Eurovisión 2018

5aed99f893774

 

Soy un gran aficionado a Eurovisión, desde pequeño, cuando lo veíamos en casa. Luego el Festival pasó por una época en la que hasta costaba que le encontrasen un sitio en la Dos, para volver a resurgir con fuerza durante estos últimos años. Aunque no es tanto que hubiese pasado de moda, siempre ha sido uno de los eventos más vistos de cada año a nivel mundial, sino que en España la gente es muy de creerse cualquier tontería que escucha por ahí, y hacer de ella patria y bandera. Que si el festival es un fenómeno televisivo de masas, para tontos, un espectáculo grotesco, donde mejor enviar a humoristas como Chicilicuatre o cantantes que no dan la talla (por no hablar de la composición), como Manuel Navarro; o que si el voto está amañado, porque todos los países votan siempre a los mismos. Paparruchas.

Da igual a quién vote cada país cada año, al final siempre suele ganar la mejor canción, y si no la mejor, porque sobre gustos ya se sabe, sí la que aglutina una serie de factores que terminan por encumbrarla. No siempre se trata de la mejor canción. El año pasado posiblemente sí fue así. No este año. Pero claro, hablo llevado por mis gustos, y Eurovisión es el Festival, por antonomasia, de la Canción. No de algún género en concreto. De la canción. Valen todos los géneros y estilos habidos y por haber. A veces el “por haber”, lo novedoso, suma también puntos, y aunque musicalmente la canción de este año 2018, la de Israel, es un poco un horror, tiene ciertos aspectos que, como digo, la encumbran. Ciertas dosis de originalidad, y una temática que ha sido más fuerte que el buen gusto, algo parecido a lo que pasó cuando ganó Conchita para Austria, con una canción no tan histriónica, pero tampoco tan original.

Pero más allá de todos estos factores,  en este mundo hiperconectado en el que vivimos el fenómeno enfermizo de las casas de apuestas (que si yo gobernase el mundo prohibiría), parece condicionarlo todo, no pudiendo con el fútbol, pero quizá sí con eventos como Eurovisión. Así, la corrección política de un tema histriónico cantado por una chica igual de histriónica (su género no me importa, si fuese hombre sería igual de histriónico, y todo ello me daría igual, si la canción me gustase. No creo que haya que caer en el mal gusto para defender algo. Salvador Sobral dijo que era una porquería de tema, cuando lo escuchó. Toda la razón); es un tema musicalmente incluso desagradable, pero se sobrepone a cualquier cosa, empujado por la fuerza de la masa, capaz de todo: de las mejores cosas y de las peores. Digo de las mejores, porque centrándonos en el tema que nos ocupa, parece quedar cada vez más claro que para que una canción gane Eurovisión ha de conquistar tanto a los jurados de los distintos países, (que por más que exista el voto amigo de media siempre hacen ganadoras a las canciones que más suelen destacar, al margen de su nacionalidad, dando por zanjada la estúpida leyenda urbana), como al voto del público, que en este nuevo formato de votaciones da un plus de emoción muy positivo al festival, haciendo que todo sea incierto hasta el final.

El Festival de Eurovisión es una gozada de ver por varias cosas, siendo las principales el despliegue de medios audiovisuales al que asistimos en directo, y, sobre todo, la cantidad de buenas canciones y figuras de la música popular, en distintos géneros, que nos descubre cada año. La cantidad de nombres descubiertos por el festival es larguísima, pero como ejemplo solo diré ABBA.

El siempre engañoso factor de la nostalgia nos puede inclinar a creer que el festival era mejor en eras pasadas. Yo creo más bien lo contrario, que con las tecnologías actuales es mucho más sorprendente, y lo vemos y escuchamos mejor. Y las canciones, el meollo de todo este asunto, resultan sorprender un año sí y al otro también, con una serie de temas para gustos eclécticos, de diversos géneros, entre las que siempre hay unos cuantos muy aprovechables. Y esta edición de 2018 no ha sido una excepción. El nivel ha sido en general muy alto, pero es que lo es prácticamente todos los años.

Me gustaría continuar este pequeño artículo sobre lo que me parece el Festival de Eurovisión, en concreto el de este año, enfocándolo en tres aspectos.

Primero, el del voto del jurado versus el del público.  Es de recibo que en el voto del público Israel y Chipre queden arriba. Como decía antes, el voto del público es pasional, y tan variado como tipos de personas hay. Pero no es nada profesional ni objetivo, en conjunto. No es congruente, por tanto, que los JURADOS DE CADA PAÍS voten con 12 y 10 puntos respectivamente, como si fueran el público, a los temas más votados por el público, a no ser que se trate de un tema excepcional en todo lo que aporta, como el de Salvador Sobral en 2017. En este sentido, el Jurado español, compuesto entre otros por dos triunfitos, dos músicos que son más invento mercadotécnico que músicos de verdad, ha votado hoy 12 y 10 a Israel y Chipre. Con ninguna noción absoluta de sabiduría musical, no ha hecho otra cosa que hacerse eco del voto popular. Patético. Así, en una palabra. Patético. Algunos otros países han hecho el ridículo con sus jurados de este modo, pero muy pocos.

