En busca de una nueva política, para superar los males que parecen resucitar de nuevo desde el pasado.

¿Después de todo… qué coño es Trump?
¿Alguien es capaz de decirlo?
¿Es de izquierdas, de derechas?… es antiglobalizador. Y vaya embrollo, porque hoy en día los imbéciles de la izquierda (no los de la izquierda de verdad, que ya casi no existe) se tildaban de antiglobalizadores. Entonces, a ver… Trump es de izquierdas.
Pero no. Trump es un fascista. Aislacionista, nacionalista, populista. En fin, eso: fascista.
Lo que pasa es que cuando la izquierda era izquierda de verdad la globalización era una de sus metas. Ahora sus principios se han subvertido.
Ya nadie tiene muy claro en la política de hoy en día, qué es izquierda y qué es derecha. Ha triunfado el transversalismo, y casi siempre para peor, para construir engendros políticos como el actual Gobierno italiano, un gobierno fascista, que suma a los radicales de izquierdas, como puede ser Podemos en España, y a los radicales de derechas, como puede ser Vox en España. Aunque claro, la coyuntura de la política italiana es muy diferente de la española. Tal cosa semeja imposible en nuestro país, por nuestra propia Historia. Lo que importa aquí es darse cuenta de lo inútil de seguir manteniendo viejas formas políticas de hace siglos en el mundo de hoy en día.
Pero es que, claro, tienen cosas en común: todo lo que afeábamos a Trump: aislacionismo, antiglobalización, nacionalismo… los radicales, tanto los de la derecha como los de la izquierda, concomitan en torno a esas ideologías del pasado, que vuelven a surgir con fuerza para ganar el poder en este río revuelto provocado por la gran Crisis económica de principios de siglo.
¿Y qué era Hitler?
Era anticomunista. De derecha, entonces.
Sí… seguramente. Pero espera. Era anticapitalista también. Que acaparara el capital no quiere decir que fuese capitalista. No. No seamos lerdos. Quiere decir que el Estado controlaba absolutamente todos los medios de producción. Una dictadura emergida a golpe de democracia. Pero Hitler, amigos, era TAN anticapitalista como anticomunista. Ayyyy. Me cachis; otra de esas verdades incómodas que no gustan a los que se autoetiquetan de izquierdosos hoy en día. Hitler odiaba a los bancos, que identificaba con los judíos.
Pero que no guste una cosa no significa que no sea verdad. Así que… veamos, entonces Hitler era de izquierdas… No, tampoco es eso. Era un alucinado ideológico, un sumiso a ideologías. En este caso el nazismo, que tenía muchísimas cosas en común con el bolchevismo, que adora nuestro tan cercano Pablo Iglesias, leninista convencido. De hecho, Hitler y Stalin se llevaron muy bien al principio. Tenían firmados pactos de amistad y no agresión. Pero claro, ante el transversalismo frankensteiniano que construyó los monstruos políticos que asolaron al mundo del siglo XX, solo cupo oponerse con un transversalismo igual, aunque, como medida necesaria, infinitamente más cabal y pragmático. El tipo de cosas que hacen falta cuando si no se hacen la única opción es la derrota.
Seguramente sea hora de superar la natural oscilación, muy marcada en España, entre izquierdas y derechas moderadas, que no habría sido algo del todo malo si no fuese porque nuestro sistema político cometió desde el principio el error de dar demasiada cancha a las comunidades autónomas en el reparto del poder político, convirtiendo los intereses de todos los españoles en rehenes de los gobernantes catalanes y vascos.
Fue el nacionalismo un agente fundamental de la desestabilización definitiva de la Segunda República española. El franquismo fue una dictadura fatal para España, convocada por el odio y la sinrazón de muchos de los actores políticos de aquella época, de un signo político y de otro. La Segunda República fue destruida primeramente por los mismos agentes que hoy intentan dinamitar los pilares de nuestros sistema político y constitucional.
La Crisis económica profunda generada hace unos años ha vuelto a sacar todos los males que palpitaban bajo la memoria dormida por los años de bonanza económica, que al final, el dinero es el que todo lo puede.
