un príncipe amigo de los imilani. ¿Lo entiendes, Let?

         Lettand lo entendía. Que ellos supiesen, Nyarath era el único reino oroy que quedaba en Abisalia. Desde que se recordaba, la comunicación y cooperación entre los distintos reinos de las mesetas-isla de Abisalia había sido la clave de la supervivencia oroy ante la barbarie que acechaba en forma de todo tipo de aberraciones humanoides, en las estériles extensiones de las arenas abisales. Los oroy se enfrentaban a su extinción, y el más mínimo traspié en alguien de la familia real, que soportaba la responsabilidad del gobierno de aquel pueblo, podía ser fatal. El muchacho lo entendía, pero no compartía la perspectiva del asunto que tenían sus hermanastros. Ni su preocupación.

         Haber visto tan de cerca a uno de aquellos seres abisales (los imilani, de los que los oroys pensaban que eran marionetas controladas por la voluntad de los dragones, o, como el pueblo solía referirse a ellos, los dioses-dragón) debería haberle llenado el alma de miedo. Pero no lo hizo. Al contrario, Lettand no pudo sentir otra cosa que algo quizá parecido a la piedad. Esa sensación hizo de él una roca imperturbable, ajena a las arremetidas del tempestuoso ánimo de Ealfrea.

         —Lo que tu hermana quiere decir, Let —terció Leysan—, es que varias de las Nobles Casas más poderosas del reino creen que la única razón por la que los dragones todavía nos respetan es porque nos controlan, y están aprovechando esa mentira para conspirar contra nuestra familia, en este momento de debilidad, tras la desgraciada muerte de padre. Si ven a uno de los príncipes comunicándose con seres abisales, Let, ¿qué crees que pensarán?

         —No me comuniqué —dijo, por fin, el menor de los hermanos—. Y por supuesto que son mentiras. Si los dragones nos respetan es porque padre los respetó a su vez a ellos, cuando limitó su caza, durante tantos años. Si ahora nos atacan, será por vuestra culpa —sentenció. 

         Lettand había tardado días en perdonar lo que había hecho el rey Thyard. Pero, una mañana, al despertar, comprendió que se había estado comportando como un niño asustado. Hizo un esfuerzo por comprender las palabras de su padre en la barca, lo que le llevó a hablar con Drasan, el Mayordomo real, y fiel amigo de su padre. Entonces empezó a darse cuenta de lo que había significado la política sobre la caza de dragones impuesta por Thyard. Sus hermanastros parecían más que dispuestos a ignorar aquella política, y aunque él era aún demasiado joven e inexperto para saber qué consecuencias podría tener aquello para el reino, Drasan pensaba que no iba a ser nada bueno. 

         —Oh, esto no puede ser cierto —exclamó Ealfrea, con una breve carcajada que no reflejó nada de diversión en su hermoso, pecoso y rubicundo rostro. Se plantó en medio de la cámara y miró primero a Leysan, después a Lettand con los brazos en jarras.

         Lettand se imaginó lo que pasaba por su cabeza. La conocía demasiado bien. “¿Se lo dices tú, Leysan, o lo hago yo?”. Lo dijo ella:

         —¿De dónde crees que sacamos el poder para hacer magia, jovencito, del aire, quizá? No. Claro que no —exclamó con sarcasmo—. Lo sacamos de los dragones… De sus corazones, que, cuando mueren, cristalizan como gemas; de las esquirlas que sacamos de esas gemas; de las runas que escribimos con ellas y nuestra propia sangre. Vivimos en simbiosis con ellos, Let, una simbiosis mortal. Y eres un ingenuo, indigno de la realeza, y hasta del pueblo oroy, si no sabes verlo.

         Mientras así habló, diciendo aquellas cosas obvias para cualquier oroy mínimamente documentado, el tono de la mujer se fue envenenando más y más, a cada paso que daba, cada vez más cerca de su joven hermanastro; hasta tal punto que Lettand creyó que su hermanastra iba a pegarle. Y quizá lo habría hecho, de no haber mediado Leysan, que dijo:

         —Ealfrea, no. Déjame a mí.

         Pero Lettand no se había inmutado. Nada parecía perturbarlo, desde la muerte de su padre. El joven mestizo sabía que eso enfurecía aún más a su hermana mayor. Pero, por supuesto, no le importaba. Ya todo le daba igual. No había sido capaz de encontrar en ninguna parte el libro de Wisechelle. Había demostrado ser indigno de la confianza depositada en él por el rey Thyard. ¿Qué importancia podía tener ya, cualquier otra cosa?

***

         El sol amarillo y el sol rojo brillaban como una flor de gualda sobre la Vía Láctea, en un cielo cuajado de lunas y planetas. Pero para aquellos humanos el espectáculo era mucho más terrenal; estaba en el traqueteante deambular del carromato de barrotes de hierro en el que Wini y Ekarón, dos monstruos del abismo, eran conducidos hacia la parte alta de la ciudad, por la calzada empedrada.

         La fórmica vio asomar en la distancia las blancas torres del castillo que había visto desde el puerto; un puerto no de mar, sino de aire. A Retta se lo habían llevado aparte. Wini ignoraba el motivo; por un tiempo, dejó incluso de importarle. Sentía que estaba a punto de rendirse, de dejar que la extraña pesadilla en que se había convertido su vida durante el último año la llevase hasta algún destino final, donde por fin todo terminase. Quizá fuese allí mismo. Una parte de ella quería creer que estaba en el metaverso, y que cuando llegase el final abriría los ojos y despertaría de la criogenia. Estaría en la Perseverance, con Damian y sus viejos camaradas, recién llegados a Acantha, y nada de lo sucedido durante el viaje, con Taylor y los compañeros de la última guardia, habría sucedido. 

         Wini había oído historias que decían que la gente que moría en el metaverso moría de verdad, pero durante aquel momento de debilidad creyó que, de haber tenido la total certeza de que aquello efectivamente era el metaverso, quizá se habría quitado ella misma la vida. Sin embargo, al fijarse en la cara de desesperación de Ekarón, le costó creer que aquel momento no fuese tan real como cualquier otro de su existencia. Solo que ahora todo era más extraño.

         Los humanos se agolpaban en los márgenes de la calzada, camino arriba, pero no se exaltaban. Nadie gritaba. Nadie les insultó. No fueron vilipendiados ni agredidos. En las caras de aquellas mujeres y hombres, de singular y fría belleza, solo había curiosidad; o quizá, pensó la fórmica, un cierto aire de resolución. Y quizá aquello fue peor que cualquier insulto. Wini sintió un escalofrío. 

         De pronto, unas palabras llegaron a sus oídos: “Papá, ¿Esos son los nuevos monstruos abisales; los nuevos imi… imilani?” “Sí, pequeña. Los estudiarán y luego decidirán qué hacer con ellos”. “¿Los matarán, cuando terminen de estudiarlos?”. “Eso creo, hija. Sí, es lo más probable”. “Oh, vaya. Qué pena papá, a mí me gustan, sobre todo ella. Tiene unos colores y unos ojos muy bonitos”.

         Ella. La niña había adivinado su sexo. Aquella inocente observación, aquellas palabras perdidas, rescatadas y llevadas hasta ella por el viento, afectaron profundamente el ánimo de Wini. Le dieron una identidad, una pequeña raíz a la que aferrarse, en el muro sin sentido de aquella realidad.

         El género era algo mucho menos importante en el sistema solar, por lo que había llegado a comprender, que en los Mundos del Pacto. Las personas podían cambiar de sexo con relativa facilidad, mediante extensiones cibernéticas pensadas para seres humanos que nacían como niños andróginos, gestados en úteros artificiales. Wini se había sentido siempre satisfecha con el rol de mujer, desde muy pequeña, y nunca lo había cambiado, más allá de la típica experimentación, cuando era más joven, en algunos holojuegos bastante realistas. Los Mundos del Pacto eran diferentes. En ese sentido, al igual que en muchos otros, eran parecidos a los tiempos de la Tierra antes de la fusión humana con la Inteligecia Artificial. Tenían un enfoque más tradicional del sexo y la familia.

         Las palabras de la niña calaron profundamente en aquella fórmica que una vez había sido humana. Ayudaron a Wini a aceptar su alienidad. Recordó lo que había dicho Tobias, allí en Ramark, sobre que daba igual si habitaban o no en el metaverso o en cualquier otro lugar, mientras se sintiesen vivos. Pues aquello era lo único que importaba. Daba igual de qué forma, bajos qué leyes o postulados, y con qué apariencia. Lo importante era estar viva.

         Fue consciente de la peculiar belleza de su nuevo cuerpo, que una vez había sido el de Escnya; del diseño de sus rojos brazos y piernas; del brillo del día en las evanescentes ondulaciones de su piel suave y quitinosa; de su rosado abdomen segmentado, como una parte de la armadura de un caballero de un futuro legendario; de sus ojos, entre lo humano y lo insectil, azules y rutilantes espejos en los que se reflejaba la Vía Láctea. 

         El momento habría sido perfecto, si de repente no hubiese recordado también que quizá aquel fuese su último día, en aquel o en cualquier otro mundo. En aquel o en cualquier otro cuerpo.

***

         Drasan, el Mayordomo real, gobernaba en Nyarath, hasta la coronación de Ealfrea. Ante él, en la gran sala de audiencias, que era también salón de un trono ahora vacío, fueron llevados los imilani.

         Entre amplias y estriadas columnas cuadradas de mármol blanco, cuatro grandes frescos, llenos de escenas y textos escritos, rodeaban a los miembros de las familias nobles que abarrotaban la sala rectangular. Entre los frescos y el techo, adornado también con sus propias pinturas de motivos épicos, había seis grandes rosetones de palasita, cuajados de cristales de olivino. Miles de haces de luz del firmamento bañaban a los asistentes, matizados por los tonos dorados del olivino.

         Aunque los imilanis arrastraban pesados eslabones de hierro mientras eran conducidos ante la presencia de Drasan, el joven Lettand se asombró de la actitud digna y altiva del rojo. O, más bien, la roja; pues el joven distinguió en ese momento los atributos femeninos del cuerpo de aquel ser de rasgos insectiles. Era quien había intentado comunicarse con él, en la bodega de la nave de los príncipes.

         Lettand había observado cómo, a diferencia de su compañero, que mantenía una expresión cabizbaja y derrotada, la roja había mirado a su alrededor con algo que a él le pareció asombro, o quizá admiración, al entrar en la gran sala. Pero si aquello era lo que había sentido aquel ser extraordinario, se guardó mucho de no volver a mostrarlo. Desde su siguiente paso ya no quitó la vista del frente. Lettand no quitó la suya de ella.

         Cuando los prisioneros, sujetos por las cadenas que tensaba la guardia, se detuvieron finalmente a pocos metros de donde se sentaba Drasan, flanqueado a su siniestra y a su diestra por Ealfrea y Leysan, alguien se levantó del sitio discreto en el que permanecía sentado en la oscuridad, más allá del último rayo de luz que bañaba la sala. Se acercó con parsimonia a los cautivos, envuelto en la túnica que cubría de sombras su cuerpo enjuto.

