Quienes quiera que seamos

     Framework Silente y Event Cuántico salieron del portal, que desapareció en una caleidoscópica explosión de colores a sus espaldas. Un leve zumbido se apagó en un punto infinitesimal de la realidad, y un paisaje rural emergió ante ellos lentamente, como si se estuvieran separando para apreciar mejor un cuadro de Van Gogh. Era una escena de tierras de labranza y nubes blancas, que desplazaban sus sombras perezosas sobre los caminos, las montañas y los campos. En el más ancho de aquellos caminos, una carretera de tierra apisonada, una procesión de postes de telégrafo se perdía en la distancia.
     —¿Algún posible testigo a la vista? —preguntó Framework Silente, mientras oteaba la carretera bajo uno de aquellos postes.
     No veía ninguna ciudad, pero enseguida llamó su atención un patrón de destellos de plata, adornando el follaje de un bosque lejano. El Danubio.
     —¿Qué?
     —Que si ves a alguien —dijo el señor Silente, alzando la voz.
     —¿Cómo?
     El señor Silente puso cara de fastidio, aunque el gesto del señor Cuántico no le fue muy a la zaga.
     —¿Puedes hacer el favor de hablar un poco más alto? —dijo el segundo—, no me entero.
     Entonces el señor Silente agarró del brazo a su compañero, y le dijo al oído:
     —Vamos a ver Event, ¿no querrás montar una escenita nada más empezar, verdad?
     —¿Se puede saber qué…? —Fue interrumpido por un dedo del señor Silente, de golpe en sus labios.
     Silencio. Escuchó Event, en su mente.
     Pensaba que habíamos quedado en que nos comunicaríamos de forma ordinaria, para, cito: “no provocar sospechas, como la última vez” Dijo Event en la mente de su compañero, todavía con su dedo en los labios.
     Ya estamos llamando la atención.
     Event se giró entonces hacia donde estaba mirando su colega. Un paisano de aquel tiempo había detenido su auto en la carretera. Emergiendo de la polvareda levantada por el vehículo, el individuo se inclinó cortésmente hacia ellos. Aunque el color y la textura resultaban espléndidos, Event tuvo la impresión de estar viendo una película muda, como las que se hacían en aquella época. Solo entonces se dio cuenta de su torpeza: aún no había activado el audio del mundo.
     —¿Es rarito además de sordo? —escuchó que preguntaba aquel hombre a Framework.
     Su compañero le echó una ojeada.
     —Sí, si… rarito, sí. Una pena ¿verdad? Verá, joven, nos dirigimos a V-Viena, a ver a un especialista, para… para un nuevo tratamiento… para aquí, mi amigo rarito. Pero resulta que no somos de por aquí, ¿sabe?, y nos hemos perdido. ¿Sería tan amable de indicarnos el camino?
     A pesar de comprender al instante el juego que se traía Framework entre manos, Event no pudo evitar indignarse. Sintió que se ruborizaba. Sin embargo, en ese momento solo pudo reparar en lo agradable que le resultó volver a tener sensaciones tan… corpóreas. Era algo adictivo.
     —¿Viena dice? Sí, claro hombre, están de suerte, íbamos hacia allá. Venga, suban, les llevamos.
     —Gracias amigo… —titubeó Framework.
     —Oh, disculpe, Charles, a su servicio.
     Ambos subieron al vehículo, cuyo asiento del copiloto estaba ocupado por una mujer.
     —¿Entonces no han visto nada raro por aquí, una especie de destello, o algo así? —preguntó el hombre.
     —No, de verdad que no —contestó Framework, mirando a su compañero—. ¿Qué cree que pudo haber sido?
     —No sabría decirle, la verdad. Tú también lo viste, ¿verdad, querida? ¿Qué crees que sería?
     —Que te den, Charles —fue todo cuanto dijo la mujer.
Y fue así como los dos viajeros llegaron a Viena, envueltos en un silencio largo e incómodo.