Y estas desestabilizaciones serán cada vez peores si no adoptamos grandes soluciones globales para grandes males globales. Porque un mundo con tantísima gente será simplemente insostenible si no es de la mano de la ciencia y la tecnología, del progreso científico y tecnológico que, a su vez, de la mano de un comercio internacional libre de ataduras aislacionistas, nos lleve al espacio, para expandir las fronteras humanas y aliviar así a una Tierra que no podrá sostener nuestro nivel de vida por más tiempo. Una tierra en la que viviremos todos como viven los africanos más pobres hoy en día. La única salida es hacia el espacio. La nueva riqueza, los nuevos comercios y empresas y empleos que moverá la industria de la conquista espacial, darán una nueva oportunidad a la especie humana para que nuestra economía no dependa de nuevo de factores que harán que las Crisis sean cada vez más frecuentes, provocadas, entre otras cosas, y sobre todo, por el CAMBIO CLIMÁTICO, y el empuje que este ejercerá en los desplazamientos masivos de personas a los que no se podrá negar asilo, o terminaremos en guerras catastróficas, o en estados distópicos y totalitarios, tipos de gobierno que encantan a los actuales fascistas que ostentan el poder en Italia. Esa mezcla, volviendo al principio de la disquisición que abría este artículo, de radicales de izquierda y radicales de derecha.
Es por eso que ya no tiene mucho sentido hablar de izquierdas y de derechas. Esa dicotomía tuvo su razón de ser en un mundo de comercio capitalista en el que el socialismo fue la pieza imprescindible para hacer funcionar mejor a ese motor económico explosivo que amenazaba con volarnos a todos.
Fue el progreso científico y tecnológico, a la par que el de la ciencia y la cultura, todos ellos a instancias del comercio internacional, que tanto denostan los populistas como Trump y Pablo Iglesias, partidarios ambos (desde la derecha uno y desde la izquierda el otro) del control casi total del Estado sobre cualquier actividad, lo que permitió el auge de las clases medias, y la necesidad del socialismo. De un socialismo que embridase al capitalismo, para que este no se destruyese a sí mismo antes de tiempo, y con él, toda nuestra riqueza económica y cultural.
Es muy, muy triste, pues, llegar a la evidencia de que parece que vivamos en una época en la que se desacredita cada vez más el papel fundamental de la ciencia y la tecnología en nuestra forma de vida. Somos ya una especie que depende profundamente de su tecnología. El desconocimiento y la ignorancia de la ciencia y la tecnología, en un mundo que depende tanto de ella, solo puede llevarnos al más estrepitoso de los fracasos, dejando el poder en manos de élites de las que dependeremos todos los demás.
El comercio genera la competitividad, y por ende, y de forma paradójica, y quizá a disgusto de muchos izquierdosos, la libertad. Cada cual es libre de forjarse su propio camino, aún siendo cierto que seguimos en buena medida siendo esclavos de las circunstancias con las que nacemos. Por eso el nacionalismo es un peligro buscado de forma absurda, vulgar. Y cualquiera que quiera ponerse de parte de los catalanistas, en esta lucha inventada por cuatro alucinados de mierda, entre los poderes fácticos catalanes y los del Estado español, estará violando los valores más básicos y fundamentales que nos hacen humanos. Están queriendo decir que SÍ importa donde naces. Que, dependiendo de donde nazcas, tendrás unos derechos, o tendrás otros. Y sí, esa es la fría realidad. Pero también es cierto que el sistema de vida occidental ha permitido que al prevalecer el dinero como bien supremo, por encima de cualquier otro tipo de casta o condicionamiento de sangre, cualquiera pueda terminar forjándose su propio camino en la vida, independientemente de la suerte que haya tenido al nacer.
Por todo esto, fundamentar enfrentamientos políticos e ideologías políticas en torno a la idea de la izquierda por un lado y la derecha por otro, es una construcción fraudulenta y mentirosa, que ya ha dejado de tener sentido. Es un engañabobos. Políticos maleducados y de oratoria pobre (casi todos ellos, excepciones hechas, como la magistral Inés Arrimadas), que se insultan ante las cámaras para darse la mano sonrientes en los pasillos del Congreso, Pablos Iglesias incluidos. Que me parece muy bien oye. Que todos se lleven bien.
Pero no nos dejemos engañar por toda esta farsa. El verdadero reto de hoy no está en la distinción entre la izquierda y la derecha, cuyos límites ya hemos visto que se diluyen continuamente, tanto para hacer el mal como para oponerse a ese mal. No debería haber lugar para la idea de que el partido de cada uno es el bueno, y el del contrario el malo, tratando a la política y a nuestro voto como si fuésemos hinchas descerebrados de equipos de fútbol, agitando banderas como memos cuando gana nuestro equipo.
La realidad es que para que el sistema funcione es necesario un equilibrio entre capitalismo y socialismo. No hay más vuelta de hoja. Esto puede conseguirse cuando dos partidos moderados se alternan en el poder, de ahí el gran progreso que hemos vivido en líneas generales en España, Europa y Occidente, durante los últimos decenios. Pero hoy el mundo se enfrenta a nuevos desafíos. Cada vez más gente quiere vivir bien en el mundo, como el mundo occidental, y eso es imposible si seguimos basándonos en los mismos prefectos de siempre, sin modificar nada. Es imposible si líderes que se suponen adalides del cambio se aíslan en mansiones prohibitivas para sus votantes mortales.
