Un breve extracto de “Los vigías de las fronteras de los sueños”. (Un cuento mitológico, moderno y sorprendente).

Una noche, más de un año después, John no era capaz de dormir. Cuando por fin lo consiguió, tuvo un sueño recurrente. Volvió a soñar que se amoldaba a los contornos de las cosas. Soñó que era las cosas mismas. Quiso ser la forma de Salma, y estiró sus múltiples y escurridizos tentáculos hacia ella. Pero allí no había nada. Abrió los ojos.
Las luces nocturnas de la ciudad se filtraban apenas entre las cortinas de raso, decoradas con dibujos de búhos que adquirían formas siniestras en la penumbra. El tenue resplandor parecía no atreverse a burlar a aquellos mudos vigilantes, carceleros de su tristeza.
Salma había muerto hacía menos de un mes. John era golpeado sin piedad por aquella realidad, cada vez que despertaba.
—Luz, mesilla.
La luz de la mesilla se encendió. Se levantó.
—Bata —pronunció, y la prenda surgió como de la nada, para cubrir su desnudez. Algo que sin duda habría parecido magia a cualquier persona de hacía pocos siglos. Su mente de escritor siempre se ponía en el lugar de otras personas, de otros lugares y otros tiempos.
Se dirigió a la cocina y volvió con una taza de algo, que bebió de un trago. Se movía en silencio, como un fantasma del futuro en unas estancias olvidadas. Abrió la caja del correo y cogió uno de entre los muchos ejemplares repetidos de un mismo libro. En todos los lomos se leía, en letras sencillas, pero hermosamente entrelazadas:

Los vigías de las fronteras de los sueños”.

Salma y él lo habían escrito a cuatro manos, durante los últimos dos años.
Se sentó en la cama y estuvo allí un largo rato, contemplando las cortinas. No las había abierto desde que Salma se suicidó.
John dejó el libro y corrió las cortinas. Estaba amaneciendo. Pero era un alba de luz lejana y fría, que se deslizaba por los muros manchados por la lluvia de los altos edificios de enfrente. Abrió la ventana y se asomó al vacío. Un viento que olía a humo y a lluvia azotó su rostro. Estaba temblando. Volvió a cerrar, con tanta fuerza que rompió el cristal. Se retorció. Vomitó en la moqueta los restos de una cena tardía.

Despertó allí mismo, sentado en el suelo, al lado de la cama. Era casi de noche otra vez. Los búhos lo miraban desde las cortinas mecidas por el viento, pacientes e inquisidores. Se sintió hecho un asco, pero con la mente despejada. Distintos detalles de algo que acababa de soñar, que sintió como de una trascendencia epifánica, se le escapaban de forma irremediable. Pero con un esfuerzo casi físico logró retener en su memoria dos detalles. El ulular de un ave nocturna; la risa de una mujer, teñida por la luz de una luna añil, en un lugar de un futuro distante.
John estuvo varios minutos allí sentado y sin apenas moverse, en actitud pensativa. De pronto, fijó su mirada en un punto indeterminado del espacio. Sus iris se movieron, de forma casi imperceptible, y pestañeó dos veces.

En otro sitio, no muy lejos de allí, Circe Bollinger abrió los ojos.
“Lo tenemos. Ha firmado”, decía el mensaje entrante.

Es fácil dejarse llevar por una visión pesimista de la vida en estos días, pero no sería una visión verdadera de las cosas.

Si tenemos que poner en balance las cosas buenas y las cosas malas de nuestro mundo y nuestro tiempo, desde la perspectiva de los días que estamos viviendo, tan especiales (desde un punto de vista negativo, especiales, obviamente), ganan las cosas buenas.
Es verdad que nuestra sociedad globalizada contribuye, por medio de los medios de transporte, sobe todo el avión, a expandir la amenaza del virus. Pero son muchas más las ventajas. Con la gripe mal llamada española de principios de siglo, murieron millones de personas, y entonces el mundo no estaba ni de lejos tan globalizado como ahora. La aviación apenas comenzaba.

Las ventajas de nuestro tiempo son muchísimo mayores que las desventajas. Un mundo más preparado, más sabio, más cabal. En el que la tecnología de Internet y las Redes Sociales rompen el aislamiento forzoso, en el que la ciencia y la medicina nos tienen sobre aviso y nos aconsejan, y en el que los esfuerzos médicos por poner freno a la amenaza crecen a una velocidad no menor que la del virus.
También es cierto que el estar tan globalizados nos hace más sensibles, sobre todo a un nivel económico, a todos estos males. Pero la solución no pasa por tomar este virus como excusa para que las divisiones momentáneas sean permanentes. Volveremos a salir a la calle, y las fronteras volverán a abrirse. No hay otro camino posible hacia el futuro. La división, la que acostumbran a sembrar los nacionalistas y populistas, sea cual sea su signo político, es el camino hacia la guerra.

He compartido alguna publicación, aprovechando para criticarla por su visión demagógica, maniquea, diría incluso pusilánime, de lo que ha traído consigo este virus, publicaciones sensibleras que hablan de este mal como una oportunidad única para partir de cero y reflexionar sobre lo malos que hemos sido.
No hemos sido malos. Solo hemos sido. Somos. Mejor o peor. Hay de todo, en los campos del Señor. Pero intentar cercenar nuestra visión del futuro por hechos del pasado sobre los que como individuos apenas tenemos poder alguno, no es práctico.
En estos días sigue habiendo gente más interesada en seguir dividiendo, en aprovechar esta coyuntura para atacar a la ideología adversa y sacar partido de su visión ideológica (podría decirse, enfermiza) de la vida. Esto se está viendo claramente en el populismo y en el nacionalismo, siendo únicamente los Partidos y personas más centrados los que mantienen la compostura.

Está en el espíritu humano, en sus genes, el carácter tribal. Puede que tardemos siglos, si no milenios, en mejorar eso. Lo malo es que hay gente que no es capaz de ver más allá de ese tribalismo, y se hace adoradora de los líderes de una u otra ideología. Creo que va siendo tiempo de superar esas cosas. Todos prometen mucho. Todos quieren imponer su visión ideológica. Pero ninguno acierta, y cuanto más radical e inamovible es su postura, menos.

En general, somos una sociedad, con sus defectos, cada vez mejor. Y creo que la forma en que a un nivel global afrontamos los sacrificios que conlleva esta situación, con toda la información necesaria para hacerlo lo mejor posible haciéndose tan viral como el propio virus, dicen mucho y bien de nuestro mundo y nuestra sociedad, por más que los defectos que caracterizan a la especie humana, como, sobre todo, ese tribalismo, vayan a seguir estando ahí.