Sin embargo, el voto del público, que aglutina tanto el mal como el buen gusto, también es capaz de hacer destacar a temas que los distintos jurados, entrecomillemos, “profesionales” (porque no sé hasta qué punto pueden tildarse de tales, si el jurado español es ejemplo de lo que hacen otros países), ningunean, por unos un otros motivos. Así lo hemos visto a lo largo de las últimas ediciones, y aquí pondré como ejemplo mi propio buen gusto. En las tres últimas ediciones he votado, desde que el voto del público es decisivo. En 2016 voté a Austria, en 2017 a Bélgica, y este 2018 a Italia. Los tres años el voto de los jurados relegó a esas tres canciones a posiciones mediocres, esto es, de mitad de la tabla, más o menos arriba o abajo. Y en las tres ocasiones las tres canciones a las que yo voté terminaron entre las diez, sino entre las cinco primeras. No quiero decir con esto que yo tenga buen gusto (que sí), sino poner mi voto como ejemplo de que el voto del público también hace variar las posiciones de las canciones para mejor, cuando han sido denostadas por los jurados. Para ganar, una canción tiene que conseguir esto, que es una llamada más espontánea y visceral al gusto del oyente, pero también encandilar a unos jurados que suelen ser el talón de Aquiles del Certamen, si hemos de guiarnos por el modelo del jurado español.

El segundo enfoque que quería darle es el de nuestros propios resultados en el certamen. España casi siempre lo ha hecho mal, tanto en estas tres ediciones con este formato de votación como en la mayor parte de las anteriores. La última canción realmente buena que llevamos la cantó la fabulosa Anabel Conde en los años noventa, y oh, sorpresa… O.o
¡Quedó segunda! ¿Cómo fue posible tal cosa? Pero ¿Y lo del voto amigo y todo eso… cómo pudo España quedar segunda en Eurovisión (y a no mucha distancia de la primera)? Pues porque llevamos una JODIDA BUENA CANCIÓN, con una intérprete fabulosa. La mayor parte de las veces (salvo en 2017 donde tanto la canción como el intérprete fueron tan malos que  la gente que asistía en vivo al Festival escondía la bandera española  para no morirse de vergüenza) lo fundamental es que la canción sea buena. El  o los intérpretes también son muy importantes. Pero un puntito menos que el hecho de llevar una gran canción o no llevarla… o no llevarla en absoluto.

Yo cuando era pequeño siempre tenía la cosa de ver a España ganar alguna vez un Mundial… ahora con lo que sueño, de verdad, es con ver a España ganar alguna vez un Festival de Eurovisión. Aún siendo anuales, y los Mundiales cada cuatro años, veo más fácil que ganemos un nuevo Mundial antes. ¿Por qué? Bueno, ya lo vemos cada año: RTVE tiene secuestrado el evento, y la capacidad para elegir a la canción que participa cada año. Priman los intereses mercantilistas, SIEMPRE, por encima de los artísticos. Este año teníamos, POR FIN, la posibilidad de que actuase DIANA NAVARRO, una intérprete excepcional. El anterior fue el culmen de la vergüenza, tras elegir a dedo a Manel Navarro. Ver este año cómo era defendido y participaba en parte de los eventos alrededor de la canción de Almaia, como reivindicando su vergonzosa actuación, ÚLTIMO, del año pasado, ya daba muy mala espina. Malísima espina. No había propósito de enmienda.
La canción de este año, por su parte, cuando la escuché por primera vez… pero espera… remontémonos al por qué enviamos a Almaia en lugar de a DIANA NAVARRO. Por lo mismo. Porque RTVE tiene secuestrado el evento. Dicen a dedo, según convenga a sus arcas y a sus tejemanejes mercadotécnicos y de audiencias televisivas, quién tiene que ir a Eurovisión. Y este año salió elegida Almaia. Que oye, dentro de lo malo, me pareció una canción digna, comparada con la del Manel Navarro, y con los otros esperpentos “reggeatoneros” que se codeaban con ellos para ir al Concurso. Pero decía lo que sentí cuando la escuché por primera vez: que no ganaríamos ni de coña. Fue algo parecido a lo que sintió el gran y recientemente desaparecido Jose María Íñigo. Luego, cuando la escuché con los arreglos, hice de tripas corazón, y le dediqué buenas palabras al tema. La canción cobró más fuerza con los nuevos arreglos. Las cuerdas especialmente, le daban más brío. Y la canción siempre fue bastante moñas, no nos engañemos, tanto como los propios cantantes y la puesta en escena, la letra… TODO. Y sin embargo, me pareció bonita por otra parte. Tiene ciertas sutilezas en los arreglos, en sus acordes, y ellos dos lo hacen muy bien, dentro de su moñez. Creo que actuaron hoy de forma soberbia en el Festival. Pero somos muy españolitos de a pie, y dados a pensar despreciando siempre al contrincante cuando nos vanagloriamos de nuestras posibilidades. Así Zidane nos expulsó del Mundial de 2006, y así nos han relegado hoy al puesto que nos merecíamos en la tabla, de la mitad muy para atrás, en  puesto mediocre y, la verdad, merecido. No tanto por los intérpretes como por el tema, que era muy flojito y muy insulso.