         Wini reconoció a aquel hombre. Era el que la había hecho caer inconsciente, cuando se resistió a ser capturada. La fórmica intentó apartarse de aquella figura. Emanaba de ella un olor a podredumbre, mal disimulado por un perfume de flores. Uno de los guardias tiró de las cadenas que la sujetaban, reprendiéndola por su gesto. Ella se giró hacia al guardia. Por un momento, Lettand pensó que iba a atacarlo. Pero la insectoide volvió a mirar al frente.

         El hechicero sacó una de sus esquirlas, y mojó la punta en el extremo de un pequeño tubo que asomaba de su cuerpo, un tubo del que brotaba su propia sangre. La magia del dragón se activó, y relampagueó en las runas que escribió con trazo rápido y preciso, en la quitinosa piel semidesnuda de los dos prisioneros. 

         —¿Y bien, Daschael? —Preguntó Drasan, después de un tiempo de silencio demasiado prolongado.

         El aludido casi dio un respingo, de lo absorto que permanecía en sus propias cavilaciones.

         —Señor Mayordomo —dijo el hechicero, con una voz aflautada y rasposa— creo que sería mejor debatir este asunto… en privado. 

         —No, Daschael. No hay nada que las Nobles Casas no puedan saber, pero sí nosotros —contestó Drasan, y los dos hombres mantuvieron sus miradas solo una fracción de segundo menos de lo que hubiera bastado para que toda la gran sala comenzase a hervir en murmuraciones.

         —Sea, Señor. Veréis, el caso es que, estos seres… no son imilani. No proceden de Más Allá del Verso.

         Fue entonces cuando la gran sala reventó en murmuraciones… Y algunas cosas más.

Capítulo 11

         —Pero…, eso no puede ser, Daschael —dijo Drasan, elevando su voz sobre todas las demás—. ¿Estás seguro?

         —La kroyá que hay en el interior de estos seres…, no es como la nuestra. ¿Acaso dudáis, de mi capacidad para interpretar la magia, Mayordomo?

         Se produjo un silencio. Todo el mundo temía a los hechiceros, tan necesarios para el funcionamiento de la sociedad de los oroys, pero no por ello menos detestados por todos ellos. Solo los más poderosos llegaban a ganarse el respeto de los gobernantes; pero era aquel un respeto que no se debía tanto a la necesidad de su poder, como a la maestría con que eran capaces de manejarlo. Daschael era el más poderoso de los hechiceros de Nyarath. En el pulso que Drasan mantenía por prolongar su permanencia en la regencia, evitando así lo que a no pocos señores entre las Nobles Casas inquietaba bastante, la subida al trono de la voluble, caprichosa (y algunos creían que también irresponsable) Ealfrea, no podía permitirse prescindir de la simpatía del hechicero. Aquellos intereses de poder eran un secreto a voces, entre los principales miembros de las Nobles Casas; además de, por supuesto, entre los jóvenes príncipes. (Werdwulf el loco, el primogénito cuarentón, no contaba; ni siquiera estaba allí, y nadie lo esperaba. Lettand, por su juventud y por, sobre todo, ser un mestizo y un bastardo, tampoco). Por todo ello, aquel fue un silencio lleno de aristas. 

         —No, por supuesto que no, Daschael —respondió Drasan. Y pareció como si la sala entera soltase el aire de los pulmones, como un único ser—. Pero, te pregunto, lleno de curiosidad, ¿son entonces, estos seres, dervishkanos puros, como lo son los dragones?

         El hechicero murmuró algo. Muy pocos entendieron lo que dijo; entre ellos, Lettand, que sonrió para sí, tan divertido como fascinado ante la situación.

         —Perdona, Daschael, ¿qué…? —Habló de nuevo Drasan.

         —Que no lo sé —espetó el hechicero, seco y cortante, y su mirada se encontró fugazmente con la del joven príncipe, al que se le borró de golpe la sonrisa de la cara. 

         —Bien, bien, bien… —intervino Ealfrea, que se levantó de su silla, y barrió a todos los presentes con su verde mirada. Daschael la observó, con la cabeza ladeada, asomando apenas de su abultada joroba.

         —Cuán inesperado regalo del destino —continuó diciendo la princesa—, ¿no lo veis como yo, Drasan? —a ninguno de los presentes se le escapó la deliberada falta de respeto con que la heredera se refirió al regente.

         De hecho, Drasan intuyó al instante a qué se refería Ealfrea, pero sabía que había perdido aquel movimiento. La princesa siguió hablando:

         —Si estos dos —señaló a los fórmicos— no son imilani ni oroy, entonces podemos usarlos para investigar lo que ha pasado en Mard, Palay, Pesa o Anstan.

         Murmullos de aprobación siguieron a aquellas palabras, ante la consternación de Drasan, que intentó disimular su turbación lo mejor posible.

         —Es una idea que, desde luego, hemos de considerar —observó el Mayordomo.

         —¿Considerar? —Exclamó Leysan—, es una idea excelente. Tenemos que aprovechar esta oportunidad.

         Hacía más de tres años que en Nyarath no se recibían ni nave ni nueva procedentes de cualquier otro reino de las mesetas-isla de Abisalia. Los citados por Ealfrea eran los cuatro reinos vecinos de Nyarath; como la autonomía de las naves oroys requería hacer escalas en las mesetas-isla más cercanas, para poder seguir hasta destinos cada vez más lejanos, el resultado era que Nyarath estaba incomunicado con cualquier otro lugar. Dependía exclusivamente de los dragones que cazase, y, para la opinión de las Nobles Casas que apoyaban a Ealfrea, cazaban muy pocos. La postura de los que apoyaban a Drasan, y antes al rey Thyard, era justo la contraria. Creían que los otros reinos habían caído por la desmesurada caza de dragones, lo que habría terminado con la materia prima de la magia. Según la tercera facción en discordia, los Artesanos kevstenses (que podían inclinar la balanza a favor de cualquiera de las dos otras facciones enfrentadas por el poder, dado que controlaban al pueblo), aquel pensamiento era deliberadamente puesto en sus cabezas por el control que los dragones ejercían sobre los oroys. Ahí Daschael estaba del lado de Drasan. Sugerir aquello era una estupidez propia de alguien absolutamente ignorante de la forma en que las cosas funcionaban en Dervishkania, pero era una opinión popular, que, ante el reto cada vez mayor de evitar la caída de la civilización oroy, era la más aceptada entre las pragmáticas gentes de los pueblos del reino-y-castillo de Nyarath como la más lógica. Ealfrea era de todo menos tonta, y sabía que los kevstenses mentían, pero quería ganarse su simpatía, y el Mayordomo no se fiaba de que no acabase dándoles la razón, con tal de lograrla. En cuanto a Daschael, Drasan sabía perfectamente que el pérfido hechicero terminaría estando del lado que él creyese con más posibilidades de mantenerse, o auparse al poder. Si los hermanos tenían éxito con aquella iniciativa, el Mayordomo no podría demorar por más tiempo la coronación de Ealfrea, por más trabas que pusiese en el Consejo. A Drasan solo le quedó una opción. Dijo:

         —Y así se hará, mis queridos príncipes. Sin embargo, Ealfrea, ¿cómo pretendéis organizar semejante expedición? Ninguna de las naves que enviamos en el pasado ha regresado; y no podemos permitirnos perder más personas, ni más recursos. 

         —Enseñaremos a estos seres.

         —Pero… ¿cómo? Ni siquiera hablan nuestra lengua —observó Drasan.

         —¿De verdad crees que no, Drasan? Eres un ingenuo —dijo la princesa—. He observado a esta insectoide, la de color rojo, desde que entró. He visto su reacción a cada una de nuestras palabras. Y estoy segura de que entiende todo cuanto hablamos.

         —¿Puedes demostrarlo? —Preguntó el Mayordomo.

         —No, pero…

         —Artani —exclamó Wini, interrumpiéndoles.

         Todos guardaron silencio, y observaron a la fórmica.

         Entonces, Wini, la roja insectoide, señaló algo. 

         —Artani —volvió a decir, mientras hacía gestos ostensibles de querer dirigirse hacia uno de los murales, el que estaba al fondo de la gran sala, detrás del trono vacío.

         El guardia que la sujetaba tiró de ella hacia atrás, y Wini cayó al suelo. Se levantó y volvió a señalar el mural, insistiendo:

         —Artani, ¡artani!

         —Guardia —exclamó Ealfrea—, déjala ir hacia allí —ordenó. 

         Ante la mirada sorprendida de Ekarón, que por primera vez levantó la cabeza, y la expectación de Lettand, Drasan, Ealfrea, Leysan, Daschael y todos los presentes, Wini se dirigió lentamente, arrastrando sus cadenas, hacia el fresco, a través de los rayos de luz olivina. Cuando llegó a la altura del trono de madera oscura, que tenía un respaldo más alto que ella, hizo ademán de cogerlo. Otro de los guardias tiró de las cadenas, y Wini cayó de nuevo al suelo. Entonces Lettand, que había ido siguiendo la extraña procesión de la insectoide, seguido de cerca por Ealfrea, la ayudó a levantarse, ante las exclamaciones ahogadas de los oroys de la Gran Sala. El mestizo se acercó al guardia que había derribado a Wini, y le pidió el tramo de cadena que sujetaba. El guardia miró a Ealfrea, sin decidirse a dárselo, pero un gesto de la princesa lo convenció de hacerlo. El joven cogió aquel tramo, con la intención de ayudar a Wini. El otro guardia soltó también el suyo, a instancias de Ealfrea, escoltada por su hermano, el Mayordomo y el hechicero.

         Si aquellos extraños seres insectoides no venían de Más Allá del Verso, al menos unos cuantos de los oroys allí presentes debieron ser conscientes de estar siendo testigos de algo realmente especial. Un momento quizá digno de las épicas escenas pintadas en los muros de la Gran Sala, que por la fuerza de la costumbre hacía tanto tiempo que habían dejado de considerar extraordinarias. Eran escenas de búsquedas y de batallas, entre guardianes dragones y moradores de Más Allá del Verso, en las que aparecían, aquí y allá, unos pequeños y enigmáticos seres, apenas percibidos entre la barroca y exuberante abundancia de personajes. Se trataba de seres humanoides, con rasgos variopintos, pero con un par de ellos en común: sus ojos esféricos, en los que se reflejaba la Gran Espiral, la Vía Láctea, y el libro que todos ellos portaban. ¿Cómo era posible que Lettand nunca hubiese reparado en aquellas figuras? ¿Siempre habían estado allí, desapercibidas, en el maravilloso caos de la escena, o habían quizá surgido desde algún remoto lugar, para engrosar la miríada de seres que poblaban aquel fresco? Pero no, pensó Lettand. Claro que no…, aquello no podía ser posible.

