Cuatro cositas que se me han quedado tras leer el ensayo de Tolkien “Sobre los cuentos de hadas”, y otros cuentos del Reino Peligroso.

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Si los elfos son una subcreación del ser humano (y Tolkien no está seguro de que lo sean, es decir, de que no estén ahí al margen de nosotros), y Dios (sea lo que sea Dios) creó al ser humano (y no tiene por qué ser la visión bíblica, sino que, yo creo, debemos entender a Dios como metáfora de lo inaprensible a la mente humana, como cura esencial de humildad), entonces, Dios creó a los elfos. Y la consecuencia de todo esto es que llegará un día en el que la realidad y el Reino de Fantasía se fusionen en una misma cosa. Mientras, solo una mente sana, que siga el método científico, podrá disfrutar, y, es más, necesitará de la existencia de los cuentos de hadas para poder tener una correcta perspectiva de las cosas de la realidad, y de nuestro lugar dentro del orden de las cosas, de forma que nos demos cuenta de que la realidad, y todo lo que contiene, no nos pertenece. Los cuentos de hadas responden a la profunda necesidad humana de explorar las infinitas posibilidades del tiempo y el espacio, así como a la necesidad de estar en comunión con otros seres, no necesariamente semejantes a nosotros. Son una bofetada en la cara del que por mor de la confianza, que tanto asco da, a todo le quita su misterio y su magia. Son un soplo de aire fresco a la realidad de todo cuanto nos rodea. Una droga del espíritu que nos permite ver lo viejo como nuevo.
Son evasión también, por supuesto, pero, ¿no es deber del que está preso, intentar escapar?

Por todo esto, los cuentos de hadas no están dirigidos a los niños (no más que el álgebra pensada como introducción a los niños, o las clases de inglés cantadas pensadas para los niños), sino a los adultos, y no pueden ser comprendidos por cualquier adulto, sin embargo, sino tan solo por aquellos libres de prejuicios, por las personas de esencia humilde, que afronten la realidad sin cinismo, con ilusión e inocencia hacia el misterio y la belleza de la Naturaleza.

Este ensayo del Maestro Tolkien sobre los cuentos de hadas y, podríamos decir, la importancia de la fantasía, es atrevido, visionario y transgresor. Dice cosas que yo hace tiempo que venía intuyendo por la conjunción en mi imaginación de muchas obras vividas, pero que leer de su pluma, de hace 50 años, hace que se te graben a fuego en el alma. Este libro, en general, es la semilla de todo lo mejor que escribió Michael Ende.
Que sí, no es decir poco. Este libro, en general, es la vuelta de tuerca de las ideas más ambiciosamente humanas de la ciencia ficción actual, un viaje a ese lugar donde las fronteras entre la ciencia ficción y la fantasía se desdibujan. Contiene la esencia de lo fantástico. Y además, de paso, da una lección a todos los imbéciles de este mundo.

El ensayo “Sobre los cuentos de hadas” viene recogido en los apéndices del libro que recopila los principales cuentos del autor inglés: “Cuentos desde el Reino Peligroso”. Entre ellos, me han gustado especialmente “Hoja de Niggle” y “El herrero de Wootton Mayor”; me han resultado especialmente memorables.
Baste con decir que creo con gran convencimiento, tras haberlos leído, que el primero fue la semilla de la que surgió Momo, de Michael Ende, y que del segundo, y esto es aún más evidente, nació la otra gran obra del genial escritor alemán afincado durante un tiempo en Italia: “La historia interminable”.
Hoja de Niggle lo escribió Tolkien a partir de un sueño que tuvo, en el que él era un pintor obsesionado con terminar de pintar toda su obra, centrada alrededor de un gran árbol al que iba añadiendo hojas hechas cada vez con más detalle, de tal modo que, por centrarse tanto en los detalles, quizá nunca conseguiría acabarla, cercado además por toda clase de deberes mundanos, que se interponían entre él y su obsesión por dar cabida en el lienzo a todo un bosque, una realidad insospechada que va surgiendo de ese solo árbol inicial.
En el cuento el propio pintor entra a formar parte de la obra a la que ha dado forma. Se trata de ese Otro Lugar, donde los vicios del pasado, las quejas sobre cosas que antes se hacían un mundo; en fin, el rencor, o la posesión, no tienen cabida: ” Se rieron. Se rieron, y las montañas resonaron con su risa”.
Es un cuento sobre la obsesión por terminar una obra, en consonancia con un Tolkien que entonces luchaba por dar forma publicable a “El Silmarillion”, algo que finalmente no consiguió, aunque su hijo, con ayuda de Guy Gavriel Kay, llegase a publicarla después de la muerte de su padre, aún sin una calidad literaria del todo a la altura. Pero acaso sea mucho más importante lo que Tolkien, más allá de la gran mitología que reinventa y que se recoge en “El Silmarillion”, nos cuenta en estos breves cuentos llegados desde “El Reino Peligroso”. Intuiciones profundas sobre la esencia de la realidad, ligadas a actos y emociones humanas sencillos.
Pero en su derecho estaba Christopher, hijo pequeño de Tolkien, que fue epistolar cómplice del avance de los capítulos de “El señor de los Anillos”, la más importante obra de fantasía nunca habida, tanto por su significación como por su calidad literaria, en cartas que le iba escribiendo su padre.
Y el Silmarillion sigue siendo de una importancia capital por lo que cuenta, aunque no por cómo lo cuenta. Para eso ya están “El Hobbit”, y, sobre todo, “El Señor de los Anillos”.

No es la primera vez, ni será la última, que me encuentro una opinión, o una reseña, que se queja del estilo literario de Tolkien. Quizá sea por la profunda y estrecha sensibilidad de la que está hecha mi inteligencia, por lo que no puedo comprender ese tipo de quejas. El estilo de Tolkien en El Señor de los Anillos” me parece perfecto. Esa obra es en gran medida la llave perdida que abrió la puerta de Fantasía a la gente de nuestro tiempo.

“Ancho, alto y profundo es el Reino Peligroso, y lleno todo el de cosas diversas: hay alli toda suerte de bestias y pajaros; mares sin riberas e incontables estrellas; belleza que embelesa y un peligro siempre presente; la alegria, lo mismo que la tristeza, son afiladas como espadas. Tal vez un hombre pueda sentirse dichoso de haber vagado por este reino, pero su misma plenitud y condicion arcana atan la lengua del viajero que desee describirlo. Y mientras esta en él le resulta peligroso hacer demasiadas preguntas, no vaya a ser que las puertas se cierren y desaparezcan la llaves.”

Extracto del ensayo “Sobre los cuentos de hadas”, de J. R. R. Tolkien.

Y qué gran frase, esa última: “Y mientras está en él le resulta peligroso hacer demasiadas preguntas, no vaya a ser que las puertas se cierren y desaparezcan las llaves”. Creo que es una alegoría contra el cinismo, contra el descreimiento, contra los que se creen que están del vuelta de todo, en esta realidad nuestra, y matan continuamente el misterio, porque se creen que lo saben y lo poseen ya todo, como el viejo cocinero Nokes, en Wootton Mayor.

A esta obra, claro está, no puedo darle nota alguna. Solo cabe decir que es lectura imprescindible para cualquier aspirante a cuentista que se precie.

Rosalía, ¿moda o trascendencia?

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Me he enterado de quién es Rosalía, realmente, este mismo mes. Tomé su existencia con el escepticismo con que siempre tomo lo que está de moda y en boca de todos. Siempre tengo algo de ese escepticismo hacia algo que triunfa siendo tan joven. Quizá podríamos decir que con la edad eso se convierta en algo de envidia: no haber tenido yo esas oportunidades, o resolución, o seguramente unas circunstancias vitales más propicias para saber lo que quería siendo tan joven. Aunque creo que no, porque el desconfiar de lo que está de moda es algo que me pasa desde mi más tierna infancia.
Pero sería estúpido insistir en oponerse a algo, cuando ese algo, más allá de que esté en boca de todos, por fin te cala en lo más hondo. Y me está pasando justo eso con alguno de sus temas.

