El Ascenso de Skywalker, análisis y contracrítica.

 

Espoilers gordísimos… Solo leer si se ha visto la película.

 

Después de un tiempo de inactividad en el blog, por haber estado preparando una oposición, vuelvo a escribir en él, y no es ninguna sorpresa que sea con motivo del estreno de El Ascenso de Skywalker, el Episodio IX de la saga principal de Star Wars. Y es que fue precisamente, hace dos años, el estreno del Epidosio VIII, Los Últimos Jedi, el motivo de que iniciase la andadura de este espacio web, dedicado, como su nombre bien ilustra, a servir de replica para todas las críticas estúpidas que se perpetran en Internet y que los imbéciles siguen con adoración.

Debo decir que ya he visto El Ascenso de Skywalker dos veces, y que el análisis que voy a hacer a continuación de la película, como todos los que caracterizan a este blog, va a ser diferente de cualquier otro que podáis leer en cualquier otro sitio, más centrado en la sensación y en la emoción, y muy, muy poco inclinado a dejarse llevar por “mainstream” alguno. Huelga decir que NO debe leer nada de lo que sigue nadie que aún no haya visto la película.

Para intentar criticar la película, y digo “intentar” porque ninguna crítica a ella es sólida ni veraz, se han dicho principalmente tres cosas, a saber:

Que se opone al Episodio VIII y lo contradice. Que es un “fan service” descarado. Que todo es improvisado en cada una de las películas de esta trilogía.

Mentira. Mentira. Mentira. Todo es falso.

Antes de desgranar las sensaciones y en el camino explicar ciertos poderosos detalles que se van desprendiendo de la película, cabe preguntarse el por qué de tanta animadversión hacia ella. Pero bueno, también la hubo hacia el Episodio VIII, la hubo hacia el VII, la hubo antes hacia la trilogía precuela, y aunque ya pocos se acuerden o se atrevan a decirlo en voz muy alta, también, en su momento, hacia la trilogía original, Una Nueva Esperanza incluida. Y bien, el espíritu humano es así, capaz de lo mejor, pero también de lo peor; de construir y de destruir; de amar y de odiar. Donde hay luz hay oscuridad, y las opiniones de los críticos y la gente, magnificadas en esta era de Internet y Redes Sociales, son inacabables, numerosas, espontáneas, hechas con poco tino y reflexión, pero a la vez como si le importasen a alguien… opiniones de una mente colmena estúpida y aletargada, construida de voluntades débiles, sin un criterio propio sobre las cosas, ni bien definido.

No voy a ahondar mucho más en ello. Es algo de lo que ya hablé en la primera entrada de este blog, hace dos años, sobre Los Últimos Jedi. Aquella película fue más golpeada por los fans, y esta última más por los críticos, pero la estupidez iguala a ambos; democratización de la estupidez, haciéndola don de todos ellos por igual. Pues, como se puede ver en El Ascenso de Skywalker, no hay frontera que separe a los Episodios VIII y IX. Son un todo indivisible, distintos movimientos de una sinfonía, repleta de resonancias, paralelismos y rimas audiovisuales. Así pues, y en cuanto al primer factor preponderante en las críticas estúpidas a la cinta, hemos de descartar ya de raíz el que el Episodio IX se oponga al VIII. No solo no lo hace, sino que ambos bailan una danza coordinada y compleja, en la que cada paso obedece a un paso previo.

En cuanto a que hay demasiado “fan service”, la acusación es pueril. No lo hay más que en cualquier otra película de la saga, o de género basada en una franquicia dada. Sí es cierto que la originalidad de Rian Johnson en Los Últimos Jedi (excesiva para muchos, refrescante para mí y otros muchos también, aunque no montemos pataletas y se nos note menos), puede hacer parecer, en contraste, que J.J. Abrams se doblegue demasiado ante las demandas del fandom. Pero esta sería una visión necia, por poco sabia. Lo que hace Abrams, y no será que no lo avisó durante la producción, es hacer una película que hermana de forma satisfactoria todos los cabos que había que atar de esta trilogía, y no solo de ésta, sino de las tres trilogías. Dado lo arduo, lo inmenso de esa tarea para una sola película, de una duración bien ajustada, la labor de Abrams para El Ascenso de Skywalker no se puede juzgar, finalmente, sino como grandiosa. Pero, ¿por qué? Por todo lo que voy a comentar a partir de aquí, ahora ya sí, sobre el Episodio IX de la saga de los Skywalker.