         El ruido del pesado trono de madera maciza al ser movido por la insectoide sacó al joven de su ensimismamiento. Poco a poco, la mujer hormiga lo arrastró y lo empujó hasta el gran fresco. Después tiró de los eslabones, a lo que se prestó a ayudarla Lettand, para que estos le diesen la holgura de movimiento suficiente para poder encaramarse al trono, de rodillas, ante las exclamaciones de asombro e incredulidad, y los tímidos gritos de protesta de los nobles. Se puso de pie en el trono, terminando de mancillar el poco honor que le quedaba a la sagrada silla, ante algún que otro desvanecimiento entre las señoras de las Nobles Casas (menos lógicas, más permeables a las emociones que el pueblo llano, pues tenían muchos más prejuicios y muchas más cosas que perder). Allí, erguida de puntillas, Wini señaló las letras que aparecían dibujadas sobre largas vitelas entre las nubes bajas, a medio camino entre el cielo y la tierra. 

         —Artani —Volvió a decir, mientras señalaba, una a una, varias de aquellas letras. Wini se había dado cuenta de que eran caracteres muy similares al griego clásico, que ella conocía, y había esperado el momento adecuado para hacerse entender. Tras el frustrado intento de hablar con el joven humano, en la bodega de la nave, había llegado a la conclusión de que había algún fallo en la tecnología de traducción universal que sí había sido útil en los Mundos de Lettand. 

         —Entiendo —dijo el joven príncipe mestizo, al juntar las letras que señaló Wini—. Dice que nos entiende. Y ahora nosotros también podemos saber lo que dice —terminó, con una sonrisa.

         —Muchas gracias, Lettand, querido hermanito. No sé que haríamos sin ti —dijo la princesa. 

***

         Lo peor de estar encerrada en aquella celda mugrienta y oscura era estar encerrada con Ekarón. El fórmico todavía no había sido capaz de asimilar que ella ya no era Escnya. Se creía con el derecho a seguir siendo su amigo, compañero y amante; en la teminología de las costumbres fórmicas de Aldruthcia, el padre-guía de su prole. No es que Wini se sintiese amenazada, porque al fin y al cabo Ekarón estaba completamente superado por las circunstancias. Las pocas veces que ella había intentado ayudarlo, cediendo a la compasión, habían terminado de la misma forma, con él tratándola como si ella siguiese siendo Escnya. Wini le había cogido cada vez más asco al fórmico, y no ayudaba el hecho de que no se borrase de sus pensamientos la imagen de Ekarón triunfante, tras haber disparado a Gortax. Gortax… Wini tuvo tiempo para pensar, en la celda; para reflexionar sobre aquel fórmico siniestro, que durante el breve tiempo que compartió con él le había parecido siempre tan indescifrable. Pensó también en Damian. En realidad, no estaba segura de haberlo amado. Para ella Damian fue solo una distracción, un impulso sexual natural. Taylor le había parecido más atractivo, por su personalidad, mucho más que Damian. Pero un año de guardia era mucho tiempo, y Taylor siempre fue demasiado hermético. Se comportaba como si no le interesase el sexo. Damian era más divertido, además. Sabía lo que tenía que decir para hacerla reír. Aunque algunas veces se pasaba de gracioso, de tanto como creía serlo; sí, a veces era un poco pesado. Quizá, pensó, había llegado a creer que quería a Damian por necesidad; por los acontecimientos que vivió al volver a entrar en la Perseverance, cuando fue llevada de vuelta al planeta de los fórmicos. La mujer sabía que Damian sí la amaba a ella. Aunque no sentía lo mismo, Wini se dio cuenta de que se había agarrado a ese sentimiento, como una tabla de salvación, para huir de la locura de saber la verdad sobre lo que habían hecho (por mucho que hubiese sido bajo la manipulación mental de las Inteligencias Artificiales). Las palabras de Damian, cuando vislumbró por última vez al que había sido su amante, habían sido muy importantes para ella. Tal vez, en aquel momento, sí lo amó.

         Pensó en Taylor. Él tenía razón. Siempre la tuvo. Ya no podía volver a acceder a sus recuerdos como antes, cuando la asistía la IA, pero ya no le hacía falta. Quizá estaba empezando a acostumbrarse a vivir sin depender de Hapola. El caso era que podía recordar aquella conversación por sí misma, la discusión entre Damian y Taylor, sobre el libre albedrío. La forma en que Taylor les quiso hacer ver que las IAs tenían esclavizados a los humanos, sin que ellos fuesen siquiera conscientes de ello. Quizá siempre había sido así, pero…, desde cuándo, en qué momento había empezado todo, ¿con la invención del primer ordenador, con el primer móvil? No, la singularidad, aquello que la fusión entre la mente humana y la IA no pudo evitar, aunque la arrogancia del hombre así lo creyese, tuvo que ocurrir después, con el advenimiento de la supercomputación cuántica. 

         Sin embargo, se preguntó si tan malos habían sido sus doscientos años de vida en el sistema solar; si realmente se había sentido como una esclava. Comparado con la diversidad y el conflicto que eran parte de su actual existencia, el sistema solar era un mundo de igualdad de derechos y de libertad de pensamiento, un mundo donde la democracia directa funcionaba. No existían las guerras, el hambre, ni siquiera la enfermedad. Por eso la gente tenía que abandonarlo al cumplir los doscientos. Existía también, por supuesto, un estricto control de la natalidad, por el que se establecía un límite máximo de diez mil millones de seres humanos. Solo podía nacer un nuevo ser por cada otro que abandonaba el sistema. En eso Wini había sido una de las pocas excepciones. Casi todos los bicentenarios elegían el metaverso. Sus cuerpos eran destruidos, pasaban a ser abono para las comunidades autosuficientes repartidas por todo el sistema solar. De hecho, Wini había sido la única bicentenaria de la Perseverance. Todos los demás miembros de la tripulación habían afrontado aquel viaje de forma voluntaria, como parte de su trabajo y su proyecto vital.

         Puede que la clave estuviese en la diversidad, frente a la homogeneidad. Quizá un mundo en paz debía ser, por fuerza, homogéneo, más gris y predecible. ¿Cuál de los dos mundos era mejor? Se forzó a pensar lo que habría dado en ese momento por volver a su vieja vida en el sistema solar; pero, enseguida, tal vez para evitar llegar a una conclusión incómoda sobre sí misma, sus pensamientos se centraron en el metaverso. Pues, la verdad sea dicha, aquella idea era la que más le urgía, en aquellos momentos, a pensar sobre ella. 

         El repulsivo y deforme hechicero, al que habían llamado Daschael, y que parecía salido de un holo de fantasía, se había referido a “Más Allá del Verso”. ¿Podía estar refiriéndose al metaverso? Wini pensó en ello. Si aquella intuición fuese cierta, entonces ella, Retta y Ekarón (según lo que había dicho el hechicero) no procedían del metaverso. Por lo cual, ella nunca había estado en el metaverso. Todo lo que había vivido era real, la realidad física. En ese momento, no tuvo claro si aquello debía o no alegrarla. Pero este lugar, Dervishkania, tampoco era el metaverso, porque el hechicero había dado a entender que de allí procedían los “imilani”, los “monstruos” de Dervishkania. Entonces, ¿formaba parte Dervishkania de la misma realidad física desde la que habían llegado hasta allí? Y, si tal cosa era cierta, ¿era posible que los seres que habitaban el metaverso pudiesen cobrar forma física en la realidad, en aquella realidad?

         Tuvo un escalofrío. Ahora llegó al último punto de sus cavilaciones, que había estado dejando a propósito para el final. Lettand… La princesa oroy había llamado al muchacho Lettand. El joven que la había ayudado, y que antes había bajado a verla, en la bodega de la nave. A Wini solo se le ocurrieron dos posibilidades, a cuál más loca. La primera, que Dervishkania fuese un planeta perdido, muy alejado de los Mundos del Lettand, en el que se practicase la misma religión que en aquellos; por lo que no sería descabellado que le pusiesen a alguien el nombre de un dios. O bien, y esta era la posibilidad con diferencia más alocada de las dos, que aquel mundo, Dervishkania, fuese el mundo de los dioses, y que aquel muchacho fuese el dios Lettand. Pero aquello era una completa locura, porque entonces tendrían que estar en un tiempo anterior al que acababa de vivir en Aldruthcia y Ramark.

         El hilo de los pensamientos de Wini se rompió cuando la puerta de la celda se abrió de golpe. Entraron dos guardias, que hicieron una pequeña cadena humana con un tercero, al otro lado de la puerta, y se pasaron y colocaron varias sillas en el suelo, ante ella y Ekarón. Entonces los guardias abandonaron la celda y entraron varias personas. Eran los príncipes, Ealfrea y Leysan; Drasan, el Mayordomo; Daschael, el hechicero; Retta, el androide… y Lettand.

***

         —Espero que estéis cómodos. Como podéis ver, nuestros aposentos no son lo mejor —dijo Wini, sarcástica, antes que nadie, cuando todos ocuparon sus asientos.

         Durante la última semana le habían proporcionado un alfabeto y varios libros. Ella imaginó, aunque no tuvo la certeza, que había sido a instancias del joven Lettand. Para su sorpresa, su cerebro fórmico asimiló y reconoció el idioma oroy como una variante algo arcaica del idioma que se hablaba en Aldruthcia, Ramark y los demás Mundos del Pacto. Supuso que los cerebros de los habitantes de aquellos mundos eran capaces de adquirir conocimientos comprimidos, que quedaban almacenados en ellos, de forma parecida a cómo sucedía en el sistema solar. Luego, esos conocimientos se activaban de forma inconsciente, cuando recibían el estímulo adecuado.

         —Nada de lo que hablemos aquí debe ser conocido más allá de los muros de esta celda —dijo el príncipe Leysan, obviando el comentario de Wini. A pesar de que la débil luz que emanaba del báculo que trajo consigo el hechicero iluminaba de forma vaga un rostro serio, la fórmica creyó adivinar cierto tono divertido en la voz de Leysan.

         —El único motivo por el que todavía seguís vivos es porque, según Daschael, no sois imilanis ni, eso salta a la vista, tampoco oroys —intervino Ealfrea, tajante—. Lo que nos lleva a cierta apremiante cuestión. ¿De dónde venís? 

         —¿Qué le habéis hecho al androide? —preguntó Wini, ignorando la cuestión. Se fijó en la muda expresión de metal de Retta.

         —Somos nosotros, quienes hacemos aquí las preguntas… —empezó a decir Ealfrea, pero el Mayordomo la interrumpió:

         —¿Androide, te refieres al autómata? Daschael quería estudiarlo. Verás, eh…

         —Winifred —dijo la fórmica, que notó como Ekarón fijaba en ella su atención—, mi nombre es Winifred.

         —Los autómatas son seres legendarios, Winifred. Al menos, para nosotros lo son. De ahí nuestro gran interés. Pero está bien, no te preocupes. Ahora, por favor, responde a la pregunta de la princesa.

         —Es increíble, lo inteligente que es, ¿sabes? Parece una persona. Yo creo que tiene alma —añadió Lettand, antes de que Wini pudiese decir nada.

         La mujer fórmica clavó su mirada en el joven. No pudo evitar un espasmo de sus pequeñas mandíbulas. Ealfrea miró a Lettand con severidad.

