Por qué pronto dejarás de usar (solo) Netflix.

Nadie va a negar a Netflix su carácter pionero, y, por tanto, actualmente hegemónico. Pero una vez mostrado el camino, la competencia hará que su importancia vaya diluyéndose.

Mis razones para pensar esto son esencialmente pragmáticas y se basan en la cantidad de proyectos en los que estoy interesado, siendo que muy pocos de esos proyectos se emitirán en Netflix, sino que Netflix solo será una más de las plataformas en cuyos proyectos estaré interesado. Por citar los más importantes:

Stranger Things y Black Mirror, en Netflix. (A los que habría quizá que añadir Star Trek Disvovery y The Expanse, si las sigue emitiendo Netflix para Europa).

Juego de Tronos y sus precuelas, todas en HBO.

Las series de Star Wars en acción real, así como, en un futuro, todas las películas de Star Wars y de Marvel, en Disney Plus.

La serie de El Señor de los Anillos, en Amazon Video.

Origin, una fenomenal serie de ciencia ficción, y su más que probable segunda temporada, amén de otras nuevas series, en Youtube Premium.

La serie de La Fundación de Isaac Asimov, en Apple TV.

Por no hablar de sitios especializados, como por ejemplo Filmin, en cine clásico, plataformas especializadas en anime, etc…

Si habéis llevado la cuenta, se trata de SEIS plataformas distintas, en todas las cuales habrá proyectos que, en la medida de lo posible, Yo no querré perderme.

Si quiero mantener la suscripción de todas ellas, saldría la escalofriante cifra de unos 80 o más euros al mes. Algo que quizá puedan permitirse los bolsillos de los más ricos, pero no el de la gente con una economía “normalita”.

En este panorama ¿Por qué priorizar Netflix sobre otras, o, en todo caso, dados mis gustos, por qué priorizar Netflix sobre Disney Plus, sobre todo?

Van a ser demasiadas plataformas y demasiadas cosas que querer ver. Y ojo, vamos a querer optimizar no solo nuestro dinero, sino también nuestro tiempo.

¿Por qué vamos a querer seguir manteniendo el pago a Netflix como el estándar de facto? Yo, al final mientras he pagado a Netflix, apenas lo he usado nunca. Solo para ver cosas que me interesaban de verdad, lo cual, en todo el tiempo que lo he pagado, se reduce a Stranger Things, Black Mirror, Dark, The Expanse, Discovery… y MUY POCO más. Y por eso he pagado Netflix mes a mes durante dos años. Con poca competencia, eso puede admitirse. Pero cuando tenga que pagar también HBO por ver JdT, y cualquiera de las otras series que me interesen… no. Vamos es que ni de coña. Llega la era de priorizar los productos que queremos disfrutar de las diferentes plataformas.

Priorizar nuestro dinero, y, quizá más importante incluso, priorizar nuestro tiempo.

En este panorama a mí me viene a la cabeza la necesidad de una app, o algo así, dedicada a la gestión de productos audiovisuales que se ajusten de forma inteligente a los gustos del consumidor, y que nos recomienden series ofertadas de deternimados géneros que nos gusten más, priorizando el gusto por ese tipo de productos y de series por encima de la fidelidad a una u otra plataforma. Se trataría de una suerte de plataforma de plataformas, o agencia de distribución de diferentes contenidos en orden a los gustos de los usuarios. En fin, volviendo al origen, es como cuando íbamos a un videoclub, y alquilábamos la película que más nos gustaba, y no solo las de Warner Bros o Twenty Century Fox.
Se hace necesario una especie de “Netflix de netflixes…”

Mientras, yo tengo claro lo que haré, contratar estrictamente cada plataforma solo por el tiempo durante el cual esté viendo una serie.

Aquí cabría considerar que quizá entonces las distintas plataformas opten por un modelo de emisión semanal de los episodios de sus series. Ahí es donde Netflix se puede llevar el gato al agua. Si la segunda temporada de Westworld fue un relativo fracaso, se debió a que era imposible acordarse de sus vericuetos argumentales pasada una semana del último episodio. El modelo de emisión simultánea de toda la serie, siendo el espectador el que elige a qué ritmo verla, es uno de los grandes y principales aciertos de Netflix, y el que seguirá haciendo que sea la opción de base para quien quiera pagar mensualmente solo una plataforma, suscribiéndose de forma esporádica, según sus contenidos, a las demás. Y aún así, hay meses durante los cuales, es mi caso, Netflix tiene poco o nada que ofrecerme, porque sencillamente no tengo más tiempo para dedicarle, y lo que realmente me interesa de su oferta ya lo he visto.

 

Por qué me gustan más las películas de El Hobbit que las de El Señor de los Anillos.

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Sí, amigos. Habéis leído bien. Tampoco es que sea algo que debiera sorprender mucho a cualquiera que haya leído alguno de los artículos de este blog. Me gusta sentir, vivir las cosas, por mí mismo, sin dejarme llevar por lo que piensan los demás, especialmente cuando capto el tufillo de las habitaciones llenas de pensamientos mal ventilados, de los que se regurgitan de unos a otros, como si fuésemos un ente colmena.

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No niego los logros que supuso El Señor de los Anillos, si bien hoy me parecen mucho más técnicos que otra cosa. Después de todo, teniendo un mínimo de buen gusto, talento y el dinero necesario, ¿cómo se podría hacer una mala película de El Señor de los Anillos? A día de hoy, y he leído algo más que bastante, esa trilogía quizá siga siendo lo mejor que he leído en mi vida. Pero creo que las películas no están envejeciendo del todo bien. Me siento mucho más identificado con el héroe que vemos en la adaptación cinematográfica de El Hobbit.

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Para empezar, es una adaptación, desde sus raíces, mucho más fiel al libro que ESDLA. Y aquí debemos reflexionar sobre la paradoja que supone el que tantos hayan vilependiado tanto a Jackson con el Hobbit, tantos que lo habían amado tanto antes. Y es que en el mundo en general, y en España en particular, la gente adora defecarse en ídolos caídos.  Y se dejan llevar por lo que hace y dice todo el mundo. Son como la chusma enfervorecida, que ya vitorea a los clérigos de un falso dios que están a punto de quemar en la hoguera al mago que  ha osado intentar desenmascararlos, mientras insulta y tira piedras al aturdido mago, ya vuelve esas piedras e insultos contra los clérigos impostores, en cuanto los amigos del mago lo rescatan y vuelcan las tornas de los acontecimientos.

Así, ¿no es cierto que siempre, de forma invariable, se ha dicho que la principal flaqueza de las películas es que no pueden pretender ser tan buenas como los libros, porque sencillamente su duración así lo impide? Sin embargo, cuando por fin tenemos un primer ejemplo de lo contrario, de unas películas que se toman todo su tiempo y su dedicación para plasmar a lo largo de casi nueve horas de cine un libro de 300 páginas, dando protagonismo a tantos detalles, y también insuflando vida en acontecimientos solo sugeridos en el libro, la crítica desconcertante, por simple, pueril, es ” ¿pero a dónde va ese, haciendo TRES, TRES películas del libro?” Siempre negativos, que diría Van Gal. En realidad, la sociedad, en sus flaquezas, tiene mucho de periodismo deportivo, un periodismo casi siempre pueril y chabacano.

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Se le critica también al Hobbit la osadía de introducir un personaje femenino que renueva y actualiza la historia, como si no hubiera sido esa una de las premisas de ESDLA, siendo que los retoques hechos en el Señor de los Anillos, donde cada película ha de abarcar con apenas tres horas un libro de 400 páginas, amputan la historia contada en los libros por todas partes, quedándose siempre, de forma harto insatisfactoria, en la superficie de todo. Y también en lo formal, desde la crucial concesión comercial de convertir a los hobbits, que en las novelas parten de la Comarca frisando el medio siglo de existencia, y tras no pocas e interesantes disquisiciones y misterios, totalmente ninguneados en el cine, en forma de jovenzuelos mucho más cercanos a la obra de un Terry Brooks que a la de todo un Tolkien.

