Animamorphing Corporation.

“¿Ha decidido reencarnarse al morir, pero no le atrae la idea de convertirse en un aburrido robot y no tiene los créditos suficientes para algo mejor? ¿Quiere tener todo un mundo nuevo a su alcance, lleno de desafíos que afrontar? ¿Ama a los animales? ¿Ha respondido a todo que sí? Entonces, está usted de suerte. No lo dude más y venga a conocernos.
Somos Animamorphing Corporation.

Nosotros terraformamos, usted vive. Disfrute como un animal”.

El anuncio llegó de golpe, locutado con una voz de marcado acento anglosajón y acompañado por una fanfarria de música electrónica épica. Podía haber sido uno más entre los tantos que llegaban a las retinas y lóbulos cibernéticos RA de John Sebastián, cada vez que paseaba por las calles de Madrid o de cualquier otra ciudad del sistema solar. Podía haberlo desechado, como un spam más que burlaba sus filtros, una nueva tontería poco creíble. Podía no haber reparado en él, distraído por sus pensamientos, por estar hablando con otra persona o por cualquier otro motivo. Pero, justo en ese momento, John Sebastián no estaba distraído, así que leyó el anuncio. Le pareció, ciertamente, poco creíble; pero picó lo suficiente su curiosidad y decidió archivarlo, con un leve movimiento de la mirada y dos rápidos pestañeos. Esa simple elección cambió el curso de su vida.

