Elether

Examiné el libro de Elether a la luz del pequeño candil de latón. Observé los dibujos, mientras pasaba despacio las ajadas páginas, porque tenía miedo de rasgarlas con mis torpes manos de metal. 

—¿Qué significa el título? —le pregunté.

—Tiene que ver con Hesperia, la Ciudad de los Muertos —contestó ella.

No pareció dispuesta a añadir más. Se limitó a mirarme, en silencio, como sopesando algo. A mí, pensé. Me sentí incómodo.

Elether era uno de los pocos prens que siempre me trataba de forma natural. Tenía su mérito, porque yo era un robot, una leyenda rescatada del pasado. Me parecía en pocas cosas a los prens. Aun así, al descubrirme, me llamaron “el Enviado”, y me convertí en la posesión favorita de su princesa, Dido. Nunca estuve seguro de que Dido me quisiese de verdad, durante el año que pasamos juntos, pero yo la admiraba. Ahora no podía dejar de pensar en ella, profundamente consternado por lo sucedido el día anterior.

—¿Podremos ayudar a Dido gracias a este libro?

Elether no contestó. Busqué su mirada, inquisitivo, pero no me gustó lo que vi en sus almendrados ojos esmeralda.

Miré a través de la ventana de la pequeña cabaña, el refugio secreto de Elether. La tarde habría sido la de una hermosa primavera, en otras circunstancias. La luna añil acababa de ponerse. Las sombras se apagaban en aquella parte del mundo y los pájaros enmudecían en los árboles. La noche reclamaba ya su reino. A lo lejos, por encima de las copas de los arces, pinos y robles (y otras especies más exóticas que no conocía), sobresalían, diminutas, las torres de Acantha. No podía borrar de mi cabeza los terribles sucesos del día anterior. Incluso hasta allí arriba llegaba el pestilente aroma del azufre, aunque la cabaña estaba a una legua de la ciudad, en la linde de un bosque que terminaba en un barranco.

En parte para tranquilizarme, en parte para quitarme el sulfuroso olor del cuerpo metálico, Elether me había desnudado y lavado con el agua de un pequeño barreño. Allí todo era pequeño. La cabaña tenía aquella única habitación. Cuando estuve seco, ella me dio uno de sus viejos camisones, que olía como el bosque. Como era menuda, me quedaba bien. Más o menos.

—No sé si podremos ayudarla, Zair —dijo, cuando yo ya casi había olvidado la pregunta—. Apenas puedo descifrar lo que dice el libro. Pero no es por eso por lo que quería enseñártelo. Hazme caso, y mira bien los dibujos.

—Me dan igual los dibujos. Estoy preocupado por Dido.

—Ya, pero ahora no se trata solo de ti, ni de tu preocupación por la princesa. Se trata de toda Badhia-Yamina, y quién sabe si todavía más allá.

¿Por qué tenía que importarme a mí lo que hubiese más allá del país de Badhia-Yamina? Apenas me interesaba nada de lo que hubiese en Acantha, fuera de las habitaciones de la princesa. Yo solo era un robot particular. Su robot particular. Pero Elether, al igual que Dido, tenía opiniones muy fundadas sobre mi importancia en las cosas de los prens; aunque, como comprendí después, por motivos diferentes.

Sonó un pitido. Elether sacó del fuego una vieja tetera de cobre, con un trapo, y vertió un líquido verdoso y humeante, que olía a menta y a eucalipto, en una taza de madera astillada. Además del poco espacio, allí todo estaba viejo y gastado, como aquella taza. Aun así, se trataba de un refugio acogedor. ¿Siempre había pertenecido a Elether? Desde luego, estaba llena de misterios, demasiados, para una simple pinche de cocina.

Me ofreció la taza. Estaba muy caliente.

—Te sentará bien —dijo—. Tienes que dormir. Ya seguiremos hablando de todo esto.

—No tengo sueño —protesté.

—Para eso precisamente es esta bebida, tonto. Bébetela, te sentará bien dormir un poco, después de todo lo que ha pasado.

Le di un sorbo. Sabía fatal, muy amarga, pero en cierto modo me agradó. Entre la bebida y la fragancia a cosas del bosque que impregnaba la cabaña, conseguí casi olvidarme del regusto del azufre.

—Elether, ¿qué son “los Eidola”?

—Nada de lo que debamos hablar tan cerca de la noche.

—Pues no voy a dormirme hasta que me digas algo. —Mi preocupación por la suerte de Dido era más fuerte que mi miedo a esos Eidola, fueran lo que fuesen—. No pienso dormirme —insistí.

En ese momento, y pese a mí mismo, me entraron unas ganas enormes de bostezar. Pero me tragué el bostezo y seguí mirándola, impertérrito.