A veces hay que recordarlo, porque es muy difícil tener perspectiva de nosotros mismos y nuestro tiempo. Para eso están los escritores, particularmente los de ciencia ficción y fantasía, capaces de extrapolar (de forma más o menos consciente) a través de la metáfora y la imaginación como principales herramientas. Y los artistas en general.
Es fácil dejarse llevar por una visión pesimista de la vida en estos días, pero no sería una visión verdadera de las cosas.

Uralt (Antigua)

La Alemania de mi infancia se rompía, mientras paseábamos bajo las ramas desnudas de aquel noviembre, sobre las intrincadas sombras de los árboles de la Avenida Karl Marx.
—Ara, Lars me ha pedido que te recuerde que él estará allí.
Yo no iba a seguir a Lars. Aunque lo quería, no pensaba dejar mi trabajo en mi pequeña librería, Uralt.
—No iré, Lina.
Antes de vernos aquel día me había imaginado a mí misma explotando de indignación, cuando ella me hablase de Lars y sus malditas ansias por Occidente; por eso fui la primera sorprendida al escuchar mi voz calmada.
—¿Solo eso? Vaya. No te lo has tomado tan mal, esta vez —dijo Lina.
—Ya. Debe ser por este precioso día —sonreí.
Era una mañana clara y azul, que brillaba en la nieve de los árboles; el frío naciente del otoño moribundo se volvía agradable a medida que caminábamos, envueltas en nuestros viejos abrigos. Entonces tuve una sensación maravillosa, y le dije a Lina algo parecido a esto:
—¿No te das cuenta, Lin? La luz no brillará más al otro lado del Muro (…) —Y dije más. Fue una larga parrafada.
Ella me miró con sus verdes ojos de gato, enmarcados por su media melena rubia peinada al estilo occidental. Dijo:
—Arabella Nikanova, nunca cambiarás. Pero el mundo sí que cambia, te guste o no. No es solo la luz, no todo son sentimientos, y esas… esas cosas tan bonitas que escribes en tus poemarios. Mira Ara, lo siento, pero pienso como Lars, es normal que la gente joven quiera vivir mejor, ver cambios.
—Ya, a ti te gusta, ¿no?
—¿Qué?
—Vamos, deja ya de fingir, que aunque escriba poemas no soy tonta, Lin. Y tú le gustas a Lars, también. Él mismo me lo dio a entender, una vez. Bueno, la voz que hablaba por él, a través del vodka. Después quiso negarlo, claro —La miré.
—Ara, yo…
—Ve tú con él. No te preocupes, ve a Occidente.
Occidente. Con ese nombre, entre el eufemismo y el mito, nos habíamos referido siempre a Berlín Oeste, y a todo lo que representaba. Aunque ahora solo yo seguía llamándolo así.
Las dos nos quedamos calladas, un silencio incómodo, denso, mientras caminábamos por la interminable avenida, con sus edificios de estilo socialista de inmensas fachadas, adornadas con motivos del Berlín de un pasado perdido. Era un silencio de silbatos de guardias urbanos, tubos de escape y trinos de gorriones. Pero silencio, al fin y al cabo, tan alargado como la sombra de un muro. Supe, con total certeza, que era el fin de nuestra amistad.
Estuve varios minutos fingiendo que me interesaba mucho en el tráfico, para evitar que Lina viese las lágrimas que, rebeldes y contra mi voluntad, asaltaron mis mejillas. Pero ella se dio cuenta.
—Oh, Ara, pero no llores —dijo, haciendo ademán de rodearme el hombro con el brazo—. Yo…
La interrumpí bruscamente, y le aparté la mano de un empellón. Entonces dije aquellas palabras. Aquellas por las que lo daría todo por poder volver al pasado, a ese instante, y decir algo completamente distinto.
—Que te jodan, Lina. Fóllate a Lars y a Occidente entero, si quieres. Yo me quedo en mi librería. —Me aparté de ella. Salí corriendo de allí, cruzando la calzada tan ancha como un río, sin ver a los conductores enfadados ni oír el sonido de sus cláxones. Solo podía oír a Lina, gritando:
—Ara, ¡Ara! ¡Arabella!

Lina tenía razón. El mundo cambió.
Un día, mucho tiempo después, cuando ya no había muros que pudiesen ser vistos, un día de una primavera gris e indiferente, abrí mi vieja librería. (Vieja por los viejos libros que ya casi nadie compraba y por cómo yo la sentía; porque, por lo demás, hacía años que el Estado me había expropiado el viejo local por derribo, y dado el dinero suficiente para abrir una nueva).
Puse los estands de publicidad en su sitio, escribí el código de la caja, terminé de subir la persiana y volteé el cartel de la puerta a su lado de “abierto”. Me puse a leer, a la espera de algún cliente despistado y más bien joven, que no se hubiese dado cuenta de que la mía era una librería especializada; o de alguna persona mayor, de esas de las que cada vez quedaban menos (quizá avergonzadas de desentonar con el nuevo Berlín), pero que de vez en cuando se refugiaban en Uralt, en busca de un ayer. Entonces, mucho antes de lo acostumbrado, tintinearon las campanillas de latón de la puerta. Entró un hombre, todo él gris como ese día de primavera esquiva, gris en su engabardinada vestimenta y en el ánimo que desprendía. Me costó un largo instante darme cuenta.
—Lars.
—Hola, Ara. Lina ha muerto. En el atentado islamista. Ayer.

No quiero recrearme en el dolor de ese momento. Pero diré que, antes de irse, Lars me dio una nota.
—Toma —dijo Lars—, Lin me la dictó, en el hospital. Me dijo que una vez le dijiste algo parecido a esto. Me dijo que te dijera que tenías razón. Y que la perdonases.
No tuve fuerzas para decirle a Lars que era ella quien tenía que haberme perdonado a mí. Tomé la nota y Lars se fue en silencio. La leí.

“Ara, una vez me dijiste algo parecido a esto: que la luz no brilla más al otro lado del Muro. Que da igual donde estemos, porque siempre van a existir muros, y la mayoría no se ven. Las personas que se empeñan en recordar que el muro existe, son las que menos pueden escapar de su sombra. La felicidad está en nosotras mismas, en nuestra visión del mundo y de sus cosas.
Tenías razón, Ara, pero aplícatelo también a ti misma. Por favor, cuida de Lars por mí”.

El año siguiente cerré la librería, y me fui a vivir con Lars, a Occidente. Fue una primavera llena de luz.

La portadora de la pasión

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Akim Chaliapin quería encontrarse en cualquier otro lugar. Él creía en los ideales de sus camaradas, en los ideales de la Revolución. Pero, durante aquellas últimas semanas, había empezado a dudar. Quería estar en cualquier otra parte, a pesar de haber visto morir a Yerik, entre sus propias manos, en Khodynka; a pesar de saber después que el nuevo zar Nicolás II había sido coronado sobre la sangre todavía caliente de su hermano, con un despilfarro de dioses ajenos al pueblo miserable; a pesar de que los más de mil muertos no fuesen motivo suficiente para suspender las celebraciones.