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Ciudad del Lago, Bree, también las ruinas de Esgaroth, la casa de Bilbo, la granja de Beorn, el Bosque Negro, Dol Guldur, las cuevas de los trasgos, La Montaña Solitaria… todos esos entornos salen de la película y te atrapan, porque tienen el tiempo, el ritmo necesario para seducirnos, casi a un nivel literario. Jamás sentí tal cosa viendo ESDLA. Las cosas estaban muy bien hechas también, pero el ritmo te impedía sumergirte en ellas. Y la sensación de pérdida, tras leer los libros, es enorme. Uno de los detalles que más me decepcionó fue el de los muertos, que de ser un pasaje con una gran carga emocional en los libros pasó a ser poco más que una marea de mocos verdes en la película.

Que no se me entienda mal. Disfruté las películas, cada una menos que la anterior, todo sea dicho, porque para mi gusto fueron de mal en peor. Y es que es imposible pretender abarcar El Señor de los Anillos con solo tres películas, cuando, me quedó perfectamente claro tras ver el Hobbit, deberían haber sido nueve. Y cuánto me gustaría que el propio Peter Jackson tuviese la osadía de contradecirse a sí mismo, de superarse a sí mismo, y rehacer El Señor de los Anillos desde cero, de nuevo.

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El Hobbit, en su versión cinematográfica, al contrario que ESDLA, son películas que envejecen mejor. Cada vez que las he visto he disfrutado más con ellas. Me han parecido más hondas y más humanas, más creíbles, más detenidas y más completas. Más, en fin, maravillosas. Y es que cuando eres capaz de dedicar casi nueve horas de cine a 300 páginas, las sensaciones, de pronto, empiezan a colindar con terrenos más propios de la literatura. Cuánto más me identifico con ese hobbit absoluta, genial y maravillosamente retratado, construido, que es el Bilbo Bolson interpretado por Martin Freeman, que no por el estándar, sobreactuado, a veces incluso histriónico, y jovenzuelo Frodo de las películas.

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En fin, a mí la versión cinematográfica de ESDLA más o menos me gustaba, hasta que vi El Hobbit. La gente empero, se deja llevar por la nostalgia del tiempo pasado que siempre cree mejor, y por el tan difícil de superar pensamiento colmena (por no decir borrego), y no pocos se llevan incluso las manos a la cabeza, cuando son testigos de aseveraciones tan osadas como las de este artículo. Pero me seduce mucho más la historia que me cuentan con el Hobbit, más pausada y más creíble, más experta; pero también más divertida, más diversa… Más auténtica. Más de todo.

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En fin, yo seguiré soñando con una nueva versión cinematográfica de El Señor de los Anillos, una que, por fin, haga justicia a los libros. Estoy seguro de que será imposible con menos de nueve películas de larga duración, o el equivalente en forma de serie. Una historia con las pausas suficientes para dotar de una nueva dinámica a lo que a día de hoy es una versión superflua y con un ritmo y un estilo que a veces llegan a saturar, desaprovechando casi todos los mejores momentos contados en los libros.

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No se trata de que me guste más la historia de EL Hobbit, porque me gusta más la historia de El Señor de los Anillos. Pero Yo prefiero que las obras que me gustan se enriquezcan, a que se empobrezcan. La versión cinematográfica de ESDLA es buena, muy buena incluso… hasta que relees el libro. En cambio, si relees el Hobbit, y luego ves las películas, a mí me siguen pareciendo igual de buenas.

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Reseña: Escuadrón, de Brandon Sanderson

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Escuadrón es una novela de ciencia ficción “young adult”, es decir, eso que hasta hace poco llamábamos, sin que sonase tan guay, literatura juvenil, apta en realidad para ser disfrutada por todas las edades. Al contrario que la mayor parte de la obra del genial y prolífico autor estadounidense, Escuadrón (“Skyguard”), no se encuadra dentro de su universo de ficción, el Cosmere, sino en un futuro hipotético de la humanidad, entre las estrellas.

Toda la trama se sustenta sobre el reto que supone para Spensa, la protagonista, hacerse un hueco en la sociedad de su mundo, Detritus. Spensa es una chica bajita, con un solo amigo, que si logra llamar la atención, solo es de forma negativa, despreciada por el legado de su padre, un cobarde que desertó en la batalla decisiva de los restos de la humanidad contra los krells, una especie hostil que hostiga a los humanos que viven en las cavernas subterráneas de Detritus. Pero Spensa responde a ese desprecio no achicándose sino agigantándose, dueña de una verborrea contestataria y muchas veces hostil, aunque un tanto ingenua, hecha con el ADN de las historias épicas del pasado que siempre le ha contado su abuela.

Spensa es sin duda una chica diferente, que tiene el don de escuchar las estrellas, nunca visibles, ni siquiera desde la superficie del planeta, por estar este rodeado de incontables capas de estaciones y basura espacial de toda índole. Tendrá que hacerse un nombre en una sociedad que nunca ha creído en ella, para lo que habrá de intentar cumplir su sueño de entrenar en la Academia de pilotos de la FDD. La FDD entrena a una élite de ases que mantienen a raya a los krells, para permitir a los restos de humanidad que habitan las cavernas de Detritus seguir teniendo un futuro. Spensa sueña con formar parte de esa élite de la que formó parte su padre, para así reivindicar su nombre, pues ella siempre ha creído en él. En el tránsito, los duros golpes de las experiencias que irá viviendo le harán replantearse sus dogmas, y harán tambalear las creencias que alimentan el fuego de su espíritu contestatario y casi hostil. ¿Quizá es ella, también, una cobarde, como dicen que lo fue su padre?

La aventura está narrada en tiempo pasado, en primera persona, desde el punto de vista de Spensa, con algunos breves interludios puntuales en los que se narran escenas en tercera persona de otros personajes.

Escuadrón es una novela muy entretenida, por momentos brillante, y sobre todo, muy sugerente, que despierta ideas muy interesantes para escribir historias de ciencia ficción, ideas que además no son lo que luego pasa en la historia, por lo que seguro que usaré alguna de ellas.

Podríamos criticarle a la novela que a veces, aunque pocas, deja traslucir demasiado su intención de estar dirigida a un público más juvenil, pero nos haríamos flaco favor si por eso dejamos de leerla, y, por otra parte, es la primera parte de una tetralogía, lo que hace desembocar la historia en un final que, aunque no nos deja colgados, tampoco satisfechos del todo, al menos en mi caso. Pero Sanderson escribe rápido, y no suele defraudar. De hecho, su intención es dejar concluida la tetralogía en 2022.

Debo señalar un fallo en la historia por parte del autor, sobre un pequeño detalle, sobre la velocidad de cierto carismático caza con inteligencia artificial, pero no ahondaré en ello para no destripar nada. Puede ser que yo haya pasado por alto algún detalle sobre esto, pero creo que no.

En suma, una lectura muy recomendable. Al principio hay unas cuantas erratas seguidas, pero por suerte, solo al principio, y tampoco son muchas. La edición es en rústica con solapas, con la misma portada que la edición norteamericana, y es muy de agradecer que se haya publicado en nuestro idioma casi a  la vez que en inglés. Algo que nos gustaría ver mucho más a menudo, sin duda. Son poco más de 500 páginas de entretenimiento del bueno.

Edito: Brandon Sanderson ha anunciado que la segunda parte de Escuadrón (“Skyguard”) verá la luz en noviembre de 2019, y tendrá por título “Starsight”.

Mi puntuación: un 4 sobre 5.

Wizards of the Coast publicará un nuevo escenario de campaña para D&D en 2019. ¿Cuál os gustaría que fuese? Mis memorias de la Dragonlance.

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Así lo ha anunciado Nathan Stewart, “senior director” de Dungeons & Dragons, este noviembre pasado, en uno de los vídeos de su canal de YT, “Spoilers & Swag”.

Sus palabras fueron: “Next year for our annual releases I can confirm there will be a setting book”. “A new setting book. A book that we have not created that is for a D&D setting”.

Lo que confunde un poco es ese “un libro que no hemos hecho nosotros”, (WotC). ¿Se refiere a que, como sabemos, WotC publica muchos de sus nuevos libros para la Quinta Edición de D&D en colaboración con otras compañías? ¿O a que WotC, no ha hecho ese escenario de campaña? Sea cual sea la respuesta, también ha dicho que no será Spelljammer, algo sobre lo que se especulaba bastante, dados los guiños a esa ambientación que hay repartidos por diferente material de la Quinta. (Spelljammer es, recordemos, la versión espacial, digámoslo así, de D&D, un escenario con barcos alados surcando el espacio entre diversos planetas del universo de fantasía de D&D. Algo que también ha emulado Paizo, con su Starfinder).

