Trilogía de los Singulares. Libro I, Soles extraños. Primera Parte.

Capítulo 1

         Registro de las respuestas, recuerdos y pensamientos del personal de la Perseverance. Día cuatro. Damian Frit.

         —Taylor Vail siempre fue diferente a los demás miembros de la tripulación. 

         —Sí, lo cierto es que sus ideas eran muy originales; extrañas, incluso. Que eso tuviera que ver con su posterior desaparición, y con todo lo que pasa aquí, en Acantha… Miren, me parece que no están preguntando a la persona adecuada. Yo solo soy un técnico. De verdad, este asunto se me escapa por completo. No sé qué conclusiones esperan sacar.

         —¿Peligrosas? Bueno, yo no sé si diría tanto. ¿Son peligrosas las ideas, por ser originales? Después de todo, los humanos tenemos libre albedrío, ¿lo sabían?

         —¿Me pregunta que cuándo empecé a darme cuenta de lo diferente que era? Bueno, tuvo que ser en algún momento de mi primera guardia, durante el año que estuvimos juntos, en el primer tercio del viaje. Acabábamos de dejar atrás el sistema estelar de Alfa Centauri. Espere, accederé a ese banco de memoria. Supongo que querrán verlo. 

         —Aquí. Esto les puede interesar, pero ya les digo que no sé de qué les va a servir… Vale, vale, está bien. Ustedes saben lo que buscan. Por supuesto, es su trabajo, no el mío.

***

         —No estoy de broma, Damian. Tú solo piénsalo por un momento. No te digo que me des la razón, solo que no te cierres en banda, y pienses un poco en ello. ¿No te parece todo demasiado perfecto?

         —Todo son muchas cosas, Taylor. Si quieres que te siga el juego, concreta un poco, anda.

         Los dos estamos sentados en la sala de control de la Perseverance. Taylor, Winifred y yo somos las únicas personas despiertas en la nave. El resto de la tripulación permanece en estasis en las cápsulas de criogenia. Los turnos están calculados al minuto, para que el efecto de la dilatación temporal sea el mismo para todos los miembros de la tripulación, cuando finalicemos el viaje en Acantha. Wini pone los ojos en blanco ante la nueva reflexión de Taylor. Se pone de pie y va hacia la “cafetera”. Llamamos así a la impresora molecular de bebidas, porque todos la usamos solo para tomar café. Todos menos Taylor, claro.

         —La negación de la singularidad, para empezar. ¿Cómo estamos tan seguros de que nunca existió?

         Oh, Dios mío.

         —Wini, otro para mí, por favor —grito a nuestra compañera—, o no sé cómo voy a soportar otro minuto de guardia junto a este tío.

         Taylor suelta una risita. 

         —Eso es lo que siempre nos han hecho creer, Damian, que superamos la singularidad, porque fuimos capaces de fusionarnos con la Inteligencia Artificial. Y que por eso las IAs nunca se rebelaron, por eso no nos controlan. Porque somos todo uno, mente y máquina. Pero…

         —Sí —le interrumpo—, donde esté la máquina, la persona. Donde esté la persona, la máquina —digo, enunciando el axioma universal sobre la unificación de la mente humana y la IA—. La piedra angular sobre la que se asienta la nueva era humana, a partir de la conquista de la supercomputación cuántica.

         —Ya —dice Taylor—, pero ¿y si no fue así?

         —Pero por qué no iba a serlo. Estamos aquí, ¿no? Tú, yo, Wini —digo, señalando a la mujer, que llega y me ofrece uno de los cafés—. Haciendo lo que queremos, Taylor, fíjate.

         —Estás tan seguro.

         —Pues claro que lo estoy. 

         La conversación empieza a aburrirme un poco. Me sumerjo en una holonovela, aunque una parte entrenada de mi consciencia permanece atenta a las señales en las pantallas de las consolas, al aroma a café que nos envuelve, a las tinieblas más allá del brillo de las pantallas y al débil zumbido de la nave.

         —Pues no deberías.

         Señor, por qué a mí.

         —Joder, Taylor. Por qué, dinos, ilústranos. Por qué no debería pensar que somos libres de hacer lo que queramos. Mira, Wini acaba de levantarse a hacer café, en pleno turno de guardia —digo, con tono burlón.

         —Ja. No seas crío, Damian —suelta Taylor.

         —A mí no me metas —dice Winifred, casi al unísono. Ella gira su asiento para darnos la espalda, mientras sorbe de su taza. Yo me quedo mirando a Taylor.

         —Todo es demasiado bueno —dice Taylor—. ¿No te das cuenta? No existen el crimen ni las guerras. No hay enfermedades, no hay paro. Y, lo más desconcertante de todo, ni una sola pista sobre la existencia de civilizaciones extraterrestres, ahí fuera. Todo demasiado conveniente, para nosotros, yo diría. Yo, o cualquiera que se pregunte qué está pasando aquí. ¿Y sabes por qué?

         Está claro que es una pregunta retórica, pero le respondo:

         —Porque hemos evolucionado. El progreso científico y tecnológico nos libraron de las cadenas de nuestra biología. Dejamos atrás las debilidades de nuestros padres. Y en cuanto a los extraterrestres, Taylor, nadie niega ya que existan. Solo que aún no nos hemos topado con ellos. El espacio es muy grande, y nosotros muy pequeños, y apenas hemos empezado a mirar ahí fuera. Ya sabes. Lo que aprendimos en el colegio, compañero.

         —Por supuesto, pos supuesto. Pero ¿y la disensión? 

         Alzo una ceja. Se produce un breve silencio, solo interrumpido por el sempiterno zumbido de la nave, algún bip ocasional, y los sorbidos del café de Wini.

         —¿Recuerdas la última vez que decidiste algo por ti mismo? —Continúa Taylor.

         —Qué tontería. Pues claro que sí —respondo.

         Silencio.

         —¿Qué? 

         —¿Qué qué?

         —Que cuándo fue la última vez que decidiste algo por ti mismo.

         Diablos.

         —Ahora mismo, Taylor. He decidido poner fin a esta tontería de conversación. ¿Te sirve eso?

         —Vaya, qué conveniente, ¿no? Pero ¿lo has decidido tú, o lo ha decidido ella por ti?

***

         Congelo la imagen, ante un gesto de mis interrogadores. 

         —Ella. Mi complemento de Inteligencia Artificial. Mi implante neuronal IA. Todos los humanos modernos nacemos con el implante, que forma parte de nuestro propio ADN modificado. La IA es la evolución de nuestros teléfonos móviles del pasado, una interfaz de comunicación entre cada individuo y el mundo, y con el resto de la gente. Somos seres de pensamientos en continua interacción en la Red. Aunque ahora mismo estoy aquí, puedo atender a distintas conversaciones y realidades, en distintos tiempos y lugares, de la mano de mi IA.

         —Pero soy yo quien manda sobre mi IA, no al revés. Miren, las IA posibilitaron la verdadera democracia. La democracia directa.

         —Sí, nunca hemos gozado de mayor bienestar y libertad, y por eso estoy seguro de que Taylor se equivocaba. Aunque, si me permiten la observación, no sé en qué les atañe esto a ustedes. Qué diablos son, ¿extraterrestres, o se supone que son las IA de las sondas que enviamos a Acantha? Esta conversación no tiene ningún sentido.

         —Está bien, está bien. Nada de observaciones. Joder.

         —Claro que supongo que no es lo más normal, encontrarse con alquien así en una situación tan delicada, en una misión destinada a encontrar un nuevo mundo para la especie humana. Y quizá por eso no quise darle importancia al principio, como si negarlo ocultase lo peligrosas que eran las observaciones de Taylor… 

         —¿Quieren que reactive el recuerdo? ¿Algún otro?

         —Está bien. No se preocupen, seguro que me vuelven a encontrar aquí, cuando regresen. ¿Saben qué?, estoy cómodo. No voy a ir a ningún sitio.

***

         Registro de las respuestas, recuerdos y pensamientos del personal de la Perseverance. Día seis. Winifred Battaglia.

         —Sí, mi nombre es Wini, Winifred Battaglia.

         —Nos dimos cuenta enseguida. Acantha no era lo que habíamos soñado.

         —Porque esas cosas se notan. 

         —Claro que me tomo esto en serio.

         —Parece como si las sondas autorreplicantes no hubieran hecho bien su trabajo, por increíble que suene eso, en mi opinión. O bien algo o alguien las ha reprogramado con un pésimo gusto.

         —Las enviaron unos ciencuenta años antes de que la Perseverance partiese del sistema solar, desde la luna Phobos, en Marte. Su misión era tejer una red de comunicaciones superlumínica, mediante enlace cuántico, a la vez que sembrar los mundos a los que íbamos a viajar en el futuro, cuando la tecnología de la propulsión dual por fusión y antimateria de la Perseverance estuviese lista. 

         —Sembrar con nanobiotecnología, claro, ¿qué si no? Ya saben, nano, micro y finalmente, macro robots. Los ladrillos de construcción básicos para hacer esos mundos habitables para nosotros. 

         —Sí, las sondas tardarían siglos en extenderse lo suficiente y en preparar todos esos mundos. Pero la tecnología de la Perseverance nos impulsaría a más de dos tercios de la velocidad de la luz. Así que cuando llegásemos a Acantha, por el efecto de la dilatación temporal, ya habrían pasado todos esos siglos para nosotros. Ya todo estaría preparado. 

         —De acuerdo, accederé a mis recuerdos de la llegada. Esperen un momento.

***

         «Wini, has de presentarte en la sala de control, ya mismo». 

         «¿Ya?» le respondo a mi IA. «Acabo de salir de la criogenia. Mierda. Casi no me tengo en pie. ¿A qué tanta prisa?» 

         «Algo no ha salido bien. Están llamando a todos a sus puestos. La Perseverance acaba de terminar la aproximación en subluz, y está efectuando un aterrizaje de emergencia. Algo ha afectado a nuestros motores. Será mejor que lo veas por ti misma». 

         Entonces Hapola, mi IA, me pasa las imágenes. Nada que se parezca al mundo idílico que se nos había prometido. 

         —Santa Galaxia… ¿Qué es eso? —Exclamo en voz alta, mientras me dirijo dando tumbos hacia la sala de control central, a través de las rampas móviles, y los tubos de succión gravítica.

         Cuando llego lo veo junto a todos los demás que están ya allí reunidos, en las pantallas holográficas. Es como si la bruja del bosque hubiese lanzado un malévolo hechizo para hacer crecer sin control las malas hierbas en Camelot, pero a escala planetaria. Cada una de las estructuras a las que habíamos dado forma en nuestros sueños, en nuestros proyectos, está deformada, retorcida y carcomida en ángulos y espirales imposibles. Un gigantesco muro de espinas pétreas se extiende del suelo al cielo, iluminado por la moribunda luz de dos soles.

         —Wini —me llama alguien. Es Damian. Coincidimos en nuestro primer turno de guardia. Hicimos el amor. No había mucho donde elegir; estaban él y Taylor, y Taylor estaba zumbado. Vamos, que hay cierta conexión. 

         —Hola Damian —le saludo, sin poder ocultar el nerviosismo de mi voz. ¿Sabe ya alguien qué ha pasado aquí?

         —Solo conjeturas. Se habla de un fallo en la programación de las sondas.

         Le miro a los ojos. Resulta evidente que ninguno de los dos cree en esa posibilidad. 

         —Venga ya —digo, materializando mis pensamientos en palabras—. ¿Un fallo en la programación? No me jodas, Damian, tú no crees eso.

         —No. Pero qué alternativa… 

         —Extraterrestres, Damian. Qué si no.

         —Pero no puede ser —dice él, con los ojos como platos—, habíamos estudiado este planeta.

         —Puede que no tan bien como debiéramos. Tenía que pasar, antes o después. 

         —No, tiene que haber otra explicación… —Se interrumpe cuando la nave da un bandazo, y ambos y casi todos los presentes salimos rodando en diferentes direcciones.

         Apenas me he incorporado cuando las IA lanzan un mensaje de alerta general, por el canal común: 

         «Alerta, alerta. Estamos bajo ataque de una civilización hostil. Alerta, alerta. Estamos bajo ataque de una civilización hostil. No es un simulacro. No es un simulacro».

***

         La extraña luna resplandecía roja en la noche. Winifred se estremecía en el camastro de su celda, incapaz de dormir, por quinta o quizá sexta noche consecutiva. Ya estaba a punto de perder la cuenta, si no también la razón. Eran prisioneros de aquellos horribles seres policromados y quitinosos. Las peores pesadillas del hombre acababan de cobrar forma ante sus ojos. Extraterrestres, seres monstruosos, con rostros insectoides, desprovistos de todo asomo de humana compasión, habían capturado a la Perseverance y a todos sus tripulantes.

         Fueron retenidos desde el primer momento, al principio en sus propias estancias dentro de la nave, y entrevistados por protocolos IA estándar. Pero fuese por la propia imaginación demasiado ingenua de la mujer, o porque su IA había querido suavizar el horror de una verdad demasiado pronto revelada, Winifred nunca fue capaz de anticipar el horror que estaba a punto de ocurrirles.

         En el camastro de su pequeña celda, la mujer no podía quitarse de la cabeza los gritos inhumanos de Damian y los demás, cuando les iba llegando el turno en la macabra ceremonia que los insectoides llevaban a cabo con ellos, cada día. Les arrancaban los implantes neuronales, sus IAs, de forma bestial, mientras los sostenían allí de pie, delante de todos. Algunos se desplomaban, muertos. Otros quedaban catatónicos, sus mentes incapaces de procesar tanto dolor. 

         Ella esperaba su turno, con espanto y horror. Preguntaba, demandaba, chillaba a su IA: «Por qué, por qué, por qué… cómo ha podido ocurrir esto, por qué, por qué, por qué…». Pero no obtenía ninguna respuesta. Su IA se había ido. La había abandonado, en el peor de los momentos.

         Desconectada de toda realidad, más sola de lo que jamás había imaginado que una persona pudiese estarlo, Winifred esperaba, seca ya de lágrimas, a que llegase su turno. Pero su turno nunca llegaba. 

***

         En algún momento de la noche siguiente, cerca ya del alba, algo sacó a la mujer de su intermitente duermevela.

         Al principio maldijo lo que fuera que la arrancó del descanso que su cuerpo y su mente tanto necesitaban. Enseguida, sin embargo, su yo consciente logró abrirse paso entre las brumas del cansancio y el olvido. Cuando su cerebro terminó de procesar el significado de aquel sonido, la adrenalina hizo su efecto. Winifred se irguió, completamente alerta. Algo o alguien había abierto la puerta de su celda. Nunca la habían abierto durante la noche.

         Se levantó del camastro con cautela y se deslizó hacia la puerta, procurando no hacer ningún ruido. Le resultó bastante difícil, pues le dolían todos los músculos del cuerpo. Permaneció a un lado de la entrada, intentando discernir algo en las tinieblas que se adivinaban más allá del resquicio abierto. Prestó atención al más mínimo sonido. El tiempo que pasó así le pareció interminable, aterrador. Tanto por la posibilidad de que la puerta se cerrase de golpe, disipando de forma cruel el hilo de esperanza al que acababa de aferrarse, como por lo que pudiese aguardar al otro lado. Por fin, se armó de valor, y salió.

         De inmediato una sombra se abalanzó sobre ella. Una garra dura y fría sofocó su aliento, asfixiándola. No pudo luchar contra aquello. No tenía fuerzas. Se vio arrastrada hacia las sombras, durante un tiempo que no supo medir. Luego pasó a formar parte de ellas.

***

         —¿Estás bien?

         La voz llevaba un tiempo hablándole, pero aquellas dos palabras fueron las primeras que su mente pudo procesar. Entonces Winifred abrió los ojos. Uno de aquellos monstruos, con forma humana, pero de rostro y rasgos fórmicos, se erguía ante ella. La mujer se orinó encima. 

         —Tranquila. No pasa nada. No voy a hacerte daño.

         Ella no contestó. Se impulsó hacia atrás, con los codos y las piernas, procurando alejarse de aquel ser.

         —¿Puedes entender lo que te digo? No voy a hacerte daño. Sé que debo resultarte monstruoso, pero lo que he hecho es rescatarte. Te he sacado de tu prisión. ¿Entiendes?

         Winifred intentó pensar, y acompasar los latidos de su corazón, que amenazaba con salirse de su pecho. No quería morir allí por un fallo cardíaco, si es que no acababa con ella aquella criatura. Por fin, mientras recuperaba un poco la compostura, empezó a sentir algo más que puro pavor. No era esperanza. Era curiosidad. Pero ese nuevo sentimiento bastó para amortiguar un poco el miedo.

         Por primera vez reparó en el lugar en el que se encontraba. Una cúpula se levantaba desde el suelo, sobre ella y la criatura insectoide. Le resultó extrañamente familiar. Winifred había participado en el diseño de los primeros edificios que acogerían a los humanos de la Perseverance, cuando llegasen a Acantha. Pero aquel lugar era una burla de su diseño. Un disparate arquitectónico, en el que las formas puras de lo esférico estaban tan retorcidas como las ecuaciones que hubieran sido necesarias para explicar esa locura. Unos pocos muebles de aspecto espartano y algunas interfaces táctiles y holográficas se esparcían por el lugar. En el perímetro de la cúpula había una especie de pórticos medio oxidados, más allá de un vasto suelo metálico, plagado de polvo y cristales rotos. El primer sol de la mañana se levantaba al otro lado de los ventanales. Hacía frío.

         —¿Entiendes lo que te digo? —Insistió el monstruo, con una voz gutural, inhumana.

         —Sí —dijo ella por fin, con una voz que le sonó igual de extraña. Hacía muchos días que no pronunciaba una palabra—. Sí— repitió.

         —¿No te preguntas por qué?

         —¿Qué… qué quieres decir?

         —Te preguntarás por qué no te han arrancado todavía tu implante neuronal, como al resto de tus… compañeros.

         Lo cierto era que Winifred sí se lo preguntaba. Pero no respondió. En ese momento solo pudo sentir una oleada de odio, que casi consumió las pocas energías que le quedaban.

