Uralt (Antigua)

La Alemania de mi infancia se rompía, mientras paseábamos bajo las ramas desnudas de aquel noviembre, sobre las intrincadas sombras de los árboles de la Avenida Karl Marx.
—Ara, Lars me ha pedido que te recuerde que él estará allí.
Yo no iba a seguir a Lars. Aunque lo quería, no pensaba dejar mi trabajo en mi pequeña librería, Uralt.
—No iré, Lina.
Antes de vernos aquel día me había imaginado a mí misma explotando de indignación, cuando ella me hablase de Lars y sus malditas ansias por Occidente; por eso fui la primera sorprendida al escuchar mi voz calmada.
—¿Solo eso? Vaya. No te lo has tomado tan mal, esta vez —dijo Lina.
—Ya. Debe ser por este precioso día —sonreí.
Era una mañana clara y azul, que brillaba en la nieve de los árboles; el frío naciente del otoño moribundo se volvía agradable a medida que caminábamos, envueltas en nuestros viejos abrigos. Entonces tuve una sensación maravillosa, y le dije a Lina algo parecido a esto:
—¿No te das cuenta, Lin? La luz no brillará más al otro lado del Muro (…) —Y dije más. Fue una larga parrafada.
Ella me miró con sus verdes ojos de gato, enmarcados por su media melena rubia peinada al estilo occidental. Dijo:
—Arabella Nikanova, nunca cambiarás. Pero el mundo sí que cambia, te guste o no. No es solo la luz, no todo son sentimientos, y esas… esas cosas tan bonitas que escribes en tus poemarios. Mira Ara, lo siento, pero pienso como Lars, es normal que la gente joven quiera vivir mejor, ver cambios.
—Ya, a ti te gusta, ¿no?
—¿Qué?
—Vamos, deja ya de fingir, que aunque escriba poemas no soy tonta, Lin. Y tú le gustas a Lars, también. Él mismo me lo dio a entender, una vez. Bueno, la voz que hablaba por él, a través del vodka. Después quiso negarlo, claro —La miré.
—Ara, yo…
—Ve tú con él. No te preocupes, ve a Occidente.
Occidente. Con ese nombre, entre el eufemismo y el mito, nos habíamos referido siempre a Berlín Oeste, y a todo lo que representaba. Aunque ahora solo yo seguía llamándolo así.
Las dos nos quedamos calladas, un silencio incómodo, denso, mientras caminábamos por la interminable avenida, con sus edificios de estilo socialista de inmensas fachadas, adornadas con motivos del Berlín de un pasado perdido. Era un silencio de silbatos de guardias urbanos, tubos de escape y trinos de gorriones. Pero silencio, al fin y al cabo, tan alargado como la sombra de un muro. Supe, con total certeza, que era el fin de nuestra amistad.
Estuve varios minutos fingiendo que me interesaba mucho en el tráfico, para evitar que Lina viese las lágrimas que, rebeldes y contra mi voluntad, asaltaron mis mejillas. Pero ella se dio cuenta.
—Oh, Ara, pero no llores —dijo, haciendo ademán de rodearme el hombro con el brazo—. Yo…
La interrumpí bruscamente, y le aparté la mano de un empellón. Entonces dije aquellas palabras. Aquellas por las que lo daría todo por poder volver al pasado, a ese instante, y decir algo completamente distinto.
—Que te jodan, Lina. Fóllate a Lars y a Occidente entero, si quieres. Yo me quedo en mi librería. —Me aparté de ella. Salí corriendo de allí, cruzando la calzada tan ancha como un río, sin ver a los conductores enfadados ni oír el sonido de sus cláxones. Solo podía oír a Lina, gritando:
—Ara, ¡Ara! ¡Arabella!

Lina tenía razón. El mundo cambió.
Un día, mucho tiempo después, cuando ya no había muros que pudiesen ser vistos, un día de una primavera gris e indiferente, abrí mi vieja librería. (Vieja por los viejos libros que ya casi nadie compraba y por cómo yo la sentía; porque, por lo demás, hacía años que el Estado me había expropiado el viejo local por derribo, y dado el dinero suficiente para abrir una nueva).
Puse los estands de publicidad en su sitio, escribí el código de la caja, terminé de subir la persiana y volteé el cartel de la puerta a su lado de “abierto”. Me puse a leer, a la espera de algún cliente despistado y más bien joven, que no se hubiese dado cuenta de que la mía era una librería especializada; o de alguna persona mayor, de esas de las que cada vez quedaban menos (quizá avergonzadas de desentonar con el nuevo Berlín), pero que de vez en cuando se refugiaban en Uralt, en busca de un ayer. Entonces, mucho antes de lo acostumbrado, tintinearon las campanillas de latón de la puerta. Entró un hombre, todo él gris como ese día de primavera esquiva, gris en su engabardinada vestimenta y en el ánimo que desprendía. Me costó un largo instante darme cuenta.
—Lars.
—Hola, Ara. Lina ha muerto. En el atentado islamista. Ayer.

No quiero recrearme en el dolor de ese momento. Pero diré que, antes de irse, Lars me dio una nota.
—Toma —dijo Lars—, Lin me la dictó, en el hospital. Me dijo que una vez le dijiste algo parecido a esto. Me dijo que te dijera que tenías razón. Y que la perdonases.
No tuve fuerzas para decirle a Lars que era ella quien tenía que haberme perdonado a mí. Tomé la nota y Lars se fue en silencio. La leí.

“Ara, una vez me dijiste algo parecido a esto: que la luz no brilla más al otro lado del Muro. Que da igual donde estemos, porque siempre van a existir muros, y la mayoría no se ven. Las personas que se empeñan en recordar que el muro existe, son las que menos pueden escapar de su sombra. La felicidad está en nosotras mismas, en nuestra visión del mundo y de sus cosas.
Tenías razón, Ara, pero aplícatelo también a ti misma. Por favor, cuida de Lars por mí”.

El año siguiente cerré la librería, y me fui a vivir con Lars, a Occidente. Fue una primavera llena de luz.