Suenan pues, como opciones más posibles para el nuevo manual de campaña que publicarán este año que ya llega, Eberron, Dark Sun, Ravenloft, (también algún nuevo “setting” basado en el dichoso juego de cartitas Magic, como acaban de hacer con Ravnica; aunque, según cómo se interprete eso de que no lo han hecho ellos, yo creo que ésta es la opción menos probable con bastante diferencia),  y sobre todo, y por varios motivos, Dragonlance. Porque Krynn, el mundo de la Dragonlance,  es el escenario de campaña más famoso de D&D después de, o junto a, Forgotten Realms (Reinos Olvidados). Y, cuando anteriormente en D&D se han manifestado sobre la posibilidad de publicar escenarios de campaña totalmente nuevos, han dicho que no, que todavía había demasiados, antiguos, sin publicar como para considerar la opción de publicar uno nuevo. Y es una respuesta lógica a la política que están siguiendo de dar nuevo valor a la historia de los productos de D&D.

La apuesta segura sería Dragonlance. Pero hay otros motivos. Suenan rumores, desde hace un par de años, rumores sólidos, basados en un tuit de Joe Manganiello, actor y cineasta bastante ligado a D&D, juego del que es fan, según los cuales se está cocinando una película de acción real de D&D basada en “Dragons of Autumn Twilight”, la famosa novela de Margaret Weis y Tracy Hickman, nacida a la par que el “setting” de campaña del entonces nuevo mundo de Krynn, para D&D, en los años 80. Novela traducida en España como “El retorno de los dragones”, que a mis catorce años me devoré en dos días y medio, y supuso el principio de mi amor por los libros. Así que sí, queridos amigos, me habéis pillado. Es evidente que tengo un interés personal en que ese nuevo setting anunciado para 2019 sea Dragonlance. Porque de la combinación de esta fabulosa Quinta Edición con el dragonlancero mundo de Krynn, solo podrían salir cosas muy buenas.

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Y el caso es que aunque desde luego esa película todavía no verá la luz en 2019, quizá sí lo haga uno o dos años después, y el ritmo de publicación de nuevos escenarios de campaña de WotC es lo bastante relajado como para que apostar por un setting de Dragonlance de nuevos frutos, en cuanto la película se haga realidad. (No debemos confundir esta película con la que se hizo de dibujos animados, dentro de una era oscura del juego en la que todo lo que se hacía salía mal, porque ni yo, siendo fan, he sido capaz de verme entera esa versión).

Es cierto que quizá las generaciones más jóvenes de dungueoneros conocen más  el mundo/escenario de Eberron, en el que se basó por cierto uno de los infinitos videojuegos MMORPGs que estaban destinados a desbancar al World of Warcraft, cosa, por supuesto, que ninguno hizo. Pero la esencia de D&D es el papel, el lápiz. Los dados. Los librojuegos, como aquel en el que me convertí en un mago de salud quebradiza, apoyado en la fortaleza física y espiritual de su hermano, que tenía que superar unas duras pruebas para convertirse en mago de la Túnica Roja, pruebas que acabarían de minar su ya delicada salud. Un libro juego apasionante, que leí siendo un jovenzuelo imberbe, antes de conocer nada sobre las novelas y los juegos de rol, y que usaba elementos de ambos. Aquel libro estaba escrito por Terry Phillips, hoy tristemente desaparecido, y es que era Raistlin el personaje que él interpretaba de las novelas, cuando jugaban los escenarios que describían aquéllas, en campañas roleras junto a los autores, Margaret y Tracy. (Tracy, nombre que se ofrece a cierta confusión en castellano, ya que nos suele parecer femenino, razón por la cual durante muchos años, sobre todo por no existir eso del Internet, mis amigos y yo pensamos que los autores eran dos mujeres).
Años después leí El Señor de los Anillos (Aunque años antes de las pelis), y comprendí una de las principales fuentes de inspiración para el rol y las novelas de D&D. El D&D nació de la mano de Gary Gygax, (que aparece en los Simpson), y sus amigos, como el natural empeño de adaptar las reglas de los wargames que ya existían entonces para centrarse en personajes individuales, y en describir sus aventuras en escenarios fantásticos, inspirados Por Tolkien, y algunos otros autores (Michael Moorcock, o Fritz Leiber, sobre todo (aunque también Howard y Lovecraft).

Nunca me olvidaré de las sensaciones mágicas que viví a los 14 años, leyendo aquella primera edición en España de El Retorno de los Dragones. Conocí los libros en una estantería del ya extinto centro comercial Simago, de Ferrol, poderosamente atraído. Había varios, y con aquella edad, y en un mundo sin Internet, fue como magia, realmente. Cualquier cosa que conocías era, literalmente, nueva. Ojeando embelesado aquellas páginas, leyendo las solapas, descubrí que aquel mago, Raistlin, salía en aquellos libros. Pero, ¿Cómo podía ser? ¿Qué clase de hechizo hacía aquello posible? Yo había jugado a ser un personaje que de repente cobraba su propia vida en una novela que en aquel entonces era para mí el novelón más largo a cuya lectura jamás me había enfrentado.
Y no fue fácil conseguirlos. Tenía que ahorrar cada duro (la Virgen, que vejestorio debe hacerme parecer esta expresión), durante semanas, para poder llegar a juntar, ayudado por el dinero que caía de mi abuela cuando venía un mes a Ferrol desde Madrid), y poder por fin comprarme una de aquellas maravillas.

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En fin, reseñaré sin duda en el blog las ediciones antológicas de las Crónicas de la Dragonlance y las Leyendas de la Dragonlance, cuando las relea próximamente, además de la sensacional heptalogía, de los mismos autores, “El ciclo de la puerta de la muerte”, sin olvidar la magnífica “La espada de Joram”. No esperaba en esta entrada dejarme llevar por la nostalgia. Ha ocurrido sobre la marcha, porque mi intención original era solo anunciar la llegada de ese nuevo escenario de campaña para el juego de rol de D&D Quinta Edición, y mi deseo de que se trate de Dragonlance, aunque, si es otra cosa, bienvenida será.

El caso es que, después de leer las novelas, descubrí que estas provenían del juego D&D, como los libro juegos que había leído, y todo fue cobrando sentido. Eventualmente conocí a gente muy maja con la que juntarme para jugar partidas de rol, hasta que un día, coincidiendo en parte con que cada uno de nosotros tuvo que forjarse su propia vida para ganarse las habichuelas, fuimos dejando de jugar, también por la mala fama que ciertas noticias y el tratamiento ignorante de ellas por parte de los medios y la gente produjeron. Aunque mis padres jamás vieron mal que yo jugase a rol.
Solíamos juntarnos, las más de las veces, a jugar en una cafetería grande y vetusta, que hacía esquina cerca del Cantón, y que hoy por supuesto ya no existe. Y era una cafetería de juegos sí, pero donde los juegos habituales de los parroquianos, amables jubilados, solían ser  partidas de tute, dominó, damas y ajedrez. Flipaban, imagino, un poquito, con aquellos chavales jugando a juegos tan raros, tirando dados de formas imposibles y diciendo a cuál “tontería” más grande que la anterior.

Hoy siento un reverdecer de mi amor por los juegos de rol, aunque al estar a caballo entre Cádiz y Madrid, y tener la mente ocupada en mil cosas, no encuentro la ocasión propicia para darme de nuevo el gusto. Aunque ya estamos formando un grupito muy majo en los Madriles. Y os aseguro que hay pocas cosas tan reconfortantes y divertidas como una buena tarde de rol entre amigos, dejando volar la imaginación por tierras extrañas, a través de hojas de personaje, lápices y dados. En parte culpables de este reverdecer son muy recomendables canales sobre el tema en YT, tales como “La Mazmorra de Pacheco”, “Análisis Parálisis”, “Frikiguías” o “Zacatrus”.
Hace tiempo ya que el rol se ha liberado del ostracismo producido por aquellos años oscuros de sensacionalismo e ignorancia. De hecho hoy hasta resulta raro el ámbito de la realidad en el que no se usa el rol para algo, o los sectores en los que no se recomiende jugar al rol, con juegos para todo tipo de gustos y edades. Quizá en algunas cosas hemos madurado como especie.

Pues nada más, de momento. Ya publicaré más cosas sobre el tema; en este blog me centraré sobre todo en las novelas y la posible película de Dragonlance, así como, a partir de ahora, en todo lo que publique Wizards of the Coast de D&D, y también en lo que traiga traducido Edge a nuestro idioma.