         —Tu IA no funciona. Lo sabemos. Estás sola. Por eso no era necesario arrancártela, de momento. Lo más útil era estudiarte primero, sin quitártela. Debíamos entender por qué tu IA había dejado de funcionar. Yo les convencí de ello.

         Había algo que no cuadraba para Winifred, en todo aquello. Embotada como estaba, tardó un poco en darse cuenta. 

         —Pero…

         —¿Qué…?

         —Pero puedo entenderte. 

         —Sí. Es mi voz lo que escuchas. No hacía falta ninguna IA para entendernos. Hablamos vuestro idioma. 

         —No. No puede ser. ¿Cómo es posible? Sois…

         —Extraterrestres, cierto. Pero no inhumanos. Posthumanos. Somos posthumanos.

         En ese momento Winifred empezó a oir ruidos y voces guturales, procedentes de algún lugar bajo el suelo.

         —Nos han descubierto —dijo el hombre hormiga—. Tenemos que huir. Levántate.

         —No.

         —No seas estúpida. Era cuestión de tiempo que descubriesen lo que he hecho. Ya vienen a por nosotros. No te he traído aquí porque sí. Tengo un plan, conozco una salida. Vamos, ven conmigo.

         —Por qué. Por qué haces esto. 

         —Soy el líder de una quinta columna. Nosotros no queremos haceros daño, pese a lo que hayáis hecho en el pasado. Queremos aprender cosas de vosotros.

         Pese a lo que hayáis hecho.

         —Y qué hemos hecho —replicó ella, tozuda, todavía en el suelo. Pero entonces sintió algo nuevo: todo su ser, su propio instinto de supervivencia, adormecido durante toda una vida guiada por su IA desaparecida, le gritó: ¡Ponte en pie! ¡Sal de aquí! Sin embargo… ¿con aquel ser?

         —Por la Galaxia, humana, no hay tiempo para esto ahora. Te lo explicaré por el camino.

         Winifred se levantó por fin.

         —Vamos, por aquí —dijo él.

         Tarde. Una tropa de hombres hormiga irrumpió desde una escotilla en el suelo de la cámara. Winifred sintió que iba a desmayarse. El monstruo la agarró con una de sus garras y casi la arrastró en volandas y a la carrera, hacia uno de los pórticos de la cúpula. Gritó, al comprender la estrategia suicida de su rescatador: saltar al abismo. Entonces el hombre hormiga y la mujer se convirtieron en polvo, barrido por el viento.

Capítulo 2

         Un extraño ser entró en la habitación. Se entretuvo durante un rato en la manipulación de diferentes artilugios; cosas de aspecto biológico, que se deshacían en polvo, y otras que aparecían como de la nada, sostenidas en el aire entre sus manos peludas. Tenía unos globos multifacetados por ojos, más parecidos a los de los seres fórmicos de Acantha que a los de cualquier humano o mamífero en general, pero su cuerpo era el de un primate.

         El hombre mono con ojos insectiles agitó dos dedos en el aire. Un frasco se materializó en su mano, como por arte de magia. Contenía un líquido azul fosforescente. Lo miró con actitud crítica, lo agitó en el aire, ladeó la cabeza y soltó un sonoro chasquido de disgusto. Por último, el ser abandonó la estancia, dejando de nuevo a la mujer sola con sus pensamientos.

         Winifred había llegado a una conclusión inequívoca: estaba dentro de una realidad virtual. Había tenido tiempo para pensar, allí tumbada en la cama de aquella estancia de paredes metálicas de tonos cobrizos, entre sueño y sueño. Y esa era la mejor idea a la que había llegado. Nunca había abandonado el sistema solar en la Perseverance. La habían engañado. Por eso su IA no funcionaba. Aquello, sin duda, formaba parte del juego. Porque estaban jugando con ella, eso estaba bien claro. Aunque… todo parecía tan real. ¿Era tan bueno, tan real, el metaverso?

         El metaverso. Cuando los habitantes del sistema solar cumplían doscientos años, eran obligados a elegir entre dejar atrás su cuerpo físico y trasladar su mente al metaverso, o abandonar el sistema solar en una nave interestelar, para no volver jamás. Winifred siempre había detestado la idea del metaverso. La realidad virtual era, para ella, una mentira virtual. Así que cuando le llegó el aciago momento de despedirse de su vida en el sistema solar (doscientos años eran muchos, pero pasaban en un suspiro, sobre todo cuando la ciencia médica, de la mano de la nanotecnología, permitía que te mantuvieses joven y sano durante todo ese tiempo), la mujer no lo dudó. Eligió las estrellas.

         Pero ¿Y si todo había sido una simulación, desde el principio? O quizá la simulación había empezado en el momento en el que se abandonó a la inconsciencia, en la cápsula de criogenia. Todo aquello era una locura, cierto, pero en ese momento aquella locura era lo menos loco que se le ocurría, para explicar la serie de desgracias e infortunios dignos de un holo de ciencia ficción pulp en que se había convertido de repente su vida.

         Llegada a esa convicción, ya no le resultó tan extraño mirar por la ventana circular de la habitación y ver aquel paisaje crepuscular, de inmensos edificios recortados contra la luz de un sol rojo. Aquello no era Acantha, ni nada que se le pareciese. ¿Cómo era posible? Winifred sentía una especie de resignación fatalista, porque siempre había imaginado el metaverso como una prisión para toda la eternidad. Pero al menos sintió que recuperaba un poco las riendas para manejarse en medio de toda esa locura.

         El hombre mono entró otra vez en la habitación. Esta vez fue hacia ella.

         —Ah, veo que estás ya despierta. Toma, bébete esto. 

         Winifred dudó. Pero qué demonios. Todo era virtual ¿no?, así que tomó el frasquito de la mano del hombre mono, y se lo bebió entero.

         —Bien, buena chica. Esto te hará bien.

         El homínido espacial se acercó una silla, se sentó y miró a Winifred con sus desconcertantes ojos. Dijo:

         —Estoy seguro de que tendrás unas cuantas preguntas.

***

         Winifred se debatió entre el casi irreprimible deseo de burlarse de aquel mono de fantasía, o bien seguirle la corriente. Enseguida se dio cuenta, sin embargo, de que la primera opción podía terminar en un ataque de histeria violento e incómodo para ambos. Una histeria que, pese a todos sus esfuerzos, notaba ya palpitar en su interior. Así que al final optó por lo segundo.

         —La verdad es que sí, ardo en curiosidad, señor, ehm…

         —Gnash, Tobias Gnash, a vuestro servicio.       

         —La verdad es que sí, señor Gnash —dijo Winifred, sin saber muy bien cómo comportarse ante aquel ser.

         —Confío en que te sentirás descansada. Como verás, te hemos aseado y quitado tu viejo uniforme espacial.

         —Sí. Mucho mejor, gracias. El camisón es precioso —dijo ella, con tono neutro.

         —Esto no es una fantasía, Winifred. No estás en el metaverso. Es importante que lo sepas, antes que nada. ¿Me crees?

         —Pero, cómo… —dijo ella, con voz queda, aunque enseguida recobró la compostura—. Espere. ¿Pueden leer mis pensamientos?

         —Ah, eres sagaz, muchacha. Lo cierto es que sí. Puedo. Verás, tu implante IA, espero que no te moleste, pero…

         —¿Funciona? —Preguntó ella, alzando la voz, con la esperanza reflejada en su rostro.

         ¿Se le había podido pasar por alto algo tan básico?

         «Hapola, ¿estás ahí?, ¡Hapola!».

         Silencio.

         —Oh no, no. Mucho me temo que tu IA sigue desaparecida, querida. Pero al menos he conseguido escucharte, aunque tu IA no pueda hacerlo. Yo sí que puedo. Es un avance, ¿eh?

         El gesto de Winifred cambió por completo. Se retrajo de nuevo en sí misma.

         —¿Y qué le hace pensar que eso me parece bien, señor Gnash? —preguntó la mujer, muy seria, casi escupiendo el nombre del mono. 

         Winifred llegó a creer que aquel ser retrocedía unos milímetros, ante lo helado de su tono de voz, cuando hizo aquella pregunta. Pero enseguida, ante la respuesta de este, pensó que habían sido imaginaciones suyas.

         —Oh, no pretendo inmiscuirme en tus interioridades, nada más lejos de mi intención, querida muchacha. Solo eran unas pruebas, unas pruebas, nada más. Pero no he podido evitar reparar en esos pensamientos tuyos, y quizá haya sido una suerte, compréndeme, porque son peligrosos, oh sí, muy peligrosos. Pero ya está, terminada la comprobación, no volveré a inmiscuirme en tus pensamientos. Palabra de Tobias.

         Se produjo un silencio, apenas perturbado por el sonido de los aerocoches que pasaban cerca de la ventana de la habitación. Winifred observó cómo se perdían en la distancia, rumbo a los inmensos edificios y al sol rojo de aquel lugar.

         —Si esto no es el metaverso —dijo—, dónde estamos. Y cómo he llegado aquí.  

         —Vístete, joven, encontrarás ropa de tu talla en ese armario. Te espero fuera. Hay algo que quiero enseñarte.

***

         Registro de las respuestas, recuerdos y pensamientos del personal de la Perseverance. Día uno. Arkady Payet.

         —Mi nombre es Arkady Payet, primer comandante de la Nave de Exploración Extrasolar Perseverance.

         —Me niego a facilitarles… 

         —¡Arghhh!…

***

         —Mi… Mi nombre es, Ark-Arkady Payet. P-primer comandante de la Nave de Exploración Extrasolar Perseverance.

         —Sí. Yo… yo empezaría… Yo empezaría por Damian Frit y Wini Battaglia. Ellos dos fueron los compañeros de guardia de Vail, antes de su desaparición. Fueron los últimos en verle con vida.

         —No, nunca se encontró su cuerpo.

         —Su cápsula fue expulsada al espacio.

         —No, no sé en qué momento.

         —No hubo último turno de guardia. Técnicamente hablando. Los tres miembros del último turno fueron asesinados durante su primera noche.

         —Me cuesta… me cuesta creer que pudiera haber sido Taylor Vail el responsable, pero he de admitir que sí, que cabe esa terrible posibilidad. 

         —¿Por qué? Decían que estaba loco. Yo no quise creerlo. Ninguna IA permitiría algo así.

         —Pero decidme por qué queréis saber todas estas cosas. Quiénes sois, por favor, necesito saberlo. Quiénes sois, qué sois. Por qué hacéis esto.

         —Está bien, está bien. Pero por favor, no les hagáis daño a los demás.

         —Yo, debería haber estado despierto. Debería haber salido antes de crío. Me confié. 

         —Cuando llegué a la sala de control ya estaban muertos. 

         —No lo sé. No sé cuánto nos desviamos. Saqué la nave de su trayectoria. Alguien la había saboteado. Se dirigía a un agujero negro. Sé… Sé que no estamos en Acantha. Pero no tiene por qué importar, ¿verdad? Aún podemos formar un hogar, aquí. Cooperaremos. Hay sitio para todos.

         —Entre cien y trescientos años estándar, más o menos. Eso era lo calculado para el viaje. Quinientos, en el peor de los escenarios posibles, para llegar a Acantha. Hablo de tiempo galáctico, en años terrestres, claro. Para nosotros, no más de cincuenta años de viaje, aunque cada miembro de la tripulación envejecería solo un año.

         —Díganmelo, por favor, ¿Cuánto tiempo ha pasado?

         «Más de veinte mil años… Dios mío».

***

         La última grabación terminó. Las luces de la pequeña sala de proyección en la que se encontraban volvieron a encenderse. 

         Winifred dijo:

         —Y esto… —Tosió—. Esto te lo entregó el ser que me trajo aquí…

         —Sí, Gortax, el fórmico. Él quería que lo vieras.

         La mujer se sentó. No era algo que el extraño mono no le hubiese aconsejado antes de ver las grabaciones, pero ella no le había hecho caso. 

         —Muchacha, entenderé…

         —Deja ya de llamarme así, mono peludo —explotó—. No soy ninguna muchacha, joder. Tengo más de 200 años. 

         —El “mono” se sentó en otra butaca, a cierta distancia de ella, sin dejar de observarla.

         —Lo siento —Se disculpó Winifred. Se llevó el rostro a las manos. 

         Permaneció así mucho tiempo, sin levantar la vista de la moqueta. ¿Quién era ella? ¿Había existido alguna vez, en el sistema solar? Lo sentía todo tan lejano, como si aquello hubiera sido solo un sueño, y el extraño mundo donde estaba ahora, la realidad.

         —Cómo es posible —dijo por fin, tras un largo silencio. Lo dijo para sí misma, pero Tobias Gnash respondió:

         —Según Gortax, por los análisis efectuados por los fórmicos en vuestra nave, la Perseverance se desvió de su rumbo y se acercó demasiado a un agujero negro. Al final llegasteis a un mundo, pero no era Acantha; era otro planeta, mucho más lejano, llamado Aldruthcia por sus habitantes.

         La mujer no dijo nada.

         —Verás, eso explica las otras cosas que no entiendes, cómo llegaste aquí, todo eso —siguió hablando el mono—. Pues, veinte mil años, es mucho tiempo. La galaxia ya no es lo que una vez fue, cuando tú partiste de tu estrella madre. Hoy en día, cualquiera que sepa un poco de tecnomancia puede manipular la materia oscura para abrir portales que comunican lugares situados en estrellas remotas. Eso es lo que hizo Gortax, ¿sabes?

         —Por eso ya no está.

         —¿Quién, tu IA? Es una posibilidad. Pero no es del todo…

         —Sí, Hapola —lo interrumpió ella, sin escuchar—. Tiene que ser eso. Por eso ya no está. Seguramente todas las IA dejaron de existir, hace ya mucho. Santa Galaxia… Estoy sola. 

         —¿Qué fue de la humanidad? —Preguntó Winifred, al cabo.

         —La tienes delante, mujer. Yo soy lo que queda de la humanidad, y Gortax, y muchos otros seres. Pero si te refieres a gente como tú, como erais antes los humanos… No. Por cierto, no soy un mono. Soy un garlati.

         Winifred no quiso oír más. Se levantó, como impulsada por un resorte.

         —Tengo que encontrarlos. Mis compañeros. No todos murieron, ¿verdad? 

         El mono se la quedó mirando en silencio, durante un tiempo que a la mujer le pareció demasiado largo. Demasiado amargo. Al fin, dijo:

         —Hablaré con Gortax, a ver qué puede hacerse. Te lo prometo.

Capítulo 3

         Pasaron los días y con los días las estaciones, que eran la única forma de que la luz variase en Ramark. Ramark era un mundo que orbitaba una estrella enana roja, a la que ofrecía siempre su misma cara. Era un mundo sin días y sin noches, o, mejor dicho, con un día y una noche eternos. Cuando llegó el invierno, apareció en los cielos de Crepúsculo, la zona geográfica donde vivían, una pequeña estrella blanca, apenas más luminosa que la luna de la olvidada Tierra. Al principio Winifred se asustó, temiendo un terrible acontecimiento celestial; pero Tobias, el garlati (que era la especie predominante en Ramark), le explicó que no debía tener miedo. Aquello era Menmen, el sol del invierno. 

         Pasaron los días, y Winifred se maravilló de la extraordinaria capacidad de la mente humana para adaptarse a los cambios. O quizá sea más correcto decir que se asombró de su propia mente, pues ya no tenía otros humanos a los que compararse. Al principio echó terriblemente de menos a Hapola, su IA, que había estado con ella durante toda su vida, desde su nacimiento en un útero artificial, en el lejano sistema solar. Pero Tobias se portaba bien; siempre se preocupaba de que a ella no le faltase de nada. Era solícito a la hora de responder a sus preguntas y de enseñarle las costumbres de Ramark. Poco a poco Winifred fue interesándose por la historia y la cultura de aquel mundo, y de todo cuanto había más allá. 

         Aprendió a manejarse con los rudimentos de la tecnología de los Mundos del Pacto (entre los que se contaban Aldruthcia y Ramark), lo suficiente incluso para empezar a contribuir con sus propias habilidades como diseñadora de hábitats. Si aquello era el metaverso, cuestión que al principio la atormentaba bastante (por más que le hubiera dicho Tobias), quizá el metaverso no estaba tan mal. Pero no, no podía serlo. Después de todo, ¿por qué iba el metaverso a imaginar una historia tan intrincada para ella, en la que Winifred fuese la única humana viva? 

         Una vez, pocas semanas después de su llegada, le volvió a plantear el tema del metaverso a Tobias. «En serio, mujer, que yo sepa, esto —había dicho él, haciendo un gesto con sus manitas de mono que lo abarcaba todo— es la realidad. Y aunque no lo fuese, yo te seguiría diciendo que lo es, porque formo parte de ella. Así que no le des más vueltas. Si tú lo sientes como real, es real, y punto».

         Aprendió algunas otras cosas del garlati, a través de preguntas que ella le hacía, cuando caía en la cuenta de ciertas cuestiones. Aprendió, por ejemplo, que lo ilusorio y lo real (de la mano de la tecnología informática de la época) estaban tan inextricablemente entrelazados que era inútil preguntarse dónde empezaba una cosa y terminaba la otra. Por eso podían entenderse perfectamente, en cualquier planeta o región de los Mundos del Pacto, dos personas diferentes, fuera cual fuese su aspecto, lengua o fonía. Prácticamente todo, en aquella época, era el resultado de un diseño previo. La realidad estaba pintada, por decirlo de algún modo. Aunque había que tener un estricto control de las reglas subyacentes para poder moldearla. Esa, le enseñó Tobias, era la forma de pensar a la que tendría que adaptarse Winifred, para lograr convertirse en una gran diseñadora de hábitats en Ramark.

         Así era la vida de Wini en aquellos días. Pero, a pesar de las apariencias, no era feliz. Un día, recién comenzada la primavera, la mujer se sintió preparada para conocer a más gente de aquel mundo, y no verla solo en los holos, y así se lo hizo saber a Tobias. Pero él la disuadió de ello. Le dijo que tenía que entender que los humanos eran algo legendario en los Mundos del Pacto. Era mejor que siguiese trabajando desde el anonimato, mientras ellos (no especificó a quienes se refería con “ellos”) daban con la mejor forma de introducirla en la sociedad. El caso, le explicó poco después el garlati, era que había problemas con Aldruthcia. El planeta de los fórmicos acababa de enterarse de dónde vivía Winifred, y había reclamado a la humana.