     —Bueno, parece que funciona —dijo Framework.
     —¿Los disfraces? Claro. ¿Por qué no iban a hacerlo? Pero hemos tenido suerte. Si esa mujer no hubiera estado ofuscada por lo que quiera que fuese, podía haber alimentado las sospechas del tal Charles.
     Paseaban tranquilamente a lo largo de una gran avenida, por el centro de la capital del Imperio Austrohúngaro. Contemplaban con disimulado asombro las gentes, los árboles y los monumentos, procurando no llamar la atención. Por más que fuesen vestidos a la moda de aquella época y aquel lugar, los dos habían aprendido por las malas en sus viajes anteriores que lo más importante de un buen disfraz no era el disfraz en sí mismo, sino la actitud de quien lo vestía.
     Había muchas personas en la calle, disfrutando de las últimas horas de la tarde en los cafés que flanqueaban la avenida. Las primeras luces de vapor de mercurio cobraron vida, y arrancaron destellos de las ventanas de los cafés y de los escaparates de las tiendas, algunas de las cuales empezaban ya a cerrar. La tarde se había vuelto desapacible, algo nada raro para los otoños semiinvernales característicos de aquella ciudad. Comenzó a caer una aguanieve débil y dispersa. Por un momento, Event deseó dejar de tener sensaciones físicas. Se cerró mejor el grueso abrigo.
     —No sé —contestó Framework—, supongo que no importa, todas las veces que lo hayamos hecho antes. Cada viaje supone un nuevo desafío. ¿No lo sientes así?
     —Sí. Bueno, creo que te entiendo.
     Event llevaba hechos unos cuantos viajes más que Framework, y entendía perfectamente a su compañero, pero quería aparentar estar más de vuelta de todo.
     —Es bonito esto —dijo.
     —Sí, ya lo creo —contestó Framework, y añadió, pensativo—: Aunque me hubiera gustado poder estar aquí en un tiempo anterior. Ya sabes, para conocer a Beethoven y a Mozart… Siempre he querido saber si de verdad se conocieron en persona. En cualquier caso, dudo mucho que su Viena fuese más bonita que esta. Lástima lo que está a punto de pasarles.
     —Ten cuidado con lo que dices.
     Event observó a las personas con las que se cruzaban por la calle: las señoras de la alta sociedad, con sus coloridos trajes y sus estrafalarios sombreros y guantes a juego; conjuntos especialmente escogidos para el momento social del té de la tarde, que contrastaban con los sobrios trajes oscuros, aunque también elegantes, de los hombres. No parecía que nadie reparase en ellos. Pero debían tener cuidado.
     —No seas paranoico.
     —¿Ahora soy yo el paranoico?
     —Bueno, ya que estamos, visitemos a Sigmund Freud, que lo decida él.
     —Bah —dijo Event, pero se rió.
     No era la primera vez que se enzarzaban en conversaciones así, daba igual dónde y cuándo estuviesen. Lo cierto era que disfrutaban de aquellos momentos. Del hecho de la simple conversación, de la emoción de sentir otra vez las cosas como los seres del pasado. En estas cosas iba pensando Event, mientras hablaban. Envidiaba a los hombres y a las mujeres de todos los lugares que visitaban, porque sabía que para él, para los viajeros del tiempo, momentos como aquel eran algo efímero. Algo casi ilusorio. Como el gozo que se se siente al escuchar una música que termina, dejando tras de sí nada más que el silencio, sin que se te permita seguir disfrutando de un concierto que sabes que aún no ha terminado.
     Event Paró a su compañero.
     —Mira, allí está —dijo, señalando.
     —La Academia de Bellas Artes de Viena —susurró Framework—. Crucemos.
     —¡Cuidado!
     Event puso el brazo por delante del pecho de Framework en el último momento, evitando que éste se lanzase a los pies de los caballos de un carro que pasó como llevado por diablos.
     —Mierda. Gracias… Se ve que tenía prisa, el condenado —exclamó Framework, alzando levemente una ceja en su rostro empalidecido.