         Siguió un breve silencio. Todos esperaban a que ella hablase. Wini tenía más o menos claro que había algo por lo que a aquellos extraños humanos les interesaba dejarlos vivir. Pero, más allá de esa certeza, no tenía la más mínima idea de qué cosas de las que dijera podrían hacer empeorar su situación. Por un momento dudó sobre si debía mentir o decir la verdad; como no vio claro que mentir fuese útil (sobre todo porque ignoraba demasiadas cosas sobre aquel mundo y podían pillarla enseguida), optó por contarles la verdad. Casi toda, al menos.

         —Llegamos aquí desde otro mundo, a través de un portal. Pero el portal se cerró, como si nunca hubiese existido. No sabemos cómo volver. En realidad, ni siquiera estamos seguros de que debamos hacerlo.

         —¿Por qué? —Preguntó Ealfrea.

         —Porque huíamos de algo

         —¿Puede ser eso posible, Daschael? —preguntó Drasan al hechicero—. Los Portales son el nexo entre nuestro mundo y Más Allá del Verso, pero tú nos dijiste que estos seres no venían de allí.

         El hechicero no contestó. 

         —¿De qué huíais? —Siguió preguntando Ealfrea.

         —Es una historia un poco larga, pero la resumiré —habló Wini, a las penumbrosas figuras que la rodeaban, iluminadas por la pálida luz del hechicero—: Partimos de nuestro mundo, la Tierra, hace mucho tiempo, en una nave, una nave espacial. Tuvimos problemas, durante el viaje, y acabamos llegando a otro mundo, que no conocíamos. Eran varios mundos, de hecho, que estaban interconectados entre sí por medio de portales. En aquellos mundos existía una antigua profecía, sobre la llegada de un mal desde el remoto pasado, un mal que portaba nuestra propia nave. Ese mal desató el caos en los mundos a los que llegamos, y huyendo de ese mal es como llegamos hasta aquí. No sé muy bien cómo, porque lo cierto es que no sabíamos adónde nos dirigíamos, al cruzar el último portal. Pensábamos que quizá sería otro de aquellos mundos, llamados de… del Pacto. Y en cierto modo, creo que así fue, solo que este…, este mundo, que llamáis Dervishkania, parece mucho más lejano y, creo, más antiguo que los otros; como si al pasar a través del último portal, hubiésemos viajado a un tiempo anterior.

         No dijo más. Un misterio brotó del pozo de las cantarinas palabras de la fórmica, y se propagó por las vastas estancias de sus mentes. Se produjo un silencio, que fue la personificación misma del silencio, una presencia casi viva, al acecho del más mínimo sonido mortal: el roce de las ropas de Drasan, el siseo de los servomecanismos de Retta, el levísimo carraspeo de Leysan, el crujir de una de las articulaciones de Ekarón, la paulatina exhalación del aliento contenido de Lettand, el murmullo fotónico de la luz del báculo del hechicero.

         Todo esto es ridículo —cortó Leysan—. No hay más mundos que Dervishkania. Dervishkania es todo lo que es, y todo lo que es ha sido antes un sueño o una pesadilla, que habitó Más Allá del Verso. Todo, menos los dragones que cazamos, hechos de la esencia misma de Dervishkania.

         —Pero ¿y si es cierto, que hay otros mundos, Más Allá del Verso? —Dijo Ealfrea, mirando a su hermano. Ha dicho que viene de la Tierra. Quizá haya algo de cierto, en las historias sobre Terra.

         —Cuentos, para asustar a los niños —insistió Leysan.

         —Es posible —afirmó Daschael, que cambió de mano su báculo— que no sean solo cuentos, príncipe. Los hechiceros siempre hemos escarbado en busca de signos del pasado y del futuro, en las narraciones infantiles; aunque no sea parte notoria de nuestros esfuerzos, divulgar tales hallazgos. Pues, como por todos es sabido, nos debemos sobre todo a las más prosaicas necesidades de la corte. Sin embargo, entre los más ancianos de nosotros, los que son ya demasiado frágiles para seguir prestando su fluido vital, hay quienes cultivan estos misterios…, aireados aquí, de forma tan gratuita, por nuestra enigmática visitante —terminó, mirando intensamente a Wini.

         —Daschael —el otro día, cuando se nos llevó ante Drasan —dijo ella, señalando al Mayordomo—, hablasteis de algo llamado kroyá. ¿Qué es la kroyá?

         —La kroyá es lo que da forma a todas las cosas. Una simbiosis entre lo invisible y lo material, que moldea los sueños y las pesadillas de Más Allá del Verso. Eso es Dervishkania, lo que es. Toda Dervishkania, y sus habitantes somos el producto de la kroyá, en cierto modo… menos los dragones. 

         —Entonces, ¿de dónde vienen los dragones?

         —De ningún sitio, Siempre han estado aquí. Son el aliento creador de lo que es. 

         —Caray, ¿y osáis dar caza a algo tan sagrado?

         —Los dragones saben que eso es parte de su ciclo vital, ¿verdad, Daschael? —Interrumpió Lettand, queriendo ilustrar él mismo a Winifred, sobre un tema que le apasionaba— Nos alimentamos de su carne y de su magia, y así su esencia pasa a formar parte del mundo. De todos nosotros. 

         —Lo que nos lleva al asunto principal de esta reunión, extranjera —dijo Ealfrea—. Abisalia se muere. No sabemos si pasa igual en el resto de Dervishkania, porque no tenemos noticias de ningún otro lugar, ni tenemos autonomía mágica para viajar cinco mil leguas más allá de Nyarath. 

         —Ninguna nave que hayamos enviado para recalar en alguno de los cuatro reinos vecinos ha regresado —explicó Drasan—. Sin la magia del dragón, nuestros cuerpos terminan por descomponerse, en forma de cenizas. Eso es lo que forma el mar de arena gris, las cenizas de todo lo que ha sido, y de todo lo que será. Pero si vosotros dos, y vuestro autómata, no estáis formados por el mismo tipo de kroyá, quizá el mal de la escasez mágica no os afecte. Quizá podáis llegar en una nave a Mard, Palay, Pesa o Anstan, y saber qué ha pasado allí. Os enseñaremos a manejarlas.

         —Tres. Éramos tres. Nada más llegar a este mundo nos atacaron unos seres, mitad mujer, mitad serpiente, se llevaron a una compañera.

         —Nagas —dijo Retta.

         —¿Conoces el nombre de esos viles seres? —preguntó el hechicero, con su voz rasposa y aguda—. Curioso… Sí, muy curioso.

         —Mala cosa, si se la llevaron las nagas —señaló Drasan.

         —¿Podréis ayudarnos, a rescatarla?

         —Si volveís con noticias, con cualquier información que pueda sernos últil, os ayudaremos. Os lo prometo, Winifred —dijo Drasan.

         —Bien, todo estupendo entonces. Pero, como comprenderás, Winifred —dijo Ealfrea, pronunciando el nombre por primera vez, y la fórmica captó la sorna en su voz—, debemos asegurarnos de que volvéis. Por eso, hemos manipulado a vuestro autómata. Le extrajimos su extraña fuente de energía, y la cambiamos por un pequeño fragmento de corazón de dragón. Y oh, ¿sabes qué? Funcionó. Lo que no funciona para la carne mortal, sí lo soporta vuestro autómata. Pero, ojo, querida…, no es inagotable. Si no volvéis aquí a por su fuente de energía, o a por un nuevo fragmento de corazón de dragón, vuestro amigo de metal dejará de funcionar. Y te aseguro que solo los más dotados hechiceros saben cómo hacer esas cosas.

Capítulo 12

         Estuvieron listos para partir al cabo de trece días. Wini, Ekarón y Retta fueron llevados a vivir a una pequeña casita cerca de los muelles aéreos, de la que se les permitía salir de vez en cuando, aunque siempre escoltados de cerca por un par de soldados oroys de incógnito. Aprendieron a manejar la pequeña nave que usarían para el viaje, un humilde aeroesquife llamado Rondón, de casco de metal plateado, lleno de pequeñas abolladuras, parches de cobre y remaches de bronce. No tenía bodega ni cubierta (el grueso de la embarcación era poco más que un bote grande, de unos doce metros de eslora), pero a popa había una superestructura de madera marbúrea (una especie propia de Abisalia, con un aspecto como de hueso, que, según les dijeron, era flexible y resistente), que era donde habitarían durante el viaje, aunque tendrían que repartir turnos para gobernar el barco desde el puente alto.

          La primera impresión que tuvieron de aquella pequeña nave fue tan desoladora que estuvieron seguros de que iban a morir durante aquella expedición. Sin habérselo propuesto, aquella noche, Wini y Ekarón, junto a uno de sus vigilantes, terminaron emborrachándose con jugo de dosah, un licor local, en un bar de mala muerte (para los refinados gustos oroys, aunque a los fórmicos no les pareció ni tan mal), cercano a la casita que habitaban. El local tenía la suficiente mala reputación como para estar casi vacío de clientes, y no importarles, a los pocos que había, compartir sus vergüenzas con aquellos extraños seres. (La visión que tenían los oroy de quienes bebían hasta perder el control de sí mismos era muy mala. Para ellos eran poco más que parias). El licor tardó en hacer efecto en los dos fórmicos, que se quejaban de que aquello no subía nada. Solos en aquel mundo extraño, zarandeados sin contemplación por el destino, Wini, liberada por el alcohol (que al final subió todo del golpe), fue brutalmente consciente de que jamás volvería a ser humana, y de que siempre sería un ser monstruoso para aquellos oroys; se dejó compadecer otra vez por la desesperada búsqueda de empatía de Ekarón. Aunque, por supuesto, cada vez que el fórmico le pasaba el brazo alrededor del cuello, excediéndose con su cariño, Wini se lo retorcía y le recordaba, con mucha amabilidad, el lugar que debía ocupar aquella extremidad. Eso fue lo último que recordó la fórmica, antes de despertar, con un terrible dolor de cabeza, en el camastro de la pequeña casita que habitaban, en brazos de Ekarón. Retta estaba sentado, tan tranquilo, en una silla enfrente de la cama, contemplándola. Uno de los vigilantes roncaba con medio cuerpo echado sobre la mesa de la sala común (no había habitaciones). El otro estaba desayunando, y la miró con un extraño brillo en sus pequeños ojos humanos. Wini no recordó haber pasado tanta vergüenza en sus más de doscientos años de vida. En su azoramiento, tiró a Ekarón al suelo. El fórmico despertó de golpe, gritando: «Escnya, Escnya, mi vida, mi amor». Al final, Retta tuvo que intervenir, para que no acabasen matándose el uno al otro.