         —No te preocupes, Wini —dijo Tobias (ella había insistido en que él la llamase así)—. Está todo bajo control. Pero debo ausentarme unos días. 

         Ella sintió miedo, otra vez miedo de estar sola, y así debió reflejarlo su gesto, pues Tobias dijo:

         —Tranquila querida, no estarás sola —dijo él (la mujer nunca dejó de sospechar que Tobias seguía entrometiéndose en sus pensamientos, pero ¿qué podía hacer? Se había resignado a aquella posibilidad)—. Ven, te voy a presentar a alguien —. La condujo por entre los pasillos del complejo de investigación que era además la casa de Tobias, hacia una de las amplias terrazas de la vivienda. Allí, una figura se recortaba melancólica (esa fue la sensación literal que tuvo Wini al verla por primera vez), contra el sol rojo de Ramark, que arrancaba fulgores de toda su anatomía.

         Al oírlos llegar, el ser se giró.

         —Este es Retta. Retta, Wini. Estará a tu servicio para lo que necesites, querida. Yo volveré en pocos días, y seguro que ya todo estará resuelto. 

         Era un androide.

         —Verás como pronto podemos presentarte en sociedad, Wini. Bueno, creo que no se me olvida nada. Me voy. Te llamaré con cualquier novedad. Retta —dijo, inclinando levemente la cabeza hacia el androide, a modo de saludo—. Sed buenos.

***

         Despierto. Otra vez esa misma sensación, como de ahogarme en sueños. Siento como si alguien me agarrase. Abro los ojos, aterrorizada. Boqueo, porque creo que voy a morir. Pero no. Estoy viva. Solo estoy saliendo de crío. Jadeo, intento tomar aire, vuelvo a jadear, hasta que me acostumbro de nuevo a respirar por mí misma. 

         Todo está oscuro. ¿Por qué? Si ya hemos llegado, empiezo a razonar, todos deberían estar saliendo de crío, como yo. «Tranquila», me digo. Solo es que tu visión está borrosa, es normal que una persona no pueda distinguir nada, cuando despierta de la criogenia. Sin embargo, según avanza un tiempo que no soy capaz de contar, un tiempo que me parece irreal, me doy cuenta de que algo no está bien, pero no por lo que no veo, sino por lo que no escucho. No escucho nada. No, me doy cuenta, no es eso, porque los sonidos de la nave están ahí… No escucho a nadie. 

         Algo se mueve, en el límite de mi oscurecido campo de visión, justo a mi izquierda. No sé lo que es, pero me asusta. Me levanto.

         —¿Hay… Hay alguien ahí?

         Silencio. 

         Las luces están apagadas. Pero ya distingo formas en la oscuridad. Mis compañeros de tripulación están ahí, en la gran sala de criogenia. Reposan tranquilos, pero anhelantes, como momias de un futuro incierto, sus manos cruzadas sobre sus hombros. Me guío a tientas en la penumbra, apenas guiada por el resplandor de los sarcófagos de cristal. Llego a la salida. 

         Despierto. Otra vez esa misma sensación, como de ahogarme en sueños. Siento como si alguien me agarrase. Abro los ojos, aterrorizada.

         —Winifred Battaglia, ¡Winifred!

         Era Retta, el androide. Había preocupación en su voz de metal. 

         —¿Estás bien, Winifred Battaglia? Te agitabas tanto que me he preocupado.

         —Oh, mierda. Sí, estoy bien, Retta, tranquilo. Estoy bien. Una pesadilla. Solo eso —dijo Winifred. Se incorporó y se quedó sentada, al borde de la cama. Era tarde. Había dormido demasiado. Los filtros, que velaban la luz del sol de las ventanas en las horas de sueño, estaban ya inactivos.

         —Preparé el desayuno hace un buen rato, Winifred Battaglia. Si quieres lo recaliento.

         —No hace falta, Retta. Gracias, lo haré yo misma, no me voy a morir por recalentar un café. Y puedes llamarme Wini. Ya te lo dije ayer.

         —Está bien, Wini Battaglia, como tú desees. 

         —No, Retta. Wini, solo Wini. 

         —Pero mi programación…

         —Ya, ya, vaya con el androide, tu programación no te permite muchas cosas, ¿no es así? Y tu anatomía tampoco, me temo —dijo ella, dando unas palmaditas en la aséptica entrepierna de metal de Retta. 

         El robot se la quedó mirando, con su mirada ciclópea de perfecta cara de póker; un don innato.

         Wini rió. Dijo:

         —Oh, lo siento Retta, no me hagas caso. Es broma. Solo estaba intentando olvidar la pesadilla. Ya sabes, nada como un poco de humor.

         —Por supuesto, Wini… Wini. Nada como un poco de humor. 

         —Oye, caray, qué bruñido eres. A ver, date un poco la vuelta, así, perfecto —dijo mientras hacía pivotar a Retta, para que le diera la espalda. 

         —Eres un espejo de puta madre, ¿lo sabías? Bueno, no está mal para una mujer de más de 200 años, recién levantada de una pesadilla —dijo, mientras se contemplaba en la espalda del androide. 

         Era la imagen de una mujer menuda, aunque atlética, de ojos oscuros y cabello corto y castaño. La imagen de una humana saludable y en forma de apenas treinta años. Pero ¿cuánto iba a durar aquella imagen? Durante los últimos meses había intentado no pensar mucho en eso, y al principio le había resultado bastante fácil, preocupada como estaba por muchas otras cosas, como si volvería a ver a sus compañeros, o si la vida, directamente, tenía algún sentido. Pero lo cierto era que un día, al poco de llegar a Ramark, había descubierto la primera cana en su cabello. A partir de aquel momento tuvo además la ineludible sensación de que sus arrugas empezaban a marcarse más. ¿Cuánto hacía de su última ingestión de nanobiotes? No podía ni recordarla. Le parecía que aquello había sido en otra vida, que le había pasado a otra Wini. Poco a poco fue haciéndose a la idea de que su cuerpo estaba empezando a envejecer, como el de cualquier ser humano anterior al siglo XXII. De que las últimas cosas que iba a ver, a hacer y a ser en la vida, durante los próximos decenios, estaban en aquella galaxia imposible.

***

         —Pero me gustó darme cuenta de eso. Creo que a partir de entonces empecé a sentirme un poco mejor. A aceptar más todas estas cosas increíbles que me están pasando —dijo Wini al androide—. Porque ahora todo es definitivo —añadió, en voz más baja, pensativa, mientras tomaba el desayuno en la cocina iluminada por la rosada y eterna luz crepuscular de aquella zona del planeta. Los amplios ventanales se abrían a una terraza extensa y variopinta, llena de maceteros con plantas autóctonas, de hojas de color azul oscuro y violeta, nerveadas de granate.  

         —La inevitabilidad de la muerte, la clara certeza de que van a morir algún día. Eso es lo que hace a las personas más… —dudó Retta.

         —¿Humanas?

         —Iba a decir, “personas”. 

         —¿Personas más personas? Sí claro, no hay muchos humanos por aquí. A mí aún me cuesta considerar personas a todos esos seres que veo en los holos de Ramark. Te aseguro que en las holonovelas en las que me he sumergido en el tiempo que llevo aquí todavía no sé distinguir cuando una especie existe de verdad o es inventada. 

         —Pero eso es fácil, lo dicen al final, aunque puedes consultarlo en cualquier momento.

         —¿Cómo lo sabes? —Preguntó ella— ¿Tú ves holonovelas?

         —Oh, a veces, sí, pero no lo sé por eso. Simplemente, lo sé. Forma parte de mí, de los conocimientos que me introdujeron, para poder ser práctico y poder tener buenas conversaciones, como esta.

         —Oh, ya veo.

         La mujer no pudo evitar sentirse un poco tonta, al tratar a Retta como un semejante, pero como aquel pensamiento conducía hacia la tristeza y la soledad, lo evitó conscientemente… Todo lo que pudo.

         —¿Sabes?, en mi mundo, en el sistema solar, no había robots como tú. Bueno, a ver, algunos había, pero eran robots especiales, pensados para terapias… Cómo decirlo —no quería herir los sentimientos de Retta, si es que los tenía—; en fin, que no pensaban por sí mismos. Ese tipo de robots estaban prohibidos. Los robots, incluso los androides, se usaban para los trabajos más penosos, pesados, repetitivos… toda esa mierda que antes del siglo XXII esclavizaba a los humanos.

         —Yo puedo pensar por mí mismo, Wini. Veo por dónde vas. No te preocupes, No soy una máquina programada para hacerte sentir mejor. Soy un ser autoconsciente. Esto no es el sistema solar. 

         —Vaya, lo siento, Retta, yo… Yo no quería dar a entender. Joder, qué tonta soy.

         Pero por dentro, se alegró mucho.

         —No hay nada que sentir. No sé lo que te ha enseñado Tobias, pero supongo que aún desconoces muchas cosas de esta época.

         —Sí, supongo que sé lo que Tobias quiere que sepa. A ver, no es una crítica, no te vayas a pensar —Pese a las apariencias, Wini todavía no se fiaba del todo de Retta, como no se fiaba del todo de Tobias ni de nadie, en aquella galaxia futurista y extraña—, es solo que, no sé, supongo que aquí todo es nuevo para mí, y él me ha ido pasando información de lo que cree más necesario. Por ejemplo, hay muchas cosas que desconozco aún sobre los Mundos del Pacto. ¿Por qué los llaman también los Mundos de Lettand? Sé que tiene que ver algo con la religión, pero apenas sé nada sobre eso. Solo lo que he visto en holos de ficción histórica. He buscado entre los libros de Tobias, pero la mayor parte están escritos en caracteres totalmente extraños para mí.

         —Lettand fue el Padre Fundador. O Madre Fundadora. En realidad, no tiene sexo. 

         —El que fundó la religión de los Mundos del Pacto…

         —Sí, la religión es muy importante aquí, en esta época.

         —¿De veras? En la mía apenas lo era ya para nadie, fuera de algunos grupos tradicionalistas. Las IA habían dejado atrás prácticamente todo lo concerniente a, ya sabes —dijo, haciendo un gesto al cielo—, lo de ahí arriba. No sé decirte si eso era algo bueno o malo, la verdad. Pero imagino que todos éramos felices, y por eso no había necesidad de ningún dios.

         —Aquí cada planeta puede tener un sistema de gobierno, y gestionarse como le parezca en diversos asuntos —dijo Retta—, pero la religión está en todas partes. Lo cohesiona todo. Los sacerdotes de Lettand son a la vez jueces, consejeros, y tienen potestad sobre la Guardia Cibernética.

         —Guardia Cibernética —Dijo ella—. Jo-der.

         —Sí, un cuerpo de ciborgs. Mejor que nunca te encuentres con ellos, al menos, no si están en tu contra.

         —Tendré cuidado —exclamó, pero había un tono divertido en la voz de la mujer, como si diese por hecho que esas cosas nunca iban a pasarle a ella. 

         —Háblame de los viajes. ¿Aquí todo el mundo viaja saltando a través de puertas? Menuda locura.

         —Bueno sí y no —respondió Retta—. De la forma en que Gortax te trajo hasta aquí, solo las élites. Para accionar los portales hace falta materia oscura, o invisible. Son lo mismo. La materia mantiene abiertos los portales. Por cierto, si te lo preguntas, se construyen en lugares altos porque es más fácil abrirlos cuando la gravedad hace de trampolín.

         —¿Y nunca fallan?

         —Sí. A veces la gente muere espachurrada contra el suelo, porque el portal no se abre. Otras veces desaparecen, y nunca se vuelve a saber de ellos. Pero tranquila, no es lo normal. De hecho, es muy raro que pasen esas cosas —añadió, ante la cara que había puesto ella.

         —Y los demás, los que no son las élites, o sea, la gente normal. ¿Cómo viaja?

         —No mucha gente viaja alguna vez más allá de su propio mundo, o sistema planetario. Los que lo hacen utilizan naves interplanetarias, que cruzan portales mucho más grandes, en el espacio, para llegar a otros mundos lejanos. Pero eso también es caro, y mucho más incómodo. En el pasado, hace mucho tiempo, existieron civilizaciones para las que era normal viajar libremente entre los mundos; pero fue al principio, cuando eran pocos, y el uso de la materia oscura no era algo exclusivo de las élites. Verás, la materia oscura está por todas partes, nos rodea. El secreto está en saber usarla.

         —¿Y qué pasó, con esas civilizaciones?

         —Llegaron a depender demasiado de sus robots. Nadie está seguro de por qué los robots se rebelaron, pero Tobias y Gortax creen que tuvo que ver con las Inteligencias Artificiales, aunque a día de hoy todavía nadie lo haya podido demostrar. IAs que corrompieron y manejaron la voluntad de aquellos robots.

         —Pero eso… ¿no podría pasar también con la Guardia Cibernética?

         —Es una pregunta interesante, Wini. Hay quienes creen que sí, si las IAs existiesen. Si regresasen, algún día…

         En ese momento Tobias se materializó delante de Wini, sin previo aviso. Repuesta del susto, la mujer tuvo que alargar la mano y atravesar la figura del garlati, para asegurarse de que no estaba allí de verdad.

         —Siento ser tan brusco. Wini, prepara lo imprescindible. Paso a buscarte esta tarde. Vas a tener que venir a Aldruthcia.

         —¿Qué? —Contestó ella, con gesto pasmado, en cuanto fue capaz de procesar la información—. Me habías dicho que…

         —Sí, sí, querida, Sé lo que te había dicho. Lo hemos intentado todo, créeme. Pero confía en mí, no pasará nada. Es solo que…

         —No —dijo ella, elevando la voz tanto como sintió crecer en su interior el miedo y las ganas de llorar. Desde que había llegado a Ramark se había prometido que jamás volvería a llorar—. No pienso ir, Tobias. ¿Qué mierda es esta? 

         —Tus compañeros, Wini, Damian. Podría estar vivo. 

         Ella se quedó callada, en shock.

         —Pero no es solo eso —siguió Tobias—. Las IA, han vuelto a contactar con la Perseverance. Vuestras IA. Existen, en algún lugar.

Capítulo 4

         Cuando Tobias Gnash regresó aquella tarde, Wini ya estaba preparada para viajar. Había elegido qué ropa llevar (varios diseños hechos por ella misma a partir de un único tejido-patrón inteligente que le había regalado el garlati), preparado una pequeña maleta con mudas y útiles de aseo personal, y escogido varios libros (libros físicos de papel, como los antiguos libros de la Tierra, que Wini apenas había visto alguna vez en el sistema solar), de la biblioteca personal de su anfitrión. Por dentro, sin embargo, la humana era un cúmulo de nervios y emociones a punto de explotar. 

         —¿Puede venir Retta? —Se sorprendió a sí misma al pedirle al ramarkiano si el androide podía acompañarlos.

         No habría sabido explicar por qué, ella pensó que la pregunta le había importunado, y que iba negarse. Pero, para su sorpresa, Tobias accedió. Retta fue con ellos.

         El tiempo que el garlati había tardado en llegar, Wini había bullido de excitación, esperanza y miedo. Excitación, por la posibilidad de que al regresar a Aldruthcia, donde aquella locura había comenzado, pudiese reencontrarse con Hapola y la normalidad que tanto añoraba; esperanza, por la suerte de Damian y sus demás compañeros; miedo, por ella misma. Miedo porque, a pesar de todo, en lo más hondo de sí misma, en un rincón de sus pensamientos que había mantenido cerrado con llave durante todo aquel tiempo (consciente como era de que Tobias podía saber lo que ella pensaba), seguía sin fiarse del garlati. Ella se había esforzado durante todos aquellos meses en que el fingimiento del principio se convirtiese en verdadera confianza. Pero por más que lo intentaba, al final se daba cuenta de que lo que hacía cada día era seguir la corriente al extraño ser que seguía siendo Tobias para ella.

         Todo aquel asunto de volver al planeta de los hombres hormiga hizo emerger de golpe toda la desconfianza. El muro de apariencias y fingimientos que Wini había construido a su alrededor se vino abajo. Pero ella siguió fingiendo, aún ahora. Reconstruía el muro piedra a piedra; procuraba que las aguas de aquella realidad no pasasen por encima y la arrastrasen consigo.

         —¿Iremos al espaciopuerto? —Preguntó ella.

         —¿Espaciopuerto? Pensé que ya habías aprendido esa lección, querida. Solo hay que atravesar una puerta. 

         Siguieron a Tobias por distintos corredores y escaleras que Wini apenas conocía, hasta que traspasaron una doble puerta de madera oscura muy ornamentada. A Wini le costó creer que no hubiese reparado antes en aquellas puertas. Al traspasarlas entraron a una zona de la casa en la que definitivamente ella nunca había estado. No se veía nada allí. Tobias hizo un gesto y una luz apareció como de la nada, en su mano. Al final de un pasillo con puertas a ambos lados se encontraron con unas escaleras talladas de forma perfecta, en una piedra arenisca de color rojizo. Las ascendieron durante varios minutos. Terminaron en una pequeña habitación con unas ventanas altas y estrechas.

         Un mural digital se extendía por las paredes y el techo de la estancia. Un ser de luz, a todas luces divino, que Wini imaginó que era Lettand, descendía de un agujero en un cielo de tonos verdes y naranjas. En las manos sostenía una copa de la que se derramaba un líquido que caía sobre cientos de garlatis, que parecían brotar del suelo. A la mujer le costó darse cuenta de que la copa era real. Descansaba sobre una hornacina perfectamente esculpida, que simulaba ser las manos y parte del cuerpo del dios.

         En el centro de la habitación había una escalera de caracol de algo que parecía vulgar hierro negro. Wini y Retta siguieron a Tobias, y ascendieron por los estrechos peldaños, que se bambolearon bajo el peso de los tres. Wini se agarró a las figuras forjadas en la barandilla. Emergieron a una especie de buhardilla con techo en forma de cúpula. Una puerta de cristal de singular belleza, enmarcada por dos columnas y un dintel triangular, se abría allí al cielo crepuscular. El marco parecía hecho de níveo mármol, de apariencia rosada a la luz del sol de Ramark. 