Akim dejó de ser un niño en Khodynka. Perdió sus naturales, luminosas pasiones; su  propósito vital. Los años siguientes creció en él un solo deseo, el de vengarse. Los recuerdos de aquel día lo acompañarían siempre, como un vacío ya no de hambre sino rabia, que durante mucho tiempo creyó más imposible de calmar que el hambre. Pasó más de veinte años evocando las escenas en su memoria, cada día, antes de dormir. Las revivía como horrores que transitaban entre la realidad y sus pesadillas. Una avalancha de carne, gritos, sonidos inhumanos, sangre, cuerpos retorcidos en ángulos espeluznantes…

La tragedia, supo luego, habría podido evitarse con una gestión más cabal por parte de las autoridades zaristas. Era tradición repartir dádivas entre el pueblo, con ocasión de la coronación de un nuevo zar. Esta vez iban a repartir para cada persona una pieza de pan y una salchicha, unos pretzels, pan de jengibre y una taza de cerveza. Pero solo tenían allí para unos pocos miles. Aquel día en Khodynka se congregaron quinientas mil almas desesperadas. Los dioses no lo eran tanto. El ansia y el hambre del pueblo, y el despotismo y negligencia de las autoridades del gobierno zarista, convirtieron aquellos regalos en una locura colectiva, que se llevó la vida de Yerik, y la infancia y la luz de Akim. Dos vidas rotas, por la promesa insatisfecha de un día menos de penurias.

Más de veinte años después de Khodynka, Akim formaba parte de la guardia de la casa Ipátiev, en Ekaterimburgo, donde retenían a Nicolás y su familia. Pero, más cerca que nunca de cumplir su venganza, el bolchevique vivía atormentado.

Ipátiev, la Casa del Propósito Especial, como la llamaban los bolcheviques, era un lugar oscuro y siniestro. Pero Akim solo aprendió a verlo como tal a través de sus clandestinas charlas con Tatiana, en las últimas y extrañas semanas allí. La casa, aislada del mundo, se convirtió en un espacio de condenación, no para él, ni siquiera para Tatiana y su defenestrada familia, sino como símbolo de la condenación misma. A la vez, durante aquellos últimos días, surgió en él una esperanza, que dolía como la luz de la mañana en los ojos de un prisionero que no tiene fuerzas para salir de su prisión. La rabia que siempre lo había alimentado durante los últimos veinte años, se debilitó. ¿Por qué, cuando me es más necesario, me arrebatas el odio y me das un propósito? ¡No lo quiero! Porque, por supuesto, él habría preferido seguir odiando. Era lo más fácil.

Akim era pragmático; entendía la posibilidad de aquel asesinato a sangre fría. La Legión Checoslovaca del Ejército Blanco estaba a las puertas de Ekaterimburgo. Aunque él había oído que lo que pretendían era asegurarse el control del Ferrocarril Transiberiano, fue consciente del cambio en la actitud de los oficiales a partir de aquel momento. Yurovski se comportaba de forma cada vez más fría, más callada. Apenas les dirigía la palabra. Pero Akim lo había visto en su mirada.

Después llegó Goloshchyokin, con un mensaje urgente del mismísimo Comité Ejecutivo Central, durante el turno de guardia de Akim. Lenin había dado la orden de actuar. El Ejército Rojo no podía arriesgarse a que el Ejército Blanco rescatase con vida a alguien de la familia real, pues un solo Romanov vivo podía convertirse en el adalid de la causa anticomunista. En el ánimo inmundo, en los gestos y en los rudos silencios de los camaradas de la guardia de la casa, la muerte cobraba forma.

Akim fantaseaba, durante los últimos días, con salvar a Tatiana, con sacarla de aquella realidad y huir junto a ella, a cualquier otro lugar. Pero solo fantaseaba. En realidad, fue ella la que salvó al soldado. Sí, él comprendía lo que iba a suceder, comprendía las razones. Pero dejó de sentir que aquella fuese su causa. Se hartó de odiar. Los mensajes con los que se comunicaba con Tatiana (que acostumbraba a quemar nada más leer) habían trastornado su visión del mundo. Una cierta alegría de la juventud que nunca conoció vino a él allí, en Ipátiev, el lugar menos adecuado del mundo para ser feliz. La consciencia de este sentimiento, tan extraño, tuvo un efecto liberador para Akim, que supo lo que tenía que hacer.

En la última hora de su última guardia, antes de la llegada del alba con su luz mentirosa, Akim Chaliapin se voló la cabeza con su arma reglamentaria. Fue el primero de los muchos disparos que sonaron aquel día, aunque de este no se hable en ningún libro. Junto al cuerpo de Akim encontraron una foto de Tatiana Romanov, con una nota escrita en el dorso.

 

Amor puro, amor luminoso es el sol. El sol nos da tibieza y caricias de amor. Todo puede ser en el amor y ni una bala puede derribar al amor”.

 

Cuando el avión despegó, Sonia Chaliapin, sentada en el asiento de la ventanilla, vio refulgir la dorada cúpula de la Iglesia Sobre la Sangre de Ekaterimburgo, construida en el lugar de la Casa del Propósito Especial. Rememoró vívidamente el relato sobre el bisabuelo Akim que le había contado su madre el día anterior, mientras visitaban la iglesia. No estaba segura de que aquella versión del bisabuelo Akim hubiese existido de verdad, de que no fuese una invención de su madre. Pero, durante el resto de su vida, fue en la que ella creyó.

Reseña, Spiderlight, Adrian Tchaikovsky

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Anoche terminé Spiderlight. Un libro sin saga, autoconclusivo, que se sustenta sobre el argumentario de las típicas novelas de fantasía a lo D&D. Pero seguramente mejor, más divertido, y más profundo…

Una reflexión sobre la luz y la oscuridad, sobre el bien y el mal, que nos demuestra que el mundo es un lugar lleno de grises y que una visión maniquea del bien y el mal es algo rayano en la locura.

Tchaikovsky lleva a cabo un worldbuilding muy básico, que se limita a jugar con unos pocos elementos esenciales del imaginario tolkiniano y los descoloca al meter en medio una pieza nueva, alrededor de cuya perspectiva, de los demás sobre ella y de ella sobre sí misma, gira todo.

Esa pieza es una desdichada araña, que se ve obligada por las circunstancias a vivir como hombre. La firma de todas las novelas de este autor de las que yo tengo conocimiento, arañas e hibridación entre lo humano y lo arácnido o lo insectil.

Son elementos que introducen siempre un toque original en la fantasía y ciencia ficción de Tchaikovsky, no solo en la forma, como vemos en Spiderlight, genial título que resume de forma magistral las intenciones del autor en una sola palabra, es decir, también en el fondo.