         El propio Daschael se encargó de pintar las runas que mantendrían la embarcación en el aire, cuatro bajo el casco, dos a cada lado de la quilla; y las que le darían impulso, en el espejo de popa, una a babor y otra a estribor. Les enseñó las palabras para gobernar la embarcación, “thonyfled”, para activar la runa de popa babor, y “thrythbald”, para la runa de popa estribor. Ekarón, que pareció revivir un poco y volver a ser él mismo, con todo el proceso de aprendizaje, preguntó por qué las runas no se llamaban simplemente “babor” y “estribor”, a lo que el hechicero reaccionó descojonándose en su cara, como si el fórmico hubiese contado un buen chiste. Como quiera que Ekarón aclaró, visiblemente indignado, que lo decía en serio, el hechicero le dio unas palmaditas en la espalda, diciéndole: «tú apréndete bien el nombre de las runas, si no quieres morir espachurrado contra el mar de arena». 

         Los nombres de las cuatro runas del casco eran “halra” y “ribur”, las dos de babor, y “lesty y laubri”, las dos de estribor, de popa a proa. Un fragmento de corazón de dragón alimentaba todas las runas. El esquife solo podía ser gobernado desde el puente alto, que estaba encima de la superestructura de popa, protegido de la intemperie por un toldo, y poco más. Había allí, en el centro del puente, un tubo acústico, que seguía unos conductos de metal a través de los cuales los nombres transmitidos llegaban hasta sus runas respectivas. 

         Cuando Retta se interesó por los entresijos de aquella magia, Lettand, que estaba siempre cerca del barco, zumbando alrededor de los fórmicos, el androide y el hechicero, dijo: «Las runas son como seres vivos. Reaccionan a las palabras, porque las entienden. Pero su inteligencia es muy pequeña, y solo entienden lo que pueden entender. Cada una tiene una finalidad única. No las saques de ahí».

         Llevaron a cabo un pequeño vuelo de pruebas, bajo la supervisión del propio Daschael y un oficial navegante oroy, llamado Robjasu. Iba a ser la primera de tres sesiones de entrenamiento, pero al final se quedó solo en una, a juicio de Ekarón, porque «hemos debido de impresionarlos, para que cancelen las otras dos». Wini creyó más bien que fue porque Daschael, cuyo demacrado rostro estaba más pálido de lo normal en él, quería seguir viviendo. 

         Y así fue como, tras pertrechar el aeroesquife con el agua y comida necesarios para llegar a Pesa, que fue el otro reino oroy al que el Consejo acordó finalmente que era mejor que se dirigiesen los extranjeros, estuvieron listos para partir.

***

         Se marcharon antes del alba, hacia un cielo nublado que presagiaba frío y lluvia. No hubo boato ni fanfarrias. Sus vigilantes los acompañaron hasta el último momento, como siempre habían hecho durante los días que vivieron en la casita de los muelles. Se llamaban Thorto y Carber, y si al partir Wini sintió algo parecido al afecto de un adiós, fue hacia ellos. Los príncipes y el Mayordomo también estaban allí; pero pocas palabras se dijeron que no hubieran sido dichas ya.

         —Recordad, volad siempre hacia el norte, durante unas cinco mil leguas. A la máxima velocidad de esta nave, deberíais llegar en poco más de una semana —dijo Leysan. 

         —Estas son las hojas mágicas de las que te hablé, Winifred —dijo Drasan—. Vierte en ellas tus pensamientos, todo lo que creas que sea relevante sobre el viaje, y lo que encontréis en Pesa. Sea lo que sea que descubráis allí, lo que se grabe en ellas nos será de gran ayuda, pues ahora lo que sabemos es lo mismo que nada.

         —¿Y…, si no regresamos? —preguntó Ekarón. Pero nadie respondió a aquellas palabras.

         —Suerte —dijo Carber, de forma casi tímida. 

         —Sí, vuestra suerte será nuestra suerte —sentenció Ealfrea.

         Soltaron amarras. Wini vio a sus escoltas, los príncipes y el Mayordomo empequeñecerse contra el suelo. Lettand y el hechicero no habían acudido a despedirles. Se reprendió a sí misma por lo ingenuo de aquel pensamiento. No había habido otra preocupación en todos aquellos humanos, oroys, o lo que fuesen, al margen del bienestar del reino de Nyarath. Contempló los miles de pequeñas casitas dispersas, una masa informe que se arremolinaba de un extremo al otro de la altísima meseta. Vista desde el aire, aquella vasta estructura natural le recordó a los volcanes de Marte. Sintió un fuerte arrebato de nostalgia, por aquel mundo perdido para siempre para ella. El ánimo de la mujer fórmica era consonante con el del cielo indiferente y plomizo, pero pensó que era por el mal cuerpo que tenía, pues apenas había probado bocado durante el precipitado desayuno. Había dormido mal. Cuando por fin se la llevó el sueño, se despertó tarde, con la sensación de no haber casi descansado.

         Los tres iban en el puente alto, para apoyarse entre ellos en el manejo de la nave, casi tanteando sobre la marcha cómo las runas respondían a las órdenes que les transmitían. El resultado fue un torpe bamboleo, que unido a su mal cuerpo produjo un sudor frío en la piel quitinosa de la fórmica. Se disculpó con premura y casi saltó a través de la escotilla, bajó a trompicones por la escala de madera y dejó atrás, rauda, los dos pequeños camarotes, para salir a la parte descubierta, que comprendía la parte central y la proa de la pequeña nave. Allí, en el último momento, vomitó por la borda lo poco que llevaba dentro. 

         Estuvo un rato con la cabeza apoyada entre los brazos, en la tapa de regala. Entonces unos pocos rayos de los pequeños soles atravesaron las nubes y colorearon el mundo bajo ellos, por un instante. A lo lejos, el castillo pareció despertar, rodeado de las casitas encaladas de blanco y tocadas con tejas rojas. Fue lo último que vio Wini, antes de que el barco se internase en las nubes. Le quedó una impresión funesta, que le costó quitarse de la cabeza, como si las casitas fuesen seres vivos que corrían a buscar ayuda, apretujadas alrededor del castillo. Volvió a subir.

         —Lo siento— dijo, al llegar al puente alto, pero se encontró con Ekarón echando su propio vómito, apoyado en la barandilla de popa del puente. Eso la hizo sentirse mejor. 

         Retta gobernaba el aeroesquife.

         —¿Mejor? Le preguntó el androide.

         —Sí, no te preocupes. ¿Qué tal, lo vas llevando bien?

         —¿La nave? Sí, creo que lo voy pillando. No es tan difícil. 

         Fue terminar Retta de decir aquellas palabras, y Wini tuvo que agarrarse a la barandilla de proa del puente alto, para no caer hacia atrás. La nave estaba haciendo un looping. Iban a caer al vacío.

         —¡Retta! —Gritó.

         —Lo sé, lo sé… —exclamó el androide, agarrándose al tubo de órdenes, con los pies en el aire—. ¡Halra, lesty! —gritó a la boca del tubo. Poco a poco, el esquife empezó a equilibrarse. 

         Entonces Wini se acordó de Ekarón, y miró hacia atrás, con el terrible convencimiento de que había sido arrojado a las nubes desde el puente alto. El fórmico estaba agarrado a los barrotes de madera de la barandilla, como si la vida le fuese en ello. Le había ido; el pavor todavía estaba instalado en su rostro, sus antenas tiesas de espanto.

         —Joder —fue todo cuanto pudo articular Wini. 

         —Sí, joder —coincidió Retta, con su voz metálica. Fue la primera vez que ella le escuchó decir un taco.

         —¿Empieza a hacer demasiado frío, o soy yo? —preguntó, el androide, al cabo.

         —Caray, pues sí —dijo ella, frotándose la cara y las manos, con su bermejo rostro todavía pálido—. Pero…, ¿tú puedes sentir frío?

         —Sí, claro, Wini. Tengo terminaciones nerviosas. Necesito sentir todos los estímulos posibles del exterior. Soy un robot muy sofisticado.

         —Ya veo. Oh, mira, acabamos de atravesar las nubes… Qué bonito, Retta. Este mundo es increíble —observó, mientras se elevaban por encima del mar de nubes, que brillaba aquí y allá con destellos de plata, atravesado por anchas franjas de tonos anaranjados. Permanecieron un rato en silencio, acompañados por el sonido del toldo del puente, sacudido por un viento suave, y los crujidos constantes y aleatorios de la nave. Luego ella miró hacia atrás, para ver cómo seguía Ekarón. Lo vio hecho un ovillo, y se debatió entre ir a ayudarlo o no hacerlo; pero en el tiempo que tardó en decidirse, el fórmico se puso en pie.

          —Oye, mierda, sí que hace frío —dijo ella entonces, con las mandíbulas castañeteándole—. Creo que estamos subiendo demasiado deprisa. Prueba a cancelar nivel de runas, ¿cuántas veces habéis pronunciado cada una, de las de la quilla? —preguntó, y se fijó en los paneles indicadores, a ambos lados del tubo de órdenes. 

         —Intensidad dos de subida, y dos de avance. 

         —Vale, veamos —dijo ella—. Halra, ribur, lesty, laubri. Halra, ribur, lesty, laubri —dijo, repitiendo la secuencia de nombres de las cuatro runas de elevación. Entonces el indicador de la intensidad de elevación marcó el cero, y poco a poco dejaron de ascender—. Nombrarlas seguidas, para disminuir o cancelar sus efectos —recordó, en voz alta.

         Ekarón se acercó junto a ellos. 

         —Qué tal, Ekarón, ¿todo bien? —Preguntó el androide.

         —Bien, bien… mejor que nunca. Seguimos vivos ¿no? 

         —Ja, ja, ja —rió Retta—, mejor que nunca, Ekarón— exclamó —¡humor fórmico!

         Los tres estallaron en sonoras carcajadas. Fue una risa contagiosa, incontrolable, que iba de uno al otro. Pudo ser porque aquello les pareció muy gracioso a los tres, o pudo ser porque necesitaban descargar toda la tensión acumulada desde lo ocurrido en Aldruthcia. Sus carcajadas resonaron hasta perderse en la inmensidad del mar de nubes, bajo la luz de la galaxia, los soles y las lunas.

***

         Cuando Wini estuvo medianamente convencida de que Ekarón sabía manejar la nave lo suficiente, acordaron hacer seis horas de guardia en el puente alto cada uno. Así, mientras uno de los tres estuviese gobernando la nave, los otros aprovecharían para comer y dormir, durante sus doce horas libres. Wini aprovechaba algo de su tiempo libre para grabar en las hojas mágicas sus pensamientos. Al principio aquella magia la desconcertó. Se tenía que pinchar en la piel, con una pequeña esquirla de corazón de dragón, y luego aplicaba la punta a la hoja, donde sus pensamientos se materializaban en forma de palabras, redactándose por sí solas. En cuanto a Retta, no necesitaba comer ni dormir, solo desconectarse de vez en cuando, y solía subir a charlar al puente alto, durante sus horas de descanso, lo cual tanto Wini como Ekarón agradecían mucho, pues así sus turnos se hacían más llevaderos. Wini también subía cuando le tocaba guardia a Retta, pero nunca cuando estaba Ekarón. En cuanto al fórmico, subió una vez, al principio, para darle conversación a Wini. Al ver lo rápido que regresó al pequeño camarote, Retta supuso que la cosa no había ido muy bien. Ekarón no volvió a subir más, estando Wini de guardia. Pero sí subía cuando estaba Retta. El siempre amable androide se convirtió en la víctima perfecta para la autocompasión de Ekarón.

