Crítica de First Man, la primera película en la Luna: Un viaje entre lo intimista y lo épico.

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En 2019 se cumplen 50 años de la llegada del ser humano a nuestro satélite. Es una cifra imponente y redonda, ese medio siglo, que sin duda reavivará la gesta, más que nunca ahora, cuando la NASA ha anunciado su firme intención de regresar a la Luna en la próxima década, tanto a su superficie como estableciendo una nueva estación espacial que sustituya a la actual, pero ubicada esta vez en órbita selenita.

Podríamos hablar de las cosas que hacen flaquear la fe en la humanidad, pese a que esta consiguiese un logro tan alunizante (no he podido evitarlo) que una buena parte de ella (como muestra un Casillas, y todos los lerdos que estuvieron de acuerdo con él), sigue sin creer que pisásemos la nívea e imposible superficie de la Luna; quizá porque para ellos, ese astro, ese lugar, pertenece a otra realidad, la del cielo, en un marco de existencia diferente al de esta tierra firme, y plana, nuestra.
Ironías y estúpidas teorías conspiranoicas aparte, que llegamos allí es indudable, salvo severos problemas mentales de diversa índole. No se hizo más que aplicar leyes de la física descubiertas tres siglos atrás por Isaac Newton, en un tour de force que llevó al límite la tecnología del siglo XX, gracias a una Carrera Espacial que fue la mejor carrera que haya podido librar nunca la especie humana; una carrera en la que tecnologías desarrolladas en guerras terribles se usaron y mejoraron para un fin diferente: el de la exploración del espacio. La nueva frontera. La única frontera. Y no simplemente por el hecho de explorar, como dice Neil Armstrong en un momento de la película, sino porque ese es nuestro deber, saber a dónde pertenecemos, cuál es nuestro lugar en el universo.

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First Man no es una película del todo políticamente correcta para este mundo de distopía imbécil que estamos construyendo. Empezando por el título. Que sí, es evidente que se refiere a la humanidad en general, por mucho que Armstrong fuese un man. Las virtudes de lo que emana de esta película están por encima de géneros. No hace mucho se estrenó otra película, Figuras Ocultas, que reivindicaba el rol fundamental de las mujeres cuyos cálculos ayudaron a que la carrera espacial fuese posible. Una carrera que ha tenido la virtud de saber apoyarse sobre las mujeres tanto como sobre los hombres, ocupando estas roles cada vez más destacados también en la parte protagonista, hasta el punto de que fueron estas empresas increíbles del pasado las que permitirán que un día no muy lejano podamos ver una película que se titule First Woman. Porque quizá sea una mujer la primera en pisar de nuevo la Luna, o, quizá… Marte.

Hablo de esto porque me consta que para la crítica norteamericana First Man ha sido tratada casi como de obra maestra, y la europea ha sido en cambio bastante más tibia con la película, siendo algo negativo, para esos críticos más escépticos con esta absoluta maravilla audiovisual espacial y humana, el trato que se da en la película a Janet Shearon (interpretada por Claire Foy), esposa del astronauta. Porque hay quienes dicen, pretendiendo ser muy políticamente correctos, que se limita a ejercer el rol de correcta y sufrida madre. Pero es que esta película es un biopic de Neil Armstrong. Y por supuesto, sí que es Janet Shearon parte esencial del viaje del astronauta. La película recoge de forma magistral esa importancia de Shearon en el guión. Y es plasmada de forma maravillosa.

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First Man debería ser una película que pongan a los adolescentes en los colegios de todo el mundo. Es una película que nos reconcilia con nosotros mismos y con la humanidad, en medio de la crisis de identidad que sufre el mundo (consecuencia directa de la última gran Crisis económica a escala global, y de esta imbécil cruzada contra lo científico, propia de una mentalidad aislacionista y medievalista de un mundo donde ahora los Estados Unidos son gobernados por Trump, y todo tipo de populistas se alzan al poder en otros rincones del planeta). Nos reconcilia con lo que como especie y como individuos somos capaces de alcanzar. Y no es algo que yo escriba aquí porque sí. Es algo que sentí mientras veía la película. En ella palpitan sentimientos esenciales profundos, sobre la psique y la condición humana. Hay una gran pena latente durante toda la película, indisociable del deber del protagonista de hacer lo correcto. Es en gran medida por esa pena por lo que se lanza en una carrera incierta hacia una muerte apenas esquivada, que no deja de dar guadañazos durante todo el film. Es la catarsis que insufla en Armstrong el deseo de seguir luchando.