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Ricardo Gómez y Elena Rivera se despiden de Cuéntame cómo pasó, y lo hacen inspirándonos. Buenos días, buenas tardes y buenas noches.

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Me he pasado el último tercio del capítulo de Cuéntame de hoy llorando, o casi haciéndolo.
A veces solo casi, porque no ha buscado para nada la lágrima fácil, sino la emoción de los sentimientos verdaderos. Y a veces la pura maravilla, la inspiración para nuestro propio viaje por la vida, hacen que hasta en los momentos más tristes sientas Cuéntame cómo pasó como algo mucho más enriquecedor que la mera tristeza por la tristeza.
Me he visto reflejado en esos dos personajes, el de Carlos y el del marinero que sabe cosas que se saben por los años y las duras experiencias vividas. Y, entre ambos, el marinero que como Ulises es capaz de volver a Ítaca. A su amor. Al punto de partida.
Ha sido un capítulo enorme, como toda esta temporada, y, en realidad, como toda la serie. Si bien, quizá esta última temporada ha brillado aún más, si no como nunca. Una serie que tras 17 años y 19 temporadas no hace más que mejorar.
 
El capítulo y la temporada, y esperemos que no la serie, nunca la serie, se cierran de forma redonda, con ese momento de iluminación de Carlos, tocando el agua, sintiendo ese sueño recurrente que traspasa la cuarta pared, la de las cámaras y la de los sueños, encerrando toda la obra en un momento tan brillante que, si fuese el final, podríamos comprenderlo.
El plano final con las Torres Gemelas es una guiño además a ese momento en que se estrenó la serie, dos o tres días después de ser atacadas. Respecto a eso, una anécdota, o algo más que una anécdota: mi hermana celebró su viaje de boda yendo a Nueva York, en septiembre de 2001, y estuvo subida al mirador de la torre exactamente una semana antes de la tragedia. Con miedo, sin acercarse mucho a las ventanas, porque a ella le dan vértigo las alturas. Lo digo porque a veces algunos han criticado que Cuéntame dejó de ser creíble, de tantos altercados históricos en los que se meten los Alcántara; aunque ha sido esta una temporada muy buena, en el sentido de saber dotar de emociones fuertes a la serie, otra vez, quizá sin la necesidad de recurrir tanto a esos desmanes. Sin embargo, tampoco lo veo como algo tan criticable, si entendemos que los Alcántara, por muy realistas que puedan ser, son también ficción. Una ficción en la que nos vemos reflejados todos, de una forma u otra; en algún momento u otro de la historia. De nuestras historias. Todas ellas.

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Personalmente, me siento muy reflejado, en cosas puntuales, pero importantes, en el personaje de Carlos; siempre expuesto a un futuro incierto, y a vivir en esa incómoda frontera entre el amor a tu familia y la necesidad de escapar. Quizá fue ese el motivo por el que me fui de casa a los 22 años, entrando en la marina, en busca de aventuras y de un futuro que, a día de hoy, y que razón tenía ese marinero de 63 años, yo, a mis 43, aún no he alcanzado. Siempre con dudas, y con la necesidad de emprender nuevos proyectos. Porque huir hacia los sueños es una necesidad cuando la realidad de los días cotidianos no te satisface. Pues sin la perspectiva de verte desde fuera, la única aventura que merece la pena es la que puedes imaginar y escribir. O tocar y sentir. Por eso siempre estoy a caballo entre la literatura y la música. Y ha sido justo en el momento en el que Carlos descubría lo que realmente quería escribir, que durante el episodio de hoy me ha venido a la cabeza una idea que creo que es maravillosa para el cuento, (narración, novela…) cuya historia tengo en la cabeza estos días.
Cuéntame ha sido muchas veces distraída, muchas más emocionante, y en algunos momentos, como este, inspiradora.
 
Llevo siguiendo la serie, siempre que el trabajo me ha dejado, a veces viendo algún capítulo tiempo después, desde aquel primer episodio, de estos 348. Hoy los guionistas han escrito un episodio perfecto, en realidad, toda una temporada, para despedir a Ricardo Gómez y Elena Rivera. Hace un tiempo él nos anunciaba en Tuiter su adiós de la serie, con una imagen de Jim Carrey en el Show de Truman, despidiéndose en lo alto de las escaleras de su mundo de ficción (una ficción que era tan real y tan emocionante para tantos), después de que el director del programa, interpretado por Ed Harris, intentase convencerlo de seguir, de que, gracias a él, muchas personas eran felices. En el episodio de hoy, los guionistas han tenido el acierto de evocar, con otro guiño genial, aquel gif de Ricardo Gómez, no se si de manera intencionada o casual; porque lo cierto es que los paralelismos entre Cuéntame y El Show de Truman son evidentes.
Afortunadamente Cuéntame cómo pasó no es del todo igual al Show de Truman (también nos recuerda al cine de Richard Linklater, aunque la inspiración original de la serie fue la genial “sitcom”: Aquellos maravillosos años). Nuestra serie, porque es parte ya de nuestras vidas, y de nuestra historia, ha de seguir, porque da la sensación de que, con su nivel de guiones, actores y directores, puede darnos aún muchas cosas buenas, pese a que todos nos sintamos hoy un poco tristes, como los espectadores de El Show de Truman, el día que Truman salió por la puerta en lo alto de aquella escalera, en la que terminó su particular viaje por el océano, y se cortó la emisión. Pero al fin, satisfechos, contentos, por el valor de las emociones evocadas, y por la inspiración que esas historias encienden en nuestro interior.

 

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Crítica de Origin, la serie de ciencia ficción de YT Premium

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Tráiler oficial

La serie que es la apuesta más ambiciosa hasta ahora de YT Premium es una thriller de ciencia ficción lleno de lugares comunes: Lost, Alien, Passengers, Pandorum, Blade Runner o Starman son algunos de esos lugares,  en cuanto a lo cinematográfico. También hay algunas dosis del videojuego Mass Effect, aunque esto solo en pequeños detalles. Pero una de las referencias de la gran pantalla que más nos vienen a la cabeza al principio es, sin duda, Horizonte Final, (Event Horizont), de Paul W. S. Anderson, que no por casualidad dirige los dos primeros episodios. La serie, sin embargo, no es suya; está creada y escrita por Mika Watkins (joven escritora de rasgos asiáticos que ni siquiera tiene todavía entrada en la Wikipedia), y tiene a sus rostros más conocidos en los actores Natalia Tena (Juego de Tronos) y Tom Felton (Draco Malfoy en Harry Potter).
Los responsables de YT Premium tuvieron el acierto de respetar la idea original de Mika Watkins para la serie, una suerte de híbrido entre Lost y Alien (donde lo importante son las relaciones entre los personajes, sinergia que impulsa todo el drama), sin usarla de base para añadir otro tipo de ideas que pudieran engordar la espectacularidad de la apuesta, adulterándola.

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Y si hablo de acierto es porque Origin me ha parecido una maravilla. Siempre digo que soy de engancharme a pocas series, y es porque creo que es verdad. Este año me he visto Lost in Space y Maniac, de Netflix, la segunda temporada de Westworld, la primera temporada de Twin Peaks (sí, aún ahora, por primera vez), y Cobra Kai, la secuela del Karate Kid ochentero. Poco más que recuerde, o merezca la pena recordar. Y es que hay muy pocas series de fantasía y ciencia ficción que merezcan la pena. Muchas menos que libros; afortunadamente en este último aspecto estamos bien servidos hoy en día. Pero aún así son pocas las propuestas que tienen la fuerza y/o la suerte suficientes para terminar llegando a la pantalla. Y bien, es evidente que Origin es una de las pocas series que me han enganchado este año, aunque no venga propiamente de un libro. Pero lo parece. Podríamos pensar que tiene poco de original, esta serie de suspense espacial. Que es un pastiche de esas muchas otras cosas de las que hablo arriba. Pero estaríamos equivocándonos.  Sí, porque Origin tiene fuerza y personalidad propias. He leído alguna crítica (estúpida) en la que se acusa a la serie de falta de acción. Y si los que se frotan las manos al leer cosas como “Alien”, o “Event Horizont” y Paul W. S. Anderson, esperan delirantes dosis de truculencia espacial, les aviso ya de que no se llamen a engaño. Quizá no sea esta su serie.