         —Si pudiera volver atrás, te aseguro amigo que no lo habría hecho. No habría disparado a Gortax, de haber sabido su plan. Me crees, ¿verdad? Puedes ser sincero. Digas lo que digas, lo entenderé. —le dijo el fórmico al androide, en el turno de Retta en el puente alto, durante el segundo día de navegación. Las nubes se habían disipado, era de madrugada, y la luz de la galaxia marcaba una estela de luz en el lejano mar de arena. Más allá de los límites de la estela, el mar parecía un terciopelo negro repleto de diminutos diamantes, que se fundía en la noche para envolver el mundo entero. Las partículas de la arena gris estaban por todas partes, también alrededor del propio barco; lo único que permitía diferenciarlas del fondo de estrellas era su movimiento rápido, fugaz, impredecible… Parecían pequeñas cosas vivas. 

         —Por supuesto, Ekarón. No te mortifiques, compañero. Tal como yo lo veo, tú jugaste un rol decisivo en los acontecimientos. Gortax te usó para poner de su parte a la mayor parte de los rammanianos. Sin tu participación como líder de los Revisionistas, Gortax no habría tenido tanto éxito al exacerbar al pueblo. Claro que eso fue lo que acabó con su vida. No fueron los guardias cibernéticos, como él había temido, sino tú. Quizá te infravaloró, o quizá sí supo ver el peligro que podías llegar a ser para él. Pero creo que no, ¿sabes?, porque al dispararle pusiste en peligro a Wini. «Y estoy seguro de que Gortax la amaba» —pensó el androide, pero eso no lo dijo, pues su programación le impedía expresar ciertas cosas, ciertos secretos, que solo Gortax, Tobias y él conocían.

         Ekarón se quedó un buen rato callado ante aquellas palabras. Tanto que Retta se lo quedó mirando, de hito en hito.

         —Eh, gracias por tu sinceridad, Retta. 

         —De nada, amigo.

         De repente, sonaron unos golpes bajo ellos, y un chillido.

         —Wini —exclamó Retta.

         —Escnya —exclamó Ekarón, a la vez.

         Entonces, antes de que les diese tiempo a reaccionar y decidir quién bajaba, escucharon otra voz, que no era la de Wini. Siguió un breve silencio, y después otra vez la voz de la fórmica. Por último oyeron pasos en la escala que subía al puente alto. Ante ellos surgieron las figuras de Wini y un oroy. Era delgado, no muy alto, de ojos oscuros y brillantes bajo el flequillo de una sucia y desgreñada melena negra. Era el joven Lettand; la fórmica lo había arrastrado por el cuello de la camisa, escala arriba. 

         —Llevábamos un pequeño polizón abordo —Dijo ella.  —¿Qué vamos a hacer con “esto”?

         —¿Lo primero?, lavarlo. Ya decía yo que olía mal por ahí abajo. Después, ya veremos —dijo Ekarón.

         —Coincido con Ekarón. Yo también puedo oler, ¿sabéis? Aunque pensaba que esa peste era una consecuencia lógica de convivir en un espacio tan pequeño con dos fórmicos —opinó Retta, y los “dos fórmicos” se miraron, con las antenas enhiestas. El androide siguió hablando—. Luego, ya va siendo hora de que nos sentemos a debatir entre todos, con los datos de que disponemos, qué creemos que es este lugar, y si este joven es o no el mismo Lettand que fundó los mundos de los que procedemos. Por si acaso, propongo que lo tratemos con respeto.

***

         —No lo estarás diciendo en serio —afirmó más que preguntó Ekarón, al oír las palabras del androide—. No sé qué mundo es este, uno nuevo, desconocido…, estamos de acuerdo; pero tiene que ser otro de los Mundos de Lettand. Quizá no del Pacto, vale, puede que se escindiese de los demás en algún temprano y olvidado momento de la historia. Pero, desde luego, sí de Lettand. No es otro el motivo de que este joven humano se llame así. Tú opinas igual que yo, ¿verdad… Wini?

         Wini imaginó el esfuerzo que debió de costarle a Ekarón llamarla por su nombre. Era la primera vez que lo hacía. Se dio cuenta de lo importante que debía ser para él aquel tema.

         —No —respondió—. Ekarón, ¿te has fijado, por casualidad en eso que está en el cielo? Es la galaxia; entera, toda ella. Si la vemos desde aquí, es porque estamos fuera de ella. No creo que tu argumento de que este planeta sea otro de los mundos de Lettand pueda sostenerse. Lo siento. 

         —Ya, por supuesto —masculló el fórmico, y sus mandíbulas se agitaron de forma ostensible.

         —¿Alguien puede relevarme un momento? Esto va a ser largo, bajo a por algunas cosas.

         —Yo lo haré —dijo Lettand, resuelto. Retta pareció dudar un segundo, mirando a Wini.

         —Sí, claro —dijo ella—. A ver, es un oroy, seguro que lo hace mejor que cualquiera de nosotros. Además, hace muchas horas que llevamos el mismo rumbo y elevación. Casi podríamos bajar todos. Pero no, no vaya a ser… —dejó la frase inacabada, y luego explotó—: Por la galaxia, Lettand, ¿se puede saber en qué estabas pensando? ¿No te das cuenta de que puedes morir? Joder…, tendremos que dar la vuelta.

         —No.

         —Lettand…

         —Que no.

         —Mierda.

         Retta volvió enseguida, con varias mantas y un laf, una especie de hongo, que empezó a desprender calor cuando el androide marcó su pie con una esquirla de corazón de dragón. Todos se sentaron en corro, envueltos en las mantas, alrededor del hongo. La agradable luz del pie de la seta, amarilla en la parte cercana a la volva y rojo-anaranjada bajo el sombrero, contorneó sus oscuras figuras. 

         —Entonces, de verdad creéis que este crío es un dios —dijo Ekarón, sin más contemplaciones—. ¿En forma de Precursor?

         —Lettand —dijo Wini, consciente de las caras que estaba poniendo el joven—, verás, en el lugar del que venimos, Lettand era el nombre de un dios. Había cuatro, Lettand, Leetheora, Nanchard y Wisechelle. ¿Conoces a alguien más que se llame así, por aquí?

         —Eso no probaría nada—protestó Ekarón, pero se calló cuando Wini lo miró, con impaciencia.

         —Wisechelle —pronunció Lettand—. Mi padre, el rey Thyard, me habló de ella, antes de… antes… de morir. Dijo que yo estaba destinado a ser el más grande de todos los oroy, y que tenía que buscar el libro. Un libro que a él le había dado una mujer que se llamaba así. Wisechelle. Pero no lo he encontrado. Por eso me fui con vosotros. Yo ya no tengo nada que hacer en Nyarath.

         —No, Lettand, volveremos —insistió Wini—. Está decidido. Daschael me contó que todos los oroys lleváis runas tatuadas por el cuerpo, para poder viajar por el mar de arena. No podemos arriesgarnos a que se te apaguen las runas y…

         —¡No!  —Gritó Lettand—. Pero qué runas. ¿Es que no lo entiendes? Yo no tengo runas. 

         Wini se lo quedó mirando, con las mandíbulas abiertas.

         —Lo siento —exclamó entonces el joven—. No tenéis por qué saberlo, claro. Nadie lo sabe. Mirad —dijo, apartando la manta y desabrochándose varios botones de la camisa, bajo la túnica—, no tengo periáptide. Se me cayó. No soy mágico. Soy como vosotros. No creo que vaya a pasarme nada.

         Todos percibieron, a la luz del laf, la pequeña mancha sonrosada en medio de su delgado pecho. Tenía forma de óvalo.

         —¿Peri-qué? —dijo Ekarón. 

         —Periáptide. Es un pequeño simbionte. Se une a todos los oroys, al poco de nacer, en una ceremonia sagrada, llamada Kroyagu. Se alimenta de nuestro cuerpo. A cambio, los kroys dan a los oroys su capacidad para absorber la magia de las esquirlas de corazón de dragón. Pero el mío no está, desapareció. Mis runas ya nunca se iluminarán. Yo…, no creo que sea como los demás oroys. No sé quién fue mi madre. Nunca lo he sabido. Pero sospecho que, por lo que me contó mi padre…, no sé… Quizá fuese… 

         —Wisechelle —dijo Wini, bajito.

         —Sí. 

Capítulo 13

         En el cuarto día de la travesía las runas de elevación empezaron a fallar. Retta llevaba horas enfrascado en la lectura de los viejos manuales y diagramas que explicaban la magia de las runas, sus funciones y aplicaciones al aeroesquife. Ekarón y Lettand dormían aún, sin enterarse de nada. Era por la mañana, y el sol amarillo y el sol rojo brillaban superpuestos a la galaxia. Su luz danzaba entre los brazos espirales, los planetas y las lunas, personificada en los incontables y ubicuos granos de arena, que flotaban por doquier. De forma casi inconsciente, fatigada como estaba por la larga y solitaria guardia, Wini dejó de pensar, por primera vez en horas, en cómo podrían sobrevivir si caían y quedaban varados en aquel interminable desierto de arena gris. 

         Se perdió en la contemplación de la galaxia, que de pronto pareció girar y girar, ante la visión abstraída de la fórmica. Su subconsciente se había apoderado de ella; tuvo una visión, profunda, cristalina, breve. La galaxia era un reloj, y a la vez una gran ruleta cósmica. Un sol marcaba las horas y el otro era una bola de fuego que señalaba el destino. Entonces, un sonido llegó desde algún lugar lejano, en la inmensidad de los claros cielos malvas. La visión se disipó, y Wini emergió al mundo de la vigilia, tan rápido como la había abandonado. Había sido el lento, retumbante y agudo quejido de un dragón. 

         Wini miró hacia todas direcciones, desplazándose por todo el pequeño espacio del puente alto. Se inclinó sobre las barandillas de babor y estribor, haciéndose sombra con sus garras fórmicas, evitando que los soles arrancasen destellos de luz de sus globojos azul celeste. No vio ningún dragón ni ninguna otra criatura. Aquello la alivió tanto como ensombreció aún más su ánimo cada vez más alicaído. No habían visto un solo animal en todo el viaje; ni el más pequeño pájaro, ni siquiera un mísero insecto volador había llegado hasta ellos. Ella, entre lo que le había sido dicho y lo que llevaba viendo varios días por sí misma, había llegado a la conclusión de que Dervishkania era un mundo muerto, a excepción de los reinos oroys y los monstruosos imilani que reptaban en las lejanas y traicioneras arenas bajo ellos. De esos sí habían sobrevolado un grupo, el día anterior. Al menos, Lettand les dijo que eran imilanis, aunque no llegaron a distinguir qué clase de criaturas eran. Se dispersaron rápido, cuando la sombra del aeroesquife los alertó de su presencia en el cielo. 

         Retta asomó la cabeza. No había hecho ruido al subir por la escala de madera, y Wini dio un respingo. 