Y me parece muy sensato por su parte que diga que en la música está todo inventado y que lo que importa es el contexto. Es algo que he escrito yo más de una vez, y de dos y de tres, en reflexiones en mi muro del feisbuk. Es cierto. Si tomamos un tema de heavy metal, otro de música clásica y otro de Enya, muchas veces lo único que los diferencia es su producción, su estilo. Porque esencialmente, son el mismo tipo de música. El truco está en cómo mezclas los ingredientes de forma novedosa. Paradójicamente, en música, la apariencia lo es prácticamente todo.

Yo empecé a tocar a los 17, y toda mi formación musical es autodidacta. Lo cual no importa, cuando no dejas que tu espíritu quede atrapado por la estupidez de lo que se toma como norma. Camilo Sesto, por ejemplo, no tenía formación musical.
Podría amargarme criticando un contexto histórico y educativo, cuando yo era niño y adolescente, en el que se ninguneaba la importancia de lo musical. Estoy bastante seguro de que habría sido un músico excepcional si hubiera tenido una formación musical temprana. Pero solo bastante, porque nunca se sabe. (Puede que al ser obligado a estudiar música, le hubiera cogido manía, aunque no creo). Al final empecé a tocar por necesidad, pasión, ganas de trascender la realidad de cada día por medio de la música, de igual modo, no es muy distinto para mí, que cuando leo o veo un libro o una película excepcionales, que me transportan hacia lugares nuevos y diferentes.
En fin, no conviene gastar el tiempo en inútiles quejas, sino en seguir hasta ver cumplido el sueño.

Sí que es cierto que, en un mundo tan intercomunicado y global, hay que estar muy atentos para separar el grano de la paja. Por eso mi escepticismo inicial, que ha sido parte siempre de mi forma de ser, desde niño, el desconfiar de lo que está de moda, incluso de lo que me aconsejan que vea o lea o escuche, si el hecho de terminar enamorándome del objeto de arte en cuestión no me sale de muy adentro, a través de un camino de descubrimiento personal.
También porque vivimos en un mundo que encumbra lo juvenil, y donde triunfa la belleza efímera de lo aparente. Donde lo políticamente correcto se moldea en distopía.
Por todo eso puedo entender que haya gente que haya hecho casi un leit motiv de tener manía a Rosalía. Pero no deja de ser algo casi ideológico, algo, por tanto, malo, y una gran equivocación.

A mí me ha bastado escuchar el tema Bagdag, de su último álbum, lejos del ruido mediático, simplemente la música y yo, para darme cuenta de que Rosalía no es algo aparente, ni solo el fruto de su belleza y oportunidad. Es algo más, lo que cualquier artista quiere comunicar, una belleza que no tiene que ver con edades ni apariencias, algo que se posee interiormente, y que sin embargo es más difícil hacer llegar a los demás cuando dejas atrás la belleza de la juventud.
Pero no hay que dejar de buscar lo auténtico por miedo a haber perdido la apariencia.
Por eso mi lucha conmigo mismo continúa. Y ya soy fan de Rosalía. Porque enseguida he entendido el espíritu electrónico que está en su música, y que no tiene tanto que ver con lo que suena, sino con cómo se le da forma. Una manera de entender el estudio de producción musical en sí mismo como un medio de expresión artística. Y no como un elemento mercadotécnico; que, pensar que en su caso es así, es la equivocación de muchos, respecto a esta artista.
Me encantaría ver a Rosalía colaborando en el disco Electronica 3, de Jean-Michel Jarre, junto a otros músicos, como Vangelis, Enya, Björk, Oldfield o Susanne Sundfor.

Reseña: “La Tierra Larga”, de Stephen Baxter y Terry Pratchet.

 

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Aclaro que esta reseña solo es del primer libro: La Tierra Larga. Es un libro que da gusto leer, que aúna con maestría las dosis justas de ciencia ficción, que es lo que es en esencia, con aventura y descubrimiento. Alejándose de otras propuestas más complicadas, los autores toman un tema a priori muy complejo y muy profundo, la idea de que vivimos inmersos en un multiverso, y nos la presentan de forma sencilla y amena, sin por ello renunciar a todas las cosas que hacen grande al género, con un estilo que nos hace evocar el de los libros de proto-ciencia ficción de Julio Verne.
Es la pluma de Baxter la que guía toda la obra, que a día de hoy, y si no sigue creciendo, (que creo que no lo hará), es una pentalogía de libros de alrededor de algo más de 400 páginas cada uno, y que han de leerse en este orden: “La Tierra Larga”, “La Guerra Larga”, “El Marte Largo”, “La Utopía Larga” y “El Cosmos Largo”.
Parece haber una clara simetría en el orden de los títulos, supongo que intencionada. La Tierra, el lugar de origen de la Humanidad; la guerra; Marte, un nuevo lugar para la Humanidad (y los posibles marcianos autóctonos que los protagonistas quizá se encuentren en uno de los Martes paralelos más alejados en el Marte Largo); Utopía, como concepto opuesto a la guerra; y Cosmos, el destino de la Humanidad.

Aunque es la mano de Báxter, ducho en la ciencia ficción, y con cierto toque asimoviano, la que en esencia escribe la obra, la idea original fue de Terry Pratchet, y, al menos en este primer volumen de la saga, podemos distinguir también el humor del genial autor del Mundo-Disco, que irradia en algunas partes. Pero si alguien creyó que “La Tierra Larga” no iba a ser una lectura esencialmente seria, por aquello de que es un mecanismo provisto de una patata el que permite por fin a los humanos adentrarse en los misterios de los mundos paralelos, he de decir que dicha -a priori- pintoresca elección se justifica plenamente en la trama.

Es, La Tierra Larga, una novela bien medida, con pocos personajes y papeles muy marcados, quizá siendo esta la única forma de aproximarse, desde lo sencillo, a la inmensa profundidad de lo que su fantasía sugiere. Y a través de esa sugerencia, maravillosa, se nos van soltando algunas reflexiones a cual más interesante acerca de la condición humana y nuestro lugar en el universo. Desde cosas que tienen que ver con la relación del ser humano con su entorno y con el valor del individuo frente a lo colectivo; pasando por la elucubración de lo que pasaría con la economía en un mundo donde de pronto el espacio ha dejado de ser un problema y el oro no vale nada, porque hay Tierras infinitas; hasta leves disquisiciones eminentemente científicas, sobre hechos como que la conciencia determina la realidad, según la física cuántica.

En la novela acompañamos a los protagonistas en un viaje de tintes juliovernianos, a través de mundos paralelos, cada vez más exóticos, en los que se sucederán sin tregua descubrimientos extraordinarios que llevarán continuamente a los personajes a la reflexión, a lo largo de capítulos cortos que se leen casi sin querer.

Hay una mezcla entre el pasado y el futuro, entre lo mítico y lo futurista, aunque no se trata de viajes en el tiempo, sino que todo se hilvana en el marco espacial de los universos paralelos, algo menos explotado en la ciencia ficción, y en lo que me atrevería a decir que esta saga sienta y sentará cátedra.

En fin, una lectura muy muy recomendable, que sería perfecta para llevar al cine; porque, de hecho, tiene un ritmo muy cinematográfico.

Están los cinco libros, todos, publicados en castellano, los primeros por Fantascy, los últimos por Plaza Y Janes, respetando el formato. Tapa blanda con solapas. Las mismas portadas que en inglés. Este primero está muy bien traducido, y apenas he encontrado una sola errata en todo el libro.

Mi puntuación: 4,5 sobre 5.

 

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En busca de una nueva política, para superar los males que parecen resucitar de nuevo desde el pasado.