Por último, lo de que en esta trilogía se ha ido improvisando es una estupidez de magnitudes ilimitadas. De hecho, ha estado mucho más cohesionada y preparada, desde el principio, en sus líneas maestras, que la trilogía original. Que sí, que cada director aporta su visión única. Por supuesto. Precisamente por eso, cuando dicha visión se desviaba demasiado de lo que se quería, se invitaba amablemente al director que fuese, Colin Trevorrow, a abandonar el proyecto. La trilogía original tuvo también varios directores. George Lucas controlaba todo, y suya era la historia, pero precisamente por eso, por ser la visión principal de un solo hombre, en la trilogía original fue todo más improvisado, aunque pueda resultar paradójico. Como principal ejemplo de ello, Lucas no tenía ni idea de que Vader fuese el padre de Luke. Si aquello sorprendió tanto a todo el mundo (aparte de porque no existía Internet), fue porque el primer sorprendido fue el propio Lucas. Aquella idea le vino sobre la marcha, ya estrenado el Episodio IV. En comparación, en esta trilogía secuela todo ha estado mucho más hilvanado desde el principio. Eso es algo que veremos a medida que comente la película.
Lo que voy a hacer es ir describiendo los principales hechos de la película, no necesariamente de forma secuencial, aunque empiece por el principio, deteniéndome solo en los momentos para mí más importantes, los que más me han marcado, para comentar ciertos detalles desde mi punto de vista sobresalientes, en los que quizá aún no haya reparado todo el mundo, y que habrán de ilustrar por qué con esta película estamos ante uno de los mejores momentos de Star Wars, una obra maestra del género, si no del cine en general.

 

La acción comienza con Kylo Ren buscando un objeto Sith muy singular, del que solo existen dos, llamado Buscarrutas (Wayfinder, que todo suena mucho mejor y más épico en inglés), en un planeta volcánico que nos suena… claro que nos suena; es Mustafar.

Ha pasado un año de los hechos vistos en Los Últimos Jedi. Un inciso: lo normal entre los diferentes Episodios de la saga es que entre uno y el siguiente haya transcurrido cierto tiempo en la historia, dos o tres años, incluso, algunas veces, varios meses, otras. Lo excepcional fue que la historia del VIII sucediese sin solución de continuidad con el VII (original, de nuevo). Kylo Ren está enfadado, muy enfadado. Su fuero interno es un torbellino de ira, nacida de contradicciones, miedos y frustraciones. Así, vemos como se lleva por delante a todo lugareño que se cruza en su camino hacia el Buscarrutas. Es una secuencia de inicio magistral, seguramente el mejor inicio de esta trilogía, y uno de los mejores de toda la saga, por detrás del IV. La maestría, el saber hacer cinematográfico de Abrams, perfectamente arropado por su equipo, llega al máximo de su carrera en esta película, y lleva a Star Wars a prodigios audiovisuales que no dejan de sorprendernos, que claro, es lo que esperamos cuando se trata de este tipo de cine, y más de Star Wars, pero no quiere decir que sea fácil. Pero el principal mérito de la película, como veremos, es que todo ese prodigio audiovisual no se come en ningún momento a la historia, sino que la sirve. Es un telón de fondo secundario, la acción continua, para una trama que se irá resolviendo  principalmente en momentos de quietud y reflexión, no exentos de filosofía, en un nivel intelectual sensible. Y eso es lo que diferencia principalmente a Star Wars de cualquier otra película de buenos efectos especiales y prodigios audiovisuales. Y si Star Wars se caracteriza por esto en general, El Ascenso de Skywalker es el paradigma de esa aproximación al cine que en cierto modo inventó George Lucas. Abrams rinde un tributo colosal a todo un género, que es lo que en cierto modo es esta saga en sí misma, un nuevo género cinematográfico.

Luego se nos presenta a Rey, cuyo primer diálogo cumple una doble función: servir de alivio para la sobredosis de dramatismo inicial del filme, y a la vez, de forma magistral, de piedra de guía en el guión, marcando un momento fundamental del arco de su personaje en esta historia: Mientras levita, rodeada de piedras, en una clara alusión al chascarrillo del VIII sobre que la Fuerza es mucho más que “levantar piedras” (uno de los numerosos guiños entre Abrams y Johnson, aunque los necios autores de la crítica más dañina, y pueril, quieran haber visto una confrontación entre ambos directores y películas que, como vemos es inexistente), Rey intenta comunicarse con la Fuerza Viva (elemento fundamental de la filosofía Jedi, que conecta esta película con las precuelas y las enseñanzas de Qui-Gon Jinn), con los fantasmas de la Fuerza, los maestros Jedi que la precedieron. No es capaz de conseguirlo. Tiene dudas, muchas dudas sobre sí misma, su papel en todo esto. Una ira, también, por no saber quienes fueron sus padres, y por qué la abandonaron, como sacará a relucir más tarde, Kylo Ren, cuando ambos se encuentran, de nuevo enlazados por la Fuerza, de nuevo Abrams desarrollando de forma brillante y perspicaz recursos argumentales basados en ideas del VIII, ese nuevo poder de la Fuerza, ideado por Rian Johnson (¿recordáis?, baile, danza).