—Dígame, señor Sebastián… —dijo la mujer, a todas luces una ginoide, en el mostrador de la recepción de un viejo edificio de usos múltiples.
John se esforzó en verla como a una mujer normal. Hacía pocos años, en el 2413, que androides y ginoides habían ganado el derecho a ser tratados como seres humanos, aunque no por ello muchos humanos verdaderos (si es que tal cosa aun existía en los albores del siglo XXV) dejaban de sentirse incómodos cuando interactuaban con ellos.
—Luna —contestó él.
—¿Perdón?
—Señor Luna. Sebastián es mi segundo nombre. Me llamo John Sebastián Luna.
—Oh, claro, disculpe. Lo corregiré enseguida.
Qué poca profesionalidad, pensó. Mientras ella corregía su ficha, miró a su alrededor. Por primera vez, se preguntó por qué se había dejado seducir por el extraño anuncio del día anterior. No le gustaba aquel lugar. Había imaginado que una empresa llamada Animamorphing Corporation se encontraría en uno de aquellos asombrosos rascacielos que luchaban por llegar al cielo de Madrid, pero se hallaba en un edificio gris y decadente, perdido en los suburbios de la ciudad. Parecía el vestíbulo de un viejo periódico del siglo XX. Además, el nombre de Animamorphing no se veía por ninguna parte. Le pareció extraño, y a punto estuvo de irse. Pero, sin saber muy bien por qué, siguió allí, abstraído en sus pensamientos.
¿De verdad le otorgarían un cuerpo animal, si resultaba apto en los test? Apenas podía creerlo: ser un animal en un nuevo mundo, todavía virgen. Construir nuevos cuerpos humanos sintéticos era un proceso lento y costoso, pero los animales podían clonarse en mucho menos tiempo y usarse como anfitriones, sin los problemas éticos (y legales) de ocupar clones humanos de contrabando.
Solo había un problema. John sabía que la teleportación de la esencia humana a animales (o del alma, mente, memoria, voluntad, psique o como se la quisiese llamar) era algo poco más que experimental. Algo peligroso. Había visto documentales sobre el tema, en los que decían que la esencia humana quedaba adormecida, en un estado latente. Como animal, no sería él mismo. Aunque usar robots terraformadores como anfitriones del alma humana era un método más basto y primitivo, al menos ya había demostrado funcionar. Las taras psicológicas que experimentaban los así resucitados habían servido de argumentos para no pocas historias de terror, pero al menos eran historias imaginables. Nadie se había atrevido a especular aún con la visión del mundo de alguien que hubiera sido una serpiente.
De pronto, todo aquello le pareció una locura.
—Vale, arreglado. Dígame, señor Luna —dijo la ginoide, justo cuando John hacía ademán de darse la vuelta para marcharse de allí—, ¿por qué quiere usted reencarnarse para vivir en otros mundos?
—Yo… quién no querría… —dijo al fin, todavía allí de pie, frente a ella.
—Oh, créame, mucha más gente de la que se imagina. Muchos practicantes de distintas religiones, por ejemplo, que siguen creyendo en una nueva vida al margen de la tecnología. También, mucha gente que no tiene los créditos suficientes para una buena reencarnación. No todo el mundo está dispuesto a resucitar como un robot terraformador y a tener que trabajar durante decenas de años, en una luna desolada y estéril de Épsilon Eridani. Y todo para poder ganarse un cuerpo clonado de segunda categoría y una casa prefabricada de 20 metros cuadrados entre otros cientos de miles iguales.
—Desde luego, no parece la mejor visión de la otra vida —contestó John, circunspecto—. Aun así, yo sí estoy dispuesto a eso. Después de todo, por algo se empieza. ¿Y qué otra alternativa hay, para los que no creemos?
—Señor, lamento decirle que para robot terraformador no pasa usted los test.
—¿Ah, no?
No daba crédito, ¿qué era eso de que no pasaba los test? Quizá ya nunca tendría una nueva vida, después de morir, por culpa de aquel estúpido anuncio. Se le ocurrió la idea de que Animamorphing era una tapadera, una empresa que llevaba a cabo una labor subrepticia para el Estado, descartando a candidatos no aptos.
—No, señor Luna —contestó ella—. Para eso son los test. Lo sabemos todo sobre usted.
—¿Todo?
—Usted nos dio permiso al firmar el documento. ¿No leyó la letra pequeña?
John se preguntó si el atisbo de malicia que creyó percibir en la mirada de la ginoide fue solo su imaginación.
—Claro que sí, ¿por quién me toma? Pero dígame, ¿por qué tanto secretismo? —dijo, cada vez más harto de aquella situación.
—¿A qué se refiere? —preguntó ella.
—Vamos, no juegue conmigo —respondió—, no he visto ni un solo letrero, indicación, nada, que diga que estoy en una empresa que se llame Animamorphing Corporation. ¿Qué es esto?, una tapadera para descartar a personas no aptas, como yo, ¿verdad?
—Disculpe, pero di por hecho que alguien con su inteligencia ya lo habría supuesto, señor. Animamorphing —bajó la voz— es un proyecto secreto. No nos interesa que lo sepa todo el mundo. Usted, como todas las demás personas con las que hemos contactado, ha sido escogido.
John se quedó callado unos segundos.
—Escogido, ¿yo? ¿Por qué? Espere, me han estado espiando —afirmó, más que preguntó.
—Pues claro, señor Luna, como cualquier otra empresa. No se alarme, no hemos hecho nada ilegal. Solo nos hemos aproximado a la información disponible sobre usted desde una perspectiva, digamos… diferente.
—¿Diferente? ¿A qué se refiere?
—¿Leyó bien la información, antes de hacer los test?
—Sí, sí, lo de los animales, y todo eso.
—¿Y no quiere saber con qué animal ha resultado usted identificado? Porque he ahí la cuestión.
—Eh… no sé —vaciló—, ¿un águila?, ¿un lince?, ¿un zorro?, ¿un guepardo? —enumeró con creciente excitación algunos de sus animales favoritos.
—Un pulpo, señor Luna. Entiendo su azoramiento —dijo ella enseguida, lo que le confirmó a John al instante cómo debía percibir la ginoide su rostro perplejo y encendido—, pero no es lo que usted piensa.
—Yo no quiero reencarnarme en un pulpo, por el amor de Dios —dijo, casi a voces. Todas las personas en el vestíbulo se giraron a la vez hacia él. Todas fingieron estar muy ocupadas con sus propios asuntos, cuando las barrió con la mirada, cada vez más turbado.
—Me parece que no ha entendido nada —dijo la ginoide, apenas disimulando una sonrisa.
-—Perdón, ¿le hace gracia?
—Disculpe. Es que no sabe usted nada sobre el tema, solo lo que cuentan en esos documentales sensacionalistas. Además, ¿sabe qué?, creo que me está mintiendo, y que no se ha leído la letra pequeña. No se va a reencarnar en un pulpo, sino en un perfecto ser humano, un cuerpo exclusivo, de primera categoría. Pero con… algo de ADN de los pulpos.
—¿Cuánto, de ADN?
—Muy poco. Detalles cosméticos.
Eso ya no sonaba tan mal. John carraspeó. Dijo:
—¿Por qué de los pulpos?
—Son una de las especies más inteligentes de la Tierra —contestó ella—. Casi llevadas a la extinción en el siglo XXI por lo exquisito de su carne. Pero bueno, eso no viene a cuento ahora. Verá, señor Luna, ya hemos copado todas las vacantes que teníamos para los animales típicos más solicitados. Ahora necesitamos individuos para otras especies más exóticas. Si los test hubieran mostrado que usted es perfecto para ser un tigre, un león o un delfín, nos habríamos visto obligados a rechazarle como candidato. Así que, lo toma o lo deja.
John apenas dudó. Quién no querría resucitar dentro de un cuerpo de primera clase (¡y exclusivo!), por mucho ADN de pulpo que tuviese. Vamos, aunque fuese ADN de cucaracha. Estaba más que dispuesto a tener antenas, si ese era el precio de una nueva vida entre las estrellas.
—Pero, dígame, eh…
—Bollinger, Circe Bollinger.
—Señorita Bollinger, todo eso suena muy caro. Ya sabe, la teleportación cuántica de la memoria, las nuevas patentes que sin duda necesitarán para la impresión 3D de cuerpos sintéticos exclusivos… Y sepa que yo apenas tengo para costearme los gastos de una resurrección como robot terraformador.
—No se preocupe, eso es lo mejor. Usted no tendrá que pagar nada.
—Venga ya, nada es gratis, señorita Bollinger —dijo, y una parte de él reparó en que había dejado de pensar en ella como en una ginoide—. Venga. ¿Cuál es el precio?
—No hay precio. De verdad. Al menos, no en créditos. Pero…
Allá vamos.
—Todos ustedes servirán de conejillos de indias para algo nunca probado antes. Además, deberán despedirse de su vida en este mundo, exactamente dentro de dos años, cinco meses, catorce horas y treinta y seis minutos. Es decir, no podemos esperar a su muerte natural. Pero eso no es todo. Verá, señor Luna, si todo sale bien y alguna vez despierta, no será hasta dentro de mil años.
Silencio.
—¿Alguna pregunta?
—¿Alguna pregunta? —casi escupió él, repitiendo las palabras—. Están ustedes locos. Adiós —dijo, y se dirigió raudo hacia la salida.
—John Sebastián Luna —lo llamó ella. Él se giró, ya en la puerta.
La ginoide puso delante de su rostro una mano cerrada en un puño, abrió los dedos y un documento apareció en una esquina de la visión de John.
—Por si cambia de idea. Para firmar, cuando abra el documento, pestañee dos veces.
John se marchó, sin decir nada más.