Seguramente algunas cosas en la novela sucedan solo para servir a la trama principal, que es prácticamente la única de la historia, sin que el autor se rompa mucho la cabeza con ellas. ¿Hace eso que la novela sea peor, que lo sea su propósito? Para nada.

He de decir que me extrañó algo el uso de la puntuación, de las comas, en la novela, primera que leo de este autor. Imagino que es cosa de su forma de escribir, y no de la traducción…

Pues eso. Una lectura de fantasía muy recomendable, poco más de trescientas páginas que, si tienes un poco de tiempo, se leen casi de un tirón.

El libro lo edita en español Alethé… (No es esta portada).

Yo le daría un 4 sobre 5.

 

Por favor, más cosas de este hombre en nuestro idioma.

Reseña: Escuadrón, de Brandon Sanderson

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Escuadrón es una novela de ciencia ficción “young adult”, es decir, eso que hasta hace poco llamábamos, sin que sonase tan guay, literatura juvenil, apta en realidad para ser disfrutada por todas las edades. Al contrario que la mayor parte de la obra del genial y prolífico autor estadounidense, Escuadrón (“Skyguard”), no se encuadra dentro de su universo de ficción, el Cosmere, sino en un futuro hipotético de la humanidad, entre las estrellas.

Toda la trama se sustenta sobre el reto que supone para Spensa, la protagonista, hacerse un hueco en la sociedad de su mundo, Detritus. Spensa es una chica bajita, con un solo amigo, que si logra llamar la atención, solo es de forma negativa, despreciada por el legado de su padre, un cobarde que desertó en la batalla decisiva de los restos de la humanidad contra los krells, una especie hostil que hostiga a los humanos que viven en las cavernas subterráneas de Detritus. Pero Spensa responde a ese desprecio no achicándose sino agigantándose, dueña de una verborrea contestataria y muchas veces hostil, aunque un tanto ingenua, hecha con el ADN de las historias épicas del pasado que siempre le ha contado su abuela.

Spensa es sin duda una chica diferente, que tiene el don de escuchar las estrellas, nunca visibles, ni siquiera desde la superficie del planeta, por estar este rodeado de incontables capas de estaciones y basura espacial de toda índole. Tendrá que hacerse un nombre en una sociedad que nunca ha creído en ella, para lo que habrá de intentar cumplir su sueño de entrenar en la Academia de pilotos de la FDD. La FDD entrena a una élite de ases que mantienen a raya a los krells, para permitir a los restos de humanidad que habitan las cavernas de Detritus seguir teniendo un futuro. Spensa sueña con formar parte de esa élite de la que formó parte su padre, para así reivindicar su nombre, pues ella siempre ha creído en él. En el tránsito, los duros golpes de las experiencias que irá viviendo le harán replantearse sus dogmas, y harán tambalear las creencias que alimentan el fuego de su espíritu contestatario y casi hostil. ¿Quizá es ella, también, una cobarde, como dicen que lo fue su padre?

La aventura está narrada en tiempo pasado, en primera persona, desde el punto de vista de Spensa, con algunos breves interludios puntuales en los que se narran escenas en tercera persona de otros personajes.

Escuadrón es una novela muy entretenida, por momentos brillante, y sobre todo, muy sugerente, que despierta ideas muy interesantes para escribir historias de ciencia ficción, ideas que además no son lo que luego pasa en la historia, por lo que seguro que usaré alguna de ellas.

Podríamos criticarle a la novela que a veces, aunque pocas, deja traslucir demasiado su intención de estar dirigida a un público más juvenil, pero nos haríamos flaco favor si por eso dejamos de leerla, y, por otra parte, es la primera parte de una tetralogía, lo que hace desembocar la historia en un final que, aunque no nos deja colgados, tampoco satisfechos del todo, al menos en mi caso. Pero Sanderson escribe rápido, y no suele defraudar. De hecho, su intención es dejar concluida la tetralogía en 2022.

Debo señalar un fallo en la historia por parte del autor, sobre un pequeño detalle, sobre la velocidad de cierto carismático caza con inteligencia artificial, pero no ahondaré en ello para no destripar nada. Puede ser que yo haya pasado por alto algún detalle sobre esto, pero creo que no.

En suma, una lectura muy recomendable. Al principio hay unas cuantas erratas seguidas, pero por suerte, solo al principio, y tampoco son muchas. La edición es en rústica con solapas, con la misma portada que la edición norteamericana, y es muy de agradecer que se haya publicado en nuestro idioma casi a  la vez que en inglés. Algo que nos gustaría ver mucho más a menudo, sin duda. Son poco más de 500 páginas de entretenimiento del bueno.

Edito: Brandon Sanderson ha anunciado que la segunda parte de Escuadrón (“Skyguard”) verá la luz en noviembre de 2019, y tendrá por título “Starsight”.

Mi puntuación: un 4 sobre 5.

Cuatro cositas que se me han quedado tras leer el ensayo de Tolkien “Sobre los cuentos de hadas”, y otros cuentos del Reino Peligroso.

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Si los elfos son una subcreación del ser humano (y Tolkien no está seguro de que lo sean, es decir, de que no estén ahí al margen de nosotros), y Dios (sea lo que sea Dios) creó al ser humano (y no tiene por qué ser la visión bíblica, sino que, yo creo, debemos entender a Dios como metáfora de lo inaprensible a la mente humana, como cura esencial de humildad), entonces, Dios creó a los elfos. Y la consecuencia de todo esto es que llegará un día en el que la realidad y el Reino de Fantasía se fusionen en una misma cosa. Mientras, solo una mente sana, que siga el método científico, podrá disfrutar, y, es más, necesitará de la existencia de los cuentos de hadas para poder tener una correcta perspectiva de las cosas de la realidad, y de nuestro lugar dentro del orden de las cosas, de forma que nos demos cuenta de que la realidad, y todo lo que contiene, no nos pertenece. Los cuentos de hadas responden a la profunda necesidad humana de explorar las infinitas posibilidades del tiempo y el espacio, así como a la necesidad de estar en comunión con otros seres, no necesariamente semejantes a nosotros. Son una bofetada en la cara del que por mor de la confianza, que tanto asco da, a todo le quita su misterio y su magia. Son un soplo de aire fresco a la realidad de todo cuanto nos rodea. Una droga del espíritu que nos permite ver lo viejo como nuevo.
Son evasión también, por supuesto, pero, ¿no es deber del que está preso, intentar escapar?

Por todo esto, los cuentos de hadas no están dirigidos a los niños (no más que el álgebra pensada como introducción a los niños, o las clases de inglés cantadas pensadas para los niños), sino a los adultos, y no pueden ser comprendidos por cualquier adulto, sin embargo, sino tan solo por aquellos libres de prejuicios, por las personas de esencia humilde, que afronten la realidad sin cinismo, con ilusión e inocencia hacia el misterio y la belleza de la Naturaleza.

