La pasión por un Mundial de fútbol

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Estamos a las puertas de un nuevo Mundial de fútbol. Yo mismo dije hace unos meses que deberíamos boicotear este Mundial, por celebrarse en Rusia, por motivos de política y moral de mucho peso. Pero a quién voy a engañar. No seré capaz de no verlo y disfrutarlo. Quizá, pienso, viendo el lado positivo de que se celebre en Rusia, porque sirva para distender por medio del deporte lo que la política no puede.
Sea como fuere, ya se anticipan esas sensaciones tan especiales que a los que nos gusta el fútbol sentimos cuando llega un nuevo Mundial. Sí, así con mayúsculas, un Mundial es de fútbol.

Claro que no todos lo viven con tanta ilusión. Y me refiero a los propios aficionados al fútbol, muchos de los cuales prefieren el ámbito de las competiciones de clubs. Yo, en ese sentido, no soy un aficionado típico. A mí las competiciones de clubs me aburren. Solo me interesan cuando llegan los cuartos de final en la Champions,  cuando hay un “clásico”, Madrid-Barcelona, o cuando es un partido de liga en el que el Madrid puede recortar puntos en la liga, cuando está casi empatado en cabeza de la tabla. Todo eso es emocionante, pero para mí, nada puede compararse con un Mundial. Quizá porque son solo cada cuatro años, lo que los convierte en un acontecimiento especial. Quien no entienda de fútbol dirá aquí: “si hay fútbol todos los días”… pero no. No es lo mismo. Vale, está la Eurocopa de naciones, que tampoco está nada mal. Hay quien dice incluso que es más complicado ganarla, despreciando el fútbol que se hace fuera de Europa. Pero eso es mentira. Es más complicado ganar un Mundial. Por pura matemática. Tienes que ganar un partido más. Por puro sentido común. Las selecciones juegan por norma general más lejos de sus países de origen. Esto se nota sobre todo en el clima, la altitud de los sitios, y el “jet lag”. De hecho, solo una vez un equipo americano ganó un Mundial en Europa, Brasil, y solo una vez un equipo europeo en América, Alemania. Cuando han sido en otros continentes, la cosa ha estado más repartida. Las selecciones africanas decepcionaron un poco en el Mundial de Sudáfrica, que ganó España (sin “jet lag”), y las del lejano oriente todavía no tenían el nivel suficiente para arrebatar la final a Alemania o a Brasil, campeón en el Mundial de Corea y Japón. Y no será porque las selecciones anfitrionas no tuviesen descaradas ayudas arbitrales, como Corea del Sur ante la España de Camacho, en cuartos de final de aquel Mundial.

Además, cada vez más todos los equipos del mundo tienen más nivel. Han asimilado plenamente conceptos futbolísticos que se han hecho tan globales como la propia comunicación, y entrenadores occidentales usan métodos occidenatales para moldear el talento incipiente y fehaciente de dichas selecciones, algunas de ellas capitaneadas por auténticos cracks de las ligas europeas, como es el caso de Salah en Egipto.
La magia de un Mundial va más allá del fútbol, aunque es esencialmente fútbol en estado puro, es el ideal de lo futbolístico, donde este deporte se hace legendario. Es el gol de Maradona a Inglaterra, en el Mundial de México de 1986, cuando ambos países aún estaban picados por las Malvinas, el Mundial del que Maradona fue el héroe, y por el que mayormente pasó a la historia de este deporte, de la misma forma que Messi no será más que una suerte de Di Stefano para el barcelonismo, pero no pasará a la historia como un astro del fútbol, fanatismos barcelonistas aparte, si no es capaz de llevar a su Selección al triunfo. Y no, no es que sea solo ganar un Mundial lo que hace a las leyendas del fútbol. Es la suma de sus propias cualidades y logros y el destacar de forma decisiva en un Mundial. Porque incluso ser decisivo y marcar estilo con tu Selección, aunque no lo ganes, como fue el caso de Johan Cruyff, en el Mundial de Alemania en 1974, donde fue finalista, puede hacer pasar a un jugador a la historia.