¿Después de todo… qué coño es Trump?
¿Alguien es capaz de decirlo?
¿Es de izquierdas, de derechas?… es antiglobalizador. Y vaya embrollo, porque hoy en día los imbéciles de la izquierda (no los de la izquierda de verdad, que ya casi no existe) se tildaban de antiglobalizadores. Entonces, a ver… Trump es de izquierdas.
Pero no. Trump es un fascista. Aislacionista, nacionalista, populista. En fin, eso: fascista.
Lo que pasa es que cuando la izquierda era izquierda de verdad la globalización era una de sus metas. Ahora sus principios se han subvertido.
Ya nadie tiene muy claro en la política de hoy en día, qué es izquierda y qué es derecha. Ha triunfado el transversalismo, y casi siempre para peor, para construir engendros políticos como el actual Gobierno italiano, un gobierno fascista, que suma a los radicales de izquierdas, como puede ser Podemos en España, y a los radicales de derechas, como puede ser Vox en España. Aunque claro, la coyuntura de la política italiana es muy diferente de la española. Tal cosa semeja imposible en nuestro país, por nuestra propia Historia. Lo que importa aquí es darse cuenta de lo inútil de seguir manteniendo viejas formas políticas de hace siglos en el mundo de hoy en día.
Pero es que, claro, tienen cosas en común: todo lo que afeábamos a Trump: aislacionismo, antiglobalización, nacionalismo… los radicales, tanto los de la derecha como los de la izquierda, concomitan en torno a esas ideologías del pasado, que vuelven a surgir con fuerza para ganar el poder en este río revuelto provocado por la gran Crisis económica de principios de siglo.
¿Y qué era Hitler?
Era anticomunista. De derecha, entonces.
Sí… seguramente. Pero espera. Era anticapitalista también. Que acaparara el capital no quiere decir que fuese capitalista. No. No seamos lerdos. Quiere decir que el Estado controlaba absolutamente todos los medios de producción. Una dictadura emergida a golpe de democracia. Pero Hitler, amigos, era TAN anticapitalista como anticomunista. Ayyyy. Me cachis; otra de esas verdades incómodas que no gustan a los que se autoetiquetan de izquierdosos hoy en día. Hitler odiaba a los bancos, que identificaba con los judíos.
Pero que no guste una cosa no significa que no sea verdad. Así que… veamos, entonces Hitler era de izquierdas… No, tampoco es eso. Era un alucinado ideológico, un sumiso a ideologías. En este caso el nazismo, que tenía muchísimas cosas en común con el bolchevismo, que adora nuestro tan cercano Pablo Iglesias, leninista convencido. De hecho, Hitler y Stalin se llevaron muy bien al principio. Tenían firmados pactos de amistad y no agresión. Pero claro, ante el transversalismo frankensteiniano que construyó los monstruos políticos que asolaron al mundo del siglo XX, solo cupo oponerse con un transversalismo igual, aunque, como medida necesaria, infinitamente más cabal y pragmático. El tipo de cosas que hacen falta cuando si no se hacen la única opción es la derrota.
Seguramente sea hora de superar la natural oscilación, muy marcada en España, entre izquierdas y derechas moderadas, que no habría sido algo del todo malo si no fuese porque nuestro sistema político cometió desde el principio el error de dar demasiada cancha a las comunidades autónomas en el reparto del poder político, convirtiendo los intereses de todos los españoles en rehenes de los gobernantes catalanes y vascos.
Fue el nacionalismo un agente fundamental de la desestabilización definitiva de la Segunda República española. El franquismo fue una dictadura fatal para España, convocada por el odio y la sinrazón de muchos de los actores políticos de aquella época, de un signo político y de otro. La Segunda República fue destruida primeramente por los mismos agentes que hoy intentan dinamitar los pilares de nuestros sistema político y constitucional.
La Crisis económica profunda generada hace unos años ha vuelto a sacar todos los males que palpitaban bajo la memoria dormida por los años de bonanza económica, que al final, el dinero es el que todo lo puede.
Y estas desestabilizaciones serán cada vez peores si no adoptamos grandes soluciones globales para grandes males globales. Porque un mundo con tantísima gente será simplemente insostenible si no es de la mano de la ciencia y la tecnología, del progreso científico y tecnológico que, a su vez, de la mano de un comercio internacional libre de ataduras aislacionistas, nos lleve al espacio, para expandir las fronteras humanas y aliviar así a una Tierra que no podrá sostener nuestro nivel de vida por más tiempo. Una tierra en la que viviremos todos como viven los africanos más pobres hoy en día. La única salida es hacia el espacio. La nueva riqueza, los nuevos comercios y empresas y empleos que moverá la industria de la conquista espacial, darán una nueva oportunidad a la especie humana para que nuestra economía no dependa de nuevo de factores que harán que las Crisis sean cada vez más frecuentes, provocadas, entre otras cosas, y sobre todo, por el CAMBIO CLIMÁTICO, y el empuje que este ejercerá en los desplazamientos masivos de personas a los que no se podrá negar asilo, o terminaremos en guerras catastróficas, o en estados distópicos y totalitarios, tipos de gobierno que encantan a los actuales fascistas que ostentan el poder en Italia. Esa mezcla, volviendo al principio de la disquisición que abría este artículo, de radicales de izquierda y radicales de derecha.
Es por eso que ya no tiene mucho sentido hablar de izquierdas y de derechas. Esa dicotomía tuvo su razón de ser en un mundo de comercio capitalista en el que el socialismo fue la pieza imprescindible para hacer funcionar mejor a ese motor económico explosivo que amenazaba con volarnos a todos.
Fue el progreso científico y tecnológico, a la par que el de la ciencia y la cultura, todos ellos a instancias del comercio internacional, que tanto denostan los populistas como Trump y Pablo Iglesias, partidarios ambos (desde la derecha uno y desde la izquierda el otro) del control casi total del Estado sobre cualquier actividad, lo que permitió el auge de las clases medias, y la necesidad del socialismo. De un socialismo que embridase al capitalismo, para que este no se destruyese a sí mismo antes de tiempo, y con él, toda nuestra riqueza económica y cultural.
Es muy, muy triste, pues, llegar a la evidencia de que parece que vivamos en una época en la que se desacredita cada vez más el papel fundamental de la ciencia y la tecnología en nuestra forma de vida. Somos ya una especie que depende profundamente de su tecnología. El desconocimiento y la ignorancia de la ciencia y la tecnología, en un mundo que depende tanto de ella, solo puede llevarnos al más estrepitoso de los fracasos, dejando el poder en manos de élites de las que dependeremos todos los demás.
El comercio genera la competitividad, y por ende, y de forma paradójica, y quizá a disgusto de muchos izquierdosos, la libertad. Cada cual es libre de forjarse su propio camino, aún siendo cierto que seguimos en buena medida siendo esclavos de las circunstancias con las que nacemos. Por eso el nacionalismo es un peligro buscado de forma absurda, vulgar. Y cualquiera que quiera ponerse de parte de los catalanistas, en esta lucha inventada por cuatro alucinados de mierda, entre los poderes fácticos catalanes y los del Estado español, estará violando los valores más básicos y fundamentales que nos hacen humanos. Están queriendo decir que SÍ importa donde naces. Que, dependiendo de donde nazcas, tendrás unos derechos, o tendrás otros. Y sí, esa es la fría realidad. Pero también es cierto que el sistema de vida occidental ha permitido que al prevalecer el dinero como bien supremo, por encima de cualquier otro tipo de casta o condicionamiento de sangre, cualquiera pueda terminar forjándose su propio camino en la vida, independientemente de la suerte que haya tenido al nacer.
Por todo esto, fundamentar enfrentamientos políticos e ideologías políticas en torno a la idea de la izquierda por un lado y la derecha por otro, es una construcción fraudulenta y mentirosa, que ya ha dejado de tener sentido. Es un engañabobos. Políticos maleducados y de oratoria pobre (casi todos ellos, excepciones hechas, como la magistral Inés Arrimadas), que se insultan ante las cámaras para darse la mano sonrientes en los pasillos del Congreso, Pablos Iglesias incluidos. Que me parece muy bien oye. Que todos se lleven bien.
Pero no nos dejemos engañar por toda esta farsa. El verdadero reto de hoy no está en la distinción entre la izquierda y la derecha, cuyos límites ya hemos visto que se diluyen continuamente, tanto para hacer el mal como para oponerse a ese mal. No debería haber lugar para la idea de que el partido de cada uno es el bueno, y el del contrario el malo, tratando a la política y a nuestro voto como si fuésemos hinchas descerebrados de equipos de fútbol, agitando banderas como memos cuando gana nuestro equipo.
La realidad es que para que el sistema funcione es necesario un equilibrio entre capitalismo y socialismo. No hay más vuelta de hoja. Esto puede conseguirse cuando dos partidos moderados se alternan en el poder, de ahí el gran progreso que hemos vivido en líneas generales en España, Europa y Occidente, durante los últimos decenios. Pero hoy el mundo se enfrenta a nuevos desafíos. Cada vez más gente quiere vivir bien en el mundo, como el mundo occidental, y eso es imposible si seguimos basándonos en los mismos prefectos de siempre, sin modificar nada. Es imposible si líderes que se suponen adalides del cambio se aíslan en mansiones prohibitivas para sus votantes mortales.
La política de hoy en día es esencialmente tribalista. Y es hora de superar ese tribalismo y pensar en nuevos parámetros políticos a partir de los cuales hacer práctico de nuevo el ejercicio de la política.
Tenemos que ser más, mucho más pragmáticos, menos ideológicos. Menos sectáreos. Menos incendiarios. Menos como líderes que parecen surgidos de nuestro pasado más oscuro.
Hay que mirar más hacia el futuro. Hacia nuevos ideales, que no ideologías, en los que basarnos; ideales de concordia, de desarrollo, de progreso.
Y esas necesidades jamás podrán ser satisfechas en un mundo plagado de aislacionistas, nacionalistas y populistas de todo signo político. En este sentido, la existencia del Trump en el poder de Estados unidos es el mayor mal al que se enfrenta la Humanidad hoy en día. Por ser Estados Unidos el país que es y lo que ha representado en el pasado, incluso más grave que el que China, con todo su poder, sea aún una flagrante dictadura.
Hacen falta nuevos partidos políticos que basándose en el sistema actual, sin destruir lo que tanto esfuerzo ha costado lograr, insuflen nuevo aire a nuestra sociedad. Para que todos miremos al futuro con ilusión renovada en nuevos esfuerzos, por nuevas fronteras, que, como digo, pasan de forma indisociable por ser totalmente permeables al desarrollo científico y tecnológico. Hombres de ciencia y de letras, que hayan demostrado ser sobradamente capaces en sus respectivos campos, han de ser asesores necesarios de los gobernantes. Y habrá que construir sistemas nuevos que elijan a esos asesores de forma igual, o si puede ser mejor que la que se usa para elegir a los jueces.
Hace falta un nuevo lenguaje político. Una nueva perspectiva que, apoyándose en el actual sistema, ayude a cambiarlo a mejor, para afrontar retos que, de no ser así, nos vendrán demasiado grandes.
Sin la comprensión de lo que verdaderamente le hace falta a nuestra especie de forma global, ni uno solo de nuestros pedazos de tierra podrá subsistir a los desafíos inminentes que ya nos plantea el futuro. Un futuro tan sombrío, o no, como estemos dispuestos a cambiar, y a no ceder a nuestras ansias tribalistas; tan luminoso, o no, como seamos capaces de renunciar a nuestras trasnochadas ideologías, para abrazar con sentido común los deberes de las cosas que sea mejor hacer, no por dar gusto a los votantes y a las ideologías, sino a las necesidades de la humanidad en su conjunto.
Por último, la expansión al espacio tendrá efectos imprevistos, el surgimiento de nuevas necesidades, materiales únicos, el descubrimiento de nuevos hitos científicos que cambien la visión que tenemos de nosotros mismos y nuestro lugar en el universo. Y todo ello devendrá en nuevas formas de política. Diferentes asentamientos en diferentes lugares podrán probar nuevas formas políticas, sin poner en riesgo por ello a una humanidad  que a día de hoy depende de todas sus partes a un nivel global, guste o no guste.
Pero si no empezamos por hacer los deberes ya, ese mañana nunca existirá. Nunca habrá tal expansión.
Nos habremos extinguido antes, por creer que agitando banderas al ganar nuestro partido solucionábamos algo.
Ya no cabe la vuelta atrás. Quebrantar las reglas del juego global para volver al pasado es una de las peores cosas que haya hecho en toda la Historia político alguno. Y eso es justo lo que está haciendo Trump en los Estados Unidos, estos días. También todos esos otros populistas de izquierda y de derecha que ascienden al poder en otros países, como el nuestro, son consecuencia de la Crisis, flautistas de Hamelin que pretenden solucionar el futuro con discursos del pasado, porque esos discursos son lo que han mamado. Continuistas de mierda. Pero todo eso no vale para nada. ¿Qué ha cambiado Iglesias con Podemos? Hay menos mujeres en papeles importantes en su partido como, o incluso menos, que en cualquier otro partido. ¿Ese era su cambio?
Toda esa mierda no vale para nada. Es más de lo mismo de siempre. Más del pasado.
Las soluciones para el futuro vendrán de los que no tengan miedo a innovar, a hacer las cosas de formas nuevas, pero desde el respeto a las cosas que ya han demostrado funcionar antes. Sin discursos destructivos e incendiarios de líderes que pretender destruir lo establecido para llevar a cabo prácticas políticas inspiradas en el nazismo o el bolchevismo.
La nueva política tiene que ser otra cosa. Pensadla por vosotr@s mism@s. Que no os engañen con basura del pasado.