     —Venga, vamos Frame. ¿Llevas la recomendación?
     —Sí, aquí la tengo —contestó, echándose la mano al bolsillo del abrigo.

     —Encantado de haberles conocido, señores. Pero me temo que ya poco se puede hacer —dijo el profesor Gregor Rozman. Era un hombre de pelo prematuramente escaso y gris, con un llamativo bigote a la moda. Se trataba de uno de los máximos responsables de los exámenes de admisión de nuevos alumnos en la Academia de Bellas Artes vienesa. Event y Frame habían tardado bastante tiempo en encontrar su despacho, perdido entre otros muchos iguales, en un pasillo abalaustrado que se asomaba a unas grandes escaleras de mármol beis.
Event reparó en los sonidos de las voces y las risas de los últimos estudiantes de la tarde. Sus ecos se diluyeron poco a poco, hasta desaparecer y dejar solo el silencio, más allá de la humosa luz del despacho.
     El hombre apagó su cigarro en el cenicero y se levantó.
     —Pero entonces, lo de ese joven… —dijo Framework.
     —¿Adolf Hitler? No. Olvídenlo. Jamás estudiará en este lugar. No mientras yo viva, al menos —sentenció el hombre. Y la vehemencia de sus palabras hizo que su atiplada voz, que hasta ese momento había sido sosegada, se volviese de pronto más grave, y para nada sosegada.
     —Pero hombre —intervino Frame— ¿no ha visto usted la recomendación?
     Rozman le miró a los ojos. Se sentó de nuevo, exhalando un corto y resoplante suspiro. Dijo:
     —Dígame, señor… perdóneme, lo he olvidado…
     —Pick, Dedrick Pick.
     —Señor Pick, dígame, ¿qué cree usted que es el arte?
     Event lanzó una fugaz mirada de soslayo a su compañero. Quiso decir algo, pero la pregunta había sido retórica.
     —Es un servicio —siguió Rozman—. Un servicio al pueblo, a la gente. A la de ahora, y a la del futuro. Es generosidad y sacrificio, es sufrimiento. Mire, no es nada personal. Llevo años haciendo estas cosas. Los dibujos de ese joven quizá no parezcan tan malos, pero tampoco son nada excepcional. ¿Han visto la obra de Gustav Klimt? Oh, eso, eso es el arte. Es algo que define, pero a la vez reelabora nuestra realidad. Los trabajos de ese muchacho, Hitler, muestran la realidad como algo inerte. Son mediocres. Pero no es eso lo que me llevó a rechazarlo. No fueron sus dibujos. Puede haber gente cuya obra me resulte igualmente insípida, pero en la que vea algo, un potencial. ¿Me entienden? Pero en ese joven, en ese… No.
     Se quedó callado, unos instantes. Luego dijo:
     —Fue… Fueron… Sus ojos. Me hizo sentir… Disculpen. No, miren, les he mentido, sí que es algo personal. Mientras yo ocupe este puesto, ese tal Hitler no será alumno de la Academia de Bellas Artes. Punto final.
     —Que usted no era nada —dijo Framework.
     Event lo miró, alarmado.
     —¿Disculpe? —dijo Rozman.
     —Lo que le hizo sentir, digo, ese joven. Que usted no era nada, que no importaba nada. Que para él era tan importante como esto —dijo, cogiendo el cenicero—, tan útil como este cenicero lo es para usted, porque le sirve para algo; pero en cuanto deje de hacerlo, lo tirará y lo sustituirá por otro. Eso es lo que le hizo sentir.
     —Frame —exclamó Event.
     —¿En serio, “Frame”?
     —¿Y qué más da?, porque se lo vas a decir, ¿no es eso? Vas a pasar ya al plan “B” —afirmó más que pregunto, Event.
     —Sí, es eso —contestó Framework, con un suspiro, tras unos instantes de silencio.
     —Estupendo.
