La llegada del niño-robot.

                    

Era la décimo tercera jornada de viaje desde Acantha. Los últimos siete días los hicieron hostigados por la tormenta, bajo cielos plomizos, con lluvia en el viento y barro en el camino. Con mejor tiempo, decían soldados y exploradores, ya deberían haber visto refulgir en la distancia los cobrizos pináculos de las torres de Hesperia, la Ciudad Inmortal. Pero no había nada. Nada existía a más de 20 pasos, aparte de ellos mismos, que no fuera lluvia y barro.

Acababan de perder al joven mago, Ephiro, y a dos monturas ghaund. Por culpa de aquella desdicha, y por los continuos atascos de los carromatos, llegaban tarde a su cita con los dioses. Pero, para la mayoría, la muerte de Ephiro puso en perspectiva sus ganas de no hacerlos esperar. “Que les den a los dioses”, murmuraban muchos en la comitiva, aunque enseguida se arrepentían y rogaban en voz baja por que la paciencia fuese virtud de sus divinos anfitriones.

La trágica pérdida del mago fue un duro golpe, que les recordó las palabras de los Augures, antes de salir de Acantha. Palabras impías, sobre reyes traidores. “No llevéis a cabo este viaje”, habían susurrado las voces desde la oscuridad, detrás de las efigies del Templo.

Aquella noche acamparon con un temor instalado en los corazones, sin que los titubeantes fuegos, sacudidos por la lluvia y el viento, bastasen para poner cerco a su desánimo. Las tinieblas parecían cobrar formas siniestras al compás de los gemidos de la tempestad. Pero su empresa era ineludible, pues era la mismísima hermana del rey, la princesa Dido, quien mandaba la comitiva. Y, para ella, volver atrás no era una opción.

Dido y muy pocos más sabían el verdadero propósito de la misión: encontrar pistas sobre la llegada del Enviado. También sabía que jamás debían entrar en la ciudad de los dioses, aún si lograban encontrarla. Pues solo los muertos deambulaban por sus calles. No es que la mayor parte de los miembros de la comitiva no tuviesen conocimiento sobre ciertas leyendas tenebrosas, ligadas a aquel lugar. Pero existían también otras historias, más luminosas, sobre hazañas de guerreros-santos, bendecidos en Hesperia. Ella las usó para inflamar la imaginación de los miembros de la expedición, incluso de los más temerosos. Tergiversó aquellos mitos ancestrales, en los que la soldadesca creía con fervor, y los exhortó a llegar a la Ciudad Inmortal antes de la Tercera Luna para ganarse así el favor de los dioses o, de lo contrario, despertar su ira. “¿Pero no lo hemos hecho ya?”, se preguntaban algunos, a tenor de aquel tiempo del averno.

El verdadero problema para Dido residía en saber que ella no era la única persona que buscaba al Enviado. Por eso, cada momento contaba. Pero tenía que ser la propia ciudad, Hesperia, la que eligiese el momento para mostrarse, así como el modo de hacerlo. El precio, ella bien lo sabía, ya lo habían pagado.

En lo más profundo de la noche, mientras su carromato era mecido con brusquedad por las arremetidas del viento, Dido se rindió por fin a un sueño intranquilo, pero un fuerte empellón, más brusco que los demás, la sacó de su duermevela.

—¿Qué ha sido eso? —exclamó la princesa, en la oscuridad apenas alejada por la mortecina luz de la lámpara de aceite—. Imsu, ¿lo has oído?

Pero el eunuco no respondió. No estaba allí. ¿Dónde se habría metido Imsu, con la noche que hacía? ¿Fuera de la seguridad del carromato, el medroso eunuco? No lo creía. Inquieta, se echó una capa por encima y saltó al exterior. Lo primero que notó fue que el viento se había calmado. De forma asombrosa, no se movía ni una brizna de hierba. También había dejado de llover. Quizá les estaba atravesando el ojo de la tormenta, pensó. Lo segundo que notó fue que estaba sola. Allí no había nadie. Eso la inquietó bastante. De pronto, las tormentosas brumas la cercaron, arremolinándose a su alrededor en una danza casi hipnótica. Sonó un grito, como el que la había despertado, un lamento metálico que fue subiendo en intensidad hasta hacerle vibrar el esternón. Entonces, las brumas se disiparon y el sonido cesó. Ante ella, se materializaron las puertas de una ciudad. No era Hesperia. Era Acantha, su casa… O, más bien, una extraña versión. Una Acantha en ruinas, pero que brillaba envuelta en una luz de plata y espejos, con la gloria de una antigua civilización extinta.

Por las escaleras del Gran Templo bajaba una pequeña figura. Parecía un niño. Era un niño. Un niño de metal.

—Hola —dijo la criatura—. ¿Sabes si estoy muerto?

—No lo creo —respondió Dido—. ¿Quién eres?

—Yo soy… era… ¿Eforo, Aziru? No lo sé, lo he olvidado.

—Dime, esto es un sueño, ¿verdad, pequeño?

—¿Un sueño? ¿Entonces, no estoy vivo?

Dido tuvo miedo de responder a esa pregunta, aunque no supo decirse por qué.

Las escaleras del templo brillaban con una intermitencia enfermiza.

—¿Por qué dices que es un sueño? —dijo el niño de metal, con un mohín.

—Qué va, no lo es —negó Dido. ¿se apiadaba del niño, o le tenía miedo? El pequeño de metal pareció creerla. Se rio.

—Ven —dijo el niño, que la tomó por el brazo—. Es por aquí, es por aquí—. Insistió, tirando de ella hacia la oscuridad del templo.

—¿Qué es lo que es, pequeño? Espera, niño, más despacio.