Este ensayo del Maestro Tolkien sobre los cuentos de hadas y, podríamos decir, la importancia de la fantasía, es atrevido, visionario y transgresor. Dice cosas que yo hace tiempo que venía intuyendo por la conjunción en mi imaginación de muchas obras vividas, pero que leer de su pluma, de hace 50 años, hace que se te graben a fuego en el alma. Este libro, en general, es la semilla de todo lo mejor que escribió Michael Ende.
Que sí, no es decir poco. Este libro, en general, es la vuelta de tuerca de las ideas más ambiciosamente humanas de la ciencia ficción actual, un viaje a ese lugar donde las fronteras entre la ciencia ficción y la fantasía se desdibujan. Contiene la esencia de lo fantástico. Y además, de paso, da una lección a todos los imbéciles de este mundo.

El ensayo “Sobre los cuentos de hadas” viene recogido en los apéndices del libro que recopila los principales cuentos del autor inglés: “Cuentos desde el Reino Peligroso”. Entre ellos, me han gustado especialmente “Hoja de Niggle” y “El herrero de Wootton Mayor”; me han resultado especialmente memorables.
Baste con decir que creo con gran convencimiento, tras haberlos leído, que el primero fue la semilla de la que surgió Momo, de Michael Ende, y que del segundo, y esto es aún más evidente, nació la otra gran obra del genial escritor alemán afincado durante un tiempo en Italia: “La historia interminable”.
Hoja de Niggle lo escribió Tolkien a partir de un sueño que tuvo, en el que él era un pintor obsesionado con terminar de pintar toda su obra, centrada alrededor de un gran árbol al que iba añadiendo hojas hechas cada vez con más detalle, de tal modo que, por centrarse tanto en los detalles, quizá nunca conseguiría acabarla, cercado además por toda clase de deberes mundanos, que se interponían entre él y su obsesión por dar cabida en el lienzo a todo un bosque, una realidad insospechada que va surgiendo de ese solo árbol inicial.
En el cuento el propio pintor entra a formar parte de la obra a la que ha dado forma. Se trata de ese Otro Lugar, donde los vicios del pasado, las quejas sobre cosas que antes se hacían un mundo; en fin, el rencor, o la posesión, no tienen cabida: ” Se rieron. Se rieron, y las montañas resonaron con su risa”.
Es un cuento sobre la obsesión por terminar una obra, en consonancia con un Tolkien que entonces luchaba por dar forma publicable a “El Silmarillion”, algo que finalmente no consiguió, aunque su hijo, con ayuda de Guy Gavriel Kay, llegase a publicarla después de la muerte de su padre, aún sin una calidad literaria del todo a la altura. Pero acaso sea mucho más importante lo que Tolkien, más allá de la gran mitología que reinventa y que se recoge en “El Silmarillion”, nos cuenta en estos breves cuentos llegados desde “El Reino Peligroso”. Intuiciones profundas sobre la esencia de la realidad, ligadas a actos y emociones humanas sencillos.
Pero en su derecho estaba Christopher, hijo pequeño de Tolkien, que fue epistolar cómplice del avance de los capítulos de “El señor de los Anillos”, la más importante obra de fantasía nunca habida, tanto por su significación como por su calidad literaria, en cartas que le iba escribiendo su padre.
Y el Silmarillion sigue siendo de una importancia capital por lo que cuenta, aunque no por cómo lo cuenta. Para eso ya están “El Hobbit”, y, sobre todo, “El Señor de los Anillos”.

No es la primera vez, ni será la última, que me encuentro una opinión, o una reseña, que se queja del estilo literario de Tolkien. Quizá sea por la profunda y estrecha sensibilidad de la que está hecha mi inteligencia, por lo que no puedo comprender ese tipo de quejas. El estilo de Tolkien en El Señor de los Anillos” me parece perfecto. Esa obra es en gran medida la llave perdida que abrió la puerta de Fantasía a la gente de nuestro tiempo.

“Ancho, alto y profundo es el Reino Peligroso, y lleno todo el de cosas diversas: hay alli toda suerte de bestias y pajaros; mares sin riberas e incontables estrellas; belleza que embelesa y un peligro siempre presente; la alegria, lo mismo que la tristeza, son afiladas como espadas. Tal vez un hombre pueda sentirse dichoso de haber vagado por este reino, pero su misma plenitud y condicion arcana atan la lengua del viajero que desee describirlo. Y mientras esta en él le resulta peligroso hacer demasiadas preguntas, no vaya a ser que las puertas se cierren y desaparezcan la llaves.”

Extracto del ensayo “Sobre los cuentos de hadas”, de J. R. R. Tolkien.

Y qué gran frase, esa última: “Y mientras está en él le resulta peligroso hacer demasiadas preguntas, no vaya a ser que las puertas se cierren y desaparezcan las llaves”. Creo que es una alegoría contra el cinismo, contra el descreimiento, contra los que se creen que están del vuelta de todo, en esta realidad nuestra, y matan continuamente el misterio, porque se creen que lo saben y lo poseen ya todo, como el viejo cocinero Nokes, en Wootton Mayor.

A esta obra, claro está, no puedo darle nota alguna. Solo cabe decir que es lectura imprescindible para cualquier aspirante a cuentista que se precie.

Reseña: “La Tierra Larga”, de Stephen Baxter y Terry Pratchet.

 

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Aclaro que esta reseña solo es del primer libro: La Tierra Larga. Es un libro que da gusto leer, que aúna con maestría las dosis justas de ciencia ficción, que es lo que es en esencia, con aventura y descubrimiento. Alejándose de otras propuestas más complicadas, los autores toman un tema a priori muy complejo y muy profundo, la idea de que vivimos inmersos en un multiverso, y nos la presentan de forma sencilla y amena, sin por ello renunciar a todas las cosas que hacen grande al género, con un estilo que nos hace evocar el de los libros de proto-ciencia ficción de Julio Verne.
Es la pluma de Baxter la que guía toda la obra, que a día de hoy, y si no sigue creciendo, (que creo que no lo hará), es una pentalogía de libros de alrededor de algo más de 400 páginas cada uno, y que han de leerse en este orden: “La Tierra Larga”, “La Guerra Larga”, “El Marte Largo”, “La Utopía Larga” y “El Cosmos Largo”.
Parece haber una clara simetría en el orden de los títulos, supongo que intencionada. La Tierra, el lugar de origen de la Humanidad; la guerra; Marte, un nuevo lugar para la Humanidad (y los posibles marcianos autóctonos que los protagonistas quizá se encuentren en uno de los Martes paralelos más alejados en el Marte Largo); Utopía, como concepto opuesto a la guerra; y Cosmos, el destino de la Humanidad.

