Reseña: Las Estrellas son Legión, de Kameron Hurley.

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Se ha dicho de “Las estrellas son legión” que podría titularse “Lesbianas en el espacio”.  Y parece ser que Kameron Hurley fue inteligente y adoptó el título como si fuera suyo.  Tal cosa fue dicha por un crítico que antepuso sus prejuicios al placer de la lectura del libro.

Es un leitmotiv de este blog, desde su primera entrada , no juzgar las cosas a través de prejuicios, y recomendar siempre escapar de las presunciones cuando nos adentramos en cualquier obra. No sería lícito adentrarse en ninguna de ellas de otro modo.

No se debe juzgar a “Las estrellas son legión” por sus presupuestos, que podrán gustar más o menos, sino por su contenido, por su valor como literatura y como ciencia ficción. Porque… ¿debemos restar valor a la obra de Isaac Asimov por vertebrarse casi exclusivamente en torno a personajes varones blancos heterosexuales? Sería bastante estúpido hacerlo, e igual de estúpido es hacerlo con este libro de Kameron Hurley. Sí, en Las Estrellas son Legión sus protagonistas son todas ellas mujeres, y, por tanto, todas ellas lesbianas.

Hay que tener un espíritu ciertamente miserable para no poder aceptar ese punto de partida, y querer distorsionar el valor objetivo de la obra por presunciones propias, antes siquiera de esperar a terminar de leerla. Un libro puede gustarnos o no, pero jamás debemos criticarlo en base a ideologías y formas de pensar de mierda.

Porque, como ya alguien dijo una vez, la ignorancia no es no saber. Es creer que se sabe.

En “Las estrellas son legión” estamos ante una gran historia de ciencia ficción, que posee valores originales que la hacen más que recomendable para engrosar cualquier biblioteca actual sobre el género. Una clásica aventura de autodescubrimiento en clave de ópera espacial, con unos cuantos ingredientes muy interesantes, conceptos como mundos orgánicos, sistemas de diseño inteligente que siguen criterios post-evolutivos, a los que se enfrenta Zan, la protagonista, que al principio de la historia ha perdido la memoria, por lo que el lector participa de la extrañeza de ella ante las peculiaridades de los mundos de la Legión, mientras se va viendo inmersa en sus entrañas.
La narración está hecha en primera persona y en tiempo presente, desde dos puntos de vista diferentes, con más capítulos para la protagonista, Zan.

Aunque hacia su mitad la historia flojea un poquillo, perdido el impacto del principio, pronto diversas situaciones nos harán retomar de nuevo el pulso que da verdadera vida al libro,  la sensación de exploración y descubrimiento de un nuevo concepto de mundo,  repleto de maravillas y monstruos. Son mundos orgánicos decadentes, enfermos literalmente, que se sirven de las mujeres que los habitan cual si fueran máquinas de diferentes cadenas de montaje,  que gestan elementos orgánicos indispensables para el funcionamiento de dichos mundos, que a su vez son los que las mantienen con vida. Son objetos orgánicos diseñados por alguna suerte de ingeniería genética post-evolutiva, y a los que algunas de las gestantes quieren tanto como si se tratase de bebés de verdad, que también los hay.
En cierto modo hay una dicotomía entre la lucha por rebelarse ante el sistema, y el asco y la estupefacción por la forma en que funciona, y la necesidad vital de salvarlo porque las protagonistas forman parte de ese sistema. Si alguien se ha visto alejado del libro por creer que se trata de una alocada alegoría feminista sin pies ni cabeza, vemos al final como sus prejuicios le han privado de disfrutar de una gran historia. Aquí hay valores feministas, sin duda. La decisión de partida de escribir una obra de ciencia ficción space opera en la que solo hay mujeres ya es un hito en sí mismo. Y una decisión quizá arriesgada, como asume la propia autora en el postfacio. Pero los valores feministas que hay son reflexivos, y armoniosos con lo meramente humano. Y eso es lo que se pierden todos los imbéciles que hayan criticado esta obra desde una perspectiva antifeminista o machista, como el crítico mencionado arriba.

Al final lo que nos encontramos al leerlo es un sentido de la maravilla y la aventura directamente emparentado con los libros de Julio Verne, de viajes, descubrimiento y aventuras. Hay otras texturas, por supuesto, es una obra de nuestro tiempo, pero desde un punto de vista literario, y si leemos sin prejuicios, es eso lo que tenemos.

A destacar la prosa de Kameron Hurley, que aunque práctica, no está exenta de momentos de gran poder poético.

Apenas hay ninguna errata reseñable, y está muy bien traducido.

En el aspecto negativo, ¿pueden las personas sin lengua comer con gula? Supongo que sí, pero la escena me contrarió un poquillo. En cualquier caso, un detalle sin importancia.

Mi valoración personal: 4,5 sobre 5.