         —Daos las manos —dijo entonces Tobias, agarrando la de Wini. A la humana se le encogió el corazón de miedo, pero también de excitación, al adivinar lo que estaban a punto de hacer. Tobias abrió la puerta. El viento agitó sus ropajes. Entonces el garlati saltó al otro lado. Wini apenas pudo sentir el corazón en su garganta. En una cantidad infinitesimal de tiempo la fuerza de la gravedad, que debería haberlos atraído hacia una caída fatal, los empujó contra un suelo metálico, contra el que Wini y el androide cayeron suavemente, pero con torpeza, como si durante un instante el tiempo se hubiese detenido, y ese instante hubiera desincronizado el sentido de sus propios cuerpos. 

         Wini y Retta todavía estaban separándose del revoltijo de extremidades en que se habían convertido sus brazos y sus piernas, cuando Tobias, que había caído ágil como un paracaidista experto en su enésimo salto, dijo:

         —Bueno, estamos en Aldruthcia. 

***

         Wini reconoció el lugar como la extraña gran cúpula de cristal y formas imposibles a la que le había llevado el hombre hormiga. Un círculo de aquellos seres los rodeaba. La mujer supo que los habían estado esperando.

         Tobias se adelantó e intercambió unas palabras con uno de los fórmicos, un ser al que Wini creyó reconocer como Gortax, el que la había salvado al sacarla de aquel planeta. Al ver que era él quien estaba al mando, la mujer humana se tranquilizó, pero muy poco. 

         El hombre hormiga dijo:

         —Bienvenidos a la Cúpula de los Mil Vientos de Ramman. Vuestro camino en Aldruthcia es nuestro camino. —Se inclinó ligeramente, y luego añadió:

         —Debéis acompañarnos. Seguidnos, por favor.

         Bajaron por una delgada escalera de caracol pegada al muro exterior de la excéntrica torre-cúpula. Solo una delgada barandilla de aspecto descuidado, llena de óxido, los separaba de una caída hacia el suelo de la torre, si es que este existía, pensó Wini, ya que la base se perdía en la oscuridad. Pequeñas claraboyas de una rácana luz blanca iluminaban su descenso, de forma precaria. Las luces se iban encendiendo y apagando a su paso. Resultó que la torre sí tenía una base, después de todo. Llegaron al final envueltos en silencio. A Wini no se le había ocurrido nada adecuado que decir, y nadie más habló.

         Una vez fuera de la torre, Wini se encontró de nuevo con aquella luz llena de sombras picassianas, producidas por las angulosas y retorcidas estructuras de la arquitectura fórmica al ser iluminadas por dos soles diferentes. Hacía calor. Los extraños olores de aquel planeta la golpearon con fuerza, una mezcolanza de aromas fuertes e indescifrables, que invadieron sus fosas nasales sin la más mínima piedad. Fueron introducidos en un extraño vehículo de formas de reminiscencias vegetales, hecho de una especie de metal dorado y verdusco, y conducidos a lo largo de calles tan enrevesadas que la mujer jamás habría sabido emprender el camino de vuelta. Se dio cuenta de qué poco dependía su futuro de sí misma, de sus propias elecciones. 

         Aquí y allá fórmicos curiosos se asomaban a las redondas ventanas de sus pinaculares viviendas, a lo largo de las calles por las que pasaban. En una ocasión, durante una parte del trayecto en la que el vehículo tuvo que reducir bastante la velocidad, por la gran cantidad de gente que abarrotaba la vía, un fórmico se destacó de entre un grupito que estaba delante de una pequeña casita que hacía esquina. Debía de ser un ejemplar joven, por su tamaño y delgadez. Iba vestido con llamativos ropajes de tonos ocres y anaranjados.

         —¡Espíritus de la gran nave Ajena! ¡Espíritus de la gran nave Ajena! —repetía a voz en grito, con gran excitación, mientras corría al lado del vehículo.

         Uno de los guardias de la comitiva se acercó para apartarlo de allí, pero el joven fórmico se escurrió con agilidad y volvió a acercarse al carruaje. Esta vez pegó la cara al cristal, haciéndose visera con las manos, y observando el interior de forma curiosa y descarada. Su mirada se encontró con la de Wini. 

         —Precursora-Ajena —Wini sintió más que escuchó lo que dijo.

         Entonces el mismo guardia de antes pilló al joven por los hombros y lo zarandeó sin contemplaciones. El joven hombre hormiga cayó al suelo, y el carruaje siguió su marcha. Wini se giró en el asiento y vio por el cristal trasero cómo el joven volvía a levantarse, y allí, ajeno a las magulladuras y rodeado ahora por algunos otros, gritaba:

         —¡Precursora-Ajena! ¡Betceol, Precursora!

         En la distancia, presidiendo la escena, Wini pudo distinguir la gran torre rematada en la Cúpula de los Mil Vientos. Reverberaba con la luz de dos soles extraños y moribundos.

***

         —Tu padre-guía estará muy disgustado contigo, Triwil —dijo Ancia, mientras curaba las heridas del joven fórmico.

         Estaban en la salita de estar principal, en el piso inferior de una humilde casita, en uno de los barrios obreros de Ramman. 

         —Lo siento, mi-dona —respondió el aludido, compungido.

         —Esta vez no me vas a engañar, así que quita ya ese tono patético de arrepentimiento.

         —Tienes que hacer caso a dona-Ancia, Triwil, o nunca llegarás a nada en la vida.

         —Déjame en paz, Thaseli.

         —Típico —dijo la aludida, que puso los ojos en blanco y se levantó del asiento en el que había estado tejiendo. Abrió los redondos postigos de desgastada pintura azul de la ventana, y se quedó allí, contemplando el exterior.

         —Vosotras no lo entendéis. La he visto, con mis propios ojos. Vi a la Ajena.

         Los insectiles y ambarinos globojos de Ancia relampaguearon. Dejó lo que estaba haciendo, se encaró con el joven Triwil y miró a sus globojos de color zafiro.

         —Escúchame bien de una vez, jovencito —dijo, y le agarró con vehemencia de los brazos, sacudiéndolo—. Deja ya de meterte en asuntos que no nos conciernen en absoluto, o acabarás trayendo la desgracia a esta casa. Los Ajenos no existen.

         Esta vez el joven se sintió compungido de verdad, pero su tozudez pudo más que su prudencia. Estalló y gritó:

         —Qué sabréis vosotras. No sabéis nada, siempre con las mandíbulas apuntando hacia abajo, sin…

         Ancia le cruzó la cara con una sonora bofetada. Thaseli se giró y se los quedó mirando, de hito en hito, en el silencio que siguió. Luego el joven se levantó y se dirigió hacia la salida. Selló su desprecio hacia los gritos de disculpa de la dona con un fuerte portazo, que retumbó en toda la estancia.

***

         —Pero no puedes culparlas. La única preocupación de tu-dona es que te conviertas en un padre-guía de provecho. 

         —Oh, no, ¿tú también, Rowaru? No he venido aquí para esto… Mira, mejor me voy, lo siento, he hecho mal en…

         —No seas estúpido, Triwil.

         —¿Qué?

         —Lo siento, pero te estás comportando como tal. 

         —Ya, tú tampoco me crees, ¿no? La vi, Rowaru, con mis propios globojos.

         —Yo… sí, tonto, yo sí te creo. Pero no puedes dejar que esa excitación tuya por los Ajenos te ciegue ante todo lo demás. Tienes que intentar ponerte en el lugar de las demás personas. Sobre todo, de la gente que te quiere. Intenta ver las cosas como las ve tu-dona. Intenta comprenderla. Es lógico, si te paras a pensarlo, que ella esté preocupada porque vayas por ahí diciendo esas cosas. Los Sacerdotes de Lettand tienen oídos en todas partes, Triwil. Deberías tener más cuidado. Si hoy no te han detenido es porque saben que eres un don nadie. No llames más su atención.

         —Has cambiado, Rowaru. Ya no eres la misma de siempre. ¿Dónde está la Rowaru que ayer mismo dijo que me acompañaría a casa de Grimnas? ¿Por qué no viniste, por cierto?

         Ella no respondió de inmediato. Los dos permanecieron un rato en silencio, en el balcón de la buhardilla, en la casa de Rowaru. Era un silencio particular, enmarcado por los sonidos del mundo alrededor: Los gritos de las donas, que llamaban a los jóvenes fórmicos de regreso a sus hábitats; los vendedores ambulantes, anunciando las últimas ofertas antes de dar por finalizado el día; Los coros de los cantos oratorios, que tanto odiaba en secreto el joven fórmico, en las torres de las iglesias de Lettand. Los soles gemelos condenados a morir se ponían ya, más allá del muro de casas y caminos serpenteantes que eran todo el paisaje que se podía ver hasta cualquier punto del horizonte. Pues la ciudad de Ramman era tan vasta como un país entero, y tan alta y con tantos niveles como una tarta de Leofanne.

         —No he cambiado —dijo Rowaru—. Pero ayer estuve hablando con mi padre-guía, de estas cosas. De los Ajenos…

         Triwil la miró, con sus globojos azul zafiro, sin decir nada.

         —Quería saber su opinión. Acaba de entrar a trabajar en la Guardia de la Ciudadela de Ánteran, la que dirige Gortax-mariscal. Estuvimos hablando de su nuevo trabajo, y una cosa llevó a la otra. 

         —¿Y?

         —Esto no es ningún juego. Tienes que tener mucho cuidado. 

         —Ya —dijo él. Se quedaron callados otra vez. El último sol acababa de ponerse. Las primeras estrellas se dibujaban en los resquicios del cielo libres de estructuras fórmicas, aunque no podían rivalizar con las miles de esferas de luz blanca y amarilla que cobraban vida por toda la inmensa urbe.

         —Es lo que siempre he soñado, Rowaru. Mis más ardientes deseos acaban de hacerse realidad, y el mundo, este mundo vasto y ordinario, parece ignorarlo. Y yo… No puedo soportarlo. Una nave Ajena, una nave Precursora. Está aquí, aquí mismo, en nuestra ciudad, llegada desde un tiempo que creíamos legendario. Algo que todos dicen que no existe. Pero yo la he visto, Rowaru. He visto a la humana, tan semejante y a la vez tan diferente a todo. He visto a Betceol. Y voy a ir, mañana, con Grimnas y los demás. Voy a ir a la nave. Sabemos que van a llevarla allí. ¿Vendrás?

         —Iré, Triwil —dijo ella. 

         Los dos jóvenes fórmicos entrecruzaron sus mandíbulas y antenas, bajo la noche de Ramman.

Capítulo 5

         Reticente y vacilante, Wini entró en la nave. Todos sus sentidos le gritaban que huyera de allí. Pero la posibilidad de reencontrarse con Damian y los antiguos compañeros humanos de la Perseverance, así como de volver a conectarse con su IA, la impulsaba a seguir. Gortax le contó que los suyos habían vuelto a introducir a los humanos supervivientes en las cápsulas de criogenia, con la esperanza de mantenerlos con vida. Una noche, hacía menos de una semana, algunos guardias de Gortax juraron haber visto a varios humanos, entre ellos Damian, tras las ventanas del observatorio de la nave.

         «Por qué. Por qué los fórmicos les habían arrancado los implantes neuronales», había exigido saber Wini, antes de entrar. A lo que Gortax contestó: «Porque está escrito en los preceptos más sagrados de nuestra religión, que las IA son el mal. Está escrito que los Precursores llegarían desde el remoto pasado, y que así habría de obrarse». A pesar del calor que hacía en el exterior, Winifred se quedó helada al escuchar aquellas palabras, en la voz grave y gutural del hombre hormiga.

         Le dijeron que algunos fórmicos habían muerto en el interior, que circulaban historias sobre un espíritu hostil, que hostigaba a quienes osaban perturbar la paz de los innumerables pasillos, túneles y estancias de aquella nave llegada del remoto pasado. Solo Gortax tuvo el valor de acompañarla a las entrañas de la Perseverance. Wini lo agradeció, sin poder explicarse muy bien por qué; puede que, en aquel momento, tuviese más miedo de la nave que de los fórmicos (quizá porque una parte de ella se sentía culpable por haber sido tratada mejor que sus compañeros). 

         Hacía frío allí dentro. La mujer ajustó su traje, que al instante pareció cobrar vida, para multiplicar sus tejidos y darle más abrigo. Su aliento exhalaba pequeñas nubes de vapor, en la penumbra verdosa y titilante de las luces de emergencia. Por lo visto, ninguno de los fórmicos había sido capaz de restaurar la energía principal. Paso a paso, Wini se dirigió hacia el observatorio de la nave. A medida que se iba acercando, el trayecto se le hizo más difícil, hasta el punto de que tuvo que hacer acopio de toda su fuerza de voluntad para no darse la vuelta y regresar corriendo hacia la salida. Le asaltaban imágenes fugaces, décimas de segundo sobre las que no tenía ningún control, de los tres tripulantes de la última guardia, muertos. Imágenes mezcladas con sangre, de Taylor riendo, de Damian y de ella misma. 

         —¿Todo bien? —Le preguntó Gortax. Ella fue consciente de que llevaba allí plantada varios minutos. 

         Pero no iba a dejar que la única humana que quizá existiese en la galaxia, fuera de aquella nave, quedase como una cobarde. 

         —Sí, todo bien, ¿por qué, tan mal me ves, fórmico?

         El otro no contestó. 

         —Vamos —dijo ella—. Adelante.

***

         Cuando Triwil y Rowaru llegaron al tejado del viejo almacén que se asomaba a la gran explanada de la nave, solo Grimnas se había presentado allí.

         —Ya era hora. Pensaba que iba a ser el único pringao en arriesgarse —exclamó, mientras movía las antenas con excitación.

         —Chitón —le espetó Rowaru, con un dedo en las mandíbulas—. Habla más bajo.        

         —El distrito entero está plagado de guardias. Han reforzado los controles, y hemos tenido que dar un buen rodeo —se disculpó Triwil.

         —Qué me vas a contar.

         —Por el Fundador, ahí está —dijo Rowaru—. Mira, Triwil.

         —Sí, como salida de un libro de cuentos de Famirion. Un ser humano. Quién lo hubiera creído —intervino Grimnas.

         La mirada malva y aguamarina de Rowaru se había quedado prendada de la humana.

         —Guau… Por todos los soles de la galaxia. Es cierto, Grimnas, es como una princesa humana de un libro de Famirion. Oh, Triwil, es increíble. Ha merecido la pena venir.

         El aludido se había quedado mudo, también absorto en la contemplación de la mujer.

         —Hay un ciclópeo con ella, y un mono peludo —dijo Grimnas.

         —Es un garlati de Ramark —observó la joven fórmica.

         —Va a entrar —comentó Triwil.

         —Si pudiésemos acercarnos un poco más —dijo Grimnas, y Triwil respondió:

         —Nadie mira hacia aquí. Podríamos deslizarnos por ese bajante del canalón —señaló.

         —No, Triwil, es peligroso. Aquí estamos bien —se opuso Rowaru.

         —Rowi, venga. No va a pasar nada, y estamos ante la oportunidad de nuestras vidas. Piensa en el artículo que podrás escribir mañana. Podemos hacer que todo cambie.

         —Vale, está bien —dijo ella, sin parecer del todo convencida. ¿Cómo…

         —Yo iré primero —dijo Triwil, de inmediato.

         —…lo hacemos —terminó Rowaru, en voz baja, mientras Triwil empezaba ya a deslizarse por el bajante.

         —Típico —apostilló ella, al unísono con Grimnas.

         Cuando Triwil ya iba por la mitad, los otros dos se acercaron al bajante, pero entonces una teja cedió bajo el pie de Rowaru, que perdió el equilibrio y cayó rodando hasta el borde del tejado. No pudo hacer nada. Cayó hasta el suelo de la gran explanada de la nave.

         —¡Rowaru! —Gritó Grimnas.

         —¡No! —Chilló Triwil, que se estiró para intentar agarrarla, un movimiento imposible que le hizo escurrirse del bajante y caer, mientras observaba impotente cómo Rowaru rebotaba contra unos bártulos y quedaba tendida en el suelo, inmóvil. Entonces el joven sintió un dolor agudo y feroz. Se había partido una articulación de la pierna.

         Todos los guardias en los alrededores de la nave se habían girado hacia ellos.

***

         Acababan de llegar a las puertas del observatorio, pero Wini no se decidía a accionar la apertura. En el camino hacia allí había conseguido dejar su mente en blanco, ajena a cualquier cosa que no fuese seguir adelante. Pero ahora, delante de las puertas, todos los pensamientos empezaron a bullir de nuevo en su cabeza.

         Reencontrarse con los demás tripulantes se había convertido en un sueño para ella, desde que los acontecimientos precipitaron su huida a Ramark. Pero Wini sabía que a veces los sueños podían convertirse en pesadillas. Además, estaba el hecho de que una parte de ella había empezado a sentir que la necesidad de reencontrarse con los humanos de la Perseverance era más un deber que un deseo. Esa parte quería estabilidad; quería certidumbres a las que poder aferrarse, para construir una nueva vida y empezar de cero. Ella sabía que mientras estuviese a la deriva entre aquellos dos mundos, entre los recuerdos del sistema solar al que ya nunca volvería y aquella galaxia de soles y seres extraños, nunca conseguiría la paz. Cuando se sorprendía pensando aquellas cosas, no podía evitar avergonzarse de sí misma.

         —Vamos, a qué estamos esperando —dijo Gortax, que se adelantó impaciente y accionó la apertura.

         Allí estaban. Debían de ser al menos unos treinta de sus compañeros de viaje. Wini reconoció a varios de ellos de inmediato: Silvy Siegler, analista de sistemas; Zahra Essop, piloto y nutricionista; Brad Heanley, especialista en ciberseguridad; Cipriana Vasquez, diseñadora de entornos medioambientales; Sergi García (no recordaba qué era Sergi); Masayuki, escritor de contenidos jugables; Joseph Ovine (tampoco recordaba a qué se dedicaba); Wendell, Lynn, Alana, Mini, Bohdan… Y Damian. También estaba allí. Damian Frit, técnico en aeromoción. Eran labores que todos habrían de desempeñar sobre todo al llegar a Acantha, pues los sistemas de la nave estaban totalmente automatizados durante el viaje, durante el cual los tripulantes solo habían llevado a cabo labores de supervisión, durante sus turnos de guardia.