Rey y Kylo son dos almas unidas, que el destino, la Fuerza, ha unido, la nieta del antiguo emperador, Sheev Palpatine, y el nieto de su lugarteniente, el asesino de Jedis, Darth Vader. Solo que la madre de Kylo nació del amor de ese asesino de Jedis, antes de convertirse en tal, cuando era un Caballero Jedi, de nombre Anakin Skywalker. No sabemos, ni se nos explica, en cambio, bajo qué circunstancias nació Rey, pero sí se nos dice que su padre era el hijo de Sheev. En ambos casos, Leia, hija de Anakin/Vader y el hijo cuyo nombre desconocemos de Sheev Palpatine, son entes benévolos, que se oponen a la maldad de sus progenitores, uno redimible, no el otro.

A lo largo de la película, esa relación especial entre ambos se va construyendo sobre claves argumentales de los Episodios VII y VIII, desde ese primer momento en el que Kylo la captura y comienza a enamorarse de ella, a la vez que la odia, pues hay en ella una luz y un poder, una mezcla de ingenuidad y oscuridad desconcertantes para él, pero que a la vez le recuerdan a sí mismo. Son almas gemelas. Ahora las bocas de los necios que se lanzaron a criticar de forma injusta y despiadada el Episodio VII, trasluciendo de paso un mal disimulado machismo, porque aquella chica novata derrotase a Kylo Ren, todo un señor del Lado Oscuro, líder de los Caballeros de Ren, comienzan a cerrarse (o, en su necedad, criticarán aún con más odio este Episodio final, y todo lo que tenga que ver con esta nueva trilogía, hasta que los años pasen y el tiempo les haga cambiar de opinión sin sentir tanta vergüenza).
Porque cuando se experimenta una obra de ficción, HAY QUE EVITAR LAS SUPOSICIONES, que matan a la imaginación. Además ¿chica novata e indefensa? Para nada. Pensemos en Rey, cuando la conocemos ya en la primera secuencia del Episodio VII: una chica hecha a sí misma, que subsiste sola en un mundo hostil, chatarrera de agilidad sin igual, descolgándose desde alturas imposibles, por entre las tripas de gigantescos destructores: que es capaz de imponer su voluntad a otros chatarreros con solo dos palabras, cuando rescata a BB-8 de otro chatarrero, y reducir a unos matones con su habilidad en la lucha con el bastón (que sí, resulta terminar siendo una vieja arma Jedi, un sable de luz, tal como vemos en la última escena, cuando por fin, lo enciende, quizá después de haber descubierto lo que era, y haberlo reparado, o modificado). En fin, todo eso, YA ESTABA AHÍ. Como cuando Kylo Ren ausculta su mente, y retrocede acobardado ante lo que descubre en ella. Es difícil, cuando las obras se degluten de forma descuidada, en vez de verlas detenidamente, saboreándolas, caer en todos los detalles, tanto visuales como sonoros. Pero es vidente cuando Ren entra en la mente de Rey, que hay una fuerza poderosa y oscura en el interior de ella. Se escuchan claramente los rugidos. No eran casualidad. Todo estaba pensado, mucho más hilvanado, insisto, que en la propia trilogía original. También podemos recordar las arremetidas con el sable de luz de Rey en el bosque en la nevada base planetaria Starkiller, que si los ponemos justo después de ver cómo usa su sable Palpatine cuando van a detenerlo los Jedis en la Venganza de los Sith, es exactamente el mismo gesto.
En fin, había ese plan maestro. Siempre se supo que Palpatine estaría ahí, que era pieza fundamental en esta trilogía, y Snoke solo un poderoso secuaz (en realidad, ahora lo sabemos, un avatar de Darth Sidious, del que vemos varios clones en tanques, en Exegol, una suerte de remedo siniestro de los avatares clonados de la película de James Cameron).
Palpatine se lo explica a Ren en el comienzo, todas las voces en su cabeza, la de Snoke, la de Vader, la propia Fuerza oscura que atormentó a Luke y le hizo acobardarse y no querer abandonar Ahch-To, eran maquinaciones de Palpatine, que se había refugiado en las regiones desconocidas de la galaxia (aquí como un remedo del espíritu de Sauron en El Señor de los Anillos). Una historia que fue anticipada ya, por cierto, en la trilogía de novelas Consecuencias, que es canon, y cuyo primer volumen se publicó ANTES, incluso, del estreno del Episodio VII. Todo estaba pensado, aunque luego cada director, por supuesto, y eso como hemos visto no hace sino enriquecer la obra, aporta su visión y su impronta (sin salirse demasiado de los raíles, como hizo Trevorrow, claro). Lo que pasa también, claro, es que había que rodearlo todo del mayor misterio posible. No darlo todo mascado.