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En esto, la película, tanto por la profunda pena que subyace a lo largo de ella, como por la forma en que esta es tratada, recuerda mucho a El Árbol de la Vida, de Terrence Malick. Pero recuerda aún más a esos otros grandes referentes del género, no de la carrera espacial, donde First Man es tan buena que hace palidecer a cualquier película jamás hecha hasta ahora, sino de la ciencia ficción más profunda y rigurosa, con la que esta nueva película del director de La la land está más hermanada, tanto por su lenguaje cinematográfico como por su filosofía (pues ¿no están la buena ciencia ficción y la ciencia y tecnología de nuestro tiempo profundamente vinculadas, como dirían, y con razón, Carl Sagan, o James Cameron?)

Así, tenemos bellas y provocativas referencias directamente buscadas a 2001, que destilan de la grandiosidad de ciertas escenas, de los golpes de sonido que encabalgan planos entre sí. Es un tipo de cine que ha moldeado en nuestra psique colectiva el lenguaje del buen cine espacial, algo que en cierto modo inventó el genio de Kubrick, y que Damien Chazelle sabe imitar con elegancia  de la mano de la maravillosa música de Justin Hurwitz (que también fue el compositor de la no menos mágica La la land). Y también Interstellar está ahí. Quizá a algunos extrañe que ponga juntas estas tres, siendo dos de ellas de ciencia ficción, y esta otra la narración de hechos reales. Pero para mí las tres forman parte de una misma cosa. De la cosa humana.

Hay diferentes secuencias que ayer, viendo la película, me dejaron completamente maravillado. Una de ellas es cuando los tres astronautas puestos allí, bien porque era su destino, bien por una serie de catastróficas desdichas, Neil Armstrong, Buzz Aldrin y Michael Collins, van a entrar en el módulo, en la cúspide del cohete. Es ahí donde en otras películas menos serias y trascendentes el director se contenta con darnos la típica escena en la que los tres héroes van desfilando con su heroica pose a través del pasillo que los conducirá a su glorioso destino. Pero aquí no hay nada de eso. En First Man no hay héroes. Hay víctimas. Seres humanos normales, con sus virtudes y sus defectos, puestos ahí, como digo, por el destino o sus propias desdichas, que más que a la gloria parece que se dirigen al patíbulo.
Pero a lo que quería referirme es al ascenso. El ascenso hacia el cohete, ese viaje hacia lo alto del mastodóntico propulsor, que parece no terminar nunca. Es una escena que me movió a la reflexión profunda y visceral, mientras la veía, más sensación que otra cosa. Porque a medida que asciende el ascensor por la torre adyacente, el cohete pasa ante sus ojos, interminable, y en él, como una revelación, las letras, una a una: United States… Y lo que en otra película habría sido fácil orgullo patriótico, aquí se convierte en sorpresa. En humildad. En miedo. En la osadía de que un único país, con tan poca historia a sus espaldas, tenga su nombre escrito en semejante y gigantesco artefacto. Y además, a la vez, la película te hace sentir como ninguna otra jamás hecha todas las penurias por las que atraviesan los astronautas. Me hizo sentir la locura de levantarse un día de la cama diciéndote, joder… hoy voy a la luna. Con la misma especie de sensación de inquietud e incertidumbre que todos podemos afrontar algunas veces, cuando tenemos que llevar a cabo un viaje o empresa que son un deber, aunque mucho más mundanos. Y es que First Man, en última instancia, no va sobre astronautas y héroes. Va sobre lo que nos hace humanos.

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Hay otros momentos grandiosos: el despegue del cohete, desde la distancia; la forma en que por un momento sentimos la Luna, más de cerca de lo que nunca cualquier otra obra audiovisual haya podido conseguirlo. Si bien para eso es casi imprescindible ver la película en el cine.

Sobre una de las cosas que hace Armstrong en la Luna que más nos llaman la atención, y que nos deja preguntándonos si de verdad sucedió, solo decir que la película se basa fielmente en la biografía oficial del astronauta, y que en dicha biografía se da por hecho que, si no exactamente igual, algo muy parecido seguramente sí hizo Neil Armstrong.