De la pasión especial con que los jugadores afrontan los Mundiales dice mucho el que en cada uno de ellos conozcamos nombres que antes no nos sonaban de nada, que pasan enseguida a sonar como fichajes de los clubs más importantes del mundo, como fue el caso de James y Keylor Navas en el último Mundial de Brasil.
Un Mundial es más cosas, es un evento televisivo visto mundialmente, como solo muy pocos lo son. Es una celebración de la arquitectura y la ingeniería, mostrando siempre al mundo nuevos estadios a cual más moderno y extraño, en parajes a veces exóticos, a veces cercanos, pero vistos a través de una nueva perspectiva. Es céspedes de un verde imposible, de fantasía, tapices donde jugadores de múltiples nacionalidades se enfrentan a distintas horas del día, bien bajo un sol de justicia, bien bajo la lluvia de la noche, por la gloria. Echemos un vistazo, por ejemplo, al grupo H de este Mundial de Rusia:  Polonia, Senegal, Colombia y Japón. Jugadores de todos los rincones del mundo, de lugares tan dispares que hace siglos hubiera sido como hoy pensar en una competición que enfrentase a la Tierra con Marte, o a Titán contra Júpiter.

Un Mundial es el recuerdo de las colecciones de cromos de cuando éramos niños, que aún a muchos adultos apasionan. Aunque a mí ese encanto se me pasase con la llegada de las nuevas tecnologías, pues lo más bonito de los cromos era su colorido en un mundo sin Internet, la misma emoción que sentíamos entonces sigue vigente en todo cuanto rodea a la Copa del Mundo de fútbol. Los estadios, los lugares, los jugadores de diferentes partes del mundo, las inmaculadas camisetas de formas y colores inusuales, las aficiones ruidosas llegadas de todas partes, los nombres extraños e impronunciables, las jugadas imposibles que quedan grabadas para la historia, los enfrentamientos que paralizan países enteros… Todo eso forma parte de nuestra cultura como civilización global. Y es mucho más que escapismo; aunque como dijo alguien, quizá escapar de la rutina diaria sea el deber de todo soñador.
Acontecimientos deportivos como los Mundiales son fruto de la evolución y refinamiento de la sociedad humana. No hay Mundiales ni Juegos Olímpicos cuando hay guerras. Su celebración es un triunfo de la paz, y no solo consecuencia de ella, sino agente propiciador.

En fin, los Mundiales de fútbol, más que el propio fútbol en sí, fueron siempre una de las grandes pasiones que hicieron de mí la persona que soy hoy en día, junto a la música, la literatura y el cine. Me recuerdo a mí mismo, en mi adolescencia, coleccionando fascículos de la historia de los Mundiales, empapándome de sus estadísticas, y disfrutando enormemente de un programa presentado por Jose Ángel de la Casa, durante las semanas previas al Mundial de Italia 90, en la que fue mostrándonos las diferentes películas oficiales de los Mundiales de fútbol, empezando por el último, que entonces era México 86, cuya película, Hero, es una obra de arte del audiovisual, con un montaje donde prima el espectáculo sobre el frío dato estadístico, con un sentido del ritmo y síntesis narrativa que siguen siendo el ejemplo a seguir para cualquiera que tenga que hacer una película oficial de un evento deportivo. No creo que se hiciese una mejor antes, ni seguramente después. Buena parte del mérito es de la portentosa banda sonora del mago de los sintetizadores, Rick Wakeman. (En los archivos de RTVE aún se puede disfrutar, aunque el doblaje original, muy bueno, se ha quitado y se ha sobredoblado de mala manera, añadiéndole información sobre el papel de España en aquel Mundial, que arruina el ritmo del vídeo).
Es esto último que he escrito entre paréntesis la prueba de que para mí el Mundial es más que el mero sentimiento deportivo. Y no es que no me alegrase cuando España por fin ganó su primer Mundial. Era uno de mis sueños de niño. Algo que dudé llegar a ver algún día. (Ahora lo que dudo es que ganemos Eurovisión algún día). Pero un Mundial es más el espectáculo, y el lugar que ha de ocupar en la historia del fútbol, ya desde antes de que empiece, que solo fútbol, o tal vez, como decía más arriba, es el ideal de lo que es el fútbol.

Por cierto, en el primer partido de aquel Mundial de Italia 90, que entonces no jugaba la anfitriona, la Argentina de Maradona perdió 0-1 ante Camerún. Aunque luego llegó a la final. Pero no la ganó, El único equipo que ha ganado un Mundial perdiendo su primer partido ha sido…