Crítica de First Man, la primera película en la Luna: Un viaje entre lo intimista y lo épico.

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En 2019 se cumplen 50 años de la llegada del ser humano a nuestro satélite. Es una cifra imponente y redonda, ese medio siglo, que sin duda reavivará la gesta, más que nunca ahora, cuando la NASA ha anunciado su firme intención de regresar a la Luna en la próxima década, tanto a su superficie como estableciendo una nueva estación espacial que sustituya a la actual, pero ubicada esta vez en órbita selenita.

Podríamos hablar de las cosas que hacen flaquear la fe en la humanidad, pese a que esta consiguiese un logro tan alunizante (no he podido evitarlo) que una buena parte de ella (como muestra un Casillas, y todos los lerdos que estuvieron de acuerdo con él), sigue sin creer que pisásemos la nívea e imposible superficie de la Luna; quizá porque para ellos, ese astro, ese lugar, pertenece a otra realidad, la del cielo, en un marco de existencia diferente al de esta tierra firme, y plana, nuestra.
Ironías y estúpidas teorías conspiranoicas aparte, que llegamos allí es indudable, salvo severos problemas mentales de diversa índole. No se hizo más que aplicar leyes de la física descubiertas tres siglos atrás por Isaac Newton, en un tour de force que llevó al límite la tecnología del siglo XX, gracias a una Carrera Espacial que fue la mejor carrera que haya podido librar nunca la especie humana; una carrera en la que tecnologías desarrolladas en guerras terribles se usaron y mejoraron para un fin diferente: el de la exploración del espacio. La nueva frontera. La única frontera. Y no simplemente por el hecho de explorar, como dice Neil Armstrong en un momento de la película, sino porque ese es nuestro deber, saber a dónde pertenecemos, cuál es nuestro lugar en el universo.