     —¿Plan “B”? ¿Se puede saber de qué hablan, señores? Miren, ya les he ofrecido mucho más tiempo del que debería. Se me hace muy tarde, si no les importa… —dijo el profesor, levantándose de nuevo de su asiento.
     —No, señor Rozman, espere. Le contaremos la verdad. Verá. No somos de aquí.
     —Ya, ya, de eso ya me había dado cuenta. Menudo acento, no se ofendan.
     —Venimos del futuro. Lo sabemos todo sobre usted. Su pasado, su futuro, sus secretos… Cosas que solo es posible que sepa usted. Todo.
     Rozman los miró de hito en hito, primero a Frame, después a Event.
     —Bien —dijo—, estoy esperando. ¿Quién de ustedes se ríe primero? Porque a mí, por lo menos, no me hace gracia. Ya les he dicho que tengo prisa.

     —Parece que ya vuelve— dijo Event, dando palmaditas en la cara a un inconsciente profesor Rozman—. Profesor Rozman, vuelva, ¡profesor!
     —No debiste contarle todos esos detalles de su vida tan de golpe —le acusó su compañero—. Por lo menos, no lo de ese vicio secreto.
     —Oye, la idea de ejecutar el plan “B” fue tuya ¿o no? Yo solo te seguí el juego.
     —Qué… qué… oh, cielos. Menudo mal sueño… —empezó a decir Rozman, mientras volvía a la vida. Pero enmudeció al ver a los dos personajes sobre él, todavía en su despacho.
     —Oh, Dios mío, siguen aquí. No eran producto de mi imaginación. Es una pena, ¿saben? Mi amigo Freud habría tenido un material excepcional, si ustedes dos no fuesen reales.
     —Sin duda, profesor, pero mire, aquí seguimos.
     —Joder, Frame.
     —¿Qué?, qué quieres que le diga. Intento contemporizar. Nunca son cómodas, estas situaciones.
     Rozman se sentó. Parecía resignado. Entonces cogió el cenicero con el puro apagado y lo guardó en un cajón.
     —Se acabó esta mierda. No se lo dirán a nadie, ¿verdad?
     —Descuide, profesor. Nos da igual con qué aderece sus cigarros.
     —Bien, bien. Díganme, entonces, por qué creen que debo admitir a ese Adolf Hitler, que Dios me perdone.
     Los dos viajeros se miraron fugazmente.
     —Al contrario, Dios se lo agradecería —dijo Frame, con una sonrisa.
     Event dirigió a su compañero una mirada de disgusto.
     —Profesor —intervino Event—, verá… estoy seguro de que alguien como usted intuye perfectamente que el Imperio Austrohúngaro es un gigante con pies de barro. El más mínimo altercado puede hacer estallar un nuevo conflicto, y dado el desarrollo actual al que ha llegado la tecnología de la guerra en Europa, donde cada nación parece estar conteniendo el aliento ante la inminencia de algo terrible, cuando llegue ese altercado, que llegará, tendrá consecuencias fatales. A un nivel que el mundo no ha conocido hasta ahora. Le hablo de un conflicto de escala inimaginable.
     —Una gran guerra. Sí, claro, otra más —dijo el profesor— Vale, supongamos que pasa algo así, pero no veo…
     —No otra más. No solo una gran guerra. Le estoy hablando de un conflicto mundial.
     Event, dijo Frame, mentalmente, a su compañero, ¿estás seguro? Quizá no tengamos por qué hacerlo. Quizá esté dispuesto a hacer lo que queremos solo por miedo a que hagamos público lo de su adicción.
     No, Frame. Este hombre es más listo de lo que parece. Creo que lo hemos contaminado. Empezaría a hacerse demasiadas preguntas. Se volvería loco e inservible ya para su tiempo. Además, creo que nos será muy útil. Mejor reclutarlo. Nos lo llevaremos.

¿Y qué pasa con Hitler?
