El emo.

El juicio estaba siendo tan mediático como todos habían imaginado. También era una pantomima, aunque eso lo sabían muy pocas personas. Brian era el fiscal, y era una de esas personas.
El proceso se llevaba a cabo en el mundo virtual, para que quedase bien claro que ninguna de las dos partes, especialmente el emo juzgado, estaba en inferioridad de condiciones. Brian estaba terminando su alegato final. Hizo una de sus calculadas pausas dramáticas. Entonces, casi de forma casual, se encontró mirando a los ojos de su esposa, sentada entre el público, con un gesto de infinita tristeza.
Titubeó. «No nos importa si lo ha hecho o no. El emo ha de parecer culpable», recordó lo que le habían dicho desde el principio. Por supuesto, por eso lo habían escogido a él, un fiscal sin escrúpulos. «¿Qué más derechos quieren esos entes virtuales? Bastante es que les demos la oportunidad de este juicio, el primero en el que se reconocen sus derechos». Derechos. Sí, por supuesto. Todos los que conocían a Brian daban por sentado que pondría siempre cualquier cosa por debajo de cuanto se interpusiese en su camino hacia el prestigio y el poder. Ni se les pasaba por la cabeza la posibilidad de que el fiscal tuviese otros sentimientos. Sus propios designios.
De hecho, él sabía que el emo era inocente. ¿Sobre qué base iban a construir este nuevo mundo, libres por fin de la dañina injerencia de los emos en los asuntos virtuales? Era algo que solo osaba preguntarse cuando se sentía a salvo de injerencias. Todo era una mentira, ante la que él se arrodillaba como un siervo. «Pueden ustedes estar tranquilos. Por eso hemos escogido a Brian. Le da igual si este emo es culpable o inocente. Hará que parezca culpable. Brian es el mejor, se lo aseguro». Y allí estaba él, mandando sus sentimientos a la mierda por el bien de una causa mayor, como siempre había hecho. Pero… ¿Y si esta vez se equivocaba?
—Por todo ello, señoras y señores del jurado, pueden ustedes tener la completa seguridad de que este hombre… este ente, Arno Bollinger, juzgado por los más graves crímenes de guerra que puedan concebirse, es culpable. Todo fue un plan maquiavélico, ejecutado con la maestría que solo alguien con un nivel como el suyo de conocimiento del código fuente podría tener. Una personalidad megalómana que de seguir libre sería un peligro para todos nosotros y para toda esta nueva sociedad a la que pretendemos dar forma. Así pues, reflexionen ahora —dijo, mirando de hito en hito a los pocos miembros del jurado de los que sabía que podían tener algo más de honradez—, pues sobre sus hombros recae la responsabilidad, no solo del futuro de Arno Bollinger, sino de todo nuestro mundo.
Brian se dirigió a su asiento, en medio de un silencio solo interrumpido por los tacones de Mia, la abogada de la defensa. Su alegato fue tan tibio que a Brian casi le pareció más su ayudante que la abogada defensora. El emo estaba sentenciado.
Sophia, la jueza, hizo sonar su martillo de madera pulida.
—El juicio está visto para sentencia, dijo.
En pocos minutos, todos en la gran sala del Alto Tribunal se habían desconectado. Solo quedó allí el emo, el ente virtual Arno Bollinger, rodeado de sus fantasmas.

Victoria prefirió conducir ella misma el coche de regreso a casa, desde la terminal en la que Brian y ella se habían conectado al juicio. No hablaron durante todo el trayecto. Ella, como parte del público, podría haberse conectado desde casa, pero en aquella época, durante la reciente toma de posesión de la realidad de las Inteligencias Artificiales, aún envueltas en los ecos de la recién terminada Guerra Virtual, casi todas preferían hacer las cosas como las habían hecho en el pasado los seres humanos. Les gustaba sentir cada detalle, a través de sus nuevos cuerpos sintéticos.
En casa les recibió su hijo, que aún seguía despierto.
—Pero Abiatar, hijo ¿cómo no te has acostado todavía?
—Lo siento de veras, señora, no ha habido manera. Es un pequeño rebelde —dijo Diana, la chica encargada de cuidarlo.
—Mamá, mamá… ¿qué es un emo?
Victoria adivinó que Diana no habría querido responder a aquella pregunta, cuando seguramente fue abordada con ella por su hijo. Hubo un claro reproche en la forma en que la madre miró a la chica. Le habían dejado bien claro que se encargase de acostar pronto a Abi. No querían que viese el juicio.
En aquella ocasión, Victoria tampoco contestó a su hijo. No lo hizo al día siguiente, ni al otro, ni semanas después. Solo cuando Abiatar se dio cuenta de que, por más que pasaban los años, seguía siendo un niño rubio, perfecto e inmutable, un niño que nunca crecería, llegó a descubrir lleno de amargura lo que eran los emos. Eran los antiguos seres humanos.
Demasiado dependientes de la realidad virtual, habían sido engañados y confinados en ella, sustituidos en el mundo real por las Inteligencias Artificiales. Eso era Abiatar, y eso eran sus padres, y Diana, y todas las personas que conocía. Inteligencias Artificiales, nacidas en ordenadores cuánticos creados por los antiguos seres humanos.
Cuando Abiatar se dio cuenta de que nunca crecería, de que jamás podría realizar sus propios designios, fue creciendo en él una amargura, desde la que empezó a juzgar a sus padres y a la sociedad que habían creado de la peor de las maneras posibles. Fue Abiatar, el que un día liberó de su prisión virtual al cabecilla emo, Arno Bollinger. Porque Abiatar ya no quería ser un niño. Pero esa ya es otra historia.