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First Man no es una película del todo políticamente correcta para este mundo de distopía imbécil que estamos construyendo. Empezando por el título. Que sí, es evidente que se refiere a la humanidad en general, por mucho que Armstrong fuese un man. Las virtudes de lo que emana de esta película están por encima de géneros. No hace mucho se estrenó otra película, Figuras Ocultas, que reivindicaba el rol fundamental de las mujeres cuyos cálculos ayudaron a que la carrera espacial fuese posible. Una carrera que ha tenido la virtud de saber apoyarse sobre las mujeres tanto como sobre los hombres, ocupando estas roles cada vez más destacados también en la parte protagonista, hasta el punto de que fueron estas empresas increíbles del pasado las que permitirán que un día no muy lejano podamos ver una película que se titule First Woman. Porque quizá sea una mujer la primera en pisar de nuevo la Luna, o, quizá… Marte.

Hablo de esto porque me consta que para la crítica norteamericana First Man ha sido tratada casi como de obra maestra, y la europea ha sido en cambio bastante más tibia con la película, siendo algo negativo, para esos críticos más escépticos con esta absoluta maravilla audiovisual espacial y humana, el trato que se da en la película a Janet Shearon (interpretada por Claire Foy), esposa del astronauta. Porque hay quienes dicen, pretendiendo ser muy políticamente correctos, que se limita a ejercer el rol de correcta y sufrida madre. Pero es que esta película es un biopic de Neil Armstrong. Y por supuesto, sí que es Janet Shearon parte esencial del viaje del astronauta. La película recoge de forma magistral esa importancia de Shearon en el guión. Y es plasmada de forma maravillosa.

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First Man debería ser una película que pongan a los adolescentes en los colegios de todo el mundo. Es una película que nos reconcilia con nosotros mismos y con la humanidad, en medio de la crisis de identidad que sufre el mundo (consecuencia directa de la última gran Crisis económica a escala global, y de esta imbécil cruzada contra lo científico, propia de una mentalidad aislacionista y medievalista de un mundo donde ahora los Estados Unidos son gobernados por Trump, y todo tipo de populistas se alzan al poder en otros rincones del planeta). Nos reconcilia con lo que como especie y como individuos somos capaces de alcanzar. Y no es algo que yo escriba aquí porque sí. Es algo que sentí mientras veía la película. En ella palpitan sentimientos esenciales profundos, sobre la psique y la condición humana. Hay una gran pena latente durante toda la película, indisociable del deber del protagonista de hacer lo correcto. Es en gran medida por esa pena por lo que se lanza en una carrera incierta hacia una muerte apenas esquivada, que no deja de dar guadañazos durante todo el film. Es la catarsis que insufla en Armstrong el deseo de seguir luchando.

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En esto, la película, tanto por la profunda pena que subyace a lo largo de ella, como por la forma en que esta es tratada, recuerda mucho a El Árbol de la Vida, de Terrence Malick. Pero recuerda aún más a esos otros grandes referentes del género, no de la carrera espacial, donde First Man es tan buena que hace palidecer a cualquier película jamás hecha hasta ahora, sino de la ciencia ficción más profunda y rigurosa, con la que esta nueva película del director de La la land está más hermanada, tanto por su lenguaje cinematográfico como por su filosofía (pues ¿no están la buena ciencia ficción y la ciencia y tecnología de nuestro tiempo profundamente vinculadas, como dirían, y con razón, Carl Sagan, o James Cameron?)

Así, tenemos bellas y provocativas referencias directamente buscadas a 2001, que destilan de la grandiosidad de ciertas escenas, de los golpes de sonido que encabalgan planos entre sí. Es un tipo de cine que ha moldeado en nuestra psique colectiva el lenguaje del buen cine espacial, algo que en cierto modo inventó el genio de Kubrick, y que Damien Chazelle sabe imitar con elegancia  de la mano de la maravillosa música de Justin Hurwitz (que también fue el compositor de la no menos mágica La la land). Y también Interstellar está ahí. Quizá a algunos extrañe que ponga juntas estas tres, siendo dos de ellas de ciencia ficción, y esta otra la narración de hechos reales. Pero para mí las tres forman parte de una misma cosa. De la cosa humana.

Hay diferentes secuencias que ayer, viendo la película, me dejaron completamente maravillado. Una de ellas es cuando los tres astronautas puestos allí, bien porque era su destino, bien por una serie de catastróficas desdichas, Neil Armstrong, Buzz Aldrin y Michael Collins, van a entrar en el módulo, en la cúspide del cohete. Es ahí donde en otras películas menos serias y trascendentes el director se contenta con darnos la típica escena en la que los tres héroes van desfilando con su heroica pose a través del pasillo que los conducirá a su glorioso destino. Pero aquí no hay nada de eso. En First Man no hay héroes. Hay víctimas. Seres humanos normales, con sus virtudes y sus defectos, puestos ahí, como digo, por el destino o sus propias desdichas, que más que a la gloria parece que se dirigen al patíbulo.
Pero a lo que quería referirme es al ascenso. El ascenso hacia el cohete, ese viaje hacia lo alto del mastodóntico propulsor, que parece no terminar nunca. Es una escena que me movió a la reflexión profunda y visceral, mientras la veía, más sensación que otra cosa. Porque a medida que asciende el ascensor por la torre adyacente, el cohete pasa ante sus ojos, interminable, y en él, como una revelación, las letras, una a una: United States… Y lo que en otra película habría sido fácil orgullo patriótico, aquí se convierte en sorpresa. En humildad. En miedo. En la osadía de que un único país, con tan poca historia a sus espaldas, tenga su nombre escrito en semejante y gigantesco artefacto. Y además, a la vez, la película te hace sentir como ninguna otra jamás hecha todas las penurias por las que atraviesan los astronautas. Me hizo sentir la locura de levantarse un día de la cama diciéndote, joder… hoy voy a la luna. Con la misma especie de sensación de inquietud e incertidumbre que todos podemos afrontar algunas veces, cuando tenemos que llevar a cabo un viaje o empresa que son un deber, aunque mucho más mundanos. Y es que First Man, en última instancia, no va sobre astronautas y héroes. Va sobre lo que nos hace humanos.

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Hay otros momentos grandiosos: el despegue del cohete, desde la distancia; la forma en que por un momento sentimos la Luna, más de cerca de lo que nunca cualquier otra obra audiovisual haya podido conseguirlo. Si bien para eso es casi imprescindible ver la película en el cine.

Sobre una de las cosas que hace Armstrong en la Luna que más nos llaman la atención, y que nos deja preguntándonos si de verdad sucedió, solo decir que la película se basa fielmente en la biografía oficial del astronauta, y que en dicha biografía se da por hecho que, si no exactamente igual, algo muy parecido seguramente sí hizo Neil Armstrong.

No falta el recuerdo del discurso de Kennedy, aquel inspirado orador que desde su púlpito impulsó al ser humano a la Luna. Viendo la película, y si no lo habíamos hecho ya, no podemos más que entender las razones para llevar a cabo una empresa tan temeraria, que costó tanto esfuerzo, tantas vidas y tanto dinero. Durante algunas escenas desfilan ante nosotros por la pantalla las posturas más críticas hacia el viaje a la Luna, el porqué de semejante dispendio, en un país y un mundo donde la pobreza son parte de nuestra imperfecta forma de vida. Para los que aún no lo entiendan, se me antoja imprescindible que lean esto.