Que pase lo que tenga que pasar. Seguramente ya nunca vuelva a intentarlo, en este tiempo. Seguiremos con lo que tenemos. Probaremos otras cosas.

     Rozman se removió en el asiento, visiblemente incómodo, durante el silencio que siguió a las palabras de Event sobre un conflicto mundial.
     —Pero ¿qué tiene que ver todo esto con Hitler? —dijo. Event creyó notar miedo en su voz, y también en su mirada.
     —Usted lo vio. Lo sabe. Puede imaginarlo. Los tiempos de conflictos y calamidades, profesor, son campo abonado para que surjan los héroes. Y sabe tan bien como nosotros, que lo hemos visto en acción, que cuando el pueblo necesita héroes, no suele tener la sabiduría que hace falta para diferenciar entre héroes buenos y héroes malos. Adolf Hitler será uno de esos héroes. El peor de ellos. La Primera Guerra Mundial, que ustedes conocerán como la Gran Guerra, se llamará así cuando de forma casi consecutiva haya una segunda, provocada por un tratado de paz torpe y vengativo, que ahogará a la nación perdedora: Alemania.
     —¿Alemania perderá? E imagino que con ella caerá nuestro Imperio —dijo Rozman.
     —Su intuición le sirve bien, profesor —intervino Frame.
     —Una gran crisis económica, como el mundo moderno jamás ha visto —siguió Event su relato del futuro—, azotará a todas las naciones, y las tesis marxistas se extenderán por el Este, donde la fuerza proletaria derrocará el imperio de los zares. En la Alemania debilitada por la Gran Guerra y por la crisis, el comunismo cobrará presencia, fuerza y poder, las opiniones de unos y otros se harán extremas. Los líderes populistas se alzarán, exacerbarán el miedo y convencerán a los votantes. Usted vio los ojos de ese joven. Intuyó el mal insondable que anida en su corazón. Imagínese a ese joven sin oficio ni beneficio, despechado por usted y su Academia, después de haber luchado en la Guerra, aguardando una oportunidad para dar rienda suelta a su narcisismo y a su psicopatía. La política será el escenario perfecto para sus maléficas virtudes.
     —Dios mío —exclamó Rozman, en voz baja, con la mirada perdida—. Es espantoso.
     —Lo ve ya, ¿verdad? —continuó Event—. Ve al romántico y apasionado, pero malvado hasta la médula, Adolf Hitler; ve cómo solivianta a las masas y llega al poder, gracias al miedo de la gente al comunismo. Y, de igual modo, otros líderes surgirán en el bando comunista, en Rusia, apoyándose en el hambre y la miseria de la gente. Unos y otros llevarán a cabo los más horribles actos a los que la humanidad se haya enfrentado jamás.
     »Y no usarán solo el miedo al comunismo. También el odio a los judíos, que serán estigmatizados como nunca, antes. ¿Es usted judío, verdad, profesor Rozman? Su familia sufrirá. Serán deportados, y exterminados. Todo porque usted un día no quiso cambiar el curso de la historia, y permitir que ese joven, Adolf Hitler, estudiase lo que quería. Pero ahora ya da igual. Tendrán que hacerlo otros…
     Hubo un momento de silencio. Solo se escuchaba el repiqueteo de una lluvia intermitente allá arriba, contra la cristalera que hacía de tragaluz, al otro lado de la mampara del despacho. Sus colores hacía tiempo que se habían apagado. La noche avanzaba, inexorable.
     —Claro. Por supuesto. Lo entiendo. Lo haré… Déjenme hacerlo. Aún puedo admitir a Adolf Hitler. ¿Pero creen que ese simple hecho bastará, que, con una simple y pequeña decisión como esta, yo, Gregor Rozman, tengo el poder para cambiar el curso de la historia?
     —Es una pregunta inteligente, profesor —dijo Frame—. Y la respuesta es que no lo sabemos. No podemos estar seguros de que con eso baste. Puede que sí, que el poder que emana de una sola persona, en el momento y el lugar indicados, sea suficiente para catalizar una sucesión de desgracias fatales para la humanidad entera, o puede que no sea solo eso. Puede que, aunque usted admitiese a Hitler, surgiesen otras personas u ocurriesen otras cosas que desconocemos.
