Cuatro cositas que se me han quedado tras leer el ensayo de Tolkien “Sobre los cuentos de hadas”, y otros cuentos del Reino Peligroso.

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Si los elfos son una subcreación del ser humano (y Tolkien no está seguro de que lo sean, es decir, de que no estén ahí al margen de nosotros), y Dios (sea lo que sea Dios) creó al ser humano (y no tiene por qué ser la visión bíblica, sino que, yo creo, debemos entender a Dios como metáfora de lo inaprensible a la mente humana, como cura esencial de humildad), entonces, Dios creó a los elfos. Y la consecuencia de todo esto es que llegará un día en el que la realidad y el Reino de Fantasía se fusionen en una misma cosa. Mientras, solo una mente sana, que siga el método científico, podrá disfrutar, y, es más, necesitará de la existencia de los cuentos de hadas para poder tener una correcta perspectiva de las cosas de la realidad, y de nuestro lugar dentro del orden de las cosas, de forma que nos demos cuenta de que la realidad, y todo lo que contiene, no nos pertenece. Los cuentos de hadas responden a la profunda necesidad humana de explorar las infinitas posibilidades del tiempo y el espacio, así como a la necesidad de estar en comunión con otros seres, no necesariamente semejantes a nosotros. Son una bofetada en la cara del que por mor de la confianza, que tanto asco da, a todo le quita su misterio y su magia. Son un soplo de aire fresco a la realidad de todo cuanto nos rodea. Una droga del espíritu que nos permite ver lo viejo como nuevo.
Son evasión también, por supuesto, pero, ¿no es deber del que está preso, intentar escapar?

Por todo esto, los cuentos de hadas no están dirigidos a los niños (no más que el álgebra pensada como introducción a los niños, o las clases de inglés cantadas pensadas para los niños), sino a los adultos, y no pueden ser comprendidos por cualquier adulto, sin embargo, sino tan solo por aquellos libres de prejuicios, por las personas de esencia humilde, que afronten la realidad sin cinismo, con ilusión e inocencia hacia el misterio y la belleza de la Naturaleza.

Este ensayo del Maestro Tolkien sobre los cuentos de hadas y, podríamos decir, la importancia de la fantasía, es atrevido, visionario y transgresor. Dice cosas que yo hace tiempo que venía intuyendo por la conjunción en mi imaginación de muchas obras vividas, pero que leer de su pluma, de hace 50 años, hace que se te graben a fuego en el alma. Este libro, en general, es la semilla de todo lo mejor que escribió Michael Ende.
Que sí, no es decir poco. Este libro, en general, es la vuelta de tuerca de las ideas más ambiciosamente humanas de la ciencia ficción actual, un viaje a ese lugar donde las fronteras entre la ciencia ficción y la fantasía se desdibujan. Contiene la esencia de lo fantástico. Y además, de paso, da una lección a todos los imbéciles de este mundo.

El ensayo “Sobre los cuentos de hadas” viene recogido en los apéndices del libro que recopila los principales cuentos del autor inglés: “Cuentos desde el Reino Peligroso”. Entre ellos, me han gustado especialmente “Hoja de Niggle” y “El herrero de Wootton Mayor”; me han resultado especialmente memorables.
Baste con decir que creo con gran convencimiento, tras haberlos leído, que el primero fue la semilla de la que surgió Momo, de Michael Ende, y que del segundo, y esto es aún más evidente, nació la otra gran obra del genial escritor alemán afincado durante un tiempo en Italia: “La historia interminable”.
Hoja de Niggle lo escribió Tolkien a partir de un sueño que tuvo, en el que él era un pintor obsesionado con terminar de pintar toda su obra, centrada alrededor de un gran árbol al que iba añadiendo hojas hechas cada vez con más detalle, de tal modo que, por centrarse tanto en los detalles, quizá nunca conseguiría acabarla, cercado además por toda clase de deberes mundanos, que se interponían entre él y su obsesión por dar cabida en el lienzo a todo un bosque, una realidad insospechada que va surgiendo de ese solo árbol inicial.
En el cuento el propio pintor entra a formar parte de la obra a la que ha dado forma. Se trata de ese Otro Lugar, donde los vicios del pasado, las quejas sobre cosas que antes se hacían un mundo; en fin, el rencor, o la posesión, no tienen cabida: ” Se rieron. Se rieron, y las montañas resonaron con su risa”.
Es un cuento sobre la obsesión por terminar una obra, en consonancia con un Tolkien que entonces luchaba por dar forma publicable a “El Silmarillion”, algo que finalmente no consiguió, aunque su hijo, con ayuda de Guy Gavriel Kay, llegase a publicarla después de la muerte de su padre, aún sin una calidad literaria del todo a la altura. Pero acaso sea mucho más importante lo que Tolkien, más allá de la gran mitología que reinventa y que se recoge en “El Silmarillion”, nos cuenta en estos breves cuentos llegados desde “El Reino Peligroso”. Intuiciones profundas sobre la esencia de la realidad, ligadas a actos y emociones humanas sencillos.
Pero en su derecho estaba Christopher, hijo pequeño de Tolkien, que fue epistolar cómplice del avance de los capítulos de “El señor de los Anillos”, la más importante obra de fantasía nunca habida, tanto por su significación como por su calidad literaria, en cartas que le iba escribiendo su padre.
Y el Silmarillion sigue siendo de una importancia capital por lo que cuenta, aunque no por cómo lo cuenta. Para eso ya están “El Hobbit”, y, sobre todo, “El Señor de los Anillos”.

No es la primera vez, ni será la última, que me encuentro una opinión, o una reseña, que se queja del estilo literario de Tolkien. Quizá sea por la profunda y estrecha sensibilidad de la que está hecha mi inteligencia, por lo que no puedo comprender ese tipo de quejas. El estilo de Tolkien en El Señor de los Anillos” me parece perfecto. Esa obra es en gran medida la llave perdida que abrió la puerta de Fantasía a la gente de nuestro tiempo.

“Ancho, alto y profundo es el Reino Peligroso, y lleno todo el de cosas diversas: hay alli toda suerte de bestias y pajaros; mares sin riberas e incontables estrellas; belleza que embelesa y un peligro siempre presente; la alegria, lo mismo que la tristeza, son afiladas como espadas. Tal vez un hombre pueda sentirse dichoso de haber vagado por este reino, pero su misma plenitud y condicion arcana atan la lengua del viajero que desee describirlo. Y mientras esta en él le resulta peligroso hacer demasiadas preguntas, no vaya a ser que las puertas se cierren y desaparezcan la llaves.”

Extracto del ensayo “Sobre los cuentos de hadas”, de J. R. R. Tolkien.

Y qué gran frase, esa última: “Y mientras está en él le resulta peligroso hacer demasiadas preguntas, no vaya a ser que las puertas se cierren y desaparezcan las llaves”. Creo que es una alegoría contra el cinismo, contra el descreimiento, contra los que se creen que están del vuelta de todo, en esta realidad nuestra, y matan continuamente el misterio, porque se creen que lo saben y lo poseen ya todo, como el viejo cocinero Nokes, en Wootton Mayor.

A esta obra, claro está, no puedo darle nota alguna. Solo cabe decir que es lectura imprescindible para cualquier aspirante a cuentista que se precie.