No falta el recuerdo del discurso de Kennedy, aquel inspirado orador que desde su púlpito impulsó al ser humano a la Luna. Viendo la película, y si no lo habíamos hecho ya, no podemos más que entender las razones para llevar a cabo una empresa tan temeraria, que costó tanto esfuerzo, tantas vidas y tanto dinero. Durante algunas escenas desfilan ante nosotros por la pantalla las posturas más críticas hacia el viaje a la Luna, el porqué de semejante dispendio, en un país y un mundo donde la pobreza son parte de nuestra imperfecta forma de vida. Para los que aún no lo entiendan, se me antoja imprescindible que lean esto.

Para hacernos una idea de la forma de ser de Neil Armstrong, muchos años después, unos pocos antes de su muerte, copipasteo esta anécdota, contada por el escritor Neil Gaiman:

“Estaba en una convención de tres días rodeado de artistas y científicos, encogido entre tanta eminencia, cuando me encontré a Neil Armstrong. El primer hombre que pisó la luna era discreto y calmado y estaba al final de la sala sin molestar a nadie cuando me acerqué . Conversamos y Armstrong terminó por hacerme una confesión; levantó un dedo, apuntó hacia la sala y dijo: “Veo a todas estas personas y pienso: ‘¿Qué demonios estoy haciendo aquí?’. Todos ellos han realizado cosas asombrosas. Yo simplemente fui adonde me enviaron”. Me quedé sorprendido y le respondí: “Sí, pero tú fuiste el primer hombre en llegar a la Luna, y eso tiene su importancia”.

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Después de la forma en que Damien Chazelle consigue hacernos sentir en First Man la angustia de todos los peores momentos que tuvo que superar Armstrong (interpetado por un Ryan Gosling correctísimo), esta anécdota es de lo más ilustrativa sobre su forma de ser.  Ya que al final, pese a todo lo humana que es la película, o quizá justo por ello, Armstrong, Aldrin, Collins, y todos los demás, nos parecen super hombres. Aunque quizá, al fin, se trata de lo que podemos ser, hacer, cada uno de nosotros, si nos lo proponemos.

Como decía al principio, el año que viene se cumplen 50 años de aquella increíble gesta; tan increíble que aún tantos no la creen. Pobres. No son capaces de sentir la verdadera maravilla que significa ser humano. Pero películas como First Man están aquí para recordarnos esas sensaciones, esos sentimientos.

 
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Y recordemos que Buzz Aldrin y Michael Collins aún siguen entre nosotros. Recordad que aún vive uno de los dos primeros hombres que pisó la Luna. Recordad emocionados cuando ya no esté, por todo lo que fueron capaces de hacer aquellos hombres, guiados por ordenadores menos potentes que una calculadora de bolsillo de hoy en día. Y volveremos a hacerlo, inspirados por las mejores cosas que nos hacen humanos. Porque, si queremos tener un futuro, dejar esta enferma Tierra nuestra para que se recupere de nuestros propios actos, y no perecer así en ella, no nos quedará otro remedio que salir ahí fuera. Y a eso se refiere Armstrong, cuando le preguntan en la entrevista de las pruebas de selección para la misión Apolo: ¿Qué significa para ti viajar a la Luna? Pero no insistiré más sobre lo que contestó. Mejor que lo vean.

 

Porque esta imagen lo cambió todo… La conciencia de nosotros mismos, de nuestro pequeño y frágil hogar en la inmensidad del espacio. Por eso fueron a la Luna. A eso se refería Neil Armstrong.

 

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En fin, First Man es una de las mejores películas que he tenido la suerte de ver en toda mi vida. Parece mentira que hayan tenido que pasar casi 50 años para que una película le hiciese justicia a aquella colosal aventura humana.

Y aunque esto quizá lo señale algún día el genial Jaime Altozano en su canal de YT, me gustaría terminar hablando de esa maravillosa banda sonora de Justin Hurwitz. De cómo el triste y precioso motivo musical que ilustra el dolor por la tempranísima pérdida de su hija, contada al comenzar la película, es el mismo que se despliega, de forma más grandiosa, cuando por fin  llegan a la Luna. Y la historia se cierra de forma redonda. De una forma hermosa, trágica, y profundamente triste. La catarsis ha dado el valor, la necesidad, a Armstrong, para enfrentarse a todos los desafíos, varias veces a punto de morir, como murieron otros, en su camino a la Luna, y, pese a todo, triunfar.