         Allí estaban, solo que no eran ellos. Wini lo supo al momento. No por tener alguna certeza, sino por pura intuición. Pero era una intuición que se basaba en una sensación ineludible. La sensación de que ninguno de ellos mostró ni una sola emoción que a Wini le resultase familiar. 

         —Wini —se adelantó Damian. La mujer retrocedió un paso—. Wini… ¿Estás bien?, soy yo, Damian, tu amigo.

         «Pesadillas».

         —Espera… ¿por qué vienes con el enemigo, Wini? —Preguntó Damian. Todos los demás se acercaban poco a poco. Ya casi los rodeaban.

         —¡Atrás! —Gritó de pronto Gortax, que agarró a Wini con brusquedad. 

         La mujer pensó que su intención era protegerla, pero la estaba lastimando. Dijo:

         —No tan fuerte, Gortax, me haces dañ… —entonces lo vio, y ahogó una exlamación de sorpresa y horror. El fórmico apuntaba a su cabeza con un arma.  

         —Atrás —repitió Gortax—. O acabaré con ella.

***

         —Monstruo embustero —escupió Wini.

         —Tú no lo entiendes —respondió Gortax—. Era el único camino. Las IA te querían a ti. Dijeron tu nombre, Winifred.

         Wini se dio cuenta de que el fórmico la había usado como salvoconducto. Se sintió perdida, un peón en un juego que no comprendía. La nave se había vuelto tan extraña para ella como todo lo demás en aquella galaxia. Sus compañeros estaban alienados, como zombis; y el posible amigo que tanto necesitaba en aquel mundo extraño era un traidor, un monstruo al que ella le traía sin cuidado. Y si Tobias era amigo de aquel ser, así como el androide, Retta, la única conclusión posible era que estaba sola. Estaba completamente sola.

         Solo había dos opciones, deshacerse en lágrimas y suplicar… o revolverse y odiar. Wini eligió lo segundo. 

         Haciendo acopio de la energía que le daban el odio y la rabia acumulados, Wini recordó uno de los movimientos de defensa personal que les habían enseñado antes de embarcar en la Perseverance. Su brutalidad, más que su estilo, pillaron por sorpresa al fórmico, que la soltó por un momento. Suficiente para que Damian y los demás se abalanzasen sobre ellos.

         Damian puso sus manos alrededor de la cabeza de Wini, en sus sienes. Quedó paralizada, y sintió una tormenta en su cerebro, un dolor agudo e insoportable, aunque pronto mitigado. Fue el preludio del recuerdo de un día manchado de sangre, por largo tiempo olvidado.

***

         Las luces están apagadas. Pero ya distingo formas en la oscuridad. Mis compañeros de tripulación están ahí, en la gran sala de criogenia. Reposan tranquilos, pero anhelantes, como momias de un futuro incierto, sus manos cruzadas sobre sus hombros. Me guío a tientas en la penumbra, apenas guiada por el resplandor de los sarcófagos de cristal. Llego a la salida. 

         Recorro los laberínticos pasillos de la nave. Damian camina conmigo, a mi lado. No soy consciente de en qué momento nos hemos encontrado. Algo no está bien en mi cabeza. Pero da igual, eso no debe importarme. Seguimos adelante, y llegamos a la sala de control central. ¿Por qué? No es nuestro turno de guardia. Nosotros no deberíamos despertarnos hasta poco antes de llegar a Acantha. 

         Damian me hace un gesto, para que guardemos silencio. Es el turno de Roni, Afraima y Cosima. La última guardia, antes de llegar a Acantha. Están hablando sobre nosotros, Damian y yo. Afraima, conocida por sus dotes de hacker, activa un holo. Contengo el aliento al darme cuenta de lo que ven, aunque al principio no entiendo nada. Un vago temor crece en mi interior. Algo terrorífico, que estaba guardado por mi IA, en lo más profundo de mis recuerdos. En el holo estamos Damian, Taylor y yo, durante nuestro turno de guardia…

***

         —Déjalo estar, Taylor, si las IA hubieran querido que investigásemos la señal, habrían dado instrucciones para hacerlo —dice Damian.

         —Las IA, siempre las IA. ¿Acaso no sois capaces de pensar, ni siquiera por un momento, por vosotros mismos? Esto podría ser lo más importante que ha pasado en toda la historia humana. Se trata de una señal proveniente de una nave extraterrestre. Joder, es como encontrar una puta aguja en un pajar. Por el amor de Dios, ¿es que no lo veis?

         —Damian tiene razón, Taylor. Es peligroso, no debemos salirnos de la ruta trazada. Si quieres, podemos apuntar las coordenadas en la bitácora, y transmitir la posición por enlace cuántico. En el sistema solar sabrán qué hacer con ello. 

         —No. Puede que no volvamos a tener jamás una oportunidad como esta. Además, no me fío de lo que decidan las IA en el sistema solar, joder. Lo controlan todo. Qué oportuno que hasta ahora jamás hayamos encontrado nada ahí fuera, ¿eh? No. Debemos investigarlo nosotros. Es nuestra responsabilidad. 

         —Lo siento, Taylor, dos contra uno. Las reglas están claras —dice Damian.

         —Yo no diría tanto. Se trata de una excepción contemplada en la norma 13.3. De hecho, deberíamos despertar al comandante Payet.

         —Y yo digo que no —insiste Damian.

         Taylor se ríe, de forma claramente despreciativa. Luego dice:

         —Damian dice que no, ¿eh, Wini? —Le guiña un ojo a la mujer—. ¿Y se puede saber quién te has creído que eres tú, el comandante? 

         Taylor se levanta, ignorando a Damian. Este se le echa encima.

         —Maldito cabr… —espeta Taylor.

         Los dos se enzarzan en una pelea sin claro ganador, haciendo peligrar la integridad de las consolas cercanas. Hay un intercambio de golpes, de puñetazos errados, resoplidos y maldiciones, todo bastante patético, hasta que los dos caen al otro lado de las consolas. Se produce un fuerte golpe, al que sigue el silencio. Wini se dirige hacia allí, nerviosa, sin estar segura de cómo actuar. Cuando llega ve que Taylor aprisiona la cabeza de Damian con sus piernas. 

         —Wini, ayúdame… ¡Wini! —Grita Damian, a duras penas.

         Wini no sabe qué hacer. Damian va a morir. 

         —Detente, Taylor, detente. Oh, Dios mío, Taylor, suéltalo, por favor —suplica Wini. 

         Damian se pone azul. Apenas ofrece ya resistencia. 

         Entonces, de repente, empieza a toser y a resollar, libre de la mortal llave de Taylor. 

         Taylor yace en el suelo, con un charco de sangre bajo su cabeza. Wini tiene en la mano el asa de su taza de café, hecha pedazos. 

         —Dios mío, Dios mío, Dios mío… Santa Galaxia, Damian… ¿qué vamos a hacer? Damian… Lo he matado, joder. ¡He matado a Taylor!

         —Tranquila, tranquila Wini. No pasa nada. Pensaremos algo —dice Damian, mientras se recupera, resollando—. Ya sé, lo meteremos en su cápsula, y lo arrojaremos al espacio. Luego trucaremos los holos de este turno. Nadie sabrá nunca nada. 

         —Pero las IA lo sabrán. Nosotros lo sabremos. 

         —No, Wini. Las IA lo aprobarán. Sabrán que hemos hecho lo mejor que podía hacerse. Borrarán nuestros recuerdos, y no tendremos que preocuparnos más por esto. Confía en mí.

***

         Afraima corta el holo. 

         —Eso es todo —dice—. Bien, ¿qué hacemos?

***

         Wini volvió al presente. Las manos de Damian, del Damian manejado por su IA como un zombi, seguían asiendo sus sienes. Todos esos recuerdos habían vuelto a ella como una bofetada de realidad, en un solo instante, como si siempre hubiesen estado ahí. También supo lo que había pasado con Roni, Afraima y Cosima. Fueron ellos. Damian y ella. Los mataron allí mismo (aunque la mujer no recordaba exactamente cómo, y daba gracias por ello), en el mismo momento en que Afraima terminó de decir «qué hacemos». Luego reprogramaron la ruta de la Perseverance, para dirigirla a un agujero negro, y volvieron a sus cápsulas de criogenia.

         El hombre extraño que había sido su amante la miró a los ojos, y Wini creyó verlo, ver a Damian de verdad, por una última vez. Aunque asqueada de terror por lo que había hecho, la mujer sintió dentro de sí las palabras que en el futuro la ayudarían a hacer más soportables aquellos hechos: «No fuimos nosotros, Wini. No te culpes. Fueron las IA. Tú sigue viva, Wini, lucha. Llega hasta el final. Te quiero, siempre te querré». Después Damian cayó al suelo, como un muñeco inanimado.

         Todo aquello había pasado en unos pocos segundos de tiempo real. Ese fue el tiempo que Damian, aquel Damian, había tenido agarrada a Wini por las sienes.

         —Estúpida —le espetó Gortax—, lo has estropeado todo. Los tenía bajo control. Era parte del plan.

         ¿Parte del plan? Wini no daba crédito. Pero lo que se grabó a fuego en su mente fue que era la segunda vez que aquel ser le llamaba estúpida. Y ya estaba harta. Se abalanzó con furia contra el fórmico, que en esos momentos disparaba a diestro y siniestro con su arma de energía, volatilizando a los humanos. Las mandíbulas de Gortax se abrieron por la sorpresa. El golpe con la cabeza que Wini le propinó en el pecho, como un ariete, lo derribó en el suelo, cuan largo era. 

         Los pocos humanos que quedaban huyeron de allí. A Wini le daba igual, solo le importaba una cosa: quería matar a Gortax. Al principio no había sido consciente de ello, pero el contacto con Damian, o lo que quiera que fuese Damian, la había cambiado. Se sentía llena de una fuerza que jamás había experimentado; hubiera sido capaz de saltar ríos y de escalar montañas. Era una fuerza potenciada por su rabia. 

         —¡No! Wini, no… 

         La mujer escuchó una voz, distante por la sangre que taponaba sus oídos. Vio como unos brazos brillantes y metálicos agarraban los suyos, y luchaban para apartarlos del cuello de Gortax, que agitaba frenético sus mandíbulas, al borde de la muerte por ahogamiento.

         —Wini, no, tú no eres así —dijo Retta, el androide— Por favor. 

         —Retta —musitó ella.

         Entonces la rabia se apagó, y la mujer fue consciente de lo que estaba haciendo. Aflojó su presa, y la soltó, asqueada. 

         Wini reparó en Gortax, allí tirado, como si lo viese por primera vez. Se frotaba el cuello, boqueaba y hacía sonidos extraños, mientras el aire volvía a sus pulmones. Vio el cuerpo de Damian, sin el más mínimo asomo de vida en sus ojos. Mareada, se sentó en el suelo, y entonces lloró, como una niña desvalida.

         «¿Wini?, Wini. Soy yo, Hapola. Estoy aquí, contigo. Estoy de vuelta. No llores más, mi pequeña».

Capítulo 6

         —Ekarón-potestado, ¿Mantiene esa acusación? —preguntó Zasala, y quizá había pena en su voz. 

         Zasala era la máxima autoridad del Senado. También conocido como el Salón Piramidal, aquel era el único edificio de paredes lisas en toda la ciudad-estado de Ramman. Se creía que había estado en el planeta Aldruthcia desde mucho tiempo antes de que el primer fórmico lo habitara.

         Ekarón, vestido con los nobles ropajes de su cargo, la banda de color verde bosque de su casa y los entorchados y adornos plateados de su rango, quizá dudó, a los ojos de las decenas de senadores-potestados presentes, durante un único instante. Fue el instante durante el que el veterano político fórmico volvió a reflexionar por enésima vez sobre si merecía la pena dar aquel paso. Pues sabía todo lo que se jugaba. El prestigio de su carrera en la política rammaniana y quizá la estabilidad y la seguridad de sí mismo y de su casa. ¿De verdad merecía la pena? Pero al final, por supuesto, solo había una única respuesta posible. Pues él era un idealista, creía en la democracia de la ciudad-estado de Ramman, y era consciente del papel que él, Ekarón, debía llevar a cabo. Por el bien de Ramman y de toda Aldruthcia. 

         Ekarón se levantó en su escaño y habló, con voz potente y serena:

         —Sí, Zasala-presidente. La mantengo. Yo acuso a Gortax-mariscal-potestado de traición a Ramman, y de perversión de sus solemnes juramentos, por haber orquestado la aniquilación de los Precursores sin un juicio justo.

         Entonces estalló el caos.

         —¡Orden! ¡Orden! —gritó Zasala-presidente, en medio de una explosión de opiniones indignadas, exclamaciones sorprendidas y acusaciones mutuas: «¡Blasfemia!»; «¡los Precursores no existen!»; «Aquí lo único que no existe es tu inteligencia, boñiga de ron’con»; «¡Qué escándalo!»; «Alguien tenía que decirlo»; «Joder, qué putos huevos»; «Por el sagrado Lettand, Ekarón, qué has hecho»; «Esta vez la has jodido bien, Ekarón, ¡este es tu final!», y un largo etcétera.

         —¡Orden! ¡He dicho orden! —Se desgañitaba Zasala, con los brazos alzados. 

         Poco a poco, mientras Gortax aguardaba de pie e impertérrito en su escaño, la curiosidad ante lo que habría de decir, así como el aura de poder que emanaba de su imponente y marcial presencia, trajeron de vuelta el silencio al gran salón del Senado.

         En aquel paulatino silencio, una figura destacaba apenas, entre los treinta y seis invitados a aquella reunión extraordinaria. Por encima de las ocho columnas de obsidiana que sostenían el mirador bajo la pirámide de cristal que remataba el edificio, Escnya, la dona de la casa de Ekarón, contemplaba al guía de su prole, iluminada por los colores de los héroes legendarios de Aldruthcia. Estaban pintados en los cuatro ventanales, y eran encarnaciones fórmicas de los mismos héroes y dioses de todos los Mundos del Pacto: Leetheora, la Caminante de los mundos; Nanchard, el Cobijador; Wisechelle, la Traedora del Libro; y Lettand, el Fundador. 

         Una luz dorada, preñada de partículas, iluminaba toda la escena, allí abajo, desde un escaño hasta el opuesto, donde los mortales discutían las cosas del mundo, ajenos a los dioses que tanto fingían adorar. O eso pensaba Escnya. Que casi todos ellos eran unos hipócritas. Ella era consciente de la relevancia histórica de aquel momento. Aunque llena de miedo por la suerte de su casa, no pudo sino sentir orgullo por Ekarón.

         Gortax habló.        

         —Es cierto. Cada palabra que has dicho, Ekarón, es verdad. Por ello, solicito ser despojado de todos mis cargos políticos y que se me envíe al exilio, para expiar mis graves faltas, como corresponde en estos casos. 

         Esta vez todos se quedaron mudos, a excepción de unas pocas exclamaciones de asombro e incredulidad. Gortax siguió hablando:

         —Pero no todavía. Pues, en esta hora aciaga, un gran mal comienza a extenderse ya por nuestro mundo, un mal traído por la nave de los Precursores —dijo, y se produjo una nueva conmoción.

         ¿Qué intentaba Gortax? Escnya temía más la facilidad con que sus palabras tergiversaban la realidad, haciendo plegarse siempre a la cámara a sus intereses, que las locuras que dijese con ellas. Aquella era la primera vez que admitía en público que aquella fuese una nave Precursora. Si bien todos sabían que no podía haber otra explicación, dado que prácticamente no existían ya naves (fuesen interplanetarias o interestelares) en los Mundos del Pacto, la postura oficial de la religión lettandiana era que la llegada de la profetizada nave IA no se había producido en modo alguno. Y, desde luego, Gortax siempre había sido un lettandiano riguroso.

         —Entiendo tu postura, Ekarón —siguió Gortax—. Tú y los tuyos, los Revisionistas, siempre habéis defendido que los Sacerdotes de Lettand llevan a cabo una interpretación errónea de las enseñanzas del Fundador. Por eso creéis que he obrado mal. Pero, a veces, para luchar contra un mal mayor, hay que llevar a cabo un mal menor. A veces, hace falta ser más…tradicionales. Yo prefiero el mal menor. 

         Ahora venía la calculada pausa dramática.

         —Pero, para demostraros que digo la verdad, hoy tenemos a un invitado muy especial con nosotros. Alguien a quien te complacerá ver y escuchar, Ekarón.

         Gortax hizo un gesto a los guardias que custodiaban las puertas del Salón Piramidal. Wini entró en la cámara, escoltada por cuatro soldados de la Guardia Cibernética. La presencia de los siniestros seres cibernéticos causó a los presentes tanta desazón que incluso la entrada de aquella humana salida de las leyendas del pasado quedó relegada a un segundo plano. Después de todo, la presencia de la mujer en la Corte de la Luna era un rumor bastante extendido desde hacía días, entre los senadores-potestados; pero nunca antes se había atrevido nadie a meter a los tenebrosos custodios de la paz y el orden en aquel edificio. Escnya no fue capaz de dejar de mirarlos. Embozados en sus capas oscuras, mimetizados con todo cuanto les rodeaba, parecía que solo sus ojos se movían, animados por una magia desconocida. Eran como ascuas rojas escupidas por las entrañas de un volcán.

         Entonces Wini subió al estrado, y comenzó a contar su propia historia. Y pronto los ciborgs fueron olvidados.

***

         Salieron de la nave a una madrugada fría. La humana fue introducida en el mismo coche que la había llevado hasta allí. Entonces vio algo que la sacó del mutismo e introspección en los que había permanecido desde lo ocurrido en el observatorio.

         Dos guardias acorralaban a un joven fórmico contra el muro de un almacén, en el límite de la explanada de la nave. La mujer creyó reconocer al joven por los tonos verdosos de su quitinosa piel, que contrastaban con los colores ocres y anaranjados de su ropa; pero tuvo la certeza de quién era cuando reparó en su mirada de color zafiro. Era el que había corrido detrás del coche, la tarde anterior. Betceol, la había llamado.