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Origin es entretenida a un nivel magistral, manteniendo siempre el suspense, y lo hace sin romperse mucho la cabeza, basada en dos cosas casi únicas, a lo largo de todos sus diez episodios: los personajes y la nave. Una nave que es más casa encantada que nave espacial, aunque como tal nos regala unos decorados interiores que son de lo mejor nunca visto en un género en el que parece difícil poder seguir llamando la atención. Pero la estética de contrastes entre blancos y negros, salpicados por el rojo de las luces y la sangre, consigue encandilar desde el principio hasta el final. Por ella se mueven los personajes, despertados bruscamente del sueño espacial poco antes de llegar a Thea, su lugar de destino, un planeta habitable que orbita en torno a Próxima Centauri, la estrella más cercana a nuestro Sol. Pero un accidente los ha despertado antes de tiempo. Y en la nave no parece haber nadie más. Los conocemos histéricos, confundidos, presas del miedo a morir porque algo ha salido mal, y sin saber qué es ese algo. No, nada suena especialmente original, y seguramente Origin no sea una obra maestra, pero sabe mezclar todos los ingredientes que utiliza para crear una serie que se ve en dos días, tragándose un episodio detrás de otro sin apenas darse cuenta. Porque nos importa lo que le pase a esos personajes. Lo mejor es la interacción, no solo entre entre los personajes, sino entre estos y la nave, y los distintos elementos que dan forma a la serie: la idea de su destino, tan próximo, pero a la vez tan lejano; por el peligro que supone el ente del espacio que se ha colado por el casco en el accidente que los ha despertado, y que amenaza con matarlos a todos, porque necesita anfitriones vivos en los que alojarse, en simbiosis con sus cerebros, a los que roba sus recuerdos; recuerdos que vemos en forma de flash backs, y mediante los cuales somos testigos de las motivaciones de los distintos personajes para acabar formando parte de la expedición Origin, un viaje sin regreso al primer planeta extraterrestre habitable…

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En la serie el ente alienígena llega a la nave a través de una roca espacial, pero os aseguro que la serie estaba escrita antes de saber nada de “Oumuamua”.

Es gracias a los flash backs que nos vamos construyendo una imagen poliédrica de cada uno de los personajes, y que se crean armonías y contrastes entre su pasado y su presente, y es especialmente en los contrastes donde la serie se hace más genial, donde brilla más y nos hace desear haber seguido a todos ellos de una forma más detallada, en forma de novela.

Hay sangre; hay suspense, lógicamente, porque el alien habita en uno de ellos, y no sabemos quién es; y hay sustos… Pero la acción, sí, es minimalista. Y lo es porque no hace falta que haya más. La serie es perfecta como es. Sí, hay acción, por supuesto, pero solo la justa y necesaria, cuando la historia lo pide. Hay truculencia, y hay sustos, pero de nuevo, los justos. Y quizá eso hace que cuando los hay, especialmente una escena, lleguen a ser terroríficos. Pero por encima de todo es una serie de suspense espacial, y aún por encima de eso, una serie de ciencia ficción, y por eso, en ella tienen más importancia las relaciones humanas y las reflexiones acerca de nuestra humana condición, y nuestra forma de reaccionar, según la forma de ser de cada uno, ante situaciones límite, como puede ser despertarte antes de tiempo en un viaje al primer planeta nuevo, con un alien que se introduce en uno de tus compañeros, borrando poco a poco sus recuerdos, sin que tú sepas quién es. ¿Cómo reaccionar ante ese escenario? Quizá las respuestas estén, para estos personajes, en esos flash backs mediante los que vamos conociendo algo de su pasado, viéndolos de pronto  desde nuevas perspectivas, que nos harán cambiar radicalmente nuestro punto de vista; aunque el propio viaje hará que esas perspectivas vuelvan a cambiar, de forma aún más poderosa, a través de nuevas armonías, y, como digo, sobre todo contrastes. Y es que en ese contraste está la clave del clímax final de la primera temporada. En este sentido Origin es una serie moderna, una serie hecha para contar una historia a lo largo de diez episodios, con arcos de transformación satisfactorios y que concluyen. A pesar  de que, por supuesto, haya un gran gancho para la Segunda, gancho que se ve venir, pero que no importa, porque aquí solo se trata de un recurso para anunciar que habrá segunda temporada. Y espero que no tarde mucho en llegar. La verdad, me hubiera gustado haber pillado esta serie con varias temporadas ya hechas, para poder darme el placer de estar viendo ya la segunda, sin solución de continuidad. Y no solo porque me haya encantado cómo está narrada, al margen de cualquier otro elemento de ciencia ficción, sino porque la propia base de ciencia ficción de la historia, aunque quizá algo trillada, al ser imaginada para estos personajes, que ya no nos son desconocidos como al principio del viaje, se convierte en algo nuevo. Porque, si nos ponemos a pensarlo, nunca antes habíamos visto una serie sobre esto. Habíamos leído libros (o, como es mi caso, los tenemos en la lista de futuras lecturas), habíamos visto películas como Passengers o Pandorum o Alien o Event Horizont… Pero no exactamente nada como esto, y menos en formato de serie.

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Cuatro cositas que se me han quedado tras leer el ensayo de Tolkien “Sobre los cuentos de hadas”, y otros cuentos del Reino Peligroso.

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Si los elfos son una subcreación del ser humano (y Tolkien no está seguro de que lo sean, es decir, de que no estén ahí al margen de nosotros), y Dios (sea lo que sea Dios) creó al ser humano (y no tiene por qué ser la visión bíblica, sino que, yo creo, debemos entender a Dios como metáfora de lo inaprensible a la mente humana, como cura esencial de humildad), entonces, Dios creó a los elfos. Y la consecuencia de todo esto es que llegará un día en el que la realidad y el Reino de Fantasía se fusionen en una misma cosa. Mientras, solo una mente sana, que siga el método científico, podrá disfrutar, y, es más, necesitará de la existencia de los cuentos de hadas para poder tener una correcta perspectiva de las cosas de la realidad, y de nuestro lugar dentro del orden de las cosas, de forma que nos demos cuenta de que la realidad, y todo lo que contiene, no nos pertenece. Los cuentos de hadas responden a la profunda necesidad humana de explorar las infinitas posibilidades del tiempo y el espacio, así como a la necesidad de estar en comunión con otros seres, no necesariamente semejantes a nosotros. Son una bofetada en la cara del que por mor de la confianza, que tanto asco da, a todo le quita su misterio y su magia. Son un soplo de aire fresco a la realidad de todo cuanto nos rodea. Una droga del espíritu que nos permite ver lo viejo como nuevo.
Son evasión también, por supuesto, pero, ¿no es deber del que está preso, intentar escapar?

Por todo esto, los cuentos de hadas no están dirigidos a los niños (no más que el álgebra pensada como introducción a los niños, o las clases de inglés cantadas pensadas para los niños), sino a los adultos, y no pueden ser comprendidos por cualquier adulto, sin embargo, sino tan solo por aquellos libres de prejuicios, por las personas de esencia humilde, que afronten la realidad sin cinismo, con ilusión e inocencia hacia el misterio y la belleza de la Naturaleza.

Este ensayo del Maestro Tolkien sobre los cuentos de hadas y, podríamos decir, la importancia de la fantasía, es atrevido, visionario y transgresor. Dice cosas que yo hace tiempo que venía intuyendo por la conjunción en mi imaginación de muchas obras vividas, pero que leer de su pluma, de hace 50 años, hace que se te graben a fuego en el alma. Este libro, en general, es la semilla de todo lo mejor que escribió Michael Ende.
Que sí, no es decir poco. Este libro, en general, es la vuelta de tuerca de las ideas más ambiciosamente humanas de la ciencia ficción actual, un viaje a ese lugar donde las fronteras entre la ciencia ficción y la fantasía se desdibujan. Contiene la esencia de lo fantástico. Y además, de paso, da una lección a todos los imbéciles de este mundo.