Además, por si fuera poco, tenemos la similitud entre las notas musicales que son el tema de Rey y las de Palpatine. Cambiando la clave y los arreglos, ambas melodías tienen paralelismos evidentes. (Desde el principio).

Otro ejemplo de la maravillosa sinergia que se da entre Rian Johnson y J. J. Abrams, ahondando en la forma en que Abrams usa argumentalmente ese nuevo poder ideado por Johnson en Los Últimos Jedi, la vemos en dos momentos de la película muy cercanos, en su parte final. Uno es cómo al frustrarse el plan de Darth Sidious al negarse Rey a matarlo, decide acabar con ella; aquí las resonancias son también, como hay muchas durante la película, a nivel de trilogías: la negativa de Luke a matar a su padre, y cómo un Sidious enfurecido y frustrado decide entonces acabar con él. Solo que aquí Abrams y Chris Terrio, el coguionista, juegan también con el elemento de la unión única y singular que supone para la Fuerza el vínculo entre Rey y Ben. Un vínculo llevado a cabo con intenciones maléficas, pero que en la propia Fuerza cobra vida por sí mismo. Significa en un poder sin igual, que, Palpatine comprende, puede absorber para sí. No se trata tanto de la esencia de ellos, sino de la Fuerza que su vínculo genera, que el emperador usa en su propio beneficio.

Pero el que quizá sea uno de los momentos más hermosos a la vez que épicos de toda la película, y de toda la saga, es cuando ella echa su espada hacia atrás, dispuesta, creemos, a tomar impulso para rematar a su abuelo, y en un nuevo uso maravilloso del poder de la Fuerza que vincula a ambos, antes de que los dos estén ante Palpatine, lo que hace es pasarle el sable de Anakin a Ben Solo. Para mí, sin duda, el giro más inesperado y alucinante de la película. No es que no supiésemos que ella ya se había dado cuenta de la llegada de Solo, que tal trasluce en su mirada, prendida de ese amor, en medio de la ira, las dudas y la oscuridad; pero aún asi, ese giro de cómo la pasa el sable de luz, por medio del poder de la Fuerza ideado por Johnson en el VIII, no nos lo esperamos, y es bellísimo. (De nuevo la danza entre ambos directores y películas).

Otras cosas muy interesantes que vemos en esta parte final es que por fin se nos explica un detalle que nunca hemos tenido del todo claro en la saga. Aquí los ecos son de todas las trilogías, y hacen especial referencia a esos momentos en los que Sidious insiste en que aquellos a los que pretende dominar le maten o maten a otros Sith, impulsados por su ira y su odio. Más allá de lo perfectamente comprensible de lo nocivo de un acto así, desde el punto de vista moral, para el que lo ejecute (si es que tiene sentimientos), ahora se nos hace ver que hay un efecto práctico: El Sith asesinado pasa a ser parte del que lo ejecuta.