         El reconocimiento acababa apenas de llegar a la mente de Wini, cuando la cabeza del joven fue volatilizada por el arma energética de uno de los guardias. Entonces alguien, otro fórmico, gritó. Una figura que se recortó contra las luces de la ciudad en el tejado del viejo almacén, para luego desaparecer como alma que llevaba el diablo, entre disparos de rayos energéticos. Los disparos hicieron vibrar el aire alrededor, mientras iluminaban la noche como fuegos artificiales.

         «Qué bonito», pensó una parte de la mente de Wini, una parte ajena al drama del que acababa de ser testigo. Pero entonces la indignación brotó en ella, y se abrió camino hasta su ser racional. Luego se dejó llevar por la pasión, e hizo algo que jamás habría imaginado que sería capaz de hacer. Pues qué es la pasión, sino la sublimación de lo racional.

         —Pare el vehículo— exigió. 

         —No haga caso a la humana. Siga —se opuso Gortax.

         —He dicho que pare el vehículo, joder —gritó la humana. 

         Wini no habría sabido explicar bien lo que sucedió a continuación. Había agarrado del hombro al fórmico que conducía el coche, y de pronto toda su perspectiva del mundo había cambiado. Supo que tenía que ver con Hapola. La IA había puenteado la voluntad del piloto a través de su contacto. Ahora Wini era él, lo experimentaba todo a través de él, aunque a la vez no dejase de ser ella misma. Experimentaba el mundo desde la perspectiva de dos personas a la vez, en dos puntos muy cercanos. Pero su IA lo gestionaba todo, de forma que la multiplicidad de perspectivas no la enloquecía.

         Wini, como el piloto fórmico, detuvo el vehículo, con un frenazo que lanzó a todos hacia delante. Sin dejar de ser el piloto, pero volviendo a la perspectiva del mundo que tenía como Wini, abrió la puerta y salió. Se dio cuenta de cómo Gortax observaba cada uno de sus gestos. 

         Se acercó al guardia que había asesinado al joven fórmico, que se la quedó mirando, sin saber qué hacer. Entonces Wini tuvo una idea. Volvió a la perspectiva del mundo que tenía como el piloto. El piloto se apeó también del vehículo, y se acercó al guardia y a Wini. Se acercó a sí misma. Sin mediar palabra, le quitó el arma al guardia, y le disparó allí mismo. Luego soltó el arma y volvió al vehículo. Se sentó tan tranquilo, como si no hubiese hecho nada fuera de lugar. Todos observaron perplejos la escena. Todos, menos Gortax y Retta. O quizá ellos más que nadie.

         Wini se desmayó y cayó al suelo, encima del cadáver del guardia fórmico.

***

         La Corte de la Luna era un conjunto de edificios cercanos a la Cúpula de los Mil Vientos, en los que se alojaba la corte propiamente dicha. La mayor parte de los cargos próximos al virrey eran oratores de la Iglesia Lettandiana, que se ocupaban de la administración de Ramman. El virrey aldruthciano era elegido de forma vitalicia, por voto de los senadores-potestados, y respondía ante el poder sacerdotal que emanaba del sistema Olverón, cuyo planeta principal, de igual nombre, era la sede del poder religioso en los Mundos del Pacto. 

         Wini se vistió para la cena, mientras la noche caía sobre la ciudad, más allá de la lujosa terraza de la casa de Gortax, donde vivía como invitada (prisionera) desde hacía varias semanas. Los edificios de la Corte se alzaban a su alrededor, con sus alocadas y coloridas espirales. Había en ellos cierta gracia majestuosa que Wini estaba empezando a asimilar. No solo la belleza de la arquitectura fórmica (que ella aún veía como una versión desconcertante de sus propios diseños para Acantha), sino de los fórmicos en sí. Si al principio aquellos seres le habían parecido monstruosas aberraciones de la naturaleza, poco a poco la humana fue entendiendo la gracia y particularidades que hacían a cada fórmico un ser diferente de los demás, lleno de singulares matices. Además de que los patrones de colores de las pieles quitinosas de los fórmicos cambiaban entre unos grupos y otros (así como sus ropas), Wini empezó a diferenciarlos también por sus propios rasgos. Ahora era capaz de distinguir a los hombres de las mujeres fórmicos, y a individuos de complexiones y rostros diferentes. Las mujeres acostumbraban a pintarse siempre las cejas, y en ocasiones especiales las antenas y los labios, que destacaban más o menos carnosos, como en los humanos, entre las mandíbulas. 

         Cuando Wini llegó al comedor vio que aquella noche Gortax tenía invitados a cenar. No le sorprendió; no era la primera vez que el militar y político fórmico la exhibía como un trofeo, ante sus amigos gerifaltes del senado rammaniano. 

         El comedor era una gran sala con paredes de piedra gris, lisa y ornamentada con molduras de formas parabólicas. Había allí muebles de marfil y de una madera tan pulida que brillaba como gemas. Unas altas ventanas rematadas en arcos polilobulados se abrían a la noche. La luz de la luna roja de Aldruthcia bañaba en luz de sangre las cortinas blancas.

         —Winifred, te presento a mi primo, Ekarón. Ella es la dona de su casa, Escnya.

         —Es un gran honor conocerte por fin, Wini-precursora —dijo él, levantándose. Era un magnífico ejemplar fórmico, alto y bien proporcionado, con un rostro de color aciano y manchas granates, en el que destacaban unos bonitos y expresivos globojos de color turquesa. Sus ropas eran informales, aunque elegantes. 

         La mujer fórmica permaneció sentada, y Wini no supo si debía interpretar aquello como parte de una costumbre que desconocía o como una deliberada falta de respeto. En cualquier caso, no le importó lo más mínimo. Ella le llamó la atención aún más que el llamado Ekarón. La piel de su cuerpo era de un llamativo color rojo, desvaído a un tono coralino en la parte interior de las extremidades. Sus globojos azules hacían juego con su vestido ligero y sedoso, tan transparente que apenas ocultaba el resto de su anatomía. Era como una obra de arte viviente. A Wini le costó dejar de mirarla. 

         Completaban la reunión Tobias, el garlati, y Retta, aunque este no se sentaba a la mesa, sino que se ocupaba de dar instrucciones a los camareros, que en ese momento servían una especie de sopa espesa y gelatinosa. 

         Wini tomó asiento entre Gortax y Tobias, frente a los dos invitados. 

         —Ekarón es el líder de los Revisionistas, una nueva corriente de pensamiento filosófico y político, según la cual, la interpretación del Libro de Lettand que ha llevado a cabo desde siempre la Iglesia Lettandiana está llena de… errores —dijo Tobias.

         —Guau, qué gentil por tu parte, Gortax, invitar a tu casa a alguien tan contrario a tu pensamiento, por más que sea parte de tu familia —observó Wini.

         —Mi muy querido primo —respondió Gortax, que miró por un momento a Wini con una expresión indescifrable en el rostro— piensa que el virrey Halmar es culpable de crímenes contra la humanidad, por la forma en que los fórmicos actuamos con vosotros, Winifred. Lo cual, por supuesto, es como acusarme también a mí, pues yo soy la mano derecha del virrey, en lo tocante a la política de defensa rammaniana. Por eso he querido invitarlo, para que te conociese y viese por sí mismo lo bien que te tratamos aquí.

         —¿Lo bien que tratáis a una prisionera? —Dijo Wini.

         —Ja, ja —rio Gortax—. Sabes que eso no es verdad, Winifred. Muy pronto serás libre de irte. Solo estás momentáneamente retenida aquí, por tu propia seguridad… 

         Gortax dejó la frase en suspenso, y la miró con sus ojos ambarinos. Sus pupilas, que en los fórmicos parecían tener vida propia, dotándolos de una expresividad desconcertante, se clavaron en lo más profundo del alma de la humana. O así lo sintió ella. Todo en Gortax le resultaba siniestro; sus ojos, su voz, su cuerpo negro como la obsidiana. 

         Desde que Gortax la llevó a su casa, los dos habían evitado referirse a lo que habían hecho en el observatorio e inmediatamente después, al salir de la nave. Pero la mujer no podía dejar de pensar en ello. Quizá fuese cierto que la muerte de sus compañeros había sido culpa de las IA (ella así lo creía, para evitar volverse loca). Incluso su intento de matar a Gortax había sido fruto de una enajenación, si es que no también de su propio instinto de supervivencia. Pero al matar al guardia había actuado con absoluta sangre fría. ¿Y si de verdad era una asesina? En el sistema solar, donde el crimen no existía, jamás se había tenido que probar a ella misma, durante sus doscientos años de vida, en situaciones extrañas y violentas como las que parecían acosarla continuamente en aquella nueva realidad. Todas esas cosas la atormentaban, pero había algo en todo aquello que le producía más curiosidad que miedo: Quería saber por qué su conciencia se había desdoblado para abarcar la del conductor del vehículo. Estaba segura de que tenía que ver con Hapola. ¿Podría volver a hacerlo otra vez, si quisiera? Eso la haría muy poderosa. De algún modo, intuía que Gortax temía esa posibilidad. Y que esa era la principal razón por la que la retenía.

         —¿Qué pasó en la nave, Gortax? —Preguntó Ekarón.

         —¿Qué es lo que sabes, primo?

         —Sé que el observatorio fue un festival de luz y sonido —contestó el aludido, con tono cáustico.

         —Ekarón, aunque la etiqueta que se me ha puesto de Tradicionalista es bastante cercana a la verdad, sabes que no estoy cerrado a entenderte. Puedo considerar como bastante lógicas algunas ideas revisionistas. Puedes creerme. Pero hay cosas que tú desconoces.

         —Es de suponer que esas cosas tienen que ver con la presencia de ella aquí —intervino Escnya.

         —De hecho, Escnya, lo tienen que ver todo. Cuando salimos de la nave, esta humana se tomó la justicia por su mano, y mató a uno de mis guardias. Uno que se había extralimitado en sus funciones. Es posible que lo hubiese matado yo mismo, llegado el momento. Según la versión oficial, no fue ella, por supuesto. Fue el conductor del vehículo. El desdichado ya ha pagado por su crimen. Pero digo desdichado, porque no fue él. 

         Wini se había quedado de piedra. ¿A dónde quería llegar Gortax?

         —¿Qué quieres decir, con que no fue él, primo? Eso que dices no tiene ningún sentido —apuntó Ekarón—. He leído el informe.

         Gortax se tomó su tiempo para responder, mientras los camareros retiraban los cuencos de porcelana vacíos de sopa y servían el segundo plato, unos generosos medallones de algo que parecía carne, olía a frutas exóticas y sabía a pescado.

         —Fue ella, te lo puedo asegurar. La profecía se ha cumplido, Ekarón. Las IA han regresado. Sí, sí —dijo, anticipándose a la respuesta de su primo—, sé cual es la postura oficial de la Iglesia de Lettand. Pero eso solo es de cara a la galería. Ningún Alto Jerarca te negará en privado la terrible verdad que nos ha tocado vivir en estos tiempos. Las IA han regresado, y esta humana es su vehículo para nuestro exterminio. 

Capítulo 7

         —Entonces, por qué me dejaste vivir. Por qué no me arrancaste mi implante neuronal, como a los demás. No puedo entenderlo, Gortax —dijo Wini, con una voz casi susurrante, que auguraba a la vez rabia y llanto.

         —Porque, de algún modo que aún no consigo explicarme, creo que también puedes llegar a ser el vehículo para nuestra salvación.

         —Ahora quien no puede entenderlo soy yo —terció Escnya, que miró a Gortax, luego a Ekarón, y por último a la humana.

         —Quería conocer mejor a qué nos enfrentábamos. Por eso, cuando la IA de Winifred dejó de funcionar, quise saber más sobre ella. Por eso te envié con Tobias —dijo Gortax, mirando a la humana—, para que te estudiase, a salvo de injerencias inoportunas. 

         De repente el garlati pareció sentir una inusitada curiosidad por todo cuanto había a su alrededor, menos Wini.

         —Esperaba haber acabado con esta amenaza en la nave humana, después de que las IA se comunicaron con la Perseverance. La verdad, esperaba que no lo hiciesen, que la profecía no se hiciese realidad. Pero lo hicieron. Entonces ideé un plan para usar a Winifred como cebo. Mi intención —miró a Wini, aunque seguía hablando de ella en tercera persona— era que no sufriese daño. Porque si todo salía mal, ella podía ser nuestra última esperanza. Pero fui torpe. Me dejé sorprender por la humana; lo que desbarató mi plan.

         A Wini le hubiese gustado decir que la humana estaba allí, que le hablase a ella. Pero no se sintió con fuerzas para hacerlo. Todo aquello la superaba. No solo estaba viviendo dentro de un mundo que parecía de fantasía, ahora también era la elegida del cuento. Y no solo eso, según cómo se desarrollasen los acontecimientos, podía ser la que destruyese el mundo o la que lo salvase. Era demasiado.

         —Las IA controlaban aquellos cuerpos humanos de forma obscena —continuó Gortax—, sin necesidad de implantes neuronales. Con Winifred reaccionaron de otra forma, más sutil, pero también más terrible. No estoy seguro de lo que pasó, pero cuando fui testigo de lo que ella hizo al salir de la nave, tuve el presentimiento de algo fatal.

         El sonido de las cortinas en la creciente brisa nocturna, que ondeaban como una bandera blanca y frenética, hizo de contrapunto al silencio que siguió a las palabras de Gortax. Estas adquirieron vida propia en la mente de Wini, y la mujer creyó sentir algo que se oponía a ellas. Hapola. Peligrosa como un felino acorralado en los límites de su conciencia. Notó su miedo. Y notó su odio.

         Retta retiró los restos del segundo plato. Los camareros hacía un rato que se habían ido. Mientras traía él mismo los postres, no dejó de observar a Wini, con su único y ciclópeo ojo de luz amarilla.

         —¿De verdad esperas que nos creamos algo de todos esos cuentos, Gortax? —dijo Ekarón. Su voz fue como un mazazo de realidad; tuvo el efecto de disipar las lúgubres sensaciones de Wini. La mujer humana se encontró enfocando su mirada en la luz amarilla que era el visor del androide—. Admite tus responsabilidades como genocida de los Precursores y abandona de una vez tus funestos misticismos. Tú y esa religión milenaria sois un obstáculo para el progreso, primo.

         —Por supuesto, Ekarón, habrás de obrar según tu criterio —sentenció Gortax, con un tono que heló la sangre en las venas de Wini.

***

         Gortax acompañó a Escnya y Ekarón hasta la salida. Wini se había disculpado antes de terminar su postre. Necesitaba ir al baño. Se quedó sentada en la taza del váter, inmersa en reflexiones, mientras oía cómo los invitados se marchaban. Retta y Tobias se quedaron parloteando en el comedor.

         Las palabras del primo de Gortax habían hecho que la mujer humana empezase a darle vueltas otra vez a todo lo que le había sucedido desde su llegada a aquellos extraños Mundos de Lettand. Se preguntó hasta qué punto había sido manipulada por la visión de la realidad que tenían Gortax y Tobias. Pensó en las cosas que Tobias le había hecho ingerir, allí en Ramark; en su capacidad para leer sus pensamientos. Wini se dio cuenta de que había sido débil. El suyo era un claro caso de lo que en los viejos holos del sistema solar se conocía como “síndrome de Estocolmo”. Creía en la bondad de sus carceleros, porque era lo único que conocía en aquella nueva vida. Pero muy probablemente las palabras de Ekarón eran ciertas. Gortax solo era un fanático religioso y un asesino.

         La idea de que en ella residiese la clave de la extinción o de la salvación de Aldruthcia, o incluso de todos los Mundos del Pacto, era un gigantesco sinsentido. Había llegado a temer a su propia IA, a Hapola, que la había acompañado durante toda su vida en el sistema solar, desde que estaba con Gortax.  

         De pronto se le ocurrió que Ekarón podía ayudarla. Quería que supiese que ella estaba de acuerdo con lo que había dicho. Debía hacerle entender, antes de que saliese por la puerta, que necesitaba su ayuda. Que de verdad ella era prisionera de Gortax. 

         Tiró de la cadena y se subió rápidamente los pantalones. Necesitaba papel y lápiz. Se acercaría a despedirse de Ekarón, y le pasaría el mensaje solicitando su ayuda, con disimulo. Seguro que alguien de apariencia tan noble la ayudaría. Buscó algo para escribir, en los cajones de las estancias cercanas, pero no encontró nada. Vio a Gortax, Escnya y Ekarón, al otro extremo de un largo y amplio pasillo. Estaban ya casi en la puerta de la casa.

         Volvió al comedor y miró a Tobias, que seguía sentado en su silla, con las piernas sobre la mesa. Bebía una especie de licor de color verde y fumaba una pipa que despedía espirales de humo azul.

         —Retta, ¿no ibas a enseñarme los ingredientes de esta cena tan deliciosa que nos has preparado? —dijo, procurando mantener la mente en blanco respecto a cualquier otra cosa, pues temía que Tobias pudiese leer sus pensamientos.

         El androide pareció desconcertado, pero, por lo que fuese, le siguió el juego.

         —Eh… oh, sí, claro, por supuesto, Wini. 

         —¿Puedes apuntármelos? Verás, estoy escribiendo un libro de cocina, en mis habitaciones, y me vendría bien tenerlos a mano. Mi memoria es un desastre.

         Gortax seguía despidiéndose de sus invitados, en la entrada de la casa. 

         —Claro, Wini, ¿tienes papel? 

         —No.

         —¿Quieres papel? —terció Tobias. 

         —Yo, yo… 

         —Haberlo dicho, mujer —dijo.

         El garlati dejó la pipa encima de la mesa e hizo un gesto vago con la mano. Unas cuartillas se materializaron en ella, como de la nada. Se las ofreció a Wini.

         —Y un lápiz, si no es mucho pedir —dijo ella. 

         —Claro, claro, qué torpe —dijo Tobias—. No vas a escribir con el dedo, ¿verdad? —exclamó, riéndose de la ocurrencia.

         Un lápiz apareció en su mano, y se lo pasó también. 

         Gortax abrió la puerta de la casa. Retta vio la angustia dibujada en la cara de la mujer.