El ensayo “Sobre los cuentos de hadas” viene recogido en los apéndices del libro que recopila los principales cuentos del autor inglés: “Cuentos desde el Reino Peligroso”. Entre ellos, me han gustado especialmente “Hoja de Niggle” y “El herrero de Wootton Mayor”; me han resultado especialmente memorables.
Baste con decir que creo con gran convencimiento, tras haberlos leído, que el primero fue la semilla de la que surgió Momo, de Michael Ende, y que del segundo, y esto es aún más evidente, nació la otra gran obra del genial escritor alemán afincado durante un tiempo en Italia: “La historia interminable”.
Hoja de Niggle lo escribió Tolkien a partir de un sueño que tuvo, en el que él era un pintor obsesionado con terminar de pintar toda su obra, centrada alrededor de un gran árbol al que iba añadiendo hojas hechas cada vez con más detalle, de tal modo que, por centrarse tanto en los detalles, quizá nunca conseguiría acabarla, cercado además por toda clase de deberes mundanos, que se interponían entre él y su obsesión por dar cabida en el lienzo a todo un bosque, una realidad insospechada que va surgiendo de ese solo árbol inicial.
En el cuento el propio pintor entra a formar parte de la obra a la que ha dado forma. Se trata de ese Otro Lugar, donde los vicios del pasado, las quejas sobre cosas que antes se hacían un mundo; en fin, el rencor, o la posesión, no tienen cabida: ” Se rieron. Se rieron, y las montañas resonaron con su risa”.
Es un cuento sobre la obsesión por terminar una obra, en consonancia con un Tolkien que entonces luchaba por dar forma publicable a “El Silmarillion”, algo que finalmente no consiguió, aunque su hijo, con ayuda de Guy Gavriel Kay, llegase a publicarla después de la muerte de su padre, aún sin una calidad literaria del todo a la altura. Pero acaso sea mucho más importante lo que Tolkien, más allá de la gran mitología que reinventa y que se recoge en “El Silmarillion”, nos cuenta en estos breves cuentos llegados desde “El Reino Peligroso”. Intuiciones profundas sobre la esencia de la realidad, ligadas a actos y emociones humanas sencillos.
Pero en su derecho estaba Christopher, hijo pequeño de Tolkien, que fue epistolar cómplice del avance de los capítulos de “El señor de los Anillos”, la más importante obra de fantasía nunca habida, tanto por su significación como por su calidad literaria, en cartas que le iba escribiendo su padre.
Y el Silmarillion sigue siendo de una importancia capital por lo que cuenta, aunque no por cómo lo cuenta. Para eso ya están “El Hobbit”, y, sobre todo, “El Señor de los Anillos”.

No es la primera vez, ni será la última, que me encuentro una opinión, o una reseña, que se queja del estilo literario de Tolkien. Quizá sea por la profunda y estrecha sensibilidad de la que está hecha mi inteligencia, por lo que no puedo comprender ese tipo de quejas. El estilo de Tolkien en El Señor de los Anillos” me parece perfecto. Esa obra es en gran medida la llave perdida que abrió la puerta de Fantasía a la gente de nuestro tiempo.

“Ancho, alto y profundo es el Reino Peligroso, y lleno todo el de cosas diversas: hay alli toda suerte de bestias y pajaros; mares sin riberas e incontables estrellas; belleza que embelesa y un peligro siempre presente; la alegria, lo mismo que la tristeza, son afiladas como espadas. Tal vez un hombre pueda sentirse dichoso de haber vagado por este reino, pero su misma plenitud y condicion arcana atan la lengua del viajero que desee describirlo. Y mientras esta en él le resulta peligroso hacer demasiadas preguntas, no vaya a ser que las puertas se cierren y desaparezcan la llaves.”

Extracto del ensayo “Sobre los cuentos de hadas”, de J. R. R. Tolkien.

Y qué gran frase, esa última: “Y mientras está en él le resulta peligroso hacer demasiadas preguntas, no vaya a ser que las puertas se cierren y desaparezcan las llaves”. Creo que es una alegoría contra el cinismo, contra el descreimiento, contra los que se creen que están del vuelta de todo, en esta realidad nuestra, y matan continuamente el misterio, porque se creen que lo saben y lo poseen ya todo, como el viejo cocinero Nokes, en Wootton Mayor.

A esta obra, claro está, no puedo darle nota alguna. Solo cabe decir que es lectura imprescindible para cualquier aspirante a cuentista que se precie.

Rosalía, ¿moda o trascendencia?

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Me he enterado de quién es Rosalía, realmente, este mismo mes. Tomé su existencia con el escepticismo con que siempre tomo lo que está de moda y en boca de todos. Siempre tengo algo de ese escepticismo hacia algo que triunfa siendo tan joven. Quizá podríamos decir que con la edad eso se convierta en algo de envidia: no haber tenido yo esas oportunidades, o resolución, o seguramente unas circunstancias vitales más propicias para saber lo que quería siendo tan joven. Aunque creo que no, porque el desconfiar de lo que está de moda es algo que me pasa desde mi más tierna infancia.
Pero sería estúpido insistir en oponerse a algo, cuando ese algo, más allá de que esté en boca de todos, por fin te cala en lo más hondo. Y me está pasando justo eso con alguno de sus temas.

Y me parece muy sensato por su parte que diga que en la música está todo inventado y que lo que importa es el contexto. Es algo que he escrito yo más de una vez, y de dos y de tres, en reflexiones en mi muro del feisbuk. Es cierto. Si tomamos un tema de heavy metal, otro de música clásica y otro de Enya, muchas veces lo único que los diferencia es su producción, su estilo. Porque esencialmente, son el mismo tipo de música. El truco está en cómo mezclas los ingredientes de forma novedosa. Paradójicamente, en música, la apariencia lo es prácticamente todo.

Yo empecé a tocar a los 17, y toda mi formación musical es autodidacta. Lo cual no importa, cuando no dejas que tu espíritu quede atrapado por la estupidez de lo que se toma como norma. Camilo Sesto, por ejemplo, no tenía formación musical.
Podría amargarme criticando un contexto histórico y educativo, cuando yo era niño y adolescente, en el que se ninguneaba la importancia de lo musical. Estoy bastante seguro de que habría sido un músico excepcional si hubiera tenido una formación musical temprana. Pero solo bastante, porque nunca se sabe. (Puede que al ser obligado a estudiar música, le hubiera cogido manía, aunque no creo). Al final empecé a tocar por necesidad, pasión, ganas de trascender la realidad de cada día por medio de la música, de igual modo, no es muy distinto para mí, que cuando leo o veo un libro o una película excepcionales, que me transportan hacia lugares nuevos y diferentes.
En fin, no conviene gastar el tiempo en inútiles quejas, sino en seguir hasta ver cumplido el sueño.

Sí que es cierto que, en un mundo tan intercomunicado y global, hay que estar muy atentos para separar el grano de la paja. Por eso mi escepticismo inicial, que ha sido parte siempre de mi forma de ser, desde niño, el desconfiar de lo que está de moda, incluso de lo que me aconsejan que vea o lea o escuche, si el hecho de terminar enamorándome del objeto de arte en cuestión no me sale de muy adentro, a través de un camino de descubrimiento personal.
También porque vivimos en un mundo que encumbra lo juvenil, y donde triunfa la belleza efímera de lo aparente. Donde lo políticamente correcto se moldea en distopía.
Por todo eso puedo entender que haya gente que haya hecho casi un leit motiv de tener manía a Rosalía. Pero no deja de ser algo casi ideológico, algo, por tanto, malo, y una gran equivocación.

A mí me ha bastado escuchar el tema Bagdag, de su último álbum, lejos del ruido mediático, simplemente la música y yo, para darme cuenta de que Rosalía no es algo aparente, ni solo el fruto de su belleza y oportunidad. Es algo más, lo que cualquier artista quiere comunicar, una belleza que no tiene que ver con edades ni apariencias, algo que se posee interiormente, y que sin embargo es más difícil hacer llegar a los demás cuando dejas atrás la belleza de la juventud.
Pero no hay que dejar de buscar lo auténtico por miedo a haber perdido la apariencia.
Por eso mi lucha conmigo mismo continúa. Y ya soy fan de Rosalía. Porque enseguida he entendido el espíritu electrónico que está en su música, y que no tiene tanto que ver con lo que suena, sino con cómo se le da forma. Una manera de entender el estudio de producción musical en sí mismo como un medio de expresión artística. Y no como un elemento mercadotécnico; que, pensar que en su caso es así, es la equivocación de muchos, respecto a esta artista.
Me encantaría ver a Rosalía colaborando en el disco Electronica 3, de Jean-Michel Jarre, junto a otros músicos, como Vangelis, Enya, Björk, Oldfield o Susanne Sundfor.

Reseña: “La Tierra Larga”, de Stephen Baxter y Terry Pratchet.

