La última música.

La última música barroca fue perfecta, Phil, exactamente lo que quería. Empezando por la portada del álbum, estupenda, por fin. La foto del interior de la catedral, con sus grandes y coloridos rosetones, hizo que las notas del Membra Jesu Nostri me trasladasen a Notre Dame. Tenía tantas ganas de visitar Francia y conocerla, Phil. Por eso aquel día, por primera vez, no te llamé para protestar, por creer, tonta de mí, que me habías vendido un disco ligeramente rayado; ni porque la edición que buscase fuese otra. Aquel día no quise saber de otros estilos y compositores distintos a los primeros que me ofreciste.
No volví a pasar por la tienda, para aprovechar la oferta de la semana. No porque tú no hicieses bien tu trabajo, pues me atendías exquisitamente en cada ocasión, hasta casi abrumarme (aunque en realidad siempre me sentí halagada por tu trato) con la cantidad de discos que, uno tras otro, sacabas de todos los rincones posibles de la tienda, para retenerme, aunque solo fuese un minuto más, en la cabina. Porque yo, la verdad, no tenía ninguna prisa por escapar.
No me importaban tus rarezas, como cuando te invité a subir a casa a comer un bocadillo. Fue el día que nos conocimos, cuando entré en la tienda buscando discos de Buxtehude y pareció como si me hubieras estado esperando allí toda la vida. Y eso es justo lo que tu compañero me dijo, tiempo después. Me habías visto a través del cristal del escaparate. Yo estaba cruzando la calle hacia la tienda y le comentaste: “mira, una diosa, y se ve que entiende de música. Va a entrar aquí, y la voy a atender yo”. Y así fue. Supongo que siempre supiste adelantarte un poco al futuro. Después de que me enseñases casi todo lo que teníais de música clásica, te despediste de tu compañero y dimos un paseo hasta mi casa y, cuando te invité al bocadillo, el gesto te cambió por completo, y me dijiste, casi con enfado: “¿En serio, comer en la misma habitación con más gente? No, gracias”. Y te fuiste.
Con la última música, Phil, no protesté como solía hacer siempre. Aunque, en realidad, sí lo hice. Porque mi silencio, mi afirmación de la perfección de aquella música, fue mi protesta. Ya no quise escuchar más tu voz, porque me habías dado a elegir entre seguir contigo, en California, o París. Y yo no podía decir que no a aquella beca. Era mi sueño, lo que había querido hacer toda mi vida. No lo dudé ni un segundo.
Cuando mi deseo y tu tozudez sellaron nuestro destino, te pregunté si querías que te trajese fotos de París, pero tú me dijiste, ¿te acuerdas?, “yo lo que quiero es que te quedes”.
Cuando regresé, ya no eras el mismo. Habías vendido tus primeros libros, y te habías casado. Luego te divorciaste y te volviste a casar… Y, en ese periplo de búsqueda desesperada de la no soledad, fuiste escribiendo más y más. Y cuantos más libros malvendías más te encumbrabas, sin saberlo, al Olimpo de la literatura americana y de la ciencia ficción mundial. Te impulsaba la misma energía desbordante y obsesiva que había en aquellos ojos tuyos, el primer día, en la tienda. Pero tu vida se fue volviendo más rara, más desordenada y fatal. Yo volví a lo mío y tú seguiste con lo tuyo, hasta que aquella energía acabó por consumirte por completo. Daba miedo volver a ti. Te consumías a ti mismo y a casi todo cuanto se te acercaba.
Hoy, Phil, a pesar de mi éxito profesional y de que ciertamente he sido feliz, y de que sé lo infeliz que hubiera sido de haber claudicado ante tu energía, de haber sido la esclava de tus caprichos y cambios de humor… a pesar de todas esas casi certidumbres, sé que tú serás la causa por la que las personas del futuro conocerán mi nombre. Sabrán de mí, sobre todo, cuando lean tu fascinante y conmovedora biografía, escrita por Anne, tu tercera esposa. Cuando lean que un día confesaste a otra de las víctimas de tu endiablado encanto: “¿Sabes?, creo de verdad que Betty Jo fue el gran amor perdido de mi vida”.
Adiós, Phil, descansa en paz. Quizá nos veamos en alguna otra vida. Te pediré un disco de Buxtehude. Ojalá no sea perfecto.