Más ecos con las trilogías anteriores, uno muy poderoso con la trilogía precuela, en concreto con la escena de cuando Mace Windu está a punto de acabar con la amenaza que supone Palpatine, rebotando sus rayos de poder contra su cara, con su sable de luz. De no ser por la caída al lado oscuro de Anakin, aquel hubiera de haber sido el final de Darth Sidious (Windu no lo iba a matar llevado por el odio o la ira, sino por puro pragmatismo Jedi), pero no lo fue. Luego sucede toda la historia de la trilogía original, en la que los rebeldes acaban con el Imperio, y Luke descubre quién es su padre, encuentra el valor para enfrentarse a él, y lo redime, por el amor. Sin embargo, para acabar finalmente, de una vez por todas, con Palpatine, con lo que supone el apellido en sí, y ascender como una Skywalker de título, en su última acción, que debiera haber sido la última de su vida, Rey usa el mismo método que en manos de Windu hubiera acabado con el emperador. Es de un valor simbólico enorme, porque a la vez, redime, en cierto modo, al propio Anakin, terminando de una vez por todas con el mal al que él dio aliento al salvarlo matando a Mace Windu. Aquí el poder de Palpatine es aún mayor, alimentado por la Fuerza del vínculo que acaba de absorber de Ben y Rey, pero el de Rey también. Porque ella sí tiene dentro de sí la resolución, la confianza en sí misma, que al final ese es el mensaje, de saber que no está sola, que Ben ha venido por ella, y que todos los otros Jedi que la precedieron están, de algún modo, con ella. Poder, resolución, confianza que simbolizan la cruz formada por por las dos espadas, que hace rebotar con un poder incontestable los rayos del Sith. “Yo soy todos los Sith”, dice Palpatine, cuyo poder nace del miedo, la muerte y el odio. Y Yo todos los Jedi… los que no la escuchaban en lo que quizá juzguemos un chascarrillo sin importancia la primera vez que vemos la película, al principio de esta… pero escena que anticipa de forma magistral el clímax, cuando ella se levanta, escuchando las voces de todos los Jedi: Luke Skywalker, Obi-Wan Kenobi, Yoda, Anakin Skywalker, Ahsoka Tano… por citar los principales. Y sí, todos son los actores reales que interpretaron a esos personajes antes, Hayden Christensen y Ewan McGregor incluidos, también Frank Oz, y también la voz que dobla a Ahsoka Tano en la versión original. (Y sí, lo he buscado, y también las voces de los actores de doblaje españoles son TODAS las mismas de los personajes que interpretaron antes).

Quedan cosas por repasar, como la redención de Ben Solo, la hermosísima forma en que se rinde tributo al personaje interpretado por Carrie Fisher, de la mejor forma posible, por la muerte por el amor de su hijo, al que redime con ese acto, que a la vez significa la muerte de Ben Solo, que regresa, el Jedi (otro eco) ante la ira de Rey, en su camino hacia el Lado Oscuro. Pero ella es aún un ser inocente y de luz, básicamente, así que usa el mismo poder que habíamos visto por primera vez, en esta misma película, con la serpiente subterránea, y cura a Ben Solo. Luego vemos a Solo oteando el horizonte de ese mar embravecido donde han luchado, remedo del mar de lava de Mustafar donde tiene lugar el enfrentamiento entre Anakin y Obi-Wan en el Episodio III. Escucha la voz de su padre, un recuerdo que despierta el sacrificio de Leia, un recuerdo revivido por la Fuerza, una suerte de regreso al pasado. Una nueva oportunidad. Pues la escena de la muerte de Han se repite punto por punto, palabra por palabra, como el motivo de una sinfonía. Grande. Hermoso. Emocionante. Esta vez sabemos por fin que las palabras “Sé lo que tengo que hacer, pero no sé si tengo fuerza para hacerlo”, querían decir que Ben Solo de verdad quería regresar en aquella escena del VII, pero no tuvo la fuerza necesaria. El Lado Oscuro, simbolizado entonces, en aquel momento, por el sol que se terminaba de consumir, dejándolos en la oscuridad iluminada de rojo de las luces artificiales, fue más poderoso. Pero ahora Ben arroja lejos el sable de luz. Es otra de las escenas más emocionantes de la película, de la trilogía, y de la saga, a un nivel comparable al del sacrificio de Anakin, arrojando al Emperador por el pozo de la torre de la Estrella de la Muerte, en El Retorno del Jedi. Ecos, paralelismos, rimas, resonancias… Una verdadera sinfonía cinematográfica, gestada a lo largo de más de 40 años.

Vemos muchos más de esos ecos. Ya al principio, cuando Kylo Ren llega a Exegol, Darth Sidious dice, palabra por palabra, una frase que le había dicho a Anakin en La Venganza de los Sith, sobre las cualidades del Lado Oscuro, en relación a la posibilidad de alargar la vida de forma antinatural.

