Ephiro.

Al principio no lo vieron venir.
Era la vigésimo tercera jornada de viaje desde Acantha, veintitrés días de cielos plomizos, cargados de lluvia en el viento y barro en el camino. Con mejor tiempo habrían visto refulgir en la distancia, mientras se aproximaban a Vespertina, los cobrizos pináculos de las torres de la ciudad inmortal. Pero nada refulgía; nada siquiera existía a más de diez pasos, aparte de ellos mismos, que no fuera lluvia y barro.

Después de perder a Ephiro y a dos ghaunds, y de los continuos atascos de los carromatos, llegaban ya tarde a su cita con los dioses, pero la muerte de su compañero puso en perspectiva su propósito de no hacerlos esperar. En todo caso, rogaron que la paciencia fuese virtud de sus divinos anfitriones.

La implacable borrasca que se cernía sobre el mundo fue el primer indicio claro del vaticinio de los Augures, sobre todo después de la conmoción que supuso la pérdida de Ephiro. Empezaron a ser conscientes de que las tierras que atravesaban nunca habían sido castigadas por lluvias semejantes ni tan continuas, y entonces volvieron a ellos las palabras del Oráculo, antes de salir de Acantha, llamándolos a no emprender aquel viaje. Volvieron a sentir también aquellas voces extrañas, que les habían susurrado en las sombras de la ciudad. Murmullos sobre motivaciones siniestras del rey al ordenarles partir hacia Vespertina. Cosas de magia, se dijeron. En cualquier caso, sus órdenes eran ineludibles, pues era la mismísima hermana del rey, la princesa Aiel, quien mandaba la comitiva. Y para ella, rendirse no era una opción.

Quizá fue por una arenga de la princesa que creyeron que, si aquellos eran todos los males a los que se había referido el Oráculo, podrían culminar el viaje. Pero ninguno de ellos era capaz de imaginar la forma en que los Augures vislumbraban el futuro. Los miembros de la comitiva podían imaginar otras cosas, cosas normales, que siempre habían estado ahí, como la ciudad de los dioses, oculta en algún lugar del horizonte; o que seguía habiendo un cielo amarillo y un sol rojo, muy por encima de las nubes sempiternas. Pero nada más, ni peor ni más extraño.
Por eso no lo vieron venir, desde más allá de la lluvia, el barro y el sol; un nuevo planeta surgido de la oscuridad, que se dirigía hacia su mundo y engullía ya su luz.

 

—¿Te acuerdas, Ephiro? —le preguntó aquella voz, quebrando un silencio sin tiempo.
El joven cerró el voluminoso libro, dejando marcada la página con el dedo pulgar. Quizá fuese una tontería, o quizá no, pero sintió que perder aquella página sería como perder la vida.
La voz, como antes, le pareció que salía de todas partes y de ninguna, pero en esta ocasión creyó adivinar su origen en la planta medio muerta en el alféizar de la ventana. Sin embargo, no fue aquel dato el que taladró su mente.
—¿Es “Ephiro” mi nombre? —dijo, por fin, despacio.
—Tu nombre era.
—Como… —Fue un susurro ahogado, más que una palabra pronunciada.
—Sí, como el personaje del libro. Ahora lo recuerdas. Eras tú. Ephiro.
—Pero, no. No es posible.
—Te advertí que al leer el libro, conocerías tu verdad.
—Pero el libro dice… el libro dice que muere.

Hubo un silencio. Otro silencio sin tiempo con el que medirlo. Entonces algo o alguien abrió una puerta. Las nubes pasaron veloces a través del cielo azul, y el mismo viento lejano que las impulsaba llegó y se personificó en la estancia, agitando la planta moribunda y avivando por un instante las últimas ascuas de fuego en la chimenea. Agitó también el cabello luminoso, digital, de Ephiro, y abrió las tapas del libro, haciendo correr las páginas de la historia hasta el lugar marcado por su dedo pulgar.
La puerta se cerró con un portazo, y el viento se calmó.

En la siguiente página, la de la derecha, aparecía un dibujo. Era una mujer de porte regio y orgulloso, ascendiendo hacia la parte final de una rampa que daba a una gran puerta, en la que había un letrero que rezaba: VESPERTINA. La parte baja de la ciudad se consumía en llamas de colores, sacudida por fuertes temblores. De pronto la princesa cayó rodando por la rampa, y un ángel descendió de las torres más altas, tomando su mano en el último instante, salvando a… Aiel, de una muerte segura. Luego el ángel giró la cabeza, y miró a Ephiro a los ojos.
—No —gritó el joven, arrojando el libro lejos de sí.

Todo
se
volvió
oscuridad.

No tuvo la sensación de ahogarse, porque la única sensación que tuvo fue ninguna. Fue como si todo él  fuese solo sentimiento, por el personaje moribundo de un libro olvidado. Primero de pérdida, luego de miseria… en algún lugar, de esperanza. Pero, sobre todo, de horror. Un miedo real, visceral, que buscó a tientas, palpando el suelo, hasta que lo agarró, contento, porque era cierto, era suyo. Era él. Volvía a tener el libro. Lo abrió, y la oscuridad se fue como si nunca hubiese existido. Más allá de la ventana el cielo era ahora de un amarillo opalescente, con un sol rojo en su centro.
El libro quedó abierto por la misma página de antes. Encima del dibujo que había cobrado vida en su mente, decía: “CAPÍTULO 1”.
No pensó; pasó la página. Pero la siguiente estaba en blanco. Y la siguiente… todas las demás. Todo el libro. Le cayó el alma a los pies.
—Quiero volver. ¡QUIERO VOLVER! —gritó, con toda su alma. Luego, más calmado, y entre lágrimas—: ¿Me oyes? Quiero volver.
La voz regresó. Ahora era el escudo con forma de dragón, sobre la repisa de la chimenea.
—Pero entonces, como bien sabes, lo olvidarás todo. Dejarás de ser Ephiro. ¿Estás seguro?
—Sí.
—Pues, si estás seguro, sigue leyendo.
Y eso hizo.
De pronto una forma grande como el mundo veló la luz del sol rojo.
¿Te acuerdas, Ephiro?