Para hacernos una idea de la forma de ser de Neil Armstrong, muchos años después, unos pocos antes de su muerte, copipasteo esta anécdota, contada por el escritor Neil Gaiman:

“Estaba en una convención de tres días rodeado de artistas y científicos, encogido entre tanta eminencia, cuando me encontré a Neil Armstrong. El primer hombre que pisó la luna era discreto y calmado y estaba al final de la sala sin molestar a nadie cuando me acerqué . Conversamos y Armstrong terminó por hacerme una confesión; levantó un dedo, apuntó hacia la sala y dijo: “Veo a todas estas personas y pienso: ‘¿Qué demonios estoy haciendo aquí?’. Todos ellos han realizado cosas asombrosas. Yo simplemente fui adonde me enviaron”. Me quedé sorprendido y le respondí: “Sí, pero tú fuiste el primer hombre en llegar a la Luna, y eso tiene su importancia”.

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Después de la forma en que Damien Chazelle consigue hacernos sentir en First Man la angustia de todos los peores momentos que tuvo que superar Armstrong (interpetado por un Ryan Gosling correctísimo), esta anécdota es de lo más ilustrativa sobre su forma de ser.  Ya que al final, pese a todo lo humana que es la película, o quizá justo por ello, Armstrong, Aldrin, Collins, y todos los demás, nos parecen super hombres. Aunque quizá, al fin, se trata de lo que podemos ser, hacer, cada uno de nosotros, si nos lo proponemos.

Como decía al principio, el año que viene se cumplen 50 años de aquella increíble gesta; tan increíble que aún tantos no la creen. Pobres. No son capaces de sentir la verdadera maravilla que significa ser humano. Pero películas como First Man están aquí para recordarnos esas sensaciones, esos sentimientos.

 
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Y recordemos que Buzz Aldrin y Michael Collins aún siguen entre nosotros. Recordad que aún vive uno de los dos primeros hombres que pisó la Luna. Recordad emocionados cuando ya no esté, por todo lo que fueron capaces de hacer aquellos hombres, guiados por ordenadores menos potentes que una calculadora de bolsillo de hoy en día. Y volveremos a hacerlo, inspirados por las mejores cosas que nos hacen humanos. Porque, si queremos tener un futuro, dejar esta enferma Tierra nuestra para que se recupere de nuestros propios actos, y no perecer así en ella, no nos quedará otro remedio que salir ahí fuera. Y a eso se refiere Armstrong, cuando le preguntan en la entrevista de las pruebas de selección para la misión Apolo: ¿Qué significa para ti viajar a la Luna? Pero no insistiré más sobre lo que contestó. Mejor que lo vean.

 

Porque esta imagen lo cambió todo… La conciencia de nosotros mismos, de nuestro pequeño y frágil hogar en la inmensidad del espacio. Por eso fueron a la Luna. A eso se refería Neil Armstrong.

 

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En fin, First Man es una de las mejores películas que he tenido la suerte de ver en toda mi vida. Parece mentira que hayan tenido que pasar casi 50 años para que una película le hiciese justicia a aquella colosal aventura humana.

Y aunque esto quizá lo señale algún día el genial Jaime Altozano en su canal de YT, me gustaría terminar hablando de esa maravillosa banda sonora de Justin Hurwitz. De cómo el triste y precioso motivo musical que ilustra el dolor por la tempranísima pérdida de su hija, contada al comenzar la película, es el mismo que se despliega, de forma más grandiosa, cuando por fin  llegan a la Luna. Y la historia se cierra de forma redonda. De una forma hermosa, trágica, y profundamente triste. La catarsis ha dado el valor, la necesidad, a Armstrong, para enfrentarse a todos los desafíos, varias veces a punto de morir, como murieron otros, en su camino a la Luna, y, pese a todo, triunfar.

Crítica de Cobra Kay, la serie de YouTube Premium, continuación de Karate Kid.

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Youtube se unió a esta nueva forma de ver cine y series que ha supuesto el “streaming”, palabra que cuando se traduce queda mucho menos “chic”: transmisión. Ver cosas por transmisión. ¿Qué era entonces lo que hacíamos antes? Es la filosofía del consumo lo que cambia, claro, y eso es lo que importa. Ahora el espectador puede elegir qué ver, cómo y cuándo, entre una oferta inacabable de series y películas. Es la calidad la que termina por llamar la atención entre tanta oferta, y a Cobra Kay no le falta esa calidad. Una serie que nos ha cogido por sorpresa a todos. Al menos yo jamás vi venir que alguien hiciese una serie contando las andanzas vitales de los que fueran los protagonistas de una de las películas más emblemáticas de la cultura pop ochentera.
Cobra Kay se anuncia como comedia dramática, y aunque tiene algún que otro golpe de gracia, podría describirse con más acierto como un drama desenfadado.
Cobra Kay sorprende quizá por la perspectiva que toma, una inversión copernicana de los parámetros por los que nos movíamos en aquella película ochentera, en la que los buenos eran los buenos y los malos los malos… casi siempre. Quizá los guionistas se imaginaron cómo sería la vida de Johnny, interpretado por el mismo actor de la película ochentera, un descubrimiento en su madurez, el rubio William Zabka, al que me encantaría ver en algún papel de las futuras películas de Star Wars o BladeRunner. Casi todo el peso de la serie, al menos a lo largo de esta primera temporada, y a pesar de que como estrella se presente a Ralph Macchio, recae sobre el sensei de la nueva escuela de karate, Cobra Kai.

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Los capítulos se suceden de forma rápida, diez para esta primera temporada (ya confirmada la segunda para 2019), con apenas media hora de duración, y son una delicia de ver para cualquiera de los que nos entusiasmamos de pequeños, viendo las películas originales. (Huelga decir que esta serie rescata el interés en aquellas películas y deslegitima en gran medida el remake protagonizado por el hijo de Will Smith). En ellos se tratan los temas típicos de moda en casi cualquier serie juvenil de hoy en día, de forma amena y entretenida, con el karate y los recuerdos que estructuran las vidas de Larusso y su otrora y ahora rival, el rubio Johnny Lawrence, como hilo conductor, que se va entretejiendo en un tapiz en el que los hijos de los viejos rivales forman ahora parte de la historia, con sus sempiternos problemas sociales y sentimentales. Un nuevo ciclo.
La gran virtud de la serie, y sin la cual seguramente no habría tenido razón de ser, es esa inversión copernicana de la que hablaba más arriba. Hasta el punto de que durante toda la serie no sabes quiénes son los buenos y quiénes los malos. Para el mundo de nuestro tiempo, Karate Kid se viste de grises, con un matiz mucho más realista. Cada espectador podrá sacar su propia conclusión. Los que al principio parecen buenos luego no lo son tanto, y los que parecen malos… bueno, ídem. Y eso es lo que  hace verdaderamente genial y entretenida a Cobra Kay. Imaginaos que vemos una serie de Star Wars en la que el protagonista es un imperial, que hace cosas que sabemos que están mal, a pesar de que nos caiga bien, porque somos testigos de las dificultades que vive.

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Quizá la esencia subyace, y  palpita por debajo de las apariencias, en la posible redención del padre fracasado que es ahora Lawrence, en la vida aparentemente perfecta, pero no tanto, del triunfador Larusso. No faltan los guiños al pasado, el rescate de la maravillosa y emotiva música de Bill Conti de las películas originales, el recuerdo a Pat Morita, ni, sobre todo, esa filosofía que se contrapone a la idea de que vivimos en un mundo donde hace falta ser malo para triunfar. ¿Hace falta?
Cobra Kai, como Karate Kid, no va sobre karate, va sobre la Fuerza.
Es un tema universal que tiene mucho que ver con la filosofía de los Jedi de Star Wars, en la que George Lucas ya había rescatado la esencia de la espiritualidad samurai que destiló luego Karate Kid, y ahora también Cobra Kay.
Por cierto, hay sorpresita al final, de cara a la segunda temporada.