Y hay aún otros paralelismos muy hermosos, entre las dos historias de amor, siempre un amor trágico, shakespeariano, la de Padme y Anakin y la de Rey y Ben. Si recordamos el final de la trilogía precuela, es ella, Padme, la que acude a Mustafar (primer planeta que vemos en este Episodio final), donde está Anakin, que ya ha sucumbido a la Oscuridad, y ella termina muriendo. Aquí es Ben quien acude a Exegol, donde ella aún no ha caído en la Oscuridad, pero está a punto de hacerlo. Él también termina muriendo, pero su llegada le da a ella la fuerza que necesita para no ceder a la ira. Luego sucede lo del sable de luz azul, Jedi, con el que por primera vez vemos combatir a Solo, en una escena breve pero maravillosamente ejecutada, Ben Solo, verdadero epítome del caos bondadoso, con ese gesto con que, una vez tiene el sable de Anakin en su mano, parece decirles a los Caballeros de Ren, “bueno, venga, a  ver que podéis hacer ahora, hijos de puta”, con una cierta y cómica chulería, que recuerda un poco al momento “quitarse la gravilla del hombro”, de Luke en el VIII. Aquel Luke que le había dicho, en aquel momento: “Si me destruyes llevado por la ira, siempre estaré contigo”, si nos damos cuenta, es un remedo, paralelo, pero inverso, guiado por el perdón y el amor, y no por la venganza y el odio, a lo que ha explicado antes Palpatine, que si Rey le destruye llevada por la ira, él ocupará su cuerpo.

La danza entre los Episodios VIII y IX se ve también, por supuesto, en la magnífica secuencia de Rey en Ahch-To, a donde huye, espantada por lo que le acaba de hacer a Kylo Ren/Ben Solo, con la intención de quedarse en la isla para siempre, como hiciese Luke.
Y es aquí cuando ya terminas por reírte en la cara de todos esos criticuchos que han querido basar su crítica en un supuesto enfrentamiento entre los episodios VIII y IX. Como vemos, es todo lo contrario, una danza continua entre ambos. Ahora es Rey quien arroja el sable de luz, para deshacerse de él, y es la mano de Luke la que lo evita. Luke que reconoce su error, y le da todo su significado a la forma en que Rian Johnson interpretó el personaje de Luke en Los Últimos Jedi, para lo que no hizo sino reflexionar sobre el porqué de que Luke estuviese autorrecluído en aquella isla, haciendo transitar el argumento, aún a través de su original impronta, de la forma más lógica posible. Porque no hay ejercicios de nostalgia forzados, ni, por ende, “fan service” criticable en Star Wars, para nada en estas películas, para nada en esta última película. Nada que en todo caso sea criticable, tal como muchos, esos mismos imbéciles de los que vengo hablando, han querido ver (y hacer ver a los estúpidos con voluntad débil y sabiduría escasa).
Es en Ahch-To, donde vemos otra escena eco de la trilogía original, con Luke sacando del agua su caza Ala X, justo lo que no pudo hacer cuando Yoda le enseñaba. (iba a decir “en vida”, pero en la filosofía de Star Wars, los fantasmas de la Fuerza están, en cierto modo, más vivos que nunca).

En el final vemos a Rey, llegando a su nuevo hogar, tal es así como nos invita a pensar el título del formidable tema musical de John Williams, “A new home”, en la abandonada vieja granja de humedad de Tatooine, donde todo empezó. Y así el círculo se cierra.

La vemos, en un nuevo eco, esta vez con su primera secuencia en el Episodio VII, resbalar con un trineo improvisado por la arena, lo que es muy significativo: a pesar de todo lo vivido, Rey sigue siendo ella misma. El ser inocente que era al principio, sigue ahí.
Allí entierra los dos sables de luz de los hermanos Skywalker (sembrando quizá la semilla de la cuarta trilogía, que si todo va bien, llegará algún día, en 10 o 15 años), asumiendo su legado, su nuevo título. Su ascenso, en los varios sentidos del término, y por lo que ahora el título, y su traducción al castellano, se nos antojan perfectos. Es Rey Skywalker.
Es un final bellísimo, que me recuerda un poco al de El Hobbit. Porque aunque el hogar es nuevo (relativamente, ya que algo le ha de recordar a Jakku) para ella, no así para nosotros.

A modo de conclusión, podría hablar de muchas otras cosas, pero solo haré mención de unas pocas, como la muy acertada sinergia que se da entre los personajes Finn y Poe, siempre picados entre sí. Este giro en su relación es refrescante y muy acertado, haciéndola más realista y dinámica. Recordemos que entre el Episodio VIII y el IX, al contrario que entre el VII y el VIII, que suceden seguidos, ha pasado un año. Ha sido tiempo de sobra para que las relaciones fructifiquen, para que la confianza dé asco, y torne situaciones como la amistad ideal entre Poe y Finn en algo más tirante y complicado, que se convierte casi en subtrama, a la par que en desahogo humorístico.

