Reseña: El camino de los reyes, de Brandon Sanderson.

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Soy dado a comprar la mayor parte de las novedades editoriales que nos llegan, en esta edad dorada que está viviendo el género de la fantasía y la ciencia ficción (cada vez más indistinguibles entre sí, y en el fondo, parte de una misma cosa). De entre la larga lista de títulos que tengo en cola, y que elijo según criterios que ni yo mismo tengo muy claros, unos me gustan más que otros, y pocas veces el hecho de que estén más de moda, o sean más elogiados o premiados tiene algo que ver en que las historias que nos cuentan calen más hondo en mi imaginación.

Y no puede decirse de mí que sea un típico fan de Sanderson. Y mira que fui de los que compré la primera edición de “Elantris” en cuanto fue publicada, entonces un escritor desconocido, de cuyas cualidades la presentación de aquella edición vaticinaba prodigios de sobra acertados. Pero a mí “Elantris” no me enganchó en un primer intento. (Lo tengo pendiente aún hoy, con pocas dudas de que acabaré cogiéndole el gusto). Lo mismo me pasó con “El aliento de los dioses”. Será que me vuelve loco la posibilidad de una buena saga interminable, porque el primer libro que por fin leí y disfruté como un  enano de este autor fue el primer volumen de la saga  “Nacidos de la bruma”, y el segundo, recién terminado de leer, ha sido “El camino de los reyes”, de la saga más mastodóntica y ambiciosa de Sanderson, “El archivo de las tormentas”.  Ha sido este segundo libro el que me ha convertido por fin en fan de este escritor, y es por eso por lo que digo que seguramente retome los dos libros citados antes con nuevos bríos en un futuro no muy lejano. Son bríos motivados por diferentes cosas, siendo una de las principales que tanto “Elantris” como “El aliento de los dioses”, como las dos sagas citadas, “Nacidos de la bruma” y “El archivo de las tormentas”, forman parte de un mismo universo de ficción, llamado el Cosmere. Siempre me han fascinado este tipo de conexiones y entrelazamientos habidos en el tiempo y el espacio en los mundos literarios y fantásticos que pueblan nuestra imaginación. Es la razón por la que soy un fan indondicional de TODAS las películas de Star Wars, por ejemplo. Me fascinan las profundidades de los mundos que me dan la sensación de que no se van a acabar nunca, por mucho que me interne en ellos.
Naturalmente, hay gente a la que le sucede todo lo contrario, y que siente mucha pereza, aversión incluso, por estas grandes sagas, por la posibilidad de empezar a leer algo que no se sabe cuándo se culminará, ni siquiera teniendo la certeza de si se culminará algún día. Aunque bien sabemos que Brandon Sanderson demuestra una fecundidad literaria inigualable, sin que ello haga apenas disminuir la calidad de cada una de sus propuestas, no es este aspecto lo que  a mí me anima a embarcarme en este tipo de caminos literarios, sino, como digo, la sensación de profundidad. Porque sé que “El archivo de las tormentas es una decalogía de libros de más de mil páginas (si es que todos llegan a ser tan extensos como los tres primeros, lo cual no tiene por qué ser siempre el caso); y eso hace que en cierto modo nada esté escrito. Que cualquier cosa sea posible. Le da al mundo por el que transitamos a través de cada página una suerte de incertidumbre acerca del futuro de la saga que lo emparenta a la realidad misma. Porque sagas tan monumentales se estructuran en torno a un lenguaje que las hace únicas.

En cualquier caso, carpe diem. Es lo que me ha hecho disfrutar la lectura de “El camino de los reyes” lo que definitivamente hace que me de igual lo que vaya a pasar mañana con esta saga. Lo que importa, al final, no es llegar, sino disfrutar del camino.

Esta historia se cuenta a través de diversos puntos de vista, a través de un variopinto grupo de protagonistas que se nos presentan en la contraportada del libro como muy típicos de cualquier mundo de fantasía: Un asesino, una ladrona, un médico (éste quizá no tan típico) y un gran guerrero. Y a lo largo de los capítulos encontraremos todos esos detalles que buscamos en estos mundos: el vivir a través de sus páginas siguiendo a los protagonistas por paisajes y ambientes que a través de la imaginación, y en mágica camaradería con el escritor, capturen poco a poco nuestros sentidos, para hacernos abandonar más y más nuestro mundo cada vez que cogemos el libro para sumergirnos de nuevo en sus páginas, adentrándonos más y más en esa otra realidad ficticia, pero no por ello menos real mientras la sentimos imaginada. Es cuando los libros dejan de ser un conjunto de premios, de buenas críticas y reseñas, y se convierten en una lectura no ya curiosa o formativa (positiva o negativa), sino meramentre adictiva. Seguimos leyendo porque los personajes han pasado a formar parte de nuestra propia psique, porque somos parte del mundo que habitan a través de ellos. De pronto los olores que desprenden los guisos, los ruidos del campamento, la cualidad rugosa de la madera de los puentes, se vuelven más reales, más auténticos. Hay libros muy buenos, muy premiados y muy bien reseñados que rara vez o ninguna consiguen todo eso en mí. Desde luego, no es el caso de “El camino de los reyes”. Porque no he seguido leyendo este libro por su calidad literaria, ni por sus críticas, ni por sus premios, sino por todo lo que acabo de decir que me ha hecho sentir mientras me adentraba más y más en sus páginas.