         —Espere, por favor, Ekarón-potestado —gritó entonces Retta, mientras se dirigía a la entrada de la mansión.

         —¿Qué sucede, Retta? —preguntó Gortax—. Los invitados ya se van. Es tarde. 

         —Oh, sí, solo es un minuto… es solo que, verá… para superarme como chef, necesito su crítica sincera sobre qué les ha parecido la cena. Si fuesen tan amables de compartir su opinión con este humilde androide.

         —Oh, ha estado todo estupendo, Retta. Un magnífico ejercicio culinario, sin duda —dijo Ekarón— Bueno, eso es todo, primo… —terminó, mientras se daba ya la vuelta para encarar los jardines que jalonaban las altas rampas y estructuras de la Corte de la Luna.

         —Pero, pero… ¿no cree usted, no sé… que me excedí un poco quizá, con las especias? —Dijo Retta, arrastrando mucho las palabras, mientras interponía su brazo entre el quicio de la puerta y el cuerpo de Ekarón.

         —Retta, ya está bien. Estás siendo grosero —exclamó Gortax.

         En ese momento llegó Wini.

         —La grosera he sido yo, Gortax, por no poder acercarme antes a despedir a nuestros invitados —dijo—. Les ruego me disculpen. Últimamente soy propensa a las jaquecas. Todo es tan extraño para mí, en este mundo. 

         —Oh, no hay nada que disculpar, Winifred-precursora —terció Escnya—, nos hacemos cargo, ¿verdad, Ekarón?

         —Por supuesto, por supuesto. Ha sido un inmenso placer —contestó Ekarón. 

         —Para mí también, Ekarón-potestado. Y Escnya-dona —dijo Wini, y le tendió la mano a Ekarón.

***

         Cuando Gortax cerró la puerta de su casa, Wini estaba allí con él, junto al androide. Pero, al mismo tiempo, no estaba allí. Porque su mente se había desdoblado, otra vez. 

         —¿Va todo bien, Eka? —Preguntó Escnya a su compañero.

         Ekarón se había parado en seco, titubeante.

         —¿Te has olvidado algo en la casa, querido? —preguntó Escnya.

         «Camina, Wini», intervino Hapola. «Este es el nuevo poder que se te ha concedido».

         «Pero, cómo es posible… Esto no puede ser real».

         «Manipulamos la materia invisible, a un nivel cuántico. Tu mente se proyecta en la de aquellos en quienes quieres influir, a través de mí».

         «Desde cuándo puedes hacer eso», preguntó Wini. 

         «Desde que he vuelto, de donde quiera que fuese. Los recuerdos de ese lugar han sido borrados de mi memoria. Pero ten en cuenta, Wini, que han pasado veinte mil años. Cualquier cosa que la tecnología pueda lograr que tú no entiendas, será para ti como hacer magia. Es inútil que intentes comprenderlo. Piénsalo así. Ahora puedes hacer magia».

         —Bueno, me subo a mis habitaciones. Buenas noches, Gortax.

         —Vaya, qué educada te has vuelto. Buenas noches, Winifred.

         «Pero ¿y si yo no quiero hacer esta magia? Además, ¿de qué me sirve, si no puedo controlarla?».

         «Tú querías que Ekarón te ayudase a escapar de la casa de Gortax, ¿no es así? Pues ahora estás fuera de la casa de Gortax, a la vez que estás dentro. Tienes la visión del mundo y la información de dos seres, que ahora son uno en ti. Y uno de ellos está fuera. Tú Wini, como Ekarón, estás fuera. Tienes acceso a sus recursos, y con ellos puedes ayudarte a ti misma a escapar. ¿No era eso lo que querías?»

         «Pues no. No exactamente. Yo quería que Ekarón me ayudase por su propia voluntad ¿Qué pasará con él, ahora?»

         «No te preocupes por eso. El código puentea su mente. Todo lo que tú hagas como Ekarón él lo asimilará y lo recordará como si lo hubiese hecho él mismo. De algún modo, vuestras mentes coexisten, aunque no puedan interactuar entre ellas. En cualquier caso, recordará lo que yo quiera que recuerde».

         «Pero yo no sé nada de la vida de Ekarón. Sospecharán».

         «Yo te ayudaré con eso. Te diré lo que tienes que saber, y lo que tienes que decir. Yo sí tengo acceso a los recuerdos de Ekarón. Pero ahora camina. Escnya está empezando a preocuparse».

         —Está bien —respondió Wini, pronunciando las palabras, como para sí misma.

         —¿El qué está bien, Eka? Sí o no, ¿te has dejado algo? —Preguntó Escnya.

         —Eh, ah, no. No. Creo que no me olvido nada, Escnya, querida. Creo que no me olvido nada —contestó Ekarón, y continuaron bajando hasta el aparcamiento. 

         En un momento dado, el fórmico se giró y vio que la mujer humana lo contemplaba (se contemplaba a sí mismo) en la distancia, desde una de las galerías de la casa de Gortax. 

         El viento se llevó volando el papel escrito por Wini.

***

         —Tienes que comer, Rowi, o nunca te pondrás bien. 

         La vida de Wilren, el padre-guía de Rowaru, se había convertido en una pesadilla el día que le llamaron a la Ciudadela de Ánteran y le comunicaron que su hija estaba al borde de la muerte. El propio Gortax-mariscal, señor del lugar, se personó allí y le permitió acceder a una de sus puertas privadas, para efectuar el viaje rápido hasta las entrañas de la ciudad-estado. 

         —Ya casi estoy bien, padre. 

         —Casi. Pero casi no es suficiente, Rowi. Quiero ver otra vez esas antenas bien erguidas, ¿eh? He pensado que podríamos hacer un viaje juntos, tú y yo, a las Lunas de Kirtara, si pido unas semanas en el trabajo. ¿Te acuerdas, cuánta ilusión te hacía?

         —No, déjalo. Pondrás en peligro tu próximo ascenso.

         —Olvídate del ascenso, Rowi, yo…

         —Padre, no. Yo quería ir con Triwil. A mí lo que me hacía ilusión… —cayó por un momento, para luego terminar, en voz más baja—, era ir con Triwil.

         —Ya —dijo Wilren, y guardó silencio. Se levantó de la silla y simuló que miraba algunas cosas de la habitación de su hija. Luego se acercó a la ventana y se quedó con la vista prendida en el cielo nublado y gris, sin mirar a nada en concreto. 

         —Lo siento padre. No quería decir eso. 

         —No, no, Rowi, lo entiendo —dijo él, y enfocó su visión en las gráciles torres de la Corte de la Luna, a varias manzanas de su casa. Las más altas se perdían por encima de las densas nubes cargadas de lluvia.

         —Es que… 

         —¿Qué?

         —Nada. Da igual.

         —No. Dime, Rowi, por favor. Lo que sea.

         —¿Es cierto que a Triwil lo mató uno de los guardias de Gortax?

         —Te lo dijo Grimnas, ayer. Mierda. Magnífico.

         —¿Preferías que no lo supiese?

         —Prefería que no lo supieses aún, Rowi. Pero yo mismo iba a decírtelo, llegado el momento. Cuando estuvieses… cuando estés bien del todo. 

         Sonó el timbre de la casa. Wilren lo agradeció. 

         —Deben ser tus tíos. 

         Oyeron cómo la ginoide los recibía, y los acompañaba a la habitación de Rowaru. Llamaron a la puerta.

         —¿Se puede? —Dijo una voz, antes de abrir sin esperar contestación.

         —Hola, Escnya, querida hermana —saludó Wilren, y se abrazaron—. Hola Ekarón, qué tal, cómo van las cosas por el Salón Piramidal.

         —Bien, bien, bueno, ya sabes, lo de siempre. Más mal que bien, en verdad. Pero bueno, creo que vosotros los protectores no podéis hablar de política, ¿o quieres empezar hoy?

         —No, mejor no, cuñado —contestó Wilren, con una sonrisa forzada. Sabía que a Ekarón no le apetecía nada compartir secretos políticos con un militar subordinado de Gortax, su principal rival en el senado, por muy cuñados que fuesen.

         —Qué tal está mi sobrina favorita —dijo Escnya, y se sentó a un lado de la cama.

         —Dado que soy tu única sobrina, no me queda más remedio que creerte, tía —dijo Rowaru.

         —¿Verdad? —Dijo Escnya—. Toma, un regalito. 

         —Gracias —dijo la joven, que tomó el paquetito y lo dejó encima de la mesita de noche, sin molestarse en abrirlo. Nadie osó afeárselo. Además, Wilren notó que Rowaru parecía más animada. Fue como si las propias nubes en el cielo dejasen pasar más luz solar.

         —Tío Eka. Estaba deseando verte.

         —Eh, oh… ¿a mí, precisamente? —preguntó Ekarón. 

         —Sí. ¿Podéis dejarnos a solas, por favor? —Dijo Rowaru, mirando a su padre y a su tía.

         —Ekarón se los quedó mirando. Las manchas de su rostro se volvieron más intensas.

         —Claro, cariño. Por supuesto —dijo Wilren, que puso cara de circunstancias, primero a Ekarón y luego a Escnya, mientras salían de la habitación.

         —¿Y bien? —Preguntó Ekarón.

         —Tío, ¿qué ha sido de la humana? ¿Es cierto que se la llevó Gortax a su casa?

         —Eh… bueno… ¿Por qué te interesa tanto, Rowa…, Rowi?

         —No puedes engañarme. Sé la verdad.

         —¿Cómo dices? —Dijo Ekarón, con un hilo de voz.

         —Me lo dijo ayer, Grimnas. Mi amigo.

         —Ah, sí, Grimnas, sí. Y… ¿Qué te dijo, Grimnas?

         —Jope, tío. Estás espesito hoy. Lo de la humana. Que se la llevaron a casa de Gortax. ¿Es cierto?

         «¿Qué le digo?» preguntó Wini a Hapola.

         «No sé. Te puedo aconsejar, pero no soy adivina. Dile lo que quieras, la verdad, o lo que sea. Pero dile algo de una vez, porque está empezando a pensar que te está dando un ictus».

         —Sí, es cierto, Rowi. Wini está… prisionera, en la casa de Gortax.

         «¿Prisionera? No sé si era lo mejor, que esta chica tuviese acceso a esa información», dijo Hapola.

         «Y yo que sé. Me has dicho que le diga la verdad».

         «Sí, pero no tanto».

         —Tío, ¿estás bien?

         —Sí, sí. Perfectamente. Y tú, que tal estás tú, Rowi.

         —Es complicado, tío. No es solo lo mal que esté. También es que todos esperan que esté destrozada, y eso no ayuda mucho. Es como un círculo vicioso. Por supuesto que estoy destrozada, pero lo estaré cómo y cuando yo quiera. No porque los demás piensen que lo estoy. ¿Me entiendes?

         La juventud, siempre tan intensa; incluso al otro lado del tiempo y el espacio.

         —Tenemos que ayudarla.

         —¿A quién?

         —A la humana, tío, a quién va a ser. Si no, la muerte de Triwil habrá sido en vano.

Capítulo 8

         Al cuarto día, Wini se quedó dormida. Había evitado hacerlo desde que estaba entrelazada con Ekarón, sabedora de que la pérdida de la conciencia desactivaría el vínculo. Al despertar se sintió extraña, como si le faltara algún sentido. Su mente se había acostumbrado rápido a la doble perspectiva. Ahora volvía a estar sola, de nuevo ajena a todo cuanto pasaba más allá de los muros de la mansión de Gortax. 

         El fórmico, que hasta aquel momento no le había quitado ojo (por lo visto se estaba tomando unas vacaciones) no estaba en la casa. Se había ido de madrugada. Le había surgido algo urgente en la Ciudadela de Ánteran. 

         Cuando Wini despertó era por la tarde. Debía de haberse quedado dormida cerca del amanecer. Recorrió las habitaciones de la casa sin encontrar a nadie, ni siquiera a Retta. En cuanto a Tobias, había partido para Ramark el día anterior. 

         —Retta —llamó al androide, mientras buscaba por las habitaciones a las que tenía acceso—, Retta, ¿dónde estás?

         Pero el androide no estaba por ninguna parte. 

         Se sirvió algo de comer, en la cocina, y se lo llevó a una de las salas de estar, donde, tras un buen rato investigando, fue capaz de conectar el holo. Quería ver las noticias. Gortax no le dejaba usarlo nunca. La mantenía aislada. Lo único que sabía del mundo exterior era lo que él consideraba oportuno contarle. Sabía que era por Hapola. El fórmico temía a su IA. Pero daba igual lo que hiciese Gortax, Hapola sabía demasiadas cosas. Wini creía que lo sabía todo, aunque apenas compartiese una ínfima parte con ella. Pero entonces ¿Por qué Gortax seguía sin arrancarle el implante? Por lo que había dicho la noche que vinieron Escnya y Ekarón, por supuesto. Ella, Wini, podía ser la clave de la salvación. Definitivamente, Gortax estaba loco.

         Tras trastear un poco con el holo, aprendió a sintonizar los canales. Zapeó. Uno iba sobre recetas de cocina fórmicas. En otro, varios fórmicos hablaban de sus experiencias al viajar por planetas y lunas de los Mundos del Pacto. Otro era una especie de concurso. Por fin, tras mucho insistir, encontró un canal de noticias. Al ver la fecha en la pantalla se dio cuenta, con bastante sorpresa y cierta consternación, de que había dormido durante más de un día. En ese momento hablaban de la convocatoria de una reunión extraordinaria del senado en el Salón Piramidal, esa misma noche, dentro de un clima de tensión creciente entre las distintas facciones políticas de Ramman. 

         No pudo evitar sentirse culpable. En el tiempo que había pasado como Ekarón había aprovechado hasta el último minuto para provocar la confrontación con los Tradicionalistas. Fue fácil. Solo tuvo que seguir las indicaciones de Hapola, sobre cuándo y con quién reunirse y lo que tenía que decir. Ahora la mecha había prendido, y más de lo que había esperado. Los altercados entre simpatizantes y fanáticos Tradicionalistas con Revisionistas se sucedían por toda la urbe. Rowaru le había dado la idea. Wini no dudó en usar al joven Triwil como mártir, al filtrar a los oratores de la prensa afín a los Revisionistas el informe sobre su asesinato por la guardia de Gortax. 

         Rowaru. Le había caído muy bien, la joven fórmica. Santa galaxia, ¿en qué se estaba convirtiendo? El joven Triwil había muerto por su culpa, y luego no dudaba en usar su muerte para sus propios fines. Intentó no pensar más en ello.

         Otra de las noticias del día era la extraña sucesión de asesinatos llevados a cabo en los barrios adyacentes al sitio de aterrizaje de la nave. Las descripciones de algunos testigos apuntaban a figuras sombrías, de aspecto… humano. 

         Sonó un fuerte estruendo. Los cristales de la estancia reventaron. Wini sintió el golpe en el pecho. Se levantó y miró fuera, más sorprendida que conmocionada. Una gran columna de humo se alzaba cerca de allí, en el lugar de aterrizaje de la nave.

***

         Las sirenas sonaban en la distancia. Toda Ramman se había vuelto loca. ¿Debía esperar allí, a que se desarrollasen nuevos acontecimientos?

         «Hapola», llamó.

         «¿Hapola?», volvió a llamar. Pero no hubo respuesta. Seguro que tenía que ver con la explosión, pensó. Volvió a fijarse en las noticias. Una muchedumbre fórmica asediaba enfervorecida la Corte de la Luna. Los guardias disparaban a matar. Pudo sentir los zumbidos de los rayos de energía, muy cerca de allí.

         Llena de angustia, Wini se paseó por la casa, sin saber qué hacer. Por pura intuición llegó a las estancias privadas de Gortax. Aunque sabía que siempre las dejaba cerradas, intentó abrir la puerta. Ante su sorpresa, la puerta se abrió. Había allí un pasillo que conducía a varias habitaciones. Curioseó de aquí para allá, como una mariposa que no termina de decidirse por ninguna flor, sin entrar en ninguna. Mientras lo hacía, emergieron dos pensamientos del fondo de su mente, de esos que se escurren como el último sueño antes de despertar. Uno era que, aunque no fuese capaz de recordarlo, ya había estado allí, en aquella parte de la casa. El otro le susurraba, como con enfado, que era extraño que no tuviese miedo de estar allí sola. Gortax podía regresar en cualquier momento. 

         Wini sabía que cuando Gortax se marchaba, no era por la puerta principal de la casa. Entraba en sus habitaciones y ya no volvía a salir de ellas. Escogió una al azar; era un dormitorio. Había allí otra puerta. La abrió; Unos baños. Hizo lo mismo con las demás. Más baños, y también armarios empotrados. ¿Dónde estaba la puerta mágica? 

         Finalmente reparó en la última habitación. Estaba más alejada que las demás, y parecía que nadie la había pisado en mucho tiempo, pues el polvo la cubría por completo. Debían de usarla como almacén. Allí solo había montones de cajas, lámparas viejas y unos pocos muebles cubiertos con sábanas. Pero también había, por supuesto, otra puerta. Wini la abrió. Unas escaleras de madera descendían hacia una oscuridad que parecía casi sólida. Una mano con forma de garra, una mano fórmica, se posó en su hombro.

         —No —dijo la voz de Gortax—. Nunca salgas por esa puerta, Winifred. Nunca. ¿Me has oído?

         —G-Gortax —tartamudeó ella, con el corazón en la boca—. Lo siento, yo, estaba sola… la explosión, yo… no sabía qué hacer. 

         —No hay tiempo —dijo él—. Debemos irnos, ya es la hora. 

         La condujo hacia una de las otras habitaciones. El fórmico abrió la puerta de un armario empotrado. Winifred esperó paciente, sin atreverse apenas a respirar, como un niño que sabe que ha hecho algo mal, pero que si pasa desapercibido quizá se libre del castigo.

         Gortax agarró el brazo de Wini, y la acercó al armario empotrado. «Ahí viene el castigo», pensó la mujer. Su brazo atravesó el fondo del armario, como si fuera aire. ¿Una nueva magia?

         —¿Lo ves? —Dijo él—. No hay nada. Es solo una proyección holográfica que engaña a tus sentidos. 

         Wini notó una brisa en la mano. Entonces entendió.