A destacar esas palabras que Finn quería haberle dicho a Rey, y lo formidable de la interpretación, por cierto, de todo el elenco principal, que en un mundo menos predecible, políticamente correcto y aburrido que este, tendría su recompensa en los Oscars. Esas palabras que Finn quería decirle a Rey, por más que él sienta una especie de amor hacia ella, no eran algo romántico. Se refieren a la sensibilidad hacia la Fuerza que Finn está notando, sobre lo que él quería preguntarle a ella (y uno de los motivos de los roces entre él y Poe, que para eso es un poco botarate, como lo fue Han Solo).

Otra de las pueriles, y muy mal medidas, nulamente justificadas, críticas que se la ha querido hacer a la película es sus momentos de deus ex machina. Porque todos los personajes que aparecen en la película, aparte de cumplir una función, lo hacen de forma debidamente justificada, y tienen unos antecedentes coherentes con la trama. Es así también para todas las acciones que tienen lugar. Todas tienen su debida explicación, y es una explicación siempre ágil y coherente.

En fin. Una obra maestra, desde cualquier ángulo desde el que se mire. Las críticas obedecen a algo que la propia obra denuncia: la oscuridad que anida en los corazones de muchas personas, de las personas mediocres, de las que tienen miedo, de las que no creen en sí mismas, de las que prefieren destruir y odiar, a construir y amar.

Solo vamos a vivir una vez. Nunca más vamos a volver a estar aquí. Disfrutemos de las cosas que vivimos, en vez de perder nuestro precioso tiempo intentando ponerle peros al árbol que tenemos delante, porque no se parece al árbol prototípico que llevamos en las notas que nos sirven de guía. Y mientras, nos perdemos todo lo impresionante del bosque. Es una actitud que, si se mira con frialdad y distanciamiento, lleva a la compasión. Es decir, esas personas, que en el fondo son INCAPACES, incapaces de disfrutar de una obra como esta, dan pena. Literalmente, dan pena.

En fin. J. J. Abrams y todo el equipo, coguionista, música, fotografía, efectos especiales, productores, empezando por Kathleen Kennedy, han sabido responder de forma sobresaliente al momento que el fin de esta saga atemporal y transcultural demandaba.

Si tengo que elegir mi momento favorito de la película, y he hablado de otros que podrían serlo también, es la muerte de Ben Solo. Aunque es una escena que me entristece, y que para mí simboliza en cierto modo el cierre, el final, la irresolubilidad de lo que se termina, algo muy hondo, está tan bien ejecutada, que es algo digno de volver a ver cuantas veces haga falta.
Ben al final da su vida por Rey, la misma que ella le había dado a él. Es un poder que está unido al vínculo tan especial que los ha unido; curiosamente, en un nuevo y tremendo paralelismo, el poder que quería Anakin, y por el cual se corrompió su espíritu. El de dar la vida a los seres que ama. Pero no todo puede ser perfecto. Ben Solo da la vida a Rey, pero esa vida era solo un préstamo, algo que devuelve, y, por tanto, muere. Y muere después de que se besen, que es, por fin, el beso principal (más allá del beso casto entre Rose y Finn en el VIII), que aún no habíamos visto en esta trilogía, como vimos entre Padme y Anakin en la precuela, y entre Leia y Han en la original. Y es, y esto es maravilloso, desde el punto de vista narrativo, justo en ese momento, la primera y única vez en toda la obra en la que vemos a Ben Solo sonreír. Un instante, por fin, de felicidad. Y es justo en ese instante, cuando por primera vez es feliz, que, en la más terrible de las injusticias, muere. Aunque quizá no sea algo tan terrible, la muerte, dentro de la ficción de la saga, cuando va unida a la Fuerza y al amor. La verdad, si hay algo que me dejó un poco desangelado, más que nada en un primer visionado, no tanto ya en el segundo, fue que el dramatismo inherente a ese momento se sucediese tan rápidamente por la escena subsiguiente. Pero como la subsiguiente es la que termina, y esa desaparición del cuerpo de Ben, transformado en fantasma de la Fuerza, redimido, se produce a la vez que la de su madre, Leia, lo cierto es que no se puede negar la trascendencia y belleza del momento.