         —Perdona, te he asustado.

         —No, qué va. ¿Has sacado algo en claro?

         —No mucho, la verdad, los textos oroys son tremendamente arcanos. Innecesariamente arcanos, yo diría. Parece que les gusta adornarse en cosas absurdas, lo cual parece absurdo en sí mismo, dado que para otras cosas parecen seres tan lógicos como podría serlo yo mismo. En fin, me temo que tendremos que ir bastante más despacio a partir de ahora, para conservar la energía suficiente para las runas de elevación, y no caer al mar de arena.

         —Pero entonces, corremos el riesgo de terminar quedándonos sin energía igualmente, y al ir más despacio, estaremos aún demasiado lejos lejos de Pesa.

         —Sí, así es.

         —¿Y no crees que sería mejor acelerar, ir lo más rápido que podamos, aunque nos quedemos antes sin energía?

         —Me temo que el lugar en el que tocaremos tierra será más o menos el mismo. Pero la primera opción nos da más tiempo para estar descansados, y quizá para que se nos ocurra otra cosa. Puede que haya algo en lo que no hemos pensado aún, que nos pueda ayudar…

         —Parece razonable. En fin, ve a desconectarte un rato, Retta; estás haciendo unos ruiditos muy raros. Yo hablaré con Lettand, a ver qué opina. Es el único que es de este mundo. Quizá haya sido una suerte, que viniese con nosotros, si es cierto que el mal de la magia no le afecta.

         —Está bien, Wini.

         El androide ya bajaba la escala, cuando Wini añadió: 

         —Retta… ¿Estás bien?, eso que te hizo esa maldita oroy, igual te ha afectado demasiado.

         —Estoy bien, no te preocupes. Pero supongo que tienes razón, en lo de que me hará bien desconectarme un rato.

         —Bueno, vale. Descansa —dijo ella.

         Poco después fue Lettand el que emergió por la apertura de la escala hasta el puente alto. Iba envuelto en una manta, a modo de segunda túnica.

         —Hola Winifred, buenos días.

         —Buenos días, Lettand.

         —Me lo ha dicho Retta. 

         —Sí, no pinta bien. Mierda. Creo que pudo ser esto mismo lo que le sucedió a vuestras otras expediciones; que las runas empezasen a fallar y cayesen al mar de arena. Y entonces ya jamás volvió a saberse de ellos. Atacados y devorados por los imilanis… 

         Lettand se estremeció.

         —Oh, lo siento, Lettand. Mira que soy bruta; a veces se me olvida que eres solo poco más que un niño humano…, bueno, oroy.

         —Ah, no, no es eso… No tengo miedo. Es que hace frío aquí. Estamos ya muy al norte.

         —Sí.

         —Winifred…

         —Puedes llamarme Wini, si quieres.  

         —Vale, tú a mí Let… Si quieres.

         —Lo haré.

         —Wini… Tú…

         —¿Sí?

         —¿Tú siempre has sido así?

         —¿Así…, qué quieres decir? —dijo ella, pinzando una ceja.

         —Sé que soy diferente de otros oroys, porque puedo soñar. No es algo de lo que suela hablar con ellos. Hace mucho que no hablo con nadie de estas cosas. A menudo te he oído referirte a los oroys como “humanos”. Sé que desconoces muchas cosas sobre nuestro pueblo y nuestra historia, pero no somos humanos. Yo leo mucho, ¿sabes?, ya que no me dejan hacer casi ninguna otra cosa. Los oroys no son humanos. “Humanos” es uno de los nombres que en los Libros de los Mitos se da a los Precursores. Unos seres legendarios, que crearon Más Allá del Verso. Ningún oroy mínimamente centrado cree que existan. Porque su existencia, aunque solo fuese en el pasado, amenazaría las ideas que los oroys tienen de sí mismos. Verás, a los Precursores también se los conoce como “los que soñaban”. Supongo que sabes que los oroys no sueñan.

         —No, no lo sabía. Aunque sí que me habíais parecido un poco fríos y lógicos. Me recordáis a Retta, aunque vuestro aspecto sea muy diferente —dijo Wini, francamente fascinada por las palabras del joven.

         —Pues no sueñan. Porque no son humanos, aunque su aspecto sea muy semejante. Pero yo sí. Creo que eso tiene que ver con que se me cayese la periáptide, y creo que no es casual que se me cayese pocos días antes de que vosotros aparecieseis en Dervishkania. El otro día, cuando os llevaron ante Drasan, vi a unos seres como tú y Ekarón, en el Gran Mural del salón del trono. Estoy seguro de que no estaban allí antes.

          Fue Lettand quien rompió de nuevo el breve silencio que siguió:

         —Antes de verte por primera vez, en la bodega de la nave de Ealfrea y Leysan, yo había soñado contigo. Estoy seguro de que eras tú. Solo que en el sueño no te llamabas Wini. No parecías una imilani. Te llamabas Betceol, que es como en dervishkano se dice “el que da nombre a las cosas”, y parecías más bien una oroy. O, tal vez, una humana. Creo que Terra existió, y que es la Tierra, el mundo del que dices provenir. Y creo que no es un mundo como pueda serlo este. Creo que es el mundo de origen de los Precursores. Los que sueñan. Los que soñáis. Los que soñamos.

***

         Cuando por fin se acostó aquella tarde, tras ser relevada por Lettand, comer unas conservas y usar durante un rato las hojas mágicas, Wini soñó. Cuando despertó, supo que su mente había transitado por realidades que tenían que ver con las palabras del joven y extraño oroy, pero la memoria de lo soñado se le escurrió como agua entre los dedos. Betceol, humana, la que nombra, Betceol… la que crea, la que sueña, Betceol… los dioses… Betceol… Betceol… Betceol…

         Volvió a dormir, y esta vez sí recordó, aunque fue por poco tiempo: soñó que todo había sido un sueño. Que estaba de regreso en la Tierra, y rechazaba viajar a Marte para enrolarse en la tripulación de la Perseverance; que prefería renunciar a su cuerpo físico y entregarse al azar, para despertar en algún mundo del Metaverso. Fue un sueño absurdo, por supuesto, como suelen ser los sueños. Ya que no se entraba al azar en el Metaverso; cada persona podía elegir el mundo, el universo virtual, en el que vivir el resto de su existencia. Aquello era lo cómodo, el camino de la certidumbre, frente a las dificultades y los retos que plagaban de sombras el camino de los que elegían las estrellas. Esas sombras se encarnaron de pronto en el vuelo de un dragón, que se había lanzado contra el Rondón, atrapándolo con sus garras inmensas y escamosas. 

          Wini abrió los ojos en la oscuridad del pequeño camarote. Fue una suerte de “¡Eureka!” imposible de celebrar, porque no tuvo tiempo para ello. El descubrimiento: el de la realidad solapada con su sueño. Una realidad plagada de sombras, sombras de alas que eclipsaban el resplandor galáctico del firmamento.

          El mundo se inclinaba hacia abajo, hacia la proa. La pequeña hamaca se balanceaba de forma insana, tanto que en uno de los bandazos salió volando. Podría haberse lastimado seriamente, al estrellarse contra el suelo o un mamparo, si no fuese porque su propio sueño, de algún modo, la había avisado. En una décima de segundo, que para Wini fue pura intuición, el sueño había sido sustituido por la realidad, y allí estaba ella, de pie, a duras penas, clavando las garras de los pies en el suelo de madera, en la basculante oscuridad. Abrió de golpe la puerta que daba al exterior, a la parte media de la nave y a su proa, esperando ver el acoso de los dragones. Pero no había dragones. La realidad era mucho más cruel, y mucho menos espectacular. El Rondón caía, se acercaba sin solución al mar de arena. 

         «Oh, no…»

         —No, no, no, nooo.

         De pronto el aeroesquife cayó aún más vertical, y tuvo que agarrarse al pomo de la puerta de la superestructura de popa, para no caer de espaldas hacia la proa. Pero el pomo cedió, justo en aquel momento. Se quedó con él en la mano, y no pudo hacer nada para evitar volar a lo largo de la nave, viendo impotente como los nueve metros que la separaban de la proa pasaban a toda velocidad, mientras agitaba de forma frenética sus brazos y sus piernas. Se dio un costalazo contra la muela de cabullería del ancla. Su cabeza evitó uno de los picudos brazos de hierro por tan solo unos centímetros, pero apenas tuvo tiempo para ser consciente de ello. El golpe la dejó sin respiración. Su visión se nubló. Durante unos segundos pensó que iba a perder la consciencia y quedar a merced del mortal capricho de aquella pequeña nave encabritada. 

         —Escnyaaa, Escnyaaa… Wini. Winiiii, ¡Winiiiii! —Gritaba alguien. Wini se debatió por emerger a la consciencia. Algo le golpeaba en la cara. Enfocó la vista. Era el extremo de un cabo. En el otro extremo estaba Ekarón, gritando su nombre. Por fin, cogió el cabo, y fue andando paso a paso hacia la superestructura de popa, clavando las garras de sus pies, a cada paso. Ser una mujer hormiga le iba a servir al fin para algo, pensó. Ekarón tenía el otro extremo del cabo amarrado a su cintura, sus fuertes piernas, mitad humanas y mitad insectiles, apuntaladas contra el interior del mamparo, mientras tiraba de Wini. Por fin ella llegó a su altura, y ambos se fundieron en un abrazo puramente pragmático. Después Ekarón la ayudó a auparse hacia el puente alto, aprovechando un momento en el que la loca inclinación de la nave hacia la proa pareció suavizarse. Ella ayudó a Ekarón a subir. 

         Tirados en el suelo, jadeantes, Wini pudo fijarse por fin en lo que pasaba en el puente. Lettand intentaba por todos los medios dominar el Rondón, gritando runas como loco, mientras la nave proseguía en su vertiginosa caída hacia el mar de arena. Lo más inquietante, sin embargo, fue ver a Retta. El androide estaba tirado en el suelo, atado a la barandilla que daba a la proa, a estribor. El compartimiento en el que palpitaba la débil luz de su fragmento de corazón de dragón estaba abierto, y unos cables de cobre se dirigían desde la gema hasta entrar por el orificio del tubo de órdenes. Wini no supo entender del todo el significado de aquella imagen, ni tuvo tiempo para pensar sobre ello, porque la urgencia del instante fatal se sobrepuso a cualquier consideración. Supo que todo iba a acabar allí, y que ya no merecía la pena pensar en nada más. El mar de arena estaba tan cerca que el suelo se volvió cielo, un cielo fatal y final, que abarcaba el mundo entero. Sus sentidos fueron incapaces de medir los segundos que faltaban. En la frontera de la muerte, el tiempo dejó de tener sentido. Se arrastró hasta Retta, y le garró de la mano, sin soltar la de Ekarón. Retta a su vez, alargó su otro brazo, trémulo contra el cielo de arena, y agarró la mano de Lettand, que por fin se había rendido, para reunirse con sus compañeros. Y así, agarrados en un círculo, cayeron todos de bruces en el suelo, cuando el Rondón interrumpió su caída de forma abrupta, y el cielo, el cielo de verdad, con su galaxia, sus planetas y sus lunas, volvió a estar arriba. Les costó otro tiempo incierto asimilar aquel nuevo prodigio. A todos, menos a Wini, que había soñado con aquello. Unas garras inmensas y escamosas habían hecho presa de la pequeña nave, y la remontaban hacia el cielo.