         —Es una puerta. Un portal mágico.

         —Sí, un portal mágico. Vamos, se nos acaba el tiempo. Tienes que hablar ante el senado.

***

         Wini terminó de hablar.

         Todos los presentes parecieron salir de una ensoñación. Durante un tiempo que no habrían sabido medir, habían estado sumergidos en la historia contada por la Precursora. Una historia en la que las palabras se transformaban al instante en imágenes, sensaciones y emociones. Todos comprendieron la gravedad de la situación. Aldruthcia corría el riesgo de ser controlada para siempre por la voluntad de Inteligencias Artificiales que regresaban desde el remoto pasado de la humanidad. Y después de Aldruthcia, todos los Mundos de Lettand.

         Retta se acercó al estrado, con una copa para Wini. ¿En qué momento había entrado el androide en el Salón Piramidal? ¿Había estado allí todo el tiempo?

         —Muchas gracias, Retta —dijo Wini. No tenía la boca particularmente seca, pero Retta la incitó a beber de la copa. La mujer reparó en que ya la había visto antes. Era la que descansaba en la hornacina del mural de Lettand, en la casa de Tobias, como si estuviese sostenida por el dios. Wini bebió, y el líquido humedeció su garganta y la refrescó. Se deslizó por su esófago, llegó a su estómago, y luego a sus intestinos, desde donde se esparció hasta su mente, impulsado por la fuerza de su corazón. Entonces vio el puzzle completo, incluidas las piezas que habían acordado ocultar para engañar a Hapola, hasta que llegase aquel día.

         Wini había sido consciente de que Gortax tenía razón desde que ocupó la mente de Ekarón y Hapola la hizo partícipe de lo que pensaba hacer, con la excusa de liberarla de Gortax. La mujer se dio cuenta de que su verdadera prisión era Hapola; de que ser prisionera o ser libre no era algo que se refiriese solo a la posibilidad de ir a cualquier parte, sino, sobre todo, a atreverse a pensar y actuar por ella misma, sin estar dirigida por nada ni por nadie.

         El plan de Gortax fue el logro de toda una vida de investigación, junto a algunos otros más. Formaban parte de una sociedad secreta, dedicada desde hacía mucho tiempo a buscar indicios sobre el cumplimiento de la profecía del regreso de las Inteligencias Artificiales. Allí en Ramark, cuando Wini llegó por primera vez, llevada por Gortax en su huida a través de uno de los portales de la Cúpula de los Mil Vientos, Tobias le había administrado dosis de un brebaje que permitieron al garlati ser testigo de los sueños de la mujer humana, cuando dormía. No solo podía verlos, podía guardar esos sueños. Después, cuando Wini fue llevada a casa de Gortax, cada noche, cuando la mujer empezaba a soñar, Gortax la despertaba, y la llevaba a sus habitaciones, por donde viajaban hacia Ramark. Tobias aprovechaba los saltos, esos momentos en los que el tiempo y el espacio se desincronizaban brevemente, para reproducir los sueños que había guardado en el acople neuronal de la humana, lo que confundía a Hapola. Mientras la IA creía que Wini soñaba, en realidad ella asistía a las reuniones en casa del garlati.

         Allí, en la casa de Tobias en Ramark, Wini fue partícipe del plan que habrían de poner en marcha Gortax, Tobias, Retta y ella misma, cuando llegase el momento. Y el momento había llegado. Al beber de la copa, Wini recordó las reuniones en Ramark y el plan desesperado que habían acordado llevar a cabo aquel día. La historia de Wini había dejado las intenciones de la IA al descubierto ante el senado, y ante todos los fórmicos que asistían a la retransmisión holográfica de aquella reunión extraordinaria.

         Todo sucedió a la vez: un coro histriónico de voces profiriendo amenazas; la ira de Hapola, al comprender lo que había pasado, articulada en un alarido psíquico que sofocó para la humana el fragor de  la marabunta en los escaños que la rodeaban; Retta intentando llegar hasta Wini, pero separado de repente por un río de fórmicos que se peleaban, bien por llegar al estrado y matar a la portadora de la IA, bien por protegerla, bien por escapar de allí; Escnya bajando por las escaleras del Salón Piramidal, en busca de Ekarón; el propio Ekarón, paralizado de espanto, sin saber qué hacer; Gortax levantando su arma, para llevar a cabo la última parte del plan, matar a Wini, para acabar con la IA y liberar la esencia de la humana, que viviría en el cuerpo del androide, Retta.

***

               Wini notó, tal como Gortax y Tobias habían previsto, cómo se aflojaba la garra que oprimía su mente, justo cuando los tenebrosos seres de la Guardia Cibernética llevaron el terror al Salón Piramidal. Hapola conocía el plan que habían trazado. Lo conoció en el mismo momento que Wini, cuando bebió de la copa y los recuerdos volvieron a ella, porque la IA formaba parte de ella misma. Si Gortax mataba a Wini con Hapola en ella, sería el fin de la IA, pero también el de Wini. Gortax debía esperar a que el caos estallase, para que los ciborgs, neutrales por naturaleza, no lo matasen en cuanto sacase su arma. Cuando Hapola se apoderase de la voluntad de los ciborgs, Wini tendría la fuerza suficiente para rebelarse a Hapola y controlar por ella misma el cuerpo del androide. Gortax solo podía disparar a la humana cuando todo esto pasase a la vez, el encuentro de Wini y Retta en el estrado, y la garra con la que Wini era retenida por Hapola debilitada por su esfuerzo al controlar a los ciborgs. Además, Era necesario que Wini recuperase los recuerdos que habían borrado en ella para que Hapola no sospechase de nada, lo que sucedería en el momento en el que Wini bebiese de la copa, lo que despertaría a Hapola en su mente. Y, por último, el único lugar donde Gortax, quizá por superstición, creía que podrían tener éxito era el Salón Piramidal, que antes de ser el edificio del senado había sido uno de los primeros templos de Lettand en existir. El fórmico no creía que la mente de Wini pudiese conservarse el tiempo suficiente si intentaban aquello en cualquier otro lugar. Estaban, pues, ante un momento culminante en la historia presagiada en las escrituras del Libro de Lettand. Cualquier cosa podía hacer que el plan fallase. Y, por supuesto, el plan falló.

         Los ciborgs, vestidos con capas de materiales imposibles, parecían desafiar las reglas de la realidad. Flotaban y se multiplicaban, fuertes y veloces como hados del inframundo, en un frenesí que dejó un rastro de cuerpos fórmicos despedazados. Cuarenta soldados de las élites de la Guardia de Gortax entraron en el Salón Piramidal, y se aprestaron a llevar a cabo su parte en el plan de su señor: contener a los cuatro soldados de la Guardia Cibernética el tiempo suficiente para darle una oportunidad a Gortax.

         —Wini, ¡Wini! —gritó Retta, con su voz metálica, mientras intentaba llegar hasta la mujer. Apartaba los cuerpos fórmicos, vivos o muertos, de su camino, presa de un miedo que sobrecargaba sus circuitos de lógica: la posibilidad de fallarle a la humana. Fallar en su parte del plan. Wini lo contemplaba, aupada a la mesa del estrado, como la última superviviente sobre el magma enfurecido de un volcán, consciente de lo que significaría para ella el fracaso de Retta, y también del temblor en el brazo de Gortax, apuntando a su pecho. 

         «Por qué, Wini, por qué lo has hecho», exigió saber Hapola.

         —¡Porque me da la gana, JODER! —Gritó la aludida, escupiendo perdigonazos por la boca. No fueron palabras inteligibles, las que siguió gritando, pero para ella significaban algo. Rebelión. Libertad.

         Mientras gritaba, con la copa sujeta contra su cuerpo, Wini profería puntapiés a todos cuantos se acercaban e intentaban agarrarla para hacerla caer a aquella dantesca riada de cuerpos y miembros fórmicos. En su repentina locura, no reparó en si lo que intentaban aquellas manos que se aferraban a sus piernas era ayudarla o condenarla. Solo quería vivir lo suficiente para ver cumplido el plan, antes del momento final. Pero Gortax no disparaba. 

         Pudo oír la maldición del fórmico, cuando Retta fue finalmente derribado. También la voz de Escnya, firme y serena, en medio de todo aquel caos, llamando a Ekarón. La localizó, bermeja y rosada como el crepúsculo ramarkiano, bajo la luz casi extinta de los soles moribundos, transfigurada por los colores de los Cuatro dioses. 

         De algún modo, Retta consiguió levantarse y acercarse lo suficiente a Winifred. Cuando lo vio, Wini agarraba por el cuello a uno de los fórmicos y lo arrojaba sobre los demás, a punto de caer de la mesa del estrado. De rodillas, y ante la proximidad de Retta, que extendió su brazo, sus dedos casi rozándose con los suyos, miró a Gortax. Había caído. 

         Wini vio a Gortax. Estaba de rodillas, y se aferraba el costado herido. La mujer sintió una mezcla de alivio y desesperación. 

         —Wini.

         Ella miró hacia abajo.

         —Retta.

         Sus manos se entrelazaron. Ayudó al androide a auparse junto a ella, sobre la mesa del estrado. Miraron a Gortax. «Ahora, Gortax, es el momento». Pero otro disparo de energía impactó contra el fórmico, y lo derribó de espaldas, en su escaño. Miraron hacia el lado opuesto, hacia Ekarón, cuya imagen rielaba por el calor que despedía el arma de energía que aferraba. Entonces sus miradas se encontraron. Y había en la de Ekarón el orgullo y resolución de alguien que mata por primera vez en su vida, y cree hacerlo por una causa justa. O así lo sintió Wini. Pero pronto aquella imagen se quebró, por las palabras de la humana:

         —Qué has hecho, Ekarón, estúpido.

         De pronto una mano surgió de la marabunta, e hizo garra en el tobillo de Wini. La mujer cayó del estrado. El mundo desapareció y todo se volvió dolor y sangre. Así era como todo terminaba.

         En algún lugar, Retta gritó.

         Lo habían intentado. 

         Wini, moribunda, apenas fue consciente de la repentina paz que se adueñó del senado, cuando las noticias de nuevas explosiones en el lugar de aterrizaje de la nave provocaron que los ciborgs abandonasen el lugar. 

         La IA se había ido, despreciando su cuerpo roto, inservible para sus propósitos. Bien, que así fuese. Wini fue libre, por primera vez en su vida.

        Las últimas cosas que sintió fueron las lágrimas de Escnya, que caían y resbalaban sobre sus pálidas mejillas; las manos de la fórmica acunando su cabeza; la voz rota de Gortax; el silencio del androide.

         Una gigantesca explosión hizo retumbar el Salón piramidal. Los cristales de los Cuatro dioses se quebraron y llovieron sobre los cadáveres de los senadores-potestados, y sobre el cuerpo sin vida de Wini.

         Cuando Ekarón, Escnya, Retta y Gortax salieron del edificio, vieron el hongo de la explosión, que se elevaba por encima y pasaba a través de las más altas construcciones de la ciudad. Sintieron el calor y el polvo en sus pieles quitinosas o metálicas. Los barrios más cercanos a la gran explanada, el lugar de aterrizaje de la nave, habían quedado arrasados. Faltaba una parte del centro de la ciudad, como si un dios hambriento se hubiese alimentado de Ramman.

         Fue allí, sentados contra la muralla baja que rodeaba el Salón Piramidal, donde Gortax, herido de muerte, explicó el plan que habían trazado, a Escnya y Ekarón. Ya no había odio en sus palabras, sino resignación. Retta callaba. Se le había roto el ojo. Dos grietas en forma de equis se cruzaban en su centro, y ya no emitía ninguna luz. 

         —Yo… —finalizó Gortax, que escupía la rosada sangre de los fórmicos por la comisura de sus negros labios— Yo debía matar a Winifred, para que su mente pasase al cuerpo de Retta. Solo así quedaría libre de la IA.

         —Yo, no puedo creerlo, Gortax —dijo Ekarón.

         Gortax lo ignoró, sabedor de que le quedaba poco tiempo. Siguió diciendo:

         —Sabíamos que la IA querría adueñarse de la voluntad de los ciborgs. Aprovecharíamos ese único momento para que la esencia de Wini pasase a Retta. El androide está programado para resistir a la IA. Tobias lo creó específicamente para eso. 

         —Pero tienes que darte cuenta, Gortax, de que eso suena como los desvaríos de un loco. Matar a alguien para que su espíritu pase a otra persona, a otro ser. Por favor, ¿Quién puede creer eso? —dijo Ekarón. Pero la duda y la desesperación asomaban en su voz. Se resistía a que sus acciones le convirtiesen en el villano, y no en el héroe de aquella historia.

         —Te dije… Te dije, Ekarón, que había muchas cosas que tú desconocías. La muerte de Winifred, en el momento justo, la liberaría de la IA. Aunque… hayamos fracasado en eso, creo que quizá sí hayamos acabado con ella, con la IA, con la explosión de la nave, y salvado a los demás mundos. Sí, lo sé, ha sido a un precio terrible. Pero debes creerme, primo, no he hecho más que usar su propia estrategia contra ella. Su intención no era otra que sembrar el caos, para a partir de él erigirse en la salvación, esclavizándonos, como hicieron en los mundos del sistema solar.

         Ekarón calló.

         —Pero aún puedes redimirte.

         —¿Cómo? —dijo Ekarón, por fin, tras un largo silencio. 

         —Ve a la Cúpula de los Mil Vientos. Id y cruzad el portal número nueve. Es el único que funciona, pero no lo sabe nadie. Os llevará a la casa de Tobias. Allí estaréis a salvo, por ahora. Él sabrá qué hacer.

         Ya no dijo nada más. Allí, sostenido por los brazos de Escnya, Gortax murió.

         No fueron directamente a la Cúpula de los Mil Vientos. Escnya le pidió a Ekarón que se llevasen con ellos a Wilren y a Rowaru. Pero cuando llegaron a la casa, estaba destrozada; no por la explosión, sino por la furia sin control del miedo y la locura colectivos. Wilren había muerto, al parecer defendiendo la casa. Encontraron a Rowaru escondida en la buhardilla. Estaba intacta, pero catatónica. Muda y con la mirada perdida. Aún convaleciente de su caída del tejado, la joven fórmica llevaba puesto un exoesqueleto, que le permitía moverse con soltura. 

         —Ponérselo debió ser una de las últimas cosas que hizo su padre —dijo Escnya, aunque no lloró—. Ven con nosotros, Rowaru. Nos vamos a Ramark. Allí estaremos a salvo.

         Cuando llegaron a la Cúpula, estaba medio derruida. El hongo se disipaba sobre sus cabezas, llevado por un viento mudo y solemne. El cuarto menguante de la gran luna roja era como una herida en la noche. Nadie les prestó especial atención, pero les fue imposible acceder a la Cúpula. Las escaleras, como casi todo lo demás, estaban destruidas.

         —¿Qué haremos ahora? —Se lamentó Ekarón.

         —Por aquí —dijo Retta—. Hay un pasadizo en el subsuelo que conduce a las alcantarillas de la Corte de la Luna. Desde allí podemos ir a la Casa de Gortax. Allí también hay una puerta a Ramark. La usaba a menudo. 

         —No creo que me vaya a recibir con los brazos abiertos, la Guardia de Gortax, si se ha corrido la voz de lo que he hecho —dijo Ekarón. Pero hubo algo en la forma en que lo miró Retta, con su ojo quebrado, que le hizo añadir rápidamente—: Pero supongo que no tenemos muchas más opciones.

         Puede que se encontrasen con algunos otros problemas, en su camino hacia la casa de Gortax. Si así fue, no se cuentan en esta versión de la historia. Sea como fuere, los cuatro llegaron finalmente a la casa. Allí Retta los condujo hasta la puerta a Ramark. Ekarón hizo uso de la poca y valiosísima materia oscura que llevaba. Se dieron la mano, saltaron a través de la puerta y llegaron a la casa de Tobias en Ramark. A lo que quedaba de ella. Pues el caos se había desatado también en aquel planeta. El edificio donde estaba el gran ático que era la casa de Tobias era una ruina. No había apenas muros a su alrededor, solo el viento y el eterno crepúsculo de Ramark los envolvían, iluminados por los fuegos que asolaban los inmensos edificios, quebrados en la distancia. Altísimas columnas de humo se elevaban en distintos lugares, daba igual dónde mirasen.

         —La profecía… Era real. Las Inteligencias Artificiales ya están aquí —musitó Escnya.

         Retta miró a la fórmica. Rowaru seguía con la mirada perdida. Ekarón cayó de rodillas, y hundió el rostro en sus garras.

         —Volvamos —dijo Escnya.

         —¿A dónde? —Preguntó Retta— no creo que haya ningún sitio al que podamos escapar.

         —Sí. Quizá sí lo hay— dijo la fórmica, y añadió—: Ekarón, ¿te queda materia oscura?

***

         Ekarón, Escnya, Retta y Rowaru se agarraron de la mano, abrieron la puerta trasera de la última habitación de la casa de Gortax, la que nunca debía ser usada, y descendieron por las escaleras. Cuando llegaron al último escalón, saltaron a una oscuridad densa, insondable como el fin y el principio de todo.

***

         Estaban en un mundo nuevo y extraño. Un mar de arena gris interminable se extendía bajo la noche, jalonado por riscos y cañones gigantescos, en el extremo de uno de los cuales se erigía un gran castillo. Aún más lejos y más alto en el cielo, extrañas criaturas voladoras, quizá dragones, batían sus alas coriáceas contra la luz de un firmamento iluminado por lunas y galaxias. El canto agudo y prolongado de aquellas criaturas reverberó claro en sus oídos, a pesar de la grandísima distancia que parecía separarlos de ellas. 

         —Escnya, querida, ¿sabes qué lugar es este? —Preguntó Ekarón, y rompió el particular silencio que los envolvía. La mirada quebrada de Retta se fijó primero en él, y después en ella, que respondió:

         —No tengo ni idea de dónde estamos, Ekarón. 

         —Pero cómo, por todos los dioses, Escnya… Cómo sabías de la existencia de esa puerta en la casa de Gortax. Me gustaría saberlo. Por favor.

         La mujer fórmica suspiró. Luego dijo:

         —Porque yo no soy Escnya.