Almaia son muy conocidos aquí por el fenómeno OT, pero ese programita es absolutamente desconocido en el resto del mundo, igual que el español medio no tiene ni repajolera idea de los triunfitos de otros países. El tema “Tu canción” simplemente era demasiado flojito para participar en Eurovisión, y más con la calidad que suele haber, y ha habido este año, por bien que lo hicieran, que lo hicieron, sus intérpretes. El fallo estuvo, sobre todo, en los compositores. Y antes que nadie en RTVE y la forma en que ha hecho creer a media España, por el afán recaudatorio de sumar audiencia con el fenómeno, que esta canción tenía alguna posibilidad de ganar. Ya hemos visto que ni la más remota.
Pero para mí eso es lo de menos. No veo el festival, ni creo que nadie deba verlo así, como si fuese una competición deportiva. Lo veo para dejarme sorprender por canciones, compositores e intérpretes que antes desconocía. Y todos los años descubro a unos cuantos.

Y ojo, que a mí me gusta más nuestro tema que el que ha ganado, y que el segundo. Tanto la canción de Chipre como la de Israel me parecen una mierda, sobre todo la de Chipre. Pero aquí somos víctimas de calzar un zapato con la misma horma que nuestro patético jurado, porque… ¿A qué canciones dieron los 12 y los 10 puntos los de nuestro jurado? Pues sí, eso. No fueron fieles  a sus sentimientos ni emociones. Se dejaron llevar de forma vulgar y arrastrada, por el “mainstream”.  Ole los jurados, que los hubo, y bastantes, que tuvieron lo que hay que tener para no hacer eso.
El voto del público puede reflejar lo bueno y lo malo, porque se debe a sus gustos y a sus pasiones. El voto del jurado está obligado a reflejar lo bueno, al margen de sus gustos, y del “mainstream”. En este sentido, Salvador Sobral fue un buen ganador el año pasado. Israel no lo ha sido este año, ni Chipre lo habría sido. Es patético que el jurado supuestamente profesional encumbre ese tipo de canciones, guiado por correcciones políticas, gustos, modas y pasiones más allá de lo musical.

Por cierto que el sistema de votaciones se ha querido hacer tan rápido este año, que casi no da tiempo a enterarse de nada, sobre todo respecto al voto del público ¿Por qué esas cantidades exactamente? MUY MAL EXPLICADO, y MAL PRODUCIDO, ese aspecto.

El voto del público ya es otra cosa, como he venido diciendo a lo largo de este artículo, quizá ya demasiado largo. Es algo más visceral, y refleja tanto lo bueno como la malo, todo tipo de gustos.
Si a mí me sigue gustando el festival, y los seguiré viendo, es porque, bueno, primero, no soy un “esnob”, pero sobre todo, porque siempre descubro en él buena música popular de nuestro tiempo. Y porque es el único evento donde las banderas de los distintos países se entremezclan, celebrando una cosa, la música, que congrega delante del televisor a más audiencia que la final de la NFL,  la NBA o la Champions. Y eso, por sí solo, es todo un prodigio televisivo.

Unas palabras finales para los comentarios de este año. Cuánto más me han hecho echar de menos a Don José María Íñigo. Han sido muy sositos, y a veces, durante las votaciones, más bien molestos, porque ni dejaban escuchar lo que se decía en inglés, ni lo explicaban ellos bien.

Aquí os dejo tres enlaces a las tres canciones que amé y todavía amo, tras escucharlas en Eurovisión. No son las únicas, pero son las que yo voté. Las tres quedaron muy bien pese al ninguneo de jurados mediocres. Y quedaron muy bien porque son maravillosas. Y lo merecían.

Austria 2016
Zoë – Loin d’ici

Bélgica 2017
Blanche – City Lights

Italia 2018
Ermal Meta & Fabrizio Moro – Non mi avete fatto niente