La portadora de la pasión

Tatiana_Nikolaevna

 

Akim Chaliapin quería encontrarse en cualquier otro lugar. Él creía en los ideales de sus camaradas, en los ideales de la Revolución. Pero, durante aquellas últimas semanas, había empezado a dudar. Quería estar en cualquier otra parte, a pesar de haber visto morir a Yerik, entre sus propias manos, en Khodynka; a pesar de saber después que el nuevo zar Nicolás II había sido coronado sobre la sangre todavía caliente de su hermano, con un despilfarro de dioses ajenos al pueblo miserable; a pesar de que los más de mil muertos no fuesen motivo suficiente para suspender las celebraciones.

Akim dejó de ser un niño en Khodynka. Perdió sus naturales, luminosas pasiones; su  propósito vital. Los años siguientes creció en él un solo deseo, el de vengarse. Los recuerdos de aquel día lo acompañarían siempre, como un vacío ya no de hambre sino rabia, que durante mucho tiempo creyó más imposible de calmar que el hambre. Pasó más de veinte años evocando las escenas en su memoria, cada día, antes de dormir. Las revivía como horrores que transitaban entre la realidad y sus pesadillas. Una avalancha de carne, gritos, sonidos inhumanos, sangre, cuerpos retorcidos en ángulos espeluznantes…

La tragedia, supo luego, habría podido evitarse con una gestión más cabal por parte de las autoridades zaristas. Era tradición repartir dádivas entre el pueblo, con ocasión de la coronación de un nuevo zar. Esta vez iban a repartir para cada persona una pieza de pan y una salchicha, unos pretzels, pan de jengibre y una taza de cerveza. Pero solo tenían allí para unos pocos miles. Aquel día en Khodynka se congregaron quinientas mil almas desesperadas. Los dioses no lo eran tanto. El ansia y el hambre del pueblo, y el despotismo y negligencia de las autoridades del gobierno zarista, convirtieron aquellos regalos en una locura colectiva, que se llevó la vida de Yerik, y la infancia y la luz de Akim. Dos vidas rotas, por la promesa insatisfecha de un día menos de penurias.

Más de veinte años después de Khodynka, Akim formaba parte de la guardia de la casa Ipátiev, en Ekaterimburgo, donde retenían a Nicolás y su familia. Pero, más cerca que nunca de cumplir su venganza, el bolchevique vivía atormentado.

Ipátiev, la Casa del Propósito Especial, como la llamaban los bolcheviques, era un lugar oscuro y siniestro. Pero Akim solo aprendió a verlo como tal a través de sus clandestinas charlas con Tatiana, en las últimas y extrañas semanas allí. La casa, aislada del mundo, se convirtió en un espacio de condenación, no para él, ni siquiera para Tatiana y su defenestrada familia, sino como símbolo de la condenación misma. A la vez, durante aquellos últimos días, surgió en él una esperanza, que dolía como la luz de la mañana en los ojos de un prisionero que no tiene fuerzas para salir de su prisión. La rabia que siempre lo había alimentado durante los últimos veinte años, se debilitó. ¿Por qué, cuando me es más necesario, me arrebatas el odio y me das un propósito? ¡No lo quiero! Porque, por supuesto, él habría preferido seguir odiando. Era lo más fácil.

Akim era pragmático; entendía la posibilidad de aquel asesinato a sangre fría. La Legión Checoslovaca del Ejército Blanco estaba a las puertas de Ekaterimburgo. Aunque él había oído que lo que pretendían era asegurarse el control del Ferrocarril Transiberiano, fue consciente del cambio en la actitud de los oficiales a partir de aquel momento. Yurovski se comportaba de forma cada vez más fría, más callada. Apenas les dirigía la palabra. Pero Akim lo había visto en su mirada.

Después llegó Goloshchyokin, con un mensaje urgente del mismísimo Comité Ejecutivo Central, durante el turno de guardia de Akim. Lenin había dado la orden de actuar. El Ejército Rojo no podía arriesgarse a que el Ejército Blanco rescatase con vida a alguien de la familia real, pues un solo Romanov vivo podía convertirse en el adalid de la causa anticomunista. En el ánimo inmundo, en los gestos y en los rudos silencios de los camaradas de la guardia de la casa, la muerte cobraba forma.

Akim fantaseaba, durante los últimos días, con salvar a Tatiana, con sacarla de aquella realidad y huir junto a ella, a cualquier otro lugar. Pero solo fantaseaba. En realidad, fue ella la que salvó al soldado. Sí, él comprendía lo que iba a suceder, comprendía las razones. Pero dejó de sentir que aquella fuese su causa. Se hartó de odiar. Los mensajes con los que se comunicaba con Tatiana (que acostumbraba a quemar nada más leer) habían trastornado su visión del mundo. Una cierta alegría de la juventud que nunca conoció vino a él allí, en Ipátiev, el lugar menos adecuado del mundo para ser feliz. La consciencia de este sentimiento, tan extraño, tuvo un efecto liberador para Akim, que supo lo que tenía que hacer.

En la última hora de su última guardia, antes de la llegada del alba con su luz mentirosa, Akim Chaliapin se voló la cabeza con su arma reglamentaria. Fue el primero de los muchos disparos que sonaron aquel día, aunque de este no se hable en ningún libro. Junto al cuerpo de Akim encontraron una foto de Tatiana Romanov, con una nota escrita en el dorso.

 

Amor puro, amor luminoso es el sol. El sol nos da tibieza y caricias de amor. Todo puede ser en el amor y ni una bala puede derribar al amor”.

 

Cuando el avión despegó, Sonia Chaliapin, sentada en el asiento de la ventanilla, vio refulgir la dorada cúpula de la Iglesia Sobre la Sangre de Ekaterimburgo, construida en el lugar de la Casa del Propósito Especial. Rememoró vívidamente el relato sobre el bisabuelo Akim que le había contado su madre el día anterior, mientras visitaban la iglesia. No estaba segura de que aquella versión del bisabuelo Akim hubiese existido de verdad, de que no fuese una invención de su madre. Pero, durante el resto de su vida, fue en la que ella creyó.