     —En realidad, profesor, tendrá que ser ya en otro universo —intervino ahora Event—. No es la primera vez que es usted visitado por viajeros del futuro. Sí por nosotros, pero ya han venido aquí antes, otros compañeros. Quizá no fue usted, sino su usted de otros universos, muy similares a este en el que nos encontramos. A eso nos dedicamos, ese es nuestro trabajo. Cambiamos pequeños detalles, modelamos el tiempo. Experimentamos. No podemos intervenir directamente, sino a través de ustedes. Estudiamos los posibles cursos de la historia, en busca de un futuro que nos satisfaga.
     —P… pero, entonces, dijo Rozman, secándose la frente con un pañuelo—, por qué empezar por aquí, y no mucho antes, en otro tiempo, de forma que todo lo que somos ahora fuese ya muy distinto, de tal modo que quizá ni Hitler ni yo existiríamos.
     —Pero es que sí lo hacemos, profesor —contestó Event—. Claro que lo hacemos. Los universos son infinitos, y no podemos verlos todos. Pero hay muchos más compañeros, que viajan y dan forma a nuevos sucesos, en muchos más universos y tiempos. En muchos de ellos, efectivamente, toda esta época es muy distinta. Nuestro trabajo se centra en esta época y este momento concretos. Se centra en usted, y en sus decisiones. Así de sencillo.
     —Así de sencillo —dijo el profesor, con un hilo de voz, y soltó una risilla algo histérica.
     —Verá, señor Rozman —volvió a hablar Event—, pueden salir muchas cosas mal, aunque Hitler deje de ser un peligro. De hecho, ya las hemos visto. Mundos en los que la izquierda llega al poder en Alemania, y esta se alía con la Unión Soviética. En esos mundos Japón no llega a atacar a los Estados Unidos, porque no tiene aliados, y no se atreve, así estos nunca entran en guerra. Al final, los bloques occidental y comunista se equilibran, porque los soviéticos tampoco llegan a tener una excusa para penetrar más hacia el este en Europa. Pero todo esto a usted no le importa, claro. No sé por qué se lo cuento. Bueno, o sí, lo sé. Creo que ya tenemos confianza suficiente, ¿no es así, señor Rozman? Que ya somos amigos. Creo que es hora de que nos vea como somos, en realidad. Es hora de que se una a nosotros.
     Event Cuántico miró a Framework Silente. Ante los ojos de Rozman, sus figuras humanas se fundieron, como si sus colores en la realidad fuesen brochazos de un cuadro impresionista, hasta quedar de ellos solo la luz que animaba sus formas. Entonces, Rozman escuchó una voz en su mente. No eran palabras que existiesen, no eran palabras humanas. Pero entendió lo que decían.
     Eres solo una pequeña parte de nuestro trabajo. Ahora vendrás con nosotros, y verás todo el conjunto, pues tu tiempo en este universo se acaba aquí y ahora.
     El ser que ya no era Gregor Rozman se sintió flotar, por encima de la realidad. Vio el cuerpo de alguien que le sonaba vagamente, tirado en el suelo de un extraño despacho. La voz siguió diciendo, en su mente:
     Nuestro trabajo no es evitar una guerra. Seguramente te suene cruel, pero nos da igual tu sufrimiento y el de tu familia —¿familia, qué familia?—. Estamos por encima de todas esas cosas. Nuestra misión, la razón de nuestra existencia, es viajar y moldear las historias posibles, en busca de un futuro concreto, entre los universos a los que podemos acceder. Es un futuro que hasta ahora no hemos sido capaces de encontrar. Uno en el que, más allá de cierto tiempo, el ser humano no termine por extinguirse y dejarnos solo a nosotros, quienes quiera que seamos.