Aunque es la mano de Báxter, ducho en la ciencia ficción, y con cierto toque asimoviano, la que en esencia escribe la obra, la idea original fue de Terry Pratchet, y, al menos en este primer volumen de la saga, podemos distinguir también el humor del genial autor del Mundo-Disco, que irradia en algunas partes. Pero si alguien creyó que “La Tierra Larga” no iba a ser una lectura esencialmente seria, por aquello de que es un mecanismo provisto de una patata el que permite por fin a los humanos adentrarse en los misterios de los mundos paralelos, he de decir que dicha -a priori- pintoresca elección se justifica plenamente en la trama.

Es, La Tierra Larga, una novela bien medida, con pocos personajes y papeles muy marcados, quizá siendo esta la única forma de aproximarse, desde lo sencillo, a la inmensa profundidad de lo que su fantasía sugiere. Y a través de esa sugerencia, maravillosa, se nos van soltando algunas reflexiones a cual más interesante acerca de la condición humana y nuestro lugar en el universo. Desde cosas que tienen que ver con la relación del ser humano con su entorno y con el valor del individuo frente a lo colectivo; pasando por la elucubración de lo que pasaría con la economía en un mundo donde de pronto el espacio ha dejado de ser un problema y el oro no vale nada, porque hay Tierras infinitas; hasta leves disquisiciones eminentemente científicas, sobre hechos como que la conciencia determina la realidad, según la física cuántica.

En la novela acompañamos a los protagonistas en un viaje de tintes juliovernianos, a través de mundos paralelos, cada vez más exóticos, en los que se sucederán sin tregua descubrimientos extraordinarios que llevarán continuamente a los personajes a la reflexión, a lo largo de capítulos cortos que se leen casi sin querer.

Hay una mezcla entre el pasado y el futuro, entre lo mítico y lo futurista, aunque no se trata de viajes en el tiempo, sino que todo se hilvana en el marco espacial de los universos paralelos, algo menos explotado en la ciencia ficción, y en lo que me atrevería a decir que esta saga sienta y sentará cátedra.

En fin, una lectura muy muy recomendable, que sería perfecta para llevar al cine; porque, de hecho, tiene un ritmo muy cinematográfico.

Están los cinco libros, todos, publicados en castellano, los primeros por Fantascy, los últimos por Plaza Y Janes, respetando el formato. Tapa blanda con solapas. Las mismas portadas que en inglés. Este primero está muy bien traducido, y apenas he encontrado una sola errata en todo el libro.

Mi puntuación: 4,5 sobre 5.

 

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Crítica de First Man, la primera película en la Luna: Un viaje entre lo intimista y lo épico.

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En 2019 se cumplen 50 años de la llegada del ser humano a nuestro satélite. Es una cifra imponente y redonda, ese medio siglo, que sin duda reavivará la gesta, más que nunca ahora, cuando la NASA ha anunciado su firme intención de regresar a la Luna en la próxima década, tanto a su superficie como estableciendo una nueva estación espacial que sustituya a la actual, pero ubicada esta vez en órbita lunar.

Podríamos hablar de las cosas que hacen flaquear la fe en la humanidad, pese a que esta consiguiese un logro tan alunizante (no he podido evitarlo) que una buena parte de ella (como muestra un Casillas, y todos los lerdos que estuvieron de acuerdo con él) sigue sin creer que pisásemos la nívea e imposible superficie de la Luna; quizá porque para ellos, ese astro, ese lugar, pertenece a otra realidad, la del cielo, en un marco de existencia diferente al de esta tierra firme, y plana, nuestra.
Ironías y estúpidas teorías conspiranoicas aparte, que llegamos allí es indudable, salvo severos problemas mentales de diversa índole. No se hizo más que aplicar leyes de la física descubiertas tres siglos atrás por Isaac Newton, en un tour de force que llevó al límite la tecnología del siglo XX, gracias a una Carrera Espacial que fue la mejor carrera que haya podido librar nunca la especie humana; una carrera en la que tecnologías desarrolladas en guerras terribles se usaron y mejoraron para un fin diferente: el de la exploración del espacio. La nueva frontera. La única frontera. Y no simplemente por el hecho de explorar, como dice Neil Armstrong en un momento de la película, sino porque ese es nuestro deber, saber a dónde pertenecemos, cuál es nuestro lugar en el universo.

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First Man no es una película del todo políticamente correcta para este mundo de distopía imbécil que estamos construyendo. Empezando por el título. Que sí, es evidente que se refiere a la humanidad en general, por mucho que Armstrong fuese un man. Las virtudes de lo que emana de esta película están por encima de géneros. No hace mucho se estrenó otra película, Figuras Ocultas, que reivindicaba el rol fundamental de las mujeres cuyos cálculos ayudaron a que la carrera espacial fuese posible. Una carrera que ha tenido la virtud de saber apoyarse sobre las mujeres tanto como sobre los hombres, ocupando estas roles cada vez más destacados también en la parte protagonista, hasta el punto de que fueron estas empresas increíbles del pasado las que permitirán que un día no muy lejano podamos ver una película que se titule First Woman. Porque quizá sea una mujer la primera en pisar de nuevo la Luna, o, quizá… Marte.

Hablo de esto porque me consta que para la crítica norteamericana First Man ha sido tratada casi como de obra maestra, y la europea ha sido en cambio bastante más tibia con la película, siendo algo negativo, para esos críticos más escépticos con esta absoluta maravilla audiovisual espacial y humana, el trato que se da en la película a Janet Shearon (interpretada por Claire Foy), esposa del astronauta. Porque hay quienes dicen, pretendiendo ser muy políticamente correctos, que se limita a ejercer el rol de correcta y sufrida madre. Pero es que esta película es un biopic de Neil Armstrong. Y por supuesto, sí que es Janet Shearon parte esencial del viaje del astronauta. La película recoge de forma magistral esa importancia de Shearon en el guión. Y es plasmada de forma maravillosa.

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First Man debería ser una película que pongan a los adolescentes en los colegios de todo el mundo. Es una película que nos reconcilia con nosotros mismos y con la humanidad, en medio de la crisis de identidad que sufre el mundo (consecuencia directa de la última gran Crisis económica a escala global, y de esta imbécil cruzada contra lo científico, propia de una mentalidad aislacionista y medievalista de un mundo donde ahora los Estados Unidos son gobernados por Trump, y todo tipo de populistas se alzan al poder en otros rincones del planeta). Nos reconcilia con lo que como especie y como individuos somos capaces de alcanzar. Y no es algo que yo escriba aquí porque sí. Es algo que sentí mientras veía la película. En ella palpitan sentimientos esenciales profundos, sobre la psique y la condición humana. Hay una gran pena latente durante toda la película, indisociable del deber del protagonista de hacer lo correcto. Es en gran medida por esa pena por lo que se lanza en una carrera incierta hacia una muerte apenas esquivada, que no deja de dar guadañazos durante todo el film. Es la catarsis que insufla en Armstrong el deseo de seguir luchando.