La política de hoy en día es esencialmente tribalista. Y es hora de superar ese tribalismo y pensar en nuevos parámetros políticos a partir de los cuales hacer práctico de nuevo el ejercicio de la política.
Tenemos que ser más, mucho más pragmáticos, menos ideológicos. Menos sectáreos. Menos incendiarios. Menos como líderes que parecen surgidos de nuestro pasado más oscuro.
Hay que mirar más hacia el futuro. Hacia nuevos ideales, que no ideologías, en los que basarnos; ideales de concordia, de desarrollo, de progreso.
Y esas necesidades jamás podrán ser satisfechas en un mundo plagado de aislacionistas, nacionalistas y populistas de todo signo político. En este sentido, la existencia del Trump en el poder de Estados unidos es el mayor mal al que se enfrenta la Humanidad hoy en día. Por ser Estados Unidos el país que es y lo que ha representado en el pasado, incluso más grave que el que China, con todo su poder, sea aún una flagrante dictadura.
Hacen falta nuevos partidos políticos que basándose en el sistema actual, sin destruir lo que tanto esfuerzo ha costado lograr, insuflen nuevo aire a nuestra sociedad. Para que todos miremos al futuro con ilusión renovada en nuevos esfuerzos, por nuevas fronteras, que, como digo, pasan de forma indisociable por ser totalmente permeables al desarrollo científico y tecnológico. Hombres de ciencia y de letras, que hayan demostrado ser sobradamente capaces en sus respectivos campos, han de ser asesores necesarios de los gobernantes. Y habrá que construir sistemas nuevos que elijan a esos asesores de forma igual, o si puede ser mejor que la que se usa para elegir a los jueces.
Hace falta un nuevo lenguaje político. Una nueva perspectiva que, apoyándose en el actual sistema, ayude a cambiarlo a mejor, para afrontar retos que, de no ser así, nos vendrán demasiado grandes.
Sin la comprensión de lo que verdaderamente le hace falta a nuestra especie de forma global, ni uno solo de nuestros pedazos de tierra podrá subsistir a los desafíos inminentes que ya nos plantea el futuro. Un futuro tan sombrío, o no, como estemos dispuestos a cambiar, y a no ceder a nuestras ansias tribalistas; tan luminoso, o no, como seamos capaces de renunciar a nuestras trasnochadas ideologías, para abrazar con sentido común los deberes de las cosas que sea mejor hacer, no por dar gusto a los votantes y a las ideologías, sino a las necesidades de la humanidad en su conjunto.
Por último, la expansión al espacio tendrá efectos imprevistos, el surgimiento de nuevas necesidades, materiales únicos, el descubrimiento de nuevos hitos científicos que cambien la visión que tenemos de nosotros mismos y nuestro lugar en el universo. Y todo ello devendrá en nuevas formas de política. Diferentes asentamientos en diferentes lugares podrán probar nuevas formas políticas, sin poner en riesgo por ello a una humanidad  que a día de hoy depende de todas sus partes a un nivel global, guste o no guste.
Pero si no empezamos por hacer los deberes ya, ese mañana nunca existirá. Nunca habrá tal expansión.
Nos habremos extinguido antes, por creer que agitando banderas al ganar nuestro partido solucionábamos algo.
Ya no cabe la vuelta atrás. Quebrantar las reglas del juego global para volver al pasado es una de las peores cosas que haya hecho en toda la Historia político alguno. Y eso es justo lo que está haciendo Trump en los Estados Unidos, estos días. También todos esos otros populistas de izquierda y de derecha que ascienden al poder en otros países, como el nuestro, son consecuencia de la Crisis, flautistas de Hamelin que pretenden solucionar el futuro con discursos del pasado, porque esos discursos son lo que han mamado. Continuistas de mierda. Pero todo eso no vale para nada. ¿Qué ha cambiado Iglesias con Podemos? Hay menos mujeres en papeles importantes en su partido como, o incluso menos, que en cualquier otro partido. ¿Ese era su cambio?
Toda esa mierda no vale para nada. Es más de lo mismo de siempre. Más del pasado.
Las soluciones para el futuro vendrán de los que no tengan miedo a innovar, a hacer las cosas de formas nuevas, pero desde el respeto a las cosas que ya han demostrado funcionar antes. Sin discursos destructivos e incendiarios de líderes que pretender destruir lo establecido para llevar a cabo prácticas políticas inspiradas en el nazismo o el bolchevismo.
La nueva política tiene que ser otra cosa. Pensadla por vosotr@s mism@s. Que no os engañen con basura del pasado.