Dido despertó.

—Alteza, por fin. Me teníais preocupado. —Amsu, el eunuco, tiraba de su brazo, los michelines colgando sobre su cuerpo—. Alteza, están aquí. Las puertas de Hesperia.

—Amsu —reaccionó por fin la princesa—. Tenemos que volver. El Enviado, ya sé dónde encontrarlo. Está en casa, Amsu, en Acantha. Siempre lo ha estado —dijo, asomándose al exterior del carromato.

La luna Acantha, de mismo nombre que su querida ciudad, se alzaba majestuosa y añil, en el cielo de tonos lapislázulis, sobre las puertas de Hesperia.

                       

—Vamos, Zair —exclamó la princesa Dido, aunque ella seguía sentada en su silla de nácar, atusándose los azulados tentáculos ante el espejo.

—Este es un día muy especial —siguió hablando— ¿lo sabes, verdad? Oh, claro que lo sabes, mi pequeño robot particular.

—Por supuesto que lo sé, Alteza…

—No seas tonto, sabes que tú puedes llamarme Dido. Te lo he dicho muchas veces. Para ti soy Dido, porque eres como mi hermanito.

—Claro, Dido. Y sí, lo sé muy bien, eso que decías. Tengo un año, pero no soy tonto. Hoy es el día del Llamamiento. Hoy los prens llamaréis… eh, llamaremos a los dioses.

Ella dejó de hablarle a mi reflejo, se giró y me miró. Estuve seguro de que notó algo en mi voz. Miedo. Pero se refirió a otra cosa. Dijo:

—Has hecho bien al incluirte; que ser diferente no te engañe, porque esto de hoy no sería posible sin ti. Hallarte fue una señal, un milagro. Padre tiene razón, estoy segura de que hoy sí nos escucharán, por fin… Y será gracias a ti, Zair, ¿te das cuenta?

Yo no quería darme cuenta de nada, porque sí, me daba miedo ser el centro de atención. Había temido la llegada de ese día desde que me dijeron que ese día llegaría. Pero asentí. En cuanto a ser diferente, la verdad era que mi cuerpo tenía poco en común con los prens, o con los pérfidos xash. Siempre estuve convencido de que me parecía más a los dibujos de los dioses que había visto en las Enseñanzas. Para mi extrañeza, nunca nadie le dio mucha importancia a ese detalle.

El caso es que Dido había insistido mucho en que tenía que sentirme y comportarme como si fuera un pren. Y no uno cualquiera; uno de la Casa Gobernante, ni más ni menos. Lo de comportarme podía intentarlo, vale. Pero, ¿sentirme? Eso no lo tenía tan claro. En cualquier caso, parecía que a la princesa y a los demás les bastaba con mi comportamiento.

Ella se levantó, por fin.

—Bueno, vamos. Ay, estás monísimo, con tus tentaculitos nuevos —dijo.

Me tendió la mano y abandonamos la habitación de suelos de caprichosas geometrías blancas y negras, iluminadas por el sol de la mañana. Una escolta de dos soldados de la Guardia de Honor de la Casa Gobernante esperaba al otro lado de las puertas. Se pusieron en marcha, detrás de nosotros. Los miré de soslayo, mientras caminaba junto a la joven princesa, seguro de que no me quitaban ojo de encima. Me sentía un poco ridículo, con la tiara con tentáculos artificiales que me habían puesto, pero no me atrevía a decírselo a nadie, y menos a Dido.

Recorrimos el laberinto de pasillos, puentecitos de piedra de mármol pulido y escaleras del interior del palacio, hasta llegar al ascensor de cristal, que nos bajó hasta la base del cráter. En su zona central, se apiñaban las torres del palacio, del que acabábamos de salir, y sus estructuras aledañas. El cráter era una antigua cuenca de impacto de un fragmento de estrella, me había enseñado Zabdás, el profesor de la princesa y, por lo visto, y por añadidura, también el mío. (Por añadidura; eso me decía Eleter, la niña de las cocinas con la me escapaba a veces al exterior, cuando Dido estaba demasiado ocupada. Según ella, respecto a mí todo era siempre “por añadidura”. Creo que la princesa no le caía bien. En una ocasión me dijo que solo los dioses podían tener robots particulares. No sé, la verdad, Eleter era un poco rara —todo lo rara que le podía parecer una pren a un niño-robot rescatado de un pasado desconocido—, pero me caía bien. Un día Dido se enteró de mis correrías junto a ella, y ya no me dejaron verla más).

En menos de lo que se tarda en pensarlo, estábamos en la Plaza Winrún, en el mismo centro del cráter, rodeados por las torres del palacio y las demás estructuras de la Casa Gobernante. Era una plaza más o menos circular, enorme. En el extremo opuesto al palacio, a los pies de la Escalinata del Gran Templo, habían puesto un estrado con una mesa alargada y muchas sillas. Una multitud de prens se había congregado en el lugar. Su visión me alteró bastante. Unos cuantos se dieron la vuelta y, luego, muchos más cuando fueron conscientes de nuestra llegada. La princesa respondió con sonrisas y gestos encantadores, toda llena de gracia, como ella era.

Alguien salió a nuestro encuentro. Era un diácono del templo.

—Por aquí, Alteza —nos indicó, mientras nos abría la puerta de un largo y curvado pasillo, al otro lado de la columnata que rodeaba la plaza. La algarabía de la gente quedó poco a poco reducida a un quedo murmullo, mientras nos adentrábamos en la frescura del interior. Yo estaba hecho un manojo de nervios, pero la presencia de la princesa me llenaba de confianza. Junto a ella, sentía que nada malo podía pasar.