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Aunque ya había escuchado hablar de esta serie, y me llamó bastante la atención, cuando se estrenó en mayo, me he enganchado a ella buscando noticias sobre la serie de ciencia ficción Origins, de inminente estreno en el canal de YT. Los dos primeros episodios de Cobra Kay son gratuitos. Si quieres ver más tienes que suscribirte, con una oferta muy al estilo de Netflix, con el primer mes gratuito, y todo eso. Con la ventaja, eso sí, de que mientras estés suscrito, TODO vídeo que veas en YT, cualquier vídeo “no profesional” de los que sube la “gente normal” estará exento de cualquier tipo de publicidad. Además la suscripción incluye YT music, que no sé muy bien de qué va, porque no lo he probado.

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Reseña: “Estación Central”, de Lavie Tidhar.

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Antes de empezar su lectura, las críticas a este libro me dieron una impresión en principio un tanto equivocada, como de estar ante algo más de corte social que de ciencia ficción, no sé si algo intencionado para dotar a la obra de un aire más atrayente para todo tipo de lectores no especialmente atraídos por la ciencia ficción.

Pero no. “Estación Central” es ciencia ficción pura, un continuo fluir de ideas fantásticas a cual más excitante, no por nuevas, sino por la forma en que el autor las va desgranando a un ritmo incansable, y dentro de un contexto en el que sí da la sensación, cuando empezamos a leer la historia, de que nos estamos internando en una obra de corte más “puramente literario” (a mí al principio me recordó a “Esas nubes que pasan”, de Camilo Jose Cela), que de género. Es quizá por eso que el aluvión de fantasía futurista con que el autor nos baña, apenas superadas esas primeras páginas quizá algo engañosas, nos sorprende aún más. Porque no teníamos la sensación de estar ante un libro tan de ciencia ficción; y este lo es tanto o más que ninguno que yo haya leído. Por las páginas desfilan ingredientes todos ellos propios de una saga como las novelas de James S. A. Corey en las que se basa la magnífica serie The Expanse, si bien desde una perspectiva no tan épica, sin las limitaciones que nacen de la necesidad de ir alimentando con la dosis justa de información al lector, porque aquí se trata de una novela autoconclusiva, de apenas trescientas páginas. Y todo está mucho más condensado.

Tidhar brilla a la hora de juntar todos esos elementos de ciencia ficción con historias tradicionales, casi mundanas, que parecen más sacadas de una obra de Camilo Jose Cela, ambientada aquí en paisajes basados en la experiencia real del escritor en Israel; y no es que no haya casi una sola página en la que no suelte una idea que podría servir por si sola para escribir toda una novela de ciencia ficción.
Más que de ideas nuevas,  que no haya leído antes en algún otro contexto u obra, se trata de la forma en que junta todos los ingredientes, que hace que todo parezca más original, sobre todo cuando tiene el gran acierto de rescatar y añadir a la mezcla elementos de la novela gótica por antonomasia, Drácula, y otras obras afines, para explicar las fantasías científicas que sufren algunos de los protagonistas (todos ellos muy bien dibujados a través de diferentes momentos en sus historias, que se engranan a la perfección entre sí).

Es la historia de Carmel y el librero la que más me ha cautivado, en concreto esta particularísima vampira, cruce entre lo gótico y lo cyberpunk, con la que el autor sabe destacar dentro de este nuevo campo que se abre para la ciencia ficción y la fantasía de nuestros días, en el que las fronteras entre los géneros son cada vez más difusas. Es al contarnos la historia de Carmel cuando Tidhar más se aleja de los paisajes de su tierra ancestral, que esboza bien a lo largo de “Estación Central”, convirtiendo esa apacible lectura costumbrista que amenaza a veces con echar por tierra todo interés que yo pudiera tener en esta obra, de haberse detenido demasiado (no lo hace) en esas formas y lugares, en un relato que haría palidecer de envidia al Ridley Scott de Alien. Pero es seguramente el extraño y constante contraste entre ese costumbrismo y el futuro que dibuja, tan diferente a todo cuanto forma parte de nuestra experiencia cotidiana, lo que potencia la sensación de maravilla de esta novela.
Tidhar toma artefactos tecnológicos de nuestro tiempo, cosas que nos rodean ya hoy en día, y especula con ellos, estirándolos hasta deformar nuestro mundo y convertirlo en una historia que bien podría servir de base metafísica para explicar mundos de fantasía tan vastos como el de “Canción de Hielo y Fuego”, de George R. R. Martin; aunque su estilo se acerca más al Philip K. Dick de “Sueñan las ovejas (…)” y a cosas de Ray Bradbury y Kim Stanley Robinson.
Y de pronto, después de tantas maravillas esbozadas, y tan fuertemente contrastadas, la novela termina perdiendo fuelle poco a poco, o esa es la sensación que me ha dejado a mí, como la de una canción prodigiosa que termina con un “fade out”, con su volumen diluyéndose en el silencio, como sin querer hacer mucho ruido, después de toda la amalgama de sensaciones fantásticas que ha dejado tras de sí. Una novela, definitivamente, donde, a pesar de todo, lo humano es lo que queda.

La novela la publica Alethé, y se trata de una edición en rústica con solapas, bastante chula, y de buena calidad. Solo me he topado con un par de erratas algo importantes (un par de preposiciones mal colocadas), y poco más. Me ha dejado con la sensación de ser una obra muy bien traducida.

Le doy un 4,5 sobre 5.

Se filtra Flying Totems, el que a todas luces será el primer single de Equinoxe Infinity, el inminente nuevo álbum de Jean-Michel Jarre.

 

Bueno… todo parece indicar que ese tema que parece haberse filtrado del próximo álbum de Jean-Michel Jarre, el Equinoxe Infinity, es el tema que lleva por título Flying Totems, y que es el segundo movimiento de ese álbum, y que es efectivamente suyo.
Y de no serlo, desearía con todas mis fuerzas que sí lo fuese… Porque es maravilloso.

Llevo 25 años esperando a que Jarre publicase un tema como este. Desde que el álbum Chronologie fue con el que se sacó de la chistera su primera gran gira europea, una gira de proporciones colosales por las ciudades europeas más ricas en cultura. Era un montaje de grandes pantallas verticales que semejaban el skyline de una ciudad, en las que proyectaba imágenes, formas láser y colores, como grafitis perpetrados por un travieso viajero de otro mundo.

Yo tuve la inmensa suerte de estar en Santiago, en el monte do Gozo, en aquella fresca y lunar noche de otoño del 93, el año de mi mayoría de edad, un concierto, una noche, un día entero cuyas sensaciones se han fundido para siempre en mis recuerdos con la idea de lo que es la felicidad. Ha habido otros momentos casi tan felices en mi vida, y creo que casi todos ellos asociados a la música. Pero ninguno tanto como aquél.
Y es que, con este nuevo tema, Jarre, después de más de una década de sequía musical, de su regreso a través de un álbum de colaboraciones y de la producción de la tercera entrega de su mítico álbum conceptual Oxygene, tiene licencia para sonar de nuevo a él mismo, a música electrónica pura, de la buena, de la mejor; en la que sonido, melodía y sensaciones rescatan toda una época, aunque más que un tiempo es un sentimiento, una forma de concebir lo musical, que es capaz de expresar como muy, muy pocos… y entre esos muy pocos, Vangelis, por lo que no es casual que Flying Totems recuerde un poco al griego.
Tampoco es forzado, para nada. Pues recuerdo cuando estaba descubriendo la discografía del francés (¡cuánto sexo!) y pensaba que el tema de los títulos finales de Bladerunner era suyo. Pero no… era de Vangelis, aunque esa misma sucesión de notas estaba ya en Oxygene 2, y volvería a estar en Oxygene 7. Ambos músicos son para mí y para muchos la quintaesencia de la música electrónica que ha dado luz y color, sentido, a nuestras vidas. Y es natural que este segundo movimiento del inminente trabajo Equinoxe Infinity suene como una suerte de cruce entre Equinoxe 5 y aquellos end titles de Bladerunner. No solo natural. Es simplemente maravilloso. Hay también algo de la inspiración que podría haber sido para el sintesista de Lyon la película Bladerunner 2049, en la que las cositas que hemos escuchado hasta ahora de este nuevo álbum calarían mejor como banda sonora que la propiamente original de aquel film. Una banda sonora que se le encomendó a Hans Zimmer después de pasar por otras manos, y que no es ni de lejos tan buena como la de Vangelis para la Bladerunner original, igual que tampoco lo es la película entera.