Leer el primer volumen de esta saga es conocer a personajes profundos y complejos, que viven en un mundo tan profundo y complejo como ellos, uno trabajado por Sanderson durante muchos años, y eso se nota. Roshar está vivo. No se trata aquí de una enésima versión de la Tierra, ya en el pasado, ya en el futuro. No. El Cosmere es un universo ficticio cuyo tiempo y espacio desconocemos, y cada uno de los mundos que lo pueblan tiene sus propias particularidades, que lo hacen único. Y el más único de ellos quizá sea Roshar. Si lo que admiré con las sensaciones que he descrito más arriba, esas que primero me impulsan a querer, a necesitar leer una obra de fantasía, fue la habilidad de Sanderson para hacernos vivir los lugares en los que viven sus personajes (la sensación de maravilla por la aventura y el descubrimiento que todos necesitamos, y que muchas veces se alimenta mucho mejor leyendo que viajando a sitios que ya hemos visto mil veces en la televisión, en esta hiperexplorada realidad nuestra), otra faceta que se agradece y que no deja de ser sorprendente y original en un escritor de fantasía capaz de colmar todas esas necesidades antes mencionadas, es la de su habilidad para dotar al mundo de Roshar de cualidades propias de la ciencia ficción, al dotarlo de seres y características únicos. Es algo que en cierto modo también nos ofrece N. K. Jemisin en su trilogía de “La tierra fragmentada”, aunque allí se trata de un mundo de ciencia ficción que a veces parece de fantasía, y en Sanderson es lo opuesto: un mundo de fantasía que a veces parece de ciencia ficción. Y eso es algo que dota a su fantasía de un matiz de originalidad único.

Pero aún hay más registros. Leyendo “El temor de un hombre sabio”, de Patrick Rothfuss, uno de los libros que más he disfrutado en los últimos diez años, a veces me asaltó una sensación de fantasía por debajo de la fantasía. De una fantasía estratificada, en la que el mundo se describe en varias capas, y a través de más de un lenguaje fantástico. Uno más convencional, utilitario y moderno, la forma en que suelen escribirse otros libros de fantasía de nuestro tiempo, en lo que se refiere a los elementos que todos esperamos encontrar en una típica saga de fantasía épica, y una fantasía más seria y profunda, más fantasía pura, más Fantasía. O, por qué no, sin el acento, Fantasia. Sí, esa sensación de lo fantástico como género literario, como algo desvinculado de lo épico como estilo; un matiz de subrealidad, o de ismos artísticos que siempre han vivido de forma más loca en lo fantástico, cosas casi inaprensibles que conforman la realidad misma, y a veces los mejores escritores consiguen hacernos llegar sea cual sea su género literario, su época y cualesquiera otra circunstancias. En fin, una sensación de fantasía pura que subyace a la mera fantasía como vehículo convencional, y que suele adentrarse en lo metanarrativo, aunque de forma muy sutil. Pues esas sensaciones están en este libro.

Así pues tenemos personajes creíbles, ambientes de fantasía que cautivan nuestros sentidos, y elementos subyacentes de fantasía pura, al lado de elementos más cerebrales, que tienen que ver con las particularidades físicas que adornan el mundo y con su concienzudo sistema de magia.  Y aún  hay más, un matiz de misterio y horror también, en este volumen de la mano de la ladrona, a través de cuya perspectiva asistimos al desdoblamiento de este fantástico y concienzudo mundo de Roshar en realidades más oscuras, que están directamente relacionadas con el devenir de los hechos vividos por todos los personajes, pero que Sanderson nos va descubriendo de forma tan sutil que nos sorprenderá que un mundo fantástico pueda serlo aún más, y desde nuevas perspectivas, apenas adivinadas al principio de nuestro viaje.
Todo eso está ahí. Y yo nunca lo había experimentado junto en una misma obra.

El estilo literario de Sanderson es práctico. En cierto modo muy asimoviano. No se detiene en florituras, y no escribe tan bien como, digamos, un Patrick Rothfuss. Sin embargo, eso no significa que no sea capaz de soltarnos cuando menos los esperamos frases o párrafos enteros de una belleza y profundidad, sobre todo una profundidad filosófica que en este autor parece engrandecer la belleza de su literatura, como si escribiese mejor cuanto más profundo se pone. Porque también, toda buena obra de fantasía ha de tener, de forma bien disimulada, de forma perfectamente engranada en su trama, sus dosis de libro de auto ayuda. Aspectos teológicos y filosóficos que no le hacen mal a nadie. Y Sanderson no anda escaso de estas cosas, ni es poco hábil a la hora de saber dosificarlas.