Elether suspiró. Por lo que fuese, decidió satisfacer mi curiosidad.

—“Los Eidola” es el nombre con el que los Antiguos se referían a los Muertos de Hesperia. Son espíritus que no pertenecen a este mundo. Seres etéreos que odian todo lo que está vivo y que están deseando corrompernos, poseernos. Eso es lo que le ha pasado a Dido, Zair. Y me temo que ya no hay nada que podamos hacer por ella. Por ninguno de ellos.

A medida que pronunció las palabras, fue subiendo el tono de amenaza, a pesar de que todo lo dijo en susurros. Me estremecí. Por un instante, me pareció que no era ella quien hablaba, como había pasado con Dido y los demás, la tarde anterior, cuando intentaron comunicarse con los dioses.

—Vale, Elether —dije, con un hilo de voz—. Prefiero seguir hablando de esto mañana, si no te importa.

Ella rio, y fue una risa espontánea y alegre, que rompió de inmediato mi sensación de horror. De hecho, fue como si esa sensación no hubiese existido. Pero se me habían juntado ya demasiadas emociones. Perdí la compostura y me puse a llorar, como el niño que era. De metal, pero niño, al fin y al cabo.

—Zair, qué te pasa —dijo ella, arrastrando las palabras con cariño.

—Nada.

—Vamos, solo he usado un poco de magia de ilusión, para dar más dramatismo a las palabras. Me sale casi sin querer, ya lo sabes.

—Elether, es que… Dido, yo pensé… —empecé a hipear, y no pude decir más.

Ella me agarró de la mano.

—Vamos, vamos, Zair, todo un robot, llorando. Si te viese quien te construyó. ¿Sabes? Antes nunca hubiera imaginado que los robots particulares pudieseis llorar, beber, dormir, sentir las cosas que tocáis… Cuando era pequeña pensaba que solo erais una leyenda.

Ella me había contado, cuando todavía trabajaba en las cocinas del palacio y nos escapábamos a veces al exterior, que los robots particulares eran una especie de sirvientes de los dioses, cuando estos todavía vivían en el mundo, antes de abandonarlo. Según ella, los dioses nos habían hecho a su imagen y semejanza, porque no podían tener hijos.

—¿Y si yo tengo la culpa de todo lo que está pasando? —gimoteé—. Porque si yo era solo una leyenda y estoy aquí, entonces, de algún modo, los espíritus malos, los Eidola, quizá están aquí por mi culpa.

Aquello llevaba atormentándome todo el día. Aunque se trataba de un temor latente en mí, desde hacía algún tiempo; algo que no acababa de identificar ni comprender.

—Tú no tienes la culpa de nada, Zair. La Casa Gobernante jugó con cosas que era mejor dejar tranquilas. Mira —dijo—, ¿ves esta ilustración?

—La Ciudad de los Muertos. Hesperia.

—Sí. Mira —señaló algo con el dedo.

—El cáliz —exclamé.

—Como el que me dijiste que encontró la princesa, en el viaje de la Gran Tormenta, después de verte en un sueño.

—Lo encontró al lado de los muros de Hesperia. Fue el Nexo que usaron ayer, en la ceremonia.

—Lo sé, dijo Elether.

Un búho ululó en el bosque. Me fijé en que ya titilaban las estrellas entre las ramas de los árboles, más allá de la ventana. Las raídas cortinas se agitaron. Sentí frío, pese a la bebida caliente. Elether se acercó a cerrar los postigos, mientras decía:

—La mayor parte de la gente no lo sabe, porque a los nobles acanthianos nunca les ha interesado que se sepa esta verdad. Pero, mira lo que he descubierto —dijo, acercándose.

      —No puedo leerlo todo, pero entiendo algunas palabras. Conseguí una traducción del índice del libro —dijo, orgullosa—. Esta palabra, “Devatar”, en el pasado remoto se usaba para denominar a los dioses, en la Antigua Lengua. Pues bien, en aquellos tiempos, esa misma palabra se usaba también para los Muertos. Tengo que consultarlo con alguien que conozco, pero creo que, al intentar hablar con los dioses, el rey y su hermana, tu querida princesa, han abierto las puertas de Hesperia. Han dejado salir a los Muertos.

—Entonces, Dido…

Ella me puso un dedo en los labios.

—No, no más Dido por hoy. Descansa, Zair. Duérmete ya —susurró—. Mañana tenemos que irnos, y será un viaje muy largo. Tienes que coger fuerzas.

¿Irnos? ¿A dónde? Yo no quería irme a ningún sitio. Yo quería volver a Acantha, con Dido. Pero estaba demasiado cansado para replicar. De pronto, el sueño cayó como una losa que ya no hubo forma de apartar.

Lo último que recuerdo es a Elether, cogiéndome en brazos. No tuve ningún sueño.