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En esto, la película, tanto por la profunda pena que subyace a lo largo de ella, como por la forma en que esta es tratada, recuerda mucho a El Árbol de la Vida, de Terrence Malick. Pero recuerda aún más a esos otros grandes referentes del género, no de la carrera espacial, donde First Man es tan buena que hace palidecer a cualquier película jamás hecha hasta ahora, sino de la ciencia ficción más profunda y rigurosa, con la que esta nueva película del director de La la land está más hermanada, tanto por su lenguaje cinematográfico como por su filosofía (pues ¿no están la buena ciencia ficción y la ciencia y tecnología de nuestro tiempo profundamente vinculadas, como dirían, y con razón, Carl Sagan, o James Cameron?)

Así, tenemos bellas y provocativas referencias directamente buscadas a 2001, que destilan de la grandiosidad de ciertas escenas, de los golpes de sonido que encabalgan planos entre sí. Es un tipo de cine que ha moldeado en nuestra psique colectiva el lenguaje del buen cine espacial, algo que en cierto modo inventó el genio de Kubrick, y que Damien Chazelle sabe imitar con elegancia  de la mano de la maravillosa música de Justin Hurwitz (que también fue el compositor de la no menos mágica La la land). Y también Interstellar está ahí. Quizá a algunos extrañe que ponga juntas estas tres, siendo dos de ellas de ciencia ficción, y esta otra la narración de hechos reales. Pero para mí las tres forman parte de una misma cosa. De la cosa humana.

Hay diferentes secuencias que ayer, viendo la película, me dejaron completamente maravillado. Una de ellas es cuando los tres astronautas puestos allí, bien porque era su destino, bien por una serie de catastróficas desdichas, Neil Armstrong, Buzz Aldrin y Michael Collins, van a entrar en el módulo, en la cúspide del cohete. Es ahí donde en otras películas menos serias y trascendentes el director se contenta con darnos la típica escena en la que los tres héroes van desfilando con su heroica pose a través del pasillo que los conducirá a su glorioso destino. Pero aquí no hay nada de eso. En First Man no hay héroes. Hay víctimas. Seres humanos normales, con sus virtudes y sus defectos, puestos ahí, como digo, por el destino o sus propias desdichas, que más que a la gloria parece que se dirigen al patíbulo.
Pero a lo que quería referirme es al ascenso. El ascenso hacia el cohete, ese viaje hacia lo alto del mastodóntico propulsor, que parece no terminar nunca. Es una escena que me movió a la reflexión profunda y visceral, mientras la veía, más sensación que otra cosa. Porque a medida que asciende el ascensor por la torre adyacente, el cohete pasa ante sus ojos, interminable, y en él, como una revelación, las letras, una a una: United States… Y lo que en otra película habría sido fácil orgullo patriótico, aquí se convierte en sorpresa. En humildad. En miedo. En la osadía de que un único país, con tan poca historia a sus espaldas, tenga su nombre escrito en semejante y gigantesco artefacto. Y además, a la vez, la película te hace sentir como ninguna otra jamás hecha todas las penurias por las que atraviesan los astronautas. Me hizo sentir la locura de levantarse un día de la cama diciéndote, joder… hoy voy a la luna. Con la misma especie de sensación de inquietud e incertidumbre que todos podemos afrontar algunas veces, cuando tenemos que llevar a cabo un viaje o empresa que son un deber, aunque mucho más mundanos. Y es que First Man, en última instancia, no va sobre astronautas y héroes. Va sobre lo que nos hace humanos.

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Hay otros momentos grandiosos: el despegue del cohete, desde la distancia; la forma en que por un momento sentimos la Luna, más de cerca de lo que nunca cualquier otra obra audiovisual haya podido conseguirlo. Si bien para eso es casi imprescindible ver la película en el cine.

Sobre una de las cosas que hace Armstrong en la Luna que más nos llaman la atención, y que nos deja preguntándonos si de verdad sucedió, solo decir que la película se basa fielmente en la biografía oficial del astronauta, y que en dicha biografía se da por hecho que, si no exactamente igual, algo muy parecido seguramente sí hizo Neil Armstrong.

No falta el recuerdo del discurso de Kennedy, aquel inspirado orador que desde su púlpito impulsó al ser humano a la Luna. Viendo la película, y si no lo habíamos hecho ya, no podemos más que entender las razones para llevar a cabo una empresa tan temeraria, que costó tanto esfuerzo, tantas vidas y tanto dinero. Durante algunas escenas desfilan ante nosotros por la pantalla las posturas más críticas hacia el viaje a la Luna; gente que se pregunta el porqué de semejante dispendio, en un país y un mundo donde la pobreza son parte de nuestra imperfecta forma de vida. Para los que aún no lo entiendan, se me antoja imprescindible que lean esto.

Para hacernos una idea de la forma de ser de Neil Armstrong, muchos años después, unos pocos antes de su muerte, copipasteo esta anécdota, contada por el escritor Neil Gaiman:

“Estaba en una convención de tres días rodeado de artistas y científicos, encogido entre tanta eminencia, cuando me encontré a Neil Armstrong. El primer hombre que pisó la luna era discreto y calmado y estaba al final de la sala sin molestar a nadie cuando me acerqué . Conversamos y Armstrong terminó por hacerme una confesión; levantó un dedo, apuntó hacia la sala y dijo: “Veo a todas estas personas y pienso: ‘¿Qué demonios estoy haciendo aquí?’. Todos ellos han realizado cosas asombrosas. Yo simplemente fui adonde me enviaron”. Me quedé sorprendido y le respondí: “Sí, pero tú fuiste el primer hombre en llegar a la Luna, y eso tiene su importancia”.

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Después de la forma en que Damien Chazelle consigue hacernos sentir en First Man la angustia de todos los peores momentos que tuvo que superar Armstrong (interpetado por un Ryan Gosling correctísimo), esta anécdota es de lo más ilustrativa sobre su forma de ser.  Ya que al final, pese a todo lo humana que es la película, o quizá justo por ello, Armstrong, Aldrin, Collins, y todos los demás, nos parecen super hombres. Aunque quizá, al fin, se trata de lo que podemos ser, hacer, cada uno de nosotros, si nos lo proponemos.

Como decía al principio, el año que viene se cumplen 50 años de aquella increíble gesta; tan increíble que aún tantos no la creen. Pobres. No son capaces de sentir la verdadera maravilla que significa ser humano. Pero películas como First Man están aquí para recordarnos esas sensaciones, esos sentimientos.