 

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Aclaro que esta reseña solo es del primer libro: La Tierra Larga. Es un libro que da gusto leer, que aúna con maestría las dosis justas de ciencia ficción, que es lo que es en esencia, con aventura y descubrimiento. Alejándose de otras propuestas más complicadas, los autores toman un tema a priori muy complejo y muy profundo, la idea de que vivimos inmersos en un multiverso, y nos la presentan de forma sencilla y amena, sin por ello renunciar a todas las cosas que hacen grande al género, con un estilo que nos hace evocar el de los libros de proto-ciencia ficción de Julio Verne.
Es la pluma de Baxter la que guía toda la obra, que a día de hoy, y si no sigue creciendo, (que creo que no lo hará), es una pentalogía de libros de alrededor de algo más de 400 páginas cada uno, y que han de leerse en este orden: “La Tierra Larga”, “La Guerra Larga”, “El Marte Largo”, “La Utopía Larga” y “El Cosmos Largo”.
Parece haber una clara simetría en el orden de los títulos, supongo que intencionada. La Tierra, el lugar de origen de la Humanidad; la guerra; Marte, un nuevo lugar para la Humanidad (y los posibles marcianos autóctonos que los protagonistas quizá se encuentren en uno de los Martes paralelos más alejados en el Marte Largo); Utopía, como concepto opuesto a la guerra; y Cosmos, el destino de la Humanidad.

Aunque es la mano de Báxter, ducho en la ciencia ficción, y con cierto toque asimoviano, la que en esencia escribe la obra, la idea original fue de Terry Pratchet, y, al menos en este primer volumen de la saga, podemos distinguir también el humor del genial autor del Mundo-Disco, que irradia en algunas partes. Pero si alguien creyó que “La Tierra Larga” no iba a ser una lectura esencialmente seria, por aquello de que es un mecanismo provisto de una patata el que permite por fin a los humanos adentrarse en los misterios de los mundos paralelos, he de decir que dicha -a priori- pintoresca elección se justifica plenamente en la trama.

Es, La Tierra Larga, una novela bien medida, con pocos personajes y papeles muy marcados, quizá siendo esta la única forma de aproximarse, desde lo sencillo, a la inmensa profundidad de lo que su fantasía sugiere. Y a través de esa sugerencia, maravillosa, se nos van soltando algunas reflexiones a cual más interesante acerca de la condición humana y nuestro lugar en el universo. Desde cosas que tienen que ver con la relación del ser humano con su entorno y con el valor del individuo frente a lo colectivo; pasando por la elucubración de lo que pasaría con la economía en un mundo donde de pronto el espacio ha dejado de ser un problema y el oro no vale nada, porque hay Tierras infinitas; hasta leves disquisiciones eminentemente científicas, sobre hechos como que la conciencia determina la realidad, según la física cuántica.

En la novela acompañamos a los protagonistas en un viaje de tintes juliovernianos, a través de mundos paralelos, cada vez más exóticos, en los que se sucederán sin tregua descubrimientos extraordinarios que llevarán continuamente a los personajes a la reflexión, a lo largo de capítulos cortos que se leen casi sin querer.

Hay una mezcla entre el pasado y el futuro, entre lo mítico y lo futurista, aunque no se trata de viajes en el tiempo, sino que todo se hilvana en el marco espacial de los universos paralelos, algo menos explotado en la ciencia ficción, y en lo que me atrevería a decir que esta saga sienta y sentará cátedra.

En fin, una lectura muy muy recomendable, que sería perfecta para llevar al cine; porque, de hecho, tiene un ritmo muy cinematográfico.

Están los cinco libros, todos, publicados en castellano, los primeros por Fantascy, los últimos por Plaza Y Janes, respetando el formato. Tapa blanda con solapas. Las mismas portadas que en inglés. Este primero está muy bien traducido, y apenas he encontrado una sola errata en todo el libro.

Mi puntuación: 4,5 sobre 5.

 

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Crítica de First Man, la primera película en la Luna: Un viaje entre lo intimista y lo épico.

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En 2019 se cumplen 50 años de la llegada del ser humano a nuestro satélite. Es una cifra imponente y redonda, ese medio siglo, que sin duda reavivará la gesta, más que nunca ahora, cuando la NASA ha anunciado su firme intención de regresar a la Luna en la próxima década, tanto a su superficie como estableciendo una nueva estación espacial que sustituya a la actual, pero ubicada esta vez en órbita lunar.

Podríamos hablar de las cosas que hacen flaquear la fe en la humanidad, pese a que esta consiguiese un logro tan alunizante (no he podido evitarlo) que una buena parte de ella (como muestra un Casillas, y todos los lerdos que estuvieron de acuerdo con él) sigue sin creer que pisásemos la nívea e imposible superficie de la Luna; quizá porque para ellos, ese astro, ese lugar, pertenece a otra realidad, la del cielo, en un marco de existencia diferente al de esta tierra firme, y plana, nuestra.
Ironías y estúpidas teorías conspiranoicas aparte, que llegamos allí es indudable, salvo severos problemas mentales de diversa índole. No se hizo más que aplicar leyes de la física descubiertas tres siglos atrás por Isaac Newton, en un tour de force que llevó al límite la tecnología del siglo XX, gracias a una Carrera Espacial que fue la mejor carrera que haya podido librar nunca la especie humana; una carrera en la que tecnologías desarrolladas en guerras terribles se usaron y mejoraron para un fin diferente: el de la exploración del espacio. La nueva frontera. La única frontera. Y no simplemente por el hecho de explorar, como dice Neil Armstrong en un momento de la película, sino porque ese es nuestro deber, saber a dónde pertenecemos, cuál es nuestro lugar en el universo.

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First Man no es una película del todo políticamente correcta para este mundo de distopía imbécil que estamos construyendo. Empezando por el título. Que sí, es evidente que se refiere a la humanidad en general, por mucho que Armstrong fuese un man. Las virtudes de lo que emana de esta película están por encima de géneros. No hace mucho se estrenó otra película, Figuras Ocultas, que reivindicaba el rol fundamental de las mujeres cuyos cálculos ayudaron a que la carrera espacial fuese posible. Una carrera que ha tenido la virtud de saber apoyarse sobre las mujeres tanto como sobre los hombres, ocupando estas roles cada vez más destacados también en la parte protagonista, hasta el punto de que fueron estas empresas increíbles del pasado las que permitirán que un día no muy lejano podamos ver una película que se titule First Woman. Porque quizá sea una mujer la primera en pisar de nuevo la Luna, o, quizá… Marte.

Hablo de esto porque me consta que para la crítica norteamericana First Man ha sido tratada casi como de obra maestra, y la europea ha sido en cambio bastante más tibia con la película, siendo algo negativo, para esos críticos más escépticos con esta absoluta maravilla audiovisual espacial y humana, el trato que se da en la película a Janet Shearon (interpretada por Claire Foy), esposa del astronauta. Porque hay quienes dicen, pretendiendo ser muy políticamente correctos, que se limita a ejercer el rol de correcta y sufrida madre. Pero es que esta película es un biopic de Neil Armstrong. Y por supuesto, sí que es Janet Shearon parte esencial del viaje del astronauta. La película recoge de forma magistral esa importancia de Shearon en el guión. Y es plasmada de forma maravillosa.

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First Man debería ser una película que pongan a los adolescentes en los colegios de todo el mundo. Es una película que nos reconcilia con nosotros mismos y con la humanidad, en medio de la crisis de identidad que sufre el mundo (consecuencia directa de la última gran Crisis económica a escala global, y de esta imbécil cruzada contra lo científico, propia de una mentalidad aislacionista y medievalista de un mundo donde ahora los Estados Unidos son gobernados por Trump, y todo tipo de populistas se alzan al poder en otros rincones del planeta). Nos reconcilia con lo que como especie y como individuos somos capaces de alcanzar. Y no es algo que yo escriba aquí porque sí. Es algo que sentí mientras veía la película. En ella palpitan sentimientos esenciales profundos, sobre la psique y la condición humana. Hay una gran pena latente durante toda la película, indisociable del deber del protagonista de hacer lo correcto. Es en gran medida por esa pena por lo que se lanza en una carrera incierta hacia una muerte apenas esquivada, que no deja de dar guadañazos durante todo el film. Es la catarsis que insufla en Armstrong el deseo de seguir luchando.