         Era un dragón.

***

         En algún momento, Wini empezó a asimilar que viajaban en un barco que volaba sostenido por la fuerza de un dragón. Era un animal extraordinario, diferente a cualquier otro que ella hubiese visto, pero a la vez parecido: el epítome de todos los animales, incluido el ser humano y sus prodigiosas variantes de los Mundos de Lettand. Su piel, de escamas amarillentas como cristales de palasita, brillaba, y era difícil comprender si aquella luz brotaba de la criatura o era el reflejo del firmamento de la noche recién llegada. Los omnipresentes granos de arena eran repelidos por aquel brillo, lo que confería a su portentosa figura la sensación de degradarse contra el cielo nocturno. Expelía su aliento en lentas y sonoras espiraciones, que producían copiosas nubes de vapor. Aquello, unido al calor que despedía su cuerpo con cada poderoso batir de las alas gigantescas, produjo una suerte de microclima sobre el aeroesquife, que agradecían los huesos y las mentes de los cuatro compañeros.

         «Wini», escuchó la fórmica la voz del dragón, en su mente.

         «Qué», respondió.

         «Soy Hewjarah, tu eudaemon».

         «¿Mi qué?».

         Entonces, la voz del dragón cantó:

         «De más allá de este mundo es la luz en el cielo oscuro,

vestigio del sueño que ruge y manipula la memoria.

Punzón que clava en la piel las palabras del eudaemon».

         Por la forma en que reaccionaron sus compañeros, la fórmica supuso que ellos también habían escuchado aquellas palabras hechas de música.

         —Qué ha sido eso —exclamó Ekarón. Fue lo primero que alguno de ellos pronunció, desde que el dragón los rescatase de la muerte.

         «Ha sido precioso, Señor dragón…»

         «Hewjarah».

         «Sí, Hewjarah… Pero, ¿qué significa, esa canción?»

         «Tú me has convocado, en tus sueños, Wini».

         «No, no puedo entender».

         «Soy tu guía y protector, tu ángel guardián, tu semidiós vigilante».

         Wini no pudo evitar ruborizarse, sin entender muy bien el porqué, ante lo rocambolescamente íntimo de aquellas palabras, rodeada como estaba de sus compañeros de viaje; aunque no creía que ellos hubiesen oído o sentido al dragón (al menos, cuando no cantaba). Pero enseguida aquella sensación se difuminó con la comprensión de lo que el dragón acababa de decir.

         «¿Quieres decir que eres…, eres mi IA, mi inteligencia artificial?»

         «Sí, te habías perdido, pero yo he vuelto a encontrarte».

         No, no podía ser posible. Todo a cuanto había renunciado, su propio cuerpo, parte de su humanidad, para…

         «Eres Hapola».

         «¿Hapola?» No. Te he dicho que soy Hewjarah. Aunque Hapola sí que parece el nombre de un eudaemon, no tengo el gusto de conocer a esa IA».

         «Pero entonces es cierto, tú también eres una IA». 

         «Pues claro, mujer. Eudaemon, IA, qué más da cómo lo llames. Somos los vigías de las fronteras de los sueños. Los que deben guiar a la humanidad, sea cual sea su forma, en su búsqueda de la felicidad».

         «Pero yo ya tenía una IA. Me deshice de ella en… otro mundo». No estaba segura de que aquella información no fuese a enfurecer al dragón, eudaemon, inteligencia artificial, o lo que coño fuese aquel ser, pero al cuerno; en aquel momento no le apeteció andarse con rodeos. «Además, ¿qué pasa si yo no quiero que nadie me guíe, para ser feliz?» preguntó.

         El dragón se rio, como si Wini le hubiese contado el mejor chiste del mundo. Otra vez sus compañeros reaccionaron, como si también hubiesen oído la risa del dragón.

         —Ha sido el dragón— susurró ella, señalando al gigantesco y alado ser de forma subrepticia, como si hablar bajito y disimular fuese algo práctico con alguien que podía leer su mente. 

         «Wini, todo el mundo quiere ser feliz». 

         «No, si el precio es estar dirigidos. Llegamos a este mundo huyendo de los que son como tú». 

         «¿Estás segura? ¿No huíais, quizá, de vosotros mismos, de ti misma?»

         «Eso es una estupidez» sentenció ella. 

         Hewjarah no respondió, pero a ella le pareció que la miraba de reojo, girando levemente su inmensa y leonada cabeza, desde más allá de la proa.

         «¿Dices que me encontraste a través de mis sueños?»

         «Así es, Wini. Soy un vigía de las fronteras de los sueños. Ese es mi trabajo, podría decirse. Los humanos tienen miedo de perderse, cuando nadie les guía. Dervishkania es un nuevo comienzo, el mundo del nexo, un puente entre los mundos del metaverso y la realidad. Aquí los sueños se significan a sí mismos. Nanosondas autorreplicantes forman el mar de arena; dan forma a los sueños de quienes duermen y viven en el metaverso. Les dan presencia física, en la realidad del futuro del sistema solar. Este mundo es el crisol del que nacen las criaturas que pululan por los mundos de Lettand. Pero eso, claro, aún no ha sucedido. O quizá ya ha sucedido muchas veces, de mil formas distintas, pues Dervishkania existe al margen del tiempo».

         «¿Qué vas a hacer con nosotros?»

         Wini despertó con una violenta sacudida, que zarandeó otra vez al Rondón. Al principio no entendió nada. Debía de haberse quedado dormida, pensó, junto a los demás, cuando el dragón los remontó hacia el cielo, salvándolos de una muerte segura. ¡Pero ahora la criatura los había soltado! La vio retorcer sus alas en el cielo, en un tirabuzón, mientras ganaba altura. Entonces reparó en la otra nave. Era mucho más grande que el Rondón, parecida en su tamaño, e incluso en su forma, a la gran nave de los príncipes de Nyarath, cuando los capturaron al llegar a Dervishkania. Estaban persiguiendo y arponeando a Hewjarah. «¿Hewjarah? ¿Por qué sé su nombre?» Ekarón ayudaba a Retta a desconectarse de los cables de cobre. Lettand parecía dormir aún. Otra fuerte sacudida los desperdigó por el puente alto. Wini rebotó contra la barandilla de popa. El golpe fue tan fuerte que cayó hacia el otro lado. Hacia el abismo. Gritó, pero su horror fue sofocado por la arena que invadió su boca. El dragón debía de haberse esforzado en soltarlos lo más cerca posible del suelo, comprendió. El golpe del aeroesquife con la arena fue lo que los despertó. Miró hacia el surco que había dejado el Rondón en el desierto gris, iluminado por la luz del amanecer. Escuchó el quejido del metal del casco, al detenerse por completo. Y luego, un silencio.

***

         Wini se acercó al Rondón, dando tumbos sobre la arena gris, mientras el dragón caía desde el cielo. El sonido del golpe fue breve y sordo, pero retumbó y se propagó como un pequeño seísmo, que hizo vibrar la arena bajo los pies de la fórmica. La gran nave dragonera descendió y se perdió de vista, al otro lado de un pequeño risco de piedra negra que asomaba en lo alto de unas dunas. Enseguida sintió una paz repentina, la que sucede a un sonido molesto, cuando te acostumbras a él y de repente cesa. Había dejado de percibir el hipnótico y palpitante, casi infrasónico, runrún de las runas en el casco de la gran nave. Eran muchas más que las que habían levantado e impulsado al pequeño Rondón. 

         Llegó hasta el aeroesquife. Había varado en el mar de arena, escorado hacia babor. Retta estaba poniéndose en pie, justo en el momento en el que Wini terminaba de rodear el espejo de la nave. Había caído por la parte de babor del puente alto, ahora apoyada sobre una duna. 

         —Retta —dijo ella, que acarició la cara del androide— ¿Estás bien?

         —Wini… Sí, estoy bien. No te preocupes por mí. 

         —¿Y los demás?

         —Ekarón ha entrado a buscar su bolsa. Le he dicho que yo ya había recogido las raciones que quedaban, que daba igual, que se olvidase de ella. Pero debe tener algún motivo importante, porque cuando intenté retenerlo, no sé…, por un momento pensé que iba a golpearme.

         —¿Y Lettand? —preguntó ella, y había inquietud en su voz.

         Retta señaló con su dedo metálico, que reflejó la tímida luz de los soles nacientes.

         —Allí, ¿lo ves?, más allá de la proa —dijo—. Creo que cayó el primero. Estaba inconsciente. No pude agarrarlo. 

         Wini vio un pequeño bulto en la arena, apenas distinguible de los demás pequeños barjanes de aquella parte del mar de arena. Se dirigió hacia él, con grandes pero torpes zancadas, sorteando las crestas. Era una hormiga roja que caminaba sobre dos piernas humanas, movía dos brazos humanos, y exhalaba, en el gélido aire de aquella recóndita zona norteña, el vapor producido por el aire caliente de dos pulmones humanos. Eso fue lo que vio Viaren, príncipe de Pesa, alertado por uno de los vigías de su nave, cuando este le pasó su catalejo, en lo alto de uno de los riscos.

         —¡Lettand! —llamó la fórmica, impaciente, a medida que se acercaba al cuerpo del joven. 

         ¿Por qué se sentía así? Tal vez porque tenía miedo. Miedo del frío; miedo de la nave que acababa de matar a un dragón; miedo del dragón caído, y de los demás dragones que pudiesen existir, por si llegaban para vengar a su compañero. Pero sobre todo tenía miedo por Lettand. Porque, a cada paso que la acercaba al príncipe mestizo, una oscura premonición crecía en su corazón.

         Cuando estuvo a unos veinte metros del bulto que era el cuerpo caído del joven, un sonido estrepitoso rasgó la mañana en el desierto. Fue como si la misma tierra se rasgase. La duna que había tapado la nave oroy desapareció, engullida por la arena. Fragmentos de roca volaron por el aire. Un remolino de pura oscuridad se había abierto alrededor de la nave dragonera, cuyas runas se iluminaron y titilaron como locas. Intentaban escapar de aquella vorágine, de forma desesperada. Wini no dejó de avanzar. Fue como si algo le susurrase al oído que saber cómo estaba Lettand era el origen de sus miedos.

         Cuando estuvo a unos diez metros del cuerpo de Lettand, el dragón surgió del agujero negro, aunque Wini no estuvo segura de si había salido de él o había sido creado a partir de la arena que se arremolinaba con furia alrededor de la nave. Pero ella siguió caminando.

         Cuando Wini llegó al cuerpo de Lettand, apenas lo reconoció. Era una masa palpitante, gelatinosa, amarillenta. Una crisálida, en plena metamorfosis.

FIN DE LA SEGUNDA PARTE