Un breve extracto de “Los vigías de las fronteras de los sueños”. (Un cuento mitológico, moderno y sorprendente).

Una noche, más de un año después, John no era capaz de dormir. Cuando por fin lo consiguió, tuvo un sueño recurrente. Volvió a soñar que se amoldaba a los contornos de las cosas. Soñó que era las cosas mismas. Quiso ser la forma de Salma, y estiró sus múltiples y escurridizos tentáculos hacia ella. Pero allí no había nada. Abrió los ojos.
Las luces nocturnas de la ciudad se filtraban apenas entre las cortinas de raso, decoradas con dibujos de búhos que adquirían formas siniestras en la penumbra. El tenue resplandor parecía no atreverse a burlar a aquellos mudos vigilantes, carceleros de su tristeza.
Salma había muerto hacía menos de un mes. John era golpeado sin piedad por aquella realidad, cada vez que despertaba.
—Luz, mesilla.
La luz de la mesilla se encendió. Se levantó.
—Bata —pronunció, y la prenda surgió como de la nada, para cubrir su desnudez. Algo que sin duda habría parecido magia a cualquier persona de hacía pocos siglos. Su mente de escritor siempre se ponía en el lugar de otras personas, de otros lugares y otros tiempos.
Se dirigió a la cocina y volvió con una taza de algo, que bebió de un trago. Se movía en silencio, como un fantasma del futuro en unas estancias olvidadas. Abrió la caja del correo y cogió uno de entre los muchos ejemplares repetidos de un mismo libro. En todos los lomos se leía, en letras sencillas, pero hermosamente entrelazadas:

Los vigías de las fronteras de los sueños”.

Salma y él lo habían escrito a cuatro manos, durante los últimos dos años.
Se sentó en la cama y estuvo allí un largo rato, contemplando las cortinas. No las había abierto desde que Salma se suicidó.
John dejó el libro y corrió las cortinas. Estaba amaneciendo. Pero era un alba de luz lejana y fría, que se deslizaba por los muros manchados por la lluvia de los altos edificios de enfrente. Abrió la ventana y se asomó al vacío. Un viento que olía a humo y a lluvia azotó su rostro. Estaba temblando. Volvió a cerrar, con tanta fuerza que rompió el cristal. Se retorció. Vomitó en la moqueta los restos de una cena tardía.

Despertó allí mismo, sentado en el suelo, al lado de la cama. Era casi de noche otra vez. Los búhos lo miraban desde las cortinas mecidas por el viento, pacientes e inquisidores. Se sintió hecho un asco, pero con la mente despejada. Distintos detalles de algo que acababa de soñar, que sintió como de una trascendencia epifánica, se le escapaban de forma irremediable. Pero con un esfuerzo casi físico logró retener en su memoria dos detalles. El ulular de un ave nocturna; la risa de una mujer, teñida por la luz de una luna añil, en un lugar de un futuro distante.
John estuvo varios minutos allí sentado y sin apenas moverse, en actitud pensativa. De pronto, fijó su mirada en un punto indeterminado del espacio. Sus iris se movieron, de forma casi imperceptible, y pestañeó dos veces.

En otro sitio, no muy lejos de allí, Circe Bollinger abrió los ojos.
“Lo tenemos. Ha firmado”, decía el mensaje entrante.