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En esto, la película, tanto por la profunda pena que subyace a lo largo de ella, como por la forma en que esta es tratada, recuerda mucho a El Árbol de la Vida, de Terrence Malick. Pero recuerda aún más a esos otros grandes referentes del género, no de la carrera espacial, donde First Man es tan buena que hace palidecer a cualquier película jamás hecha hasta ahora, sino de la ciencia ficción más profunda y rigurosa, con la que esta nueva película del director de La la land está más hermanada, tanto por su lenguaje cinematográfico como por su filosofía (pues ¿no están la buena ciencia ficción y la ciencia y tecnología de nuestro tiempo profundamente vinculadas, como dirían, y con razón, Carl Sagan, o James Cameron?)

Así, tenemos bellas y provocativas referencias directamente buscadas a 2001, que destilan de la grandiosidad de ciertas escenas, de los golpes de sonido que encabalgan planos entre sí. Es un tipo de cine que ha moldeado en nuestra psique colectiva el lenguaje del buen cine espacial, algo que en cierto modo inventó el genio de Kubrick, y que Damien Chazelle sabe imitar con elegancia  de la mano de la maravillosa música de Justin Hurwitz (que también fue el compositor de la no menos mágica La la land). Y también Interstellar está ahí. Quizá a algunos extrañe que ponga juntas estas tres, siendo dos de ellas de ciencia ficción, y esta otra la narración de hechos reales. Pero para mí las tres forman parte de una misma cosa. De la cosa humana.

Hay diferentes secuencias que ayer, viendo la película, me dejaron completamente maravillado. Una de ellas es cuando los tres astronautas puestos allí, bien porque era su destino, bien por una serie de catastróficas desdichas, Neil Armstrong, Buzz Aldrin y Michael Collins, van a entrar en el módulo, en la cúspide del cohete. Es ahí donde en otras películas menos serias y trascendentes el director se contenta con darnos la típica escena en la que los tres héroes van desfilando con su heroica pose a través del pasillo que los conducirá a su glorioso destino. Pero aquí no hay nada de eso. En First Man no hay héroes. Hay víctimas. Seres humanos normales, con sus virtudes y sus defectos, puestos ahí, como digo, por el destino o sus propias desdichas, que más que a la gloria parece que se dirigen al patíbulo.
Pero a lo que quería referirme es al ascenso. El ascenso hacia el cohete, ese viaje hacia lo alto del mastodóntico propulsor, que parece no terminar nunca. Es una escena que me movió a la reflexión profunda y visceral, mientras la veía, más sensación que otra cosa. Porque a medida que asciende el ascensor por la torre adyacente, el cohete pasa ante sus ojos, interminable, y en él, como una revelación, las letras, una a una: United States… Y lo que en otra película habría sido fácil orgullo patriótico, aquí se convierte en sorpresa. En humildad. En miedo. En la osadía de que un único país, con tan poca historia a sus espaldas, tenga su nombre escrito en semejante y gigantesco artefacto. Y además, a la vez, la película te hace sentir como ninguna otra jamás hecha todas las penurias por las que atraviesan los astronautas. Me hizo sentir la locura de levantarse un día de la cama diciéndote, joder… hoy voy a la luna. Con la misma especie de sensación de inquietud e incertidumbre que todos podemos afrontar algunas veces, cuando tenemos que llevar a cabo un viaje o empresa que son un deber, aunque mucho más mundanos. Y es que First Man, en última instancia, no va sobre astronautas y héroes. Va sobre lo que nos hace humanos.

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Hay otros momentos grandiosos: el despegue del cohete, desde la distancia; la forma en que por un momento sentimos la Luna, más de cerca de lo que nunca cualquier otra obra audiovisual haya podido conseguirlo. Si bien para eso es casi imprescindible ver la película en el cine.

Sobre una de las cosas que hace Armstrong en la Luna que más nos llaman la atención, y que nos deja preguntándonos si de verdad sucedió, solo decir que la película se basa fielmente en la biografía oficial del astronauta, y que en dicha biografía se da por hecho que, si no exactamente igual, algo muy parecido seguramente sí hizo Neil Armstrong.

No falta el recuerdo del discurso de Kennedy, aquel inspirado orador que desde su púlpito impulsó al ser humano a la Luna. Viendo la película, y si no lo habíamos hecho ya, no podemos más que entender las razones para llevar a cabo una empresa tan temeraria, que costó tanto esfuerzo, tantas vidas y tanto dinero. Durante algunas escenas desfilan ante nosotros por la pantalla las posturas más críticas hacia el viaje a la Luna; gente que se pregunta el porqué de semejante dispendio, en un país y un mundo donde la pobreza son parte de nuestra imperfecta forma de vida. Para los que aún no lo entiendan, se me antoja imprescindible que lean esto.

Para hacernos una idea de la forma de ser de Neil Armstrong, muchos años después, unos pocos antes de su muerte, copipasteo esta anécdota, contada por el escritor Neil Gaiman:

“Estaba en una convención de tres días rodeado de artistas y científicos, encogido entre tanta eminencia, cuando me encontré a Neil Armstrong. El primer hombre que pisó la luna era discreto y calmado y estaba al final de la sala sin molestar a nadie cuando me acerqué . Conversamos y Armstrong terminó por hacerme una confesión; levantó un dedo, apuntó hacia la sala y dijo: “Veo a todas estas personas y pienso: ‘¿Qué demonios estoy haciendo aquí?’. Todos ellos han realizado cosas asombrosas. Yo simplemente fui adonde me enviaron”. Me quedé sorprendido y le respondí: “Sí, pero tú fuiste el primer hombre en llegar a la Luna, y eso tiene su importancia”.

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Después de la forma en que Damien Chazelle consigue hacernos sentir en First Man la angustia de todos los peores momentos que tuvo que superar Armstrong (interpetado por un Ryan Gosling correctísimo), esta anécdota es de lo más ilustrativa sobre su forma de ser.  Ya que al final, pese a todo lo humana que es la película, o quizá justo por ello, Armstrong, Aldrin, Collins, y todos los demás, nos parecen super hombres. Aunque quizá, al fin, se trata de lo que podemos ser, hacer, cada uno de nosotros, si nos lo proponemos.

Como decía al principio, el año que viene se cumplen 50 años de aquella increíble gesta; tan increíble que aún tantos no la creen. Pobres. No son capaces de sentir la verdadera maravilla que significa ser humano. Pero películas como First Man están aquí para recordarnos esas sensaciones, esos sentimientos.

 
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Y recordemos que Buzz Aldrin y Michael Collins aún siguen entre nosotros. Recordad que aún vive uno de los dos primeros hombres que pisó la Luna. Recordad emocionados cuando ya no esté, por todo lo que fueron capaces de hacer aquellos hombres, guiados por ordenadores menos potentes que una calculadora de bolsillo de hoy en día. Y volveremos a hacerlo, inspirados por las mejores cosas que nos hacen humanos. Porque, si queremos tener un futuro, dejar esta enferma Tierra nuestra para que se recupere de nuestros propios actos, y no perecer así en ella, no nos quedará otro remedio que salir ahí fuera. Y a eso se refiere Armstrong, cuando le preguntan en la entrevista de las pruebas de selección para la misión Apolo: ¿Qué significa para ti viajar a la Luna? Pero no insistiré más sobre lo que contestó. Mejor que lo vean.

 

Porque esta imagen lo cambió todo… La conciencia de nosotros mismos, de nuestro pequeño y frágil hogar en la inmensidad del espacio. Por eso fueron a la Luna. A eso se refería Neil Armstrong.

 

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En fin, First Man es una de las mejores películas que he tenido la suerte de ver en toda mi vida. Parece mentira que hayan tenido que pasar casi 50 años para que una película le hiciese justicia a aquella colosal aventura humana.

Y aunque esto quizá lo señale algún día el genial Jaime Altozano en su canal de YT, me gustaría terminar hablando de esa maravillosa banda sonora de Justin Hurwitz. De cómo el triste y precioso motivo musical que ilustra el dolor por la tempranísima pérdida de su hija, contada al comenzar la película, es el mismo que se despliega, de forma más grandiosa, cuando por fin  llegan a la Luna. Y la historia se cierra de forma redonda. De una forma hermosa, trágica, y profundamente triste. La catarsis ha dado el valor, la necesidad, a Armstrong, para enfrentarse a todos los desafíos, varias veces a punto de morir, como murieron otros, en su camino a la Luna, y, pese a todo, triunfar.