Una de las cosas que más poderosamente me llama la atención de este libro, como ya decía al principio,y ahora vuelvo sobre ello, ya para casi terminar esta atípica reseña (como, creo, suelen ser todas mis reseñas, ya que no estoy vendido a editoriales ni todos los libros me parecen maravillosos, como es lo común en los blogs más conocidos de literatura fantástica. Además no me gusta revelar apenas nada de la trama al hablar de lo que he leído, ni siquiera doy nombres de personajes para no condicionar la lectura, y me centro más en las sensaciones que el libro me haya dejado): es la profundidad del mundo y los hechos que nos propone. Es saber que hay personajes de los que la gente habla como sus favoritos que ni siquiera han aparecido aún en estas más de mil páginas iniciales de la saga. Es saber que personajes secundarios que al principio son poco más que parias irán creciendo hasta convertirse en protagonistas en futuros pasajes de la saga. Es intuir el semblante trágico, casi “darthvaderesco” del personaje principal de este primer volumen. Ser testigos de los múltiples cambios a través de los cuales pasan y pasarán los distintos personajes que vamos conociendo. Es saber que hay ciudades que son poco más que mitos de hace milenios, como puede serlo para nosotros la mesopotámica ciudad de Ur, que en algún momento de sus futuras aventuras llegarán a visitar nuestros protagonistas, al menos alguno de ellos, revolucionando los estratos y los sabores que el autor nos va presentando de forma tan paciente. Porque lo bueno de una saga tan larga y de unos libros tan voluminosos es que Sanderson tiene tiempo para todo. Puede ir cocinando a fuego lento todos los detalles, avivando el fuego cuando hace falta, a lo largo de muchas escenas de acción, presentándonos nuevos personajes, hechos y situaciones que ofrecen nuevas perspectivas de todo lo que ya conocíamos, o de repente dotando a su pragmático estilo literario de un lirismo sorprendente, en virtud de la aparición de ciertos personajes,  a cual de ellos más misterioso.
No faltan en este primer volumen los giros sorprendentes, por supuesto. Sanderson nos sorprende con la maestría de los mejores en el género.

Lo malo del libro es su edición. Aunque el grandísimo acierto de publicarlo con las formidables ilustraciones originales de Michael Whelan nos llame a engañarnos positivamente (Quién no admiró en el pasado las portadas que hizo para la injustamente maltratada en España saga de “Añoranzas y Pesares”, de Tad Williams, la obra que inspiró a George R. R. Martin para escribir “Canción de hielo y fuego”), lo cierto es que los materiales con que está hecho el libro parecen de saldo: tapa delgada y un tanto debilucha, páginas pegadas en vez de cosidas, y, peor que todo eso, una monstruosa sucesión de erratas incomprensibles, como si el libro no hubiese tenido corrección alguna de sus galeradas. Incomprensibles además, porque casi siempre se trata de nombres mal puestos, equivocados, poniendo nombres de personajes cambiando unos por otros en demasiadas partes del libro. Una vez incluso el nombre de un personaje es cambiado por el de una ciudad. Es algo tan absurdo que yo nunca había sufrido en ninguno de los muchos libros que he leído. Y me ha hecho preguntarme qué profundas oscuridades ignoro del arte de la industria editorial, en cuanto a las fases que forman parte de la elaboración de un libro hasta que llega a nuestras manos. ¿Es que acaso los nombres ya venían mal puestos en el manuscrito en su versión original? No puedo creer tal cosa. Entonces, ¿de dónde surgen esos errores? Seguramente haya algo que se me escapa. Pero son errores muy molestos, que harán que haya gente que prefiera hacer de tripas corazón y leer el libro en inglés. Además, por mucho que la editorial ha prometido que en sucesivas ediciones se irían limando esos fallos, yo no he sido capaz de encontrar ninguna donde se supongan esos fallos corregidos. Y mención aparte lo de no coser las páginas. En mamotretos como estos, si llevas el libro de aquí para allá, como es mi caso, las tensiones que sufre el lomo hace que al final las primeras o las últimas páginas empiecen a despegarse. Con “Juramentada”, el tercer volumen, publicado este año, sí han cosido las páginas. Esperemos que sea un ejemplo que sigan a partir de ahora, y no solo un espejismo.
Sin embargo, el libro es tan largo, y tiene tantas virtudes, que los fallos de nombres al final los he vadeado, en cuanto he cogido el tranquillo a no preocuparme cuando mi pie se hundía demasiado, optando por el pragmatismo de pisar en un sitio más seguro, es decir, comprendiendo que se trataba de un nuevo error, y volviendo a leer las partes implicadas para interpretarlas correctamente, si es que el error no es evidente nada más verlo, (que no siempre lo es). Para un libro tan largo, no pasa tantas veces, sobre todo en su segunda mitad, y lo que lees es tan bueno que te acostumbras a obviar los fallos. Pero quizá no todo el mundo sea tan pragmático como yo en este aspecto.

Mi puntuación:

Suelo puntuar sobre cinco, y a pesar de todos estos fallos de la edición en castellano, voy a darle a “El camino de los reyes” mi primer “5” para los libros que he reseñado en este blog.

Así pues: 5 sobre 5