Que nadie que ame o haya amado la música de Jarre deje de sentirlo… A mí, particularmente, Flying Totems me suena a una lunar noche de otoño del 93… y no es nostalgia por un tiempo perdido, sino amor por un concepto inmortal. Algo que nunca se había ido del todo. Es por eso que el tema recuerda a algo de sus primeros álbumes de éxito, pero también al Oxygene 3 (las partes 17 y 19), a su gran labor con el Electronica, así como a sus producciones de entre finales de los 80 y principios de los 90. Es Jarre. Intemporal.

Por eso pienso que si a algún fan de Jarre no le gusta este tema es síntoma de que tiene un cacao mental importante.

Jean-Michel Jarre, Equinoxe Infinity: Los vigías de las fronteras de los sueños.

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El maestro de los sintetizadores, Jean-Michel Jarre (si yo y muchos otros hacemos música hoy en día es por su inspiración e influencia), está que no para últimamente.
Jarre volvió en 2015, después de un parón en su creatividad de algo más de una década, que se inició cuando empezó el nuevo siglo. El que fuese uno de los principales pioneros de la música electrónica, y posiblemente el que mejor supo integrar la vertiente experimental de los primeros sintetizadores y todo tipo de nuevas tecnologías musicales con la música clásica y la popular, pionero también del concepto world music, perdió su papel preponderante, superado por nuevos y pujantes artistas, aunque ninguno de ellos alcanzase las cotas a las que llegó con la electrónica el francés de Lyon.

Pero de forma estudiada, paciente e inteligente Jarre supo reinventarse a sí mismo a mediados de la década actual, con un álbum gestado durante años, de colaboraciones con muchos de esos artistas que lo estaban superando. Supo impregnarse de sus estilos diversos y hacerlos suyos, sin renunciar a su propio impronta musical.

Y así el pionero volvió, para seguir formando parte de ese futuro que él mismo había ayudado a imaginar con su música, del mismo modo que otros, como Arthur C. Clarke y Stanley Kubrick ayudaron a hacerlo con sus libros y sus películas.

Aquel álbum, Electrónica, se publicó en dos partes, entre 2015 y 2016, y demostró que Jarre, con casi 70 años, los cuales acaba de cumplir, volvía con más ánimo que nunca. A finales de 2016 se publicó también la tercera parte de su opera prima en cuanto a popularidad, Oxygene.
Y este año 2018, sin apenas parar de haber estado de gira por medio mundo, Jarre vuelve con un cuádruple album recopilatorio muy especial, en el que rescata lo mejor de su carrera, para celebrar sus 50 años en la música.

Fue otro recopilatorio, Images, en 1991, el que me enamoró para siempre de la música de Jean Michel Jarre, e hizo que yo por fin considerase la industria discográfica como algo afín al amor por la música. Pues aquel Images, en cassette primero, fue el primer álbum que me compré nunca, y tenía ya 16 años.

Mañana presenta el francés esta música de toda su vida en el planetario de Hamburgo, un entorno sin igual para un músico cuya carrera siempre ha estado impregnada de ciencia y humanismo. No en vano hace poco tiempo fue premiado con la medalla del recientemente ido Stephen Hawking.
https://www.lavanguardia.com/ciencia/fisica-espacio/20170621/423538962481/the-big-bang-theory-gana-la-medalla-stephen-hawking.html

El músico francés es hoy doblemente noticia porque acaba de sorprendernos con el anuncio de un nuevo álbum con música nueva, Equinoxe Infinity, con el que celebra los 40 años de la publicación de Equinoxe, el que para muchos de sus seguidores, entre los que me incluyo, es su mejor álbum.

Equinoxe Infinity no es tanto una reedición, ni siquiera una continuación del Equinoxe original, sino más bien un álbum inspirado en la historia de la inteligencia artificial, y que tiene más que ver con la obra del genial artista visual Michel Granger que sirvió de portada de aquel Equinoxe que marcó el camino de la música hacia un futuro tan incierto como apasionante.

La portada del álbum será doble esta vez y presentará dos versiones alternativas del futuro humano. Una en la que la humanidad se ha integrado con la inteligente artificial de forma pacífica y otra en la que la humanidad está siendo destruida por su propia invención. En ambas aparecen los mismos “watchers” que representan a esas máquinas que nos vigilan desde el futuro (y que según como se miren parecen también pingüinos), en una espectacular reinvención en forma de esculturas que recuerdan a los moais.
Cuando se compre el álbum por Internet este será descargado o enviado con una u otra portada, de forma aleatoria.

Equinoxe Infinity, que se publica en noviembre de este año (el recopilatorio Planet Jarre ve la luz mañana 14 de septiembre) tiene estos sugerentes títulos en su tracklist…

The Watchers… movement 1… 2,57
Flying totems… movement 2… 3,53
Robots don’t cry… movement 3… 5,44
All that you leave behind… movement 4… 4,00
If the wind could speak… movement 5… 1,32
Infinity… movement 6… 4,13
Machines are learning… movement 7… 2,07
The opening… movement 8… 4,16
Don’t look back… movement 9… 3,35
Equinoxe Infinity… movement 10… 7,32

En el itunes japonés se puede escuchar ya un fragmento del primer tema. Particularmente me encanta. Da la sensación de que Jarre pretende reconciliarse con los fans que renegaron de él con Electronica y buscaban su estilo más clásico. Además el álbum incluye una pista 11 continuos mix, en la mejor tradición de sus suites electrónicas.

En cualquier caso, no es que no haya unos 20 temas que me parecen magistrales en Electronica; incluso diré que Oxygene 3 me gusta más que el 2 (7-13), pero da la sensación de que este Equinoxe Infinity puede ser lo que muchos fans de Jarre llevan largos años esperando. Sin embargo, pienso que nadie debe llamarse a engaño. El Jarre de hoy no es el mismo que el de hace 40 años, y su música tampoco lo será. Querer escuchar un nuevo Equinoxe se antoja una pretensión tan inabordable como la de los fans recalcitrantes de Star Wars, nunca contentos con cada nueva película, siempre viviendo en el pasado, aunque se supone que aman el futuro.

El fragmento tiene aires vangelianos.

Y es que el griego Vangelis ha sido otro de los grandes pioneros de la música electrónica cuya carrera siempre ha estado ligada a la ciencia y la astronomía.

https://itunes.apple.com/jp/album/equinoxe-infinity/1435149472

 

Breve reseña de ID-0, anime de ciencia ficción en Netflix.

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Otro buen anime en Netflix, ID-0, ciencia ficción con la sempiterna obsesión japonesa por los entes apocalípticos que en cierto modo forma parte de su cultura, un modo de asimilar el desastre de ser el primer y único país (y esperemos que así siga siendo) donde se usaron armas nucleares. Pero eso no es decir mucho de ID-0, pues eso es algo presente de un modo u otro en casi todas las propuestas de ciencia ficción y fantasía del país nipón.
ID-0 se adentra de forma amena y divertida, no exenta de ciertas profundidades filosóficas, en aspectos de la ciencia ficción tocados en series de acción real como Altered Carbon (basada en los libros de Richard Morgan). Aunque aquí el tono es, con cierta lógica, y dado el formato, más luminoso; pero no por ello deja de tratar sobre aspectos fundamentales de la consciencia y la existencia, que siempre deben estar presentes cuando se trata el tema de la posible adaptación de la mente a otros formatos físicos distintos al cuerpo de un@ mism@.
El anime está excelentemente animado con CGI.