 
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Y recordemos que Buzz Aldrin y Michael Collins aún siguen entre nosotros. Recordad que aún vive uno de los dos primeros hombres que pisó la Luna. Recordad emocionados cuando ya no esté, por todo lo que fueron capaces de hacer aquellos hombres, guiados por ordenadores menos potentes que una calculadora de bolsillo de hoy en día. Y volveremos a hacerlo, inspirados por las mejores cosas que nos hacen humanos. Porque, si queremos tener un futuro, dejar esta enferma Tierra nuestra para que se recupere de nuestros propios actos, y no perecer así en ella, no nos quedará otro remedio que salir ahí fuera. Y a eso se refiere Armstrong, cuando le preguntan en la entrevista de las pruebas de selección para la misión Apolo: ¿Qué significa para ti viajar a la Luna? Pero no insistiré más sobre lo que contestó. Mejor que lo vean.

 

Porque esta imagen lo cambió todo… La conciencia de nosotros mismos, de nuestro pequeño y frágil hogar en la inmensidad del espacio. Por eso fueron a la Luna. A eso se refería Neil Armstrong.

 

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En fin, First Man es una de las mejores películas que he tenido la suerte de ver en toda mi vida. Parece mentira que hayan tenido que pasar casi 50 años para que una película le hiciese justicia a aquella colosal aventura humana.

Y aunque esto quizá lo señale algún día el genial Jaime Altozano en su canal de YT, me gustaría terminar hablando de esa maravillosa banda sonora de Justin Hurwitz. De cómo el triste y precioso motivo musical que ilustra el dolor por la tempranísima pérdida de su hija, contada al comenzar la película, es el mismo que se despliega, de forma más grandiosa, cuando por fin  llegan a la Luna. Y la historia se cierra de forma redonda. De una forma hermosa, trágica, y profundamente triste. La catarsis ha dado el valor, la necesidad, a Armstrong, para enfrentarse a todos los desafíos, varias veces a punto de morir, como murieron otros, en su camino a la Luna, y, pese a todo, triunfar.

Reseña: “Estación Central”, de Lavie Tidhar.

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Antes de empezar su lectura, las críticas a este libro me dieron una impresión en principio un tanto equivocada, como de estar ante algo más de corte social que de ciencia ficción, no sé si algo intencionado para dotar a la obra de un aire más atrayente para todo tipo de lectores no especialmente atraídos por la ciencia ficción.

Pero no. “Estación Central” es ciencia ficción pura, un continuo fluir de ideas fantásticas a cual más excitante, no por nuevas, sino por la forma en que el autor las va desgranando a un ritmo incansable, y dentro de un contexto en el que sí da la sensación, cuando empezamos a leer la historia, de que nos estamos internando en una obra de corte más “puramente literario” (a mí al principio me recordó a “Esas nubes que pasan”, de Camilo Jose Cela), que de género. Es quizá por eso que el aluvión de fantasía futurista con que el autor nos baña, apenas superadas esas primeras páginas quizá algo engañosas, nos sorprende aún más. Porque no teníamos la sensación de estar ante un libro tan de ciencia ficción; y este lo es tanto o más que ninguno que yo haya leído. Por las páginas desfilan ingredientes todos ellos propios de una saga como las novelas de James S. A. Corey en las que se basa la magnífica serie The Expanse, si bien desde una perspectiva no tan épica, sin las limitaciones que nacen de la necesidad de ir alimentando con la dosis justa de información al lector, porque aquí se trata de una novela autoconclusiva, de apenas trescientas páginas. Y todo está mucho más condensado.

Tidhar brilla a la hora de juntar todos esos elementos de ciencia ficción con historias tradicionales, casi mundanas, que parecen más sacadas de una obra de Camilo Jose Cela, ambientada aquí en paisajes basados en la experiencia real del escritor en Israel; y no es que no haya casi una sola página en la que no suelte una idea que podría servir por si sola para escribir toda una novela de ciencia ficción.
Más que de ideas nuevas,  que no haya leído antes en algún otro contexto u obra, se trata de la forma en que junta todos los ingredientes, que hace que todo parezca más original, sobre todo cuando tiene el gran acierto de rescatar y añadir a la mezcla elementos de la novela gótica por antonomasia, Drácula, y otras obras afines, para explicar las fantasías científicas que sufren algunos de los protagonistas (todos ellos muy bien dibujados a través de diferentes momentos en sus historias, que se engranan a la perfección entre sí).

Es la historia de Carmel y el librero la que más me ha cautivado, en concreto esta particularísima vampira, cruce entre lo gótico y lo cyberpunk, con la que el autor sabe destacar dentro de este nuevo campo que se abre para la ciencia ficción y la fantasía de nuestros días, en el que las fronteras entre los géneros son cada vez más difusas. Es al contarnos la historia de Carmel cuando Tidhar más se aleja de los paisajes de su tierra ancestral, que esboza bien a lo largo de “Estación Central”, convirtiendo esa apacible lectura costumbrista que amenaza a veces con echar por tierra todo interés que yo pudiera tener en esta obra, de haberse detenido demasiado (no lo hace) en esas formas y lugares, en un relato que haría palidecer de envidia al Ridley Scott de Alien. Pero es seguramente el extraño y constante contraste entre ese costumbrismo y el futuro que dibuja, tan diferente a todo cuanto forma parte de nuestra experiencia cotidiana, lo que potencia la sensación de maravilla de esta novela.
Tidhar toma artefactos tecnológicos de nuestro tiempo, cosas que nos rodean ya hoy en día, y especula con ellos, estirándolos hasta deformar nuestro mundo y convertirlo en una historia que bien podría servir de base metafísica para explicar mundos de fantasía tan vastos como el de “Canción de Hielo y Fuego”, de George R. R. Martin; aunque su estilo se acerca más al Philip K. Dick de “Sueñan las ovejas (…)” y a cosas de Ray Bradbury y Kim Stanley Robinson.
Y de pronto, después de tantas maravillas esbozadas, y tan fuertemente contrastadas, la novela termina perdiendo fuelle poco a poco, o esa es la sensación que me ha dejado a mí, como la de una canción prodigiosa que termina con un “fade out”, con su volumen diluyéndose en el silencio, como sin querer hacer mucho ruido, después de toda la amalgama de sensaciones fantásticas que ha dejado tras de sí. Una novela, definitivamente, donde, a pesar de todo, lo humano es lo que queda.

La novela la publica Alethé, y se trata de una edición en rústica con solapas, bastante chula, y de buena calidad. Solo me he topado con un par de erratas algo importantes (un par de preposiciones mal colocadas), y poco más. Me ha dejado con la sensación de ser una obra muy bien traducida.

Le doy un 4,5 sobre 5.