Aquella noche, John apenas pudo conciliar el sueño. Cuando por fin lo consiguió, soñó que se amoldaba a los contornos de las cosas. Soñó que era las cosas mismas. Entonces quiso ser la forma de Salma, y estiró sus largos, múltiples y escurridizos tentáculos haca ella. Pero allí no había nadie. Despertó.
Las luces nocturnas de las farolas se colaban apenas entre las cortinas de raso, decoradas con dibujos de búhos que adquirían formas siniestras en la penumbra. El tenue resplandor parecía no atreverse a burlar a aquellos mudos vigilantes, guardianes de una tristeza atemporal.
John se obligó a abrir por fin los ojos a la realidad.
Salma había muerto hacía menos de un mes.
—Luz, mesilla.
La luz de la mesilla se encendió. Se levantó.
—Bata —pronunció, y la prenda surgió como de la nada, para cubrir su desnudez. Algo que sin duda habría parecido magia a cualquier persona de hacía pocos siglos. Su mente de escritor siempre se ponía en el lugar de otras personas, de otros lugares y otros tiempos.
Se dirigió a la cocina y volvió con una taza de algo, que bebió de un trago. Se movía en silencio, como un fantasma del futuro en unas estancias olvidadas. Abrió la puerta de un armario y cogió uno entre los muchos ejemplares repetidos de un mismo libro. En todos los lomos se leía, en letras sencillas, pero hermosamente entrelazadas:

“Los vigías de las fronteras de los sueños”.

Salma y él lo habían escrito a cuatro manos, durante los últimos dos años.
Se sentó en la cama y estuvo allí un largo rato, con el libro entre las manos, contemplando las cortinas. No las había abierto desde que Salma se suicidó.
John dejó el libro y corrió las cortinas. Estaba amaneciendo. Pero era un alba de luz lejana y fría, que se deslizaba por los muros manchados por la lluvia de los altos edificios de enfrente. Abrió la ventana y se asomó al vacío. Un viento que olía a humo y a lluvia azotó su rostro. Estaba temblando. Volvió a cerrar, con tanta fuerza que rompió el cristal. Se retorció. Vomitó en la moqueta los restos de una cena tardía.

Despertó allí mismo, sentado en el suelo, al lado de la cama. Era casi de noche otra vez. Las figuras de los búhos lo miraban desde las cortinas mecidas por el viento, pacientes e inquisidoras. Se sintió hecho un asco, pero con la mente despejada. Los últimos recuerdos de lo soñado se le escaparon de forma irremediable, pero supo que tenía que ver con los búhos y con Salma. Por primera vez en un tiempo que entonces sintió tan largo como una condena, supo qué hacer.

En un lugar no muy lejos de allí, Circe Bollinger abrió los ojos.
“Lo tenemos. Ha firmado”, decía el mensaje entrante.