Hay otro paralelismo entre las trilogías secuela y precuela, entre Ben Solo y Anakin Skywalker, entre Rey y Padme Amidala: el viaje de Anakin en el amor fue desde la felicidad, aún en medio de una vida atormentada a medida que iba creciendo, a la tragedia, sin encontrar muerte ni redención (hasta que sí se redime por el amor a su hijo). Ben Solo, transita en el amor, en cambio, desde la tragedia y la oscuridad en las que es víctima del mismo que atormentó a su abuelo durante toda su vida, Sheev Palpatine/Darth Sidious, hasta la luz que encuentra en Rey. Para Ben Solo el amor es un camino hacia la Luz, pero para Anakin el camino a la Oscuridad. Con Anakin muere ella, y tiene que ser su hijo el que lo redima, años después. Sus hijos, en realidad, pues es la amenaza hacia Leia la que termina de despertar la ira de Luke que precede a su renuncia a sucumbir al mal. Con Ben en cambio, y se cierra otro círculo, muere él. La felicidad no es posible, o no es plena, como en la vida misma no lo es. Pero eso hace toda la historia más sublime.

No he mencionado nada hasta aquí de Lando, C3PO y Chewbacca, pero qué decir, los tres tienen sus momentos de gloria, y llenos a cuál más de emotividad y de sentido del humor. Momentos más destacados, en el caso de los dos últimos, que en las anteriores partes de la trilogía.

Como huevos de pascua en la película, citaré los cameos más importantes: a un nivel argumental, las naves de las series Rebels y Resistance, la Ghost y la Colossus, están ambas entre la flota de naves que llegan a miles a la batalla (en un remedo de los barcos civiles llegando a asistir en el desembarco de Dunquerque, en la II Guerra Mundial), y a la Ghost, en la que presumimos que está Hera Sindulla, como mínimo, de entre los personajes de Rebels, se la ve también, mucho más claramente, aterrizar en la zona de Reunión, en la celebración de la victoria. También vemos de nuevo a Wedge Antilles, el veterano piloto de la trilogía original.
Y entre los cameos de personas célebres, solo destacaré uno, el principal, y el único que me importa: John Williams, haciendo de cantinero, en Kijimi. Ah, bueno, y que el propio J. J. Abrams es el que pone la voz al nuevo pequeño droide, amigo de BB-8, en la versión original.

Y nada más… ¡y nada menos! Comprenderéis que solo desde la pasión, y el amor hacia algo, se puede llegar a  comprender verdaderamente algo. Es entonces cuando se estudian las cosas. Es imposible llegar a comprender algo que no gusta. Y es una estafa moral e intelectual pretender querer criticar y vender una crítica hacia algo que no comprendes, que no puedes comprender, o hacia algo que odias, quizá porque no puedes comprenderlo.

Más que nunca, desde Smashthehater queremos dejar evidencia de lo estúpidas que son las críticas destructivas hacia las cosas que no se comprenden.

 

Un apunte final. Antes he hablado de la posibilidad de una trilogía de Episodios X al XII, en un futuro. Soy el primero en ser escéptico, por diversos motivos, hacia que tal cosa pueda suceder, pero a la hora de la verdad, encuentro que los motivos para ese escepticismo no son fundados, si todo va bien. Uno de ellos es para mí algo muy importante, y es que ya no estará John Williams detrás de la música. Pero, por más pena que esto me produzca, no deja de ser un prejuicio. Después de todo, el principal en todo esto, George Lucas, tampoco estaba ya para la nueva trilogía, más que como consultor, y en el inicio de ésta. No hay nadie imprescindible, donde haya un equipo brillante de personas dirigido por una voluntad común. Además, aunque no llegó a desarrollar notas para esos Episodios, George Lucas sí llegó a escribir, de su puño y letra, “Episodios X, XI y XII”, en sus notas. Para que tal nueva trilogía suceda solo hace falta que pasen unos 10 o 15 años, para que germinen y crezcan las ganas de ella, y un nuevo y brillante equipo de personas detrás, encargadas de llevarla a buen término.

Mientras, por supuesto, estaremos atentos a las nuevas propuestas de Disney para la lejana galaxia. Ya se han visto conexiones entre la espectacular serie The Mandalorian y El Ascenso de Skywalker (aunque para mi gusto la serie, al menos hasta el capítulo 6, que he visto, es un poco plana, aunque vale, sí, muy bien hecha y sin duda espectacular, y Baby Yoda es una monada).
Muchas ganas también de esa serie de Obi-Wan Kenobi, y de las películas del genio de Rian Johnson para Star Wars. Menos ganas, por mi parte, sobre lo que pueda traerse entre manos Kevin Feige, para este universo, pero en fin, lo veré con expectación y sin prejuicios, cuando llegue.